Quería dedicar unas pequeñas palabras de agradecimiento por el apoyo que esta recibiendo esta historia. Son realmente preciosas (las palabras) y espero que este capítulo sirva para agradecer de una forma física (todo lo físico que puede ser un texto en una pantalla) el detalle que estáis teniendo.
Sin más demora os dejo el capítulo.
5. Confidencias.
Jim cerró los ojos con fuerza, captando a duras penas la voz de Spock que afirmaba su discapacidad. Captando a través de sus agudizados oídos la frase, la oración simple, que más odiaba en el mundo.
—Eres invidente.
Y era horrible, pensó, horrible porque le trataría con la misma pena que le trataron las enfermeras después de Tarsus IV. Le hablarían como si fuera un bebé perdido. Le trataría igual que todas las personas que sabían que era ciego.
Y eso era más que horrible.
Odiaba cuando notaba el mudo «pobre, pobre inválido» que la gente dejaba escapar cuando veía a alguien con algún problema. Y él, se repetía incansable, no necesitaba esa ayuda, era totalmente autosuficiente. No necesitaba la pena de nadie. No necesitaba vivir rodeado de compasión y las mudas palabras en el aire que le decían que no era capaz de hacerme lo mismo que una persona que veía.
No quería vivir en un mundo que le hablaba como si fuera estúpido.
No podía vivir en un mundo que le obligaba a quedarse en un escenario invencible, como si fuese incapaz de vencer a las adversidades.
—¿Vas a desecharme? —Preguntó en un hilo de voz, mirando a donde creía que estaba Spock.
Y se preguntó, en un amargo murmullo, ¿qué clase de expresión tendría Spock en esos momentos? ¿Cómo le estaría mirando? ¿Sentiría lastima, bochorno y desconcierto al saber su secreto?
¿De qué forma, sus ojos, se estarían clavando en él? ¿Qué tonalidad estarían tomando mientras le observaba tiritar en el suelo? ¿Cuál sería el veredicto de aquellos ojos que no veía y temía que jamás vería?
Spock, sin embargo, solo alzó una ceja, incumpliendo todos los temores de Jim sin ser consciente de ese hecho. Sin ser consciente de que iba a regar el corazón de Jim con palabras tranquilizadoras y vacías de pena.
¿Desecharle? Era un ser vivo, no un producto de un solo uso destinado a perecer una vez su uso se hubiera cumplido. Jim era humano, debía ser tratado como uno. Spock no iba a desecharle.
—¿Por qué iba a hacerlo? Eres un trabajador eficiente. —Respondió observando cómo los hombros de Jim se relajaban paulatinamente, como si le estuvieran arrancando un gran peso de encima. —Aunque mentir a un oficial va contra el código de moralidad estipulado por la Flota…
Jim comenzó a reír abiertamente, llevándose las manos a la cara para tratar de disminuir su risa creciente. Spock le observó en silencio, impresionado por los cambios de humor tan bruscos que experimentaba.
¿Era eso normal en la raza humana?
—¡Es deprimente! —Exclamó en un murmullo a la par que la risa iba disminuyendo y tornándose en una melancólica sonata. —«Eficiente» es lo más bonito que me ha dicho algún oficial de la Flota en meses.
Spock le miró sorprendido, observando como Jim se quitaba las manos de la cara para sonreírle de una forma realmente tiste y desgarradora. Tan triste, pensó, como cuando su madre lo dejó partir lejos de ella.
Tan triste como un animal herido.
—¿A qué te refieres? —Se atrevió a preguntar, pues la curiosidad vulcana que le despertaba el humano era demasiado fuerte en esos momentos.
Jim era como una estrella, atrayendo con su fuerza de gravedad a otros materiales celestes a su sistema. Para no sentirse tan solo y abandonado.
—La Flota ha dictaminado que debido a mi «desventaja» no podré graduarme ni, mucho menos, ser capitán.
Jim se encogió de hombros sutilmente, soltando aire por la nariz mientras negaba con la cabeza con molestia, tristeza y enfado.
—¿No es tronchante? ¿No es increíble que te descalifiquen por una estúpida «desventaja» que solo ellos ven? ¿No es humillante que otro tome el puesto que te has ganado simplemente porque, a ojos de otro, no sufre tu «desventaja»?
Spock observó las facciones de Jim con sorpresa; percibiendo cierta nostalgia en las palabras del cadete.
Desventaja, era la misma acusación que el Alto Consejo Vulcano había volcado sobre su persona. Desventaja por ser hijo de Amanda. Desventaja por ser hijo de dos mundos. Desventaja por ser él. Una desventajada que no poseía, que de ninguna de las formas posible, padecía. Él era igual al resto de los vulcanos.
Tal vez por eso, pensó Spock, Kirk había mentido a la hora del trabajo.
Ser menospreciado, ser acusado de padecer una «desventaja» era una espinilla que se clavaba en lo más profundo del pecho. Era la forma más ruin y descarada de descalificar a alguien, era una excusa barata para no aceptar los cambios.
Y él lo entendía. Entendía a Jim, y Jim lo entendía a él.
—Jim, yo no creo que tengas una desventaja. —Susurró Spock mientras los ojos lumínicos de Jim parecían inundados de asombro y agradecimiento.
Aunque tal vez solo fuera un juego de luces y sombras.
—Gracias Spock. —Murmuró mientras Spock le colocaba una mano en la espalda, diciéndole sin palabras que le ayudaba a orientarse.
Jim se levantó poco a poco, aferrando el termo con cuidado. Spock le dijo un suave «por aquí» y Jim dejó que la cálida mano de Spock situada en su baja espalda le guiase hasta su mesa; hasta la orientación.
Y la mano de Spock era tan cálida, pensó, que de pronto no tenía miedo de no saber donde estaba.
—Sin embargo no puedo obviar que mentiste a un oficial. —Replicó Spock mientras Jim se sentaba en la silla con una risa suave.
Dejó que la cartera cayera al suelo antes de responder, permitiéndose el lujo de sentir como la mano de Spock se deslizaba por su espalda hasta marcharse.
—En mi defensa diré que jamás preguntaste si era ciego. Solo preguntasteis por algo que me impidiera realizar mi trabajo. Y, realmente, no lo vi necesario. —Dijo mientras dejaba escapar una risa junto al vi.
A este paso iba a parecerse a DareDevil.
Spock frunció ligeramente las cejas. La lógica del cadete era sólida.
—En ese caso estas en lo cierto.
Jim rió, asintiendo con energía.
—Muy amable de tu parte, Spock.
Spock lo observó durante unos segundos, percatándose por primera vez de los miles de esfuerzos que se obligaba a hacer cada día para que nadie supiera que era ciego. Debía ser, pensó fascinado, una tarea realmente compleja.
—Dado que su rendimiento en el trabajo es adecuado no veo razón alguna para presentar una queja sobre su, digamos, olvido a la hora de rellenar el formulario.
Jim formó una ligera "o" con la boca, reprimiendo una sonrisa de felicidad absoluta que quería apoderarse de él.
—Eso ha sido realmente amable por tu parte, Spock.
Spock frunció ligeramente el ceño.
—No hay amabilidad en mis palabras, solo he realizado un estudio basándose en los puntos positivos y negativos…
—Shhh...
Jim alzó una mano, pidiendo silencio con una sonrisa franca. Spock calló, observando como Jim se acomodaba en la silla de forma relajada.
—Sólo… tan solo gracias. —Dijo finalmente. —No hace falta otra cosa, de verdad Spock. Solo gracias por permitirme seguir aquí.
Spock asintió.
—De nada. —Dijo finalmente, recibiendo la sonrisa radiante de Jim.
—Eso está mejor.
Spock dio un paso hacia atrás, dispuesto a volver a su mesa.
—Es hora de volver al trabajo. —Le dijo mientras veía como Jim sacaba el padd de la cartera mientras asentía.
Y por primera vez se preguntó cómo no se había dado cuentas antes. Era cierto que Kirk sabía disimular realmente bien, de hecho podría convencer a más de una persona de que le compraran el puente de Brooklyn, pero él no era esa clase de persona. Por ello no podía dejar de preguntarse como lo había hecho.
¿Qué clase de distracción había usado para que no se percatara de ello?
Spock no podía pensar otro adjetivo en esos instantes para Jim que no fuese «fascinante». Pues había logrado manejar la atención de Spock con sumo cuidado, colocándola donde quería y en el momento justo. Había hecho, en vocablo humano, un truco de magia; había creado una ilusión.
Y decían que los humanos eran simples.
—Jim…—Murmuró captando la atención del rubio, que no tardó en dedicarle una radiante sonrisa.
—Dime, Spock. —Susurró dejando sobre la mesa el condenado y extraño termo.
—Tal vez mi pregunta sea inapropiada. —Dijo con un tono de voz totalmente neutro y carente de emociones. —Pero si no es una molestia me gustaría formularla.
Jim sonrió de forma coqueta—la más coqueta que había usado en Spock hasta el momento—, apoyando la barbilla en la palma de la mano derecha.
—Por favor, Spock, se inapropiado.
Spock alzó una ceja. ¿Le estaba coqueteando?
—No sé a qué te refieres exactamente con inapropiado; creo que nuestras definiciones discrepan. —Replicó de forma serena.
Jim por su parte solo pudo dejar escapar una risa divertida.
—Es solo una forma de hablar.
Spock alzó una ceja, aún no muy seguro de la mala excusa de Jim.
—Solo me preguntaba, ¿qué es exactamente el tema de su termo? —Preguntó finalmente, observando como el rostro de Jim hacía una mueca.
—Maldito Bones, sabía que me la iba a jugar. —Masculló tomando el termo con el ceño fruncido y girándolo entre las manos.
Spock le observó con curiosidad.
—¿Salen elfos de Papá Noel? —Preguntó tratando de pensar como Bones. —Si no es eso, seguro que me he paseado con una bordería por toda la Academia, o con un termo lleno de princesas Disney.
—Me temo que no entiendo ninguna de esas referencias.
Jim río, abrazando el termo contra su pecho.
—Solo describe el dibujo.
Spock observó el termo que Jim le ofrecía, alzándolo con una mano a la altura de su cabeza. Estaba lleno de colores llamativos, infantiles incluso, y la forma del dibujo era sencilla, líneas finas, rasgos simples y detalles casi insignificantes. Además, según lo que había entendido sobre definiciones terrícolas, los dibujos del termo podían calificarse como «lindo» según los estándares humanos.
—Salen seres de orejas puntiagudas vestidos con extravagantes ropas, trabajando como esclavos en lo que parece una fábrica clandestina de ilógica.
Jim estalló en una profunda carcajada, provocando que unas lágrimas se apoderaran de sus ojos por unos segundos. Se sujetó el estómago con las manos y dejó caer el termo en la mesa mientras trataba de detener su risa.
Bones era, decididamente, muy retorcido.
Y Spock era sumamente encantador cuando se lo proponía.
—¡Son duendes, Spock! —Exclamó mientras se secaba una lágrima y normalizaba su respiración. —Son los duendes de Papá Noel.
—¿Entonces esos duendes son una especie subyugada al mandato del tal Noel? —Preguntó Spock con una ceja alzada.
Jim dejó escapar una risa divertida.
—Es una fiesta humana; son personajes de la Navidad. —Explicó amigablemente, acariciando el termo con una sonrisa. —Son parte de una historia y una serie de costumbres que se remontan hace muchísimo tiempo.
—Creo que necesitaré más información sobre ese tema.
—Para mí sería un honor ayudarte en ese tema, Spock.
Spock caviló, no había nada mejor que un humano para explicarle costumbres humanas. Sobre todo porque los humanos eran los seres más extraños de la Federación. Ni siquiera ellos mismos se entendían los unos a los otros—e incluso muchos afirmaban no entenderse ni a ellos mismos—.
—¿Tienes algo que hacer después de nuestra jornada laboral? —Se atrevió a preguntar con las manos tras la espalda.
Jim aumentó su sonrisa.
—Nada en absoluto.
—Entonces, sino es una molestia, me gustaría reclamar algo de tu tiempo esta tarde. —Pidió mientras observaba como el ánimo de Kirk se disparaba.
—Puedes reclamarme todo el tiempo que quieras.
Continuará
