Hola, espero que les esté gustando. Está demás decir que he basado en algunas novelas y películas. Además de las historias originales de RK. Rowling. Espero les guste.

Saludos.

Capítulo 3. Nubes negras.

Draco Malfoy tuvo que hacer varios tratos para conseguir más tinta y pergamino. El regusto amargo que dejaba el sentirse tan ultrajado era sin duda el peor de todos los sentimientos que se le cernía en el cuerpo. La vida de un reo era dura, muy dura. Con cuestiones que no sería capaz de hablar con nadie. Ni aun que saliera de allí. Su apellido no daba para nada en ese sitio, ahí no importaba la estirpe ni la sangre. No dejó escapar las lágrimas que deseosas tambaleaban por el borde de sus ojos grises. Y aun que le ardieran no permitiría que empañaran la carta que tenía entre las manos. Le había costado su propia dignidad escribirla. No sabía de dónde nació el hambre para responder a Hermione Granger.

Las paredes pronto se sintieron heladas, los dementores se pasearon una y otra vez por su celda reconociendo ese sentimiento, la necesidad que tenía por concebir una vida fuera de esas paredes. Y aunque eso no fuera alegría se asemejaba mucho a la esperanza. Una ligera esperanza que le mantuviera lucido por lo mucho o poco que durara.

Estimada señorita.

Inició con sarcasmo evidente la carta. Hermione Granger arrugó el ceño.

Me temo que las flores junto con las esperanzas han muerto ya desde hace meses para mí. El mundo entero quizá. Y respiro con el firme aliciente de seguir vivo al final de la velada por inercia, si no es que muero a manos de un verdugo de carne y hueso o un ente cuidador de este recinto endemoniado. Cualesquiera me dan lo mismo ya. Estoy muerto en vida de todos modos. Sin embargo no he advertido la semilla que colocó en mi inquietante y residual alma, aunque por extraño que le pareciere aún queda un hilo de ella. Y sí. La tengo.

La flor del almendro que podría yacer con la esperanza insertada por sus palabras ya destella de blancura en las ramas de mi pensamiento. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de reo: haga lo mismo con el suyo de miembro activo en la sociedad. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva a su vida diaria con el mismo romanticismo que seguía los libros de Howarts..

He aquí algunos ejercicios. Ejercicios románticos que podrían servirle para apreciar más la vida que lleva y evitar seguir llenando de blasfemias mi mente. He de confesar que no entendí su carta del todo, ni la razón de ella. En ningún momento he hecho yo de mi empuñadura algo tal que menciona. Por consiguiente, dedíquese a lo suyo y reinar con su nuevo cargo de salvadora de las almas en otro sitio.

.Aproveche la geofísica de Lackok. Si no más lo recuerdo, por mis estancias de joven, en ese lugar el viento tiene la fuerza vivaz que suelen tener los pueblos pequeños: escuche atentamente su silbido cuando azota las ventanas de su casa. Pensará: «No puede ser, No es el viento. Es la libertad». ¡y vaya!

Disfrute el sonar del río Avon y la soledad. Camine sola hacia las faldas de las aguas a horas inusuales, idealmente el crepúsculo, y diríjase al bosque de pinos. Acceda a salpicarse con los rociones de espuma. Contemple la poderosa túnica azul oscura y la guadaña blanca de las resacas de agua. Y hágase nuevas preguntas: «¿Qué significa esta gélida mortaja? ¿Cómo es posible que esto sea "el río"? ¿Cómo he podido pensar alguna vez que esto era "el río"?».

De noche, escoja la ruta de la cuesta, hacia el norte, para que las luces del pueblo no la estorben. Entonces levante la cabeza y observe detenidamente las estrellas. Piense en la Tierra con minúsculas: tierra, un pedazo de ella que gira sin vértigo en la pulcritud del espacio. Concédale, en cambio, mayúsculas a la luna: Luna, una roca helada y blanca, un satélite muerto. Y piense: «En teoría, mientras admiro esta negrura, debería amar. Pero ¿acaso podemos amar bajo la noche?».

Haga como si, por un descuido, el mundo se le hubiese caído en la oscuridad y usted lo perdiera. Aceche los ángulos de las paredes; perciba el inagotable trajín de los fantasmas del pueblo, del bosque, de su propia casa y quizá del alma; vague por los pasillos hasta que un espejo emboscado la sorprenda. Y la gente taimada que no deja la caminata abierta, y caminan como soldados de pies de plomo. Acuse de ir a donde sea y disfrutar del viento en la cara.

Encienda velas, inciensos, roseé perfumes, abrace las hojas marrones de Otoño y las columbres que le dan forma a las sombras de los árboles; plántese en medio de la oscuridad y recele de su propio cuerpo respirador. Y si no puede evitarlo, ríase. Pero descifre la risa, compruebe su semejanza con la agonía —garganta convulsa, espasmos de vientre, gritos—. Cese de reír riéndose.

Sobre la vida, señorita Granger, elaboramos una ilusión: la de que todo lo que usted haga antes de morir será trascendental. La solución perfecta consiste en que se vuelva romántica. Respire, toque, sienta hasta la mismísima raíz del cabello que el goce de los sentidos es lo más esplendoroso que tenemos. Aquí eso es imposible. Nada existe, más que la nada. Somos como entes que divagan en las obscuridades, con alma y carne. Con la respiración afectada por el polvo y la empuñadura de pico y pala. Así es Azkaban, pero no allá afuera.

Viva y deje vivir.

Draco L. Malfoy

Los ojos de Hermione estaban tan abiertos de incredulidad. ¿Esas palabras tan abiertas y llenas de poesía venían de Draco Malfoy? Apretó en un puño el papel desteñido y miró por el rabillo al cuervo negro que impaciente esperaba la respuesta al borde de su ventanal. Esta vez, le fue diferente la llegada de correspondencia, lo que solicitó su curiosidad. El más joven de los Malfoy, no se tomó las molestias, como en la anterior carta, de ocultar la procedencia usando un cuervo mensajero de la propia prisión. Además de que notó también la diferencia de su firma. En la otra, solo colocó su primer nombre. Desdobló el papel de manera inquisitiva y lo sobrepuso en la otra carta. Los trazos de las letras eran muy similares, con ciertas variantes en las eses y las jotas. Algo no cuadraba allí. Si había recibido una carta de agradecimiento, pero Draco Malfoy aseveraba no tener conocimiento de ello. Y además se tomó el tiempo para escribir una perorata de todo lo que ella podría hacer en lugar de escribirle. Eso la enfureció rotundamente.

El idiota creía que disfrutaba de su nombramiento como embajadora de la paz entre el mundo muggle y el mágico, al cual había desistido incontables ocasiones muy a pesar que el ministro de magia casi la amenazó a que tomara el cargo. Eludió esa responsabilidad afirmando necesitar reanudar sus estudios, lo cual ni siquiera estaba dentro de sus planes. Volver al castillo supondría un martirio a sabiendas de que nada sería igual, ni sus amigos estarían con ella. Bastaba con mentir una y otra vez a su subconsciente para seguir viviendo. Ella tenía que tomar fuerzas.

Le dio aún más rabia al releer la carta. Porque de cierto modo tenía razón. Ella se dignaba a permanecer encerrada en su propia casa, como un preso de guerra sin pararse a pensar que otros desearían por mucho tener lo que ella. Draco Malfoy por ejemplo. Fue privado de la libertad casi de forma injusta, aunque no está demás decir que podría haberse negado a realizar esos actos atroces

¿Y si no tuvo más remedio que actuar bajo presión? Sonó la frase en el aire de su mente

¿Bajo amenaza? Repitió la vocecilla.

La simple idea le atemorizó. Un chico cualquiera se sumergiría en un mundo de depresión al vivir lo que ese muchacho seguramente experimentó cada uno de sus días con Voldemort viviendo bajo su mismo techo. Respirándole sobre el cuello a él y sus padres, asediándolos exactamente como una serpiente a la presa fresca y asfixiándolos por igual. Podría aseverar que la tortura, coacción y muerte eran de su vida diaria ¿cuán asquerosa sería eso?

Miró una vez más al cuervo, tomó tinta y pergamino:

Draco L. Malfoy

Presente.

Mi inestimable ex compañero de clases

Es usted un poco ocioso con sus palabras. En efecto, en mis días anteriores decidí presenciar la salida al Río. Podrá parecer idiota, pero jamás había contemplado una imagen tan bella de un lugar tan sencillo, ni Hogsmeade me ocurrió tal cosa. En un pueblo chico la vida es una experiencia nítida. Observe mi ingenuidad. Aguardé tanto tiempo para conocer el sitio hasta que me dolieron los huesos de tanto dormir. Escogí un diminuto poliedro en la esquina de abadía de Lacock nevado de pipas de girasol para observar el lugar como un explorador.

Hacía una tarde magnífica, y el último sol acotaba —merced a una de esas coincidencias que refuerzan la fe diferían— era día de celebraciones ¿Qué? No lo comprendería ni usted. Salían los sacerdotes-o como se llamen- con sus túnicas moradas que refulgían en aquel espléndido corral amarillo. Un sobresalto de clarines mal afinados y el estruendo militar de los tambores me anunciaron que la religión comenzaba. No había traído cámara mágica, pero, como todos los turistas bien entrenados, enfoqué con mis ojos al amplio portal y las escalinatas por las que tendría que aparecer la figura. Y sucedió algo. O, mejor dicho, sucedieron dos cosas casi simultáneas que me dieron en qué pensar. El pueblo es enteramente mágico.

A veces, la realidad me desconcierta porque parece un sueño. Supongo que se trata de algo semejante a la deformación profesional, ya que los magos "redentores" como nos llaman ahora a mí y mis amigos, intentamos vivir. Sí. A decir verdad, Sobrevivir, así que no se apure adjudicar sentimientos ni necesidades de las cuales usted no tiene razón o conocimiento. Siquiera me conoce como a un puñado de hierbas secas. Y estas demás decir, que nuestros sueños presentes se han convertido para los demás en una realidad desconcertante. No es el único que deambula por el mundo muerto en vida. No señor. No.

Sin embargo, ya sabe que en ocasiones, determinadas masas celestiales se agrupan en línea o en triángulo y se opera un misterioso cambio en nuestras entrañas sin que lo percibamos a flor de conciencia. Una sensación similar a esa metamorfosis íntima fue la que experimenté con aquel desdoblamiento de hechos en la guerra.

Naturalmente que todo mi esfuerzo por olvidar ha sido inútil. Y en su caso, es peor. Lo admito. Y debo señalar que no le juzgo por muy extraño que le parezca. No es que comprenda su causa tampoco, pero intento ponerme en su lugar.

Habrá comprobado ya lo difícil que resulta caminar con rapidez por el pueblo: un remanso de saludos, encuentros dispares y personas que se acercan desde todas las dimensiones impide la premura con la misma sutil languidez que experimentamos en ciertas pesadillas.

El laberinto de los obstáculos no sólo se produce en las aglomeraciones, de ahí su misterio: incluso en las madrugadas en que el pueblo parece muerto, individuos estratégicamente situados entorpecen cualquier intento de velocidad. Este ritmo oleoso de Lackok es lo que hace que la gente parezca —como insinúa— desfilar con pies de plomo en una inacabable procesión, al son de tambores íntimos, por las calles solitarias, repletos de pausas, como si tuvieran marcada de antemano la «carrera oficial» y fuera inútil apresurarse. Por ello, arribé a las calles después de lo que me pareció una eternidad, acezante, y ya no hallé ni rastro de la escuálida silueta de vida más que la mía.

Como me disgustaba que tan modesto propósito se frustrase, eché a correr cuesta abajo sobre los grandes bloques de piedra de la acera, sorteando la impasible geometría de las mecedoras —temía ofrecer el espectáculo de una caída—. Me detuve por fin ante dos ancianas apostadas en sendas sillas junto a un portal pintado de verde, una de ellas con las piernas cilíndricas y veteadas de varices. Me miraban con cierta sorpresa y cierto reproche; parecían pensar:

«¿Correr aquí? ¿Para qué?». Y por eso me detuve.

¿Correr en Lackok? ¿Para qué? Atajé por Mazo a paso normal, llevada por la simple intención de dar un rodeo y regresar a casa. Y eso fue todo. Supongo que usted en sus épocas de infancia se habría burlado de mí a más y mejor, pero piense que yo también me burlé de mí misma, y eso le enfriará la risa. Cese de reír riéndose. Si gusta.

Y sin pensarlo enrolló el pergamino y lo plantó con apremio en la pata del cuervo para no arrepentirse de aquellas líneas tan propias; el ave casi le da un picoteo en el ojo por tal efecto. Lo vio partir por el cielo que se arrugaba en nubes negras y amenazadoras de tormenta eléctrica y sintió una leve punzada en el estómago, un nerviosismo. Quizá se había sincerado demás, o tal vez fue la fuerza de su soledad que le dio a su empuñadura la fluidez de realizar tantas confesiones por si solas. Negó con la cabeza y se echó al sillón para ver la madera crepitar en la chimenea, taimada. Después sus ojos se fueron a los papeles mullidos en el suelo. Algo llamó su atención. Observó la primera carta de Malfoy y la colocó contra luz. ¡Bingo! Una huella dactilar residía en la parte inferior derecha. Muy distinta a las suyas. Y a las de la segunda carta.

Un trueno partió el cielo, azuzando el mal clima. Era un tanto extraño. En esas épocas del año no solía llover.