Sé, con total certeza, que no tengo una gran excusa para este bochornoso retraso. En su lugar puede argumentar que tuve muchos pequeños contratiempos y que se acumularon rápidamente. Al final, cuando me di cuenta había dejado esta historia estancada y lo siento de veras—no se como disculparme por esto—. Así que espero volver a ponerme al día y que este capítulo merezca la pena.
Con muchas disculpas y retraso e aquí el cuarto capítulo.
Disclaimer: Star Trek no me pertenece.
4. Descubrimientos.
Tras una semana de trabajar con Spock Jim era capaz de diferenciar sus diferentes tonos, podía saber su estado de ánimo dependiendo del tono de voz que usase. Por ejemplo, si hablaba un decibelio más alto de lo normal estaba molesto; si apresuraba las palabras, dejando apenas uno segundo al pronunciar la última sílaba, estaba inquieto…
También había descubierto que andaba de forma sutilmente diferente si estaba emocionado o decaído. Si estaba tenso se mantenía más recto de lo normal, si estaba relajado—siempre de forma sutil—se permitía unos segundos para relajar su recta espalda. Y lo sabía por la silla, la bendita silla que sonaba dependiendo de cómo se sentara.
Lo cual le hacía pensar que posiblemente Spock supiera lo mucho que se removía en su sitio para poder prestarle más atención. Aunque siempre tenía la ventaja de que Spock jamás—de los jamases—podría pillarle echándole miraditas. Cosa que, obviamente, no podía hacer.
Además, para terminar su estudio—para nada gay—sobre Spock, este siempre olía a té vulcano durante sus horas de trabajo.
Un olor que Jim había comenzado a apreciar.
Pero, posiblemente, lo que más le gustaba de Spock era su voz. No podía explicar porque le gustaba tanto la voz del vulcano, tan solo sabía que se había vuelto adicto a las «buenas tardes, cadete Kirk» y a los esporádicos «Jim» que se le escapaban con cada vez más frecuencia. Y es que, por muy extraño que sonara, la forma en la que Spock pronunciaba su nombre le daban ganas de suspirar como una adolescente de película.
Suerte que sabía detener sus impulsos.
Pero la forma que tenía Spock de hablarle como un igual, como a una persona capaz de usar todos sus sentidos, le hacía estremecerse de pies a cabezas. Por eso temía el fatal día en el que el vulcano descubriese su secreto. Su condenado secreto que le sacaba de quicio más que cualquier cosa.
Solo esperaba que jamás—hasta que se operase—Spock se percatara de su «pequeño» problema ocular.
—Jim. —Llamó Uhura por tercera vez, dándole un golpe suave en la espalda, tratando de llamar la atención del distraído muchacho.
¿Qué le pasaba? Estaba tan distraído que había acabado preocupándole más de lo que nunca le diría al rubio.
Jim giró el rostro, sabiendo que a esa hora de la clase el profesor estaba más ocupado hablando consigo mismo que prestándoles atención a ellos. Además Uhura nunca, bajo ningún concepto, se ponía a hablar con alguien mientras un profesor explicaba algo.
—¿Vas a decirme ya tu nombre? —Preguntó con una sonrisa coqueta, escuchando como Bones, sentado a su derecha, suspiraba de cansancio.
Pero él jamás se rendía.
Uhura rió, negando con la cabeza brevemente. Jim escuchó el movimiento de su cola alta y dedujo que, una vez más, iba a negarle su petición. Pero si accediera tan fácilmente dejaría de ser tan divertido.
—No. Y ese ha sido tu peor intento. —Le recriminó con una sonrisa divertida. — Solo quería preguntarte acerca de un rumor que me ha llegado. —Le dijo a media voz. —Ya sabes que tengo muy buen oído.
Jim sonrió, escuchando como Sulu—sentado al lado de Bones—se acercaba para enterarse del cotilleo igual que Chekov—sentado al lado de Uhura—. Sus amigos resultaban bastante predecibles.
—Si no tienes pruebas no soy culpable… A no ser que te refieras a otra cosa. —Jim sonrió animadamente, tamborileando en la mesa. —¿De qué rumor se trata, preciosa?
Uhura rió, Jim sabía hacerla sonreír aunque no quisiera.
—¿Es cierto que estás trabajando con el Comandante Spock? —Preguntó con curiosidad, tratando de que no se notara lo mucho que le interesaba ese cotilleo.
Era su profesor de vulcano y, por consiguiente, estaba mal que se interesara por lo que hacía en su tiempo y libre y con quién. Mas los continuos cotilleos de Gaila sobre la posible homosexualidad del profesor—debido a que había ignorado su coqueteo—eran una fuente de curiosidad extrema. Y no debía, se repetía; pero aún así…
¡Qué difícil era desoír los cotilleos!
Jim sonrió y asintió, ajeno al debate de la aspirante a oficial de comunicaciones.
—El rumor es correcto, Zoe Uhura.
Uhura rió.
—Buen intento, pero mi nombre no es Zoe.
Jim hizo un mohín lastimero, murmurando que era una cruel mujer que no tenía en cuenta sus sentimientos. Pero Uhura le ignoró, burlándose de su infantil gesto de forma amigable. Así era su amistad.
—¿Por qué te interesa? —Preguntó finalmente Jim, una vez Bones les riñó por ser unos críos.
Uhura se encogió de hombros, jugando con un mechón de pelo.
—Curiosidad. Simple y llana curiosidad.
Jim asintió, sin darle mayor importancia.
—A mi me parece un estúpido duende verde de orejas puntiagudas y peinado hortera. —Masculló Bones de mala gana, ganado unas risas suaves por parte del grupo.
—Vamos, Bones. Solo dices eso porque no te dejó quedarte ayer conmigo mientras trabajaba.
—A este paso. —Bromeó Sulu. —Vamos a comenzar a pensar que quieres casarte con Jim.
Bones frunció el ceño y Jim rió, al mismo tiempo que Chekov trataba de disimular su risa y Uhura canturreaba en voz baja: «Leonard y Jim se besan bajo un árbol…»
—Sois unos críos. —Murmuró Bones con el ceño fruncido.
—No sufro complejo de Edipo. —Murmuró Jim. —Bones es una mamá sobreprotectora que no soporta la idea de que me puede pasar algo.
Bones le señaló acusadoramente mientras trataba de no alzar la voz demasiado.
—¿Te recuerdo tu expediente médico? Eres más propenso a los accidentes que un jugador de rugby. Dejarte solo más de diez minutos es igual a encontrarte de pronto en la enfermería sangrando y diciendo que no fue culpa tuya. ¡Y no estoy exagerando!
Jim suspiró.
—Eso solo fue una vez, no seas así Bones.
Bones agitó una mano de forma desdeñosa, frunciendo el ceño mientras ignoraba monumentalmente la réplica de Jim.
—Querrás decir que solo usaste esa excusa una vez.
—Bones, eres realmente cruel.
Spock terminó de revisar los trabajos que sus alumnos debían entregarle, examinando con ojo crítico y calculador cada palabra seleccionada; teniendo cuidado de no amontonar nada encima del paquete que le había mandado Amanda. Era una caja rectangular envuelta en papel azul oscuro con la pulcra letra de su madre estimando: «Espero que te guste». Hacía tiempo que Spock había dejado de intentar explicarle a su madre que a los vulcanos no le gustan las cosas, pero ella tan solo había sonreído de forma divertida.
—Por supuesto. —Había dicho mientras le ofrecía su taza de té. —Y yo soy descendiente del primer colono del sol.
Spock, un adolescente por aquel entonces, tan solo había atinado a mirar a su madre con una ceja alzada mientras esta reía suavemente. Los humanos eran, decididamente, muy extraños cuando se lo proponían.
Revisó, tomando un breve respiro, un mensaje que le había llegado a su padd. Al comprobar que no era Amanda lo abrió rápidamente, comprobando la confirmación de la llegada de los paquetes para su investigación. Era una suerte que los repartidores se encargaran de llevar los paquetes al despacho, puesto que él estaba atareado en esos momentos.
Su madre le había dicho que le iba a llamar para hablar con él antes de su trabajo, para que no tuviera que hacer malabares con las horas. Y aunque Spock había tratado de decirle que por nada del mundo sería una molestia—más de ciento tres veces en lo que llevaban de semestre—Amanda seguía insistiendo en no oírle.
Spock suponía que era su forma de ayudarle y apoyarle después de que Sarek le retirase la palabra al enlistarse en la Flota.
Además su madre le había enviado un paquete y debía, por orden estricta, no abrir ningún presente sin que su madre lo viese. Amanda siempre quería ver como su retoño observaba los regalos que le daban, así juzgaba si eran de su agrado o no—aunque Spock reiterase una y otra vez que no tenía sentimientos—.
El comunicador sonó suavemente y Spock no tardó más de un segundo en aceptar la video llamada de su madre, que no paraba de repetirle que no se preocupara tanto por ella. Pero ¿cómo no hacerlo si era su madre?
—Buenos días, madre. —Saludó viendo a través de la pantalla el salón de su casa en Vulcano.
Amanda sonrió ampliamente.
—Buenos días. ¿Qué tal todo por San Francisco? ¿La Flota te da mucho trabajo? ¿Cómo te trata la Federación? ¿Eres indulgente con tus alumnos? ¿Qué hay del muchacho, creo que me dijiste que se llamaba Kirk, con el que estás trabajando extraoficialmente? ¿Eres bueno con él, Spock?
Spock alzó una ceja y Amanda amplió su sonrisa de victoria.
—No responder a las preguntas formuladas por tu progenitora antes de realizar tus propias preguntas es inadecuado.
A veces, solo a veces, agradecía que fuese tan fácil girar la tortilla y hacer que los vulcanos accedieran a algo.
—San Francisco está estable, no ha habido ningún cambio significativo en los últimos días. La Flota me da el trabajo necesario, puedo con ello. La Federación me trata como a cualquiera de sus miembros madre, se estipuló que todos tenían que tener un trato igualitario. Soy estricto con mis alumnos, no merecen favores, sino aprueban es su decisión. —Enumeró de forma ordenada, observando la sonrisa llena de su madre mientras le oía hablar. —Y, efectivamente, el cadete se llama Kirk. Mantenemos una relación estrictamente profesional, aunque en numerosas ocasiones el cadete me ha pedido que lo tute.
Amanda dejó escapar una suave "o" de sus labios.
—¿Lo ha logrado?
Spock alzó una ceja.
—A veces, pero no le hallo relevancia alguna.
Amanda rió suavemente.
—Quién sabe, la vida es realmente impredecible Spock.
Jim llegó a su trabajo con Spock puntualmente, cargando con el termo lleno de café. Bones le había prometido que no salían hadas llenas de purpurinas pero Jim no terminaba de fiarse, solo esperaba que no tuviera nada raro dibujado. Bastante tenía con entrar al despacho con el miedo constante de ser agredido por la puerta.
El olor a té vulcano invadió sus fosas nasales y, con una sonrisa algo boba, supo que Spock ya estaba sentado en su mesa.
—Buenos tardes Spock. —Saludó con una sonrisa amable mientras cerraba la puerta tras él.
Spock alzó la vista justo a tiempo para ver entrar al cadete con un termo realmente llamativo en la mano.
—Buenos días cadete Kirk. —Saludó tratando de obviar el termo.
—Jim. Spock te he dicho mil veces que es Jim. —Replicó mientras colocaba las manos sobre su cadera de forma acusadora. —¿Por qué nunca tienes en cuenta mis sentimientos?
Spock alzó una ceja, reteniendo la replica que iba a decir. Jim le estaba sonriendo abiertamente, con la cartera colgada del hombro derecho y el termo—de Surak sabe qué— colgado de su muñeca gracias a un asa pequeña. Parecía como si siempre hubiera estado ahí, como si siempre hubiera pertenecido al mundo de Spock.
Y Jim se veía realmente cómodo perteneciendo a ese lugar, pensó, y parecía el lugar correcto para Jim.
Sacudió ligeramente la cabeza volviendo su atención al padd. Luego quiso alzar la vista para decirle a Jim que tuviera cuidado con las cajas que acababan de traer y que los repartidores habían dejado amontonadas sin ton ni son por todo el suelo. Pero ya era tarde.
Jim se había girado para caminar a su escritorio al no recibir respuesta, contando mentalmente los pasos cuando de pronto tropezó con la caja y cayó.
Caer para Jim no era como caer para cualquier persona. Cuando Jim caía sentía que perdía la noción del espacio, se sentía aturdido y tan solo era capaz de colocar los brazos lo mejor que podía para no recibir grandes daños. Caer era estar al descubierto, sentirse aturdido y solo.
Caer le recordaba al día en el que perdió la vista.
Jim chocó contra el suelo con un sonido brusco, recibiendo todo el golpe en las manos. Oyó como el termo chocaba y rebotaba contra el suelo y como la cartera se deslizaba de su hombro hasta estrellarse contra el suelo. Algo había saltado al caer, había golpeado algo que había en el suelo y lo había volcado, había perdido pie y se había desviado del sitio en el que estaba.
Había perdido la cuenta de los pasos.
No sabía dónde estaba y temía padecer un ataque de pánico.
Spock se había levantado de la silla al ver caer a Jim. Había sido alarmante lo sorprendido que parecía al caer, como si no tuviera ni idea de porqué caía ni hacia donde. Era como si hubiera temido caer al vacío.
Se acercó a él a pasos rápidos, solo para escucharlo respirar en grandes bocanadas y temblar suavemente, mientras permanecía inmóvil. Extrañamente inmóvil.
—¿Estás bien? —Preguntó mientras percibía como Kirk alzaba la vista desorientado, mirando hacia los lados como si estuviera a oscuras. —Cadete. —Repitió mientras se agachaba junto a él.
Jim asintió a duras penas, recordándose que no estaba en ningún sitio peligroso. Estaba en la Tierra, se dijo, estaba en San Francisco, estaba en la Academia, en el despacho donde trabajaba junto a Spock.
No había demonios.
—No me lo esperaba. —Susurró mientras dejaba caer el peso de su cuerpo sobre sus piernas, palpando el terreno con cuidado.
Spock alzó una ceja.
—No parece estar bien.
Jim dejó escapar una risa nerviosa y negó con la cabeza.
—No es nada, de verdad.
Spock, agachado junto a Jim, percibió como este parecía ubicarle en el lugar. Sin embargo no le miraba, estaba más preocupado mirando al suelo.
—Kirk, solo es suelo, ¿no lo ve? —Preguntó mientras observaba como Jim normalizaba su respiración casi al mismo tiempo que aseguraba la existencia del suelo.
Jim rió de forma irónica.
—No, no lo veo. —Murmuró mientras negaba con la cabeza. —Pero no es nada, de verdad, solo necesito volver al paso número veinte, solo debo ubicarme en el paso número veinte desde la puerta en dirección recta.
Spock alzó una ceja, realmente preocupado. Acaso era posible que Jim…
—Jim…—Llamó con voz suave. —¿Cuántos dedos ves aquí? —Se atrevió a preguntar mientras Jim dejaba escapar un resoplido de disgusto.
Luego Jim se giró hasta él—al lugar del que procedía la voz y el olor a té—. Spock apreció el rostro colorado del bochorno, el ligero temblor de sus manos y la mirada ida, la mirada que se clavaba hasta donde le llegaba su línea de horizonte.
Jim apretó los labios, resignado.
—No lo sé. No lo sé Spock. —Susurró con voz suave, como si susurrase. —No puedo saberlo…
Spock observó como Jim agachaba la vista junto a un leve suspiro.
Y todo, absolutamente todo, cobró sentido en la mente de Spock.
—Eres invidente. —Le dijo mientras percibía como los hombros de Jim se tensaban y su cuerpo temblaba.
Continuará...
Una vez más perdón por todo el retraso.
