La Mentira
«¿Alguna vez obtuviste algo que deseabas con todo tu ser? Si la respuesta es no, eso es porque algo mucho mejor está esperando por ti… sólo que aún no es el momento.
Será pronto… Pronto…»
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Ukyo observó a su alrededor. Una vez que hubieran entrado al gimnasio principal, donde se llevaba a cabo la fiesta, perdió a Ranma, quien hacía más de media hora había ido a buscar algo para tomar.
No quería dejarse embargar por la decepción pero él apenas la había mirado. Le dijo un seco "te ves bien", y fueron en silencio todo el camino hasta la escuela; Ukyo demasiado nerviosa para decir cualquier cosa; Ranma se veía guapísimo con su traje chino color negro con un dragón dorado. La había dejado sin habla. Se consideraba, sin lugar a dudas, la mujer más afortunada del mundo... Pero Ranma... Ranma simplemente parecía estar en su mundo más de lo normal.
Hinfló las mejillas mientras pasaba entre la gente y refunfuñó para sus adentros. Tanto que Ranko se había esforzado en su atuendo, y el sacrificio que ella estaba haciendo soportando el dolor de los tacos y haciendo equilibrio...
¡Aggghhht! ¡Ran-chan, por qué era tan frustrante!
En su distracción, chocó contra alguien y perdió el equilibrio.
Afortunadamente, unos fuertes brazos la tomaron de la cintura y le impidieron caer.
Aturdida, Ukyo se separó y levantó la mirada.
—Graci-... —sus ojos se chocaron con unas orbes verdes conocidas—. Hibiki.
—K-Kuonji —saludó él con una inclinación de cabeza. Ukyo no podía decirlo con seguridad, pero parecía algo sonrojado—. Casi no te reconozco.
Y es que ella estaba en la misma situación. El muchacho tenía puesto un traje; lo único que le indicó que era Hibiki fue la banda negra y amarilla que nunca se quitaba de la cabeza. Casi podría decirse que se veía guapo. Casi.
Ukyo ignoró el comentario y siguió mirando alrededor.
—Estoy buscando a Ranma, ¿lo has visto?
—No llegué a cruzarlo. Yo también estoy buscando a Akane —nervioso se rascó la cabeza—. Nos separamos hace un buen rato y no la puedo encontrar. Si quieres podemos...
—No, está bien —cortó Ukyo, sus ánimos estaban extrañamente decayendo y no quería la compañía de nadie. Solo de Ranma—. Buscaré por aquel lado. Nos vemos.
Solo pudo avanzar un par de metros cuando la tomaron de un brazo.
—¿Quieres bailar, preciosa? —preguntó el joven que la había detenido. No lo conocía, así que seguramente era de segundo año. De todos modos odiaba que la tocaran tan indiscriminadamente.
Antes de que pudiera contestar alguna grosería, una voz masculina sonó detrás de ella:
—La señorita ya está acompañada.
El joven levantó las manos en alto, indicando respetos hacia el recién llegado y se retiró.
Ukyo se dio la vuelta con una ceja levantada.
—Creí decirte que iba a buscar sola.
Ryoga sonrió tenuemente y contestó:
—En realidad no lo dijiste.
—Como sea, yo puedo encontrar a mi pareja sola.
—Y no lo dudo, pero tal vez tú puedas ayudarme y yo pueda ayudarte.
—No me puedo imaginar en qué.
—Pues, como por ejemplo yo puedo entrar al baño de hombres y tú al de mujeres.
Ukyo lo pensó un momento y asintió sin muchas ganas. La noche no estaba siendo ni de cerca lo que ella había imaginado y Ranma estaba desaparecido en acción.
Buscaron en todos los baños del predio del gimnasio, incluso en el depósito de materiales, pero no había rastros de ninguno de los dos.
La pesadez en el vientre de Ukyo se intensificó. Ella no iba a hacer ningún escándalo ni planteo histérico por lo que estaba sucediendo, pero su instinto le decía que algo no estaba para nada bien.
Sintió la necesidad de tomar aire, se sentía ahogada y sofocada.
—Saldré un momento —no tenía por qué darle explicaciones a Hibiki, pero sintió que si no lo hacía, estaría siendo grosera sin razón, cuando él estaba siendo bastante decente.
Comenzó a moverse entre la gente hacia la puerta. Y vio que el muchacho de colmillos la seguía muy serio. Tal vez Hibiki también se sentía frustrado.
—Quiero estar sola —le dijo al ver que tomaba el mismo camino—. No tienes por qué venir, puedes buscar a Akane.
—Necesito refrescar mi cabeza —dijo simplemente.
Ukyo decidió no discutir, sus energías se estaban agotando demasiado rápido. Iba tan distraída, que no se dio cuenta en el momento en el que Hibiki se adelantó a ella, ni tampoco se percató cuando la tomó de su antebrazo para guiarla entre el gentío. Si ella hubiese estado más consciente, se habría dado cuenta de que el joven atajaba sus tropiezos y trataba de ir a su ritmo.
Notó que estaban en el exterior cuando el aire frío con olor a lluvia golpeó su rostro y coloró sus pálidas mejillas. Ella seguía el ritmo hasta que se chocó contra algo sólido, que resultó ser la espalda de Hibiki. Frotándose la nariz estuvo a punto de reclamarle, pero vio algo que la dejó sin aliento...
Al lado del gimnasio, en el árbol floreciente de cerezos, había una pareja abrazada. Pero no eran cualquier pareja.
Ukyo luchó por no vomitar, sentía en su estómago un cúmulo de emociones que iban a explotarle finalmente en el pecho.
Allí, bajo el árbol, a la luz tenue de la luna, Ranma estaba sosteniendo y besando amorosamente a Akane Tendo.
Su Ran-chan estaba besando a otra mujer.
Quiso ir hacia ellos y separarlos, gritarle, reclamarle a Ranma una explicación de lo que estaba haciendo y que todo resultara un mal entendido, pero no pudo hacer nada de eso. Su cuerpo estaba inmóvil, sin vida.
A su lado, Hibiki exhaló débilmente, como si se estuviera recuperando de un gravísimo golpe en el estómago. Y podía entenderlo, ella se sentía igual o peor.
Fue justo en ese momento cuando Ranma levantó su mirada azulada, aquella que tanto amaba, y la fijó en su persona. Primero vio sorpresa y luego vergüenza. Ukyo no podía asegurar qué clase de expresión le habría mostrado ella a Ranma.
Luego de unos instantes que fueron eternos, los vio acercarse. Ambos estaban increíblemente sonrojados.
Algo dentro de Ukyo se hizo añicos. No quería que se acercaran. No quería verlos.
—U-chan, yo...
En un impulso, Ukyo estiró su brazo y, tomando a Hibiki de la nuca, acercó bruscamente su rostro al suyo, sellando sus labios. Fue apenas un roce que, en un segundo, se volvió un beso feroz cuando las manos del muchacho la tomaron de la cintura, acercandola a él e inmovilizando su cuerpo.
Ese era su primer beso. Y ni siquiera entendía cómo o por qué habían llegado a eso.
Su garganta quemaba como si le hubieran vertido lava. Cerró los ojos con fuerza pensando en que todo aquello era una bizarra pesadilla de la que luego se reiría.
Pero dolía, dolía demasiado como para serlo. Su pecho se elevaba y bajaba con gran rapidez, tomando y expulsando un aire que nunca llegó a sus pulmones que ardían por la necesidad de oxígeno.
Cuando Hibiki hizo mucha más presión sobre su cuerpo, Ukyo se quejó. Dolía, la estaba lastimando. Quiso empujarlo pero él era demasiado fuerte, no pudo moverlo un sólo milímetro.
Ya era demasiado. Quería morir, desaparecer de la faz de la Tierra y hacer como si nunca hubiera existido.
En cuanto el joven quiso profundizar aún más el beso, Ukyo mordió sus labios. Sintió el sabor metálico de la sangre en su boca una vez que Hibiki se separó de ella apenas unos centímetros, mirándola con una expresión salvaje y furiosa que jamás había visto en nadie.
Alguien aclaró su garganta y ambos se separaron bruscamente. ¿Qué diablos estaba pasando?
Ranma y Akane los miraban con expresiones que iban de la sorpresa a la curiosidad.
Ranma habló primero:
—No sabía que ustedes tenían ese tipo de relación.
¡Y no la tenemos! Quiso gritar Ukyo con todas sus fuerzas. Ranma la estaba mirando con sus ojos de tigre, intensos y curiosos. No había reclamo en ellos. No había dolor. No había nada... Cuando ella se estaba cayendo a pedazos.
Su vista comenzó a nublarse al mismo tiempo que sus ojos comenzaron a picar.
No... No, no, no ¡No! No podía llorar ahora. No podía pasar eso.
Quiso decir algo para poder escapar antes de hacer el ridículo, antes de hechar por los suelos la poca dignidad que le quedaba; sin embargo de su boca no salió nada. Ya no podía ver, ni escuchar. Todo dolía. Su garganta quemaba, sus labios ardían y sus entrañas se removían inquietas.
¿Qué clase de universo extraño era ese?
Escuchó el murmullo de unas voces y luego de unos segundos, alguien la tomó de la mano y tiró de ella. No sabia a donde iban, pero no importaba. Se sentía como una muñeca completamente vacía.
Se estaban alejando, podía decirlo por el cambio de clima. Estaban en plena primavera, pero las noches aún eran frescas. Se sintió más estúpida aún cuando recordó que no había llevado ningún abrigo para estar bonita, para que nada la opacara.
La ironía de todo esto es que ella era la única que se creía la protagonista de un romance que jamás fue suyo. ¿En qué momento había pasado todo? ¿Cómo pudo ser tan ciega y estúpida?
El viento comenzó a soplar con fuerza, moviendo salvajemente las copas de los árboles.
Ukyo comenzó a tiritar. Ya no sabía si era por los nervios o el frío.
Un suave peso sobre sus hombros la hizo despertar de su lapsus. Alguien le había puesto un saco negro, y ese alguien estaba frente a ella.
Sus ojos oscuros se encontraron con unos confusos y adoloridos ojos verdes. Era tan fácil leerlos que Ukyo se preguntó si los suyos mostrarían la misma expresión. Después de todo, ambos sufrieron el mismo desengaño.
¿Qué podía decir cuando ella apenas se mantenía en pie?
—Gracias... —musitó, refiriéndose al abrigo.
—No es nada —contestó el muchacho mirando para otro lado, se veía perdido y abatido—. N-no deberías llorar.
Solo entonces Ukyo notó que sus mejillas estaban empapadas de lágrimas que seguían saliendo de sus ojos sin que lo notara.
Se sintió estúpida y débil. Ella nunca lloraba. No frente a alguien.
Se llevó las manos a la cara y se la secó torpemente.
—No estoy llorando —sabía que negarlo era estúpido, pero su vena orgullosa era necia—. Es el frío.
Pero las lágrimas no cesaban y un vergonzoso sollozo se escapó de sus labios.
—Kuonji... —Hibiki dio un paso hacia ella.
—¡No te me acerques!
—Kuonji, escucha...
—¡No! ¡Vete! ¡Déjame sola!
—No voy a dejarte sola. Te llevaré a casa.
Ukyo quiso fulminarlo. Hibiki lucía acabado, triste y cansado pero aún así quería fingir ser un caballero.
En un ataque de rabia, se sacó los tacones de una patada, quedándose descalza en medio del parque.
—¿Es que eres más idiota de lo que pareces? ¿No te das cuenta de que quiero estar sola?
Hibiki frunció el ceño. No iba a aguantar eso, no hoy, no ahora.
—Vas a estar sola cuando te deje en casa. No antes.
—¿Y tú quien diablos te crees que eres?
—La persona que te va a llevar a casa.
—¿Por qué no te metes en tus asuntos?
—Eres mi asunto desde que te saqué de esa maldita fiesta para que nadie te viera lloriquear.
Tanto Ukyo como él se sorprendieron por esas palabras. No era algo que el joven acostumbrara a decir.
Furioso, Hibiki se pasó bruscamente una mano por sus cabellos.
—No quise decir eso —con vergüenza vio como los ojos de la chica se llenaban de nuevas lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas y ella trataba de apartar sin exitos—. Kuonji, yo...
—No tienes que decir nada —musitó escondiendo sus ojos en su flequillo—. Sólo déjame sola. Quiero estar sola.
Ryoga nunca había sido bueno con las chicas. La única chica de la que se había enamorado era de Akane, su única amiga. A quien, debido a las contundentes pruebas, no podría tener jamás. Pasó una mano por su nuca y cerró los ojos hacia el nublado cielo nocturno.
Diablos, dolía. Dolía demasiado saber que la chica que tanto amaba estaba en los brazos de otro.
Pero ahora no tenía tiempo de lamentarse. Lo haría en soledad donde pudiera palear toda su mediocridad, pero ahora tenía que hacerse cargo de una chica completamente destruida que aún quería pretender ser fuerte.
La observó frente a él, pálida, temblorosa. Como jamás imaginó ver a Ukyo Kuonji. Y al recordar lo sucedido entre ellos se sonrojó de pies a cabeza. El beso que habían compartido había sido el primero.
Se sentía un idiota al tener casi dieciocho años y nunca haber dado siquiera un beso, pero así era él. Lo más irónico de todo, era que ese beso no fue dado a su chica ideal, sino que fue producto de la furia y el dolor. No era algo que quisiera recordar.
Dio un paso hacia Kuonji; la llevaría a casa para cerciorarse de dejarla a salvo.
—Kuonji, vamos —lentamente, acercó su mano a sus frágiles hombros para dirigirla en dirección a su restaurante.
Ella se dejó conducir, no sin antes sacudirse fuertemente para que la soltara.
Bien, aparentemente él era un ser odiundo y repugnante.
Se mordió la lengua para no decir nada y siguió caminando al ritmo de la joven. Una lluvia ligera comenzó a caer entonces, pero ella pareció no notarlo porque siguió caminando tan o más lento de lo que ya lo hacía.
Sintió como el agua comenzaba a colarse entre sus ropas. Su camisa blanca estaba completamente pegada a su cuerpo y el frío le caló los huesos. Realmente esperaba que Kuonji estuviera protegida del frío con su abrigo, al menos hasta llegar a su casa.
Antes de que pudieran llegar al departamento de la chica, una tormenta se desató con fuerza. Ukyo reaccionó ante la fría lluvia y el viento. Su ánimo se acoplaba perfectamente a ese temporal.
Fue consciente del momento en el que Hibiki la tomó en sus brazos sin permiso y comenzó a correr con ella a toda velocidad. ¡Maldito desconsiderado! ¿Cómo se atrevía a tocarla de aquella manera? Ya le haría saber quién era Ukyo Kuonji.
Le asestó un certero golpe en la cabeza del que el joven se quejó entre dientes, pero no por ello disminuyó el paso. De un momento a otro se detuvo tan de repente que ella tuvo que aferrarse a sus hombros para no caerse.
Ukyo parpadeó sorprendida mientras Hibiki la bajaba suavemente frente a la puerta de su casa. ¿Cómo habían podido llegar tan jodidamente rápido?
—Entra para que no siguieras mojándote.
Ukyo lo miró a los ojos. No había nada más que sinceridad en ellos. Hibiki podía ser un idiota, pero tenía una vena de caballero indiscutible.
Lo vio temblar casi imperceptiblemente, y notó que era ella quien tenía su abrigo. Por mucho que quisiera estar sola, no podía dejarlo en medio de esa terrible lluvia.
—Entra —le dijo mientras abría la puerta.
—No es necesario. Yo-
—Es necesario desde que fuiste tú el que insistió en traerme a casa.
Hibiki se estremeció al escuchar el mismo tono brusco que él había utilizado con ella momentos antes.
Asintió, pensando en que no era del todo una mala idea esperar unos momentos hasta que la lluvia amainara.
Siguió a Ukyo al interior, cerrando la puerta a sus espaldas. Su corazón aún estaba acongojado. Aun no había aceptado la realidad. Pero en ese preciso momento, en ese instante, viendo la pequeña y frágil figura de la joven caminar frente a él, sintió que no estaba solo en eso. Alguien entendía sus sentimientos. Alguien estaba tan herido como él. Aún cuando ese alguien fuera Kuonji.
Ella fue hacia la cocina y puso la tetera en el fuego. Luego desapareció por un pasillo para volver unos minutos después con un par de toallas.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Ambos se sumergieron en un incómodo silencio mientras tomaban el té caliente te que ella había servido. La lluvia seguía cayendo a mares y no parecía querer amainar.
Sentándose en la mesa de la cocina, Ukyo observó la fuerte figura del joven frente a ella. Podía ver a través de su camisa mojada los marcados musculos de sus brazos, antebrazos y abdominales.
Ranma también los tenía, pensó.
Y quiso enterrarse en ese momento. Su estómago se contrajo de los nervios.
Cerrando los ojos intentó recordar las últimas semanas con él. ¿Como no se había dado cuenta?
Evidentemente, además de estúpida, era ciega.
Pero Ranma la había invitado al baile. ¿Por qué la habría invitado si quería ir con...?
Abrió los ojos cayendo en la realidad de lo acontecido la semana anterior. Ranma la había invitado solo porque Akane ya estaba ocupada. La invitó sólo porque Hibiki iba a ir con Akane.
El aire se escapó de sus pulmones.
La invitó solamente para utilizarla como un reemplazo. Para darle celos a Akane, para...
—¡Kuonji!
Con los ojos abnegados de lágrimas miró el rostro preocupado de Hibiki que se había acercado a ella y la apresaba contra la mesada. Estaba demasiado, demasiado cerca.
—T-tú lo sabias...
Él lució confundido.
—¿Qué cosa?
—Que ellos, que Akane y él... Que Akane y Ranma... —bajó su mirada castaña para luego juntar fuerzas y mirarlo con intensidad—. ¿Sabías que había algo entre ellos?
—¿Qué? Por supuesto que no, sino no habría invitado a Akane.
Ukyo lo dudaba. Él estaba demasiado entero, demasiado racional como para haber sufrido un desengaño. Su parte racional no podía salir a flote en su nebulosa mente.
—Estás mintiendo —le dijo rabiosa—. Sólo te estás burlando de mí. Igual que Ranma, ¡como todos!
—¿Es que acaso te volviste loca? —Ryoga se dio la vuelta frustrado—. ¿Por qué diablos yo querría burlarme de ti? ¿Y cómo podía haber sabido todo eso cuando hoy era el día en el que por fin me confesaría a Akane?
Sintió una terrible vergüenza ante su declaración, mientras la humillación comenzaba a morderle los talones. Nunca lo había dicho directamente a nadie. Mucho menos lo mencionaría luego de el acto fallido de esa noche.
—¿Entonces por qué no luchas por ella? —el tono de Kuonji seguía siendo de reclamo, altanero y despectivo hacia él.
—¿Por qué no reclamas tú la atención de tu adorado Ranma? —retrucó. Ya estaba cansado de que lo acusara y machacara sin razones.
El rostro de la chica se puso rojo de coraje.
—¿Es que eres un cobarde inútil? Tú, imbécil, poco hombre, no tienes los hue-...
No supo si los insultos o toda la frustración acumulada habían desatado esa salvaje bestia que lo poseyó, pero estaba fuera de sí cuando tomó a la chica de las muñecas y, acorralandola contra la pared de la cocina, calló sus maleducados labios con los suyos. Sus cuerpos estaban completamente pegados, podía sentir perfectamente las curvas de Kuonji a través de la ropa mojada. Sus pechos se refregaban una y otra vez contra su torso mientras ella respiraba airadamente. Y el aroma cítrico de su perfume inundaba todos sus sentidos
Él mordió sus labios y, sin previo aviso, introdujo su lengua en la boca de la chica.
La protesta y los forcejeos sólo lograban avivar un deseo salvaje y carnal que nunca antes había sentido en la vida. El torrente de su sangre corría caliente por sus venas, todo su cuerpo se sentía vivo y lleno de necesidad.
Quería más de ella, más de su cuerpo. Necesitaba...
Solo cuando un sabor salado llegó a su lengua, se despertó de su letargo, topándose con unos ojos castaños desbordados de lágrimas, su rostro completamente sonrojado y unos carnosos labios hinchados.
Se separó de ella como si quemara, sintiéndose la peor escoria del universo.
La había hecho llorar dos veces ese día, y le había faltado el respeto de una forma imperdonable.
Sintió el impulso de tomarla en sus brazos y consolarla. Se sentía terriblemente culpable, la había tomado por la fuerza sin pensar en que esa misma noche le habían roto el corazón.
A ti también te hicieron añicos el corazón, idiota - se dijo a sí mismo.
Pero no entendía la reacción tan furiosa y primitiva de su propio cuerpo.
Quiso decir algo pero nada salió de su boca. E hizo lo mejor que podía hacer entonces, aunque pareciera una de las cosas más cobardes; se retiró de la casa de Kuonji en medio de la tormenta. Solo necesitaba estar solo y enfriar sus ideas porque todo estaba siendo terriblemente loco.
Primero Akane y luego todo esto.
Caminó hacia su casa, mientras la lluvia lo empapaba por completo. Debería ir por el auto de su padre, pero no tenía ganas de aparecer nuevamente por la escuela. No ahora.
Su cuerpo seguía cliente y, aunque fuera embarazoso, también adolorido de necesidad. Era un joven adolescente sano, más de una vez había tenido esos deseos, pero esta vez tenía una enorme necesidad de... aplicarlo. Y aunque quisiera sacárselo de la cabeza, lo unico que le venía a la mente eran los labios de Kuonji; sus pechos subiendo y bajando en busca de oxígeno; sus labios rojos; sus frágiles hombros...
¡Aggghhht!
Sacudió la cabeza.
Evidentemente la furia, decepción y cachondeo no eran una buena combinación.
Paró su paso en una esquina para quedarse bajo un toldo. No estaba lejos de su casa pero la lluvia era copiosa y no podía ver nada. No quería pensar en nada. Sabía que no era el fin del mundo, pero sentía que no pudo hacer nada, ni siquiera le dio tiempo a pelear una Batalla antes de perder la guerra.
Aunque, se percató,aún podía luchar. Nada estaba dicho y, si se esforzaba, podría hacer que Akane se enamorara de él. No sería fácil, siendo que era Saotome el que estaba en medio, pero no era imposible.
Eso apenas levantó un poco su moral cuando recordó la más nefasta de las verdades...
El próximo lunes tendría que disculparse con Kuonji...
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Notas:
Bueno, definitivamente me tomé mi tiempo, ¿eh?
La verdad es que me gustan los capítulos realmente largos, pero tenía que hacer al menos una entrega, así que acá les dejo un fragmento.
No tengo mucho que decir…
Así que espero que les guste.
Saludos!
;D
