«Si entonces hubiera sabido lo que ahora siento al estar contigo, me habría considerado una loca de remate. Eras siempre tan desinteresado contigo mismo que me atrajiste. Primero porque no consideraba que un ser humano pudiera ser tan altruista, quería desenmascararte. Luego… luego simplemente no pude apartar mis ojos de los tuyos.»

Observó extrañado el pequeño paquete colgado discretamente en la puerta de su casillero. Lo tomó entre sus manos con premura y, al instante, un aroma suave y dulce se filtró por los orificios de su nariz. Abrió apenas la pequeña bolsa sin desatar el moño de la cinta azul que lo mantenía amarrado; su interior estaba lleno de pequeñas galletas con diversas formas.

Levantó una ceja. ¿Se habrían equivocado de casillero? Miró para ambos lados del pasillo sin encontrar a nadie. Pero su suposición fue descartada cuando notó la diminuta inscripción en uno de los lazos de la cinta. Podía leerse claramente «Hibiki».

Asombrado, no pudo evitar que su pulso se disparara. ¿Quién sería? ¿Por qué dejarle algo a él?

Bueno, no es que nunca hubiese recibido nada, ya que para San Valentín, solía encontrar algunos chocolates ocultos en su casillero y pupitre. Obviamente eran chocolates por compromiso que le dejarían algunas de sus compañeras de clase... O eso pensaba. Nunca había sido muy popular por su carácter introvertido. Jamás podría ser como Kuno, Tatsuya o... Ranma Saotome. Frunció el ceño al imaginarlo. No, nunca podría ser como ese tipo.

Y su mente entonces fue hacia la joven de ojos avellana, Akane. En realidad, ella siempre estaba en sus pensamientos. Pero ahora eran un poco amargos. ¿Qué habría visto en Saotome? A sus ojos, él era despreocupado, arrogante y mal educado; en resumen, una persona insufrible. ¿Por qué Akane, SU Akane, estaba saliendo con un tipo así? ¿Cómo podría él cuidarla como ella se merecía?

Desanimado, pensó que, con perseverancia, terminaría ganando su corazón. Nunca quiso agobiarla con sus sentimientos, sin mencionar que su gran timidez y el miedo a perderla también influían en su falta de valor para declararse. Lástima que, cuando lo había decidido, fuera demasiado tarde.

En ese momento, abrió sus ojos ilusionado al darse cuenta de algo...

Con premura, abrió la bolsa que seguía en sus manos y sacó una galleta para llevarla a su boca. El delicado y dulce sabor inundó sus sentidos. Era deliciosa. Suave, crujiente y sabrosa. Intentó no sentirse decepcionado al confirmar que no había sido Akane quién le dejó ese regalo, debido a que —aún cuando nunca se lo había dicho y jamás lo haría—, la joven era una pésima cocinera. Todo lo que fuera alimento, lo hacía fatal.

Igualmente, pensó mientras veía el envoltorio, no hubiese sido complicado saber que no había sido la menor de las Tendo la precursora de ese detalle, ya que las galletas tenían formas y un dorado perfectos. No había que ser un genio para saber que las galletas que, a veces hacía y él era el único que comía, salían deformes y quemadas.

Sin embargo, Ryoga se consideraba un idiota por haber mantenido incluso esa pequeña esperanza.

Un sonido lo hizo volver a la realidad y vio, por el rabillo del ojo, a sus amigos acercándose. En un acto reflejo, ocultó las galletas; no por egoísmo pero, por algún motivo, se sentía algo reacio a mostrarlo.

Sus amigos lo rodearon y, entre risotadas y felicitaciones por su supuesto —recién confirmado— "noviazgo", llenaron sus oídos de preguntas que él no podía ni estaba dispuesto a responder.

«¿Qué tal besa?» «¿Cómo sucedió? Creí que te odiaba» «¿Lo hicieron?»

Se sonrojó levemente ante las preguntas más íntimas, nunca imaginó que los hombres conversaran sobre ese tipo de cosas. Pero, al ser el primero en su grupo con "novia", los demás se lanzaron a él como lobos hambrientos, abrumándolo.

Si supieran...

Afortunadamente, la campana que anunciaba el inicio de clases sonó dándole la oportunidad perfecta para su huida.

Una vez en el salón, tomó asiento. Ese día tampoco había visto a Akane, pensó con un suspiro. Quizás pudiera verla en el descanso...

Inconscientemente, su mirada fue hacia su izquierda donde Kuonji —su novia—, miraba distraída por la ventana.

Todo sería más sencillo si ella no fuera tan arizca y odiosa con él. ¿Por qué siempre tenía que denigrarlo? ¿Qué ganaba con hacerlo sentir más idiota de lo que ya se consideraba?

Ryoga era demasiado empático para su gusto y comprendía a la perfección sus sentimientos, pero ¿por qué ella no podía comprenderlo también?

Kuonji le había propuesto esa absurda mentira que él finalmente, a la fuerza, terminó aceptando para no dejarla en ridículo en la boca de todos. No esperaba agradecimiento de su parte, pero mucho menos desprecio. Tampoco se lo merecía.

Algo en su interior lo impulsaba a hablarle, ¿para qué? Era menos que una cucaracha para esa mujer. Sin embargo había desarrollado cierto... Interés, por llamarlo de alguna manera. Su espíritu de niño explorador no quería dejarla sola en esos momentos. Aunque quizás era él quién no deseaba estar solo...

La campana volvió a sonar, dando por finalizado los primeros módulos. Recordó que había olvidado su almuerzo esa mañana, así que se dirigió al comedor para comprar algún pan.

—¡Eh, Ryoga! —lo llamó Satoshi—. ¿Vas a comprar?

Antes que pudiera contestar, Tatsuya interrumpió:

—Qué extraño, Ryoga. ¿No deberías ir a almorzar con tu novia?

Ryoga frunció el ceño al notar ese tono jocoso. Había elevado la voz a propósito. ¿Qué se proponía?

—Um —una voz detrás suyo lo alertó y no pudo evitar dar un respingo—. Hib..- mmm, vine a buscarte para ir a almorzar juntos.

Kuonji no lo miraba a los ojos, sino que su mirada estaba perdida en un punto de la pared a su derecha y su rostro ligeramente sonrosado. Ryoga observó de reojo a Tatsuya, seguramente había visto a la chica acercándose y quiso ponerla en ridículo. No entendía el afán de su compañero en divertirse a costa de la gente.

—Vamos —respondió a Kuonji—. Lo siento, Satoshi, no te acompañaré esta vez.

—No hay problema. Vayan, vayan.

Ryoga asintió y siguió a Kuonji hacia el jardín. Ella lo llevó a uno de los sectores menos transitados, sentándose debajo de un árbol. Él dudó un segundo antes de imitarla. ¿Realmente almorzaría con él o sólo sería para aparentar ante los demás?

Luego de unos minutos de incómodo silencio, ella finalmente habló:

—Traje esto —le tendió una caja de bento. Él la miró extrañado—. ¿La vas a querer o no?

Ryoga salió de su estupefacción y la miró a los ojos. Kuonji volvía a estar sonrojada. Qué extraño...

Pero antes de que pudiera responder con palabras, su estómago emitió un sonoro rugido. Sintió que el calor le subía por el cuello, Kuonji seguramente sentiría asco hacia él o peor: pena. Sin embargo, nunca esperó escucharla reír y, sin poder evitarlo, elevó sus ojos para mirarla; era la primera vez que la escuchaba reír...

Aunque no duró demasiado porque la chica calló rápidamente y dejó el bento a su lado.

—G-Gracias —musitó—. No tenías que molestarte... Yo...

—Hice de más, eso es todo.

—Sí, entiendo.

Volvieron a sumirse en el silencio. Ryoga no sabía si debía romperlo o no.

Kuonji comenzó a comer y él la imitó. Su bento constaba de arroz, tempura y pollo frito. Cuando tomó el primer bocado, un sonido de gusto se escapó de sus labios sin percatarse de la expectante mirada azul. Sabía que Kuonji era muy buena cocinera de Okonomiyaky, pero también lo era con lo demás. Pensó en decirle que estaba delicioso, aunque quizás a ella no le interesara del todo su opinión, así que prefirió guardar silencio.

Cuando acabaron de comer, fue nuevamente ella quien rompió el silencio:

—A partir de ahora, tendremos que hacer esto más seguido...

Ryoga la observó.

—¿Quieres decir... Comer juntos?

Kuonji asintió.

—Aunque no sólo eso —nuevamente su mirada parecía rehuirle—. También tenemos que aparentar pasar más tiempo juntos. Llamarnos por nuestro nombre...

—¿Qué?

Uh, no quiso que su voz sonara tan espantada. Al menos eso hizo que ella volviera a mirarlo a los ojos con una expresión enojada.

Ryoga, eres un genio.

—¿Qué tiene de malo? Es normal que una pareja de novios se llame por su nombre.

—Lo sé, pero...

—¿Otra vez con los peros?

Levantó las manos en señal de paz.

—De acuerdo, tienes razón... Emm... U-... Ukyo.

Su rostro volvía a sentirse caliente. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente tímido?

La vio de reojo, y Kuonji.. No, Ukyo también parecía incómoda.

—Ryoga —escuchar su nombre de su boca fue como un guantazo en su estómago, casi quedó sin aire—. Ryoga. No es tan difícil. Nos tendremos que acostumbrar.

Eso esperaba.

—¿Acaso te pusiste a pensar en todo lo que implica fingir algo que no somos? Puede traernos muchas dificultades.

—Sé lo que implica —replicó, acomodando un mechón de su largo cabello detrás de su oreja. Fue recién entonces que Ryoga notó que nuevamente traía su uniforme femenino—. Tenemos que apostarlo todo o nada.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que tenemos que hacerlo lo más creíble que podamos. Ya de por sí, vernos juntos es... Raro. Dudo que los demás nos vean como una pareja.

Él también lo pensaba, pero no quiso decirlo para no parecer grosero. Verlos juntos era... Un fenómeno.

—Entonces, ¿qué has pensado para comenzar?

Los ojos de Ukyo chispearon.

—No mucho... No he visto a Ranma desde hace unos días. ¿Tú?

—Estamos iguales, tampoco he visto a Akane.

Ambos suspiraron.

—Ranko me dijo que lo escuchó hablando por teléfono, arreglando una cita para este sábado en el acuario. ¿Estás libre?

—¿Eh? —realmente había perdido el hilo de la conversación—. ¿Cuándo?

—¡El sábado!

—¡Sí! Si... ¿Qué planeas?

—Nada aún, sólo que también iremos de visita al acuario —una sonrisa pícara surcó sus labios—. La operación "Celos" dará comienzo —se levantó, sacudiendo su falda y comenzó a alejarse—. Iremos ultimando los detalles. Nos vemos.

Ryoga asintió y la observó alejarse. Eso había sido... Casi aterrador. Ukyo no sólo le había traído el almuerzo —un delicioso almuerzo a decir verdad—, sino que también había mantenido una civilizada charla con él. Incluso había reído.

Esa chica lo descolocaba. Un día lo trataba como una escoria y al otro como a un ser humano. Bueno, después de todo él era una herramienta que ella necesitaba. Y viceversa, aunque él no se encontrara del todo seguro ante aquella situación.

Sacudió la cabeza, realmente esa chica quería volverlo loco.

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«No te olvides que tal vez eres el faro en la tespetad de alguien»

Mordisqueó una galleta mientras pasaba una página más del libro que estaba leyendo. No era muy adepta a las novelas rosas, pero necesitaba ideas imaginativas para su plan.

Hasta ahora, lo más relevante que había leído era que los protagonistas habían quedado varados en una cabaña en medio de la nieve y debían darse calor mutuamente... Bueno, algo bastante complicado de hacer, pensó con un sonrojo, sobre todo porque era primavera. Y, sumado a eso, ella nunca se animaría a hacerle esas cosas a Ranma por iniciativa propia. No era tan atrevida.

Lo siguiente que había leído fue que el protagonista masculino había interceptado con su propio cuerpo una bala dirigida a su amada. Wow, un gran sacrificio, pero algo poco creíble e imposible en su caso.

Por último, en otra de las historias, la protagonista había viajado 500 años en el tiempo y se había encontrado con un chico demonio del que se enamoró. La historia terminó siendo una especie de triángulo amoroso entre ella, el joven y su antigua amante a quien la protagonista se parecía mucho. Y aunque fue la historia que menos ideas le aportó —porque lo suyo era más bien un cuadrado amoroso—, fue la que más le hizo disparar los latidos de su corazón. ¿Por qué el protagonista no podía simplemente escoger una de las dos? Era obvio que sentía algo por ambas, pero una de ellas tendría que ser la que realmente ganara su corazón.

En fin, cuando terminó el libro, se dio cuenta de que quedaba inconcluso y aún no habían publicado la continuación. Maldita sea, odiaba quedarse con la intriga.

Recostada en su cama, llevó una mano a su frente pensando la vuelta que había dado su vida últimamente.

Toda la semana había estado comiendo con Ryoga... Aún le resultaba extraño llamarlo así. Mayormente iban a algún rincón donde nadie los viera, y comían en silencio tal vez comentando algunas de las cosas que harían ese sábado. Por lo demás, no tenían muchos temas de conversación. Ukyo intentaba sonreírle por las mañana, como haría una novia enamorada, aunque lo suyo era más una mueca. Y Ryoga, por lo general, le contestaba con un torpe asentimiento.

«Deja de hacer eso», le había dicho Ranko ese día, «pareces el Grinch con esa sonrisa escalofriante»

No es como si la sonrisa saliera del fondo de su corazón, de todos modos.

Habían acordado también salir juntos de la escuela —como una típica pareja adolescente— hasta un par de cuadras donde se separaban para ir cada uno por su lado. Lo más complicado había sido tomarlo del brazo; ambos caminaban rígidos como dos espantapájaros.

Lo más irónico de todo es que ellos se comportaban como novios, y no se habían encontrado de lleno con Ranma; no los había visto esencialmente juntos, ni mucho menos. Ukyo lo había cruzado un par de veces y él la saludaba como si nada, aunque se iba enseguida porque siempre tenía algo que hacer.

Verlo le provocaba muchos sentimientos encontrados: amor, cariño, frustración, enojo. Quería decirle tantas cosas…

Era por eso que quizás luego se desquitara con Ryoga.

Abrazó su almohada pensando que no se había disculpado apropiadamente por lo sucedido varios días atrás cuando él había interferido en su pelea con Shampoo. Ryoga tampoco le había dicho nada y se comportó amable. Algo que ella trataba de corresponder lo más posible, aún cuando su temperamento a veces la superaba por la pasividad del chico. Si las cosas fueran al revés, y él la hubiese tratado de esa manera, Ukyo hacía rato le habría cavado la tumba.

Exasperada, pensó que debería ser valiente y decir «Lo siento». No podía ser tan malo.

Eso esperaba.

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Ryoga miró una vez más la imagen que le devolvía el espejo y alisó las inexistentes arrugas de su camiseta. Nunca se había preocupado tanto en su vestimenta... Pero es que nunca había tenido una cita. Bueno, una cita fingida, pero cita al fin.

Con un suspiro se repasó por ultima vez. Pantalones negros, bien. Camiseta verde militar con calavera —para parecer cool—, bien. Tennis cómodos, perfectos. Billetera... ¡La billetera! La tomó rápidamente de su cajón de la mesita de luz, guardándola en el bolsillo trasero de su pantalón. Ahora sí, todo en orden.

Con una última ojeada a su reloj —todavía faltaba más de una hora para el encuentro—, fue bajando las escaleras. Podría ir caminando sin apuro para hacer tiempo.

Su padre estaba sentado en la mesa del comedor y podía escuchar a su madre tarareando en la cocina.

—Ma —llamó—. Voy a salir. No creo volver a almorzar.

—¿Vas a entrenar? —Su madre asomó la cabeza desde la cocina. Menuda y bajita como era, podía convertirse en un verdadero demonio cuando se enojaba.

—Umm, sí... Sí, a entrenar —masculló esquivo, apurando el paso a la salida para no tener que dar más explicaciones—. Adiós, pa, adiós ma.

Samantha Hibiki frunció suavemente los labios. Qué extraño.

—Deja de maquinar cosas diabólicas, mujer. Tu cabeza está echando humo.

Observó a su marido que la miraba con sus traviesos ojos verdes por encima del periódico.

—No está vestido para entrenar...

—¿Y?

—Que no va a entrenar.

—Bueno —Ryo Hibiki dejó el periódico arriba de la mesa y levantó las cejas—. Quizás vaya a hacer otro tipo de ejercicio... Ya vendría siendo hora.

Su esposa chilló, lanzándole la esponja por la cabeza. Él rió roncamente.

—Mi bebé no me mentiría —dijo, sabiendo que por primera vez, su bebé no tan bebé, había evadido su pregunta—. Como su padre deberías hablar con él.

—Y tuvimos esa charla hace mucho. Recuerda que tu bebé tiene casi 18 años.

—Sí —sonrió nostalgica, crecía tan rápido—. ¿Crees que sea una chica?

—Sólo espero que no sea un chico...

El hombre volvió a reír cuando su mujer lo golpeó en la cabeza.

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Hizo la primer cuadra rápidamente para no cruzarse con ningún vecino chismoso. Cualquier movimiento en falso y su madre sería la primera en saberlo.

Sintiendo la suave y perfumada brisa de primavera en el rostro, caminó hasta llegar al muy conocido restaurant de Okonomiyaky. Tragó duro, no había sido su intención ir hasta ahí ya que habían quedado en que se encontrarían directo en el Acuario, pero ya no podía hacer nada. Sería absurdo que fueran por separado, ¿no?

Ryoga entró y vio a pocas personas aún comiendo. Tras la barra, Ukyo sacaba una nueva orden que llevó a una mesa.

Se acercó a ella.

—Hola —saludó con una pequeña sonrisa.

—Hola —lejos de responder su gesto, la chica se apartó un mechón de cabello de su cara con impaciencia.

—¿Pasa algo?

Bueno, por la expresión de circunstancias de Ukyo podía decir que hizo una pregunta estúpida.

—Lo que pasa es que llevo toda la mañana sin parar y aún no me he bañado ni arreglado. ¡Ni siquiera sé qué me pondré!

Ryoga sacudió la cabeza.

—Todavía tenemos tiempo —la animó—. Con que te pongas cualquier cosa estará bien.

Era un hipócrita, ya que incluso él había estado dudoso con su vestimenta. Pero Ukyo era una chica, sería más sencillo para ella lucir linda.

—Qué fácil es para ti decirlo —quizás la joven leyó su mente, porque lo miraba con reproche—. Ya estás listo. Hasta siento tu perfume. ¡Y yo soy un desastre!

La desilución en los ojos de Ukyo hizo suspirar a Ryoga; sólo esperaba que en algún momento todas sus buenas acciones fueran contribuidas. Observó a su alrededor, no había más de 4 clientes.

—Ve a prepararte. Puedo ocuparme de las cosas aquí.

Los ojos de Ukyo se iluminaron, pero luego se volvió dudosa.

—¿Estás seguro?

No.

—Sí, ¿qué puede salir mal?

Y diez minutos después pensó que se habría dado un puñetazo. ¿Por qué diablos había dicho eso?

Unos clientes habían pedido una simple tortilla de huevo y, a pesar de saber hacerlas, manejar la extensa parrilla del restaurant era más complicado de lo que la chef lo hacía parecer. No sólo se había quemado, había tirado la comida y doblado una de las espátulas —Ukyo lo mataría—, sino que también había manchado su camiseta y parte de su pantalón.

No debería haberse ofrecido para ayudar, sino para sacar a patadas a los clientes.

Supuso que luego sintieron pena por él, ya que uno a uno se fueron levantando y se retiraron. Ryoga resopló fastidiado. La cita ni siquiera había comenzado y ya iba fatal. Se dirigió a la parte trasera de la cocina para buscar un poco de detergente y un trapo a modo de intentar arreglar el desastre de su ropa.

Frotó unas cuantas veces con fuerza pero no parecía haber resultados. Abrió un par de puertas en la alacena para buscar algún quitamanchas o algo parecido, sabía que estaba hurgando en una casa ajena, sin embargo Ukyo no podría culparlo.

Fue entonces que algo le llamó la atención...

Un frasco de vidrio lleno de galletas. No tenía hambre particularmente, sino que... Esas galletas se parecían a las galletas que le habían dejado en su casillero. No las había comido aún, las tenía escondidas en el primer cajón de su escritorio.

Con atrevimiento, abrió el frasco, sacando una, ya que la chica no notaría la ausencia de una minúscula galleta, ¿o si?

Tenía forma de estrella. Había también círculos, cuadrados y triangulos. Se la llevó a la boca y... Era el mismo sabor. Suave y dulzón. Por un momento su mente se nubló. ¿Ukyo le había regalado galletas?

¿Por qu-...?

—¿Qué haces?

Dio un respingo. Apenas pudo sostener el frasco para que no cayera.

—Yo... E-estaba buscando algo para limpiarme pero... —se animó a mirarla a la cara a pesar de su vergüenza, ella estaba sonrojada e incómoda. Esperaba no quedar en ridículo al hacer la pregunta que rondaba su mente—: ¿Tú me dejaste esas galletas? —luego de un breve silencio en el cual deseó que se lo tragara la tierra por una pregunta tan ridícula, ella asintió. Casi no pudo creerlo, le parecía irreal. Tanto que no se pudo abstener de preguntar—: ¿Por qué?

—Porque... Porque... Ryoga, no deberías revisar las cosas de los demás. Es de muy mala educación, ¿no te lo han dicho?

Él se acercó a ella. Por algún motivo necesitaba escuchar su porqué.

—¿Por qué me las regalaste?

El sonrojo se intensificó. Ella apartó el rostro.

—Porque no quería ser como Luisa Lein. Es decir una histérica. Digo... Tú estabas siendo un caballero y yo te escupí en el rostro...

Cada vez entendía menos. ¿Luisa Lein? No recordaba tampoco que le hubiese escupido en la cara.

—¿Qué?

Ukyo lo miró roja e irritada.

—¡Quería disculparme! ¿Está bien? No te merecías el trato que te di la otra vez. Estuve mal al sólo dejarte las galletas sin más... Siento si te molestó o causó inconvenientes.

—No me molestó —replicó rápidamente Ryoga—. Sólo me sorprendió—ella esquivó su mirada, sonrojándose hasta las orejas Ryoga sonrió, comprendiendo su incomodidad y el esfuerzo que le habría costado sincerarse. Había sido un gran deralle—. Gracias, Ukyo. Estaban deliciosas.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó, cambiando rápidamente de tema. La cálida mirada del chico la ponía nerviosa; sólo habían sido unas galletas, nada especial—. ¿Qué buscabas?

Ryoga suspiró señalando su camiseta.

—Se ensució.

Ukyo observó la mancha unos segundos, para luego tomar dos botellas que mezcló en un pedazo de algodón. Con prestía, frotó el líquido en la mancha y, poco a poco, comenzó a salir. Ryoga se tensó cuando ella pasó a la mancha de su pantalón, demasiado cerca de la bragueta de su pantalón; aunque Ukyo se veía tan concentrada que no parecía darse cuenta. De pronto, ella se puso de pie y desapareció por el pasillo para volver con un secador de cabello que prendió y apuntó a su camiseta y, luego, a su pantalón. Fue entonces que Ryoga, sorprendido por su rapidez al solucionar ese problema doméstico, la observó. Llevaba el cabello suelto mojado, y un vestido corto, ajustado en su pequeña cintura y vaporoso en las faldas. No acostumbraba a verla de aquella manera —obviando su atuendo para la fiesta—, pero se veía increíblemente bonita. Lo estaba comenzando a poner nervioso, sobre todo al tenerla tan cerca y sentir el perfume a flores de su cabello. No estaba de más decir que no era bueno con las chicas.

—Listo —dijo apagando el secador—. Sin ninguna mancha.

—Eres buena, gracias.

—Te toca —Ukyo le tendió el secador de cabello y se puso de espaldas, sentándose sobre el mostrador de la cocina.

Ryoga miró el aparato en sus manos confundido, hasta que comprendió lo que ella pedía. Lo prendió, pasándolo suavemente por todo el largo de su cabello castaño. Era demasiado espeso, así que no tuvo más opcion que comenzar a tomar mechones entre sus dedos para ayudar al secado.

Ukyo tenía un cuello muy bonito y esbelto, pensó en un momento, cuando lo dejó al descubierto. Pero sacudió la cabeza quitando las ideas estúpidas de su mente. Nunca había sido un adolescente que se dejara guiar demasiado por las hormonas. Para él sólo había una chica y esa era Akane.

Aunque, a decir verdad, no estaba ciego...

—Oye —Ukyo inclinó la cabeza un poco como si estuviera pensando—. Hay algo que no especificamos...

—¿Qué? —preguntó Ryoga concentrado con su cabello.

—Las nuestras de afecto —él tiró un mechón de cabello con fuerza—. ¡Ouch, cuidado!

Él la ignoró.

—¿Qué muestras de afecto?

—A ver —Ukyo masajeó su cabeza sintiendo que la migraña estaba comenzando—, somos supuestos novios. ¿Cómo crees que se comportan las parejas?

—Se besan, abrazan... —las facciones masculinas denotaron horror—. ¡No haremos eso!

Ukyo rabió fastidiada.

—¡Idiota, lo dices como si yo sí lo quisiera! ¡Ni que tuvieras tanta suerte! —con un suspiro exasperado, trató de serenarse—. Podemos empezar por tomarnos de las manos. Pero... —añadió, girándose a verlo—, no dudaré en besarte si es necesario para que Ran-chan crea que vamos en serio, por más desagradable que sea la experiencia.

Ryoga sólo frunció el ceño, habiéndosele extraviado por completo el leve buen humor con el que había comenzado.

Ukyo pensó que si Ryoga hubiese sido otro chico, le habría hecho un comentario mordaz sobre que sus besos no le habían resultado tan desagradables el día de la fiesta cuando había sido ella quien se había lanzado directo en sus brazos y había comenzado todo esto.

Estaba obligada a sumarle ese punto.

Y, aunque ahora que lo pensaba, pudo haber sido cualquier chico que se hubiera cruzado en su camino al que utilizará, se alegraba de que fuera Ryoga. Era un mojigato amable, así que nunca tendría problemas de límites con él.

Y no estaba taaaaaan mal, pensó mirándolo de reojo a la vez que tomaba su bolso y las llaves. Le diría a Ranko que Ryoga podía llegar a verse bastante decente con ropa común.

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Los rayos de sol se filtraban por las sendas copas de los árboles cubiertas de preciosas flores de cerezo. Miró al cielo para sentir la calidez en su rostro. Era un día muy bonito, pensó con buen ánimo pero cuando veía a la castaña que caminaba a su lado, no sentía como que nada fuera a ser demasiado grato. Ukyo tenía una expresión pensativa, casi calculadora. Parecía estar imaginando cada movimiento y las posibles respuestas. Podía ver claramente los engranajes dando vueltas en su cabeza. Y es que parecían estar jugando a uno de esos juegos de citas donde se tiene que escoger la mejor opción según cada persona, que la llevaría a un camino de amor o de fracaso.

Bueno, él creía fervientemente que estaban yendo de cabeza hacia un enorme fracaso. No entendía del todo lo que pasaba por la cabeza de la chef y, aunque no estaba de acuerdo con muchas cosas, tampoco tenía un plan para ganarse a Akane.

Conociéndolo, probablemente la esperara como un perrito faldero, deseando, anhelando el día en el que ella se peleara con el inútil de Saotome.

Quizás era por eso que había terminado siguiendo a Ukyo en todo esto —porque tranquilamente pudo haber dicho que no—, sin embargo la energía de la joven al planear y hacer las cosas le atraía. Se veía siempre animada y decidida al respecto, como si ese día en el que había llorado tan amargamente con el corazón roto nunca hubiese pasado.

Observó su blanco rostro, tenía unas largas pestañas y sus ojos se veían más claros, más brillantes. Ella seguramente debía querer demasiado a Saotome. Tal vez casi tanto como él quería a Akane. Ukyo era una de esas chicas que si le gustaba alguien, le gustaba de verdad y, probablemente, nunca se enamorara de nadie más. No pudo evitar preguntarse si alguna chica lloraría como había llorado Ukyo por Saotome aunque, sacudió la cabeza, él no querría ver sufrir nunca a alguien que lo quisiera tanto.

—Allí están —susurró Ukyo, sacándolo de sus pensamientos—. Tenemos que acercarnos.

Casi habían llegado a la puerta del acuario cuando vio a Akane con un suelto y bonito vestido blanco junto a Saotome. Ella se veía radiante y hermosa; era como un bello ángel tan feliz que sintió una punzada en el pecho. El dolor de sentirla tan lejana lo invadió nuevamente. Y eso le molestó. ¿Por qué le sonreía de esa manera a Saotome?

—¿Cuál es el plan? —preguntó a Ukyo, pero al ver que ella se sonrojaba levemente, sintió algo pesado en el estómago—.¿No hay plan?

—Bueno... La idea era seguirlos. Y... —ella miró sus pies como una niña—. Pensé que las cosas se darían... de alguna manera.

Como si esto fuera una película. Ryoga resopló tratando de controlar su —inusual— mal genio. ¿En qué diablos había estado tan concentrada entonces?

—Vamos a sacar las entradas —dijo, adelantándose al ver que la pareja ya había entrado—. Dos por favor.

Agradeció los boletos que le tendió la señora del mostrador y fue hacia la entrada con Ukyo quién comenzó a revolver en su bolso.

—Toma —le dijo la chica tendiéndole dinero—. Es por la entrada.

Ryoga negó con la cabeza pero ella no cedió.

—Está bien, yo invito. No hay problema.

—No tienes por qué pagar por mí. No es como si saliéramos en serio.

—Sólo acepta. No es nada especial —dijo imitando las palabras que ella utilizó para quitarle importancia a las galletas—. Considéralo un mano a mano.

—No me parece bien...

Ryoga suspiró. ¿Qué tan terca podía ser?

—Ukyo, mira, mi padre me enseñó que cuando saliera con una chica, sea mi novia o una amiga, debía invitarla sin aceptar un no por respuesta.

La castaña se cruzó de brazos. La obstinación se reflejaba en su mirada.

—No tienes que fingir ser ningún caballero conmigo. No somos novios, ni amigos. No aplica el mantra de tu padre en nosotros. Así que toma el dinero.

Ryoga la ignoró y decidió cambiar rápidamente de tema.

—No los veo hace un buen rato. ¿A dónde se fueron?

Ella se sobresaltó, mirando hacia todos lados para luego fulminarlo con sus ojos azules.

—¡Tendrías que hacerlo dicho antes! —exclamó, adentrándose al lugar, provocando que su vaporosa falda se moviera sobre sus caderas mostrando bastante de sus largas piernas. Ryoga tragó duro y la siguió sin prestar mucha atención a los movimientos inocentes y atractivos de la chica, sabía que si llegaban a perder a la pareja ahora, sería muy complicado encontrarlos.

Ryoga metió las manos en los bolsillos sin saber qué hacer con ellas, en parte feliz de haber ganado la pequeña disputa para defender su honor. Vaya chica dura que estaba hecha Ukyo Kuonji. ¿Acaso Ranma nunca había pagado por ella? No debería ser algo tan incómodo o inusual para una chica tan bonita, pensó notando que varias cabezas masculinas se volteaban para mirarla cuando la chica pasaba. No podía negar que era atractiva y que había un «no sé qué» misterioso en ella. Incluso él mismo se sentía algo intrigado. Desde la primera vez que la había visto, aún cuando pensaba que era un chico, le llamó la atención.

Vio la melena azul de Akane a la distancia e, inconscientemente, tomó la mano de Ukyo entre las suyas para acercarse. La idea no era que se vieran. No aún. O eso creía.

La joven castaña se soltó de él y tiró de su brazo para llevarlo detrás de una columna. Ryoga no había notado que estaban tan cerca. Algo suave le llamó la atención, el cuerpo de Ukyo estaba demasiado cerca del suyo, tanto que sus suaves senos estaban en contacto con su pecho. Los colores se le subieron al rostro cuando vio el leve movimiento de elevación que hacía ella al respirar. Maldición, no era un adolescente descontrolado. ¿Por qué se sentía de esa manera?

Ukyo finalmente se alejó —sin siquiera darse cuenta de la tormenta de emociones que había despertado en él—, y siguió sigilosamente a la pareja. Ryoga decidió apartar por completo esos pensamientos de su mente y centrarse en lo que hacían... que no sabía exactamente qué era. ¿Qué sentido tenía seguir a Akane y Saotome a todos lados?

—Tenemos que interferir —dijo Ukyo, respondiendo a la pregunta que rondaba su mente—. Hay que encontrar una manera para cruzarlos...

Ryoga asintió, pensando que "cruzarlos" no era del todo una buena idea. Sería muy incómodo... Algo humillante. Pero Ukyo parecía segura de lo que hacía, así que la seguiría para ver a dónde los llevaría el asunto.

—Ukyo, ¿qué es lo que quieres lograr? En concreto.

Ella se mordió un labio con nerviosismo.

—Quiero causar celos. Sé que podemos hacerlo... Despertar su necesidad por nosotros. Deben extrañarnos...¿no lo crees?

La duda en su voz reflejó exactamente la misma incertidumbre que él sentía, pero no quería demostrar. Ella y se sentía lo suficientemente insegura por los dos. Y Ryoga no quería ser el causante de su triste mirada de nuevo.

—Tal vez debamos seguirlos un poco más hasta que se dé la ocasión de 'encontrarnos'.

Y ya pensaría que hacer entonces, se dijo. Saberla tan insegura le generaba un extraño sentimiento de fortaleza y camaradería. No estaba solo en ese dolor.

No estaba solo, se repitió mirando de reojo a Ukyo que tenía los ojos brillantes a causa de la expectativa, tal vez algún día incluso podrían ser amigos. Con el tiempo, limando asperezas.

Y con esa idea, pasaron casi una hora detrás de la pareja dentro del Acuario. La gente los observaba extraño cada vez que hacían cuerpo a tierra o se ocultaban detrás de alguna planta e, incluso... El baño de mujeres; del que se llevó algunos golpes por 'pervertido' y unos marcados besos en las mejillas de parte de las ancianas por ser un joven 'masculino, atrevido y vigoroso'.

Obviamente no entendía a las mujeres y no las entendería jamás.

Cerca de media hora después de la odisea vivida, salieron al aire libre cuando los vieron abandonar el Acuario. Se sentaron en un banco no muy lejos, donde se podía apreciar un bonito lago bordeado de verde. Así que Ukyo decidió que se merecían un descanso también; por lo cual guió a Ryoga a un asiento de no más de una distancia de quince metros con sus objetivos. Era bueno que el lugar estuviera lleno de árboles que servían para ocultarlos. Suspiró agotada, mirando sus pies cuando notó que su falta se había subido y dejaba demasiada piel al descubierto. ¿Había estado mucho tiempo así?

Se encogió en sí misma, acomodando la ropa justo cuando algo frío tocó su frente. Levantó el rostro, encontrándose con un refresco de ananá que le tendía Ryoga.

Dudó unos segundos antes de aceptarlo. Ryoga se sentó a su lado en silencio con un jugo de uva entre sus manos. ¿Por qué se comportaba tan amable? ¿Sólo por unas simples galletas? Frunció el ceño cuando recordó que había pagado por ella sin aceptar su dinero.

—Oye —lo llamó mirándolo de reojo; él daba pequeños sorbos a su bebida—. ¿Qué es lo que sientes respecto a ellos?

No era necesario que los señalara, pensó con tristeza al ver el banco donde Akane apoyaba la cabeza en el hombro de Ranma mientras veían el paisaje. No sabía decir si estaban hablando, o si cada uno estaba sumergido en su silencio; pero sí se sentía celosa y llena de envidia. Una envidia que no era para nada inocente.

Sus ojos azules buscaron directamente los verdes de Ryoga para que él respondiera a su pregunta. Necesitaba sentirse acompañada en otro plano, más allá de que el chico estuviera en esos momentos a su lado.

—No puedo decirlo con exactitud —comenzó con la mirada perdida—. No me gusta que Akane esté tan cerca de otra persona. Sobre todo que sea Saotome. Me hace sentir demasiado celoso y frustrado. Y verlos de esta manera no está ayudando... Duele bastante, a decir verdad.

Ukyo asintió, identificándose con lo que él decía. Al menos no era la única que se sentía así; aunque sus pensamientos eran un poco más oscuros al respecto.

—Estarían así de cerca aunque no los estemos viendo. Ese es el punto, hacerles ver que nos necesitan.

—Supongo... —Ryoga presionó la lata entre sus manos, haciéndola un pequeño bollo de hojalata que luego atinó con puntería en un cesto—. No me has dicho lo que tú sientes.

—Bastante parecido a lo que sientes tú.

Ambigüedad. Era lo mejor si no quería profundizar demasiado en todas las emociones que corrían por su pecho. Envidiaba también la tranquilidad aparente de Ryoga Hibiki. Se veía tan calmado que parecía tener todo bajo control.

¿Desde cuándo se había vuelto tan mezquina?

Sacudiendo su cabeza, volvió su mirada hacia donde estaba Ranma, pero ya no había nadie allí. Su estómago dio un vuelco de nerviosismo y se puso de pie sin perder el tiempo, tendría que salir a buscarlos antes de perderlos ese día. Había tanta gente en ese parque que no sería extraño no volverlos a encontrar.

Escuchó que Ryoga la llamaba, sin embargo cuando iba a contestarle algo a la distancia, chocó contra algo duro. Observó hacia arriba para salir de su aturdimiento sin contar con que se encontraría con unos ojos de un profundo y hermoso azul. Ranma la miraba con una especie de sorpresa y simpatía. Su expresión cambió rotundamente cuando levantó los ojos, encontrándose con Ryoga que se acercó a ellos.

Ukyo estaba tan perdida que no se había dado cuenta de que Ranma la había enredado en un fuerte abrazo por la cintura. Los colores le subieron al rostro y las orejas cuando sintió el cuerpo masculino pegado al suyo.

—¡Qué sorpresa! —Akane Tendo abrió la boca, arruinando el momento, pensó Ukyo cuando Ranma la soltó lentamente. Quiso no odiar la sonrisa de la chica, pero parecía algo imposible—. Ryoga, Ukyo, qué bueno encontrarlos. Se los ve tan bien juntos.

Sí, cómo no. La castaña tensionó la mandíbula con fuerza. Maldita bruja, ¿estaba siendo sarcástica?

Apenas vio de reojo que Ryoga parecía haber sido golpeado en el estómago y le quitaran todo el aire. Pobre idiota.

—Gracias, Akane —respondió Ukyo con su mejor ensayada sonrisa. Ranma le dio una extraña mirada y ella amplió su supuesta alegría—. Estamos en una cita. Ryo-chan es tan maravilloso. Todo un caballero, un hombre entre hombres.

El aludido tosió, ahogándose con saliva y ella le dio un golpe en la espalda que bien pudo haberle hecho escupir los pulmones.

Ranma frunció levemente el ceño.

—Ryoga no parece encontrarse muy bien.

El aludido estaba por darle una respuesta mordaz antes de ser interrumpido por un codazo en las costillas de parte de Ukyo.

—Sucede que no paramos de hacer actividades en todo el día. ¡Fue tan divertido! Ryoga me hace reír mucho.

—Ryoga es una mina de oro —dijo Akane, provocando que él se sonrojara—. Te sacaste la lotería con él. Es un excelente amigo.

Ouch. Pobre Ryoga.

—Y un novio mucho más genial —añadió Ukyo con intención.

Ranma carraspeó para llamar la atención. Había algo en su rostro que le decía que estaba muy molesto, se dijo Ukyo.

—¿Akane, no te molesta quedarte unos minutos con Ryoga mientras hablo con U-chan?

—No hay problema. Hace varios días que no hablo con Ryoga, así que nos podremos poner al día.

Ranma asintió no muy convencido y la llevó hacia el borde del lago. Ukyo se sentía algo extraña de estar con él luego de todo lo sucedido, pero lo superaría. Su corazón latía como loco.

—U-chan, te ves bien —señaló con simpleza como si dijera 'es un lindo día'. Ukyo sonrió, conocedora de sus maneras. De pronto, él se volteó hacia ella con las manos en los bolsillos—. ¿Qué estás haciendo?

La sangre se heló en su cuerpo. ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Ranma habría descubierto todo? ¡No podía ser!

—¿A-a qué te refieres?

—A Ryoga —replicó mirándola con seriedad—. ¿Por qué estás saliendo con él?

Los ojos azules de Ukyo se abrieron con sorpresa. ¿Estaría funcionando? ¿Ranma estaba celoso?

—Es mi novio...

—Eso ya lo sé, toda la escuela lo sabe —Ranma se pasó una mano por el flequillo y resopló. Parecía... Frustrado—. Mira, U-chan, no soy yo el que debería decirte esto pero no quiero que te lastimen... Ryoga... Ryoga está enamorado de Akane.

Una bonita calidez llenó su pecho. Ranma estaba preocupado por su bienestar, temía que le hicieran daño. Todo empezaba por algo.

—Ya lo sé —contestó antes de pensar y añadió—: No me importa... Yo quiero estar con él.

Ranma frunció más el ceño y Ukyo festejó internamente. Regla de una novela de amor: el protagonista no puede evitar sentirse atraído y luego enamorarse de una chica que ama a otro, aún a pesar de que ese otro esté enamorado de otra chica. Ciertamente, un triángulo rectángulo amoroso. La teoría del sacrificio y amor incondicional.

—U-chan... —Ranma se acercó lentamente con una expresión seria. El pulso de Ukyo se aceleró hasta las nubes. Sintió que su corazón iba a explotar cuando él la abrazó—. Lo siento. Debes estar sufriendo mucho...

No te das una idea, pensó. Sus ojos se llenaron de traicioneras lágrimas. Si Ranma supiera que era él quien la hacía sufrir así. Un par de lágrimas se escaparon de sus ojos sin poder detenerlas. Sentir el calor de Ranma era tan agradable como doloroso porque era un calor que no duraría mucho con ella y el frío volvería demasiado rápido, sin darle tregua a prepararse.

El joven se alejó de ella, aún con una mano en su hombro. Su semblante estaba tan serio y preocupado que, si Ukyo no estuviera al borde de un llanto desolador, hubiese reído. Se recompuso con la dignidad de una reina.

—Estoy bien, Ran-chan. Sólo fue el momento, lo siento.

—No tienes que fingir conmigo. No quisiera que nadie te dañara. ¿Lo sabes, no? —Ukyo asintió con una leve sonrisa—. Ryoga no es un mal chico, pero es demasiado estúpido para su propio bien. Muy testarudo también. Nunca pensé que te sintieras de esa manera por él, parecía que no lo soportabas.

Carraspeando, ella decidió que lo mejor sería volver a su papel.

—Lo amo —decir esas palabras le provocó un gran sonrojo. No estaba para nada acostumbrada y no era una persona que expusiera sus sentimientos de aquella manera, por más que no fuera verdad—. Estoy muy enamorada de él y haré lo que sea para que me ame también.

Eso no era del todo mentira, aunque fuera dirigido justamente a Ranma.

—Si me lo hubiesen dicho, no lo creería. U-chan, puedes contar conmigo siempre que lo necesites. Yo le daré una paliza a Ryoga si él se propasa contigo o te hace llorar.

—¿Quién va a darle una paliza a quién, Saotome?

Ukyo se volteó, encontrándose a Ryoga demasiado cerca.

Ranma mostró una sonrisa arrogante, llena de desafío.

—Ya lo escuchaste, Ryoga. Como te propases con U-chan, te las tendrás que ver conmigo.

—¿Ah, sí? —una vena apareció en su frente y mostró una sonrisa con sus colmillos—. Lo mismo va para ti si le haces algo a Akane.

La aludida mostró una sonrisa afectada, y se acercó a Ranma para frenar una afilada réplica. A Ukyo no le gustó para nada que ella pusiera sus manos sobre el duro pecho de Ranma con tanta familiaridad. Su estómago se removió con violencia.

—Ranma —lo llamó mirándolo con sus ojos avellana—, tengo que volver a casa.

Los ojos azules del chico brillaron al posarse en ella, mandándole a Ukyo una dolorosa puntada al corazón. Miraba a Akane con una expresión que nunca le había visto con nadie. Tragó duro, aguantando el golpe. Tenía Fé de que todo cambiaría.

—Está bien —respondió para luego dirigirse a la chef—. U-chan, nos vemos.

Akane sonrió y se despidió de ellos. Aunque a Ukyo no le pasó desapercibida la última mirada que Ranma le dedicó a Ryoga.

No pudo evitar que, por unos momentos, su ánimo decayera. Ranma le había dicho que contara con él, pero no se opuso a su relación. Aunque tampoco la apoyó del todo porque estaba preocupado por ella. ¿Cómo debía tomar eso? ¿Llegaría a amarla?

En una de sus novelas, si el chico estaba interesado en la chica, aún saliendo con otras personas, hubiese hecho lo que sea para no dejarla con otro hombre. Una actitud de macho dominante. Una forma de marcar territorio. Pero en este caso a Ranma no le había costado mucho dejarla para irse con Akane. Igualmente, pensó mordiéndose una uña, esto era la vida real y no podía guiarse por simples novelas. Ranma era Ranma y punto. Y Ukyo Kuonji sería la que ganara su corazón.

Lo que hizo que recordara...

—¿Para qué viniste tan rápido? —preguntó volteándose hacia Ryoga que la miró con el ceño fruncido—. Tú estabas con Akane y yo con Ranma. Todo estaba bien. ¿Por qué arruinarlo tan rápido? ¿Akane es tan aburrida?

Era evidente que a Ryoga no le había gustado ni un poco que tocara a su adorada Akane, y eso la irritó aún más. ¿Qué tenía esa chica de bueno? Sí, era bonita, pero ahí terminaba todo. Hasta Shampoo —aunque odiosa y obsesiva— era mucho más despampanante y hermosa.

—Estabas llorando —la réplica del chico la descolocó.

—¿Qué?

—Estabas llorando, Ukyo. Pude verlo, ¿qué te dijo Saotome? —ella volteó el rostro, evitando los ojos verdes que la examinaban. El joven suspiró sabiendo que no obtendría una sola palabra al respecto—. Además, ¿Qué clase de novio sería si no me acercara a ver qué pasaba? ¿No era eso lo que querías? ¿Hacerlo creíble?

—Sí, pero pudiste fingir no verlo. Estoy segura de que Akane ni lo notó. No importaba si venías. Además —arrugó la nariz al pensar un poco las cosas. No le gustaba demasiado como se estaba dando todo—, Ranma sabe que estás enamorado de Akane como un chihuahua de su dueño, y piensa que te estás aprovechando de mí.

Ryoga se puso rojo. Ukyo no supo si de vergüenza o enojo.

—¿L-lo sabe?

—Sí. Tuve que decirle que yo también lo sabía pero que no me importaba porque estoy estupidamente enamorada de ti. Bah. Sería desastroso si se propagara el rumor. ¿Te das una idea de lo que dirían? 'La pobre Ukyo, frustrada en el amor por segunda vez, derrotada por la misma rival'. Casi siento ganas de vomitar de sólo pensarlo. ¿Qué diablos estaba pensando cuando te escogí a ti entre todos los hombres? Debo haberme golpeado la cabeza muy fuerte cuando era bebé.

Ahora fue el turno del muchacho para fruncir el ceño.

—No es que tuvieras muchas opciones de todos modos —Ukyo le gruñó, mientras él se daba la vuelta con las manos en los bolsillos y comenzaba a caminar—. Y con respecto a los rumores, no deberías hacerle caso. La gente siempre tiene algo que decir sobre los demás para no ocuparse de arreglar sus propias vidas. Criticar y juzgar a otros es mucho más fácil que ser autocrítico y corregir tus errores.

—Como si fuera tan sencillo. No eres tú precisamente el que queda como imbécil.

No es que no se sintiera como uno. Realmente creía en que la gente debería meterse en sus asuntos, pero sería mentira si se dijera a sí mismo que todo esto no comenzó porque temía que pudieran decir cosas malas de Ukyo por andar besuqueándose con él. Por eso había seguido toda la farsa. No le gustaba mucho que otros supieran de sus sentimientos por Akane, aunque una vez Tatsuya le había dicho que lo suyo era un secreto a voces que sólo la misma Akane no sabía. Nunca le creyó, hasta ahora...

Ukyo lo alcanzó con paso rápido. Se veía bastante enfadada; todo muy normal a su parecer ya que ella siempre estaba enojada con él. Sin embargo, Ryoga disminuyó el ritmo al notar que hacía gestos de dolor; al observarla unos segundos, pudo descubrir la causa.

—¿Te duelen los zapatos?

—Más bien me duelen los pies —indicó como si él fuera tarado. Okeey, utilizó estúpidamente las palabras. Decidió ignorar la puja y detener su avance. Su sentido de caballerismo podía más.

—¿Quieres que te cargue de regreso? —la funesta mirada que Ukyo le dedicó fue toda su respuesta. Vaya chica complicada. Siguió caminando a un ritmo más lento para no forzarla. El sol ya se estaba poniendo—. Tengo curiosidad sobre algo...

—¿Hmp?

—¿Por qué le dirías a Ranma que estás enamorada de mí? ¿Eso no lo alejaría más? Una cosa son los celos, pero otra muy distinta es hablar de amor...

—Tú no entiendes —Ukyo miró hacia ambos lados de la calle, una vez que llegaron a unas calles poco frecuentadas y se quitó los zapatos con una expresión de alivio. Tenía unos tobillos delicados y bonitos donde brillaba una tobillera de corazones y estrellas. El joven carraspeó para disimular su ensimismamiento—. Ran-chan no me creería que estoy saliendo contigo, o con cualquiera a menos que estuviera enamorada. De por sí, apenas me creyó. Y, por otro lado, sé a ciencia cierta que si ve que de verdad puede perderme por algo tan serio como que yo ame a otro chico, se dará cuenta de que no puede dejarme ir. Después de todo siempre fui su amiga y estuve ahí para él. ¿Cómo reaccionaría si sabe que ya no será tan así; si se da cuenta de que yo ya no sería tan incondicional?

Aparentemente, Ranko Saotome estuvo haciendo su trabajo.

—Pero lo estarías engañando el doble. No sólo con que estás saliendo con alguien más, sino con el amor. Si te descubre, será muy difícil que vuelva a creer en ti.

—Oye, ¿quién eres tú para decirme eso? Estás tan metido en esto como yo —se puso por delante, cortándole el paso—. ¿Y qué fue lo que hablaste con Akane? Espero que haya sido de lo muuuucho que me amas, porque no quiero ser la única estúpida aquí a los ojos de los demás.

Era evidente que Ukyo no podía dejar de pensar en lo que los otros pensaran de ella. Suspiró, pensando que nunca podría decirle a Akane algo como que amaba a otra chica.

—Hablamos brevemente de algunas cosas, ya que hacía bastante que no nos cruzábamos. Se veía feliz, más que de costumbre, así que no pude hacer mucho más. Luego te vi a ti y ya sabes el resto.

Ukyo lo observó con algo parecido a la lástima.

—Si sigues siendo tan pasivo, jamás saldrás de la friendzone. Es terrible. Para ella tu ausencia debe ser lo mismo que perder de vista a una ameba —Ouch. La miró de reojo. A Ukyo definitivamente le faltaba tacto. Aunque estaba seguro que su brutal sinceridad sólo hacía acto de presencia con él— ¿No puedes tentarla con algo? Al menos dile que no podrás verla tan seguido porque estás conmigo, o dile lo divertido que es cuando estamos juntos. Tiene que darse cuenta de lo que perdió. Ya habíamos hablado de esto.

—Supongo.

Ukyo entrecerró los ojos.

—¿Qué hacían usualmente? Digo, como para que ella te extrañe, tienes que dejar de hacer algo.

Lo pensó un momento, no muy convencido de contestarle.

—Estudiábamos juntos —dijo, finalmente—. A veces íbamos a tomar helado o a comer. También solía ir a su casa para practicar, ya sabes, su padre es dueño de un dojô.

—De acuerdo —la joven castaña asintió, volviendo a retomar su camino—. Dejarás de hacer todo eso. Aunque ella te lo pida, siempre le dirás que ya habías quedado conmigo y la ignorarás.

—¿Qué? ¡Nunca podría ignorar a Akane!

—Y por eso es que ella nunca sentirá que le faltas. Serás su perrito faldero de por vida —indicó con irritación—. Yo haré lo mismo con Ran-chan.

Ryoga no estaba convencido. Y si ella pensaba que era un perrito faldero, de acuerdo, tal vez lo era. Probablemente un cobarde también.

—Lo intentaré.

Ukyo posó una mano en su antebrazo, haciendo que la mirara.

—Te ayudaré en todo lo que pueda, pero debes intentarlo de verdad. Recuerda que soy tu novia. ¿Qué pensaría Akane de ti si me dejas de lado tan fácilmente? Le demostrarás lo excelente novio que eres, lo bien que nos vemos juntos —¿Ukyo siempre había sido tan fácil de leer? Por lo menos hubiese disimulado la mueca de asco, pensó con malhumor—. Nos tendrán que ver más cercanos, más cariñosos tal vez. No es necesario que lleguemos tan lejos en ese punto, sólo unos pequeños detalles como que me toques el pelo, o pongas una mano en mi hombro; o acaricies los dedos de mis manos como si fuera algo normal mientras hablamos. La idea es no ser agresivos, sino... Naturales, podría decirse.

Y de nuevo salía con cosas extrañas.

—¿De dónde sacaste todas esas ideas? Son muchos detalles.

Entonces ella se sonrojó levemente.

—Por lo menos tengo ideas —siempre a la defensiva, Ukyo se enfurruñó—. Estuve leyendo algunas novelas, ya sabes, de esas cursis. Hay cosas que son muy descabelladas, pero esos detalles pequeños fueron los que más quedaron en mi memoria. Supongo que me gustaría que la persona que me gusta me hiciera esas cosas como si fueran habituales, como si no pudiera estar sin tener un mínimo contacto conmigo.

Lo último lo dijo demasiado bajito, sin embargo Ryoga llegó a escucharlo. Ahora que lo pensaba, algunas de esas cosas eran habituales entre sus padres. Aunque su padre era más frontal, se dijo, sobre todo cuando sorprendía a su madre abrazándola por detrás o alzándola en vilo cuando estaba más feliz que de costumbre. Pero también tenía esos detalles, como el ritual de ayudar a su madre a secar los platos luego de comer, mientras charlaban; también lo de tocar la respingona nariz de Samantha cuando la fruncía; o... Ryoga se sonrojó ya que ahora —desde ha hacía un tiempo—, comprendía el por qué de las acciones de Ryo Hibiki, como la de darle un terriblemente lento beso en el cuello femenino cuando su madre se ponía a refunfuñar por algo. Obviamente ese acto, la dejaba en blanco.

Tal vez eso de los detalles no fuera tan malo.

—Podemos intentar lo de los detalles —asintió—. Pero debes prometer que no me darás una paliza por tocarte un cabello.

Ukyo sonrió satisfecha. Algo del pesar que quedaba en sus ojos desde la charla con Saotome se había ido.

—Puedes darlo por hecho. No hay problema mientras no me toques algo que no debas.

El chico arrugó la nariz.

—Nunca haría eso.

—No está de más avisar —ella se encogió de hombros—. Me voy por este lado, nos vemos el lunes. Y recuerda contar a todos tus amigos el excelente fin de semana que pasamos. No des muchos detalles, ya que las versiones podrían cambiar. Sólo di que todo marchó increíble y estás perdido por mí.

No pensaba dar detalles porque no había mucho que decir y tampoco se le daba bien eso de inventar cosas.

—Lo haré a mi manera.

Él no era alguien que fuera divulgando sus cosas por ahí, por más feliz que estuviese, así que tampoco podía hacer a pleno lo que Ukyo le decía; o comenzarían a sospechar. Sobre todo, sus amigos.

Ella volvió a fruncirle el ceño.

—Eres más complicado y ciclotímico que una mujer adolescente en pleno período.

Ya cansado y casi habituado a sus ácidos comentarios, se encogió de hombros.

—No es necesario complicarnos la vida. Tenemos que ser como seríamos usualmente, sólo que fingir ser felices con la persona que amamos. Ahora mismo si estuvieras con Saotome, dudo mucho que fueras gritándolo a los cuatro vientos. No dudo que se lo echarías en cara a Shampoo, por ejemplo, pero por lo demás, eres lo bastante reservada para que los demás no sepan si estás feliz o triste —Con él siempre se mostraba enojada, esa era su constante. Pero hacía los demás, Ukyo era normal. Más bien perfil bajo. No se llevaba mal con nadie, pero tampoco bien. Se comportaba absolutamente neutral, sin interés en relacionarse con el entorno, excluyendo a los hermanos Saotome, quienes eran sus más allegados. La vio pensativa y decidió que el día se le había hecho bastante largo, así que se encaminó para la dirección de su casa—. Compórtate normal, Ukyo. Sólo que un poco más feliz. Sólo un poco.

Ya se había alejado unos metros cuando la escuchó:

—¿Desde cuándo eres tan observador?

Ryoga se dio la vuelta.

—No lo sé. No es que esté todo el tiempo fijándome en lo que hacen los demás, pero tú siempre... —se calló al sentirse algo avergonzado. ¿Qué más daba? Ella ya no podía tenerlo en un concepto más bajo—. Creo que me llamaste la atención. ¡No como crees! —agregó cuando Ukyo levantó un ceja—. Sino más bien, luego de nuestro catastrófico encuentro años atrás cuando buscabas a Saotome aparentando ser un chico. También luego de lo ocurrido... —se encogió de hombros con incomodidad—, sentí curiosidad. De vez en cuando te observaba cuando estabas cerca. Nunca me dejaste acercarme para disculparme correctamente, así que eso fue... Algo fuera de lo común. ¿Qué chica no deja que un chico se arrastre para disculparse con ella? A veces puede durar el enojo, pero a las chicas del Instituto les suelen gustar esas cosas. ¿Por qué a ti no? —la miró a los ojos y no pudo comprender el sentimiento que se removía en los ojos azules—. Al principio pensé que eras tímida pero no. No dudabas en defenderte o armar un escándalo, casi siempre precedido por Shampoo o Kodachi. No te callabas y no te dejabas pasar por encima. Y, a pesar de que mayormente te veías involucrada en muchas de esas peleas, tú eras la que siempre jugaba limpio. Siempre le caíste bien. A Akane, me refiero.

—¿Cómo?

—Ahora comprendo un poco por qué Akane se veía tan enfadada cada vez que surgían esas absurdas peleas por Saotome. Decía que Shampoo y Kodachi eran unas tontas por pelear por un chico de esa manera. Pero a ti te veía diferente. Le gustabas. Tal vez no se diera cuenta de que a ti también te gustaba Saotome, pero le agradabas bastante. Quizás porque no eres del estilo de las otras locas.

—¿Y debería agradarme Akane porque me considere diferente a ellas?

—No, sólo te lo he mencionado para afirmar mi punto. Tú no me conoces en lo absoluto. Yo tampoco te conozco, pero sé cómo reaccionarías ante algunas cosas porque te he visto. Vuelve segura a casa, Ukyo.

Y se fue dejando su mente hecha un lío.

¿Que él la había estado observando? ¿Qué tan raro era eso? Ella nunca había tenido interés en mirar a otro chico que no fuera Ranma, pero no era sorda y escuchaba a las otras jóvenes hablar de los más guapos del Instituto. Ryoga estaba en el ranking junto con Ranma, Tatsuya, Kuno, Mousee y otros cuantos más. También sabía que era amable y honesto. Así que, pensándolo ahora, no entendía por qué siempre le había caído tan mal cuando el chico siempre trató de disculparse por la única vez en la que había sido cuasi grosero por el simple hecho de que no sabía que era una chica.

Miró sus pies desnudos y suspiró pensando en que se había comprado esos incómodos zapatos de tacón para nada. No sabía andar con ellos y ahora los pies le dolían horrores por el ajetreo y las corridas del día.

El habitual peso en el estómago que solía acentuarse por la noche cuando estaba sola se hizo presente. Sabía que eso representaba la depresión. No en gran medida, pero era un comienzo. Por eso no se lo había contado ni a Ranko. Preocuparía a su amiga y no era su intención, ya que pensaba firmemente en superarlo.

Estaba poniendo todas las fichas en su arriesgada apuesta. No podía dar por perdido a Ranma; no en la primer batalla.

Mordió su labio inferior, prometiéndose que todo mejoraría, que ella misma debía superar la desilusión.

Después de todo, Ranma no se fijaría en ella si no brillaba lo suficiente como para llamar su atención.

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Buenas! Me volví a tomar mi tiempo, pero como verán no fue tanto como la última vez.

La realidad es que estuve trabajando enteramente en este proyecto, pero no justamente del ahora, sino en escenas y cosas que se me ocurrieron para bastante más adelante. Así que, una vez lleguemos a ese punto, actualizaré con rapidez al tener casi todo escrito. Jaja

Bueno, ¿que les puedo decir? Tengo sólo unos puntos a destacar:

-el detalle de Ukyo para disculparse. Eso le dio a Ryoga una idea de que ella es amable, su manera para con él, pero amable.

-la cita. No hay mucho al respecto.

-la charla final Ukyo-Ryoga. Bueno, mientras escribía yo misma me di cuenta de un par de cosas sobre mis propios personajes. Ryoga lo lleva, obviamente, mucho mejor de lo que Ukyo lo está pasando. Le duele, claro que le duele, pero lo acepta. Creo que hasta cierto punto, si Ukyo no se hubiese entrometido, Ryoga hubiese dejado las cosas como estaban. Su principal característica es el sacrificio y si Akane era feliz, no se entrometería. Pero luego Ukyo salió con todas esas ideas y tampoco pudo dejarla de lado; aunque no pueda seguir todas sus peticiones al pie de la letra. Es un chico absolutamente fiel a sus costumbres y creencias; un verdadero caballero. Entiende a Ukyo de una manera bastante acertada porque ella siempre le causó una sana curiosidad. Y quiere ayudarla; mucho más de lo que la terca Ukyo está dispuesta a aceptar.

Con respecto a ella, todo se ve un poco más profundo. Un poco más depresivo. Tengamos en cuenta de que Ukyo está sola, no tiene a una familia sólida como Ryoga que la espera en casa y vela por ella. Su mejor amigo y primer amor se acaba de poner de novio y siente que lo perdió todo. Lo único que la motiva es recuperar algo que ni ella sabe qué es, ya que Ranma nunca tuvo intenciones románticas hacia ella. Pero leyó las suficientes novelas para creer que él abrirá los ojos y se dará cuenta de que podría perderla. Quién sabe, a lo mejor pase...

Por otro lado tiene a Ranko, aunque no quiere cargarla con sus tortuosos pensamientos para no preocuparla. Por el momento, Ryoga no es más que una mera herramienta para ella. A lo mejor llegue a ser un poco más con el paso del tiempo...

En fin, si llegaron hasta acá, muchas gracias!

Saludos!

S.M.B.