Capítulo 2. Saber perder.
Al principio, sólo pasó ligeramente la yema de los dedos por aquel borde blanco y limpio. Tratando de no manchar con sus manos la pulcritud en qué le fue entregada la carta. Sus palmas estaban dibujadas con la negruzca verdad de lo que residía allí: permanecer entre las penumbrosas paredes de prisión y el trabajo arduo bajo nubles negras en el patio trasero. Picar piedra diariamente, era el suplicio. Aún que lo prefería por encima del confinamiento solitario en el que se asignó a su progenitor. Draco Malfoy suspiró lentamente, como quien quiere tomar toda conciencia de su vida en un aliento, como quien necesita saber que sus pulmones aún son capaces de funcionar a pesar de que su mente y corazón se encuentran en un estado anímico irremediablemente denigrante.
¿Quién podría imaginar que extrañaría tanto la luz del sol, los aromas dulzones, agridulces y las especias de las cocinas, el olor a madera crepitante en la chimenea y el cielo azul? ¿Quién se pondría a pensar en los grandes prados verdes de verano, el color de las flores de primavera y el blanco brillante de invierno? Él más que nadie, ahora y siempre. Alguna vez leyó que es muy propio atribuir a la esperanza el color amarillo, como el sol que raras veces se divisa en gran Bretaña, tan alto y esplendoroso. La esperanza misma se fue al mismísimo demonio cuando la sentencia sonó culpable junto a mazazo del juez. Alzó la vista al techo gris de su celda y cerró los ojos, imaginando el cielo y las nubes blancas apelando a la memoria.
"Abre el ventanal y ponte al sol" le había dicho su abuela Paterna en una ocasión a sus escasos ocho años. Ávido se apresuró a los jardines deteniendo sus pasos al borde de la mata verde que se asomaba y mordiéndose el labio inferior postró un pie en él. Luego todo el cuerpo cual largo era. Su perro Hunter le lamió el rostro con aprensión haciéndolo retorcerse entre las yerbas y ambos se echaron a correr para después volver desparramarse en el césped, exhaustos. El jardín de la misión Malfoy siempre había nacido con tan vivos colores en primavera, ajándolo, cada vez más desvaído, a lo largo de todos esos días interminables, penosos, sombríos y de pesadilla, cuando su esperanza de hacer magia y jugar se volvían presos a la esperanza, y cautivos la codicia de su padre.
La tempestad de la ira se desató en él. Recordar se estaba volviendo un pasatiempo doloroso, que acrecentaba las raíces interminables en su mente y terminaría por enmarañarle el cerebro volviéndolo loco. Quizá ahora comprendía el estado de su padre, pues seguro vivió del recuerdo el tiempo que permaneció lucido y consiente.
"Su padre"
Cuando era más joven, al principio de los años ochenta, Draco Malfoy creía que la vida entera iba a ser como un largo y esplendoroso día de verano. Cuan ingenuo se puede ser a los 5 años, siendo tus expectativas adornadas de caramelos y caprichos. Después de todo, así fue como empezó. No podía decir mucho sobre su primera infancia, excepto que fue muy solitaria. Era el primogénito de uno de los hombres más ricos de Inglaterra y esencialmente no le faltó nunca nada. O quizá, sí. Amor. Su padre tenía varias compañías y se encargaba personalmente de las relaciones públicas. Tenía mucho éxito en su trabajo, de tal modo que sus inversionistas venían constantemente a su mansión y alababan con énfasis el trabajo de su padre.
«Es ese rostro tuyo, tan inglés, sano, abrumadoramente atractivo, y de modales tan llenos de encanto que conquista a la gente. Santo cielo, Lucius, ¿qué persona normal podría resistirse a un hombre como tú?»
Había dicho una señora regordeta abanicándose el rostro rosado en una de las visitas. Su madre pareció erguir el rostro y la espalda a tal comentario y Lucius le tomó la mano en alusión a que no debía perder la compostura y pasar por alto la coquetería de la mujer. Sus padres siempre mantenían ese tipo de comunicación sin siquiera decirse una palabra, es como si se leyeran la mente. En aquellos entonces Draco podría haberle dado la razón a la mujer, con todo entusiasmo. Para él, y a su único modo de crianza, su padre era perfecto. Medía un metro noventa de estatura, pesaba ochenta y dos kilos, y su pelo era espeso, de un rubio intenso, y justamente lo bastante lacio para resultar muy atractivo; sus ojos eran azul cielo y estaban llenos de tenacidad. Su nariz era recta, ni demasiado larga ni demasiado estrecha ni demasiado gruesa. Jugaba al quiditch como un profesional, y nadaba con tanta frecuencia que se mantenía atezado durante todo el año. Siempre estaba viajando incluso al extranjero, por motivos de trabajo, mientras él se quedaba en casa con su madre o institutriz.
Cuando volvía a casa y Lucius entraba por la puerta principal, todos los viernes por la tarde, aunque estuviera lloviendo o nevando, el sol parecía brillar de nuevo en cuanto él le dedicaba al menos un movimiento con la cabeza o una tosca sacudida de su cabellera, aunado a una gélida sonrisa. Él era feliz con ello, a pesar que su padre no era expresivo o cariñoso. Aquellos actos eran más de un firme aliciente qué al menos apreciaba están en casa y con ellos. Quien iba a decir que en la mente del hombre se aglomeraban como una crisálida los verdaderos planes de una guerra inminente. En esos tiempos ni lo hubiese imaginado. Nunca. Ni mucho menos que llegaría a sentir tanta decepción de aquel hombre que admiró por tantos años.
Draco se llevó a la nariz la carta ¿Por qué razón? No lo supo y logró percibir un aroma a especias. Frunció el ceño, le recordaba a la cocina de su abuela. Miró por enésima vez el remitente y aún no podía caber en sí al reconocer la letra y sobre todo saber de quién era.
Hermione Jane Granger
Lackok,
Wiltshire, Inglaterra.
Rompió con sumo cuidado las comisuras del sobre y sacó un pergamino mediano. El papel tenía letras de la empuñadura misma de la "salvadora del mundo mágico" y bufó por lo bajo al recordar el apelativo que los diarios se empeñaban poner a la moda. Una incertidumbre le dio una punzada en el estómago, o era quizá el hambre. No comió del pastoso desayuno y moría de hambre. Pronto perdería aún más peso. Casi estaba irreconocible. Nunca fue un chico fibroso de por sí, con este acontecimiento se volvería un esqueleto andante. Suspiró y se echó de espaldas a la cama haciendo que el chirrido de los resortes sonara en la habitación. Su compañero de cuarto se quejó, para lo cual Draco respondió dando una patada a la camilla encima a la suya. El hombre se quejó y más nada.
Luego volvió sus ojos grises y su temple ojeroso a la carta ¿Qué hacia ella escribiéndole? ¡A él precisamente! No es que fueren amigos alguna vez, todo lo contrario. Tampoco tenían nada en común a salvo de las clases en Hogwarts. De hecho fueron enemigos a muerte gracias al gran Harry Potter y el tipo de sangre que corría por sus venas. Vaya, río con sarcasmo. Nada de eso era relevante ya. Ni siquiera sus creencias podían ser menos validas ahora. La pureza de la sangre, los muggles. Todo eso perdía sentido en su juicio, inclusive llegó a preguntarse ¿Cómo fue capaz de creérselo todo? Como un ventrílocuo repitió cada palabra, cada acto y a medida que su madurez avanza intento hacer cuestionamientos. Que fueron siempre acallados por una gran bofetada de su progenitor.
No debía debatir las decisiones de su padre, de la familia completa. Era solo una ficha más en el ajedrez de la causa. Convirtiéndolo solo en un monigote que obedecía órdenes y acataba sin rechistar. Monosilábico, abstraído y ajeno a una vida normal de un mago de su edad. Y sin más leyó.
Sr. Draco Malfoy
Presente.
Buenas tardes, señor. Ha sido de suma sorpresa recibir carta suya a sabiendas de los acontecimientos y sobre todo del pasado que nos acordona. Debo decir que tiene usted razón en algo. EL pasado debe quedarse justo donde está. Pero es difícil de aceptarlo ¿no es así?
Sus agradecimientos e intento de ¿disculpa? Por el comportamiento de los añejos años han quedado atrás son bien recibidos, y no debiere mortificarse más por eso. Sé que la vida no se ve del mejor modo en estos instantes pero le aseguro que podrá encontrar aliento en los años venideros. Lamento en verdad todo lo ocurrido, para mi gusto su juicio dista mucho de la justicia y para mal o bien debiera usted apelar. Solo tómelo como un consejo.
Hermione Jane Granger.
¿Pero que se creía esa boba? Hablarle con tal familiaridad y sobre todo escribiéndole de una carta ¿Qué carta? ¿De qué demonios? Y más le sorprendió la mención de su juicio. Quería decir que estuvo presente en cada uno de los encaros y qué sabía cuál fue el veredicto. A decir verdad, después que lo meditó, no era ninguna sorpresa. El profeta se encargó de hacer conocer a todo el reino unido de sus peripecias. ¡Ja!
Aquellas letras le dejaron el bello rostro aún más contrito; se diría que se había convertido en una máscara. Nada de aquello podía ser verdad, era una broma seguramente. Y sintió que la furia volvió a nacerle del pecho y querer brotar por los puños ¿Cómo se atrevía esa a escribirle tales cosas? No podía haberse sentido más humillado. Ahora sí que tocó fondo. Su vida se volvió una inútil pérdida de tiempo entre barrotes y picos de piedra. Dormía y comía por inercia, en ocasiones ni eso. Su padre estaba loco y de su madre no sabía ni del pelo. Los reos lo acosaban a diario y con la misma euforia le repartían golpes para recordarle donde y porque estaba en ese lugar.
La carta de Hermione no fue más que un balde de agua helada que le llenó más de rabia. No es que esperara nada como aquello, de hecho no. ¿Por qué? Estaba empezando a aceptar su vida de mediocridad y pavoroso sufrimiento físico y mental pero venía ella y le regresaba su orgullo con la maldita carta.
¡Por Merlín! ¡Cómo le odió por darle una esperanza de vida! ¿Apelar? ¿Apelar a qué? ¿Por qué? ¿Por quién? Ya no tenía nada. Hecho una fiera sacó debajo del colchón un trozo de pergamino mugriento y una pluma que logró hurtar de uno de sus vecinos de celda. La pluma aún daba para unas cuantas líneas.
Hermione caminaba por las estrechas calles de Lackok cargando las pesadas bolsas de mercado. Sus ojos divagaban entre las piedras del suelo contándolas como si se tratase de los brillantes y esmeraldas que tanto contaba en la antesala del castillo cuando las casas ganaban puntos. Recodó cuanto le gustaba eso y sintió nostalgia. Su frente chocó con un transeúnte y al levantar la vista se sorprendió.
-Lo lamento mucho-dijo casi en un susurro para luego echarse al suelo y recoger las compras derramadas por la acera y la calle. El sujeto se acuclillo lo suficiente para ayudarle e incluso cruzo la calle para traer un par de naranjas-
-No tienes por qué disculparte, el que debiera hacer eso soy yo-dijo. Luego tomó las bolsas de papel y terminó por colocar la fruta-
-No empieces Ron-dijo ella apretando la mandíbula y mirando el suelo sin querer vislumbrar a aquellos ojos azules tan suplicantes de perdón-
-Es la verdad, lo lamento. Todo-era cierto. Ron Weasley no se percató que tan fuera de su vida estaba hasta que una noche llamó a Hermione por la chimenea y ésta no contestó siendo que, antes acudía a su llamado fuere lo que estuviera haciendo-
-Tienes tus razones. Por ahora no hablemos de eso ¿quieres? Necesito llevar esto a casa-alzó las bolsas de compras con excesiva evidencia y se echó a andar con prisa-
-¿Me dejas acompañarte al menos?-murmuró a sus espaldas tratante de seguirle el paso. Ella fingió no escuchar-¿Hermione?-
-¿Lo haces ya no?-dijo ésta y dobló en el recodo. Las calles del pueblecito eran poco concurridas, mucho menos por las tardes frías de Otoño-
Ron observó con detenimiento la pequeña casita al final de la calle y tragó saliva. Tenía que buscar una manera de hacerla bajar la guardia para poder hablar claramente de lo sucedido. Estaba consiente que mucha culpa era suya por abandonarla sin más pero también él estaba sufriendo los estragos de la guerra. Su familia en sí. Sabía que no era razón suficiente para abandonarla y usarla de vez en cuando como paño de lágrimas, ella también estaba sufriendo y era un ser humano demasiado sensible. Demasiado. Hermione metió las llaves en el cerrojo y se giró medianamente para verlo. Su rostro ojeroso y cansado era tan evidente, se sintió culpable. Y no supo esta vez porque, o era quizá la sensación de haber perdido "algo" de ella, o todo. La mirada de Hermione distaba mucho por ser amorosa y brillante como cuando más jóvenes solía mirarlo. El embeleso y los tintes de alegría se marcharon meses antes, pues aún en la navidad pasada logró distinguir algún deje de amor por él. Ella trató de animarlo todos los días, pero el no hizo más que quejarse hasta por su modo de respirar. El temor lo asaltó tan abruptamente, tal cual chocara contra una pared enorme de piedra maciza. Todo su cuerpo lo resintió. Sintió las piernas flojas, las manos llenas de hormigas imaginarias, ungiéndose por la palma y el corazón retumbaba como tambor de guerra. ¿Y si ha había perdido para siempre?
Hermione echó un vistazo al pelirrojo por el rabillo, y se dio cuenta del evidente nerviosismo. El tic en su mano derecha había regresado. Cada vez que estaba nervioso, la movía como si tuviere un espasmo. Para él pasaba desapercibido siempre, y muchas veces se quejó de ello pero el pelirrojo decía no estar consiente.
"Son ideas tuyas Hermione" "Yo tengo los nervios de acero" le escuchó reprochar tantas veces a sus acusaciones de evidenciar su estado. Soltó una media sonrisa con sarcasmo, le parecía gracioso que estaba frente al hombre que la conocía mejor que nadie, más sin embargo, lo sentía como un extraño. Tan ajeno a ella, a su vida y sobre todo a su corazón.
-Fue un placer verte-le dijo sin más y entró echando el cerrojo tras de sí. El chico se quedó estacado en el jardín abriendo la boca como un pez, ella no le dio siquiera la oportunidad de hablar. Y es que no era del todo diestro para eso de las palabras, pero lo intentaría. Por ella intentaría todo. Con tal de no perderla-
Por primera vez en su vida Ron Weasley sabía y reconocía en su totalidad lo que es saber perder. Algo en su mente le dijo, que por más actos, palabras y detalles quien hiciere. Aquello había muerto justo como las flores en los meses pasados. Bajó la cabeza y frunció el ceño, rogando en su interior que al menos la semilla siguiera plantada en el corazón marchito de Hermione. Él ya se las vería de hacer brotar de nuevo las flores. Hermione se recargó en la puerta y se dejó caer lentamente, abrazando su cuerpo. Las lágrimas brotaron como gotas de aguacero sobre sus mejillas. Intentó apaciguar el sollozo pues, sabía que detrás de la madera prieta aún seguía Ron. No quería dejar que él supiera de su sentir, del sufrimiento. De todo ese dolor. Su madre siempre le había dicho que, cuando las lágrimas se le atrancaran en la garganta, las dejara salir a raudales. Que al terminar de irse todas, se sentiría tan limpia y fresca de todo dolor, que podría levantarse y seguir. Sin embargo llevaba meses dejándolas brotar como cascadas y no lograba encontrar paz. Pronto escuchó un sonido seco, Ron hizo desaparición.
Y soltó el llanto a pecho abierto. Esa sería la última vez que se permitiría llorar por él.
