Ha pasado casi una semana desde que volvimos de Pemberley y aún no consigo borrar esta sonrisita tonta de mi cara. Las cosas han cambiado tanto que parece que haya pasado un mes entero. Will y Charles nos dejaron a las tres en mi piso y se despidieron de cada una con dos besos. El contacto con Will me dio un escalofrío, a pesar de ser un gesto tan corriente. Supongo que lo que había estado a punto de pasar aún revoloteaba sobre mi cabeza.

Desde entonces, Will y yo hemos estado escribiéndonos. Es como si fuésemos un par de enamorados de la era victoriana, alimentando nuestro romance por correspondencia. Yo preferiría quedar con él alguna tarde, pero no ha podido ser. Parece que Will quiere ir despacito y con buena letra, como dice mi padre.

El jueves, por fin, me pregunta si querría quedar con él el viernes después de trabajar. Rápidamente se fija un plan: vendría a recogerme a la oficina, nos iríamos a dar un paseo y después a tomar algo.

Sin embargo, el viernes empieza un tanto menos fantástico de lo que lo había esperado. Me paso horas al teléfono buscando un buen hotel para un nuevo lanzamiento, pero no encuentro ninguno disponible. Cuelgo después de la quinta negativa cuando Peter me avisa de que Carol me ha llamado a su despacho. Escalofrío. No me intimida tanto como antes, pero siempre conlleva trabajo extra.

"¿Me llamaste, Carol?".

Como siempre, Carol ni levanta la vista y sigue revolviendo sus papeles mientras tomo asiento. Espero unos instantes hasta que alza la cabeza y da por comenzada la reunión.

"Sí" deja caer un grueso manuscrito sobre la mesa. El título en la portada me revuelve las tripas. "Ya puedes empezar a mover el próximo lanzamiento de George Wickham. Quiero que éste salga en julio. Agosto, como máximo".

Guardo silencio unos segundos.

"No sé, Carol… ya tengo tres lanzamientos para este mismo mes, ¿no hay nadie disponible…?".

Carol se echa atrás en su silla, mirándome fijamente. No hace falta decir más.

...

El condenado libro me amarga la mañana. Lo lanzo sobre mi mesa y lo entierro bajo una pila de papeles. No quiero ni verlo. Me había olvidado por completo de él y ahora regresa a mi vida dejándola patas arriba. Intento concentrarme en otra cosa, pero no puedo. ¡Mierda! Mi ánimo se ha desplomado.

Desentierro el manuscrito y contemplo la portada durante un rato, acariciando distraída el trabajo de maquetación. El nombre de George aparece en grandes letras rojas. Mi intuición me dice que algo no va bien, pero no sé de qué se trata. ¿Qué hago ahora? ¿Llamo a Will y cancelo la cita de hoy? No quiero mentirle, pero tampoco me apetece hablar de esto con él. Temo haberme equivocado y ayudar a George a publicar una novela que no ha escrito él, pero me aterra que pueda ser al revés… ¿y si realmente Will le había acusado falsamente?

Pero no puedo seguir debatiendo internamente. Hay mucho trabajo por hacer, como viene siendo habitual los viernes. Vuelvo a colocar un montón de papeles sobre el libro y procuro olvidarme del asunto hasta el final de mi jornada.

Finalmente dan las 17:00. Escondo el tomo en el fondo de mi bolso y me encamino a la salida de la planta baja. Él ya está allí, irremediablemente puntual. Sonrío y, contra todo pronóstico, me olvido del dichoso George Wickham y su fantástica novela. Pasamos una tarde genial, algo que el viernes anterior no hubiera creído. Es curioso lo mucho que pueden cambiar las cosas en tan poco tiempo.

Will me lleva a dar un paseo por una zona de la ciudad que no conocía, mientras me cuenta cosas de los edificios y las tiendas. Todo está lleno de árboles altos y fachadas antiguas. Caminamos hasta un japonés donde nos sirven una cena deliciosa. Finalmente, nos metemos en un bar de copas genial con música de la que apetece bailar. Me levanto de mi taburete y empiezo a contonearme, copa en mano. Tiro de Will para que me acompañe, pero se niega en redondo. Yo no bailo, dice.

En ese momento, un chico pasa a nuestro lado rápidamente y coge mi bolso.

"¡Eeeeh!" chillo y suelto mi copa.

Will sale corriendo detrás del chico, que ya ha cruzado la puerta del local. Les sigo hasta la calle y los localizo forcejeando en la acera de en frente. El chico intenta aferrarse a mi bolso, pero finalmente se da por vencido y lo suelta. Will, el bolso y todo su contenido salen despedidos en la dirección contraria.

"¡Will! ¿Estás bien?" corro hasta él, preocupada.

"Sí, no te preocupes. ¡Menos mal que lo ha soltado!" dice incorporándose y recogiendo mis llaves del suelo.

"Mi bolso, ¡muchas gracias!".

Empiezo a recuperar mis cosas: bolígrafos, algo de dinero suelto, un espejito de bolsillo que se ha partido… De repente me doy cuenta de que Will está quieto desde hace unos segundos. Me vuelvo hacia él y veo con horror que está hojeando la prueba de impresión del "nuevo libro de Wickham". El corazón se me encoge e imagino la cara de sorpresa de Will, que se encuentra de espaldas a mí.

"Will…" digo con un hilo de voz. No sé ni qué decir.

"¿Cuándo me lo ibas a contar, cuando fuese ya un best-seller?" responde él, aún sin volverse a mirarme.

"Sé que ahora debes estar muy disgustado, pero…".

"No. Estoy alucinando" se da la vuelta y me interrumpe. Su expresión es completamente distinta a la del resto del día. "No entiendo nada de esto" agita el libro con una mano.

"No sabía cómo decírtelo, ha sido todo tan extraño que…" pero vuelve a interrumpirme.

"No más extraño que el que te dedique a ti el libro" sisea.

"¿Cómo…?".

"Lo que oyes. Según la dedicatoria, esta novela es gracias a ti".

"No sé por qué ha hecho eso. Te prometo que hace semanas que no sé nada de él". Estoy tan sorprendida que no atino a decir nada más.

"¿Es verdad?".

"Bueno…" ha llegado el momento de ser sincera, pase lo que pase. "Sí. Yo llevé el manuscrito a Rosings".

Will frunce el ceño en silencio, pero en este sencillo gesto puedo ver claramente que algo se ha roto entre nosotros. Por un momento parece que va a decir algo más, pero deja caer el libro y, sin decir ni media palabra, se aleja en la dirección opuesta a paso ligero. No soy capaz de decir nada. Sencillamente me limito a ver cómo se aleja y desaparece a la vuelta de la esquina.

Bajo la vista al suelo y veo el libro. Mi primer instinto es darle una buena patada. Lo recojo y busco la dedicatoria. Parpadeo varias veces, incrédula.

A Lizzie, que creyó en mi auténtica voz cuando nadie más podía oírla.

Qué hijo de puta…