Disclaimer: T.T IchiRuki forever and ever for all times!!!
Holaa!! Hoy me ha dado la vena inglesa xD En fin. Aquí os traemos otro capítulo SaRuDë y yo. Éste está enteramente escrito por mi queridísima amiga. Así que espero que os guste y nos pongáis muchos reviews! Aquí os daréis cuenta de la diferencia de escrituras entre nosotras dos: Sarude es más de escribir... descripciones, pensamientos, análisis de sentimientos... y bueno todo esto xDDD Lo mío son más los diálogos, las peleas absurdas y poca parrafada xD porque básicamente voy siempre al grano (o lo intento)
Sin más, os dejamos con el cap. ¡Disfrutarlo!
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Give me a break!
4. ¿Qué estás pensando? Lo mismo que tú
Ichigo estaba harto. Furioso. Cabreado. Y de cojones. Empezaba a pensar qué más podría trastocarse en ese día. Primero aquella estúpida llamada, después los dos incidentes con la enana de Rukia; al mismo tiempo, sus pensamientos incoherentes e innecesarios, y para rematar, aquella pregunta idiota por parte de la shinigami… ¿tanto costaba tener una vida normal y corriente a la tierna edad de 15años?
Frunció el ceño y respiró hondo en un intento de calmarse.
Abrió los ojos y observó el lugar en el que se encontraba: el parque más cercano a la pista de patinaje de Karakura. Era un lugar tranquilo, acogedor, lleno de columpios y toboganes, con zonas de arena y árboles, aunque a esas horas de la mañana sólo se podían observar un par de mocosos que habían madrugado para pasar el día en familia pese a ser domingo. Miró al cielo y vio que la mayoría de las nubes ocultaban celosamente el sol, y un aire gélido y molesto envolvía el lugar y le hacía estremecerse de vez en cuando.
Se acordó en ese momento de Inoue y su alegre conversación por teléfono. ¿Que hacía sol, decía¿Un sol dorado, enorme y precioso, que pedía a gritos que la gente saliera a pasárselo bien¿¡Dónde¿¡En qué mundo vivía esa chica?!
Sin vacilar ni un momento más, introdujo dos monedas en la máquina expendedora que tenía delante y seleccionó dos bebidas. En una situación normal hubiera optado por escoger dos diferentes de acuerdo con sus gustos, pero con todo lo ocurrido hacía pocas horas, optó por evitar más problemas y apretó al botón del chocolate caliente.
Con sendas latas en la mano, se quedó pensativo de nuevo. Dejó que le invadiera el calor reconfortante de aquellas bebidas y observó sin querer pensar en nada más el logotipo de ambas. Había comprado dos latas iguales en un reflejo… Arqueó un poco más la ceja. No estaba ahora para pensar en más gilipolleces.
Se dio media vuelta y se dirigió hacia el banco más alejado a la izquierda del parque. Allí, en un rincón, se encontraba sentada una chica menuda y morena. Vestía una falda larga y morada, acompañada de unos leotardos negros y un jersey marrón. Tenía la mirada cabizbaja y parecía que su mente estaba muy lejos de ese barrio del mundo humano…
El chico se paró delante de ella y le extendió la bebida hasta ponérsela delante de las narices. La muchacha se sorprendió y le miró extrañada.
-Toma. No has desayunado nada¿no?- farfulló sin mirarla.
No esperó ninguna respuesta. En cuanto vio que ella alzaba las manos para coger la lata, la soltó y se sentó a su lado, a cierta distancia. Ella se le había quedado mirando, pensativa, pero hizo caso omiso. Abrió la lata y pegó un par de sorbos, agradeciendo que el líquido le bajara por el cuello y le matara el frío. Y con ello sus tonterías.
Rukia bajó la mirada hacia su bebida y entrelazó los dedos alrededor de ella. Un poco de calor nunca iba mal, por muy unida que estuviera al frío contacto con su espada. A lo largo de su vida siempre había pasado penurias, y momentos tan estúpidos como esos, le hacían sentir aún viva, hasta esbozar una diminuta sonrisa.
Poco a poco, volvió a observar al joven que se sentaba a su lado. Tenía la mirada fija en los niños que jugaban por el parque, agarraba con fuerza la lata y seguía con aquella expresión tan enfurruñada en su rostro. Suspiró por dentro y los ojos de la morena fueron a parar de nuevo en su bebida. ¿Pero qué cojones le pasaba a ese mocoso? Había convivido a su lado lo suficiente para saber que no era un tío normal. Era engreído, arrogante, estúpido, impaciente, temperamental, testarudo, seco, impetuoso… pero hoy estaba excepcionalmente raro. ¿Tan grande era el pecado que había cometido al intentar desnudarse en la habitación de él¿Dónde pensaba él que se cambiaba todos los días¿En la cocina, delante del pervertido de su padre? Había leído cómics y revistas, y tenía entendido que la juventud de hoy día era muy liberal. Saludarse besándose, por ejemplo, era lo más normal del mundo, aunque ahora lo pensaba e Ichigo nunca le había saludado de esa manera… es más, siempre permanecía a unos metros de ella. Apretó con cierta indignación su lata. ¿Es que acaso le producía asco al joven¿Era porque ella no era nada, en realidad?
Volvió a mirarle, intrigada. ¿Qué pensaba realmente aquel descerebrado de ella? No se cansaba nunca de decirle que desde que había llegado y le había transferido sus poderes, no había podido ser el mismo de antes, de eso estaba segura, pero… Ichigo nunca había sido un estudiante de bachillerato común. ¿De qué se quejaba, entonces¿Tan grande era, verdaderamente, la carga de ayudarle en su misión?
Esta vez fue ella la que frunció el ceño. Si tanto le jodía, que se lo dijera a la cara. Había confianza¿no? Si era una carga, cogería sus cosas y se iría a vivir con Urahara, por mucho que le disgustara. Allí no tendría que ir escondiéndose de nadie, y podría pasearse por la casa como una inquilina más. A Ichigo le seguiría viendo todos los días, en clase, a su lado, malhumorado como siempre. Y cuando aparecieran Hollow, sólo tendría que ir corriendo a avisarle y ya podrían luchar juntos de nuevo. Fácil.
Ya no tendría que estar encerrada en su cuarto todas las tardes, viéndole estudiar de manera concienzuda, mientras le espiaba con una sonrisa divertida por encima de los cómics que él le prestaba. Ni tendría que obligar al chaval a hacerle compañía durante esas horas, y él podría salir entonces con sus amigos. Ni tendría que esperar sus raciones de comida que él le traía a escondidas. Ni tendría que conversar con él nunca más en voz baja para que su padre y sus hermanas no sospecharan que vivía en su armario. Ni tendría que esperar para ir al lavabo cuando no hubiera moros en la costa. Ni obligar al chico a que vigilara el pasillo mientras ella se duchaba. Ni…
Se sorprendió a sí misma pensando en todas aquellas cosas, y desvió la mirada, confundida. Viéndolo de esta manera, vivir con Ichigo era un problema para ella, para él. Para ambos. Si era así… ¿cómo es que ninguno de los dos había roto ya con aquella relación? Apretó inconscientemente más la lata al notar que su corazón empezaba a desbocarse. ¿Qué significaba aquello? Acaso… estaba pensando… ¿la compañía del chico le era placentera y no quería renunciar a ella¡¿Qué tontería era esa¡¿Cómo podía ser agradable vivir con aquel chiquillo?!
Le miró de nuevo, asustada. ¿Él pensaba igual? O… ¿era la única?
Ichigo estaba a punto de perder los estribos. Rukia no paraba de mirarle, y podía notar que, cada vez que lo hacía, en su mirada se percibía cierto odio y rencor. Él se hacía el distraído, mirando sin importarle una mierda aquellos niños que jugaban felices, ignorando los problemas de la vida. Pero la mirada de la chica le ponía nervioso. ¿Qué le pasaba¿Estaba resentida por lo de antes¡Pues ya podía irse quitando de la cabeza que le pediría disculpas!
Frunció el ceño ligeramente, cansado. Dio un trago a su chocolate caliente y siguió pensando. Tampoco le había hecho algo tan malo. ¡Peor había sido ella!
No podía negar que la había echado de su habitación antes de tiempo. Él había subido para cambiarse tranquilamente, acostumbrado a que la muchacha rondara por su habitación, pero al encontrarla tan sumisa encima de su cama algo le había ardido por dentro. No había podido soportarlo. Después, que la hubiera sentido tan cerca de su piel, de su alma, de su propio ser… y que luego le viniera la chiquilla con preguntas inocentes. Era realmente estúpida. ¿De verdad era más mayor que él? No lo aparentaba.
Había sucumbido a su última pregunta y le había dicho cosas terribles. Se había levantado furioso de aquel antro y había huido, dejando un terrible portazo tras de sí. Se había detenido delante de su puerta, ya en el pasillo, y había alzado el puño con la intención de golpear algo, pero ahí se había quedado, como un verdadero imbécil, atormentado y colapsado.
Ni siquiera recordaba que había hecho después. De repente, estaba en la cocina, devorando sin miramientos y sin mediar palabra el desayuno. Había acabado enseguida y ahí se había quedado, sentado en su silla, con la furia recorriéndole cada una de sus venas. El estúpido de su viejo había adivinado que su primogénito iba a salir, y pensando que sería con la supuesta mujer del teléfono, le había realizado una perorata acerca de la amistad que debía establecerse entre un hombre y una mujer. Sin importarle que tuviera delante a dos menores de edad, el padre había insistido en precaver a su hijo de los posibles contratiempos con las relaciones más íntimas, y estaba dispuesto a hacerle incluso un croquis hasta que Ichigo no pudo aguantarlo más y le acabó propinando un buen puñetazo en la cara. Se levantó furioso de donde estaba y se dirigió a las escaleras, mientras Isshin sollozaba lo bruto que era su hijo y que procurara ser más gentil con las mujeres. La gota que había colmado el vaso, vamos.
El joven había entrado como un rayo de nuevo en su cuarto y había cerrado con un fuerte golpe. Se había quedado quieto, pensando en algún recoveco de su mente cómo podía aguantar tales palizas aquella puerta, y se había girado para ver si la shinigami aún estaría allí. Por un momento había podido verla: sentada en su cama, con su característico mechón y aquella mirada que le escudriñaba hasta volverle loco, pero sólo era un espejismo.
No había nadie en su habitación. La ventana estaba abierta de par en par, las sábanas de su cama estaban revueltas, demostrando que justo antes alguien había estado allí, y en el escritorio se encontraban dos tazas vacías. Había tragado lentamente saliva y descubierto entonces que el suelo había sido limpiado con esmero. Allí no había pasado nada.
Había mirado de nuevo hacia la ventana y un viento glacial le había envuelto el cuerpo. Algo le oprimía de nuevo el pecho y había apartado la mirada, compungido. Se había sentado en su cama y llevado las manos a la cara. ¡¿Pero qué mierda le estaba pasando?!
Notó que Rukia le miró de nuevo, y en un acto reflejo se llevó la bebida a los labios. Podía sentir la furia arder en aquellos ojos azulados. Él miró hacia otro lado, incómodo. Recordaba que después de haberse sentado en su cama, había cavilado durante un buen rato sobre cómo se sentía por dentro, sin llegar a ninguna conclusión aparte de que era estúpido y que estaba loco por culpa de aquella shinigami de pacotilla. Se dio cuenta entonces que en su cuarto hacía un frío terrible, pues se le había pasado por alto cerrar la ventana. Se acercó y se quedó mirando fuera. ¿Qué podría ser tan interesante para que ella se quedara tan ensimismada? A aquellas horas todo estaba muerto. ¡La gente descansaba un domingo!
Había cerrado la ventana y había decidido vestirse. Y se había entretenido más de la cuenta, quién sabe si expresamente o no. Había deseado parar el tiempo y no tener que hacer nada ese día, pero muy a su pesar había salido media hora después de su cuarto, preparado para "pasárselo bien".
Su padre lo había visto calzándose y le había montado otro numerito, con lágrimas en los ojos, pues no acababa de creerse que su niño fuera ya todo un hombre que iba a la caza de una mujer suculenta. Ichigo había intentando contenerse, pero en cuanto el viejo le había explicado detalles curiosos acerca del cuerpo de las féminas, no había podido aguantarlo más y había empezado a arrearle hasta que se quedó tirado en el suelo. Había cogido su chaqueta, había mirado a sus hermanas y, con su ceño fruncido preparado, había declarado que no sabría cuándo volvería.
Y había salido a la calle, maldiciendo esa familia. Había continuado caminando, y al girar la primera calle, Rukia le estaba esperando, apoyada en la pared. Se había puesto la ropa que él le había tendido y le miraba con expresión malhumorada. Pero él había ido más allá y había analizado ciertos detalles: tenía las mejillas encendidas, la punta de la nariz sonrosada, su cuerpo se estremecía ligeramente y, lo mejor de todo, no llevaba ninguna chaqueta. Él suspiró, cabreado, y sin mediar palabra continuó caminando, con ella a su lado.
Ichigo dio el último sorbo a su lata y continuó observando el parque. No habían hablado en todo el trayecto y hacía escasos minutos que se había dirigido a ella. Observándola ahora por el rabillo del ojo, continuaba viendo cómo su cuerpo temblaba a intervalos. Era realmente estúpido por no haber caído en que haría frío, pero más estúpida había sido ella en no darse cuenta ella misma.
¿Así que Rukia no le hablaba porque estaba resentida por lo de antes¡Tampoco le había hecho esperar tanto fuera! Igualmente, habían salido de casa demasiado temprano. Inoue y los demás no llegarían hasta media hora después. Por eso estaban en el parque, muriéndose del asco y del frío.
Se quedó mirando su lata vacía con un gesto aburrido en su cara. Era una escena inhabitual. Normalmente, él y Rukia se pasaban la vida hablando, o más bien, discutiendo. Por cualquier cosa hacían una montaña de arena, y uno de los dos acababa gritando pues, si en algo se parecían, era en la poca paciencia con que adornaban sus acciones. Pero allí estaban ahora, como dos críos enamorados, que en su primera cita no se atreven a hablarse de la vergüenza que les corroe el alma… Ichigo frunció el ceño, cabreado, y en un acto reflejo apretó la mano de tal manera que estranguló la pobre lata ¿Por qué había pensado en esa comparación?
Desvió la mirada y respiró hondo. No sabía qué estaba pasando, pero empezaba a estar cansado. Nunca antes le había dado tantas vueltas a las cosas que le sucedían. Se había acostumbrado a ver pasar la vida como si de una película barata fuera. Había momentos en los que había que sonreír, otros en los que callarse, otros en los que luchar, otros en los que aguantarse las lágrimas… y así fotograma a fotograma hasta que fuera la hora de levantarse y despedirse de los demás. Verdaderamente, no se sentía viviendo su propia vida, la vida de Ichigo Kurosaki… había renunciado a ella a la tierna edad de 9 años…
Pero ahora todo era diferente. De la noche a la mañana había tropezado con una shinigami testaruda y enana que le había cambiado la vida. Ya no era un estudiante más de instituto, un estúpido número trece de la lista de primero de la clase. Ahora era algo más que eso. Y todo gracias a Rukia. Su vida había pasado de la monotonía ininterrumpida a la frenética jornada de un shinigami, un shinigami sustituto. En sus manos se encontraba ahora el poder vivir una doble vida, la suya propia y la que le había prestado la chica. Estaba luchando por los dos, viviendo por los dos.
Ichigo tensó ligeramente el ceño. Mirado fríamente, él se había apoderado de la vida de la muchacha y le llevaba la voz cantante. Ella podía mandarle y entrenarle, pero siempre debía depender de la última palabra del pelinaranja para realizar cualquier acción. Ya se había visto obligada a vivir bajo su mismo techo, a estar pegada a él a todas horas, sin poder elegir un camino propio por el que vagar… verdaderamente, parecía ser una carga para ella. No podía negar que la morena había elegido ese camino para sobrevivir, pero aquella relación no tenía aparente final y últimamente atisbaba en sus ojos azules cierta tristeza e impotencia.
Ante tales pensamientos, no pudo evitar que aflorara una pregunta en lo más hondo de su corazón.
¿Qué hubiera pasado si nunca hubiera conocido a Rukia?
Hubiera continuado viviendo, de eso no había duda. Hubiera continuado viviendo aquella vida, día tras día, noche tras noche, año tras año. Hubiera crecido, hubiera madurado, hubiera afrontado un futuro incierto y grisáceo con una sonrisa agria en los labios. Hubiera continuado llevando la carga de todas sus culpas, hubiera continuado sufriendo en silencio sin poder apoyarse en nadie más. Hubiera vivido simplemente porque le tocaba vivir en esa partida. No hubiera conocido el riesgo de vivir, la elección de morir, la posibilidad de proteger a las personas que amaba, la opción de sonreírle incluso a la misma vida…
El chico tuvo que detener sus pensamientos, pues había notado que su corazón le latía apresuradamente. Se asustó. ¿Qué significaba aquello? Había olvidado todo su dolor desde que había conocido a la chica… significaba eso que… ¿tan importante era ella en la vida del quinceañero? Acaso… estaba pensando… ¿la compañía de la chica le era placentera y no quería renunciar a ella¡¿Qué tontería era esa¡¿Cómo podía ser agradable vivir con aquella chiquilla?!
La miró, asustado. ¿Ella pensaba igual? O… ¿era el único?
Y ambas miradas se encontraron en un mar de sentimientos y confusiones.
Los dos amantes se quedaron perplejos al ver que el otro había realizado la misma acción, al mismo tiempo… quién sabe si con la misma intención.
Ambos apartaron la mirada, confundidos, pero enseguida se sintieron estúpidos. Nunca antes habían roto el contacto visual sin motivo aparente. ¿Por qué iban a hacerlo ahora?
Volvieron a mirarse, desconcertados.
Ichigo frunció el ceño al ver que ella le miraba. Rukia abrió la boca al ver que él le miraba.
Y volvieron a mirar hacia otro lado.
Estúpidos. Se sentían realmente estúpidos.
Rukia apretó con fuerza su lata de chocolate caliente mientras intentaba comprenderse a sí misma. ¡Estas cosas no le pasarían siendo una shinigami!
Ichigo apretó con fuerza su lata de chocolate caliente mientras intentaba comprenderse a sí mismo. ¡Esas cosas no le pasarían siendo una persona normal y corriente!
Con la mirada buscó una papelera para poder deshacerse de la bebida, cuando entonces cayó en la cuenta de algo y… poco a poco, observó a su compañera. Estaba cabizbaja, perdida en algún lugar de sus recuerdos. Su cuerpo se estremecía ligeramente del frío, algo que no hizo más que cabrear al muchacho sin saber muy bien por qué. Pero ahí estaba. Entre sus menudas manos. La endiablada lata de chocolate caliente que le había dado antes. Sin abrir.
Resopló ruidosamente y se acercó a ella. Pudo notar claramente cómo ella daba un respingo cuando dentro del radio de visión de la morena entró su mano. Le cogió la lata y se la abrió delante de sus narices. Después, se la dejó en sus manos, rozándole la piel y sintiendo la gelidez de sus extremidades, algo que le incomodó bastante.
-Sosteniéndola entre las manos no conseguirás quitarte el frío de encima, estúpida - le espetó mientras volvía a sentarse a cierta distancia.
-Oh, perdone usted, es que yo nací sabiendo abrir estas cosas llamadas latas¿sabe, don imbécil?- le ironizó mientras apretaba la lata, furiosa.
-¡Oh, perdone mi osadía, señorita "me hago la niña buena en el instituto"¡Pensaba que podrías ser más lista, puesto que me lo restriegas por la cara a todas horas! – se levantó y la observó desde su altura, con una mueca en sus labios.
-¿¡Me estás vacilando, niñato!?- ella alzó la voz- ¡¡Sabes de sobra que no comprendo la mayoría de cosas del mudo humano¡¡Podrías ser un poco más comprensivo!!
-¿¡Y qué te piensas que hago todos los días!? –Apretó los puños- ¡¡Pero es que no puedo pasarme todo el día mirándote para ver qué haces y ayudarte!!
Ambos callaron.
-¿Qué…?- empezó a decir una sorprendida Rukia, con una medio sonrisa en su rostro.
-¡¡N-no es lo que te piensas¿¡Quién querría estar siguiéndote todos los días¡¡Ni que no tuviera otra cosa más que hacer aparte de vigilarte!! – resopló y se sentó de nuevo, esta vez dejando una distancia menor con la morena.
Se produjo de nuevo un silencio. Rukia miraba su lata, Ichigo miraba el parque solitario.
El aire apretó por unos instantes y la morena no pudo contener sus temblores. El pelinaranja vio cómo apretaba las piernas y se aferraba más a la lata. Desvió la mirada, pensando por enésima vez que era realmente estúpida por haberse olvidado de coger una chaqueta.
-Bébete de una vez el jodido chocolate y entrarás en calor- le comentó malhumorado.
Ella hizo una mueca, imitándole, pero no contestó y se llevó la lata a sus labios helados. Se bebió de golpe la mitad de la bebida ante la mirada del joven. Después de saciar su estomago, apartó lentamente la lata y sonrío al notar cómo su cuerpo acogía de buen agrado aquel chocolate caliente.
Aun así, el frío parecía estar volviéndose persistente y empezó a azotar con fuerza. Ichigo miró el cielo entonces, y vio que el sol no tenía ninguna intención de salir para salvarles de aquel viento aterrador. Frunció el ceño, asqueado, pensando que podría haberse quedado en casa tranquilamente, entre las acogedoras y cálidas sábanas de una cama que apenas podía saborear por el trabajo, sin tener que preocuparse por nada más aparte de … miró a Rukia de nuevo. Se había bebido ya su lata, pero seguía estremeciéndose por el frío aunque intentara ocultarlo. Realmente estúpida.
Miró su reloj y comprobó que seguía faltando media hora para la hora acordada. No le importaba estar allí esperando, pues no había nada más que le agobiara que estar rodeado de gente en un lugar que poco le agradaba, pero no sabía cuánto más podría aguantar Rukia sin quejarse.
Además, una preguntaba empezaba a invadirle la mente¿podía un gigai enfermar? Al paso que iba, Rukia podía pillar un buen catarro, y sólo faltaba eso, una Rukia enferma…
Se levantó y se dirigió hacia la papelera más cercana para tirar su lata. Cuando volvió al banco, se acercó a ella y le tiró la chaqueta que él llevaba. Ella, al no comprender aquella acción, le miró con una ceja arqueada.
-Venga, nos vamos, les esperaremos allí- le dijo mientras miraba el cielo.
-Pero…
-O te levantas o te dejó aquí- le interrumpió.
-Pero…- repitió ella mientras le tendía su chaqueta.
Él la miró y optó por no contestar. Se dio media vuelta y empezó a caminar hacia el lugar de reunión.
Rukia se levantó y estaba a punto de gritarle que no pensaba ponerse su chaqueta, pues podía cuidarse sola, pero el frío le venció y, a regañadientes, se la puso. Notó enseguida la calidez de la prenda, y el olor de Ichigo la invadió por unos segundos.
Cuando se puso a su lado, él la miró con un gesto burlón en su rostro.
-Te va enorme. Eres más enana de lo que pensaba- le comentó.
Rukia le metió un codazo como respuesta en el abdomen, de tal manera que hizo tambalear al joven por unos instantes.
-Y tú eres demasiado grandote para el montón de serrín que tienes en la cabeza¡descerebrado!- le espetó mientras se remangaba la manga de la chaqueta.
-Tú… dolor…- musitó.
La chica puso los ojos en blanco. Era verdad que le iba enorme, pero ello le proporcionaba más calor. Lo único malo era que olía demasiado al shinigami sustituto… y eso le hacía recordar todo lo que había sentido antes. Pero no eran nada más que tonterías… sí… eso era…
El chico puso los ojos en blanco. Al menos ahora parecía que volvían a discutir de manera normal… Rukia volvía a tener esa expresión asqueada en su rostro y él había recobrado la compostura. Seguramente, lo que había sentido antes eran remordimientos… sí… eso era…
Y sin más preámbulos, se dirigieron hacia la pista de patinaje.
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Bueno, hasta aquí lo que se daba por esta vez. ¿Qué os ha parecido¿A que mi nena escribe un cojón de bien? Se le dan genial los análisis psicológicos y las descripciones. ¡Envidia que me da, ojala se me dieran mejor a mí, seguro que me iría de coña! En el siguiente ya será escrito entre las dos de nuevo XD
Esperamos que nos pongáis muchos comentarios. ¡Los esperaremos con mucha ilusión!
¡¡Besitoos!!
-Hikari Katsuragi & SaRuDë-
