Lo vi.

Un ramo de flores blancas estaba entre sus brazos, el frío alrededor de él hacia posible que de su boca saliera un espeso vaho, si cierro los ojos y me concentro aun puedo saborear su aliento.

Negro, todo a su alrededor es negro y de igual manera va una pequeña niña que promete solemnidad y belleza, rubia de cara hinchada por el llanto que se ha prometido contener por el hombre al que le abraza la pierna. No aparece nadie más en el cuadro y la niña ya me ha visto por lo que doy concluida mi observación y vuelvo a mi propio cortejo.

—Juraste que estaba muerto. —susurre estando detrás de mi hermano, ahorcarlo sería más fácil.

—De que me hablas hermano. —me contesta petulante.

Madre nos manda a callar con dos golpes de su bastón en la tierra húmeda del camposanto mientras el cuerpo de Víctor Trevor es colocado en su santuario construido para que pase la eternidad cómodamente. Idiotas, todo mundo es idiota.

Se reza, se dicen palabras huecas de la persona que fue.

—Nunca lo olvidaremos, eso es seguro.

Sin embargo es algo que no me llama la atención, mi mente viaja, busca la fecha exacta en la que el Medico John H. Watson me dejo en la ribera esperando su regreso que es exactamente hace 12 años, 3 horas y 25 minutos. Su muerte me llevo por caminos peligrosos y el opio. Deje de servir en la universidad para convivir con gente sin hogar y trabajar solo lo necesario para subsistir a base de droga y más droga. Fue Trevor que a pedido de mi madre fue a buscarme, alimentarme y cuidarme durante 6 meses antes de volver a trabajar con la policía. Solo una vez pregunte por él a mi hermano y el cuerpo no fue recuperado. Intente ir a batalla en varias ocasiones pero tanto Trevor como Fatcroft terminaban por regresarme a casa.

Los odie.

Al final de un año, Trevor con lágrimas en los ojos declaro el verdadero sentir de su corazón y comenzamos con una relación en la que el pedía noches largas de besos y caricias con la creencia de que me estaba instruyendo en el arte de amar.

Solo que yo no tenía corazón.

Cansado de buscar algo que no estaba entre sus sabanas intento hacerme pasar por una prueba, provocando celos donde no los había, contactando con gente equivocada. Al final, después de una carta describiendo la infidelidad, fue molido a palos en un callejón, en la parte negra de Londres, tres días pudriéndose entre la basura. Uno de mis irregulares fue quien me dio la alarma y de inmediato me moví, buscando culpables dándole a la policía pruebas irrefutables de ese y más crimines horribles perpetrados por sus organizaciones. Al final de la semana los periódicos dieron una historia ridícula de apuestas y deudas de años completamente impagables.

—Es mejor eso que enfermo, ¿No te parece, hermano?

Ahora frente a su sepulcro me pica un brazo, aquel que recibe la solución al 7% de cocaína, lo veo con desesperación, mil pensamientos se revuelcan dentro de mí, resoluciones de casos, John sonriendo, Víctor a lo lejos prometiendo volver al día siguiente, Mycroft diciendo que el doctor ya no vive, el uniforme que tome de la armería para infiltrarme en las líneas. El oso de color arena que se sienta haciéndole compañía a la calavera en mi estudio en Baker Street.

Una mano enguantada y pequeña entra en mi campo de visión sacándome con facilidad de mi palacio mental, aliviando el ardor en el brazo.

—Harrieth Sherlyne Watson—dice confiada tendiéndome la palma abierta—Padre dice que no debo hablar con extraños pero usted no me parece extraño, es como si le conociera pero usted a mí no.

—Cuanta propiedad para una bella niña como tú, de seguro tu padre debe estar orgulloso y probablemente cerca—dice madre.

La niña no me quita la mirada de encima, toda su cara es la de John con excepción de la nariz, delicada y fina. Sonríe mostrándome sus perfectos dientes de leche, hace una reverencia y se retira.

— ¿Por qué?

Ya no hay ira, se ha alejado riendo y cantando, mi pecho pesa y mi mente no encuentra respuesta para algo tan obvio.

Está vivo.

—Les pasaría lo mismo que a Trevor—dice calmadamente cuando madre se alejó de nosotros—perderte por una tontería así me parecía inapropiado.

—No puedes controlar todo lo que sucede alrededor.

—Jure a padre protegerte—sonó indignado.

Destruyéndolo a él, Mycroft no te creía un maldito bufón.

Bufa con indignación y se retira dándome la espalda, Alistair le espera a la sombra de un roble con una sombrilla extra que con un asentimiento de cabeza él se acerca a mí.

—Probablemente no sirva de nada. —dice tendiéndome el mango—Pero jamás está de más.

El mango ha sido removido y claramente se ve que un trozo de papel ha sido colocado.

—Perderás tu empleo si tardas más.

— ¿El menor preocupado por mi empleo?—la risa más falsa que eh escuchado sale por su boca—Ahora quien es el bufón.

Espero a llegar a mis aposentos cuando destrozo aquella inútil pertenencia de mi hermano, dentro del mango hay una papeleta en la que hay dos direcciones. Las primeras coordenadas llevan a un jardín en Sussex, localidad de una casa de campo, mi casa de retiro, la segunda pertenece a un barrio de mediano costo cerca del centro de Londres.

John.