Capítulo IV
"Teléfono descompuesto"
Definitivamente, aquel día, le iba a agarrar un ataque cardíaco.
—¿Qué qué? —preguntó, todavía demasiado aturdido para poder asumir esa enorme cantidad de información. Sufrir una emboscada luego de terminar la clase de Traducción II en el pabellón IV no era algo que vivía todos los días. Lo había agarrado desprevenido, al igual que la noticia que acababa de escuchar.
La sonrisa gatuna de Kuroo se extendió aún más sobre sus labios, en un una mueca enigmática en la que no sabías si sonreía con genuina diversión o con otras intenciones más oscuras, como si se estuviera regocijando de la situación, saboreando la desesperación de que los mayores temores de Tooru se vieran consumados.
—Que Bokuto me dijo que Hinata le dijo que Kageyama le contó que convives en un mono ambiente con él, y que, por cuestiones de dinero, no solo comparten colchón sino que también se duchan juntos para ahorrar agua.
Oikawa sintió que necesitaba hiperventilar.
No habían pasado ni tres horas desde que había casi amenazado a Tobio-chan para que aquel pequeño –y gran̶ secreto no saliera a la luz, que ya una de las personas que encabezaban la lista de gente que no quería que lo supiera había venido a interrogarlo acerca del asunto.
¿Acaso le estaban tomando el pelo?
Ni él estaba muy seguro de por qué no quería que el mundo se enterara que eran compañeros de piso. A lo mejor, le tocaba en el orgullo el hecho de tener que compartir algo con la última persona con la que querría hacer algo parecido. No lo sabía. Pero tampoco le importaba. Podrían tildarlo de egoísta, pero así eran las cosas. Tooru, desde tiempos remotos, había marcado una línea entre Tobio-chan y él, una línea que dejaba muy en claro que se encontraban en lados opuestos y que jamás podrían estar en el mismo. ¿Cierto? En un partido, los contrincantes nunca podrían superar la barrera divisoria de la red. Enemigos eran en el primer tiempo y enemigos serían en el segundo. No existía algo así como pasarse de equipo en la mitad de un partido. Era ridículo e inconcebible.
—No es de mi incumbencia sus cuestiones económicas. Pero, hermano, déjame decírtelo, eso suena algo así como gay.
El castaño lo fulminó con la mirada.
—¡No me digas! —Bramó con fiereza, agudizando su tono de voz—. ¡Por supuesto que suena gay!
A su lado, un tumulto de estudiantes fluía a sus costados, generando el bullicio necesario como para que sus voces pasaran desapercibidas. En caso contrario, lo más probable sería que varios se giraran para enterarse qué estaba sucediendo. Tooru agradeció las circunstancias.
—¿Entonces…?
—¡No! ¡Claro que no! —negó escandalizado—. ¿Por qué te dijo eso? ¿Pero qué…? ¡Por supuesto que no! ¿Cómo…?
Kuroo alzó una ceja, observándolo con confusión mientras soltaba verborragias.
—Entonces es cierto que son compañeros de piso ¿Cierto?
Tooru salió de su ensimismamiento y lo observó aturdido. Pero antes de que pudiera abrir la boca, el más alto se le adelantó:
—¡Eso es genial! Kageyama es un tipo interesante. Apuesto a que debe ser divertido vivir con él —le sonrió, dándole unas palmadas en el hombro para la estupefacción del otro—. Tienen que invitarnos a Bokuto y a mí algún día de estos para verlo.
Oikawa le dirigió una mirada desdeñosa y se quitó la mano del muchacho como si esta pudiera contagiarlo de alguna enfermedad terrible. Alzó la barbilla con envanecimiento y se alejó con paso rápido, acomodándose el bolso para obtener mayor agilidad. Podía escuchar cómo la risa burlona de Kuroo se desvanecía conforme avanzaba y lo dejaba atrás.
Estaba que le rechinaban los dientes de solo pensar lo que estaba pasando. Tomó su celular con aire histérico y buscó el número de Tobio-chan para concluir en que no lo encontraba. Se mordió el labio con frustración, recordando que lo había borrado años atrás, en un ataque de furia luego de haber perdido contra él en aquel bendito partido que no tenía ganas de recordar.
¿Ahora cómo se comunicaba con él?
Oh, cierto.
Vivía con él.
Era solo cuestión de llegar a su propia casa y verlo merodeando por allí, preparándose un té o ensuciando la mesa del comedor con las migas de las galletas que devoraba. La sola idea lo irritaba.
Por fortuna, cuando salió del edificio pudo divisarlo en los terrenos del campus. Yacía allí, con su sweater negro, enfundado en una chaqueta azul oscuro. Parecía estar viendo algo con su celular.
—Buenas, Tobio-chan —gruñó detrás de él, sobresaltándolo.
Kageyama se dio la vuelta para encararse con un Oikawa sonriente, cuya vena de la sien estaba tan hinchada que parecía a punto de estallar.
—O-Oikawa-san. ¿S-Sucede algo? —No era el rey de las indirectas ni mucho menos, pero ya el solo hecho de que se acercara a hablarle era algo inusual. Ni hablar de la expresión de su rostro.
Tooru tomó aire.
—¿Cómo decirlo? —Retrocedió unos pasos, fingiendo estar pensativo, apoyando una mano en su mentón—. Siempre supe que eras un tonto cabeza hueca, pero la verdad es que tú sobrepasas cualquier límite que pude haberme imaginado.
La postura de Kageyama se tensó, endureciendo los hombros en una postura defensiva. Parecía una pantera a punto de saltar contra su enemigo ante cualquier mínima señal de ataque.
—¿Qué dijiste? —siseó, frunciendo el ceño, en un gesto en el que, incluso sus ojos, se ensombrecieron.
Pero Tooru no se dejaba intimidar. Frente a otros, a lo mejor, el efecto habría sido distinto.
—Que no eres capaz de guardar ni un secreto —le respondió, de manera cortante—. Eso, querido Tobio-chan, significa que no eres alguien digno de confiar. Algo que de todos modos ya sabía, porque —soltó una risita de suficiencia—, ni en un millón de años confiaría en alguien como tú.
—¿Ah?
Oikawa lo burló en una pésima imitación que solo hizo que el ceño fruncido de Kageyama se volviera una tensa línea recta.
—¿Se puede saber por qué Kuroo-chan vino a decirme que no solo compartía apartamento contigo, sino que dormíamos en el mismo colchón y que, para ahorrar agua, compartíamos ducha? —a medida que hablaba, con cada palabra se evidenciaba que perdía la paciencia de manera progresiva, abandonando su tono calmo y elegante.
Los ojos de Kageyama se salieron de sus órbitas, ruborizándose con enfado.
—¿¡Qué?! ¡E-Eso no es verdad!
—Oh, no me digas.
—¡Hinata, idiota! —gruñó, apretando los puños. Y mirando a su sempai con ojos desesperados, le juró—: ¡Le he dicho que no dijera nada! ¡Oikawa-san, tienes que creerme! ¡Se lo he dicho!
El castaño lo observó durante unos segundos con los ojos entrecerrados, analizándolo. A juzgar por su expresión parecía decir la verdad, además de que no veía el sentido de hacer una declaración semejante que lo involucrara de manera tan bochornosa. Finalmente se dio la vuelta.
—Eso ahora da igual, porque el punto es que ellos lo saben.
Comenzando a alejarse pudo escuchar que el muchacho lo seguía.
—¿Por qué me sigues, Tobio-chan? Ya no me interesa hablar contigo. Qué molesto.
Kageyama se encogió de hombros.
—Pues porque también me voy a casa.
Oikawa abrió los ojos de par en par, sintiendo como aquella realidad lo golpeaba de manera abrupta, sacudiéndolo. Qué irónica podía ser la vida. Un día te encuentras queriendo destruir a tu rival y al otro regresas con él "a casa".
—¡Qué pesado eres! —gruñó, apurando el paso para adelantarse.
Oikawa se encontraba en la no tan envidiable posición en la que, por mucho que se esforzara por dar zancadas largas que dejaran en desventaja a la persona que quería superar, Kageyama podía imitarlas de la misma manera, acortando la distancia de manera rápida.
—Oikawa-san-
—Calla.
—¡Pero, Oikawa-san…!
—Ni una palabra, Tobio-chan.
La puerta del subte se abrió frente a ellos y no tuvieron otra mejor opción para terminar la conversación que subirse al vagón y acomodarse como podían entre el tumulto de gente. Aquel sitio estaba abarrotado de personas y se sentían como si estuvieran en un paquete sellados al vacío. Sus hombros chocaban, produciendo mayor tensión entre ambos si es que eso era posible.
Tooru no lo observaba, pero podía asegurar con frustración, que Tobio-chan lo miraba con aquella expresión de determinación que tantos problemas le había dado en el pasado. Qué terco podía ser su kouhai.
Cuando bajó del subte, ni siquiera lo esperó, incluso aprovechó esos segundos de ventaja para adelantarse lo máximo posible y dejarlo atrás, mientras Kageyama luchaba por salir. No pasó mucho tiempo hasta que el muchacho lo alcanzó, mientras caminaba por la acera.
Al instaurarse el invierno, los días se hacían más cortos y las noches más largas, apareciendo estas desde temprano. El cielo estaba oscureciendo, y era mucha la gente que se apresuraba para regresar a su casa en busca de calefacción y algo para comer. Sin embargo, a medida que se iban alejando de la zona más céntrica y doblaban las esquinas, las personas se iban disipando hasta terminar siendo ellos dos los únicos que caminaban en la vereda.
Sentía la presencia de Tobio-chan caminar detrás de él, incluso podía percibir como abría la boca para luego arrepentirse y cerrarla una y otra vez. Fue en un momento que tomó coraje y le dijo:
—Solo le he dicho que éramos compañeros de piso, que nuestro apartamento no era muy grande y que por eso compartíamos baño. No sé de dónde salió todo lo demás —aseguró, en un murmullo bajo.
Oikawa no le contestó, porque el solo hecho de que le hablara insistiendo con el tema lo molestaba más.
Una vez llegaron a la puerta del edificio, el castaño ingresó la llave en la cerradura y se abrió paso ante la puerta.
—Prometo hacer que el idiota te pida disculpas —habló de pronto Tobio, dubitativo, mientras subían por las escaleras.
El mayor puso los ojos en blanco y contuvo un bufido. ¿Acaso no entendía que ya daba igual lo que hiciera porque la había cagado? Abrió la puerta del apartamento y ambos se detuvieron en el recibidor para dejar sus respectivos calzados a un lado y colgar sus abrigos en el perchero.
Kageyama alzó la vista y contempló cómo Oikawa avanzaba de espaldas a él y se dirigía hacia su dormitorio para cerrar la puerta tras de sí.
Si alguna vez alguien le hubiera dicho lo que le pasaría en los próximos días en su primer año de universidad, probablemente no le hubiera creído.
De hecho, hubiera fruncido el ceño y la habría amenazado con que se si no se callaba se las iba a ver con él.
Pero así eran las cosas. Su universo había hecho una revolución de ciento ochenta grados y ahora sus astros y planetas se encontraban dispersos y revueltos de una manera que era imposible para él concebir en un ámbito de tranquilidad y paz. Todavía no podía ordenar sus pensamientos, mucho menos sus sentimientos. Asimilar la realidad a veces era más difícil de lo que parecía.
Nunca le había apetecido la idea de compartir apartamento con alguien que no conocía, pero las probabilidades de alquilar una casa en Tokio se veían reducidas a esas, dado que no conocía a nadie con quien tuviera la suficiente confianza o simplemente estuviera dispuesto a convivir con él. Tampoco los culpaba. En el fondo, sabía que él podía ser un poco huraño y que nunca había sido popular gracias a su buen carisma. Por otro lado, su mejor amigo había quedado por completo desplazado de la lista desde que le había comentado que alquilaría departamento con su novia.
«¡Alquilaré con ella, Kageyama! ¿Acaso no es genial?»
«Mientras no tenga que ir a buscarte a la comisaría, supongo que sí. » Le había contestado.
«¡P-Pero…! ¿Qué rayos dices? ¡Yo nunca…! ¿Qué te pasa, eh? ¿Quieres pelear? ¿¡Eh?!»
No era que Hinata no fuera un caballero, pero desde que se había puesto en pareja lo había notado con las hormonas más revolucionadas que de costumbre. Y eso que nunca habían tenido charlas de "machos" con su amigo. La primera vez que Hinata lo había intentado, lo había mandado al demonio. Más por vergüenza que por otra cosa. Aunque nunca lo admitiría delante de él, sería un completo bochorno y eso se convertiría en la gastada del año usada en su contra.
«Kageyama ¿Alguna vez te hiciste la… ya sabes… eso… pensando en alguien que te gusta?»
«¿Y eso a que viene, imbécil? ¡Concéntrate en mejorar esas horribles recepciones, idiota!»
En resumen, se alegraba por su amigo, y también se ponía contento de no tener que convivir con él. Imaginarse el vivir con Hinata era equivalente a pensar en una tortura psicológica personal.
Pero nunca, jamás de los jamases, se le habría pasado por la mente tener que ser el compañero de piso de Oikawa-san.
La primera vez que lo había visto en el pasillo el alma se le había caído a los pies. Su visión se había visto desbordada ante la persona que tenía en frente. Verlo allí, varado con sus maletas y observándolo con su habitual sonrisa de siempre era algo surreal.
«Tobio-chan, tanto tiempo.»
¿Cómo era posible para él actuar como si se hubieran visto tan solo el verano pasado mientras que él se hallaba en una situación por completo distinta y para nada envidiable?
Sentía una mezcla de miedo, vergüenza y nervios que no sabía explicar. Tenía la necesidad de disculparse con él por algo y no se atrevía por temor a quedar en ridículo o que él se burlara.
Desde que el mundo era mundo habían existido los ganadores y los perdedores. No había manera de que uno viviera sin el otro. Pensar lo contrario era tan absurdo como pretender la presencia de un rematador sin la de un colocador, o viceversa.
Cuando se había enterado de aquella división en el mundo, había tenido claro en qué lado quería pertenecer. La victoria no era más que su objetivo más deseado. Pisotear a sus contrincantes y observarlos desde la cima había sido el mayor de sus placeres. La justificación de su ser. La sensación que le causaba el ganar no era menos que adictiva y embriagadora.
Pero aquella idea se perturbó en el final de aquel último partido que lo había definido todo para ambos. Habían pasado cuatro años desde ese suceso, y sin embargo, la mirada de Oikawa desde el otro lado de la red había sido algo que no había podido olvidar desde entonces.
Habría querido decirle tantas cosas, pero como siempre, las palabras se le habían atorado en la garganta y el castaño se le adelantó, llevando la conversación para un lado diferente al que él quería ir.
«Vamos uno a uno. No te la creas tanto.»
«No. No lo haré»
Y nunca lo haría, porque era una victoria que no sabía a gloria.
Porque era una victoria que lo hacía sentirse la peor persona del mundo.
¿Qué caso tenía estar en la cima si se sentía más hundido que nunca?
Se había acostumbrado tanto a verlo por delante de él, que una vez que lo había alcanzado se sentía vacío, incompleto. Haberse liberado de su sempai había traído a su vida una independencia completamente aterradora.
Se había dado cuenta de que no quería dejarlo olvidado atrás y avanzar ya que no le veía sentido continuar si su meta no era Oikawa-san.
«O-Oikawa-san» había respondido a su saludo, abrumado.
Y de nuevo no había podido decir nada de lo que habría querido. Ni ese día ni los siguientes, en los que la convivencia había sido más fácil de lo que había creído volviéndola hasta complicada. El castaño le daba demasiado espacio personal, tanto, que ni siquiera le dirigía la palabra a menos que fuera estrictamente necesario.
A pesar de tener una cocina, Oikawa no cocinaba y no pretendía cenar con él, mucho menos comer algo hecho con sus propias manos.
Con otra persona le hubiera encantado tener esa relación cordial y distante, lo habría hecho sentirse cómodo y a gusto. Pero con su ex capitán todo se volvía tenso y amargo.
Y si la situación había sido mala desde el principio y había albergado esperanzas de revertirla, ahora veía que esas probabilidades eran nulas.
Por ello, tomó su celular y se limitó a escribir un mensaje dirigido a cierto enano pelirrojo que era especialista en sacarlo de sus casillas.
Date por muerto mañana.
Ignoró la constante vibración del móvil, ya que sabía que seguro era Hinata, desesperado por saber qué había hecho y probablemente insultándolo por el simple hecho de contratacar.
Se dirigió a la cocina y se preparó algo simple pero que se le daba bien y le gustaba: un arroz con verduras que le había enseñado su mamá a preparar.
Cuando estaba sirviéndose se lamentó el hecho de haber preparado de más. Solía repetir y tener un buen apetito, pero medir el arroz le resultaba complicado y aquella vez había hecho para alimentar por lo menos a cinco personas.
Y de pronto, una idea surgió en su mente.
Se preguntaba si sería bueno hacerlo…
Se encogió de hombros, harto de arrepentirse por cosas que no había hecho. Tomó un plato y lo sirvió de comida de manera discreta.
Se dirigió al comedor y giró sobre sus talones para avanzar en la habitación opuesta a la suya.
Contuvo el aire y llamó a la puerta tres veces, dejando el plato en el suelo y saliendo disparado hacia el suyo.
Aquella noche comería en su cuarto.
Hola! Acá vengo con otro capítulo. Sé que es más cortito que los anteriores pero prometo que los próximos serán más largos. ¡Lo siento! Espero que, pese a eso, les agrade y sigan interesados en la trama.
Muchísimas gracias por los reviews, me han puesto muy contenta. Todos se valoran, pero como le he dicho a una que me ha escrito, los primeros tienen un tinte especial porque son los que te apoyan desde un principio 3. Es una lástima no poder responderlos porque algunas no tienen usuarios. En cuanto a la duda de si habrán más parejas... sí. No lo tengo muy definido realmente, pero habrán menciones a otras aunque dudo que tomen mucho protagonismo. Bastante me cuesta escribir sobre estos dos como para ocuparme seriamente de otra más xD. Aunque todo puede suceder~.
Ustedes le confiarían un secreto a Hinata? jaja. ¿Se imaginan quien puede ser su pareja? Espero que no me odien por la elección hetero.
Bueno, ya hablé mucho y tengo que irme.
Espero que les guste, cualquier comentario, consejo u opinión siempre es bienvenido.
¡Besos!
