Contrato de alquiler


Capítulo II

"Cuando el destino te envía señales no debes ignorarlas"


Ambos se quedaron mirándose por unos segundos. Kageyama yacía en el medio del comedor, con una postura que delataba no saber qué hacer con su propio cuerpo: si darse la media vuelta por completo o quedarse así, perfilado hacia su nuevo compañero de apartamento. Y él se había dado la media vuelta, con la espalda en contra de la puerta.

—No entrarás a mi habitación, niñito.

—De acuerdo.

—No pienso llevarme bien contigo solo porque ahora somos compañeros de piso.

—Lo sé.

—Esto está mal. Y cuando terminen estos seis meses no nos volveremos a ver.

—Lo entiendo.

—Bien. —Con aquellos puntos claros, Oikawa se dispuso a tomar sus maletas y seleccionar la habitación de la derecha sin siquiera preguntarle si le parecía bien. Una vez dentro, cerró la puerta tras de sí y se apoyó sobre esta con agotamiento.

Qué día había tenido.

Arrojó las valijas sobre la cama y las abrió de un tirón. Se dispuso a quitar la ropa e irla acomodando en el ropero, oyendo de fondo movimiento por parte de su compañero. El solo racionalizar que era Kageyama le hacía poner los pelos de punta. Apenas podía comprender cómo había terminado así.

«Son solo seis meses. Solo seis meses. Después todo esto terminará y te largarás de aquí» pensaba para reconfortarse. A lo mejor, tres meses antes de marcharse se pondría en campaña para buscar otros apartamentos con ayuda de Iwa-chan. Y todo volvería a la normalidad. Si tenía suerte podría alquilar con él.

Una vez hubo terminado, se arrojó a la cama y se dejó abrazar por el colchón mullido. Tomó su celular y telefoneó a sus padres, ya que no había podido hablar con ellos durante el día y quería informarles que estaba de maravilla, que el lugar era precioso y que no tenía ningún problema, aunque eso fuera mentira. No le molestaba hacerlo con tal de que su madre se quedara tranquila.

Cuando terminó con el protocolo, se dirigió rápidamente a su agenda de contactos y tocó el número de Iwa-chan. Había pensado en dormir, pero el estómago le rugía y había ciertas cosas que quería hablar con él.

Tomó el celular y le envió un mensaje.

"Tengo hambre"

Vio que Hajime luego de haberlo visto le escribía en respuesta.

"Pues aliméntate, idiota".

Su amigo era de la clase de persona que no usaba mucho su teléfono celular y le molestaban las personas que andaban todo el día con él. Por eso sabía que lo había fastidiado con aquel mensaje, porque seguramente para Hajime no tenía demasiada relevancia.

"Iwa-chaaaan, salgamos a comer :) " le envió.

"Olvídalo, estoy seco."

"Te invito, Iwa-chan~" aunque inmediatamente se arrepintió de haberlo propuesto. ¡Se suponía que estaba enfadado con él!

"Hecho. Nos vemos donde siempre".

"Donde siempre" no era más que un bar que se situaba cerca de la universidad en el cual, en los años anteriores, se habían refugiado más de una vez del frío y habían almorzado y cenado juntos en cientos de ocasiones. Al igual que él, Iwaizumi no sabía cocinar, y pese a los muchos intentos en hacerlo para poder ahorrar, de alguna manera u otra terminaban pidiendo comida o yendo allí.

Era un sitio un tanto lúgubre: las luces permanecían bajas y la decoración había sido diseñada por alguien que se notaba que no tenía muchas ganas de hacer su trabajo. Pero la familiaridad del lugar le transmitía una sensación cálida y, por ende, ir allí con su mejor amigo era una de las cosas que más disfrutaba.

—Este año no pienso hacer como los anteriores, Oikawa. Me cocinaré —sentenció Iwaizumi tomando asiento frente a él con el ceño fruncido.

Tooru alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa ladina. Por algún motivo sabía que no podía creerle.

—Mientras no tenga que llevarte a hacerte un lavado de estómago…

—Claro que no —refunfuñó—. Mi madre me ha enseñado unos trucos antes de venir.

—¿Ah sí? —se sorprendió él. De pronto parecía muy interesado. Iwa-chan siempre estaba en todo—. ¿Cómo cuáles?

—El timing que se usa para hervir el arroz y esas cosas, ya sabes… —Al ver el silencio de él, carraspeó—. ¿Y bien? ¿Para qué me llamaste? —También, una de las características que tenía ir a "Donde siempre" era que se trataba de un sitio donde se hablaban de temas importantes, noticias o simplemente charlas de elevado valor emocional. Allí fue donde Tooru cierta noche se había largado a llorar tras admitir por primera vez que extrañaba a su ex novia, la cual le había cortado un mes atrás. También fue donde Hajime le había confesado que había una chica de su curso que le gustaba, para tiempo después enterarse que tenía novio. Decenas de charlas que marcaban una grieta habían sido llevadas a cabo allí. Por eso, Iwaizumi ya sabía que si su amigo lo invitaba era porque necesitaba soltar algo. Y su sexto sentido le decía que se trataba de algo grueso.

Fue prácticamente instantáneo.

Los labios de Tooru comenzaron a temblar y sus ojos brillosos lo miraron con enfado.

—¡Eres un pésimo amigo!

Iwaizumi alzó una ceja y mantuvo el gesto impertérrito.

—¿Ah? —Solo lo esperó a que se explicara porque estaban en un sitio público, sino las cosas habrían sido distintas. Muy distintas.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Claro que lo eres! —exclamó golpeando la mesa, indignado—. ¿Cómo puedes hacerme alquilar un apartamento con el estúpido de Tobio-chan? ¿En qué estabas pensando?

Iwaizumi abrió los ojos de par en par cuando oyó el nombre de su kouhai.

—¿Kageyama? —El enojo se había esfumado por lo que lo había acusado y la sorpresa ocupaba su mente por completo—. ¿Qué hace él aquí?

—¡Y yo que sé! —Respondió con exasperación—. Y sí, es el mismo Kageyama que piensas. El mismo odioso estúpido que..-

—Ya, ya. Lo he pillado —lo interrumpió un poco irritado. Se quedó unos segundos en silencio tratando de asimilar la situación actual de su amigo. No pudo evitar soltar un silbido—. Si te soy sincero, sí sabía que era compartido, pero no te lo he mencionado porque temía que te negaras. Pero jamás imaginé que tu nuevo compañero fuera Kageyama.

Tooru sorbió de su vaso y miró a través de la ventana con aire preocupado. El vapor humeante del udón ingresando en sus fosas nasales y viajando hacia el paladar era lo único reconfortante de esa conversación.

—Ya he firmado el contrato —comentó en un susurro serio entrecerrando los ojos—. Serán seis meses en los que viviré en el mismo infierno, Iwa-chan. Y todo por tu culpa.

—Al menos te he encontrado algo. Deberías ser más agradecido.

Hajime frunció el ceño y escudriñó a su amigo con paciencia. De verdad que lucía afectado por lo sucedido. Más allá de su expresión enfadada, podía discernir que el brillo de los ojos expresaba otra cosa.

Tooru a veces era como un niño. Y en aquel momento era uno muy asustado. Él podía darse cuenta ya que lo conocía tanto que sus sonrisas de idiota y sus ceños fruncidos no podían engañarlo.

—¿Por qué sigues empeñándote en odiarlo tanto? —suspiró con resignación. No le pasó por alto como él se tensaba, pero le dio igual. No le interesaba ser suave con ese asunto porque Oikawa era experto en evadir temas de conversación que no quería tocar. Por eso, su arma más letal y efectiva era ir directo al grano, sin vueltas. Y eso se le daba muy bien.

El castaño se tomó su tiempo para responder, revolviendo el udón con los palillos mientras observaba por la ventana. Su gesto se había vuelto serio y sus ojos se habían ensombrecido.

—Porque es así como tiene que ser.

Hajime se mordió el labio alzando las cejas y se dio cuenta que el asunto era más grave de lo que había creído. Pero sintiéndose incapaz de poder lograr entrar al idiota de Oikawa en razón, decidió apuntar el interrogatorio hacia otro punto:

—¿Hablaste con él?

—Mhh… Solo le advertí que no podía entrar a mi cuarto.

—¡Oi!

—Es mí territorio —dijo acentuando el pronombre posesivo, defendiéndose—, y en mí territorio se hace lo que yo digo.

Iwaizumi soltó un bufido.

—¿Y luego…?

—Le dije que no me llevaría bien con él solo por compartir apartamento —Se llevó el dedo índice al mentón, tratando de rememorar—. Y creo que nada más. Me fui a mi cuarto a ordenar las cosas y él al suyo. Cuando me fui creo que se estaba bañando. No lo sé. No me interesa la verdad. Cuanto menos interactúe con él, mejor para mí.

Iwaizumi puso los ojos en blanco. Oikawa realmente podía ser un reverendo idiota. A veces no entendía cómo él lo soportaba tanto. Aunque a decir verdad, su amigo con él no era como con los demás. Y por supuesto, tenía muy en claro que si se pasaba de la raya él rápidamente se encargaría de colocarlo en su lugar.

—Por lo menos podrías haberle avisado a dónde ibas —gruñó.

Oikawa se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano restándole importancia.

—Tobio-chan no es mi madre.

Tras terminar la cena, cada uno se marchó hacia su casa ya que se estaba haciendo tarde y querían alcanzar a tomar el último tren.

Cuando llegó a su casa, notó todas las luces apagadas. Recorrió en silencio el apartamento y se percató de que Tobio-chan no se había marchado ya que su juego de llaves permanecía en el porta llaves y sus zapatos yacían en la entrada. Supuso por la tranquilidad del lugar que se encontraba durmiendo.

Él se dispuso a hacer lo mismo, puesto que al día siguiente tendría que despertarse temprano para su primer día de clases. Se puso su ropa para dormir que no era más que un short deportivo viejo que hacía tiempo había dejado de usar porque se había desteñido y una remera que se encontraba más o menos en el mismo estado. Ingresó al baño para lavarse los dientes y notó que efectivamente, Tobio-chan ya había puesto el suyo en el respectivo recipiente. Era azul. Arrugó la nariz. Y tratando de no pensar demasiado, arrojó rápidamente el suyo y salió de allí.

«Faltan solo cinco meses y veintinueve días» se repitió.

Con ese pensamiento en mente, concilió el sueño.


Cuando el despertador sonó se encargó de apagarlo de un manotazo lo cual fue contraproducente porque lo único que hizo fue salir volando y sonar aún más fuerte. Oikawa se puso de pie de un salto, sintiéndose mareado de repente, y le puso fin a ese escandaloso bullicio.

Se dispuso a cambiarse y a prepararse algo en la cocina para luego enterarse que no había comprado nada. Tendría que desayunar en la universidad. Fastidiado, se colocó la chaqueta junto con la bufanda, y una vez que cercioró que estaba lo suficientemente guapo, tomó sus cosas y salió de allí.

Empezar con Inglés Técnico II no era algo que lo motivara un lunes por la mañana. Sobre todo porque era una materia que solían cursar varias carreras, por lo tanto, compartía clases con personas de carreras distintas. En años anteriores aquello le habría parecido hasta divertido, pero en ese entonces no tenía ganas de lidiar con esas personas.

Sobre todo, porque sabía que se los encontraría.

—Oye, oye —lo escuchó susurrar lo suficientemente alto como para oírlo. Podía identificar aquella voz felina—. ¿Ese no es el hijo de Ushiwaka?

—¿El nacido para segundear?

A continuación, los escuchó reírse como un par de idiotas y tuvo que tomar aire para no arrugar su preciado rostro. Con una sonrisa encantadora, se dio la vuelta.

—Kuroo-chan, Boku-chan. Tanto tiempo sin vernos.

Se habían sentado detrás de él sin que se diera cuenta. Probablemente si lo hubiera sabido se habría encargado de tomar asiento junto a la chica que desde que había llegado no había parado de hacerle ojitos. No era precisamente fea, pero podía notar a lo lejos su poca materia gris existente. Y eso que él no solía ser alguien que se fijara mucho en esos temas. Si era lo suficientemente atractiva como para gustarle, palo y a la bolsa. No se andaba con rodeos, a menos que la muchachita en cuestión lo volviese loco y él pretendiese enamorarla.

El que estaba al lado de la ventana era Bokuto. Seguía luciendo igual de extraño que siempre: su cabello bicolor peinado hacia arriba como si hubiera metido los dedos en el enchufe y sus redondos ojos amarillos que tanto le hacían acordar a los de los búhos.

Su compañero, Kuroo, tampoco había cambiado mucho desde el año anterior. Su cabello negro seguía igual de desaliñado y su sonrisa gatuna enigmática parecía no querer desaparecer de su rostro. Le daba fastidio admitirlo, pero en realidad esa sonrisa era la que ponía cuando iba a hablarle a él. Lo había visto conversar con otras chicas y chicos y siempre se había mantenido serio y agradable.

—Iwaizumi nos ha dicho que te fuiste a Europa el semestre pasado y no nos has avisado —refunfuñó Bokuto cruzándose de brazos y alzando la barbilla para evitar verlo, notoriamente ofendido—. ¡Qué malo eres, Oikawa! ¡Pudiste habernos contado!

—Y nosotros que nos habíamos preocupado porque pensamos que no querías ser más nuestro amigo —se lamentó Kuroo, extendiendo aún más su sonrisa.

Tooru les sonrió, cerrando los ojos.

—Pero aquí estoy ¿Verdad? —finalizó la conversación dándoles la espalda y volviendo a prestar atención a la profesora.

Cuando oyó sus risas bobaliconas cerró los ojos, ladeando la cabeza con frustración. Aquellos dos, junto con Iwa-chan, habían sido su compañía durante los intervalos de la universidad. No era que los detestara, de hecho, los consideraba un dúo bastante interesante. El problema era que no todos los días estaba del humor necesario para soportarlos. Cuando estaban juntos eran como dos potencias y ambos se disponían en una competencia tácita para ganar el premio al más idiota. Tooru siempre se sorprendía con el ganador, porque cada día que los conocía mejor se llevaba más sorpresas. A esas alturas no podría definir cuál era el peor. Aun así nunca los había tenido de compañeros en ninguna clase. Esa experiencia era algo nueva y se le hacía también aterradora.

La profesora, luego de presentarse y hablar acerca de la bibliografía de la materia, anunció cómo serían los métodos de evaluación y dijo que antes del examen habría que entregar un trabajo en equipo. Apenas terminó de mencionarlo que ya sentía el dedo fornido de Bokuto picoteándolo en la espalda y las continuas patadas que le daba Kuroo por debajo del banco.

—Ni aunque me tomara cinco botellas de sake, muchachos —negó cuando salieron del aula. No era precisamente un diez a la hora de las materias, pero sí se preocupaba por sus notas y a los trabajos les gustaba ofrecerles tiempo y dedicación. Y Kuroo y Bokuto no eran los mejores para llevar esos fines a cabo.

—¿Cómo que no? —Bokuto se tomó la cabeza, flexionando levemente las rodillas.

—No confío en ustedes —Tooru arrugó la nariz, observándolos de manera altiva desde su altura, con una mano apoyada en su cintura.

La expresión de Koutarou se desencajó en una mueca triste que hizo que Oikawa retrocediera unos pasos por la impresión. Su rapidez para deprimirse de un segundo para el otro era algo con lo que todavía no había aprendido a lidiar.

—Qué directo eres —Siseó Kuroo, observándolo con una sonrisa maliciosa. Y apoyando una mano en el hombro de su amigo, acotó—: Pero no nos rendiremos tan fácil ¿Verdad, Bokuto?

Al sentir unas palmaditas el chico asintió, de pronto recuperado.

—¡Tienes razón, Kuroo! ¡No dejaremos que Oikawa nos abandone! —exclamó con los brazos en jarras y con una sonrisa motivada.

Y así fue como, durante todo el recorrido hacia la cafetería, Tooru tuvo a sus dos compañeros pisándole los talones mientras le repetían hasta el hartazgo "Sé nuestro compañero de equipo" como si fueran un disco rayado.

—¡Que no! ¡NO! ¡Argh! ¡Basta! ¡Ya les dije que no! —chillaba el castaño, tapándose los oídos en un vano intento por dejar de oírlos.

—Sé nuestro compañero de equipo, sé nuestro compañero de equipo…

—Sé nuestro compañero de equipo, sé nuestro compañero de equipo…

Oikawa, quien mantenía los ojos cerrados fuertemente y los dientes tan apretados que incluso rechinaban, no pudo soportarlo más. Todos tenían un límite. Y él no era la excepción.

—¡Agh! ¡Basta! ¡Acepto! ¡DÉJENME EN PAZ! —gritó dándose la vuelta y chocándose contra ellos al no medir la corta distancia con la que se encontraban. Se acomodó el cabello con aire histérico y resopló—. ¡Son un grano en el culo! ¡Ambos!

—Pero serás nuestro compañero —comentó Kuroo, quien lucía más que satisfecho. Sus labios estaban curvados hacia arriba, en una mueca de suficiencia.

—¡Ya dije que sí!

—¡Oho oho oho!

—¡Oho oho oho!

Se tomó la frente con la mano, soltando un suspiro. Que Dios se apiadara de él y le diera la paciencia que le andaba faltando.

Iwaizumi, que los aguardaba sentado en la mesa más próxima a ellos, los observaba con una ceja alzada.

—Oi, es demasiado temprano para ser tan ruidosos —les recriminó con el ceño fruncido.

—¡Díselo a ellos, Iwa-chan! —se quejó Oikawa con tono infantil, sentándose a un lado.

Se trataba de una de las mesas más privilegiadas de la cafetería, ya que se encontraba al lado de la ventana pero lo suficientemente lejos del bullicio como para poder conversar con tranquilidad. Además, estaba próxima a la salida por lo tanto el camino al baño era corto. Desde que habían ingresado con Iwa-chan se habían sentado allí, y fue casualmente donde se toparon con los otros dos capitanes al día siguiente, cuando intentaron robarles el lugar.

«—Este es nuestro sitio —había dicho Oikawa con arrogancia, observándolos desde arriba con el mentón en alto—. Así que largo. »

«—Pues no veo tu nombre escrito en ningún lado, machote —le había contestado Kuroo con una tranquilidad peligrosa.»

Y para cuando ellos dos se habían sumergido en una acalorada y ridícula discusión en la que se debatía el propietario de la mesa, Iwaizumi y Bokuto ya estaban conversando sentados disfrutando del desayuno.

Durante esas numerosas charlas habían transcurrido cientos de temas de conversación, obviamente partiendo desde el vóley de la secundaria, Ushiwaka, Shiratorizawa hasta las materias, finales y las carreras de la Universidad. Oikawa pudo enterarse que, para su sorpresa, alguien como Bokuto seguía una carrera complicada como Bioquímica. Con el correr de las semanas no le costó imaginárselo como un científico loco, haciendo explotar tubos de ensayo y mezclando soluciones extrañas. Y también supo que Kuroo seguía abogacía. En su caso no le resultó complicado imaginárselo con un traje y su sonrisa de aceptar coimas.

Desde entonces, gracias a que a Iwa-chan les había caído bien desde un principio, Oikawa había tenido que soportar a regañadientes sentarse con ellos. Con el tiempo, no pudo evitar sentir cierto cariño hacia ellos por mucho que lo negara en voz alta.

Una vez que el cielo atardecía, Oikawa regresaba hacia su casa. Se abrazó contra su pecho y se acomodó mejor la bufanda. Se había abrigado poco para lo que había refrescado a esas horas. Al día siguiente se encargaría de llevarse abrigo de más, o de por lo menos, revisar la temperatura antes de salir. Siempre le había generado una sensación de alivio salir de sus clases y regresar a su casa, pero en sus nuevas circunstancias no podía decir lo mismo.

Porque la persona que lo esperaría en la casa –si es que había alguien en ella- no era Iwa-chan.

Cuando ingresó al edificio se mordió el labio por los pisos que debería subir por escaleras. Intentó reconfortarse diciéndose que era un buen ejercicio. Al terminar, se sostuvo de las rodillas, agitado. Sacó las llaves de su bolsillo y entró al apartamento.

—Ugh —soltó cuando lo vio. En realidad, no le habría gustado decirlo pero fue algo que le salió solo.

Kageyama se hallaba sentado junto a la mesa del comedor, con una pila de papeles dispersa sobre la madera. Tenía la cabeza inclinada y lucía muy concentrado. Notó que su ceño se frunció un poco más cuando lo oyó. Vestía unos jeans oscuros y una campera adidas clásica, la que era negra con unas tiras blancas en las mangas.

—Buenas tardes, Tobio-chan —saludó de manera jovial, parándose frente a él y cubriéndole la luz que se filtraba por la ventana, proyectándole sombras. Se había dicho a sí mismo que trataría de ignorarlo lo máximo posible. Pero verlo allí, tan concentrado y vulnerable, fue algo que despertó su instinto maligno.

Kageyama alzó la vista con el ceño fruncido y lo observó a través de su flequillo.

—Buenas tardes, Oikawa-san —respondió.

Acercándose con curiosidad, observó el conjunto de papeles dispersos. Parecían una especie de contrato ya que había algunos con espacios en blanco que Tobio había llenado con su birome.

—¿Qué haces? —inquirió, arrugando la nariz.

—Lleno el formulario de la Universidad —contestó, juntando algunas hojas, apilándolas y dejándolas a un costado.

Una sonrisa temblorosa afloró en los labios de Oikawa. Esa era la razón por la que había ido a Tokio. Qué tonto había sido. Debió haberlo supuesto.

—¿Tú? ¿A la Universidad? —se mofó, dedicándole una sonrisa amable—. Pero si eres un tonto, Tobio-chan.

Sintió una inmensa satisfacción cuando vio cómo sus mejillas se tornaban coloradas al mismo tiempo que su enojo amenazaba con hacer erupción.

—¡Me han aceptado! —se defendió, casi gritando. Y más calmado, apartó la mirada—. Yo también puedo querer estudiar.

Oikawa alzó las cejas, sorprendido. Era una buena noticia, supuso. El saber que el cerebro de Kageyama no estaba compuesto por el caucho de una pelota de vóley era algo que había que festejar.

—¿Y a qué te anotarás? —preguntó, sin poder abandonar aquella sonrisa suya ni su tono de mofa.

—Arquishda…—susurró, un poco tímido al respecto.

—¿Qué? —No lo había entendido.

—Arquitectura.

—¿Cómo?

—Arquitectura.

—No te oigo, Tobio-chan.

—¡ARQUITECTURA! —gritó, casi levantándose.

Tooru sonrió levemente, ya que de hecho, lo había escuchado a la segunda vez.

—Arquitectura ¿eh? —repitió, sin salir de su asombro. Le costaba un poco hacerse la idea de Tobio-chan con maquetas de infraestructuras. De hecho, se lo imaginaba más bien furioso y rompiendo los lápices y las microfibras a la hora de hacer los planos—. No sabía que el nivel había bajado tanto como para que te aceptaran…

Kageyama frunció el ceño.

—¿Y tú qué puedes saber sobre lo que me he esforzado? —masculló, volviéndose a concentrar sobre los papeles.

Oikawa se lo quedó observando en silencio. En parte tenía razón, y si lo habían aceptado era porque ese tonto cabeza hueca se lo había ganado. Se preguntaba cuánto tiempo habría gastado estudiando para intentar alcanzar el nivel universitario.

Iwaizumi no había sido el único que había crecido. Kageyama también había hecho un gran cambio, a pesar de no modificar su estructura base. Estaba apenas un poco más alto que la última vez que lo había visto. Sus rasgos ya no estaban tan redondeados y sus ojos azules se habían afilado. Su cabello seguía con el mismo corte aburrido que todos aquellos años, con el flequillo salpicándole el puente de la nariz.

Insulso, como siempre.

—¿Y a qué Universidad te anotarás?

—A la Universidad T.

Tooru abrió los ojos de par en par. ¿Acaso irían a la misma?

—Ya veo… —murmuró, alejándose hacia su habitación. Lo único que tenía ganas en aquel momento era agarrar su ipod, conectarse a los auriculares y que la música le estallara el cerebro para que no lo dejara pensar—. ¡Buena suerte con tu papelerío, Tobio-chan!

Cuando abrió la puerta de su cuarto, Kageyama habló detrás de él.

—E-Este… O-Oikawa-san… —lo llamó, titubeante. Cuando este giró su rostro sobre su hombro para observarlo, el menor tragó saliva—. C-compré la cena y cosas para…-

—No pienso cenar contigo, Tobio-chan —le sonrió con falsa dulzura y cerró la puerta tras de sí.

El destino le estaba jugando una mala pasada.


Este capítulo lo subí un poco pronto para que el primero no quedara tan "colgado" y solito, jaja. Es probable que los próximos los suba semanalmente.

Quiero advertirles que la relación entre estos dos se desarrollará de manera lenta, así que espero que tengan paciencia. No me sería lógico acelerar las cosas sin ningún fundamento coherente.

Espero que les haya gustado.

¡Besos!