Disclaimer: Hetalia no me pertenece.

Advertencias: Vuelve a ser desde el punto de vista de Holanda. Azúcar. Muchos pensamientos. El siguiente será desde el punto de vista de Antonio.

Enjoy!

El silencio podía resultar reconfortante, y era lo que solía sentir con él. El silencio significaba paz, tranquilidad, y la frialdad a la que tanto se aferraba. Sin embargo, esa noche, le estaba volviendo loco. El tictac del reloj se clavaba en su cabeza como pequeñas agujas, quitándole el sueño, mientras Vincent maldecía aquel desvelo tan impropio de él.

Se dio la vuelta en la cama, con un gruñido, y entrecerró los ojos. La pantalla de su teléfono palpitaba en un tono de blanco irritante. Desde su posición, no podía ver las llamadas perdidas, pero sin duda serían numerosas. Era su manera de decir que no quería saber nada más del tema.

Por mucho que insistieran, no pensaba volver a Ámsterdam, si era para estar con ellos.

Bufó, recordando las palabras de su hermano antes de irse. Había sido cortantes, pero llenas de calidez al mismo tiempo, esa calidez y energía que todos los adolescentes emanaban. Una sensación muy extraña, que ahora llenaba la cabeza de Vincent de cosas que le negaban el descanso.

"Sabía que era una mala idea" le recordó su mente. Apretó los labios y puso el teléfono boca abajo, suspirando con suavidad. Quiso dejar de pensar, conciliar el sueño de una vez, pero los acontecimientos de los últimos días no le iban a dejar tranquilo.

El fantasma de la presencia de Antonio seguía pululando por allí, como una marca de agua poco visible, pero presente. Solo habían sido dos minutos, puede que llegase a cuatro, pero había sido suficiente. Se preguntó qué hubiera pasado si le hubiera dejado un minuto más. Una hora. O toda la tarde en su casa. Seguramente había dejado todo impregnado de su extraña presencia, y Vincent no deseaba eso.

La pregunta retumbaba en su cabeza.

"¿Qué clase de día es el 30 de enero?"

¿Y a él que le importaba? Era la reacción más propia de él para cualquier persona. Pero cuando había oído al español preguntar, un escalofrío le había recorrido toda la espalda. Y había terminado mintiéndole sin ninguna razón. Y aún horas después se preguntaba por qué.

No ganaba nada dándole vueltas a ninguno de ambos temas, fue su conclusión. Se pasó una mano por la cara, gruñendo por lo bajo, y finalmente dio la espalda al teléfono, decidido a dejar de lado sus pensamientos de una vez.

.-

Al coger el bus por la mañana, el español no estaba allí. Vincent lo sabía de antemano, por supuesto, pero eso no evitó que hiciera una leve mueca de… ¿molestia? Tal vez. En el bolsillo, su teléfono aún no había vibrado, pero faltaría poco para que lo hiciera.

"Hipócrita" murmuró, pensando en la persona que le había llamado ayer y con los labios plagados de rencor.

El trayecto se hizo algo pesado, y nada más llegar a la oficina apagó el aparato. Ya dentro, había un ambiente algo más agitado de lo habitual. Se ajustó la bufanda y buscó al único compañero con el que tenía algo de confianza.

-Buenos días, Honda -se acercó al nipón, quien le saludó con una educada inclinación de cabeza.

-Buenos días, van Di…Vincent-san-se corrigió, con un suspiro. Al joven le costaba acostumbrarse a las formalidades del país español, se dijo.- ¿Qué desea?

-Me preguntaba qué ocurre. Parece que hay un poco de agitación.

-Oh…Sí-asintió, esbozando una leve sonrisa.-Parece que el director se está planteando colaborar a fondo con otra editorial. Se llama…Nordens konge, creo recordar.

Vincent frunció un poco el ceño al escuchar el nombre.

-Suena a alguna lengua nórdica-susurró.

-De hecho, es danesa. Eso es todo lo que sé, Vincent-san.

-Gracias igualmente, Honda. Tenga un buen día.

Y con esa frase, el japonés se fue, dejándole solo con esa palabra. Una editorial danesa.

¿Tenía que ser precisamente danesa? No podía ser finlandesa, ni sueca, ni islandesa…

Las ganas de fumar le atenazaron de nuevo, como siempre que se ponía nervioso. Pero le habían pillado en el peor momento para ello, no podía salir diez minutos si no llevaba ni cinco en la oficina.

Se llevó una mano a la sien. Debía tranquilizarse, todas las conjeturas que su cabeza en ese momento estaba formando no eran más que eso, conjeturas, probabilidades muy bajas. Esas coincidencias solo ocurrían en telenovelas y demás culebrones nada realistas. No debía preocuparse.

No debía preocuparse, repitió, recuperando su tranquilidad habitual.

.-

Los representantes de la editorial danesa vendrían justamente una mañana del tres de febrero, a lo que Vincent respondió con un suspiro aliviado. Para entonces, se habría librado de una de las losas que más le pesaban para el mes.

Si le hubieran dicho once años atrás que iba a acabar odiando su cumpleaños, jamás lo hubiera creído. Aunque bueno, con dieciséis años solo era un crío lleno de dudas. Si pudiera volver al pasado, impedirle hacer unas cosas e impulsarle a otras…

Pero Vincent era un realista de nacimiento. No iba a lograr nada deseando volver al pasado, lo hecho, hecho estaba. Tenía que recordárselo de vez en cuando para no ponerse demasiado sentimentalista.

Lo malo es que estaba rodeado de ellos.

.-

La vuelta en autobús fue esperada con cierta ansia por el rubio. Por la mañana había sido demasiado ociosa con la ausencia de Antonio, aunque no lo admitiría en voz alta, y se había incluso aburrido. Era curiosa la forma en que un español, con el que no tenía nada en común más que el color de ojos y la línea de autobús, le hubiera trastocado hasta ese nivel aunque fueran solo pocos minutos.

Vincent apretó los labios, pagando su pasaje como todos los días. Miró al conductor con atención por primera vez, siendo que hasta entonces todos les había parecido iguales. Serio, con el ceño fruncido y mandíbula fuerte.

El holandés se dispuso a sentarse en su sitio, pensando por qué se habría fijado en algo tan banal como era la cara de un conductor de autobuses. Seguramente no le volvería a ver, ¿para qué fijarse? Simplemente, por un impulso. Por un momento había creído ver, sentir…algo. El mundo había parecido un poco distinto por un momento.

No ganaba nada pensando en esas tonterías, se dijo, acomodándose en su lugar. Se cruzó de brazos y esperó, armándose de paciencia, y lanzando una mirada a todo aquel que pretendía acercarse al sitio que siempre ocupaba Antonio. Todos se alejaban, y el neerlandés, inconsciente de la frialdad de sus ojos al mirarles, se preguntaba por qué.

Finalmente, cierta persona apareció en el autobús. Ese día llevaba un abrigo amarillo y grueso, zapatilas y pantalones verdes. Si a Vincent le hubiera llegado a preocupar un ápice la moda, seguramente le hubiera gritado.

-¡Buenos días, Vin!

-Buenos días. ¿Y qué te he dicho de llamarme Vin?

-Que no debo hacerlo, pero es que suena tan adorable… ¡No sé por qué te molesta tanto! Y no me vengas con que no hay confianza-Vincent chasqueó la lengua, sintiéndose momentáneamente predecible.-Porque me invitaste a tu casa, y eso no se hace con un desconocido.

-Solo fueron dos minutos.

-Pero me invitaste, eso es lo que importa-canturreó.- ¿Y qué tal te ha ido hoy?

-Nada en especial, y tampoco es asunto tuyo-contestó, sabiendo que el español insistiría. Siempre lo hacía, maldita sea.

-¡Vamos, Vin! Solo te estoy preguntando un poco…No te va a hacer ningún mal que yo lo sepa. Vamooooos…

-He dicho que nada. Yo no te pregunto cómo te van los estudios, ¿no? Pues eso.

-Pero no me preguntas porque no quieres. Si me preguntaras yo te respondería.

-Qué cansino…-suspiró, apoyando la sien en el cristal. Se estremeció, estaba más frío de lo que pensaba.-Ni siquiera sabes dónde trabajo.

-En una editorial…

-En cuál.

-Pues…Mm…-se lo pensó unos instantes, acariciándose la barbilla. Su expresión era bastante graciosa, pensó Vincent, encontrando divertida la reacción de Antonio a su pregunta.

-Por mucho que lo pienses, no vas a adivinarlo.

-Ngh…Pues tienes razón-refunfuñó.- ¡Pero algún día lo descubriré!

-Lo dudo mucho.

-Nunca dudes de un español al que se le reta a algo, Vincent-esbozó una media sonrisa, desafiante. El rubio tan solo entrecerró los ojos, siendo esa una de las pocas veces que Antonio decía su nombre completo.-…Te sugiero algo.

-¿El qué?

-Si logro descubrir dónde trabajas…Me dejarás pasar una tarde en tu casa.

Vincent no pudo contener su sorpresa, abriendo mucho los ojos. Si llegaba a llevar un cigarrillo en ese momento, se le habría caído.

-…¿Qué?

-Ya me has oído. Si consigo averiguar dónde trabajas, me dejarás pasar una tarde entera en tu casa. Entera. ¿Qué te parece?

El holandés alzó una ceja, entre incrédulo y levemente enojado. Era imposible que Antonio se tomara esa tontería lo suficientemente en serio como para espiarle a ese nivel, pero no quería arriesgarse a que pisara su hogar de nuevo. Sin embargo, decir que no era como admitir que era capaz de hacerlo… Y Vincent tenía cierto orgullo.

-Lo que quieras. De todos modos no creo que lo sepas nunca.

-Ya veremos-rió suavemente, y suspiró. Sus ojos esmeralda se posaron otra vez sobre él.- Vin.

-¿Qué quieres ahora?

Esta vez, Antonio pareció dudar un poco antes de hablar.

-¿Sabes? El…Once de febrero, es…mi cumpleaños-sonrió dulcemente, bajo la mirada del holandés.-Solo quería que lo supieras.

-Bueno, pues ya lo sé. Es un dato-murmuró, rascándose la nuca.-Si pretendes que haga una bonita confesión sobre el día de mi cumpleaños, no la voy a hacer.

La mirada de Antonio, esa explosión de verde, volvió a dirigirse hacia él, brillando incluso más que de costumbre. Vincent inspiró aire de golpe al verla.

-¿Eso significa que admites que tu cumpleaños es el día 30?

-¡Nunca he dicho que fuera eso, joder!-masculló.-Interpretas todo como te da en gana.

-Ya, ya. No me vas a engañar, Vin, y te pienso hacer un regalo.

-Qué pesadez, por Dios bendito…-murmuró, echando la cabeza hacia atrás.

La verdad, a veces ese chico era insoportable.

El tono de móvil perteneciente a su hermana Emma sonó, justo en el momento que terminaba de repasar la cocina. Se secó las manos concienzudamente con un trapo, que dejó sobre el lavaplatos, y cogió el aparato. Se lo pensó antes de descolgar, aunque terminó llevándose el teléfono a la oreja.

-¿Sí?

La voz dulce de ella sonó al otro lado.

-¡Vin, hermanito! ¿Qué tal estás?

-Bien. ¿Por qué me has llamado justamente ahora? Estaba limpiando.

-Bueno, es que…-le escuchó suspirar, con cierto bullicio de fondo, y forcejear con alguien por su aparato.-Bueno, yo…Quería hablar contigo.

Ese tono. No indicaba nada bueno.

-Ya estamos hablando, Emma. Así que escupe lo que sea que tengas que decir-cogió un cigarro y lo encendió, dándole tiempo a todo ello mientras la belga se pensaba cómo decírselo. Dio una calada, cuando escuchó la primera sílaba salir de sus labios.

-Papá…Ha dicho que no respondes a sus llamadas. Y a las de mamá tampoco.

-Si no les he respondido durante casi diez años, tampoco lo voy a hacer ahora. No sé por qué te molesta tanto.

-Somos una familia, hermanito. No podemos estar así diez años por…

-Aquel asunto ya está zanjado, Emma. Nuestro padre lo zanjó como quiso, y mamá tampoco hizo nada por evitarlo. Así que me es indiferente. Y hay familias que están treinta años peleadas y no pasa nada, no me vengas con ese cuento.

-Pero…Vincent…

-Nada de peros. Diles a mamá y al otro que este año tampoco pienso ir en mi cumpleaños a casa. Bastante amargado tengo ese día como para soportarles, y bastante he hecho yendo por Navidades.

-No es como tú crees…

El tono de Vincent se había vuelto casi amenazador, teñido de odio, y notaba que Emma se estaba asustando. Pero quería dejarle todo claro.

-¿Entonces cómo es, Emma? Lo comprendería de Brian, que era prácticamente un bebé. Pero tú viste y entendiste perfectamente lo que pasó. Así que no intentes arreglarlo ahora, porque ni siquiera mamá puede arreglarlo. Y "papá", menos-concluyó, dando por zanjada la conversación.-Si no has llamado para otra cosa, cuelga. Estoy bastante ocupado.

-…C-Como quieras…Hasta luego, hermano.

-Hasta luego, Emma-susurró, antes de escuchar un constante pitido.

Conocía lo suficiente a Emma, como para saber que ahora mismo estaría sollozando.

.-

El único tema de conversación durante una semana de Antonio fue su hermano mayor. Paulo por aquí, Paulo por allá. Parecía que no existiera otra maldita persona en el universo. La ilusión con la que hablaba de tal hombre le nublaba, y de tanto escuchar las batallitas de tal señor se sabía toda su maldita historia. Cada aventura que ambos habían tenido de pequeños, su peinado, su color de ojos…

Información innecesaria por doquier, en fin.

Por otra parte y quitando al hermano mayor portugués, había algo extraño en el ambiente cuando comenzó el curso de nuevo. Faltaba una presencia, o dos, más concretamente. Dos presencias que solían acompañar al español y hacer ruido, hasta dejarles finalmente solos durante unos minutos.

El rubio y el albino, Francis y Gilbert. Los amigos inseparables de Antonio ya no aparecían por allí, ni siquiera un minuto. ¿No eran tan amigos? ¿O acaso se habían cambiado de domicilio y no necesitaban ya esa línea de autobús? Por si acaso, prefirió mantenerse discreto, y no preguntar. Después de todo, Antonio no parecía bajo de ánimo o algo parecido.

O fingía muy bien, o no le pasaba nada. Y prefirió pensar que era lo segundo y que nadie podía fingir de esa manera, excepto algún actor. Era lo mejor para mantener la calma.

Y, entre todos esos pensamientos, trabajo, conversaciones y llamadas perdidas, llegó el fatídico día. El día en que toda su familia le mandaba felicitaciones y mensajes a los que no respondía, en un vano intento de que se olvidaran de él de una vez. Había terminado apagando el móvil de nuevo, incluso antes de salir de casa.

Bufó con fuerza al sentarse en su sitio, como todas las mañanas, intentando disimular un día como otro cualquiera. Todo iría bien, mientras Antonio no se diera cuenta de lo fastidiado que se sentía y sus compañeros no le hubieran preparado alguna especie de tarta sorpresa.

Porque ese no era su cumpleaños. Era el aniversario del comienzo de la peor época de su vida.

-¡Vin! ¡Buenos días!-escuchó perfectamente al español llegar de nuevo, y suspiró. Apoyó la espalda del todo en el respaldo y le miró.

-Buenos días, Antonio-alzó las cejas, al ver que este llevaba una bolsa de plástico en la mano.- ¿Qué es eso?

-Es…Bueno... Un regalo. Para ti.

…No. Mierda, no.

-No lo quiero.

La expresión del moreno y el leve temblor de sus manos fueron suficientes para hacerle sentir la peor persona del mundo.

-Bueno…N-No pasa nada-sonrió débilmente.-Ya me lo quedaré yo entonces.

Una vocecilla torturó a Vincent los siguientes diez minutos de silencio que hubo entre ambos. Nunca le había contado a Antonio lo que había pasado ese día, ¿qué culpa tendría él de que no le diera buenos recuerdos? Lo hacía con buena voluntad, después de todo…

Bufó, y se masajeó las sienes. Maldita culpabilidad, maldito español, maldito cumpleaños.

-Anda, dámelo-la cara de Antonio volvió a iluminarse como el sol del amanecer.-Pero no te aseguro que me guste.

-Seguro que sí. Pero ábrelo en casa, ¿vale?

-Agh, como quieras-cogió la bolsa, refunfuñando.-Gracias…Creo.

-De nada, es un placer, Vin… Y feliz cumpleaños.

.-

Un conejo de peluche.

Antonio le había regalado un bendito conejo de peluche.

Cuando lo había abierto, ya en casa, agotado y sin ganas de nada, sus ojos se habían encontrado con ese objeto tan sumamente adorable y dulce. Un conejito blanco, sentado, de ojos negros, que sostenía un corazón en su regazo. Podría haber sido cualquier otro animal, y Vincent lo habría despreciado, por moñas e infantil, pero…

Un…conejo…

-Vaya-fue lo único que se le ocurrió murmurar.-…Vaya.

¿Se lo había contado alguna vez? No, que le gustaran los conejos a su edad era algo bastante vergonzoso. Pero, entonces… ¿Cómo lo había sabido? Podría haber sido solo casualidad, pero lo dudaba.

Lo tanteó con los dedos, disfrutando de la suavidad de la tela, hasta palpar algo duro dentro del corazón del peluche. En la parte izquierda de este, había un pequeño corte. Metió un dedo dentro, con un gruñido de esfuerzo, sacando un pequeño papel enrollado en aluminio.

Lo desenvolvió, encontrando números. Un número de teléfono, y sobre estos, el nombre de Antonio.

-…Qué-ladeó la cabeza.-Este chico…es estúpido.

Observó aquella caótica caligrafía por un instante, y tiró el papel a la basura.

No sin antes, apuntarlo rápidamente en su propio teléfono móvil, en un gesto rápido.