Disclaimer: Hetalia no me pertenece, únicamente la historia.

En este capítulo aparece un personaje que va a trastocar un poco la historia. ~ Concretamente, el rey del Norte. También aparece cierta lady, pero no tendrá tanta importancia.~


Aquel día llovía en Ámsterdam, y Brian se cubría con la chaqueta como podía. En su bolsillo, el móvil vibraba, posiblemente su madre llamándole. Pero no merecía la pena contestar, apenas a una calle de casa, y gastar algo de su saldo. Alrededor suyo, los pocos viandantes que quedaban en las calles corrían para salvarse de la lluvia, y unos escasos afortunados habían tenido la suerte de llevarse paraguas.

Llegó al fin a casa, sintiéndose calado hasta la médula de los huesos por la fría lluvia. Sacó las llaves, y el calor del hogar le golpeó de pronto, causándole un suspiro aliviado.

-Ah, Brian, cariño-le recibió su madre, con una sonrisa algo cansada.- ¿Has traído lo que te dije?

-Claro, mamá-le extendió la bolsa, donde estaban las medicinas para el resfriado y los cambios.-Con la lluvia que he pillado puede que hasta yo las necesite en un par de días-sonrió de medio lado, mientras su madre suspiraba y le daba un beso en la mejilla.

-Gracias, Brian. Eres un cielo de niño.

La ya algo mayor mujer se fue de nuevo a su habitación, dejando al joven en el recibidor. El señor van Dijk seguramente seguiría trabajando, así que estaba prácticamente solo en casa. Una sensación de gusto le llenó al pensar eso, esbozando una automática media sonrisa.

-…Me viene perfecto-susurró, alzando una ceja y subiendo al segundo piso. Allí había tres habitaciones, una de ellas compartida por dos hermanos, siendo la otra de los padres. Pero la tercera, era aquella que solo él se atrevía a abrir. Ni siquiera a Emma le gustaba rememorar lo que evocaba esa habitación, y solo entraba su madre para limpiar y ordenar todo.

Bueno, y él, cuando no había nadie que le mirase.

La habitación de Vincent era el sitio más interesante de toda la casa, desde que su hermano fuera expulsado por su padre. ¿O tal vez había huido él mismo? No lo sabía, y no se lo querían decir. Simplemente, un día, su hermano se había ido, sin volver en ningún momento excepto algunas Navidades, única ocasión del año en que se veían.

La cama estaba hecha, con unas viejas sábanas negras, y había un ambiente como de abandonado en el lugar. Abrió el armario, repleto de cajas, y empezó a sacarlas. Hacía ya unos meses que había empezado a investigar aquellas cajas, las cuales eran un acceso a la vida de Vincent que él no había llegado a ver.

Abrió una caja, sacando un álbum de fotos de esta. Sonrió un poco, viendo que por fin había adelantado un poco. Las anteriores cajas que había tenido oportunidad de ver eran de la infancia de su hermano, y aunque no le incomodaba verle de bebé en una bañera, prefería cosas más recientes. Por eso, sintió una leve alegría al ver que en aquellas fotos, al menos al principio, Vincent debía de tener unos catorce años.

Por aquel entonces era cuando había comenzado a peinarse de aquella manera, con el flequillo hacia arriba, al parecer por influencia de un amigo con el que salía en casi todas las fotos. Parecían casi gemelos, excepto porque el otro sonreía de forma muy amplia y su peinado era levemente distinto, además de tener ojos azules en lugar de verdes. La sonrisa de Vincent era algo tímida, y a Brian le gustó. Pocas veces se podía ver las sonrisas furtivas del mayor.

En sus visitas en Navidad y Año Nuevo nunca había visto una. Recordó también que tras la marcha de Vincent, todas sus fotos habían ido a parar a las cajas.

Parecía como si su padre hubiera querido borrar su existencia en la familia, como si su hermano mayor fuera una vergüenza para él. Tal vez incluso lo fuera, por no querer seguir sus pasos, o por aquel asunto del que casi nadie le hablaba. Conociendo a su padre, eso era lo más probable.

Suspiró, algo frustrado. Sabía que había sido un asunto grave. Había visto intercambios de insultos entre su padre y Vincent. Pero era "demasiado pequeño" para saber el porqué de todas aquellas discusiones, que nunca dejaban entrever del todo el origen de aquella hostilidad, y lo que vino después. Odiaba que su propia familia le ocultara cosas de aquella manera.

Decidió seguir con el álbum. Pasando páginas, se encontró a un Vincent bastante alegre y unido al otro chico, muy distinto al Vincent que era ahora. Entornó los ojos, recordando algo que había oído de su hermana.

-… ¿Será que este chico es Mathias?-susurró, apretando un poco los labios. No parecía que Vincent tuviera muchos más amigos íntimos aparte de ese. Pero tampoco había anotaciones bajo las fotos, ni detrás de ellas, así que no podía saberlo.

Tras unos minutos, de golpe se habían acabado las fotos con Mathias, o quien quiera que fuese el chico rubio. Brian frunció el ceño, viendo que ahora todo eran imágenes de su hermano con Emma, o con él mismo. Y el porte de este era más sombrío. Recordaba esa época, en la que Vincent tenía unos diecisiete años, más o menos. La época de las peleas con su padre.

Asumió que no iba a encontrar más álbumes de esa época.

Suspiró, cerrando el libro tras terminar de analizar todas las imágenes. Cuando se disponía a seguir rebuscando en la caja, el timbre comenzó a sonar de forma insistente.

"…Maldición" musitó, mientras arreglaba las cajas dentro del armario. ¿Acaso su padre ya había llegado antes de tiempo del laboratorio y se habría dejado las llaves? Brian sentía como los nervios llenaban su cuerpo, y se apresuró a dejar todo como estaba siempre.

Bajó corriendo las escaleras, avisando a su madre de que abriría él, y casi tropezando con el último escalón.

-¡Ya va, ya va!-exclamó, viendo que su padre insistía bastante. ¿Tan impaciente estaba? Si ya no llovía.

Abrió la puerta, y abrió la boca para saludar a su padre. Sin embargo, el que se encontraba tras la puerta no era un señor de cincuenta años, rubio y entrado en carnes, sino algo bastante distinto.

Era un hombre alto, joven, de ojos azules en un tono claro, una sonrisa de oreja a oreja y cabello rubio, peinado con el flequillo hacia arriba de una manera extraña. Vestía una gabardina y botas negras y una camisa roja, dando un aspecto algo curioso.

Sin embargo, no fue aquello lo que dejó en shock a Brian. Había visto aquel mismo rostro, unos diez años más joven, hacía apenas dos minutos.

-¡Buenos días!-chilló animadamente el recién llegado, al parecer ni se había percatado de la cara que había puesto el otro, ni de lo extraña que era la situación.-He venido de visita.

-E…Esto…-Brian parpadeó, confuso, e intentando procesar lo que ocurría.- ¿Usted es…?

-¿Eh? ¿No te han hablado de mí, chico? ¿O es que esta no es la casa que buscaba yo? Verás, es que yo buscaba la casa de los van Dijk, se supone que por aquí vivía un amigo mío…

El hombre hablaba de forma atropellada y demasiado rápida, además de con un leve acento danés, y Brian tuvo que detenerle.

-¡Por favor, pare y primero dígame quién es!

-¡Ah, es obvio! ¡Soy Mathias Kohler, un antiguo amigo de tu hermanito mayor! ¿De verdad no te han hablado de…?-se detuvo, y esta vez no fue por la interrupción de Brian. Una persona había aparecido en el recibidor, con gesto serio.

-… ¿Mamá?-susurró el menor, mirando a su madre y aún asimilando lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, esta solo miraba a Mathias, y él a ella. Su sonrisa se había vuelto más suave y serena, y cuando habló todo rastro de la anterior verborrea parecía haberse esfumado.

-Cuánto tiempo, señora van Dijk.

-Si lo que buscas es a Vincent-hizo una breve pausa, suspirando.-…Ya no está aquí.


Finalmente, habían ideado un plan, aunque a Antonio no le acabara de gustar. Ya que Vincent también trabajaba los sábados, Francis se subiría al bus haciendo como que iba a otro lado, y le vigilaría con disimulo. Bajaría en su misma parada y le seguiría hasta donde quiera que trabajara. Así, el holandés no sospecharía que venía de parte de Antonio para ganar la apuesta. Según Gilbert y él, un plan perfecto, aunque el primero se hubiera quejado de no influir en el plan.

Antonio no veía ningún problema en aquello, aunque al mismo tiempo sentía que no iba a salir bien de alguna manera. Salió del bar junto a los dos, aunque Francis se ofreció a acompañarle hasta casa.

Cuando estuvieron solos en el autobús, el español entendió por qué. Francis tenía el gesto serio, y la pregunta fue directa.

-¿Sientes algo fuera de lo común por ese hombre, Antonio?

-…Creo que no-suspiró al dar una respuesta tan ambigua. De alguna manera, se esperaba que lo preguntara.- ¿Por qué piensas eso?

-Porque hace mucho tiempo que no te veo tan bien después de lo que ocurrió con Lovino.

El español tragó saliva con fuerza. Hacía tiempo que no hablaba con un amigo de una manera tan franca y directa del asunto acontecido meses atrás.

Cuando había perdido a Lovino.

-¿Quieres hacerme sentir culpable, Francis?

-No quiero eso. Quiero que mejores, de hecho estoy feliz de que vayas superando lo que pasó…

-¡No lo estoy superando!-gritó, llamando la atención de los demás ocupantes del autobús, y llevándose las manos a la cabeza.- ¡¿Es que no lo entiendes, Francis?! ¡No puedo simplemente ignorar eso, es como…insultar a Lovino!

-Cálmate, Antonio-le dijo con absoluta seriedad, logrando que el otro inspirara hondo, bajando la cabeza al suelo.- ¿De verdad piensas que intentando ser feliz insultas a una persona que te quería?

No le respondió, aún mirando al suelo. ¿Lo hacía? ¿Intentando acercarse a Vincent estaría traicionando a Lovino, a lo que habían sentido el uno por el otro?

-…Antonio. Te mereces ser feliz de nuevo. Lo que pasó, pasó. No puedes estar encerrado en un error para siempre, por Dios. Arruinarás tu vida si sigues así-susurró, mirándole casi con desesperación. Le importaba un comino si estaban rodeados de gente que les miraba con lástima o cualquier otro sentimiento que le daba repulsa.

-Me lo merezco…Me merezco arruinarme la vida, Francis.

-No, no lo mereces. Si no lo merecieras, ni Gil ni yo estaríamos contigo, ¿sabes? Ninguno de los dos siente especial interés por miserables.

Antonio se quedó en un hondo silencio, mirando al suelo con expresión pensativa. Francis aún le seguía mirando fijamente, mientras los demás pasajeros apartaban sus miradas de él. El gabacho aún se preguntó varias veces en qué podía estar pensando el otro, aunque no se atrevió a preguntar. Al llegar a la parada, ambos se levantaron, y nada más salir Antonio soltó un hondo suspiro.

-Siento haberme puesto así, Francis. De verdad que lo siento.

-No pasa nada, Antonio-puso una mano en su pelo, revolviéndolo suavemente con una sonrisa levemente paternal.-Solo haz caso a lo que te he dicho, ¿vale? Eres mi amigo y eres la mejor persona que conozco. Mereces ser todo lo feliz que se puede, y…Eso incluye enamorarte de nuevo, aunque sea de un armario empotrado con cara de mala leche.

-Eh, yo no he dicho nunca que esté enamorado de Vin…

-Bueno, te gusta.

-Eso tampoco…-bajó la cabeza, con algo de vergüenza.

-Mentirosillo, yo sé qué sí. Pero si te hace algo, tu hermanito Francis te protegerá, no te preocupes-dijo en un tono cantarín y humorístico, intentando subir el ánimo del otro. Le abrazó contra sí en un apacible abrazo.-Mi Toñito se hace mayor…

-No soy un niño pequeño, Francis-suspiró, esbozando una leve sonrisa, mientras correspondía al abrazo del otro.-Y estaré bien, no necesitó un escuadrón detrás de mis pasos.

-Pero yo soy mucho peor que un escuadrón, mon petit-se separó, comenzando a andar en dirección a la casa del español. La oscuridad ya se había cernido sobre ellos hacía rato, y el cielo estaba plagado de pequeñas estrellas.

Caminaron en silencio, disfrutando de aquel momento de calma. Mientras Francis tenía la mente relajada, la de Antonio bullía en actividad. ¿Realmente le…podía gustar una persona tras lo que había pasado? ¿Sería capaz de dejar su culpa atrás y querer a alguien como había querido a Lovino? En ese momento lo veía casi imposible, como una traición. Y sin embargo…

Una parte de él, pequeña y aún positiva, le murmuraba que no podía estar siempre de luto por una relación que se había torcido de manera tan grotesca.

Llegaron al portal, y Francis le dio unas palmaditas en las espalda, haciéndole sonreír un poco.

-El próximo sábado llevaremos a cabo tu plan, ¿vale?

El español asintió, ampliando un poco su sonrisa.


Como había dicho el francés, en la mañana del sábado Gilbert y él esperaban pacientemente en la parada, mientras el español les repetía varias veces cosas como que no debían meterse con Vincent, ni llamar la atención, ni mucho menos mencionarle de ninguna manera, entre otras cosas. Gilbert refunfuñaba, alegando que era demasiado asombroso como para meter la pata en algo tan simple.

-Bueno, el bus debe estar al llegar. Recordad que tenéis que ser muy, muy discretos, ¿vale? No se puede enterar de que le estáis siguiendo.

-¡¿Pero por quién me tomas?! ¡El asombroso yo es muy discreto, Toño!-exclamó, con aquella voz alta y rasposa característica de él, y en absoluto discreta. El español simplemente suspiró.

-Tranquilo, Antonio. Todo saldrá bien-el francés sonrió, seguro de sí mismo. Si con eso lograba animar a su amigo, se aseguraría de que saldría bien.

Un minuto más tarde subieron al autobús, siendo despedidos como si fueran a la guerra por el español, quien se sentía secretamente mal por darles todo el trabajo sucio a ellos. Pero veía bastante posible que el holandés se fuera por otro camino y les diera esquinazo si le veía intentando seguirle. No parecía el tipo de persona a la que le gustaba perder.

Francis y Gilbert se sentaron lejos del holandés, en una perspectiva desde la que podían mirarle de forma-relativamente-disimulada, y al parecer Vincent ni siquiera se había fijado en su presencia. Iba peinado como le habían visto otras veces, con el flequillo hacia arriba, con una cicatriz que surcaba su frente, y una gruesa bufanda azul y blanca. Francis se acarició la barbilla, pensando que si su estilo fuera otro y dejara de fruncir tanto el ceño, podría ser un hombre muy atractivo.

De repente, se dio cuenta de que el holandés había soltado un hondo suspiro melancólico, y que tenía el móvil en la mano. Este emitía una pequeña lucecita, aunque Francis no podía ver mucho más. Decidió dejar de mirarle y escuchar lo que su amigo germano exclamaba, incapaz de mantenerse quieto o callado, y esperar a ver en el panel el nombre de la parada donde debían bajarse, sin darle más vueltas a lo que había visto. Ya se lo contaría a Antonio si se acordaba.

Bajaron del vehículo tres o cuatro paradas más adelante. Mientras que Vincent era el primero, ellos salieron los últimos, suponiendo que alguien como el otro no era difícil de ver entre la multitud. El perseguido caminaba con naturalidad, sin parecer tenso, lo que aliviaba a ambos perseguidores, que pasaban por calle y calle hablando como dos amigos cualesquiera que dan un paseo. Francis pensaba rápidamente si había alguna editorial por allí, aunque tampoco es que fuera ducho en el tema, cuando una conocida sombra pasó junto a él.

Le bastó verla un instante por el rabillo del ojo. Miraba hacia el suelo, pareciendo ir con prisa. Le agarró de la muñeca con fuerza, por un mero impulso. Si no era quién él creía, ya se disculparía.

Pero era ella. Cabello rubio, recogido en dos coletas altas, y unos profundos ojos verdes como prados. Aquellos vestidos con volantes y lazos que siempre le había gustado usar, y que tan bien le quedaban…

Gilbert había avanzado hasta la esquina de la calle cuando notó la ausencia de su amigo, y se dio la vuelta, buscándole.

-¿Fran…?-se cortó a sí mismo al verle, y sobretodo, al reconocer a la chica a la que agarraba de la muñeca, con aspecto de haber visto a un fantasma.

-¿Alice?

La aludida arrugó la nariz y apartó bruscamente el brazo, soltándose de su agarre.

-…Vaya, frog-murmuró, en un tono de todo menos cariñoso.-Esperaba no tener que volver a verte.


Yyyy fin.

SÍ, no ha habido NedSpa, al menos no directo, pero decidí que primero quería meter lo de Mathias y Alice antes. Tras esto, prefiero no adelantar nada excepto que el pasado de Vincent va a ir desgajándose poco a poco a partir de aquí. Para lo de Antonio y Lovino aún queda. XD

Dag.~