Capítulo VI
"Solo eres tú"
En grandes términos todo había salido bien.
Tooru había terminado dormido en el sofá, con
unas fotocopias cubriéndole el rostro para tapar las filtraciones de luz que provenían de la ventana. Bokuto, quien a media noche se había aburrido de permanecer ofendido y sentado en la silla, se había tirado en el suelo, más precisamente donde se hallaba una pequeña alfombra de piel sintética, y se había puesto a mirar televisión mientras que los otros tres trabajaban. Kuroo se había desplomado sobre la mesa, apoyando un costado del rostro sobre esta. Podían discernirse unos hilos de saliva salir de su boca y caer sobre la madera. A pesar de haber molestado gran parte de la noche a todos, había trabajado duro y sus contribuciones fueron más que importantes. Y por último, Kageyama se había desvanecido, apoyándose contra la ventana. Cierta parte de su mejilla se encontraba estrellada contra el frío vidrio, dándole un aspecto muy chistoso. Él también se había quedado hasta altas horas de la madrugada ayudándolos, por más que el trabajo no fuese suyo y no se acercase ni siquiera un poco a lo que veía él en su carrera.
Tooru soltó un enorme bostezo, sintiéndose desagradablemente pegajoso y sucio. Se puso de pie limpiándose las lagañas que se habían formulado en sus lagrimales. Le dolía el cuello y estaba seguro que los demás se encontrarían peor.
«Qué desastre» pensó, cuando echó un vistazo a la sala, alternando la vista en cada uno de los hombres que se hallaban allí. Cuando vio a Boku-chan tan vulnerable en el suelo, lo invadieron unas fuertes ganas de patearlo, pero tuvo que contener su impulso de maldad. Había sido tan inútil e irritante la noche anterior que en verdad se lo merecía.
Luego posó su vista en Kuroo y arrugó la nariz ante el desagrado que le dio ver salivaajena. Y más tarde, se fijó en Tobio-chan.
No pudo reprimir una sonrisa burlona al verlo. Lucía muy chistoso. Se preguntaba si se daría cuenta…
Tomó su móvil y le sacó una foto. No era la gran cosa, ni la más humillante del mundo.
Pero con eso bastaría para futuros chantajes. Al haberse acercado para tomarle la instantánea reparó que el cuello del muchacho tenía piel de gallina y que sus labios estaban de un congelado color morado. El vidrio, de hecho, se encontraba empañado por el frío helado exterior. Aquel niño tonto se debía de estar congelando durmiendo allí, en esa posición tan incómoda. Cuando reparó que su brazo se estaba aproximando
hacia Tobio-chan se detuvo en seco. ¿En qué rayos estaba pensando? ¿De verdad pretendía despertarlo y decirle que se fuera a dormir a su cama?
¿Quién era? ¿Su puta niñera?
Oikawa entrecerró los ojos con desdén y le dio la espalda.
Si se resfriaba, era su problema. No el suyo.
Ya comenzaba a sentir el aire viciado, y aquel indescriptible pero único olor a hombre se esparcía por el salón, dándole una ligera sensación de desagrado. Miró el reloj que se hallaba colgado en lo alto de la pared. Eran las once de la mañana. No habían dormido más de cinco horas, pero el día había comenzado y no le apetecía tenerlos a ellos dos haciendo de bultos en su casa.
Prendió el televisor a puro volumen, sintiéndose el ser más malvado del mundo y a la vez muy genial por ello.
El efecto no tardó en aparecer: unos gemidos que parecían venir del inframundo se hicieron presentes, mientras empezaban a moverse, intentando asimilar el marco espacio-tiempo en el que se hallaban. Bokuto tenía los ojos entrecerrados, observándolo como podía, acostumbrándose a la luz del sitio; Kuroo había tomado el pesado diccionario y se lo había colocado sobre la cabeza, gimiendo por el pesado impacto.
Oikawa los observó desde arriba, alzando la barbilla y luciendo aquel aspecto de rey aristócrata incluso con el rostro desacomodado por haberse acabado de despertar. Su mano izquierda, en su cadera.
—Largo —dijo en voz alta, con autoridad—. Si se siguen quedando aquí me llenarán la casa de piojos.
—¡No tengo piojos! —aulló Bokuto, con la voz adormecida—. O eso creo. Pero el otro día le encontré una pulga a Kuroo.
Tooru esperó que el aludido se defendiera ante acusación semejante, pero tal cosa nunca llegó y solo pudo poner una mueca de asco en respuesta.
—Largo —repitió, acentuando las sílabas y subiendo el tono de voz.
Tras lidiar con quejidos, murmullos y bostezos, finalmente el castaño les estaba abriendo la puerta para que se marcharan.
—Cuídense —murmuró, observándolos con algo de preocupación. Caminaban desgarbados y arrastrando los pies, como si hubieran vuelto del mundo de los muertos. Incluso pudo ver como tenían la boca ligeramente entreabierta y babeaban. A pesar de que su trato para con ellos era un tanto rudo, en el fondo los quería y no deseaba que los pisara un auto una vez que él se despidiera y cerrara la puerta. Recibió como respuesta unos sonidos ininteligibles. Los vio a ambos meterse en una chatarra que se hacía pasar por auto y sus peores temores se potenciaron. ¡Se iban en auto! ¡Y conduciría Boku-chan!
Con los ojos como platos, cerró la puerta e intentó fingir que si él no había visto nada entonces no sucedería nada. Se agendó mentalmente hacerles una llamada luego, solo para verificar que no se habían empotrado contra un árbol o algo así.
—Bueno, al menos terminaron el trabajo —concluyó Iwaizumi, encogiéndose de hombros—. Es lo que importa ¿Cierto?
—¡Pero a qué precio, Iwa-chan! —exclamó Tooru, tomándose de los pelos. Le había relatado con lujo de detalles como había sido la noche de la semana pasada, cuando Kuroo y Bokuto habían acudido a su casa para hacer el trabajo—. Te juro, prefiero hacer tres trabajos prácticos solo a que hacer uno más con ellos dos.
Ambos se hallaban en la cafetería de la universidad. Los martes eran de los pocos días que podían coincidir en alguna merienda antes de entrar a otra clase. Era una de esas pocas tardes en los que el frío del invierno se había quedado descansando en su casa.
No por ello la temperatura era razón como para andar desabrigado, pero por lo menos, la mayoría de los estudiantes no se habían vestido como esquimales para acudir a clases.
—Al menos estuvo Kageyama para ayudarte.
—¡Pf, no me hables de ese mequetrefe!
Hajime puso los ojos en blanco.
—¿Qué hizo ahora? ¿Respirar? —resopló con ironía.
—Esa es una razón más que suficiente para enojarse con él, Iwa-chan.
—Me parece que tienes serios problemas mentales, Oikawa —opinó su amigo, para la
indignación del castaño—. Por lo que me cuentas, el único que tiene derecho a odiar a alguien es él a ti, Tooru. No solo lo ignoras, sino que también cuando te diriges a él no lo haces de la manera más amistosa del mundo. Y sin contar la pendejada que hiciste ese día cuando le escondiste el formulario de inscripción.
—Pero eso él no lo sabe —le sacó la lengua, con suficiencia.
—Como sea. ¿No crees que te estás pasando un poco de la raya con él?
Tooru observó el poco contenido de café que aun su taza guardaba. Frunció el ceño.
—¡Quiere destruirme! ¿Acaso no lo entiendes? Creo que todos vinimos al mundo con un propósito. Por ejemplo, el tuyo es aguantarme hasta el día de tu muerte. El mío es molestarte hasta el final de mis días y ser muy apuesto —habló deliberadamente, fingiendo que no notaba cómo el rostro de Hajime se crispaba—. Y el de Tobio-chan…
¡Ahí lo tienes! Es acabar con mi vida, entrometerse en mis planes y destrozarlos.
—Ajá… Porque para Kageyama eres lo más importante y su mundo gira alrededor de ti
¿Cierto?
Oikawa hizo una mueca. Tocado y hundido. Creía saber a dónde iba su amigo.
—Eres un estúpido egocéntrico.
—¡No lo soy, Iwa-chan! ¡Solo digo la verdad!
Hajime le dedicó una expresión que lo hacía sentirse muy estúpido.
—Bueno, a mejor solo un poco —admitió, en voz baja—. ¡Pero no con Tobio-chan!
—Por lo que me cuentas, él parece querer ser tu amigo.
Esta vez fue el turno del castaño para dedicarle una mueca escéptica.
—¡Lo digo en serio, idiota! Siempre que entras te saluda. Te ofrece todas las noches comer con él por más que tú no lo merezcas y le desprecies la comida en la cara. Y para colmo se ha ofrecido en ayudarlos a ustedes tres tarados con el trabajo práctico cuando no tenía ningun obligación para hacerlo.
Pero Oikawa simplemente alzó la barbilla soltando un "Hmp" desdeñoso.
—D-Disculpen —oyó una voz un tanto tímida, que lo obligó a abrir los ojos y averiguar qué sucedía.
Se trataba de una chica, de la misma edad que ellos o tal vez uno o dos años menos. Lo primero que se le vino a la mente era que era guapa. Llevaba el cabello corto por los hombros de un color negro azulado, que en conjunto con su rostro le daban aspecto de muñeca.
Por su parte no tenía idea de quién era, pero ver por el rabillo del ojo cómo su amigo se revolvía nervioso en su asiento lo hizo ponerse en alerta.
—H-Hola —le contestó él, en un tono tan tímido y cauto que Tooru tuvo que hacer un esfuerzo sobre humano para contener la risa. Por lo general, no se le acercaban chicas tan monas, por lo tanto, era muy chistoso ver cómo se veía intimidado ante la presencia de alguien que seguro no mediría más del metro cincuenta y cinco de estatura.
«Es solo una chica, Iwa-chan. ¿De qué te sirven todos esos músculos si te pones a temblar de esa manera?»
—Hajime-kun, quería hablar sobre el trabajo práctico. Me gustaría hacerlo cuanto antes porque luego se nos juntan las fechas con los exámenes.
—Sí, claro. También quiero sacármelo de encima.
Tooru carraspeó.
—Ya vuelvo, voy al baño —avisó, poniéndose de pie. Era lo suficientemente buen amigo como para dejarlo a solas, y entender que parte de su nerviosismo era que él lo estuviera observando con ojos analíticos y críticos.
Para cuando regresó, notó a lo lejos que la muchacha se despedía de él con un saludo igual de tímido que el anterior.
—Vaya, vaya… ¡Qué tenemos aquí! —silbó cuando llegó a la mesa.
—Cállate.
—Es guapa.
—Lo sé.
—¿Ya te le tiraste?
—Si no cierras la boca, te juro q…-
—Ya, ya. Solo bromeaba, Iwa-chan —dijo de manera jocosa, volviendo a tomar asiento frente a él. Su amigo no lo miraba, tenía el ceño levemente fruncido y un pequeño rubor asomaba en sus mejillas—. Pero déjame decirte que no eres ningún tonto para elegir compañero de equipo.
—Sí, no soy como tú.
Oikawa chasqueó la lengua.
—Qué bastardo. Te envidio —admitió, suspirando. Mientras su amigo se iba a juntar con una chica linda a hacer un trabajo práctico, a él casi se le cae el pelo tratando de hacer un trabajo coherente con Boku-chan y Kuroo-chan. Tras observar un rato a Hajime, llegó a una conclusión—. Entonces te gusta.
—Tal vez —contestó tras unos cuantos segundos en silencio, dándole un sorbo a su bebida y mirando hacia otro lado.
El castaño sonrió ampliamente.
—¡Eso es genial, Iwa-chan! —exclamó, golpeando la mesa, emocionado—. ¡Esto no se ve todos los días! ¿¡Por qué rayos no me lo dijiste antes?!
Hajime se pasó la mano por la cara, irritado.
—Porque alguien no paraba de hablar de "Tobio-chan" cada vez que yo me acercaba —respondió mordazmente—. Y baja la voz, idiota. Nos están mirando.
La sonrisa perfecta de Tooru se quedó congelada hasta desvanecerse en una mueca incómoda.
—No te hablo tanto de Tobio-chan, no mientas.
—Claro que sí. Es todo lo que haces. Y yo no miento —gruñó.
Tooru ocultó su malestar mostrándole una sonrisa de lo más resplandeciente. Aquel comentario le había calado hondo, y pese a que no quería admitirlo, lo hacía sentir algo incómodo.
—Pues ahora puedes contarme, Iwa-chan.
—Tsk. No hay mucho que contar —murmuró—. No por ahora. Es una compañera de clase y me siento a lado suyo. Vendrá a casa el viernes.
Oikawa sabía que comentaba todo como quien no quiere la cosa, pero que en el fondo estaba muy nervioso y ansioso por ese día. A pesar de ser un chico que tenía la fama de imponerse y ser un poco duro, tenía un corazón de oro y cualquier chica que tuviera la oportunidad de salir con alguien como Iwa-chan tendría un novio muy dulce y protector.
Nunca había tenido mucha experiencia con las mujeres, porque a diferencia de cómo sabía desenvolverse con los hombres, con el sexo opuesto se volvía totalmente torpe y tímido. Muchas veces le había ofrecido darle clases de seducción, pero se había negado de manera agresiva y rotunda.
—Pues procura tener la casa limpia, Iwa-chan. Y compra algo rico para comer, no sea cosa que le ofrezcas esas galletas humedecidas que me diste a mí la última vez.
—¡C-Claro que no! ¡Y soy mucho más limpio que tú!
Tooru se echó a reír. Poner nervioso a su mejor amigo con temas de chicas era una de las cosas que más disfrutaba hacer.
—Hum… No. No lo entiendo —concluyó, luego de tomarse el mentón con gesto pensativo. Estaba sentado frente a su amigo, en la mesa del comedor de su nueva casa. Luego de haberle insistido durante días para conocer el sitio, el más alto había aceptado a regañadientes. Tras haber admirado cada centímetro del lugar con la boca abierta -hecho que irritó en sobremanera a su amigo-, se sentaron a merendar. El estómago les rugía luego de una tarde universitaria.
—¡Nunca entiendes nada, Hinata idiota!
—¡Tú no sabes expresarte! ¿Qué demonios te sucede?
—¡A mí, nada! ¡Me molesta que no me comprendas!
Hinata se lo quedó observando atónito.
—Entonces sí te sucede algo.
Kageyama chasqueó la lengua y miró hacia la ventana. No tenía idea de por qué lo había invitado y la razón por la que habían empezado a hablar de ese tema. Hinata solo se salía con la suya y se colaba en su vida cual virus a un organismo ingenuo. Pero si había alguien con quien al menos podía descargarse en esa ciudad, esa persona era él. El pelirrojo no era capaz de seguirle todas las conversaciones, ni mucho menos entenderlas, pero en su defensa era alguien que lo escuchaba de principio a fin y cada tanto tenía soluciones prácticas que lo hacían replantearse cuán idiota era por no habérseles ocurrido antes.
—No lo sé. Es un sentimiento extraño. ¿Nunca…? —intentaba buscar las palabras apropiadas. Jamás había sido bueno con eso—. ¿Nunca quisiste ser amigo de alguien pese a que sabías que esa persona te detestaba, pero lo admirabas tanto que no te importaba?
Hinata lo observó atento.
—¡Claro! ¡Contigo!
Tobio abrió los ojos con sorpresa. No esperaba esa respuesta.
Su sinceridad a veces era abrumadora, por qué no admitirlo.
—B-Bueno, supongo que algo así…
—Igual tú no eres ni un cuarto de lo genial que es el Gran Rey, Kageyama. No te la creas tanto —lo interrumpió, tragando una tostada y hablando con la boca llena como quien no quiere la cosa.
El más alto tomó las mejillas del pelirrojo con fuerza, con una expresión tan impertérrita que daba miedo. Hinata escupió lo que le quedaba de pan en la boca y logró quitarse de encima las manos huesudas de Kageyama que le habían dejado los cachetes rojos.
—¡Eso duele!
—Era el efecto que buscaba —se encogió de hombros, satisfecho—. ¿Y cómo hiciste para ser mi amigo? —sonaba patético, pero no había pensado en nada y ya se le agotaban las ideas.
—Y yo qué sé. Eso deberías saberlo tú. ¿Acaso eres tonto?
Kageyama frunció el ceño.
—No hice nada. Simplemente no me dejaste solo ni un segundo. ¡Eras un grano en el culo!
Hinata se echó a reír, rascándose la coronilla, probablemente algo avergonzado.
—¡Pero nadie discute los resultados! —exclamó, golpeándose el pecho con el pulgar, orgulloso.
Kageyama asintió, dándole la razón. Estaba en lo correcto en ese punto. No era que él haya odiado particularmente a Hinata, pero la realidad había sido que no le caía para nada bien y punto. Era hiperactivo, tonto y no sabía sacar a relucir todo el potencial que tenía, echándolo a la basura. Y para colmo, había tenido la desfachatez de desafiarlo una y otra vez. Pero con el tiempo, se había acostumbrado a su persona y para cuando se había dado cuenta se habían vuelto amigos. De esos con los que vuelves parte de tu camino a casa conversando de temas banales, con los que compartes tus problemas y tus mejores momentos.
Podía decir que la costumbre lo había vencido.
—No lo dejes solo en ningún momento y lo tienes en el bote. Ya verás cómo se acostumbrará a ti y te extrañará cuando no lo estés —le aseguró con suficiencia. Parecía saber de lo que hablaba.
El otro lo observó con una ceja alzada.
—Pobre Yachi-san.
Hinata enrojeció.
—¡No es lo mismo! ¡Con Yachi-san fue muy diferente! —se defendió.
Tobio entrecerró los ojos, no muy convencido con el asunto. Entonces, sintió el ruido de unas llaves introducirse en la cerradura y le envió una mirada de advertencia al pelirrojo que podía traducirse en "di una palabra y no llegas a mañana".
Cuando la puerta se abrió, un distraído Oikawa ingresaba en el apartamento, dejando los zapatos en el recibidor con aburrimiento. Al subir la cabeza, los vio y abrió los ojos con sorpresa.
—¡El Gran Rey! —aulló Hinata.
Kageyama contuvo las ganas de darle un zape en la cabeza. Hacía por lo menos cinco años que conocía la existencia de su sempai y aun así seguía poniéndose nervioso cada vez que lo veía.
«Igual que tú» le dijo su conciencia.
«¡Es distinto! ¡Nuestra historia es muy diferente!» se defendió contra ella, acaloradamente.
—¡Tobio-chan! ¡Chibi-chan! ¡Qué sorpresa verlos juntos! —saludó, con su sonrisa cínica de siempre y alzando solamente el dedo índice y medio—. ¿Cómo va la pareja de raros?
Hinata se irguió de repente.
—¿Eh? ¿Qué te pasa? ¿Te crees mucho por ser el Gran Rey? ¿Quieres pelear? ¿Eh? —con los brazos daba puñetazos en el aire. Siempre amenazaba a alguien así cuando sentía que su hombría había sido vulnerada.
Oikawa lo observó desde su altura con una sonrisa ladina.
—Qué hostil eres, chibi-chan. Pues fíjate que no, mi interés en saber cómo te encuentras en puramente genuino —explicó, encogiéndose de hombros.
Hinata abrió la boca una y otra vez, desconfiando si le estaba tomando el pelo o no.
—Muy bien —se rindió, refunfuñando—. Tu casa es muy bonita.
Tooru sonrió levemente. Por la manera en la que le decía aquello, parecía que le habían arrancado las palabras a la fuerza. Se veía como un niño admitiendo algo que le daba vergüenza decir.
—Pues lo educado de tu parte ahora sería invitarme a la tuya ¿No crees?
Hinata abrió los ojos brillosos por la emoción, con una enorme sonrisa.
—¡C-Claro! ¡Debería hablar con Yachi-san, pero seguro estará de acuerdo! Me pregunto si…
Oikawa oía atentamente sus divagaciones preguntándose por qué diablos había dicho algo así. El chibi-chan seguía siendo la mano derecha de Tobio-chan, y por muy bien que le cayese seguía estando contaminado.
—¿Yachi-san? ¿Tu mami? —inquirió, fingiendo tono dulce. Sentía que había oído algo parecido a ese nombre alguna vez, pero no recordaba de quién era.
Hinata se ruborizó al instante.
—¡No! ¡Mi madre está con Natsu, ella aún es muy pequeña para vivir sola y tiene que seguir sus estudios en Miyagi!
—¿Ah? ¿Entonces quién es?
El pelirrojo abría y cerraba la boca como si fuera un pez, pero no lograba decir nada que se pudiera entender.
Irritado con el asunto, Tobio habló:
—Es su novia.
El rostro de Oikawa se vio afectado por completo.
—Incluso el chibi-chan no pierde el tiempo ¿Eh? —comentó. Y de pronto creyó recordar de dónde le sonaba conocida. Si mal no se acordaba, era una de las managers del Karasuno. Era la más pequeña, la que tenía aspecto frágil y kawaii, según algunos compañeros de equipo. Se adelantó hasta el umbral de la cocina—. ¿Tobio-chan?
El aludido levantó el mentón, atendiéndolo.
—¿Hay café? —inquirió.
—No, Oikawa-san. Me tomé el último.
—Tsk. Maldición, Tobio-chan.
Era una tarde lluviosa, de esas en las que el cielo se pone de un homogéneo color gris y no hay alisador para el cabello que soporte los altos niveles de humedad en el ambiente. O eso era lo que pensaba Tooru.
Por su parte no se alisaba el pelo ya que según él había nacido con unas bellas ondas que no debían ser tocadas por ningún artefacto eléctrico que pudiera quemarlas con el paso del tiempo. Sin embargo, aquella mañana, se había despertado con el cabello indomable y no había forma de hacerlo quedar decente.
—Tsk —había mascullado frente al espejo, dándose un par de manotazos en el cabello, intentando peinarlo. Pero una vez que la mano hacía su trabajo, los mechones rebeldes volvían a brincar, quedando parados.
Su solución no fue la mejor, pero sí la más práctica. Tomó un gorro de lana, de esos que se caen un poco hacia atrás y se lo colocó. Una vez satisfecho con el resultado, salió a la universidad.
Dentro de ella fueron varias las chicas que lo halagaron hasta la exageración por lo indudablemente guapo que se veía.
—¡Oikawa-kun! ¡Te ves tan genial!
—¿Cómo haces para ser tan lindo?
—¡Quiero ser ese gorro y sentir el cabello suave de Oikawa-kun! ¡No es justo!
—¡Yo también!
Él intentaba hacerse cargo de ellas de la forma más educada y elegante posible, sonriendo de manera coqueta, fingiendo humildad.
—Me siento muy halagado, señoritas. Pero temo decirles que no es para tanto.
—¡Claro que lo es!
—¡Sí lo es!
En una esquina del pasillo, Hajime y Kuroo lo aguardaban, observando la escena con recelo.
—No puedo evitar sentir un poco de envidia —admitió el más alto, entrecerrando los ojos.
—Mmh —respondió el otro, con el ceño fruncido.
Al cabo de unos minutos, Tooru logró despedirse de ellas con unas intensas disculpas y una sonrisa deslumbrante que hizo que, al darles la espalda y marcharse, una prácticamente hiperventilara y otras tuvieran que socorrerla en su ayuda.
Cuando se reunió con sus amigos los observó con una pequeña sonrisa, expectante.
—A que me veo guapísimo ¿Verdad, Iwa-chan? —le guiñó el ojo.
El rostro de Hajime se crispó y le propinó un golpe en la cabeza que se venía conteniendo desde hacía veinte minutos.
—¡Te ves como un puto ridículo!
—¡Eso duele, Iwa-chan!
—Hmp.
El castaño se sobó la mano dolorida.
—¿Qué hacen aquí? Ustedes nunca me esperan —masculló, aun ofendido por el golpe. Que Iwa-chan lo bajara de su nube de ensoñaciones de esa manera era algo que lo desequilibraba.
—Kageyama te estuvo buscando, pero no te encontró —habló su mejor amigo.
Oikawa alzó las cejas, consternado. ¿Qué hacía ese mocoso buscándolo? ¿Acaso se había vuelto loco?
—Menos mal. Estaba en clases.
—Te quería dar esto —le enseñó un objeto oscuro y alargado que no tardó en identificar como un paraguas.
Él alzó una ceja.
—Hmp —alzó el rostro, observándolo con desconfianza—. ¿Por qué él querría darme esto?
Kuroo y Hajime intercambiaron miradas.
—Este chico es un poco tonto ¿Cierto? —musitó el más alto.
—Y sí, la verdad es que lo es bastante. Yo me di cuenta hace años.
—Sí, definitivamente es algo que salta a la vista.
Oikawa frunció el ceño.
—¡Oi, cállense! —Que formaran un grupo aparte para hablar mal de él en sus propias narices no era nada tolerable.
Iwaizumi puso los ojos en blanco.
—¿Y yo qué sé? Es solo un maldito paraguas, Oikawa. Por si no lo sabías es para cubrirte de la lluvia.
—¡Sé para qué es!
—Pues entonces cierra la boca y acéptalo, si no lo quieres solo dilo y me lo quedaré, que llueve como los mil demonios y no se me ocurrió traerme uno.
—Ay, Iwa-chan ¿Dónde tienes la cabeza últimamente? —preguntó Tooru con sorna, mordiéndose el labio inferior.
Kuroo parpadeó.
—¿Oya? ¿Me estoy perdiendo de algo?
—Resulta que Iwa-chan está en camino de perder la virginidad, Kuroo-chan.
—¿De verdad? ¿Eso se pierde alguna vez? —preguntó, fingiendo asombro.
No hacía falta conocer a Kuroo Tetsurou para adivinar que de virgen no tenía nada. Pero por lo general, le gustaba hacer el tonto.
—Pues si eres lo suficientemente guapo como yo, sí, claro que puedes perderla.
Iwaizumi cerró los ojos, suspirando para juntar paciencia.
—¿No quieres el paraguas? Genial. Me lo quedo —se dio la media vuelta, caminando hacia la salida.
—¡No! ¡No! ¡Iwa-chan! ¡Dámelo! ¡Tobio-chan me lo dio a mí! ¡Vamos, Iwa-chan, que me voy a mojar! ¡Iwa-chaaaaaaaaan!
Al final, Tooru logró salirse con la suya y consiguió el paraguas. Por supuesto, le propuso a su mejor amigo ir hasta la parada del tren compartiéndolo ya que se le antojaba muy romántico. Luego de haberse disculpado y haber recibido otro golpe, ambos caminaron hacia la estación refugiados en el detalle de Tobio-chan.
—Dile gracias a Kageyama de mi parte, sin él ahora sería una sopa —le aseguró, antes de que el tren llegara y tuviera que marcharse. Tooru tenía que tomar el que iba en sentido contrario.
—Lo haré, Iwa-chan.
Durante las cuadras que debía hacer a pie, la lluvia había cesado. Su pico más fuerte había culminado y en ese momento solo caía con suavidad. Se preguntaba por qué Tobio-chan se había tomado aquella molestia. No podía evitar sentirse enojado al respecto. Lo irritaba porque era algo que él no hubiera hecho. Y eso lo hacía sentirse un poco culpable y egoísta. Sabía que lo era, pero no necesitaba que por culpa de Kageyama se lo recordara a sí mismo.
Cuando entró al departamento se encontró con que la madera se hallaba mojada, y algunas prendas estaban tiradas en el suelo siguiendo un rastro que se dirigía a la puerta del baño.
Lo siguió con curiosidad, pensando cuán atrevido debía de ser Tobio-chan para ensuciar su apartamento de esa manera y no importarle las consecuencias. Él no era un obsesivo de la limpieza, pero su kouhai debería saber que no iba a desaprovechar una oportunidad como esa para echarle en cara lo molesto que era y que todo iría mejor en su vida sin su presencia. A veces, hasta él mismo se sorprendía de lo predecible que podía llegar a ser.
En la puerta del baño se encontró con un Tobio con el torso desnudo. Era blanco, pero de un color pálido, no tenía aquel delicioso color crema que él sí poseía. Creía haber visto algún tipo de abdominal marcado desvaneciéndose, ya que dudaba que el muchacho siguiera entrenando como lo hacía en secundaria. Pero, de todas formas, no estaba seguro, ya que una toalla colgaba en sus hombros, cubriéndole la visión. Su cabello estaba húmedo y goteaba sobre la tela de color blanco.
—¿Ah? Vaya, veo que alguien se empapó —le sonreía con mofa, apoyando la sien sobre el umbral—. Eso te pasa por ser descuidado, Tobio-chan.
El muchacho se limitó a secarse el cabello con la toalla, frunciendo el ceño con la mirada puesta en el espejo del lavabo.
—Ay, Tobio-chan. ¿No te enseñaron que hay que responderles a tus mayores? ¿Qué hay con esa educación de Karasuno? ¿eh?
—Me mojé porque no llevé paraguas —murmuró, inexpresivo.
Oikawa lo observó confundido.
—¿Cómo qué no? Si me has dado uno a mí. Por cierto, Tobio-chan, Iwa-chan me dijo que te diera las gracias. El camino hacia el tren lo hice con él, y si no fuera por el paraguas, en estos momentos se encontraría empapado.
Tobio asintió, pasando por su lado y dirigiéndose al comedor para juntar la ropa. Entonces, Tooru lo comprendió:
—¿Acaso eres tan despistado de no haber llevado un paraguas para ti mismo? —Al ver que el menor no le contestó, pero tampoco negó la teoría, se echó a reír—. ¡Ay, Tobio-chan, pero si serás…!
—Solo han dejado un paraguas en esta casa.
El castaño abrió los ojos de par en par. Eso solo significaba que su kouhai no había sido descuidado como había creído. Había llevado el paraguas, probablemente para sí mismo, pero al darse cuenta que él no había llevado nada, decidió dárselo para que no se mojara, importándole poco si eso le pasaba a él o no.
—¿Por qué….?
El aludido se encogió de hombros, evitando mirarlo.
—Tsk. Eres tan predecible —gruñó, observándolo con el ceño fruncido.
Kageyama posó sus ojos azules en él, con la confusión brillando en sus orbes.
—Haces todo esto para que te agradezca ¿Verdad? —lo acusó, apuntándolo con el dedo—. Quieres hacerme creer a toda costa que eres mejor que yo.
—Yo no intento eso, Oikawa-san.
—¡Claro que sí! ¡Claro que sí! —respondió, acalorado. Comenzó a enumerar con los dedos—: te ofreces cocinarme, aunque te diga todas las noches que no quiero; el otro día me dejaste un plato de comida en la puerta de mi habitación sin que te lo pidiera siquiera; luego nos ayudaste a Kuroo-chan y Boku-chan a hacer el trabajo práctico y finalmente hoy me das un paraguas aun sabiendo que ibas a mojarte en consecuencia. ¿Quién haría eso por mí con buenas intenciones? ¡Nadie!
Su respiración se había acelerado, ya que el aire se le había agotado. Tobio-chan lo observaba sorprendido, con los labios apretados como él solía hacer en una fina línea.
—No tienes que agradecerme por nada.
—¿Cómo no hacerlo? ¡Me haces sentir una mala persona, Tobio-chan! —le contestó con exasperación, mirándolo como si fuese un tonto por no suponerlo.
—Lo siento —agachó la cabeza levemente en su dirección.
—¡No te disculpes!
Su kouhai lo miraba estupefacto.
—No entiendo qué quieres, Oikawa-san.
—Nada, Tobio-chan. No quiero nada —se encaminó hacia su habitación—. Ha sido muy considerado de tu parte, pero no te lo he pedido. No lo vuelvas a hacer.
Y aquello era lo más parecido a un gracias que le diría en su vida.
—O-Oikawa-san…
Pero él cerró la puerta de su habitación tras de sí, ignorándolo por completo.
Se apoyó sobre la madera con expresión contrariada.
¿Por qué se había alterado?
Se suponía que solo era Tobio.
Holaa! Siento mucho la demora, me agarraron al final de un cuatrimestre y estando de aquí para allá no pude con todo.
Este capítulo es bastante largo para compensar la ausencia (?) Espero que les guste.
Quiero aclarar que la pareja de Iwaizumi no es OC, si tienen un poquito de imaginación podrán darse cuenta de quién es. Lo sé, es bastante crack, pero lo he leído en otro fic y me ha sentado bastante bien, además de que me daba pena dejarlo solito. :( Espero no despertar su furia (?). También blanquee la de Hinata, así que espero que también lo acepten.
Como dije ya, mencionaré otras parejas pero la principal siempre será Oikage.
Muchísimas gracias por los follows, comentarios y favoritos. Espero poder continuar atrapándolas con mi historia.
Un beso! :)
