7. Sentir, pensar y murmurar.
Spock dejó suavemente el padd sobre la mesa, distraído vagamente por los sucesos que acontecieron ese día al medio día—hacía apenas una hora de eso—. Alzó la vista hasta Jim, quien se servía café del llamativo termo lleno de duendes alegres—seguramente bajo los efectos de una droga, aunque Jim hubiese reiterado que no era eso— ataviados con gorros rematados con cascabeles.
Mientras observaba el rostro concentrado de Jim y las manos que, con suma gentileza, tocaban el vaso no pudo evitar pensar en la conversación que habían mantenido hacía apenas dos horas y cincuenta y dos minutos, doce segundos.
Ver con las manos.
¿Cómo debía ser el mundo de Jim? ¿Cómo imaginaría a las personas, a las vistas y a las no vistas? ¿Los colores, que los humanos adoraban tanto, tendrían significado para él? ¿La Academia tendría sentido, o sería una mera enumeración de pasos dados en el vacío?
Spock frunció el ceño levemente. Estaba comenzando a pensar demasiado en Jim y aquello no era bueno. Pensar tanto en una persona, según los estándares humanos, significaba que, o bien, odiabas a esa persona o la querías. Y Spock estaba seguro—un 100% seguro—de que no odiaba a Jim.
«Curiosidad científica» se dijo con vehemencia un par de veces seguidas, «es mera curiosidad científica.»
Volvió la atención al padd, recordándose que debía meditar largamente si quería purgar los miles de pensamientos relacionados con el cadete. No era profesional pensar demasiado en su compañero de trabajo. Y, más importante aún, como vulcano debía de no sentir nada respecto a nadie o nada.
Hacía años que había tomado esa decisión y ya era tarde para dar marcha atrás.
Las siguientes horas pasaron en un suspiro, envueltas en el manto del tiempo inconexo que asola a muchos recuerdos. El trabajo resultaba a veces como un baile lento—un baile de salón—, una sucesión de gestos y pasos medidos que deben darse en el compás correcto sino se quiere perder la sintonía y desperdiciar el esfuerzo puesto durante el resto de la danza.
De hecho, podría decirse, que se hallaban en mitad de un baile; pues el error de uno podía ser el del otro. Sin compenetración no se hallaba fruto, tanto en el trabajo como en el baile. Pues estaban en medio de un vals de trabajo.
Un vals con su ritmo sencillo de tres pasos dados a igual velocidad. El trabajo, a veces monótono, tomaba casi sin pestañear la música imbuida en su pulso marcado cada tres, tomando el inicio del mismo origen que el vals; pues el baile comienza con ese pulso. Y el sencillo contoneo del un, dos, tres del baile se metamorfoseaba en las pautas del trabajo.
Uno, la información, dos, las muestras, tres, el análisis…
Jim alzó la vista junto al término de su jornada laboral. Se mordió el labio inferior levemente, pensando si debía invitar a Spock a otra de sus muchas veladas. ¿Qué tema podría usar ese día para retener a Spock? ¿Spock usaría algún tema para retenerle un poco más de tiempo?
Negó sutilmente con la cabeza para despejarse.
—Spock. —Se atrevió a decir, porque él era Jim T. Kirk, y había hecho cosas más alocadas y peligrosas antes.
Spock le miró, percatándose de la encantadora sonrisa que Jim le estaba dedicando. Una sonrisa, pensó, que junto a sus hombros ligeramente tensos indicaban cierta inseguridad. Inseguridad que se negaba a aceptar como suya bajo cualquier amenaza existente.
—Sí, Jim. —Respondió suavemente.
Jim relajó los hombros mientras ampliaba su sonrisa. Ya tenía la atención de Spock, solo quedaba sacar un tema de interés.
—¿Los vulcanos toman café?
Spock le miró con curiosidad. Así que Jim también presentaba signos de curiosidad hacia su cultura. Era algo lógico y previsible, ahora que lo pensaba, pues a él la cultura humana también le despertaba curiosidad.
—En nuestra cultura no existe ese ritual llamado tomar café. En Vulcano no crece el grano de café ni ninguna planta con atributos similares. —Explicó mientras terminaba de recoger su mesa de trabajo. —Así pues, respondiendo a tu pregunta, en Vulcano no se toma café.
Jim se levantó de la silla con cuidado.
—Entonces nunca has tomado un café.
Spock asintió.
—Afirmativo.
—¿El café es dañino para los vulcanos? —Preguntó una vez se hubo situado en el recibidor del despacho.
Spock caminó hasta quedar a su lado.
—Negativo, no produce ninguna reacción negativa en el sistema vulcano.
Jim asintió, como si estuviera en medio de una clase.
—¿No tenéis, pues, problemas con la cafeína?
—Los vulcanos poseemos un control total de nuestro cuerpo Jim. —Recitó mientras Jim empujaba la puerta de salida. —Somos capaces de procesar la cafeína dado que sería innecesaria para nuestro organismo sin ningún problema.
Jim dejó escapar una pequeña "o" de sus labios junto a la llegada de una sonrisa. La puerta se cerró tras ellos.
—Entonces supongo, teniendo en cuenta los datos recabados, que el café no te hace daño y que nunca lo has probado.
Spock asintió.
—Eso he dicho.
Jim pasó la mano por el asa de la cartera, percibiendo su tacto rugoso pero suave con tal gesto.
—¿Estás ocupado? Quiero decir, que si no tienes nada que hacer podría llevarte a una cafetería a probar café. Si quieres claro. —Jim miró al frente, tratando de no sonar desesperado.
Spock le miró durante un segundo en silencio. El café parecía ser un ritual humano sumamente importante, por lo que desconocerlo podría ser perjudicial. Además la idea de compartir ese ritual con Jim no resultaba ilógica.
O tal vez sí.
—Acepto tu invitación, Jim.
Jim sonrió ampliamente, tragándose la exclamación de victoria que quería escapar de su garganta.
—¿Pues a qué esperamos?
—A que me digas la dirección. —Replicó Spock con una ceja alzada.
Jim rió.
—Es una expresión humana Spock. Una pregunta retórica para ser más exactos. —Explicó con ánimo.
Spock asintió.
—Lo lamento, la jerga humana se me escapa a veces.
—Yo creo que esa es una de las razones por las que eres tan encantador.
Spock alzó una ceja.
—No creo que ese sea el término exacto.
—Yo sí. ¿Te importaría prestarme tu brazo? —Preguntó mientras guardaba el termo vacío en la cartera.
Spock lo observó sin entender.
—¿Mi brazo?
—Así es. Oh, perdón, se me olvida que no estás acostumbrado a esto. —Murmuró señalándose de forma disimulada los ojos invidentes al mismo tiempo que sonreía a modo de disculpa. —Esto es como una simbiosis: yo me agarro de tu brazo, tú me dices las calles y yo te guío. Normalmente no tengo problema para ubicarme dentro de «el radio de seguridad», que es como llama Bones a los lugares conocidos, pero a esta hora hay tanta gente que resulta difícil ubicarse.
Spock le observó con curiosidad, maravillado.
—¿Puedes ubicarte por San Francisco sin necesidad de una ayuda exterior? —Preguntó tratando de no sonar brusco.
Jim asintió.
—Solo los lugares a los que ya haya ido antes con cierta regularidad. Un ejemplo de ello es la Academia, me sé de memoria toda su estructura.
—Fascinante.
Jim enrojeció, aunque Spock no supo si fue por su cumplido—como diría un humano—o por orgullo. O tal vez eran ambas.
—Gracias.
Jim se paró ante la puerta de la Academia, ante la salida a la ciudad de San Francisco. Spock observó la sonrisa nerviosa y suave que llenaba los labios de Jim mientras esperaba su respuesta.
Mas, antes de ser consciente si quiera, le respondió en un murmullo:
—Puedes tomar mi brazo.
Jim amplió su sonrisa, sorprendiendo a Spock con su feliz gesto. ¿Cómo era posible sonreír tanto?
—Dime si voy por buen camino. —Susurró mientras alzaba la mano y la aproximaba al cuerpo de Spock lentamente.
Se sentía como un arqueólogo que tocaba por primera vez el tesoro perdido que ha buscado toda su vida.
—Vas bien. —Le respondió Spock, sintiendo como la mano de Jim tocaba su hombro con cierta timidez.
La mano de Jim se deslizó por la chaqueta del uniforme negro, descubriendo su textura sumamente parecida a la de su propio uniforme. Bajó del hombro hasta llegar al codo, deteniéndose en una exhalación de aire antes de volver a bajar un poco más. Se sentía tan nervioso como un adolescente en su primera cita.
Spock le observaba en silencio, sin apartar la vista de la mano que se movía en susurros por la manga de su chaqueta. Parecía un tanto inseguro respecto a donde dejar la mano y, durante una fracción de segundos, Spock creyó que deslizaría su mano—tan suavemente como una llovizna—hasta la suya.
Pero no lo hizo.
Finalmente Jim se decidió, deshaciendo un cuarto del camino con parsimonia. Ninguno se movía, apenas hacían ruido al respirar. Jim se sentía como en una bolsa de aire caliente, a punto de caer al vacío ante el más mínimo cambio de temperatura. Spock sentía que estaba cometiendo un tabú, al borde de quebrar normas silenciosamente talladas en su educación.
Y no tenían miedo ni de caer al precipicio ni de quebrar las enseñanzas.
Estaban como escondidos en un santuario, perdidos en un espacio inconcreto donde el tiempo se impartía de forma irregular e imprevisible, dejando lagunas en sus cabezas de las que sus sentimientos se apoderarían en silencio. Pues jurarían haber estado en ese momento durante al menos más de veinte minutos, sin embargo apenas llegó a los cinco.
Jim deslizó la mano por el brazo de Spock, percibiendo finalmente el calor que emanaba de sus músculos definidos. Su palma se encontró dichosamente con el brazo, emitiendo un suave susurro al mismo tiempo que sus dedos se apretaban suave y lentamente alrededor, afirmando su agarre como en un sueño.
Spock miró los ojos de Jim, tan azules como el cielo de la Tierra y tan perdidos como la noche sin luna. ¿Qué añorarían ver con tanto anhelo? ¿Qué esperaban encontrar en medio de la inexistencia que se extendía ante ellos? ¿Qué aguardaban hallar al mirarle con tanta intensidad?
—¿Bien? —Se atrevió a preguntar en un murmullo, captando la atención de Spock que se volcó inmediatamente en su voz.
—Bien. —Repitió tomando el control de su voz finalmente.
Porque la cercanía con Jim, la mano de Jim contra su brazo, no era incómoda ni extraña. Era como una brisa tibia de primavera que llenaba de bienestar con su suave vaivén. Era como rayos de sol deslizándose en sincronía por la tierra. Era como estar bajo un manto de estrellas que besaban las briznas de hiervas con cuidado para llenarlas de roció cristalino.
Era sentir los latidos del corazón como único enlace con la realidad.
Spock tardó un minuto entero en volver a hablar. No supo si fue por temor a romper el cándido halo que se había instaurado alrededor de ambos o porque de pronto las palabras se habían perdido en sus labios.
¿Tan largo era el camino que debían de recorrer las palabras?
—¿A dónde hay que ir? —Preguntó Spock en murmullo, recobrando a base de fuerza de voluntad todos sus años de educación vulcana.
Jim le sonrió con cariño, despertando de la ensoñación en la que había caído. Pues el calor de Spock, su embriagante olor a tranquilidad y su voz serena lograban disipar la conexión establecida con la realidad.
¿Tan embriagadora resultaba la dulce sensación que le producía?
—Primero hacía delante, después ya se verá. —Susurró alzando la mirada con decisión.
