Disclaimer: Hetalia no me pertenece.

Capítulo de Toño, excepto en la última parte.


Un joven caminaba cabizbajo, dirigiéndose a su parada de autobús de siempre. Sus pensamientos le daban mil vueltas a la misma idea, la misma simple idea de que en ese momento sus amigos no estaban con él. Llevaban dos días evitándole a la salida del instituto, yendo por otro camino para coger otro autobús.

¿Había hecho él algo malo? Se lo preguntaba continuamente. Incluso en casa, con la reconfortante presencia de su hermano mayor, se sentía miserable al pensar que tal vez sus amigos de siempre ya no le querían. Apretó los puños, rabioso y entristecido consigo mismo. Solo sabía dar decepciones a todos aquellos a los que quería…

También tenía que entender a Gilbert y a Francis. Nadie querría estar con una persona que sufría las secuelas de una depresión, menos para intentar divertirse o ser amigos. Podía ser que el peso de su propia tristeza y culpabilidad también cayera sobre los demás.

En ese caso, si tanto incordiaba al resto del mundo, lo mejor era…

No. No debía pensar en eso. El psiquiatra le había dicho que era lo último en lo que debía pensar…

Pero el psiquiatra no podía saber lo que sentía. Lo insulso, inútil y vacío que podía llegar a sentirse en algunas ocasiones. Ese hombre no sabía nada, absolutamente nada de él, en verdad.

No sabía las ganas que había tenido de pudrirse en el infierno todos esos meses.

Llegó hasta la parada, y una pequeña llama de esperanza resurgió en su pecho. Solo pisar aquel lugar había disipado un poco las oscuras nubes de su mente, al pensar en que hoy también hablaría con Vincent. Y su hermano estaba en casa, pudiendo hablar con él cuando quisiera.

Suspiró con suavidad y alzó los hombros de nuevo, apretando un poco los puños. Sabía que él a Vincent no le importaba demasiado, pero aún así, se había convertido en una pequeña razón más para no cometer estupideces demasiado grandes.

Finalmente, tras una tortuosa espera, el autobús llegó, parándose justo frente a él. Era como si le estuviera dando la bienvenida, observó con un ligero divertimento.

Y por alguna razón, aquella observación le hizo ínfimamente feliz.


-¿Estás bien?

Debería haber contado con la suspicacia de su hermano mayor, pensó, cuando se había dispuesto a fingir que seguía siendo feliz. Paulo podía leer todo lo que le pasaba con solo mirarle un instante, un resto de lo que había sido su complicidad infantil. Y ahora, le observaba desde el marco de su puerta, con los brazos cruzados.

-Sí, claro. ¿Por qué no iría a estarlo?-sonrió, en un último y estéril intento de que él le creyera. El portugués se acercó a él, cerrando la puerta y sentándose en el borde de la cama.-Pau…

-Ahora, sé sincero.

Antonio apretó los labios, solo un poco, lo suficiente para hacerle notar a su hermano que algo sucedía. Pero claro, ¿a quién se le ocurría fingir que estaba bien tras algo como lo que le había pasado, siendo su hermanito tan sensible como era? Sus padres eran unos ilusos.

-Vamos, dime-murmuró con suavidad, intentando presionarle un poco, pero no demasiado.-Sabes que puedes confiar en mí.

-Lo sé…Lo sé, pero no quiero molestarte con bobadas.

-No son bobadas.

-Sí lo son-suspiró, apartando la mirada.-E incluso puede que todos sean solo ilusiones mías…

Paulo puso las manos encima de las de Antonio, mirándole a los ojos.

-Si me lo dices…puedo intentar ayudarte. ¿Qué va a tener de malo que me lo digas, hombre? Y si quieres, ni siquiera se lo diré a papá y mamá.

-¡No, por Dios! ¡Ni se te ocurra!-protestó el otro, incluso frunciendo un poco el ceño. Un gesto poco usual en él, sin duda.-E…Está bien. Te lo diré, pero…No quiero que se lo digas a nadie, ¿vale? A nadie.

Paulo se encogió de hombros, asintiendo y acomodándose en la cama. Antonio hizo lo mismo, pensando cómo empezar.

-Desde…desde que te fuiste…y de que pasara lo que pasó…Me sentí muy solo. Pero tenía a Francis y Gilbert, al menos. Ahora…ahora ni siquiera ellos quieren estar conmigo. Creo que suelto…una especie de "aura depresiva" o algo parecido-soltó una risa seca, bastante forzada.-Todos mis amigos me han ido dejando desde ese día, pero…Gil…Y Fran…

Su voz se quebraba poco a poco, Paulo lo notaba. Colocó una mano sobre su hombro, cuidadosamente.

-Eso no puede ser cierto. Tus amigos son un poco…indefinibles-masculló.-Pero no son crueles. Y sois amigos desde siempre.

-¡Bueno!-otra risa forzada. Le estaban sacando de quicio.-Su…Supongo que no eran…o bueno, que yo no soy tan amigo de ellos como pensaba…

No, en absoluto. Tenía que haber otra explicación a eso, dos amigos de la infancia no abandonaban a otro por una estúpida depresión… ¿O sí? ¿Habrían caído tan bajo los amigos de su hermano menor?

-Antonio, no seas estúpido. Seguro que ocurre algo…ajeno a ellos-murmuró, intentando que no se le notara el jetlag.-No pueden alejarse de ti solo por esa bobada.

-¡No es una bobada si ha repelido a todo el mundo de mí!-gritó, entre rabioso y cansado.-¡No es una bobada si por eso ahora, Lovi…!

Aquel nombre terminó por quebrar su voz y contraer sus hombros en un brusco espasmo. Paulo sabía qué venía a continuación, las lágrimas de Antonio rasgando el silencio, su voz apenada lamentándose por la misma causa una y otra vez…Para el luso, aquello era demasiada culpabilidad, demasiada autocompasión…Su hermano se estaba hundiendo a sí mismo, sin hacer esfuerzos por salir a flote. Se había negado a recibir antidepresivos, resguardándose en capas y capas de falsa felicidad.

Era como envolver un objeto roto con muchas capas de celo, pensó con ironía.

-Antonio-susurró, intentando darle apoyo con su voz. Era mejor no tocar al menor cuando sus barreras se derrumbaban, Paulo lo sabía.-Antonio, escúchame…No puedes seguir torturándote por eso. Lovino se fue. Y ya está-suspiró, intentando poner un tono suave pero conciso.-No puedes quedarte atrapado en eso…

-¡No es solo eso, y tú lo sabes!-sollozó, golpeando la pared con fuerza, y aumentando progresivamente el tono de sus palabras.- ¡Yo…Mi propia existencia, no sirve para nada! ¡No aporto ni aportaré nada! ¡Nada!

-¡Antonio, por Dios!-frunció el ceño.-No puedes seguir pensando eso tras todos estos meses. Estás haciendo una montaña de unos granos de arena.

-¡NO SON UNOS GRANOS DE ARENA!-gritó, y Paulo supo que había cometido un monumental error, al menospreciar lo que para Antonio era importante.-…Lovi…¿Cómo voy a simplemente olvidarme de él?

-Antonio…No tienes por qué olvidarle. Puedes simplemente intentar que todo vuelva a ser como antes…O puedes encontrar a otra persona. ¿No hay algo o alguien que acabes de conocer?

Aquella idea parecía horrorizar al español, a juzgar por la fiera mirada que le dirigió a su consanguíneo.

-…N-No hay. No hay…Nadie-la duda pintaba su voz. Era obvio que mentía.-...Puede que…alguna persona.

El luso ansiaba preguntar quién, pero se mantuvo callado. El mismo Antonio empezaba a frenar su llanto, pensativo, y cogiendo unos pañuelos para sonarse. Las lágrimas se detuvieron allí, quedando ambos en silencio.


Hacía un rato que Paulo se había marchado de su cuarto, para ir a dar un paseo con sus padres al cual Antonio no había deseado ir. Alegando que estaba mal, había logrado estar solo con sus propios pensamientos, que por una vez no eran tan negros como pensaba.

Tragó saliva. Cuando su hermano había mencionado a "algo o alguien" que acabase de conocer, en su mente había aparecido, de forma automática, la imagen de Vincent. Aquello le había sorprendido lo suficiente para detener aquel ataque, tal era la confusión.

Parpadeó, encontrándose de nuevo con su habitación. Aquella que parecía tan vacía desde que comenzó sus andanzas por la Educación Secundaria. Tan insulso, tan…

Sin embargo, algo había cambiado últimamente. Era algo que no podía negar, porque sería mentirse a sí mismo. Se dio la vuelta en la cama, sin poder huir del mundo. Su cabeza daba vueltas a las imágenes de Vincent y Lovino, una al lado de otra.

No podía compararles. Eran personas parecidas, y a la vez totalmente distintas, además…Por Vincent no sentía lo mismo que por Lovino. Solo pensarlo le hacía odiarse aún más a sí mismo.

Suspiró y cerró los ojos, buscando dejar que su mente reposase, aunque fueran unos minutos.


Las calles y parques, incluso a una hora como aquella, estaban llenos de gente. El viento fresco acariciaba la cara de Antonio, llevándose con él sus pensamientos, dejándole como una nube entre la muchedumbre. La sensación no era desagradable, y le ayudaba a desconectar un poco. Le relajaba oír solo a personas, no coches.

Cada vez que había oído un coche frenar, de camino al parquecillo donde se encontraba, un escalofrío le recorría la espalda.

A pesar de lo placentero que se estaba allí, observando a los niños más tardíos jugar, sabía que sus padres se preocuparían si no regresaba en breves a casa y se ponía a estudiar. Se estiró como un gato, levantándose perezosamente del banco. Echó un último vistazo a los niños, deseando volver a ser uno de ellos. Ah, las cosas eran tan simples antes de la adolescencia…

"Empiezo a pensar como un anciano" observó, con otro suspiro, que se convirtió en vaho frente a sus ojos.

Caminó por las calles, tratando de mirar solo hacia el lado de las tiendas. Una intuición le llevó a mirar el interior de una tienda china, a pesar de que apenas tenía dinero para el autobús y poco más. Como en todos los lugares de ese tipo, un hombre asiático le seguía con la mirada, mientras Antonio recorría los pasillos llenos de cachivaches que probablemente nadie usaría, a precios bastante bajos.

No había nada que realmente le interesara allí. Tendría que hacer menos caso de su subconsciente, concluyó, cuando llegó a una zona llena de peluches…

Y su mirada verde se fijó en uno en concreto.

Un conejito blanco, con un gran corazón en su regazo y unos brillantes ojos negros de plástico, metido entre otros peluches mucho mejor cuidados. Debía de llevar allí algo de tiempo, sin que nadie lo comprara…

-Con lo mono que es…-murmuró, pensando en algo. Sacó el móvil, comprobando la fecha y el precio del conejito, y una pequeña sonrisa se formó en sus labios. Vincent le había avisado de que no le regalara nada…Pero a nadie le amargaba un dulce. Y tampoco se gastaría tanto como para que le pudieran reñir.-Te vienes conmigo, entonces-lo cogió con cuidado, notando que era bastante suave al tacto.

Una suave calidez envolvió su corazón, como si alguien le abrazara, y su temblorosa sonrisa se amplió un poco más.

Al llegar a casa, escondió rápidamente el conejito bajo su cama, temiendo que su madre lo encontrara y tener que dar explicaciones. No tenía por qué explicar que le compraba regalos de cumpleaños a un conocido del autobús…Aunque dicho así no sonara precisamente bien.


En la noche, con la pequeña luz de su mejilla, analizó el peluche. Era bastante suave y blandito, y aunque Vincent no parecía del tipo de persona que disfrutaba con los peluches, un presentimiento le decía que probablemente le gustara.

Sin embargo, encontró la razón por la que su madre nunca compraba en tiendas chinas.

El corazoncito que sostenía en sus brazos estaba algo roto por uno de los bordes superiores, aunque el pequeño corte era casi imperceptible.

"Vaya" pensó, dejando caer los hombros. "No puedo regalarle algo roto a Vincent…"

A no ser…Que le diera algún uso al agujero. Se abrazó al peluche, pensando algo, una idea que poco a poco cuajaba en su cabeza…

Rasgó una de las hojas de su mesa, cogiendo un rotulador negro, y tras dudar un poco comenzó a escribir, con una finísima caligrafía que no solía usar para casi nada.

De repente, se detuvo.

"Estás armando un paripé" murmuró una voz en su mente. "No le gustará. Mejor solo felicítale y déjalo pasar."

Antonio apretó los puños, resistiéndose a escucharla. Quería regalarle algo a Vincent. Quería hacerle feliz en su cumpleaños…

"Solo quieres hacerte feliz a ti mismo. Maldito egoísta."

-No-susurró, en un leve hilo de voz.-…No soy…No soy un egoísta…

Apretó los dientes, y siguió escribiendo en el papel. Número por número, finalmente logró acabar, con una suave pero nerviosa sonrisa.

-…Ya está-lo dobló, metiéndolo en el hueco del corazón.


Lo había aceptado.

"Vincent ha aceptado mi regalo"

Una sonrisa, la más natural en muchísimo tiempo, se había formado en sus labios durante todo el día. No era consciente de ello, pero parecía, para los que le observaban desde fuera, que la luz natural que anteriormente había caracterizado a Antonio volvía a él, aunque de forma débil. Pero estaba allí.

Había esperanzas de recuperarle, se dijo Francis, con una sonrisa muy distinta a la de Antonio en sus labios.


-Antonié, mon amie!-llamó el francés, cogiendo a su amigo por la muñeca. Poco detrás venía Gilbert, despidiéndose con gesto burlón de cierta húngara.- ¿Puedes venir con nosotros hoy?

-¿A…A dónde?-el otro sonrió un poco, con los ojos brillantes.- ¿Queréis acompañarme a casa?

-¡Nein, kesesesese!-el alemán le cogió de la otra muñeca, y entre ambos prácticamente lo arrastraron fuera. Antonio cada vez se sentía más confuso, pero no se resistió.- ¡A un sitio muchísimo mejor!

-¿Mejor?-susurró. No volvió a preguntar nada, simplemente pensando. Una enorme alegría se iba formando dentro de él, mientras era arrastrado fuera del recinto con todas las miradas encima. Ese día no era un día cualquiera, aunque en años pasados la misma fecha hubiera sido totalmente diferente.

Llegaron a un edificio cercano que Antonio conocía muy bien, el piso que Francis y Gilbert compartían. Tragó saliva con fuerza mientras le metían en el ascensor, subiendo apenas dos pisos, que con su propio nerviosismo podría haber subido por las escaleras.

Apenas echando un vistazo dentro del piso, supo que sus sospechas habían sido acertadas.

-¡El increíble piso del grandioso yo y Francis!-Gilbert rió, a su manera tan extraña, palmeando el hombro de Antonio.- ¿Qué te parece, Toni? ¡Grandioso, por supuesto! ¡Todas las fiestas de cumpleaños que yo planifico son grandiosas, como yo!

-¡Pero déjale hablar, Gil!-protestó el rubio, mirando a Antonio de perfil.-…Mon amie, sentimos habernos ausentado tanto este último tiempo…Queríamos darte una buena sorpresa. Y además, pagar esto no fue fácil…-suspiró.- ¿Nos perdonarás?

Los hombros de Antonio sufrieron un breve espasmo, mientras sus ojos verdes se llenaban de lágrimas. Gilbert ladeó la cabeza, algo confuso, mientras Francis sonreía suavemente.

-Oh, mon petit…

-Y-Yo…Pensé que…Vosotros…Ya no queríais estar a mi lado…-hipó, limpiándose las lágrimas.

-¿Cómo no íbamos a querer estar contigo? ¡Eres casi tan asombroso como el grandioso yo, Antonio!

-Quitando la egocentría de Gilbert, es cierto, Antonie. Nunca dejaríamos de ser tus amigos-le rodeó los hombros con un brazo.-Vamos, no llores.

-¡Eso! ¡Nada de llorar, kesesesesese!-le revolvió el pelo, antes de entrar en el piso chillando.-¡Que empiece la fiesta!

"S-Sí" murmuró el español, emocionado.

Sin embargo, tenía la sensación de estar olvidando algo.


En el autobús, Vincent miraba por la ventana, con su permanente ceño fruncido. El sol daba en el otro lado del bus, dejando al holandés en una estratégica penumbra, que no podía combinar más con su estado de ánimo.

Antonio no había aparecido por el autobús, justo aquella tarde. Vincent pensó al principio que era porque se había retrasado, que no había logrado llegar a tiempo a la parada. Pero no, lo había cogido a la hora. A pesar de ese estúpido impulso y de haber visto la fecha al salir de la oficina.

Pero no podía culpar al español de la frustración y leve vergüenza que sentía.

Antonio no era consciente de que, en las manos de Vincent, descansaba un tulipán con un brillante lazo rojo.