Disclaimer: Nada me pertenece salvo la historia y eso.

Advertencia: Feels de muchos tipos. Asdf. Angst. Dramita bueno bueno. Maltrato doméstico. Tsunderes. Y creo que ya.


Hacía varios minutos ya que estaba allí, encogido en su cama, con los libros sobre la mesa de estudio. No los había tocado, y tampoco tenía ganas. El pensamiento que le había llegado nada más bajar del bus seguía allí. Estaba sintiendo celos, y en una medida en que jamás los había experimentado. Por supuesto que sabía que sentía algo por Vincent, aunque le costara admitírselo. Pero de ahí a celarse como si fueran...

Sacudió la cabeza. No, no, no. Estaba pensando en tonterías. Al haber apartado por vez primera la mirada de sus rodillas, vio la luz parpadeante en su móvil que indicaba un nuevo mensaje. ¿Quién podría haberle mandado lo que fuera en ese momento?

Arqueó una ceja al ver que era de Francis. Se lo había mandado a Gilbert y a él, y, movido por una leve intriga, lo abrió. Algo le decía que no era un simple mensaje de "¿Quedamos?"

Parpadeó un poco al ver el texto. Una frase simple, pero que implicaba más de lo que parecía.

"Voy a hablar con Alice."

Tragó saliva con fuerza. Gilbert ya había respondido hacía unos minutos, con un "¿Es que estás loco o qué? ¡Te va a linchar!". Pero Antonio no sabía qué decir. Había estado tan centrado en sus propios sentimientos que aquello había sido como una colleja.

Pensó durante un rato, hasta responder, no sin cierto temblor en las manos.

"Si crees que merece la pena, hazlo, Fran."

Suspiró, lanzando el aparato a la cama, seguido de su propio cuerpo. Seguidamente se pasó una mano por la cara. Era muy irónico, la verdad, que no pudiera seguir sus propios consejos.

Él mismo dejaba ir constantemente cosas que realmente merecían la pena. Estaba a punto de dejar ir a Vincent...Como si fuera algo realmente suyo.

Se encogió en la cama, en posición fetal, como intentando protegerse de los sombríos pensamientos que venían raudos a su mente. No quería pensar. Lo único que realmente quería era, por unos días, dejar de existir.


Francis esperaba, puntualmente, en el lugar donde Alice le había indicado. Una calle algo solitaria de Madrid que ambos conocían bastante bien. Nervioso, trataba de convercerse de que convencer a la inglesa de verse no había sido un error garrafal, a pesar de saber que una parte de él había deseado la llegada de aquel momento tras su precipitada ruptura.

Oyó unos pasos, seguidos de un bufido y un rostro enojado que conocía muy bien.

-Alice-murmuró, intentando sonreír un poco, hacerlo con tranquilidad. Aquella era la única mujer que había logrado hacerle sentir absolutamente inseguro. La única que podía tumbarle con unas pocas palabras.

-¿Y bien?-dijo, frunciendo el ceño.-Solo he aceptado porque me has insistido mucho, Francis. Pero no me hagas perder el tiempo.

La conocía lo suficiente, al menos para saber que toda aquella jerigonza que le estaba soltando era una fachada. Fachadas para hacerse la fuerte. Y que en verdad, ella era la que más nerviosa y herida estaba.

-No te haré perder el tiempo. Solo quiero hablar. Para solucionarlo...

-Francis-interrumpió, con voz grave. Una de sus manos se aferraba con fuerza al bolso que llevaba al hombro, intentando ocultar aquel nerviosismo, en vano.-Basta.

-No, no basta. Quiero hablar contigo de ello.

-Pero yo no. ¿No entiendes cuando te hablan, maldita rana?

-Dame al menos la oportunidad de hablarlo. Aunque sea un poco. Luego puedes hacer lo que te de la maldita gana, pero escúchame.

Le vio tragar saliva y morderse el labio. Se mantuvo en tensión, esperando que acabara cediendo.

-...Te escucharé durante una hora. Y después me iré a casa. Tengo cosas que hacer, pero escuchar tus idioteces no será gran esfuerzo.

Francis logró sonreír un poco, aliviado de que hubiera cedido. Ambos se encaminaron a una cafetería cercana, establecimiento frente al que Alice arrugó la nariz. Se sentaron allí, y el francés pidió un café con desgana.

¿Cómo empezar? ¿Cómo decir lo que había estado acumulando durante meses? ¿Y cómo decirlo precisamente ante una persona tan compleja como era Alice? Nunca se acostumbraría a la sensación de no tener la más remota idea de qué decir.

-...Sé que te hizo daño aquello que hice. Engañarte...Con otra persona fue un gran error, ¿vale? Lo...Lo admito. Y sé que fue culpa mía.

Alice miraba a la mesa, pero se notaba que le estaba escuchando, aunque prefería no decir nada. Y aquello tal vez no significara algo bueno.

-Sé que...Es terriblemente tarde para que me arrepienta de lo que hice. Pero lo hago, y si ahora miro para atrás...Debo darte la razón. Era bastante estúpido.

-Y lo sigues siendo, si crees que te voy a perdonar por que ahora me vengas con esas. Te crees que soy yo la tonta, o...

-No quiero que me perdones, Alice-interrumpió, con un suspiro cansado.-...Solo...Que lo sepas. Te conozco lo suficiente como para saber que no vas a perdonarme eso. Al menos no tan fácilmente.

Otra vez, se mordió el labio. Quedaron unos minutos en silencio, hasta que la inglesa susurró.

-...¿Y si solo querías esto, porque has esperado tanto?

-Porque he tenido miedo, Alice. ¿Qué más podría haber sido?-se pasó una mano por el pelo, iba a costarle seguir.-...Aún te quiero, y...Supongo que me basta con que hayas podido escucharme.

El flequillo rubio tapaba el rostro de su acompañante, por lo que no podía ver con claridad cuál era su expresión. ¿Ira? ¿Tristeza? Se planteó por milésima vez si aquel encuentro, y aquella estúpida confesión había sido buena idea. Lo único que sabía era que, en ese momento, como tantos otros, sentía un ansia enorme por estrechar a aquella británica malhumorada entre sus brazos.

Pero ya no podría hacer aquello. Era algo que tenía asumido.

-Vete-le oyó decir, sintiendo que sus escasas esperanzas se desvanecían como polvo. Y dolía incluso más de lo que había esperado.

Se levantó cuidadosamente, dejando unas monedas sobre la mesa para pagar el café, el cual ni siquiera había tocado. Aquella pequeña conversación apenas había durado una escasa media hora, y nada más el francés dio la espalda, los hombros de Alice convulsionaron, en un silencioso llanto.


Vincent suspiró, exhalando el humo del cigarro entre sus labios. Había pasado casi una semana, una maldita semana, desde que no volviera a ver al español. Este no daba muestras de existir por ningún lado, por mucho que le pesara, aquello preocupaba a Vincent. Además, no debería estar añorando a un adolescente que apenas conocía, no. Lo normal sería añorar a Mathias, el cual se había marchado de vuelta a Dinamarca el mismo día anterior.

Que esa era otra. Mientras ambos se habían dirigido al aeropuerto, Mathias había estado tenso. Vincent lo había notado. No lo había achacado a miedo a volar, porque sabías que eso no le causaba ningún temor al danés. ¿Estaría peleado con Lukas? Seguramente estaría nervioso por volver a casa después de aquella escapada a la otra punta de Europa...

Al llegar al aeropuerto, y estando a punto de embarcar, Mathias se había detenido un instante, dudando entre dar el paso que le devolviera a Dinamarca o no. Vincent frunció el ceño al verlo, ¿por qué no avanzaba?

La cara de Mathias se giró un poco hacia él entonces, con una sonrisa leve, que parecía incluso culpable. Vincent entornó los ojos, y ninguno de los dos dijo nada.

-...Hasta pronto-murmuró, antes de entrar en aquel pasadizo.

-Hasta pronto-le había respondido, en un murmullo que seguramente el danés no oiría.

Suspiró, volviendo en sí desde sus recuerdos. Había notado algo muy raro en el danés antes de marcharse. Y quería saber qué era, pero...

El móvil vibró en su bolsillo, haciéndole saber que su tiempo para fumar había terminado. Gruñendo, subió de nuevo a su trabajo. Últimamente todo le parecía tan tedioso...Recordaba que, recién llegado a España, todo había sido muy fácil. Su vida se basaba en su piso, unas breves vistas de la fauna madrileña desde el bus, la oficina, volver a casa, limpiar...Poco más que eso. Y hasta hacía poco, aquella rutina había sido suficiente.

¿Por qué ya no lo era? ¿Por qué, de repente, necesitaba algo más?

Intentó, en vano, desterrar aquellos pensamientos de su mente. Y de paso, con ellos, la imagen de cierto español con ojos verdes como esmeraldas.


Se sentía despreciable. Llevaba una semana evitando a Vincent, yendo en otro autobús distinto para no tener que enfrentarle, no tener que mirarle a los ojos. Tanto Francis como él mismo estaban últimamente por los suelos, por mucho que Gilbert intentara animarles.

¿Por qué todo de repente parecía comenzar a desmoronarse, en un momento en que las cosas prometían ir a mejor? ¿Incluso tras haberlo intentado, volvería a caer en el abismo?

Seguía siendo un maldito cobarde, después de todo. Apretó los dientes, sintiéndose, por primera vez en meses, realmente enfadado consigo mismo. ¿Pero qué demonios estaba haciendo? ¿En serio se estaba comportando como una preadolescente despechada?

Se sentó en la cama, con el ceño suavemente fruncido, y se dio un golpe en la frente que debió de resonar por toda la casa, ya que su madre se asomó a su habitación, preocupada.

-¿Antonio? ¿Estás bien?

-¡No!-exclamó, levantándose de la cama, con los puños apretados.-Estoy...Estoy siendo un idiota. ¡Maldita sea!

La mujer entornó los ojos, acercándose a él.

-Cariño, no estás siendo un idiota, nunca lo has...

-¡No me estoy refiriendo a eso! ¡No me refiero a lo que ocurrió!

Su madre parecía genuinamente sorprendida, incluso retrocedió un poco. Por un momento, Antonio parecía distinto a como había estado todos aquellos largos meses.

-...Antonio...¿Podrías explicarme...qué pasa?

-...Antes, debo hacer una cosa mañana. Luego te lo explicaré todo.


A la mañana siguiente, sábado, se mentalizó de ello cada minuto antes de subir al bus. Su estómago estaba revuelto de nervios, y una parte de él le decía que lo mejor era seguir como estaba. No, el subidón de ánimo del día anterior no había durado mucho.

Estuvo a punto de no subir al vehículo, pero alguna extraña determinación le empujó a ello. No estarían ni Gilbert ni Francis presentes, y seguramente el autobús iría mucho más vacío.

No tendría otra oportunidad como esa, se dijo, antes de ver al holandés. Sentado en su sitio de siempre, con su peinado de siempre, solitario. Tal vez esperándole. Aquel pensamiento, aunque sonara absurdo, le dio algo más de fuerza.

Su pecho dio un salto cuando la mirada de Vincent se posó en él, y su expresión de transformó en una sorpresa. Algo inseguro, se sentó en su sitio de siempre, con la cabeza bajada.

-...¿Se puede saber dónde te habías metido?-fue el recibimiento que Vincent le dio.

-He...tenido una semana un poco difícil, supongo...

-Eso no es excusa, joder. Me pensé que habrías enfermado, o algo así.

Una pequeña sensación de alegría se instaló en su pecho, ayudándole a esbozar una leve sonrisa.

-...Gracias...Por haberte preocupado. Pero estoy bien-le oyó gruñir, y suspiró. Tenía que preguntarlo, aunque le costara e incluso doliera.-Ah...¿Y...tu amigo?

-¿Mathias?-ladeó suavemente la cabeza.-Se fue anteayer a Dinamarca, con su marido. ¿Por qué?

Antonio abrió mucho los ojos, sin disimular su grata sorpresa al escuchar aquella palabra.

-¿E-Está casado...?

-Yo mismo me enteré hace unos días-se encogió de hombros.

-A-Ah...Ya...Ya veo-tragó saliva con fuerza, sintiéndose un poco más animado. Miró un poco por la ventana, sin saber qué decir, mientras su mente bullía en posibles conversaciones. Como un milagro, a su mente llegó un pensamiento.-Eh...Vincent.

-¿Sí?

-¿Recuerdas...la apuesta que hicimos?

-¿Qué apuesta?-arqueó una ceja, dándose cuenta de pronto.-Ah, ya recuerdo. ¿Qué pasa con esa apuesta?

-...Que...La he ganado-logró decir, sintiendo un leve orgullo deslizarse entre sus labios.


Aquella tarde, el hogar de Vincent estaba tal y cómo lo recordaba haber visto, la primera vez que había ido hasta allí. No iba a negar que estaba nervioso, pero aquello tampoco le impedía curiosear con ganas todo lo que allí había. Cada punto de la casa parecía decir algo de Vincent, algo que el propio holandés le había permitido ver, aunque fuera a regañadientes

Salió a una terraza bastante amplia, con una sonrisa tranquila en los labios. Las vistas no estaban para nada mal, y soplaba un viento algo fresco.

-Entra, vas a resfriarte-oyó gruñir Vincent desde el interior.-No quiero que me llame tu madre para quejarse, o algo así.

-Vale, vale...-suspirando, volvió al salón, sentándose con mucho cuidado en el sofá, como el dueño de la casa le había indicado. Parecía nervioso, y no solo de tenerle allí correteando.-...¿Ocurre algo, Vin?

-No me llames Vin-bufó, sentándose en la otra punta del sofá. Tras varios minutos en silencio, sin que ninguno estuviera mirando al otro, preguntó.-¿Pensabas que Mathias era mi pareja?

Antonio se mordió el labio, encogiéndose en el sitio. Había dado en el clavo.

-...Puede que...Lo pensara. Tampoco era algoque...nadie más pudiera pensar.

Otra vez, silencio. Antonio estaba cada vez más nervioso, y no se atrevía a continuar la conversación. De nuevo, de eso se encargó Vincent.

-...Yo nunca podría ser su pareja, Antonio. Y no porque seamos demasiado amigos para ello, o porque yo sea heterosexual-bufó, como si decir aquella palabra le disgustara.

-¿Entonces por qué...?

-Es por una razón más complicada. Y mucho más larga de explicar.

-Bueno...-soltó un hondo suspiro, dirigiendo su mirada verdosa hacia él.-Tiempo es lo único que me sobra, supongo.

Tras pensarlo un momento, Vincent asintió, tomando aire para comenzar a relatar.


Mis padres nunca habían sido mis modelos a seguir, sinceramente. Nunca me gustó su forma cerrada de pensar, sus costumbres y su manera de asumir las cosas. Y de hecho, sigo detestando su actitud, y ellos la mía, aunque pasaran tantos años ya.

Desde pequeño, Mathias había sido mi mejor y único amigo verdadero, tal vez junto a Emma y más tarde una de las personas a las que más quise. Estábamos juntos casi todo el tiempo, y cada uno compartía sus inquietudes con el otro. Supongo que es lo más normal que dos amigos compartan sus experiencias, ¿no?

Los problemas realmente serios con mi padre llegaron cuando tuve que decidir acerca de mi futuro académico. Yo, para ser sincero, siempre había deseado ir a una carrera artística. Me sentía con talento y ganas suficientes para ello. Pero, según mi padre, aquello era para los inútiles, para aquellos que no sabían hacer otra cosa que garabatos. Me dijo reiteradamente que sería un fracasado si lo intentaba, y prácticamente me obligó a hacer algo que, si bien no se me daba mal, yo no quería hacer.

Tuvimos varias riñas por ello, pero o mi madre o Emma siempre lograban apaciguarnos de alguna manera. Aún después de lo que me había hecho mi padre, que yo consideraba una traición, me esforcé por demostrarle que yo no era inútil, como él se había atrevido a llamarme. Aunque al final apenas me lo reconociera.

Aquello me llenó de frustración, y eso tanto Emma como Mathias lo sabían bien. Empecé a ahorrar, para poder pagarme la carrera que yo quisiera, en el seguro caso de que mi padre no me dejara hacer la que yo deseara. Era una ilusión casi vana, pero me gustaba pensar en que podría lograrlo.

El verano tras aquel curso, descubrí algo más aparte de cuánto podía esforzarme si me proponía algo. O más bien, Mathias me hizo verlo.

Me hizo ver, al principio de forma inconsciente, que yo estaba enamorado de él.

Esa fue mi primera relación amorosa como tal, aunque no la suya. Mathias ya sabía qué le iba y qué no en ese sentido. Pero yo hasta ese momento ni siquiera me había planteado aquella posibilidad. Lo más gracioso es que mis padres tampoco.

Pasaron unos meses, en los que yo fui bastante feliz, para ser sincero. Todo iba bastante bien, ¿qué podría haber ido mal? Tenía una persona que me quería, una hermana encantadora, un hermanito y unos estudios que, aunque no eran los que yo deseaba, iban mendianamente bien.

Todo se fue a la mierda el día en que cumplí dieciocho años. Ese día pensaba que mi padre, estando contento como estaba, no se enfadaría, que mi madre no se escandalizaría demasiado. Así que se lo dije. Que llevaba meses siendo la pareja de otro hombre.

Mi padre ni siquiera me dejó seguir hablando, antes de cruzarme la cara y tirarme al suelo. Mi madre, asustada, solo retrocedió. Me levanté, escuchando cómo aquel hombre me insultaba a voces. No dudé ni un segundo en devolverle los insultos que tanto tiempo había contenido, aunque mi boca comenzara a saber a sangre.

Me agarró del cuello, volviendo a golpearme y hacerme caer. Era más fuerte que yo, un adolescente cuya única arma era la frustración acumulada durante meses, me atrevería a decir que años.

Finalmente, al tirarme de nuevo, logré trastabillar un poco. Aún así, volví a tropezar, golpeando mi frente contra el canto de la mesa. De ese golpe aún me queda marca hasta hoy.

Aquella pelea había sido solo el comienzo. Mi padre y yo ya no pudimos volver a mirarnos a la cara sin insultarnos. Para él, yo era una vergüenza. Para mí, él era un malnacido. Huelga decir que, por su culpa, tuve que cortar toda comunicación con Mathias. Él terminó volviendo a Dinamarca, mientras yo me pudrí en aquella maldita casa hasta que pude salir de allí por mi propio pie, que fue pasados varios años.


A Antonio le costó notar que la historia había acabado. Había estado tan sumergido en las palabras de Vincent, que ni siquiera recordaba haberse acercado a él para escucharle mejor. Sintió un escalofrío recorrerle, mirando cómo el holandés cogía un cigarro de la cajetilla.

-...Lo siento-fue lo primero que pudo murmurar, aún sin haberlo digerido todo. Ahora veía a Vincent, y parecía otra persona. La barrera contra la que se sentía chocar parecía estar desmoronándose a pasos agigantados.-Yo...

-A estas alturas ya da lo mismo. Yo tengo mi vida, y mis padres la suya-se levantó del sofá, dispuesto a irse a fumar a la terraza. Antonio dudó un momento entre si seguirle o no, decidiéndose por la primera opción.

-Aún así...Es algo triste-apoyó los codos en la barandilla, mirando la ciudad. Vincent hizo lo mismo, encendiendo un cigarro.-...¿No te has...sentido solo en todo este tiempo...?

-Lo he hecho-se encogió de hombros. No tenía sentido escongerlo, tras haberle revelado todo aquello.-Y aún me siento así, en algunas ocasiones.

-...Yo también-murmuró, con un suspiro cansado. Pensó que Vincent se enfadaría, por haber comparado tan frívolamente sus situaciones, pero este parecía haberle entendido. Su cuerpo se juntó un poco más al suyo.

Vincent dirigó la mirada hacia él, a la vez que lo hacía el español. Cada uno se permitió por primera vez, perderse en el verde de los ojos del otro. El mayor no llegó a encender el cigarro.

Antonio intentaba pensar, bloqueado por la mirada del otro. Pero solo quería una cosa, muy simple de hacer, pero que implicaba cantidad de cosas. Ya no había una coraza de ningún tipo que los separara.

Inspiró hondo, estirando un poco el cuello. Vincent no se movió, a la espera. Un poco más. Los labios de ambos se rozaron.

Hasta que aquel roce se convirtió en un tímido beso, al que Vincent no supo resistirse.