Contrato de alquiler


Capítulo III

"Aguantarte es complicado, pero ser amigo tuyo es directamente imposible"


Durante los pocos días que habían pasado, Tooru había notado ciertas cosas en el comportamiento de Kageyama. En primer lugar, después de bañarse no se secaba el cabello, sino que dejaba que volviera a su estado original de forma natural. Algo que, dadas las temperaturas que venían haciendo en Tokio, era algo imposible para él ya que en caso de hacerlo se ganaría un resfriado y unos cuantos días en cama. Por ejemplo, en aquel momento, usaba un jogging, una remera manga larga y un buzo para protegerse. Por otro lado, Kageyama tampoco usaba medias a pesar de la loza fría de la cocina. Y, a diferencia de él, sí sabía darle un buen uso a sus respectivos electrodomésticos. Al no compartir la cena, Oikawa no estaba seguro de qué era exactamente lo que se preparaba, a lo sumo podía hacer conjeturas en base a lo que su olfato podía detectar. Y para su mayor disgusto, se había dado cuenta de que la comida olía más que bien.

Tobio-chan sabía cocinar mientras que él no.

Cómo odiaba a Tobio-chan.

Por eso, estaba disfrutando mucho la situación que tenía frente a sus ojos. Varado en el umbral de la puerta de la cocina, mordiendo una manzana, se deleitaba con la desesperación del muchacho.

—Mierda, lo había dejado por aquí —mascullaba mientras dispersaba los papeles de la mesa, arrojando un portalápices y generando un estruendo que lo irritó aún más—. ¡Mierda! ¡Quédate quieto, idiota!

Oikawa alzó una ceja, no pudiendo creer que le estuviera gritando a un portalápices.

—Qué cobarde eres, Tobio-chan. El portalápices no puede defenderse —musitó él con vanidosa jovialidad.

El menor giró el rostro sobre sus hombros, y si no fuera porque era físicamente imposible, el castaño juraría que se habían materializado unas cuantas llamaradas detrás de él. Su mirada asesina lo traspasaba, y si Kageyama pudiera lanzar rayos lasers por los ojos él ya sería hombre muerto.

Si se tratara de otra persona como Iwa-chan o incluso Perro loco-chan se habría sentido algo amenazado, pero solo era aquel niñito pesado que siempre lo había perseguido durante la secundaria media.

En respuesta soltó un silbido con tinte provocativo, pero Kageyama solo reaccionó dándose la vuelta de manera muy brusca, ignorándolo.

—¿Qué haces? —inquirió, a medida que una sonrisa maliciosa se extendía por su rostro.

Los hombros del contrario se tensaron.

—¿Y a ti qué más te da? —bufó—. Nunca me hablas.

—¿Acaso eso es un reproche? Qué adorable eres, Tobio-chan.

—¡N-No quise decir eso! —le gritó, acalorado—. Solo que no veo por qué te importaría qué hago hoy.

—Hum, buen punto.

Kageyama tenía toda la razón. Las veces que habían cruzado palabra desde que habían empezado a compartir apartamento habían sido escasas y se podían contar con los dedos de una mano. Oikawa solía gastar mucho tiempo en la universidad y cuando regresaba se metía inmediatamente en su cuarto y se pedía comida por delivery.

—Aun así estoy interesado. ¿Se te ha perdido algo?

Kageyama desvió la mirada hacia un costado y un rubor sonrosado se posó en sus mejillas. Era el tipo de rubor que se hacía vigente cuando le daba vergüenza admitir algo.

—Sí. El… El formulario de inscripción.

Oikawa abrió los ojos y luego ladeó la cabeza con resignación.

—Qué desastre —murmuró, arrojando el carozo de la manzana en el cesto de la basura y marchándose hacia su habitación. Cuando cerró la puerta tras de sí, sonrió con regocijo.

Se arrojó a la cama y sacó de su mesa de luz unos papeles. Luego tomó su celular y se tomó una fotografía a sí mismo, donde mostraba las hojas y sonreía con galantería a la cámara.

"Iwa-chan, adivina quién le escondió el formulario de inscripción a la Universidad a Tobio-chan", fue el epígrafe que escribió antes de mandar el mensaje con el archivo adjunto.

El celular no tardó en vibrar pero la alerta no era de mensaje, sino de llamada.

Apenas la tomó tuvo que alejarse el móvil de la oreja para no quedarse sordo.

—¡IMBÉCIL! ¡VE AHORA MISMO A DEVOLVÉRSELO! ¡SI NO LO HACES LO LLAMARÉ Y LE DIRÉ TODO!

—¡Pero Iwa-chan…! —se lamentó, haciendo puchero.

—¡Y UNA MIERDA!

—¿Ah? ¿Se puede saber cómo tienes el número de él? —inquirió, escandalizado.

—¡Lo tengo desde hace años, idiota! ¡Voy en serio! —y con tono severo, agregó—. ¿Acaso te das cuenta de la gravedad del asunto?! ¡Te juro que lo llamaré, Oikawa!

El castaño frunció el ceño. No podía ser cierto.

—Iwa-chan, eres el más malvado de todos —lloriqueó.

—¡Tú lo eres!

—¿Acaso eres mi mejor amigo o el suyo?

—¿¡Qué tiene que ver una cosa con la otra?!

—Pues no lo sé, dímelo tú, Iwa-chan.

Luego de discutir durante los siguientes minutos, Tooru colgó y se mordió el labio con frustración. Había pensado que su mejor amigo le festejaría la broma y que ambos se reirían de su picardía durante un buen rato. Pero no. Ahora debía devolverle el formulario con el rabo entre las piernas a su estúpido kouhai.

Se cercioró de que Kageyama no se encontrara en el comedor espiando a través de la cerradura de su cuarto. Efectivamente, se hallaba en el baño. Abriendo la puerta de manera silenciosa, se deslizó por el comedor y dejó los papeles debajo de la desastrosa pila que había dejado sobre la mesa, y como un ninja, regresó a su habitación.

«Tonto Iwa-chan. Cómo se nota que no puedes conseguir novia porque eres amargado y feo. Y malo. Sobre todo malo.»

Tomó su móvil y marcó el número de su amigo. Una vez que lo atendió, le dijo en un murmullo grave:

—Ya le devolví el formulario a tu novia. ¿Contento?

—Contento voy a estar cuando te parta la cara.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —se disculpó rápidamente, con tono infantil.

En el momento que colgó se mantuvo en silencio, expectante de cualquier ruido que expresara movimiento en la habitación de al lado. Cuando volvió a oírlo gruñir y maldecir se pasó una mano por la frente con exasperación. Supuso que era hora de hacer su aparición.

—Oi, ¿Por qué no te calmas? —sugirió, un tanto irritado cuando abrió la puerta.

—¡Estoy calmado!

Tooru se lo quedó observando unos segundos. Kageyama mantenía los dientes tan apretados que no sabía cómo su mandíbula podría ser capaz de aguantar la fuerza de su mordida. Y sus ojos estaban brillosos en una furia espeluznante.

—No, no lo estás —remarcó, observándolo desde arriba. Se acercó a él con paso lento y tranquilo—. ¿Cuándo es la inscripción?

—Dentro de dos horas —musitó, sin mirarlo, revolviendo en una mochila vieja y sucia que se encontraba apoyada en una silla. Tooru lo había visto vaciarla y llenarla unas cuantas veces antes—. Pero tengo que llegar un rato antes, ya que va a haber mucha gente para la inscripción de este año. Si no encuentro el formulario rápido llegaré tarde y no podré ingresar.

—Ya veo —susurró. Aunque lo que no había visto antes era la expresión de tristeza que tenía en el rostro. Tobio-chan lucía muy afectado y la fina capa de brillo que se había acomodado en sus ojos lo delataba. Siempre se había caracterizado por ser muy expresivo. Mientras él ocultaba todos sus sentimientos bajo sonrisas, Tobio exteriorizaba todas sus emociones como si se tratara de un libro abierto.

A lo mejor se había pasado un poco.

Solo quizás.

—¿Por qué no revisas con calma la pila de la mesa?

—¡Ya lo he hecho diez veces! —le contestó, histérico.

—Pues hazlo una vez más. No te cuesta nada. Si no está ahí, pues entonces no diré nada. En mi opinión, estás demasiado alterado como para hacer algo bien.

Kageyama lo fulminó con la mirada, pero terminó haciéndole caso, tomándose su tiempo para respirar con profundidad y conciliar la calma. Con una lentitud sumamente cuidadosa comenzó a separar las hojas y a observarlas con detenimiento. Fue entonces que sus ojos se iluminaron con un brillo de alegría cuando su mirada se topó con el título que quería encontrar.

—¡O-Oikawa-san, tenías razón! —exclamó, alternando la vista entre el formulario y su antiguo capitán, emocionado.

—Por supuesto, niñito. —se mofó él, acomodándose el cabello con una mano y mirando hacia otro lado, con altura. Se sorprendió cuando Kageyama le hizo una reverencia rápida y pronunciada.

—¡Muchas gracias! —y tras decir esto, tomó su bolso y salió disparado hacia la salida del apartamento.

Oikawa apenas había tenido tiempo para responderle que ya había cruzado al otro lado de la puerta.

Se quedó observando el desorden que había hecho su antiguo kouhai y entrecerró los ojos con fastidio.


—¡Simplemente, no! ¿Entiendes? Un no, es un no. Y punto. No me lo cuestiones. Sabes que si no fuera algo en serio no te lo pediría. No me mires así, Iwa-chan. No te lo permito.

Su mejor amigo lo contemplaba con una ceja en alto, pero se podía ver muy bien que una vena le palpitaba en la sien. No era alguien a quien le agradara que le dijeran qué hacer, porque por lo general él era ese tipo de personas que daba indicaciones a los demás. No se dejaba avasallar por nadie, y donde fuera que pisara siempre recibía el respeto que pretendía. Y en caso contrario, utilizaría todos sus métodos para llevar eso a cabo.

Aquella tarde estaba aún más fresca, el invierno en Tokio había llegado para quedarse y lo había dejado muy en claro.

Tooru se había abrigado lo suficiente como para no pescar un resfriado, a los cuales era muy propenso. Se había colocado un tapado color gris, una bufanda negra y un gorro del mismo tono. Sus manos enfundadas en unos guantes, dentro de sus bolsillos.

Iwaizumi por el contrario, parecía conformarse con un buzo oscuro y una simple bufanda de lana color verde.

Ambos se encontraban en el predio del campus, en un intervalo de clases en el que habían coincidido, siendo agitados por el viento que golpeaba fuerte contra las copas de los árboles.

—No entiendo qué tiene de malo que ellos sepan que vives con Kageyama. Es lo que los universitarios hacen ¿Cierto? Compartir el alquiler para que la cuota sea más barata. Cuando vivías conmigo lo gritabas a los cuatro vientos.

Oikawa chasqueó la lengua.

—Eso era porque tú eres tú, Iwa-chan —repuso, acomodándose el flequillo con la mano, como si fuera algo obvio—. Y a mí siempre me gustó alardearte.

—Y Kageyama es Kageyama —suspiró—. No es alguien malo, es-

—¡Alto, alto, alto! —Lo detuvo, mostrándole la palma de la mano en una señal de freno—. Tobio-chan es el ser más malvado de la historia. Ni se te ocurra decir lo contrario.

—¿Ah? ¿De qué historia? —se escandalizó Hajime, mirándolo indignado. Porque en lo que a él respectaba, el recuerdo que tenía de su kouhai era que era un genio nato, muy respetuoso con sus sempais y con muchas ganas de aprender. Después vino todo eso del "Rey de la cancha" pero para ese entonces él ya no estaba en Kitagawa Daiichi así que no se veía en condiciones para opinar al respecto.

—¡De mí historia!

La antigua estrella de Seijoh se lo quedó observando por unos cuantos segundos en silencio. La manera en la que Tooru apretaba los labios, la forma en la que sus ojos cobraban un brillo alicaído. No sabía cómo decirlo. Su amigo se veía… frágil.

Eso era.

Oikawa, a sus ojos, era débil.

Soltó un hondo suspiro. Su amigo debía hacer un buen trabajo interno en el cual, por mucho que lo deseara, él no podría intervenir.

—De acuerdo, no les diré nada. Si se enteran, no será por mí. Pero yo que tú lo reconsideraría, dadas las circunstancias lo más seguro es que se terminen enterando por una cosa o la otra.

—Tsk. Ya lo sé, no me lo recuerdes —resopló, irritado—. Más aquellos dos, que por algún motivo u otro siempre terminan colándose en mi vida. Maldito gato sarnoso y búho apestoso.

Iwaizumi no pudo evitar soltar una especie de risa contenida.

—Oi, no los llames así que a mí me caen bien.

—Son unos raritos, Iwa-chan.

—Y… para hablarte a ti ya lo creo que sí —le aseguró con severidad.

—Entonces tú eres el rey de los raros, Iwa-chan —Le sonrió, con dulzura.

—Argh. Cállate.

A lo lejos oyeron una voz escandalosa, de esas que te hacen darte la vuelta y echar un vistazo a qué es lo que sucede por más que sea alguien que apenas conozcas. Pero en el caso de ambos, podían reconocer muy bien esa voz aguda y entusiasta.

—¡Wooaaah! —exclamaba, haciendo todo tipo de onomatopeyas, observando a su alrededor con los ojos brillándole por la emoción—. ¡Todo esto es genial! ¡Es enorme!

—Baja la voz, nos están mirando, idiota —le contestó una voz más grave y seria, en un murmullo amenazante.

Oikawa e Iwaizumi los observaron estupefactos.

—No puede ser… —susurró Tooru.

—Con que él también ha llegado a la universidad ¿Eh? —sonrió Hajime, observando al pequeño pelirrojo lleno de energía.

Hinata y Kageyama caminaban a lo lejos, el primero intentando devorarse la enorme construcción con los ojos y el segundo tratando de descifrar el mapa que tenía en sus manos.

Como el más alto había crecido, naturalmente, también lo había hecho el más pequeño. No era la clase de crecimiento que se podía constar por el incremento de altura, eso estaba claro. Chibi-chan había nacido y Chibi-chan moriría. Sin embargo, algo en sus facciones, en su cuerpo, delataban que ya había abandonado la dulce adolescencia y que transcurría la metamorfosis que lo llevaría a ser un hombre.

—¿Por qué no los ayudamos? Parecen perdidos —se preocupó Iwaizumi, observándolos con el ceño fruncido.

Tooru arrugó la nariz.

—Sobrevivirán. —Negó, alzando la barbilla con petulancia—. Oi, Iwa-chan. ¡Iwa-chan!

No tuvo otra opción que echar a correr detrás de su amigo, quien se había adelantado y para esas alturas ya estaba saludándolos.

—¡Woo! ¡La estrella del Seijoh! —exclamó Hinata, irguiéndose y comenzando a temblar de admiración.

Hajime le dedicó una sonrisa amable.

—Iwaizumi está bien —le respondió, y el pequeño asintió rápidamente, aun con nerviosismo al verse intimidado por su presencia—. ¿Se han perdido?

—¡Sí! ¡Digo, no!

—¿Cuál de ambas?

Kageyama no lo observaba a su antiguo vicecapitán, ya que su mirada se posaba en Oikawa, quién se acercaba con mirada desdeñosa, como si desconfiara de la situación.

—Con que Chibi-chan también ha elegido estudiar —saludó, desde detrás de Iwaizumi y haciendo acto de presencia situándose a su lado. Miraba al pelirrojo desde su altura, sonriendo apenas con la comisura de los labios en una mueca arrogante.

Hinata se tensó aún más cuando lo vio.

—¡El Gran Rey! —aulló, impresionado.

Oikawa le sonrió con los ojos cerrados. Hacía mucho que lo veía, tanto que incluso se había olvidado de aquel raro apodo que le había puesto. Por algún motivo oírlo de sus labios no era algo que lo molestara. Siempre había dicho que el chibi-chan era muy molesto en los partidos, pero fuera de la cancha lo consideraba una persona muy interesante.

—¿Qué estudias? —inquirió, agachándose un poco, lo suficiente como para constatar su diferencia de altura e intimidar al menor.

—E-Eh… Q-quiero ser maestro de primaria —contestó, balbuceante. Se rascaba la coronilla y miraba hacia otro lado, algo avergonzado.

Tooru sonrió desplegando sus labios, pero aquella vez no estaba fingiendo, por más que los demás no notaran la diferencia. Era una sonrisa genuina, porque le había dado ternura la respuesta. Podía imaginarse a ese pelirrojo hiperactivo trabajando con niños con total tranquilidad.

—¡Oh! ¡Esfuérzate! —lo alentó.

Hinata le sonrió ampliamente.

—¡S-Sí! ¡Lo haré!

Oikawa se irguió y su mirada se topó con la de Kageyama. Se estableció un silencio incómodo que el primero se encargó de romper:

—Veo que te pudiste anotar.

—Sí, llegue a tiempo —murmuró—. Gracias Oikawa-san.

—No hay de qué, Tobio-chan —le respondió con total naturalidad, sintiendo la mirada de Iwa-chan perforándole la sien—. Ojalá seas exitoso en todos tus estudios.

—G-gracias —le contestó, agachando la cabeza. Mantenía los puños cerrados, las mejillas algo sonrosadas y los labios apretados como solía ponerlos.

«Te odio, Tobio-chan. Ojalá fracases en todos tus estudios.» era lo que en verdad pensaba.

No se había dado cuenta hasta que Kageyama apartó la mirada un tanto incómodo, que durante unos buenos segundos lo había mirado fijo con una expresión extraña en el rostro, conteniendo las palabras que no quería decir porque consideraba que el momento no era oportuno.

—Oi, Hinata, vamos a llegar tarde —murmuró el chico, apoyándole una mano en el hombro a su amigo, quien conversaba con Iwaizumi aparentemente sobre dónde quedaban las aulas a las que tenían que ir.

—¡Sí! ¡Te entiendo! —asentía con excesiva efusividad a cada palabra que decía el mayor, mientras este le señalaba en el mapa el camino. A Oikawa le dio la sensación de que en verdad no lo hacía y que seguro se perdería—. ¡Muchísimas gracias!

—¡No hay de qué! —Iwa-chan les alzó el pulgar mientras se alejaban.

Pero Tooru no se despidió. Se había mantenido en silencio observando la nuca de su kouhai con los ojos entrecerrados.

—¡Oi, Tobio! —lo llamó, con voz grave.

El aludido se dio la vuelta con curiosidad. Eran pocas las veces que Oikawa se dirigía a él de manera seria. Por lo general, solía usar un tono amoroso de manera irónica, porque al mismo tiempo que le hablaba también aprovechaba para clavarle un puñal verbal.

—Aguarda aquí un momento —le musitó a Hinata, y este se lo quedó observando con curiosidad.

Oikawa se adelantó para quedar fuera del rango auditivo de Iwa-chan, y lo mismo hizo Kageyama con su mejor amigo. Cuando este se posicionó frente al castaño, lo observó, expectante.

—Ni una palabra a nadie sobre que compartimos apartamento. ¿Entendido?

Kageyama evitó mirarlo a los ojos.

—D-de acuerdo —Pero había algo en su mirada que no lo convencía.

—Ya se lo has dicho a alguien ¿Verdad? —adivinó, con pesar.

—Puede que se lo haya dicho…a Hinata —murmuró, frunciendo el ceño.

Oikawa lo fulminó con la mirada.

—¡Eres un tonto, Tobio-chan! —retrocedió unos pasos, pasándose la mano por el cabello de manera nerviosa. Se remojó los labios de pronto secos y volvió a acercarse. Apuntándolo con el dedo, le advirtió—: pues más vale que nadie más se entere. ¿De acuerdo? —Sabía que estaba pidiendo algo imposible, utópico. Pero eran las últimas esperanzas que le quedaban.

Kageyama lo observaba fijo, inmutable.

—De acuerdo —asintió—. Pero ¿Qué tiene de malo que…?

—¡Sh! ¡Ni se te ocurra decirlo! —lo calló, mirando hacia los costados. Y como si fuera algo obvio, le contestó—. ¿Que qué tiene de malo? Verás, Tobio-chan, lo que tiene de malo es que pensarán que somos amigos. Y nunca, jamás, seremos algo como eso ¿Entiendes?

Kageyama lo contempló en silencio, sin contestar.

—Lo entiendes ¿Verdad?

El menor asintió, sintiendo un nudo en la garganta.


Buen día! Acá traigo otro capítulo. Como verán, la cosa sigue lenta, pero prometo que avanzará, mientras tanto les regalo escenas donde probablemente quieran golpear a Oikawa xD.

Muchas gracias por los follows y los reviews. Me han preguntado por qué Kageyama no le grita de una vez a Tooru, y me gustaría aclararles que en realidad, sí lo hace, solo que Oikawa no se inmuta y dudo que algún día lo haga. Por estas cosas me gusta esta relación.

En fin, me despido porque tengo que irme a estudiar. Espero que les esté gustando la historia y no duden en comentar si tienen algo que aportar u opinar, me harían feliz.

Besos!