La Mentira

«Ella no sabía entonces cuál era su destino. Vivía el día a día, añorando, deseando y velando por el bienestar de los que amab;, sin siquiera saber que su persona destinada, la persona que más adoraría y que la amaría en la vida, la persona que, por ella, daría más que la vida misma, era aquella que menos imaginaría»

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Nuevamente brillaba el sol en la ciudad de Nerima y se reflejaba en los destellos rojizos del brilloso cabello de una joven apresurada.

Y es que Ukyo Kuonji, por segunda vez en la semana, estaba llegando tarde a clases. Cosa extraña en ella, una persona absolutamente puntual y responsable. Pero es que a principios de primavera el amor estaba a flor de piel y le provocaba insomnio y, otras veces, sueños tan pero tan perfectos que era un pecado salir de ellos.

Corría sin descanso mientras los pétalos de las flores de los cerezos jugaban con las hebras de su cabello; era la época idónea para el amor, ideal para ella, sobre todo para una adolescente de diecisiete años eternamente enamorada de su mejor amigo de toda la vida que, hacía poco tiempo, había comenzado a sentir mayor interés en su persona. La acompañaba a su casa, pasaba su brazo por sus hombros e, incluso, había llegado a besarla en la mejilla. ¡Dos veces! Si se lo preguntaban, eso para una persona tan conservadora como ella, significaba demasiado. Y Ranma lo sabía.

Incluso Ranko, la hermana gemela de Ranma y una gran amiga suya, se notaba extraña; por lo que Ukyo asumía, sin lugar a dudas, que estaba un poco celosa por el temor de que su hermano y amiga se pusieran de novios y la dejaran de lado en las salidas. Eso nunca pasaría; aunque, claro, lógicamente ella y Ranma necesitarían de su tiempo a solas como pareja... Pero... ¡Ahhh! Eso es algo que pensaría más adelante.

Con las mejillas encendidas ingresó al predio escolar sin notar que otra persona venía en la misma dirección que ella, ambos tan concentrados en sus propios pensamientos que ninguno anticipó el inevitable choque.

Desconcertada, Ukyo apoyó sus manos para protegerse de la caída, pero el golpe nunca llegó...

—Ouch...

Lamentablemente la voz masculina era de lo más conocida para Ukyo y, por supuesto, para nada grata. Había caído encima de la persona que, a su parecer, era el mayor bufón de la escuela.

El nefasto Ryoga Hibiki. Nunca le había caído bien, aunque él nunca le hiciera algo particularmente malo, no podía ni verlo. Lo detestaba, y es que ya había llegado a un punto en el que ni siquiera podía ignorarlo.

Avergonzada al sentir sus piernas enroscadas con las de él y sus pechos aplastados contra el torso masculino, se levantó rápidamente sin ninguna delicadeza para con el muchacho.

Él no volvió a quejarse pero la mueca en su boca le decía que tal vez se había pasado un poco con su brutalidad. Solo un poquito.

—Fíjate por donde vas, idiota —le dijo mientras sacudía las faldas de su uniforme.

Los ojos verdes de Ryoga brillaron con desafío, sin embargo, se levantó en silencio mientras alistaba su uniforme a la par de Ukyo.

—Vamos a llegar tarde a clases —atinó a decir antes de que la joven de cabellos cobrizos desapareciera de su vista dejando una gran nube de polvo. Por supuesto no podía faltar el "idiota" que le gritó a la distancia. Claramente, nunca iba a comprender a las mujeres, mucho menos a una tan testaruda como esa... Si es que lo quisiera.

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Ukyo bufó por enésima vez durante la última media hora. Ya era demasiado malo y vergonzoso entrar al salón de clases y que el profesor la sacara argumentando que era una irresponsable, como para sumarle quedarse en la puerta de dicho salón con la inedita y para nada grata compañía del estúpido de Hibiki. Que para su mala suerte había elegido ese día para quedarse dormido. Vaya suerte la suya.

Pero el sólo pensar en Ranma le hacía saltar el corazón. Cuando lo vio fugazmente -antes de ser echada por el profesor- él le dedicó una de sus deslumbrantes sonrisas picaras que le marcaban ese tentador hoyuelo, tan amado por Ukyo. Sólo él podía ser el hombre de su vida; ningún otro podría hacer que su corazón latiera tan desesperado en su pecho.

Quería verlo, quería verlo con tantas ganas...

-Es increíble lo rápido que cambian las expresiones de tu rostro en apenas un milisegundo.

Y es como si su rozagante cuento de hadas hubiera sido cubierto por la más densa de las nieblas y aplastado por un horrible y deforme ogro.

Miró a Ryoga con rencor, pero el joven en vez de amedrentarse, simplemente levantó una ceja. ¿De verdad le era tan indiferente cuando ella apenas podía aguantar verlo? Si fuera algo digno de admiración, realmente él se llevaría los premios.

—No es algo que te importe, Hibiki.

—Ja, de seguro estabas pensando en el idiota de Ranma.

—¡Y qué si es así! —sonrojándose, bajó la voz—, no es de tu incumbencia.

Apoyándose en la pared, Ryoga metió las manos en los bolsillos de sus pantalones y sonrió con ironía.

—Estás un poco rara con el uniforme femenino.

Ukyo luchó contra el calor que subía rápidamente a sus mejillas para que él no viera que sus palabras la habían abochornado. Era cierto que no solía usar el uniforme de chicas porque las faldas le parecían incómodas e innecesarias; pero tampoco se veía mal con ellas... ¿O si?

Además, tenía que gustarle a Ranma y a nadie más.

El joven, sintiendo la incomodidad de ella, quiso decir algo, pero el sonido del timbre indicando la finalización del primer módulo de clases, se lo impidió. Intentó acercarse a Ukyo que ya se alejaba dándole la espalda; él no era una persona que le gustara ofender a los demás y, podía asegurar, que su comentario sobre el uniforme la había afectado negativamente. Como cada una de las malditas palabras que salen de mi boca, pensó con sarcasmo.

Estaba a punto de alcanzar a la joven, cuando escuchó su nombre con el tono de la dulce voz de la chica de sus sueños que lo dejó congelado en su sitio.

Se volteó para encontrarse frente a frente con la chica más bella del mundo para él. Akane Tendo lo tenía embobado desde la primera vez que la había visto en primer año de secundaria, cuando lo había desmayado de un pelotazo en la cabeza. Desde entonces, él había estado a su lado incondicionalmente con el -extremadamente lamentable y doloroso- título de mejor amigo y confidente.

Así de injusta era la vida para él.

Pero estaba decidido a que todo eso terminara en el baile de primavera que se llevaría a cabo ese viernes por la noche en la escuela. Se confesaría y le pediría a Akane la oportunidad de hacerla la mujer más feliz del mundo. Después de todo, no habría jamás alguien que la amara más de lo que él lo hacía.

—Ryoga. Ryoga, ¿me estás escuchando?

Despertando de golpe de sus ensoñaciones, contestó:

—Claro que te escucho, Akane -una sonrisa bobalicona se dibujó en su rostro y comenzó a rascarse la cabeza con nerviosismo—. Sabes... Este... M-me G-gustaría... Emm...

Akane ladeó su cabeza, mirándolo con curiosidad. Su amigo le producía una ternura infinita; siempre estaba ahí para ella sin importar qué. Era una persona de oro y lo quería muchísimo.

Como Ryoga seguía balbuceando, ella tomó su mano con cariño y la apretó.

—Dime, Ryoga. ¿Qué pasa?

—Megustariallevartealafiestaelviernesporlanoche... Si te parece bien, claro.

El joven respiró profundo, aguardando la respuesta de ella. Vio confusión en sus enormes ojos avellana —seguramente estaba tratando de comprender lo que él había dicho— hasta que, finalmente, sonrió. Aunque esa sonrisa era algo extraña. O eso le pareció.

—Oh... Me lo han pedido antes —justo cuando el corazón de Ryoga se oprimía, añadió—: pero por supuesto que iré contigo. No hay nadie mejor.

El joven reprimió el impulso de dar el salto de su vida. ¿Akane había dicho que sí? ¿Qué iba a ir con él? Necesitaba comprobarlo, sólo por si sus oídos le habían hecho una mala jugada…

—¿E-en serio?

Ella sonrió, con esa expresión que él amaba más que a nada en el mundo y asintió.

—Iré contigo, seguro la pasaremos estupendo —miró su reloj de pulsera—. Ryoga, lamento dejarte pero tengo que ir a mis clases de Kendo.

—Sí —contestó Ryoga mientras la veía alejarse como un hada; y saliendo de su ensoñación recordó que él también tenía que continuar su día—. El club de Artes Marciales.

Se apresuró a llegar para no llegar tarde más veces en ese día. Se metió en el vestuario y, por fortuna, aún había chicos preparándose para la sesión, así que no estaba fuera de hora. No podía evitar querer saltar, cantar, gritar y gritar… Akane iría con él al baile más importante en toda la vida de un estudiante de secundaria y no cabía de la felicidad. Al fin podría expresarle correctamente sus sentimientos; el ambiente sería el propicio y se prepararía para entonces con todo. No se quedaría nada para sí, ninguna palabra, ninguna emoción.

Su pecho se sentía tan cálido, tan vivo; su corazón no dejaba de latir desesperado, tan fuerte, tan salvaje que esperaba que todo no fuera sólo un sueño. La decepción y frustración podrían matarlo.

Una vez listo, mientras se dirigía con sus compañeros al gimnasio, a la lejanía pudo distinguir a Ukyo Kuonji en la puerta. Ciertamente no quería cruzarse con esa chica más veces ese día. No es que le desagradara, ella parecía amable —al menos cuando la veía interactuar con las demás personas—, pero pada vez que sus penetrantes azules se posaban en él, parecía que veían a un gusano aplastado con las vesículas desparramadas a su alrededor. Sí, esa era la sensación que le daba cada vez que Kuonji lo miraba. Lo cual no entendía para nada, porque él jamás había hecho algo para desagradarle a tal punto. Bueno, a lo mejor, su odio hacia él se debía a que cuando ella había ingresado a segundo año de primaria, él la había tomado por un chico y, por lo tanto, la trataba como tal hasta que sucedió un desafortunado incidente… Bueno, sí, tal vez, ella nunca pudo superar aquello. Aunque ya hubieran pasado cinco años.

Lo peor de todo es que durante los últimos tres años de segundaria, habían sido compañeros de salón y el hecho de que ella lo detestara era ya sabido por todos. Sólo había que verlos para darse cuenta.

Una alegre risa llegó a sus oídos y buscó la fuente. Su sorpresa fue grande al ver que la misma provenía de su verdugo. Ella estaba riendo de algo que le dijo Saotome, quien reía a su lado. No era asombroso que ella riera, eso no fue lo que lo sorprendió ya que antes la había visto reír y sonreír, pero nunca de aquella manera tan feliz, tan brillante, tan… linda. Hasta sus ojos azules tomaban un matiz distinto, más suave, más hermoso.

Se veía que hasta Kuonji podía ser una chica dulce con el hombre del que estaba enamorada. Porque no es que Ryoga tuviera muchas luces, por el contrario, era bastante tonto con esos temas, pero se podía ver a leguas que a esa chica le gustaba Ranma Saotome. Como a muchas otras, claro está. Sin embargo, en las expresiones, en los gestos, en todo lo que hacía esa chica, podía ver que Saotome realmente le gustaba. Como a Ryoga le gustaba Akane. No, como él amaba a Akane.

Tal vez, sólo por eso, sentía simpatía hacia ella, sin importar lo que Kuonji sintiera hacia él.

Para su desgracia, en cuanto ella lo vio acercarse, toda bonita emoción desapareció de su rostro para volverse una mueca de desagrado. Al ver ese cambio, Ranma se volteó y sus miradas, verde y azul, se cruzaron. Se conocían casi de toda la vida, podía decirse que eran amigos pero existía una enorme rivalidad entre ellos.

—Ryoga, así que te dignaste a venir —con una sonrisa de superioridad, Ranma se volteó hacia él—. Hoy toca la tan esperada competencia. Somos los segundos.

Ryoga sonrió de lado, mostrando un colmillo.

—Lo estaba esperando con ansias.

Ukyo vio el intercambio de testosterona y suspiró. Lamentó perder la atención de Ranma en pos del tonto Hibiki, pero pronto comenzaría el entrenamiento.

—Ranma —lo llamó—. Te esperaré en el predio, mi próxima clase se suspendió así que, si no te molesta, puedo esperarte para ir juntos a casa.

—De acuerdo, U-Chan —dijo y sonrió con confianza. ¡Cuánto lo amaba! —. Verás cómo les doy una paliza a todos.

Ryoga los dejó atrás e ingresó al gimnasio con sus compañeros. El entrenador aún no había llegado así que tenían algo de tiempo de ocio. Pero él necesitaba entrar en calor, no pelearía contra cualquiera. Pelearía contra Ranma, y no quería perder… de nuevo.

—Oye, Hibiki —lo llamó uno de sus compañeros, Tatsuya— ¿A quién llevarás al baile?

Infló su pecho como un orgulloso gallo, pero fue interrumpido antes de poder contestar.

—Conociéndolo, no se animará a invitar a nadie —se burló Mousse—. En cambio yo iré con mi adorada Shampoo.

Todos lo miraron con lástima, pensando en las cosas que habrá hecho o tendría que hacer para que, la tan codiciada, Shampoo accediera a ir con él.

—¿Y qué dicen de Ranko? —volvió a preguntar Tatsuya.

—Es una de las chicas más lindas —dijo Daisuke—, pero lo más seguro es que vaya con Kuno, que cumple todos sus caprichos, el pobre imbécil.

Todos asintieron de acuerdo.

—Yo estaba pensando en invitar a Kuonji —comentó Hiroshi sonrojándose. Y Ryoga pensó que era un caso perdido—. Nunca antes la había visto con atención, pero es una chica muy linda… cuando se comporta como tal.

—Olvídalo —objetó Daisuke—. Kuonji no irá con nadie más que con Ranma, eso es obvio.

Inconscientemente, Ryoga asintió.

Resoplando, Hiroshi rebatió:

—Entonces podría invitar a Akane Tendo.

Entonces, Ryoga sintió que era su turno de reclamar lo que sentía su derecho.

—Akane ya está ocupada —una lenta sonrisa se extendió en su rostro, su corazón volvió a latir acelerado—. Hace unos momentos le pregunté, y aceptó ir conmigo.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Tatsuya. De todos los involucrados, era el único que no tenía problemas con las chicas al ser de carácter burlón y extrovertido.

—Por supuesto.

Y no supo qué fue, pero una sensación de peligro lo invadió. Un cosquilleo en su nuca lo obligó a voltearse para encontrarse cara a cara con Saotome y Kuonji que venían entrando al gimnasio. Algo en los penetrantes ojos de Ranma le puso los pelos de punta.

—Maldito con suerte —lo felicitó de un puñetazo en el hombro Daisuke, y ajeno a todo, se acercó al joven de la trenza, aprovechando que Kuonji estaba ahí—. Hey, Ranma, ¿tú a quién invitarás al baile?

Ranma apretó la mandíbula y en un impulso, tomó a Ukyo de la cintura, acercándola a su cuerpo, llenándola de desconcierto y luego haciendo que se sonrojara como un tomate.

—A Ukyo, por supuesto —él la miró con los ojos azules encendidos y ella no pudo evitar perderse, sin percatarse de los extraños que eran todos aquellos gestos—. Si ella me acepta. ¿Vendrás conmigo, Ukyo?

A Ryoga no le gustó para nada aquello. Le importaba muy poco con quién iba o dejaba de ir Ranma a cualquier lado, pero las maneras y ese sentimiento de incomodidad no encajaban.

Observó a Kuonji que estaba muda y muy roja. Seguramente se sentía emocionada y avergonzada, incluso él podía ver eso, pero a nadie más parecía importarle y todos miraban aquella escena con atención.

Ukyo finalmente abrió la boca y de ella salió apenas un suave «Sí»

Todos los que los miraban aclamaron en respuesta; sin embargo con la llegada del profesor Tofu, los chicos se fueron alejando al centro del gimnasio.

Ranma entonces la soltó, con una singular sonrisa y se alejó con los demás, dejándola confundida y con un particularmente extraño pinchazo de desilusión.

Es decir, sí, Ranma le había pedido que fuera con él al baile, que era lo que ella estaba deseando, pero… esa no había sido la forma que había imaginado, ni esos eran los sentimientos que —creía— le habrían despertado. Quizás era tan solo algo de su imaginación y ella esperaba demasiado. Después de todo, así era Ranma, muchas veces un despistado de lo peor.

Pero aún cuando buscó consuelo en eso, un sentimiento de tristeza se estaba anidando en las profundidades de su corazón, sin que ella pudiera notarlo.

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Luego de un breve calentamiento, el entrenador Tofu los llamó para que comenzara la competencia de Artes Marciales amistosa que habían organizado.

El primer encuentro pasó entre gritos y risas de parte de todos los integrantes del club. La segunda pelea era suya. Ryoga se puso de pie y acomodó su cinturón negro, mientras iba al centro al igual que Ranma.

La sensación de peligro aún la sentía en el aire, pero no le prestó más atención de la necesaria.

Tofu se puso al medio de ambos para que se inclinaran entre sí a modo de saludo, y estirando una mano dijo en tono alto y fuerte «Comiencen»

Antes de que Ryoga siquiera levantara su cabeza, Ranma se precipitó hacia para asestarle un puñetazo, sin embargo, sus reflejos le permitieron esquivarlo y repelerlo con una patada a la barbilla que Ranma logró evadir con destreza.

Impulsándose con sus piernas, Ryoga se lanzó hacia el joven de la trenza que lo esquivó y contraatacó con una fuerte patada en la nuca que le hizo vibrar el cerebro y lo dejó aturdido. Se alejó lo más posible para recuperarse del golpe, pero Ranma no le dio tregua. Lo atacó con una lluvia de puñetazos de los que se cubrió como pudo.

Ranma arremetió con una serie de golpes en su estómago de una velocidad increíble. Siempre había sido así, Ryoga podía ser físicamente más fuerte, pero Saotome era infinitamente más veloz.

Sin dejar intimidarse, Ryoga se mantuvo en pie, tratando de recuperar el aire en cada respiración. Sabía que Ranma tenía algo. Se estaba tomando esa pelea mucho más en serio de lo que pensó, ni siquiera reía o bromeaba cuando le daba un puñetazo.

Cuando Saotome volvió a abalanzarse, el joven de ojos verdes se hizo a un lado y logró un buen golpe en las costillas de su contrincante. Aún cuando era fuerte, controló la fuerza del golpe para no lastimar de gravedad. Pero parecía que Ranma se había olvidado de eso hace rato.

Escuchó a lo lejos a Kuonji animar a Ranma y eso le molestó. Estaba siendo aporreado y él, incluso, le tenía consideración a su rival. Sus ojos se encendieron y la llama de La Victoria hondeó. No iba a llevarse ningún golpe gratuito más.

Ranma comenzó a rodearlo como un tigre, pero Ryoga no iba a permitirse ser su presa. Los ojos de uno estaban clavados en los del otro con ferocidad.

Ryoga decidió que era el momento de atacar; barrió el piso con su cuerpo, haciendo que Ranma saltara, pero antes de que lo esquivara por completo, tomó su tobillo y lo lanzó hacia una de las paredes del gimnasio provocando un golpe sordo.

Lo arrinconó rápidamente mientras las neuronas de Saotome volvían a su sitio y le asestó otro puñetazo en las costillas.

El chico de la trenza, al reaccionar, saltó, esquivando los otros golpes y esta vez fue él quien con un feroz empujón, enjauló a su presa.

Quería dar el golpe final, el tiro de gracia... Necesitaba hacerlo pedazos…

—Ya es suficiente —el profesor Tofu detuvo el puño de Ranma antes de diera un golpe fatal—. Ya es suficiente —repitió como si supiera que recién ahora la nebulosa en la mente de Ranma se estaba apartando—. Tranquilízate, Ranma.

Las rodillas de Ryoga se aflojaron, pero su orgullo le impidió caer. Todo su cuerpo estaba cubierto de sudor frío. No entendía bien el por qué, pero la intención de Ranma desde que habían comenzado era exterminarlo.

Todo ese tiempo, Saotome sólo había estado jugando hasta dar el golpe final. Habían sido gato y ratón. Depredador y presa. Odiaba admitirlo, aunque fuera para sí mismo, él sabía que había sido la humillante presa.

Pudo ver que el entrenador le hablaba lentamente a Ranma, y él asentía… ¿avergonzado? No podía decirlo con certeza, ya que, de por sí, se sentía algo mareado por los golpes en el estómago que apenas le dejaban respirar por el dolor. No es que no estuviera acostumbrado, porque siempre había sido muy estricto con su cuerpo, pero diablos que Ranma se había esmerado.

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Ukyo se acomodó en la barra de su restaurant. Estaba cansada y hacía mucho calor. Afortunadamente, no tenía muchos clientes esa tarde.

Suspirando, apoyó la mejilla en su mano, Ranma había estado muy frío y distante cuando habían vuelto a casa. Estaba como ido, y enojado. Y todo había sucedido luego de su encuentro con Hibiki. Algo había pasado, pero no se animó a preguntar. La expresión de Ranma era de piedra, y algo en su interior le dijo que lo mejor era dejar todo como estaba.

Sin embargo no podía dejar de pensar que todo era culpa de Ryoga Hibiki. Y eso que ella estaba tan emocionada porque iba a ir con el amor de su vida a la fiesta…

La campanilla de la puerta la sacó de sus pensamientos. Sus compañeros de clase, Daisuke, Hiroshi, Tatsuya y… —por sorpresa y desgracia— Hibiki, entraron y la saludaron.

—Eh, Kuonji —la llamó Tatsuya—. Queremos comida, estamos hambrientos.

Ukyo lo miró levantando una ceja.

—Y dígame, pobre señor que ha trabajado tan arduamente el día de hoy, conquistando chicas en el horario del almuerzo, ¿qué desea comer?

Los demás rieron ante la osadía, excepto Ryoga, que se veía bastante incómodo física y emocionalmente, pero nadie lo notaba.

Los jóvenes hicieron sus órdenes de Okonomiyaky y se sentaron a hablar de los sucesos de ese día.

Ukyo, como siempre, trabajó en las órdenes con eficiencia y rapidez y les sirvió. Le gustaba ver a la gente comer su comida, haciendo gestos de placer ante el primer bocado. Ese era uno de los alicientes de ser chef.

Vio de reojo que Hibiki miraba la comida fijamente sin probar bocado. Lo más seguro es que quería menospreciar su comida; ese canalla era de lo peor, ya le diría que…

Lo vio hacer un gesto de dolor al moverse e, inconscientemente, tocar su abdomen. Era cierto, Ranma lo había golpeado y, por lo que pudo ver, no había sido nada suave.

Se mordió el labio inferior, arrepintiéndose de sus malos pensamientos. Ella no era una persona mezquina y no debería juzgar a otras sólo por lo que sus ojos ven.

Salió de la barra y fue directo al joven de colmillos para quitar su plato.

Él la miró entre sorprendido y desconfiado y eso la hizo sentir peor. Ella no era alguien que haría cosas malas a otra persona porque sí.

—Espera aquí por favor —Salió con el plato del okonomiyaky y desapareció en la cocina, para salir unos momentos después con un cuenco que emanaba un aroma exquisito —. Es caldo de hierbas aromáticas —explicó al ponerlo delante de Hibiki—. Te hará bien, para no recargar el estómago con comida sólida, al menos por un par de días —acercándose a su oído, ella fue ignorante del sonrojo que provocó en el joven—, al menos hasta que los resentidos músculos de tu abdomen vuelvan a la normalidad.

Sus ojos se encontraron y Ukyo no pudo reprimir el sonrojo que adornó sus mejillas. No había sido su intención estar tan cerca del muchacho. Pudo leer en su expresión desconcierto, sorpresa y… agradecimiento.

Ella carraspeó alejándose rápidamente.

—Gracias —dijo Hibiki, tan honestamente que calentó su pecho—. Está delicioso.

Tatsuya, que no había perdido detalle del intercambio, comentó:

—¿Lo ves, Ryoga? Fue una buena idea venir al U-Chan —se encogió de hombros—. Y eso que tú te negabas a venir con nosotros.

Ukyo vio de reojo que el joven de colmillos se encogió en sí mismo, sin dejar de sorber del caldo, y no pudo evitar la inconsciente sonrisa que se formó en sus labios. En esos momentos, Hibiki parecía un niño pequeño al cual descubrieron haciendo una travesura.

Inspiró profundamente con los ánimos renovados.

La mañana siguiente era sábado y no tenía clases por la tarde, así que podría pedirle ayuda a Ranko para que la aconsejara eligiendo un atuendo adecuado para el baile. Sobre todo uno que le gustara a Ranma.

Estaba tan ilusionada que no cabía de felicidad. Ranma sería su amor por siempre. Lo sabía.

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Recostado en su cama, Ryoga miraba el cielo nocturno por la ventana de su cuarto. Era una noche clara y con muchas estrellas.

Una suave brisa removía sus cabellos. Quiso sentarse para recibir el viento en todo el rostro pero el dolor en su dorso se lo impidió. Los golpes que le había dado Ranma, extrañamente, le pasaban factura.

Lo cierto es que lo que le había dicho Kuonji era cierto, le sentó estupendamente bien ese caldo. La chica podía ser amable con él cuando se lo proponía.

Pensó en Akane. Seguramente si ella le diera algo que hubiese cocinado, le habría sentado fatal. Con una sonrisa, admitió que Akane era perfecta en todo para él, menos en lo que se refería en la cocina. Tal vez, más adelante, ella podía encargarse de la limpieza mientras él se ocupaba de la comida.

La sonrisa en su rostro se ensanchó, dejando relucir sus colmillos. Vivir en un futuro con Akane Tendo sería una bendición. Un sueño hecho realidad.

Y con esos pensamientos, el sueño lo venció.

Soñó con Akane, con una familia…

Pero lo más insólito de sus sueños, era que Akane no tenía sus distintivos ojos avellana, sino unos decididos, vivos y valientes ojos azules….

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El día de la fiesta llegó demasiado lento, al parecer de Ukyo.

Estaba en su casa, ultimando los detalles de su atuendo mientras trataba de controlar a su cuerpo que temblaba sin cesar.

—U-Chan, es sólo un baile —Ranko, reluciente como siempre, se sentó a su lado en la cama y rodeó sus hombros con un brazo—. Y es sólo mi hermano. No sé qué tanto le ves.

—Sabes lo que siento —le temblaba la voz. Odiaba ser tan débil y cobarde—. Quiero gustarle. Quiero gustarle tan desesperadamente que me doy lástima a mí misma.

Y eso no es algo que le dijera a cualquiera. Sólo Ranko podía escuchar las verdades más profundas de su corazón.

Los ojos azules de Ranko, iguales a los de Ranma, se ensombrecieron. Pero, dado su estado de nerviosismo, Ukyo fue incapaz de notarlo.

—Mi hermano no merece a una mujer como tú, U-Chan.

—¡No digas esas cosas! —exclamó avergonzada—. Ran-chan es lo mejor que me pasó en la vida. Siempre ha estado conmigo y… lo amo—musitó— ¡Lo amo!

Decir esas palabras en voz alta no era para nada fácil. Nunca las había gritado tan abiertamente.

Su rostro estaba rojo, tan caliente que sentía la necesidad de meter la cabeza en la nevera.

—Bueno, basta de cursilerías —Ranko la tomó por los hombros e hizo que la mirara a los ojos—. Ahora voy a prepararte, no sólo para que mi hermano quede con la boca abierta, sino para que todos los hombres en esa fiesta se giren a mirarte.

—No me interesa ningún otro-…

—No quiero que digas nada —la calló la pelirroja con un dedo en sus labios—. Déjate llevar, hoy no eres Ukyo Kuonji. Eres la mujer más hermosa del mundo y es tu noche. Y yo, mi querida Cenicienta, yo soy tu magnífica e inigualable Hada Madrina.

Ukyo rió ante la ocurrencia y se dejó llevar por su amiga que la ayudó a prepararse, ya que ella no sabía nada de maquillaje ni de cosas femeninas.

Se negó a abrir los ojos y mirarse, no quería sentirse avergonzada de lo que viera hasta que fuera demasiado tarde y no hubiera vuelta atrás, ya que ante cualquier imperfección, sería capaz de esconderse debajo de la cama y no salir en una semana.

No era algo que le gustara admitir, pero se tenía menos cero confianza cuando se trataba de comportarse como una señorita.

Ranko la maquilló con fluidez, y la ayudó a colocarse el vestido. Sólo cuando le anunció que estaba lista, fue capaz de abrir los ojos y dirigirse al espejo.

Lo cierto es que le tenía una gran confianza a su mejor amiga, pero se había pasado. Su reflejo era… era algo… algo completamente espectacular. No podía reconocerse, no se comparaba a la joven… mujer, que se veía en el reflejo.

Llevaba el cabello suelto, con apenas unos detalles de prendedores en forma de hojas verdes desparramados por todo el largo. Sus ojos se veían grandes y brillantes; la sombra celeste y violeta de los párpados, hacía que resaltara el azul de sus ojos.

Y el vestido… era un sueño. Nunca más desconfiaría de los gustos de Ranko.

Era un vestido que resaltaba sus curvas, color verde agua que le quedaba unos cinco centímetros por arriba de las rodillas. Y en la parte de atrás, rodeando, tenía una cola negra de tul, que le llegaba hasta los tobillos, donde lucía unas sandalias negras altas. No estaba acostumbrada a los tacos; en realidad, no estaba acostumbrada a usar maquillaje o vestidos, pero si ese era el resultado, lo valía.

Su Hada Madrina era, ciertamente, maravillosa.

—¡Ahhhh! Es tan genial para una artista que su obra de arte se quede sin aliento.

Ukyo se lanzó a abrazar a Ranko.

—¡Gracias! ¡Gracias! Te prometo que no desaprovecharé esta oportunidad Y —rió juguetonamente—. Estaré en casa antes de las doce.

—Ni te atrevas.

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Ryoga esperaba ansioso en la puerta del dojo Tendo.

Kazumi, la hermana mayor de Akane, le había dicho que ella salía en unos momentos, pero la espera estaba siendo interminable.

Estaba tan nervioso; el corazón le latía a mil por hora.

Se pasó una mano por el cabello por enésima vez en los últimos cinco minutos y suspiró. De nada serviría que se pusiera así, pero no podía evitarlo. Si tan sólo… si tan sólo…

—Ryoga, ¿te hice esperar mucho? —él pegó un respingo, pero dándose un par de palmadas en las mejillas, comenzó a girarse lentamente hacia la chica. El aliento quedó atrapado en su garganta y temía haberse puesto azul—. ¿Ryoga?

Ella estaba… ella era…. Akane era hermosa. No había otra palabra para describirla. Y en esos momentos, brillaba más que todas las estrellas y astros juntos.

Su vestido, violeta brillante se ajustaba perfectamente a cada curva de su cuerpo, dejando sus hombros y sus largas y torneadas piernas al descubierto.

Su peinado era sencillo, apenas una pequeña rosa blanca sujetaba un moño a la derecha de su cabello.

—Estás… —Ryoga quiso decir algo, sin embargo ninguna palabra salía de su boca. No quería decir nada tonto o fuera de lugar. Se armó de valor y dijo—: Te ves increíble.

Una pequeña sonrisa se formó en los labios de Akane que, acercándose a él, posó una mano en su pecho.

—Tú te ves muy guapo, Ryoga.

Y es que nunca, más que esa noche, se había puesto un traje de etiqueta.

Su corazón seguía saltando enloquecido en su pecho, esperaba que Akane no lo notara, o estaría en problemas. Al menos no debía darse cuenta ahora.

Con una nerviosa sonrisa, Ryoga le ofreció el brazo a Akane, y la acompañó a subirse al coche que su padre le había prestado para esa noche. Ahora agradecía infinitamente haber tomado esas tediosas clases de manejo.

Esa noche apuntaba a ser diferente.

La noche en la que su vida cambiaría para siempre.

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Notas:

Definitivamente soy un caso perdido. Tengo historias empezadas para continuar y estoy empezando otra nueva u.u

Pero bueno, estuve ausente un tiempo, pasaron muchas cosas…. Pero la inspiración me sigue llegando, lo único que escasea un poco es el tiempo, pero de vez en cuando me lo haré para seguir.

Estoy muy emocionada con esta historia en lo particular. Como sabrán quienes me leyeron antes, me encanta la pareja Ukyo-Ryoga, así que tengo muchos proyectos para ellos. Esta historia, en lo particular, planea ser refrescante, cómica, emotiva y llena de ternura –no cursi- solo de cosas que no vemos tan a menudo en nuestras vidas.

Así que espero que les guste.

Saludos!

;D