Estábamos sentados en el jardín, Holmes fumando mientras lee el periódico y yo con mi inseparable taza de té. Frente a nosotros la naturaleza se ha encargado de convertir la desolación en un bello paraíso que cubre nuestra naturalidad de las miradas indiscretas.
—Watson el Barón no debe preocuparle, le eh entrevistado y no parece del todo idiota. —Comenta Holmes sin despegar la vista del papel.
— ¿Es mejor que el químico?
—Así es mi buen amigo. —suelta el periódico en lo que me dedica su más grácil sonrisa y toma un poco más de té—Además es seguidor asiduo de nuestras aventuras, lo que significa que sabe que podemos hacer o a quien recurrir en caso de que quiera amarrar a la bella Sherly.
—Aun no puedo creer que se case.
—Es la dama quien no puede creerse nuestra historia. —Sonríe más abiertamente—Cree que contrario a lo que dice halagadoramente la gente somos un par de idiotas.
Nuestros pechos se expanden dejando libre una pequeña carcajada. Observando mejor a mi compañero de vida puedo notarle las líneas de la cara mayormente marcadas, se cual línea de su rostro es la que delimita su risa, cual puede ser superada por el enojo y cual se asombra ante alguna discusión con Sherly Watson. Su precioso cabello, si bien sigue rizado, la mayoría dejaron de ser negros para pasar a ser de color plata.
Pero sus bellos ojos, sus preciosos y enigmáticos ojos siguen sin cambios.
Su cuerpo y la silla se mueven en conjunto para terminar cerca de mi persona, en este punto de nuestra existencia Sherlock Holmes se había vuelto más detallista en cuanto a demostraciones de afecto, desde una caricia hasta un beso de despedida cuando trabajaba en la clínica. A la sombra de este bello jardín, mi hermosa media mitad estaba dándome un beso que si bien me sacaba el aire yo no quería que acabara.
—Chicos ¿Podrían dejar eso para después?
—Vete a tu cuarto Sherly luego te atenderemos—Regaña a mi hija, marcando con una mano sus palabras.
—No tengo cinco años.
—Razón de más para comprender mi necesidad física de tu padre. —Voltea juguetonamente molesto. —Además trajiste a…
—Alberto.
—A él, vallan a divertirse un rato al pueblo.
La chica nos deja con un resoplido, a lo lejos noto como su prometido solo sacude la cabeza mientras nos saluda agitando su mano. Lo tibio de un par de dedos sobre mi barbilla me regresa de nuevo la atención sobre el detective.
— ¿En que estábamos?
No puede ser más perfecto.
Y después de siglos por fin lo termine. Muchas gracias a todos lo que se tomaron el tiempo de leer.
Gracias infinitas a mi objeto de este escrito por darme la idea.
