Disclaimer: Hetalia no me pertenece.

Advertencias: Capítulo narrado por Antonio. Los padres de Antonio son los OCs de Castilla la Mancha y Aragón.

Su madre extendió un brazo hacia él, sonriendo como siempre, y le revolvió con suavidad el pelo, haciendo sonreír un poco a Antonio. Su mirada, de color miel, era inquisitiva y brillante. El menor ya sabía qué iba a preguntarle exactamente.

-¿Quién era ese hombre, Toño?

-¿Vin? Es un amigo-respondió con una leve sonrisa, mirando la oscura calle a la que había ido a buscarle su madre. Suspiró, con cierta tristeza.-Del autobús. Me encuentro con él todos los días.

-Toño, cariño…Deberías tener más cuidado con a quién llamas amigos.

-Mm, ¿por qué lo dices? Vincent es un buen tipo.

La mujer apretó los labios, sin querer desilusionarle. Sin embargo, el fumador rubio de pelo pincho no le había caído en gracia, al menos no a simple vista, y el psicólogo le había dicho que fuera totalmente sincera con él.

Además, Antonio estaba necesitado de cariño, y podía buscarla en cualquier parte.

-No digo que sea un mal tipo o lo parezca, tesoro. Solo…que no te confíes demasiado de cualquiera que encuentres. Lo digo por tu bien, pequeño…

-Está bien, mamá, lo sé-suspiró y volvió a sonreír, ya estaba llegando al restaurante.-Por cierto, Pau viene de visita la semana que viene, ¿no?

-Sí, tu padre me lo ha confirmado hace poco, ¿no es maravilloso? Por fin vas a verle.

-¡Exacto!-casi dio un salto en el sitio de pura emoción.-No le veo desde…Hace seis meses.

Su madre notó aquel leve cambio en su ánimo al mencionar los seis meses, y agradeció el entrar por fin en un lugar cálido como era aquel pequeño restaurante, donde habían ido toda la vida a celebrar el año nuevo. El entorno ideal para Antonio. Corrieron para por fin coger las uvas, teniendo que tomar las primeras nada más llegar.

Al español ni siquiera le dio tiempo de volver a pensar en lo sucedido hacía seis meses.

La resaca le atacó nada más despertarse, en su habitación, con el reloj analógico marcando la una de la tarde. Se masajeó las sienes, aunque la jaqueca no era tan fuerte como otras veces, ni mucho menos. Solo un leve pinchazo en la sien; y tenía hambre, mucha. Aún así, su pereza por levantarse fue más fuerte que los rugidos de su estómago, que más bien parecía una bestia salvaje.

-Nnnngh…-se giró hacia un lado de la cama, encontrándose con su mesilla. Sintió que faltaba algo allí, hasta que cayó en la cuenta.

La foto.

Se dio la vuelta al otro lado, frunciendo el ceño con fuerza, no precisamente porque fuera el lado en que el sol le daba en la cara. No quería ver la ausencia en esa maldita mesilla.

Gruñó al notar los pasos de su madre, quien no tardó en llamar a la puerta con los nudillos. Otro sonido gutural fue suficiente respuesta para ella.

-¡Todos arriba, ahora! ¡Vamos, vamos!-gritó la mujer sin piedad alguna, a sabiendas de que su marido también había bebido. El pobre Óscar estaría cagándose en todo ya en la mañana del primer día del año.

-Ya voy…Mnh…-sin embargo, Antonio solo se revolvió más entre las mantas, deseando ocultarse del mundo real. A partir de aquel día, solo le quedaban siete de vacaciones, y entonces…

¿Entonces qué, Antonio?

Sacudió la cabeza, pero aquella vocecilla no le abandonó, ni siquiera cuando ya estaba en la cocina, desayunando.

Imbécil. Todo ha pasado por tu culpa.

-¿Toño?

No haces nada bien. Inútil.

-Toño, hijo, ¿estás bien?

-¿Eh?-se cruzó con los ojos verdes de su padre, dejando caer la cuchara.- ¿Q-Qué pasa?

-Te habías quedado empanado, hijo-murmuró, restregándose un ojo. Se acercó a su mujer y la besó en los labios.-Carmen, ¿harías el favor de traerme un ansiado ibuprofeno?

-Tú te lo has buscado por beber, amor mío. Toño se lo ha tomado él solito.

-Mmm, pero él es joven, yo solo soy un pobre viejo…

Antonio escuchaba la conversación, aunque sin mucho interés. Sus pensamientos ocupaban demasiado a su persona como para mirar a sus padres acaramelados, cosa que por otro lado no terminaba de agradarle.

Pero quién podía culparles de tener un hijo tan despreciable.

Un día después de fin de año, Antonio se aburría. Gilbert y Francis tenían resaca, su hermano aún seguía en Inglaterra y sus padres no servían para divertirse como le gustaría a un joven para él. Tampoco tenía el número de Vincent, ni más amigos. Solo le quedaba hacer los trabajos mandados para Navidad y estudiar…

Cualquier joven hubiera dicho que era una locura hacer eso, pero Antonio en concreto prefería tener la mente ocupada, aunque fuese con insulsas declinaciones latinas. Le impedían pensar en otras cosas.

En el cajón de su escritorio, esquivó los álbumes de fotos, llegando hasta un estuche demacrado por el uso. Apuntó en su propia mano que debía comprarse otro, y comenzó con su estudio, refugiándose en él para olvidar todas las ausencias que había en ese pequeño cuarto. El que antes había sido su escondrijo, como con todos los adolescentes, y que tras el accidente había sido una jaula de la cual podía salir, pero no escapar. Los tentáculos de la culpabilidad le perseguían fuera a donde fuera.

Y eso que eran miles las veces en que le habían asegurado que no tenía la culpa.

-¿Toño?-murmuró su padre desde la puerta, algo preocupado por el silencio que reinaba en la casa. Al ver que le había interrumpido, sonrió débilmente.-Oh, lo siento…

-¿Eh? No pasa nada, papá. Pasa-el moreno esbozó una sonrisa suave, retirando los ojos del papel y volviendo al mundo real.-Estaba estudiando. ¿Querías algo?

-No, pequeño, nada. Me alegra ver que te esfuerzas-se acercó a él y le revolvió el pelo con cariño. La sensación de pesar de su pecho comenzaba a desaparecer.-Eres un buen chico.

-Gracias, papá-volvió a sonreír, agradeciendo aquella mentira tan amable. ¿Cómo es que le resultaba tan fácil engañarlos a todos, que pensaran que ya estaba bien o por lo menos mejorando? Se suponía que su madre le conocía, y aún así se creía aquella pobre pantomima.

Se le daba bien engañar a los demás, pensó. Aunque había ciertas personas con las que se sentía él mismo sin necesidad de máscaras ni sentirse deprimido, incluso más que con Gil y Fran. Como su hermano mayor, Paulo, o…

Una suave luz se encendió en él.

-…Claro.

-¿Mm? ¿Qué ocurre?

-No, nada, papá. Que…me gustaría seguir estudiando un poco.

-Oh, sí, perdona. Que te sea leve-rió, contagiando a su hijo, y con un suave portazo dejó al joven solo. Se apoyó en la puerta, poniendo la oreja unos instantes, antes de irse definitivamente.

Despertarse pronto era todo un desafío en vacaciones, así que Antonio lo dejó para por la tarde. Sus padres, estupefactos, le miraban prepararse para salir, con una sonrisa sincera y casi de oreja a oreja, como las que solía poner antes. Todo sin decirles a dónde demonios iba.

-¡Solo voy a salir un momento, mamá! Volveré en una hora.

-Pero al menos dinos dónde vas…

-Al instituto, pero ya he dicho que volveré en poco tiempo.

-¿Al instituto?-inquirió, con una mueca algo preocupada.- ¿Por qué?

-Necesito ver algo allí-al escuchar un breve silencio, especificó.-No tiene nada que ver con eso.

-L-Lo imaginé, pero…-notó los ojos verdes de su marido sobre ella, y decidió no insistir más.-Está bien, pero ve con cuidado.

-Iré con cuidado, ya lo sabes. Hasta luego.

Besó a sus progenitores en la mejilla, y finalmente se vio viabilizado para salir al exterior. El viento frío le dio de lleno, pero no mermó su ahínco. La probabilidad de encontrarse con él, aunque fuera escasa, le animaba a pensar en unos días no tan aburridos como había previsto al menos unos minutos.

Esperó pacientemente en la parada del bus, buscando no perder ni un solo segundo, para coger justo el adecuado. No iba a gastar dos viajes para nada.

Aguantó un solitario trayecto de veinte minutos, mirando su propio reflejo. Allí mismo solía estar el de Vincent, ese hombre siempre serio que debía superar los veinticinco años, y con el que hablaba todos los días.

Sonrió suavemente, al recordar ese peinado tan extraño que solía llevar. Debía gastarse kilos de gomina al día, pero la verdad es que no le quedaba mal.

Suspiró, y entre pensamientos variados llegó a su destino, más pronto de lo que debería. Decidió dar un tranquilo paseo antes, pensando en la cara que pondría el neerlandés al verle.

"Puede que le moleste verme" pensó fugazmente, sacudiendo la cabeza en seguida.

Llegó a la parada justo al tiempo que siempre, esperando con visible impaciencia y abrazándose a sí mismo. Al llegar el autobús, se subió como un cohete, a punto de empujar a una señora con la que se disculpó de inmediato, antes de pasear toda su mirada verde por el autobús, esperando ver a alguien de espaldas y con peinado de tulipán.

Algo se encogió dentro de él al avistarle, corriendo a sentarse en su sitio de siempre, frente al otro. El rubio miraba al cristal, distraído en dios sabe qué, hasta que vio el reflejo de Antonio.

-…Pero qué…

-¡Buenos días, Vincent!-saludó, con una sonrisa.

-¿Por qué estás aquí?-inquirió el otro, frunciendo un poco el ceño. Antonio se privó de tragar saliva y ponerse nervioso.-Quiero decir, dudo que tus clases empiecen de nuevo dos días después de fin de año.

-Es que mis clases no han empezado aún.

-¿Entonces…?-alzó una ceja, cruzándose de brazos. La cicatriz de su frente se deformó de una forma extraña.

-¡Pues simplemente que quería hablar contigo!

El hecho de que Vincent ladeara la cabeza no parecía buena señal, aunque la sonrisa se mantenía en los labios del español. Finalmente, se encogió de hombros.

-Haz lo que quieras. Aunque hablar conmigo no es lo más divertido que podrías hacer en vacaciones.

-La otra opción era estudiar, no hay nada más aburrido que eso, créeme…Por cierto, ¿no estabas cuidando de tu hermanito en año nuevo?

El rubio asintió, bufando al oír que mencionaba al joven. ¿Y esa reacción a qué se debería?

-Sí, se fue ayer mismo por…unas cosas que ocurrieron, y he vuelto al trabajo-masculló, mirando otra vez al cristal. Antonio apretó las manos sobre su regazo, mirando al suelo. No sabía si era demasiado indiscreto preguntándole, o por el contrario, Vincent quería hablar de ello. Sin embargo, no hizo falta seguir dándole vueltas.-Mi padre ha querido que volviera a Ámsterdam.

-¿Uhm? ¿Por qué?-esta vez le toco al moreno ladear la cabeza. Se arrepintió al momento cuando vio la expresión irritada del holandés.-Si no quieres contármelo, no pasa nada.

-Bah. Mi padre es…insoportable. En eso se resume todo-su fría mirada verdosa se posó sobre el español.- ¿Y dices que te aburrías y por eso has decidido buscarme en un autobús?

-No exactamente buscarte, pero sí.

-¿Y tus amiguitos, qué?

-Se fueron a beber otra vez y han estado todo el día con resaca.

-¿No has ido con ellos?

Antonio se mantuvo en silencio un momento antes de responder, con toda la sinceridad posible y los ojos teñidos de cierto desánimo.

-…No quiero volver a beber. Es patético.

En vez de recibir una mirada comprensiva, o una palmadita en el hombro, Vincent simplemente mencionó unas palabras en tono neutro.

-Sí, es bastante patético. Haces bien-suspiró, haciendo una leve mueca. Necesitaba urgentemente un cigarro.

-¿Y el tabaco, Vincent?-Antonio le miraba, con más curiosidad aún que anteriormente.- ¿Tú fumas?

-Fumo, y mucho. Aunque eso es más complicado. Yo no me arrepiento de fumar, pero no quiero que todos los demás fumen ni animarlos a ello-se volvió a encoger de hombros, con un suspiro.-Que cada uno haga con su vida lo que le dé la gana.

-Vaya…-murmuró, admirado. En un rápido vistazo a la calle, se dio cuenta de que en breves llegaba su parada.- ¡Ah, Vin! Una cosa.

-¿Ahá? Y no me llames Vin.

-¿Algún día…podría ir a tu casa?

La cara de Vincent en ese momento era todo un poema. Los ojos muy abiertos, la boca pudiendo llegar al suelo, y parecía que incluso su curioso tupé fuera a caerse.

-…¿Estás loco?

-¿Por qué dices eso, Vin?

-Porque es…raro. ¿Para qué quieres ir a mi casa? ¿Robar?

-¡No, claro que no! No lo sé, tengo curiosidad por saber en qué clase de casa viven mis amigos-sonrió suavemente. La mirada de Vincent demostraba que estaba tentado a decirle que no eran amigos.- Vaaaamos, por favoooor…

-…Te has pasado de tu parada-murmuró como toda respuesta, dejando estático durante un momento al español.-Para variar.

-¡Maldita sea! ¡Mañana hablamos, Vin!-dijo, saliendo a toda prisa del autobús. De allí, fue caminando con más tranquilidad a casa, y una suave sonrisa en la boca.

Su madre no pudo evitar mostrar un poco de asombro cuando le vio volver.

Finalmente, tras otros dos días de fuerte e intensa insistencia, Antonio había convencido al neerlandés de que le llevara a su casa, aunque solo fuera a ser un "vistazo". Vincent ya le había amenazado con que no manchara nada, pero eso le era casi indiferente al español. Solo el hecho de poder visitar la casa de alguien tan enigmático como era Vincent le ilusionaba.

Se sorprendió al llegar a un rico barrio en las afueras de la ciudad, plagado de jardines primorosamente cuidados, calles impolutas y edificios nuevos y con diseño muy moderno. Totalmente distinto al barrio antiguo donde vivía el español.

Vincent tenía que tener bastante dinero como para pagarse un piso allí.

-Wow… ¿Eres millonario o algo así?

-Soy ahorrador. Eso es todo…y bajo aquí-suspiró, levantándose. Antonio juraría que el rubio empezaba a arrepentirse de haberlo llevado hasta allí, si es que no se había arrepentido ya. Probablemente sí, y al español no le extrañaría. Admitía que había sido muy pesado.

Pero no soportaba el aburrimiento en su casa, ni los continuos planes o evasivas de Gilbert y Francis. Además, la atmósfera que desprendía el holandés le agradaba más últimamente que cualquiera, y ver cosas nuevas no estaba mal.

Sí, esas eran todas las excusas que se imponía para no admitir que quería saber más de él, acercarse a su vida.

El edificio de Vincent era blanco, pintado en las terrazas con tonos azul oscuro. El portal estaba decorado con algunas flores y formas sinuosas, que lo hacían un sitio verdaderamente bonito, con un aire a burguesía.

-¿Vas a pasar dentro o qué?-murmuró el rubio, mirándole y con la puerta ya abierta.

-¡S-Sí!-pasó dentro con rapidez, dejándose guiar por el otro hasta su escalera. Intentaba memorizarlo todo, sin perder un detalle. Finalmente llegaron a una simple puerta, con un felpudo estándar. Seguramente el que le había regalado con el piso.

-Límpiate los zapatos antes de entrar.

El español asintió.

Dentro, un magnánimo apartamento de dos pisos, impoluto y totalmente ordenado le dio la bienvenida. La boca de Antonio se abrió un tanto de la sorpresa. Ni siquiera la casa de su abuela estaba tan limpia.

-Wow, Vin…Es increíble.

-Sí, lo que tú digas. Si ya has visto suficiente, puedes irte.

-Vamos, solo un poquito más…-se asomó cuidadosamente a la cocina, cruzándose sus ojos con un calendario que adornaba la nevera. Había un día marcado.-…Vincent.

-¿Qué pasa?

-¿Qué clase día es el 30 de enero?

-…¿Qué? ¿Dónde has visto eso?-se acercó al español en pocas zancadas, con el ceño fruncido en una mueca confusa y preocupada.

-Lo has marcado en el calendario… ¿Es tu cumpleaños?-los ojos del español se iluminaron un poco.-¡Genial! Te compraré algún regalo si quieres.

-No es mi cumpleaños, y aunque lo fuera, no haría falta que gastaras dinero en regalarme algo que tal vez ni siquiera me guste.

-Oh, vaya…Bueno-suspiró.-Ya me voy, si quieres. Sé volver a casa solo.

-¿Seguro?

-...No mucho.

Vincent miró al techo, perdiendo ya del todo su escasa paciencia. Antonio se percató entonces de lo que era para el neerlandés en ese momento: Un intruso en su casa. Suspiró, acercándose a la puerta.

-¡Da igual, hombre! Preguntaré por ahí, seguro que alguien sabe. Siento haberte molestado.

Vincent hizo un gesto de despedida con la mano, cerrándole la puerta. El español se mantuvo frente a esta unos instantes, no supo si segundos o minutos, y volvió con pasos lentos a la calle.

Hey, he tenido varios problemillas para subir este capítulo. Hice unos 5 intentos y ni uno dio buen resultado, no sé por qué. Pero aquí está, espero que os haya gustado y siento las molestias.~