Capítulo V

"Nada puede salir bien si te rodeas con un cuervo, un gato y un búho en tu propia casa"


Se despertó con la vibración insistente de su celular, lo cual fue un indicio de que su día apestaría, o como mínimo, sería problemático. Más aún si reparas que la persona que había decidido darte los buenos días no era nada más y nada menos que Boku-chan.

Oikawa abrió los ojos con horror cuando se percató que guardaba más de cien mensajes del sujeto y que el numerito iba creciendo conforme pasaban los segundos de manera espeluznante. Entró a la conversación y se encontró con que Bokuto estaba en línea del otro lado y no paraba de mandarle un simple y corto "Oikawa" de manera insistente desde hacía diez minutos. El solo observarlo le daba migraña.

Boku-chan. Le mandó, intentando contenerse por no mandarle emojis en forma de cuchillos o llamas.

¡Al fin te apareces! ¿Estabas durmiendo?

Así es.

¡Oh! ¡Qué bueno!

Tooru alzó una ceja, al parecer el búho se había dado cuenta de que se había despertado por su causa pero en su diccionario de sinónimos eso no era algo malo. Aguardó a que siguiera escribiendo, aun con los ojos entrecerrados y lagañosos, enredado entre las sábanas.

Con Kuroo nos preguntábamos si podíamos juntarnos a hacer el trabajo de Inglés Técnico II en tu casa.

No. Fue su inmediata respuesta.

Hecho. A las 18 después de clases vamos para allá.

Oikawa suspiró. No tenía las fuerzas necesarias para negarse. En cierto modo, no tenía ningun problema de que fueran a su casa más allá de que fueran ellos dos. Pero eso, pese a que lo intentara, no lo podría cambiar. Se preguntaba cuándo sería el día que se acostumbraría a tenerlos a Bokuto y Kuroo como amigos y aceptar que estaban en su círculo más cercano pese a lo raros y excéntricos que eran.

Fuera como fuera, tenía un leve presentimiento de que esa tarde no terminaría bien. Nunca había hecho un trabajo grupal con ellos y si hubiera podido evitarlo a toda costa lo habría hecho, ya que estaba seguro de que no eran precisamente los mejores compañeros de equipo. No confiaba en ellos, y esa opinión no se había ido ni se esfumaría tan rápido.

Pero las circunstancias eran esas y no podía hacer nada contra ellas.

Cómo las odiaba.

Se desperezó y se apartó el acolchado de las piernas para poder ponerse de pie. El día había empezado y no podía seguir vagueando dentro de la cama por muy cálida y cómoda que le resultara.

No era como si no se animara a salir de su habitación.

No, señor. Para nada.

Él era Oikawa Tooru, el mejor. El más guapo. El más macho de los machos. El que la tenía más grande de todos.

Y aun así, con todo eso a su favor, se encontraba espiando a través de la cerradura de su puerta, para comprobar si él se hallaba del otro lado.

Al parecer, no había moros en la costa. Tenía el pase libre. De todas formas, abrió la puerta con cuidado y asomó levemente la cabeza para confirmar que no estuviera escondido por ahí.

Se sentía abochornado por la actitud que había tenido la noche anterior. ¿Cómo había podido permitirse ser tan débil? ¿Cómo había osado caer tan bajo?

La noche anterior, luego de haberle demostrado a Tobio-chan que se encontraba por completo enfadado con él y que no quería saber nada con su persona, se había atrincherado en su dormitorio con los auriculares de su ipod a todo volumen dentro de sus orejas. Con el correr de los minutos, el ritmo alegre y pegadizo de la música lo había hecho olvidarse poco a poco del inconveniente. O al menos disiparlo. Porque cada vez que recordaba lo sucedido tenía ganas de hacerle cosas malas a su kouhai por ser tan tonto. Pero lo hecho, hecho estaba. ¿Qué podía hacer al respecto? ¡Nada! Kuroo-chan y Boku-chan ya lo sabían, y aunque odiaba admitirlo, sabía que tarde o temprano se enterarían. Quizás no por metiches, sino porque algo de esa magnitud era imposible de ocultar bajo la alfombra. Lo que realmente importaba era que en esos momentos eso ya le daba igual.

Lo que en verdad se reprochaba a sí mismo era otra cosa. Horas atrás, cuando a su reproductor de música se le había acabado la batería, había decidido ir al baño ya que le había estado resultando imposible seguir resistiendo la situación por un tiempo más prolongado. Había llegado a la dolorosa conclusión de que no podría continuar encerrado en su cueva toda la noche, ya que su estómago era otro órgano que también le estaba reclamando atención. El hambre, a esas horas, se había vuelto inminente.

Pero nunca había esperado encontrarse con lo que había hallado luego de abrir la puerta de su cuarto: un plato rebosante de comida, cuyo vapor humeante llamaba la atención hasta del paladar más exquisito, yacía en el suelo, cual tesoro caído del cielo. Y por muy soñadora que su mente pudiera llegar a ser, sabía que no se había colado un hada madrina por la ventana y lo había hecho aparecer con el agite de su varita mágica solo porque había estado pensando que tenía mucha hambre. El único autor posible de esa comida era Kageyama.

Por instinto, había arrugado la nariz, pero no por el olor ya que, para su disgusto, olía más que delicioso, sino por el saber su procedencia. Sin embargo, pese a lo mucho que se había gritado mentalmente que apartara la mirada de él, sus ojos no se movieron, y se estaban devorando el plato como su estómago le estaba rogando que hiciera.

Se había relamido varias veces los labios, mordiéndolos de manera nerviosa para calmar sus instintos más bajos. Sin darse cuenta se había empezado a morder la uña del dedo medio.

«Olvídalo, Tooru. No pienses comer eso. Seguro está envenenado.»

«¡Ay, pero huele delicioso!

«¡Pero es comida hecha por Tobio-chan! ¡Nada bueno sale de él!»

«¡Pero tengo mucha hambre!»

«¡Pues pide por delivery!»

«¡Pero tardará mucho en llegar y quiero comer ahora!»

«¡Pero es comida hecha por Tobio-chan!»

«¡Pero tengo hambre!»

Tras intentar apaciguar la guerra que se había desatado en el interior de su mente, había llegado a la conclusión de que debía aprovechar las oportunidades que la vida le ofrecía. Si tenía hambre y le aparecía un plato de comida en el suelo, entonces debía estar más que agradecido.

Se agachó y lo tomó, mirando hacia todos lados como si temiera que lo estuvieran filmando y volvió a meterse a su cuarto.

Solo era un plato de comida ¿Verdad? Eso no significaba que se había vuelto más cercano ni que lo perdonara de ser el causante de sus complejos más guardados. Solo era una muestra de arrepentimiento por parte suya que simplemente aceptaba y tomaba. Su madre siempre lo había educado con la idea de que la comida no se tiraba, se comía y se aprovechaba. Y solo le estaba haciendo caso. ¿No? No dejaba de estar ofendido por él y mucho menos lo trataría mejor que antes.

Luego de haberse convencido con aquel argumento tan consistente, había tomado los palillos y se había llevado un bocado a la boca, no sin habérselo acercado con extremo cuidado. Había analizado la comida con los ojos desde todos los ángulos posibles y la la había olfateado para ver si hallaba algo fuera de lo normal. Su radar había parecido decirle que no había nada raro en ella. Aun así, la había masticado con excesiva lentitud, tomándose su tiempo para degustar el sabor.

Sus ojos se habían llenado de lágrimas de júbilo.

Estaba delicioso.

Maldito Tobio-chan. Cómo lo odiaba.

Con el estómago lleno y contento se había ido a dormir y había postergado sus problemas para el Tooru del futuro, el cual había llegado al presente.

Se pasó una mano por la cara.

¿Cómo había podido comer algo de Tobio-chan? ¡Para colmo le había gustado! Era imperdonable. Ahora debía afrontar las consecuencias, y probablemente su antiguo kouhai se aparecería y lo miraría de manera pretensiosa, reclamándole en silencio algún tipo de agradecimiento por lo que le había preparado. O le preguntaría si le había gustado, lo cual sería bochornoso. En fin, como mínimo, sacaría el asunto a colación y no podría evitarlo porque para su desgracia vivía con él.

Pero el mundo no se frenaba por Tobio-chan y su día debía comenzar. Se preparó para su ducha matutina, dejando que el agua removiera las células muertas de su piel y que con el fluido se marcharan también las tensiones que lo andaban estresando. Necesitaba espabilarse.

Su jornada en la universidad no sería larga, pero el día sí, dado que dos visitas complicadas lo asaltarían a la tarde.

Aun no sabía cómo prepararse para ello.


Sus primeros días como universitario no habían estado del todo mal, pero por alguna extraña razón, sentía que todavía no encajaba, o que no lograba del todo que los demás estudiantes se acostumbraran a su presencia.

Cuando caminaba por los pasillos, se concentraba fuertemente en emanar una vibra que indicara que era uno más de todos ellos, repitiéndose una y otra vez "Pertenezco aquí, pertenezco aquí", pero lejos de generar ese efecto, lograba todo lo contrario. El muchacho parecía espantar a todo aquel que le dirigiera la mirada y no entendía el por qué.

Incluso se había acercado a una muchacha que tanto le hacía recordar a su antigua manager de equipo. Era pequeña y menuda, y observaba todo a su alrededor con cierto brillo de temor en los ojos. Lo hizo por inercia, por la familiaridad que aquello le brindaba, más allá de que no supiera de quién se tratara y que probablemente tuviera una personalidad distinta a la de Yachi.

—Disculpa, quería preguntar si sabías dónde estaba el expendedor d—pero fue incapaz de terminar la oración al reparar que la chica no solo se había encogido ante su presencia, sino que se también se había puesto a temblar como si fuera un perro chihuahua ante la aparición de un doberman.

—¡Lo siento! ¡Yo no he hecho nada! —chilló, escabulléndose entre el hueco que había entre ambos y escapando como si se tratara de un delincuente.

Kageyama se quedó estupefacto.

Maldiciendo a la vida, terminó por concluir que debería él mismo encontrar la máquina expendedora de jugos solo. Deambuló por unos cuantos pasillos, subiendo y bajando escaleras, haciendo más ejercicio de lo que había hecho en las últimas semanas. Cuando finalmente la encontró, se encargó de memorizar el sitio donde se localizaba porque en caso de tener que repetir todo lo vivido, mataría a alguien y no se haría responsable.

—Kageyama —oyó una voz detrás de sí.

Al oírlo inconscientemente presionó los botones de la maquina con tanta fuerza que las puntas de los dedos se abollaron. Estaba tan ocupado en fruncir el ceño y apretar los dientes con enfado como para responder a su saludo.

—¿¡Se puede saber por qué me quieres asesinar?! —Allí estaba. Su voz chillona e insoportable. La gota que colmó el vaso y reactivó el volcán en erupción.

No le dio tiempo ni para reaccionar que se dio la vuelta de manera brusca y lo tomó del sweater que llevaba. Acercó con tanta aceleración su frente a la suya que sin premeditarlo, una se reventó contra la otra en un estridente sonido.

—¿¡Se puede saber por qué le dijiste a esos dos lo de Oikawa-san?! —gruñó, zarandeándolo como si se tratara de una marioneta, mientras Hinata ponía los ojos en blanco debido al mareo.

—¡S-Sueltame!

—¡NUNCA! ¡Mereces que te zarandee así hasta que..! —y de pronto reparó que la masa de gente se había detenido y de alguna manera todos se hallaban observándolos a su alrededor con la boca abierta y los ojos horrorizados.

Kageyama lentamente lo soltó, sin dejar de observar a la multitud.

Tragó saliva y carraspeó.

—Vamos a hablar a solas —le advirtió al pequeño pelirrojo, tomándolo del cuello del sweater desde el lado de atrás y tirando de él para ir a un sitio con mayor intimidad. Cuando lograron salir de la visión de todo el mundo, el más alto se dignó a soltar al más pequeño. Se hallaban en los terrenos del campus, más precisamente debajo de unas columnas. En aquellos momentos, se podían contar con los dedos de una mano las personas que merodeaban por allí, puesto que la mayoría estaba en clases o yendo a la próxima, atravesando los enormes pasillos del edificio.

Hinata evitaba mirarlo, mantenía el ceño fruncido y la vista apartada.

—Maldito Bokuto-san, le he dicho que no dijera nada —refunfuñó con desdén.

—Y eso también te lo he dicho a tí —le recordó Tobio con amargura—. Ahora Oikawa-san ni siquiera me mira. Y es tu culpa.

Hinata lo observó, con los brazos cruzados.

—Pero eso ahora da igual ¿Verdad? No es como si antes la situación hubiera sido distinta.

Kageyama alzó una ceja, expectante para que se explicara mejor.

—Nunca te ha tratado muy bien. ¿Para qué quieres que te hable alguien así? —le preguntó, observándolo con seriedad.

Tobio parpadeó.

No supo qué contestarle, porque él tampoco sabía la respuesta.


Revisó su móvil un par de veces, para comprobar la hora. ¿Por qué Iwa-chan se tardaba tanto? ¿Acaso le había sucedido algo? Habían quedado en reunirse en el terreno del campus a las 17:05. Eran las 17:07 y él todavía no aparecía.

El sonido de los cuervos mezclado con el bullicio que generaban algunos estudiantes esporádicos era lo único que se escuchaba. El viento soplaba tan fuerte que sentía su nariz enrojecer por el frío.

Sin poder evitarlo comenzó a impacientarse, moviendo de manera nerviosa el pie y observando hacia todos lados, buscándolo.

Fue cuestión de unos minutos para que pudiera divisar a su viejo amigo a lo lejos, caminando de manera tranquila en su dirección. Como era usual, no estaba ni la mitad de abrigado de lo que lo estaba él. Se rio ante la idea de que Iwaizumi podía imponerse hasta a las más frías temperaturas y sus respectivos virus y bacterias maliciosas.

—¡Iwa-chan! ¡Te tardaste! —le recriminó, observándolo con una mueca de desaprobación.

Él le dedicó una mirada escéptica.

—Solo me tardé tres minutos más de lo acordado.

—¡Tres minutos! —Resopló, fuera de sí—. Tres minutos son ciento ochenta segundos que no podré recuperar. ¿Sabías?

Iwaizumi puso los ojos en blanco, haciendo caso omiso a la histeria de su amigo.

—¿Para qué me llamaste?

Oikawa lo observó durante unos segundos con los ojos entrecerrados, analizándolo, y finalmente, lo tomó de la polera color crema con gesto suplicante, arrodillándose sobre el césped.

—¡Ven a casa hoy!

—No puedo.

Tooru abrió los ojos, desesperado.

—¿Cómo que no? —En su mundo, una negativa era algo inconcebible. Mucho más si ese"no" venía de su mejor amigo. Cualquier persona normal se hubiera acostumbrado a lasconstantes negaciones del joven, pero él no entraba en esa categoría.

Hajime se cruzó de brazos.

—Tengo mucho trabajo por hacer. Los profesores este semestre están terribles. No eresel único que ha comenzado las clases ¿Sabes?

—¡Pues ven a hacer lo que sea que tengas que hacer a casa! —propuso, de manera enérgica—. ¡No me dejes solo con esos tres!

Iwaizumi observó el rostro de su amigo contorsionado en una mueca llorona e infantil y sintió unas fuertes ganas de golpearlo. ¿Por qué lo trataba como si fuera su niñera? Él era su mejor amigo, eso era cierto. Y los amigos debían estar en situaciones difíciles, pero no encontraba nada terrible en lo que tendría que vivir aquella tarde. Consideraba que todo estaba siendo tomado de manera muy exagerada de su parte y que debía afrontar la situación por su cuenta, para enterarse de una vez por todas de que no era todo tan desastroso como él imaginaba.

—Madura, Tooru —murmuró tras soltar un hondo suspiro, despeinándole el cabello con la palma de su mano y dándose la vuelta para marcharse.

Oikawa parpadeó, estupefacto mientras se erguía y observaba la espalda de su amigo alejarse. Le hubiera gustado gritarle un montón de cosas, como que era feo, malo y desconsiderado, quizás también que nunca tendría novia, pero las palabras se atoraron ante el nudo que se había formado en su garganta, imposibilitándoles la salida.

—…¿Iwa-chan…? —musitó, en un susurro bajo, casi inaudible.


Cuando terminó de subir las horribles escaleras que en ese momento se habían vuelto parte de su vida y rutina diaria, sacó el celular para comprobar la hora. Se alivió que solo faltaran veinte minutos para que aquellos dos ruidosos llegaran a su casa. Por un lado, tras discutir un largo debate consigo mismo en la vuelta al apartamento, sentía que era un enorme consuelo que el búho apestoso y el gato sarnoso pasaran la tarde con él. No porque quisiera pasar tiempo con ellos, para ser sinceros. Pero era una buena excusa para evadir a Tobio-chan y tener que sumirse en una conversación extraña e incómoda tras haber probado su comida.

Pero en el momento en el que abrió la puerta y encontró sus zapatos en el piso, se lamentó de que veinte minutos le resultaran eternos. Dejó su calzado en el recibidor y se adentró en el sitio, intentando aparentar la tranquilidad que no tenía y la indiferencia que le faltaba. Oyó ruidos metálicos y de reojo pudo entrever cómo Tobio-chan se hallaba en la cocina, preparándose un café. Al parecer, aun no se había percatado de su presencia porque no lo había saludado, y él siempre lo hacía primero.

Se dispuso a acomodar algunos apuntes en la mesa, para tener las cosas listas para cuando sus compañeros de equipo llegaran. Fue entonces que oyó como su antiguo kouhai soltaba un respingo al verlo.

—No sabía que habías llegado —murmuró, apartando la mirada, con la taza de café en mano. Llevaba simplemente un jogging azul oscuro y una remera negra manga larga. ¿Cómo podía estar tan desabrigado? Ni que la calefacción del sitio fuera decente o estuviera prendida alguna vez.

Él no lo miró directamente. Podía sentir los ojos azules de Tobio-chan clavados en su cabello.

—Acabo de llegar —comentó como quien no quiere la cosa, concentrándose más en los papeles que tenía en frente, acomodándolos al azar.

—Oikawa-san, ¿Qué haces? —preguntó, observándolo con atención.

—Organizo las fotocopias para un trabajo —respondió, de forma cortante. Pensaba que a lo mejor, de esa manera, se daría cuenta de que no le apetecía entablar una conversación.

Lo oyó salir del comedor, y se sintió victorioso. Había ganado esa batalla.

Pero pronto tuvo que cambiar de parecer, ya que lo escuchó regresar, y para su mayor sorpresa, depositaba sobre la mesa, en el lado de en frente, un grueso libro y un cuaderno con su respectiva cartuchera.

—¿Qué haces? —inquirió, algo alterado, al percatarse de que no solo se había sentado sino que tampoco tenía intenciones de marcharse.

Kageyama parpadeó y lo observó, algo confundido.

—Estudio.

Oikawa abrió los labios una y otra vez, tratando de formular alguna oración mientras intentaba callar los pensamientos de su mente. Vivir con Tobio-chan ya era demasiado, pero compartir con él una tarde de estudio estaba por demasiado fuera de sus límites.

—¡Largo de aquí, niñito! ¡Yo llegué primero! —exclamó desdeñoso, haciendo un gesto con la mano como si estuviera mandando a la cucha a un perro.

Tobio frunció el ceño y lo observó a través de su flequillo.

—No puedo concentrarme en mi habitación. Además, también vivo aquí. La mesa es grande y cabemos los dos.

Era un argumento fuerte frente al cual no se le ocurría qué decir para contrarrestarlo.

Chasqueó la lengua.

—Pues qué lástima, Tobio-chan. Yo no puedo concentrarme si te tengo en frente.

Era imposible para él tener a ese irritante genio en frente suyo y no defenestrarlo con su mente ante cualquier mínima acción que hiciera. El estudio quedaría desplazado en segundo lugar sin lugar a dudas.

—Ignórame, Oikawa-san —propuso, con gesto impertérrito—. Ignórame como lo haces siempre.

Aquello fue un golpe bajo para el castaño, el cual lo escudriñó con los ojos entrecerrados. A juzgar por el brillo en la mirada de su kouhai, este no lo había dicho con malas intenciones y había soltado ese comentario con total inocencia. Aun con sus casi diecinueve años, Kageyama seguía conservando esa manera peculiar de mirar, en la que sus ojos azules se agrandaban, dándole un aspecto aniñado que luego quedaba borrado por su constante ceño fruncido.

—¡Eres un tonto, Tobio-chan! —tomó un apunte, lo enrolló y le dio un golpecito en la cabeza que hizo cerrar los ojos del muchacho. Y mirándolo con la barbilla en alto, le dijo con arrogancia—: te ignoro cuando y como yo quiero. A pesar de todo, sigo siendo tú mayor y debes respetarme.

Kageyama le dedicó una mirada ofendida con el ceño fruncido, pero Tooru pudo entrever un leve rubor que asomaba en sus mejillas.

—Pero si es por quien llegó primero, yo he estado aquí antes que tú —murmuró.

El mayor chasqueó la lengua, intentando lucir genial mientras formulaba alguna respuesta inteligente que, por desgracia, no se le estaba ocurriendo. De pronto, sonó el timbre del portero eléctrico.

Divina salvación.

Kageyama se sobresaltó.

—¿Esperas a alguien? —inquirió.

Oikawa se puso de pie rápidamente, sin contestarle. Se dirigió al portero eléctrico que se encontraba en la cocina y lo atendió:

—¿Sí?

—¡Ohoho!

—¡Ohohoho!

—Ya les abro —contestó, de manera monótona, colgando el portero de un golpe brusco y seco.

Tobio lo observaba con curiosidad, mordiéndose los labios por la impotencia de no saber qué era lo que estaba ocurriendo. Aunque estaba seguro que no tardaría en saber la respuesta. Al cabo de unos minutos, luego de que Oikawa-san desapareciera por la puerta, comenzó a oír unos cuantos pasos que subían las escaleras del palier acompañados por unas voces masculinas que le resultaban conocidas. Podía oírlos reír y hacerle gastadas a Oikawa-san, el cual no paraba de refunfuñar, oyéndose como un ganso enojado.

Cuando abrió la puerta, el primero que entró fue su compañero de piso, que le dirigió una mirada fulminante.

—Buenas —saludó Kuroo, asomándose por un hombro de Oikawa, con una sonrisa.

—¡Hola, hola! —hizo lo mismo Bokuto, pero aprovechando el espacio del otro hombro.

Tobio parpadeó, estupefacto. ¿Qué hacían esos dos en su apartamento?

—H-Hola —les correspondió, un poco aturdido—. No sabía que venían.

Bokuto abrió los ojos, sorprendido.

—¿Cómo que no? ¿Oikawa no te lo ha dicho?

Kuroo se acercó al castaño.

—¿Acaso te damos vergüenza?

Tooru alzó la barbilla y soltó un "Hmp" desdeñoso.

—No tengo por qué contarle todo lo que hago a Tobio-chan.

—¡Pero también es su casa! ¡Tiene derecho! ¿O no? —exclamó el búho, metiendo más leña al fuego.

—¡Boku-chan! ¡Cállate! No tienes que meterte.

Kuroo se mantenía ajeno a la discusión que se había desatado entre ambos ex capitanes, en los que se habían puesto a debatir que el uso de la palabra era libre porque vivían ambos en un país soberano y democrático mientras que Oikawa le refutaba todos sus argumentos diciéndole que no le interesaban en lo absoluto y que no metiera sus narices donde no lo llamaban. El ex capitán del Nekoma recorría con la mirada el apartamento, atento a cada detalle.

—Bonito lugar ¿Eh? —Y poniendo los brazos en jarras, se perfiló hacia Tooru—. Qué mal anfitrión eres, Oikawa. No nos has ofrecido nada de beber.

El joven separó la vista de Bokuto y lo miró con cara de pocos amigos.

—Yo les preparo algo —carraspeó Kageyama, quien se había quedado varado sin saber qué decir o hacer con la situación—. De todas formas tengo la cafetera llena. ¿Qué… Qué quieren?

—Un café.

—¡Oh! ¡Sí! ¡Un café! ¡Un café estaría más que bien!

—¡Tú no deberías tomar café! —le recriminó Oikawa con voz chillona. Si algo sabía luego de haberse juntado tres años con Bokuto era que, incentivarlo con cafeína no hacía nada más que potenciar su hiperactividad.

Pero para ese entonces, Tobio ya había desaparecido por la cocina.


—¡Boku-chan! ¡Así no se hace! —Lo retó, preso de la histeria—. ¡Te dije que así no era!

Bokuto observaba el grueso tomo del diccionario y las fotocopias que tenía en frente suyo con una mueca de confusión.

—¡Solo necesito una oportunidad más y lo haré excelente! ¡Lo juro! —Sus ojos lucían tristes, decepcionados de su poco desempeño.

—Esta es la decimoctava que te doy—le contestó el castaño, tajante. Se le estaba agotando la paciencia y ya no sabía de dónde más buscarla—. Así que largo. Esta vez lo hará Kuroo-chan. Al parecer es algo muy complicado para ti.

El ex-capitán del Nekoma le robó el diccionario y las fotocopias dedicándole una sonrisa de sorna a su amigo. Para Kuroo provocar le era tan natural como respirar.

—Muchas gracias —ronroneó.

Bokuto abrió los ojos desmesuradamente y se puso de pie de un salto.

—¡Esto no es justo! ¡No lo es! —refunfuñó, cerrando los ojos y cruzando los brazos sobre su fornido pecho, en claro desacuerdo—. ¡Kuroo se encargaba de buscar la información en internet!

Oikawa por primera vez comprendía a Iwa-chan: lidiar con personas más inmaduras que uno era todo un problema. Se preguntaba cómo había hecho para soportarlo a él durante tantos años.

—El gran rey lo ha decidido, lechuza tonta. Acata a las órdenes.

—¡Cierra la boca, Kuroo!

Oikawa golpeó la mesa con ambos puños, provocando un estruendo que hizo que ambos se callaran.

—¡Ya basta! ¡Boku-chan, tú buscarás la información porque es una tarea acorde a tu nivel!

El ex capitán del Fukurodani abrió y cerró la boca unas cuantas veces, tomándose el pecho con la mano, dramáticamente herido. Finalmente, tomó la silla y la posicionó a unos cuantos metros alejada de ellos, con el respaldo perfilado hacia donde se encontraban.

—¡Hmp! ¡Ya no me importa! —gruñó, tomando asiento y dándoles la espalda.

Oikawa se pasó la mano por la cara, exasperado. ¿De verdad le estaba montando un berrinche propio de un niño de cinco años?

Kuroo, por otro lado, observaba a su amigo con una sonrisa burlona y se reía entre dientes por la situación. Con solo fijarse en su expresión, Tooru se dio cuenta de que en realidad había ido a su casa para molestar a Bokuto más que para hacer el trabajo en sí.

—Sí que es un niño ¿Verdad? Qué chistoso. —comentó divertido, volviéndose hacia la mesa y enfocándose en el trabajo.

—Habla por ti, sin la ayuda de alguien más terminaremos este trabajo para el próximo semestre.

Kageyama, quien se había mantenido al margen en el rincón de la mesa que daba hacia la ventana -pero sin poderse concentrar al cien por ciento en sus estudios ya que los ex capitanes habían estado montando un espectáculo que por más que se esforzara, era imposible no prestarle atención-, titubeó antes de hablar:

—Yo… Yo puedo ayudarlos, si quieren.

—No, no queremos Tobio-chan.

—¡Pero…!

—¡Te dije que no, niñito! ¡Tonto, eres un tonto! —le decía Oikawa estirándose un ojo hacia abajo y sacándole la lengua ante la mirada inexpresiva del joven.

Kuroo, tras ver aquello, en realidad pensaba que el tonto era más bien él.

—Oi, ¿Por qué no? Sería de gran ayuda ahora que la lechuza ha montado un drama —señaló a Bokuto, quien continuaba bufando y enfurruñado en la silla, aun dándoles la espalda—. Kageyama nos viene como anillo al dedo.

Tooru entrecerró los ojos y alternó la vista entre ambos muchachos.

—¿Tú no tienes que estudiar? —le preguntó con brusquedad.

—Pero no es urgente, Oikawa-san.

Oikawa suspiró, acomodándose el cabello con la mano. Boku-chan no iba a dejar de estar ofendido tan rápido, y en caso de que así fuera, su desempeño era equivalente al de un chimpancé recién nacido. Detestaba admitirlo, pero comenzaba a aceptar que Tobio-chan podía ser de mayor ayuda.

—De acuerdo, Tobio-chan. Aunque no te aseguro que puedas entenderlo, tu nivel debe de ser muy bajo —aseguró con gravedad.

Kageyama tomó la computadora portátil y, conteniendo su furia, escuchó atentamente a las indicaciones de su antiguo capitán. Para ese momento, su sempai se había puesto unos lentes que eran cuadrados y grandes, y en su opinión dudaba que a alguien pudieran sentarle bien porque se veían bastante ridículos. Sin embargo, en Oikawa no lucían mal. Afinaban su rostro y le daban un aspecto distinto, casi elegante.

—¿Me estás escuchando, Tobio-chan?

El más joven parpadeó, saliendo de sus pensamientos. Su sempai siempre había sido muy perceptivo, observando y captando hechos y situaciones que otros no veían. Para empezar, se había dado cuenta de que había dejado de atenderlo durante unos pocos segundos.

—Sí, Oikawa-san…

Su fuero interno rogaba por que no se diera cuenta de su pulso acelerado.


Buenas! Como prometí, aquí me tienen con un capítulo más largo. Espero que les siga gustando.

Mil gracias por los comentarios, trataré de responderlos todos. Ando con un examen pisándome los talones y me es imposible dedicarle mucha atención a otras cosas.

¿Ustedes harían un trabajo practico grupal con ellos dos? jaja.

Como siempre, será bienvenido cualquier comentario o sugerencia.

Gracias por leer! :)

Besos.