Disclaimer: El Potterverso no es mío, por desgracia.
¡Y el último capítulo! Era el turno de George, que obviamente adora a su hermanita. Muchas gracias a LadyChocolateLover y KattytoNebel por sus reviews en los capítulos anteriores. Y a quienes han agregado esta historia a sus favoritos, la han seguido, o simplemente leen desde las sombras.
Por supuesto, espero que a todos les guste, y en especial a MeriAnne Black.
Creciendo con los Weasley
VI
Ginny se despertó boqueando por aire.
El corazón retumbaba en su pecho y el sudor frío le cubría la frente. Lo había visto de nuevo. A Tom. ¿Acaso nunca iba a dejarla en paz? Podía ver sus ojos fríos, parecidos a los de una serpiente. Y el Basilisco, ese bicho espantoso. Estaban en la Cámara de los Secretos, podía ver las estatuas de piedra que había visto esa noche. Pero en su sueño —porque había sido un sueño, ¿verdad?— ella estaba sola. Se sentó en la cama, esperando dejar de temblar.
No quería despertar a sus padres. Se preocuparían y ya los había hecho pasar cosas horribles durante ese año. No quería molestarlos más. No se lo merecían. Se levantó de la cama y salió de su habitación en puntillas, dirigiéndose a las escaleras.
Todas las luces de la Madriguera estaban apagadas a esas horas de la noche, pero Ginny estaba acostumbrada a caminar a oscuras por ahí. Bajó a la cocina y se acercó a una de las repisas para sacar un vaso.
Seguro que algo de agua helada la calmaría.
—¿Qué haces aquí, enana?
La voz de uno de los gemelos la hizo dar un respingo y estuvo a punto de botar el vaso. George estaba sentado a la mesa de la cocina, con un plato de cereales con leche. Una lámpara de campamento muggle estaba frente a él, iluminando su rostro pecoso.
—Quería agua.
—¿Tuviste una pesadilla, no?
Todo el mundo decía que los gemelos eran prácticamente indistinguibles y que no había forma de saber quién era quién, pero Ginny siempre sabía cuándo se trataba de Fred y cuándo era George. Fred era más impulsivo y torpe; George notaba cosas que nadie más veía.
—¿Cómo sabes?
—Te escuché la otra noche. ¿No le has dicho a mamá?
—No. Bastante tuvo conmigo a fin de año —musitó la niña, sentándose en la silla junto a él después de llenar su vaso con agua—. No quiero que se preocupe.
George no dijo nada, pero le pasó un brazo por los hombros a su hermana menor. Ginny siempre había considerado que la presencia del gemelo era reconfortante.
—Aún no puedo creer que te pasaras todo el año sin decirnos nada —murmuró el chico. En su tono no había reproche ni nada por el estilo. Era sólo un hecho—. Somos tus hermanos, Gin. Para eso estamos. Si nos hubiera dicho, hubiéramos podido ayudarte.
—No es tan fácil, George.
—Lo sé.
George no dijo nada más. Se limitó a seguir comiendo sus cereales en silencio. Ginny apoyó la cabeza en el hombro de su hermano, agradeciendo el silencio. Ninguno de sus hermanos la había juzgado. Incluso la habían defendido cuando otros habían hecho comentarios absurdos a sus espaldas. Un Ravenclaw de su año había terminado con las orejas azules por burlarse de ella. Ginny sospechaba que había sido obra de Percy.
—¿Sí sabes que cuando nos necesites, puedes preguntarnos, no? —dijo él en voz baja—. Siempre, enana.
Ginny asintió en silencio.
Cuando era pequeña, siempre decía que quería tener un hermano mayor (soy la primera de seis hermanos), en parte porque me encantaba ver relaciones en las que el hermano mayor protege a la pequeña. Es algo natural en las relaciones entre hermanos, a pesar de las peleas y todas las tonterías. Y sí, Ginny es una chica más que capaz de defenderse sola, pero un poco de ayuda de sus hermanos seguro que nunca estuvo de más.
¡Saludos y hasta la próxima historia!
Muselina
