6. Ver sin mirar.

Bones dejó el Tricorder en la mesa auxiliar, dando por finalizada la revisión del cadete del cual no pensaba memorizar su nombre. Había sido realmente desagradable con Chapel, la enfermera con la que hacía practicas, y esta había salido muy disgustada del cuarto donde el muchacho estaba sentado.

Lo peor de esas circunstancias era que no podía evitar pensar en su hija Joanna. ¿Era posible que, al crecer, algún estúpido pretendiente tratase de cortejarla de la misma espantosa forma que a Chapel?

Más le valía a los hombres que no fuese así, pues conocía más de una forma de eliminar a un ser vivo mediante un «accidente» médico.

—Listo, no tienes nada grave. —Le dijo al cadete sin mirarlo. —Puedes irte ya.

Con un ademán de la mano le indicó la salida al cadete antes de volver su atención en la instrumentaría medica de la Flota, mordiéndose la lengua para no soltarle un insulto que acribillase a sus difuntos. Cuando el cadete salió Chapel volvió a entrar con una sonrisa de agradecimiento suave.

—Gracias, Mccoy. —Dijo amablemente, sujetando entre sus manos unos padd con más tareas.

Leonard le sonrió.

—No pasa nada, así cojo experiencia para espantar a los parásitos que decidan revolotear alrededor de mi hija.

Chapel rió suavemente, llevándose una mano a los labios para esconder su risa ascendente.

—¡Booonnnessss!

Leonard frunció el ceño.

—Lo siento, mi cachorro perdido me reclama. —Le dijo a Chapel, que solo le sonrió indicándole que no pasaba nada. —¡Ya voy Jimmy-boy!

Jim arrugó la nariz, apartándose de la puerta de la enfermería para que la gente pudiera pasar.

—Sabes que no soporto que me llames así. —Masculló una vez Bones había llegado hasta él con una sonrisa de triunfo.

—Y yo odio que me digas Bones.

Jim negó, obstinado.

—Sabes que en realidad te gusta.

Bones torció el gesto.

—Nunca pienso admitir eso.

Jim rió, colocando el asa de su cartera sobre su hombro con cuidado. Saber que Bones siempre sería así le animaba enormemente.

—¿Qué quieres? —Preguntó Bones finalmente, estirando un brazo para ponerle el cuello del uniforme en su sitio.

Era un acto que, inconscientemente le relajaba. Le recordaba a cuando ayudaba a Joanna a ponerse el uniforme del colegio por las mañanas. O cuando en invierno le ponía la bufanda de la peculiar manera que tienen los padres de ponerla para asegurarse de que el viento no se lleva la bufanda ni enferme a su retoño.

Unas manías que inconscientemente había extrapolado a Jim a lo largo de los dos años que llevaban juntos en la Academía.

—Venía a buscarte para comer. —Respondió Jim mientras alzaba una fiambrera de Star Wars que Joanna le había regalado el año pasado. —Es mi forma de compensarte por haberte dejado algunas tardes solo.

Bones dejó escapar una risilla irónica.

—Ya claro. Dame diez minutos y estoy contigo ¿de acuerdo?

Jim asintió.

—A la orden doctor. ¿Espero en el patio de siempre?

—Sí, pero no te metas en ningún lío, ¿me entiendes? Estoy allí en diez minutos. Diez, no te metas en lío. —Volvió a repetir mientras clavaba una seria mirada en Jim, que reía divertido ante sus demandas.

—Relájate Bones, me portaré bien.

—Eso ya lo veremos. —Masculló antes de volver hacía donde estaba Chapel esperando con los padd. —¡Diez minutos! Solo trata de no meterte en líos por diez minutos, no creo que sea tan difícil.

Jim dejó escapar una carcajada.

—Hablamos de mí Bones, diez minutos es mucho tiempo.

El médico dejó escapar un bufido de molestia.

—Lo sé, no me lo recuerdes.

Jim agitó la mano a modo de despedida, girando sobre sus talones para salir al patio donde solían reunirse. El patio donde había conocido a Spock. El mismo Spock que, hacía una semana había descubierto su secreto. El mismo que le había seguido tratando como a un igual. El mismo Spock con el que quedaba casi todas las tardes durante al menos dos horas—como mínimo—después del trabajo para hablar de temas diversos.

De hecho hablaban de cualquier cosa en realidad.

Jim dejó caer la cartera en el banco, sentándose en este junto a un suspiro. Últimamente su vida estaba siendo más ajetreada de lo normal, y no es que se estuviera quejando, solamente era que temía que todo se acabara desembocando. Como un río cuando ha llovido demasiado y acaba saliéndose de su cauce.

Y las consecuencias podían ser desastrosas y maravillosas. Como cuando, siglos antes de que pusieran la presa que redefinió el cauce del Río Nilo, este inundaba sus orillas al completo, llevándose consigo lo que sus largos brazos de aguas torrenciales—a causa del deshielo—alcanzaban para llevárselo de obsequio al mar. A cambio, sin embargo, dejaban—una vez el agua volvía a su cauce—una serie de sedimentos realmente ricos que volvían la tierra fértil y generosa en sumo grado.

Estaba divagando.

Acarició la fiambrera, reconociendo las letras en relieve distraídamente. Nunca había estado tan emocionado con la idea de volver a ver, tal vez porque se lo estaba jugando todo, tal vez porque nunca había estado tan cerca de conseguirlo, tal vez… ¡Había tantos tal vez que Jim desconocía cuál era el verdadero!

Pero pensó que era mejor así.

Jim sonrió ampliamente, alzando la vista hasta el camino con alegría, reconociendo unos suaves pero firmes pasos.

—¿Sueles pasar por aquí cada lunes? —Preguntó en tono jovial, escuchando como los pasos que, en un principio no iban a detenerse, se pararan frente a él.

Spock lo observó con curiosidad, alzando la vista del padd que revisaba para el informe que debía entregarle a Pike.

—Solo un lunes sí y otro no. —Informó recibiendo la suave risa de Jim. Risa a la que se había acostumbrado alarmantemente rápido.

—¿Vas a ver a Pike?

Spock asintió.

—Afirmativo.

—¿Tienes prisa? —Se atrevió a preguntar mientras le daba ligeros toques a la fiambrera un tanto indeciso.

¿Habría sonado muy lanzado para Spock?

—Negativo. ¿Por qué lo preguntas, Jim?

Jim aumentó su sonrisa. Tomó la cartera que había tirado a su lado y la dejó caer en el suelo, al lado de sus pies. A continuación palmeó el sitio libre a su lado con alegría, sin apartar la mirada de donde venía el olor de Spock.

Que a esa hora del día olía a árboles.

Vagamente se preguntó como lo haría. Luego pensó que posiblemente fuese su sentido del olfato nada objetivo.

—Toma asiento, podemos hacernos compañía mutua. Yo tampoco tengo prisa.

Spock lo pensó durante unos segundos. Sin embargo la presencia y compañía de Jim no le desagradaban, de hecho era todo lo contrario. ¿Debería empezar a preocuparse por ello? O, por el contrario ¿debería aceptarlo sin más?

Sin tener una respuesta concreta Spock se sentó al lado de Jim, observando el perfil del cadete por unos breves instantes antes de que este volviese a mirarlo. Y maravillado comprendió que aún era incapaz de descubrir como Jim era capaz de manejar su atención con tanta facilidad para que no se fijara en su problema visual.

—Gracias por acceder a pasar un rato conmigo, Spock. —Dijo Jim con una sonrisa amigable.

Spock negó con la cabeza sutilmente.

—No ha sido ninguna molestia. Tu compañía, Jim, no resulta, en jerga humana, pesada. —Explicó en su habitual tono neutro.

Jim rió suavemente.

—Spock, vas a sacarme los colores si sigues diciéndome cosas así. —Exclamó con diversión.

Spock alzó una ceja.

—Es físicamente imposible sacarle los colores a un ser vivo; la pigmentación del ser vivo está arraigada al ADN de forma…

Jim comenzó a reír de buena gana, con una sonrisa deslumbrante que inundó el pequeño patio de calor.

—Es una expresión. Jerga humana de hecho. —Le explicó suavemente, tratando de que no se le escapara ninguna risa mientras hablaba.

Spock frunció levemente el ceño.

—Comprendo, lamento mi confusión.

—No lamentes nada, es tierno.

Spock alzó una ceja, tentado a decirle que un vulcano no era tierno. Pero una parte de él le dijo que era un uso de energía inútil dado que Jim seguiría diciéndole tierno una y otra vez, sin importar cuánto le dijera lo contrario.

—¿Puedo preguntar qué haces aquí?

Jim asintió.

—Espero a Bones para almorzar juntos. Le encanta vigilar mis comidas y asegurarse de que mantengo una dieta equilibrada. —Jim se encogió de hombros sutilmente. —Es un poco obsesivo paranoico en ese tema.

—Es importante tener una dieta equilibrada. —Argumentó Spock observando cómo Jim repasaba las letras de la fiambrera.

—No le des la razón a Bones, después no hay quien le aguante. Seguro que se pasará toda la noche diciendo «¿ves cómo tenía razón? Deberías hacerme más caso maldición, soy médico no tu dietista.»

Jim negó levemente con la cabeza.

—Por lo que tengo entendido a muchos humanos les gusta recrearse en sus aciertos y victorias. —Explicó Spock.

—Supongo que tienes razón.

Spock observó un poco más en silencio a Jim. El cadete tenía la costumbre de tocar un objeto varias veces seguidas—como por ejemplo la fiambrera que tenía entre las manos—, repasaba los relieves y los cambios de material—y por ende de tacto—con lentitud, subiendo y bajando los dedos con cuidado.

—¿Qué estás haciendo, Jim? —Preguntó finalmente, captando la atención total de Jim. —Sueles tocar mucho los objetos.

Jim le sonrió un poco. Spock casi creyó ver algo de bochorno en aquella sonrisa pequeña y suave

—Estoy viendo. —Le confesó en un susurro. —Las personas invidentes ven mediante el tacto, me ayuda a imaginarme como es algo. Es ver sin mirar. —Dijo finalmente. —No sé cómo explicarlo mejor.

Spock asintió sutilmente.

—Entonces es algo que sueles hacer.

Jim negó.

—Casi nunca. Tan solo he visto a mi madre, a mi hermano y a Bones. No suelo hacerlo porque me gusta que la gente piense que puedo ver como ellos. Si fuese viendo a las personas a mí alrededor sería extraño y sospecharían.

Spock le miró con una ceja alzada, interrogativo.

—¿No sientes curiosidad? —Le preguntó mientras los ojos azules de Jim rodaban de vuelta hacia él.

—Mucha. —Susurró con una frágil sonrisa en el rostro. —Me encantaría, por ejemplo, poder verte. Pero sé que te incomodaría, he leído que los vulcanos no son muy propensos al contacto físico. Así que solo me quedó imaginar cómo eres.

Spock le miró durante un largo rato, observando cada gesto que realizaba mientras hablaba.

—¿Cómo imaginas que soy?

Jim le sonrió.

—Maravilloso.

Continuará...