Hey. Supongo que a la gente que aún tiene el fic en seguimiento le sorprenderá esta notificación. Llevo un año y algo planificando cómo terminar esto. Entre estudios y varios asuntos personales, no he sido capaz, en muchos sentidos, de continuar esto. Lo dejé a, literalmente, dos capítulo de que terminase. Y no me veía con la capacitación suficiente para finalizarlo, ni mucho menos reescribirlo, aunque ya lo tenía todo planeado a grandes rasgos.
Y por eso, debo agradecer a una persona que me ha dado motivación para, desde el mes pasado, intentar construir lo poco que quedaba de este fic. Por ser mi beta en esta y unas cuantas historias más. Gracias, Sugu.
Y si aún hay alguien ahí fuera que se digne a leer esto a pesar del paso del tiempo, gracias a ti también.
El siguiente capítulo será el último.
—¿Qué querías decirme, Lovi?
Le dio la impresión de que el muchacho acababa de despertar de un trance, a pesar de que era él quien le había llamado para reunirse allí. ¿Seguro que todo aquel encuentro estaba bien? Por alguna razón no se sentía tan nervioso como pensaba, pero sí percibía el ambiente algo enrarecido. No era de extrañar que así fuera, después de lo sucedido y aquel tiempo separados… Pero seguía sin agradarle.
—Sí, claro. No te he llamado aquí para nada—tenía su acento italiano aún más remarcado que antes. Antonio sintió un nudo en el estómago, pero su sonrisa permaneció en el sitio, estoica. —Quería simplemente verte. Y preguntarte… Algunas cosas.
Antonio inspiró hondo. El nudo en su estómago parecía a punto de partirle en dos y matarle, pero sabía que ese momento tenía que llegar. Debía asumir lo que había hecho, dejar de huir y refugiarse en gente como Vincent o sus amigos.
—Verte siempre me alegra, Lovi—aseguró, suspirando y adquiriendo un tono levemente más severo, mentalizado para lo que venía. Ese sentimiento de júbilo seguramente no fuera recíproco, aunque se había esperado un recibimiento peor, algo como una pelea a gritos en plena calle. Le había sorprendido la calma que parecía rodear al muchacho, además de la sensación de algo que no conseguía recordar, la cual le empezaba a dar escalofríos.
—Yo no puedo decir lo mismo.
—Lo sé. No te preocupes.
Lovino inspiró hondo, y, de alguna forma, el español supo al instante que las siguientes palabras que salieran de sus labios terminarían de destrozarle.
—¿Qué se siente al darme la espalda, Antonio? —Una pausa, en la que al español solo el dio tiempo de encajar a medias el golpe. —¿Cómo se siente ser feliz? —Otra pausa. —¿Cómo se siente ignorar todo lo que hiciste aquella noche e irte con otra persona? ¿Y ocultarle todo eso a alguien que supuestamente quieres?
—L-Lovi, espera—murmuró, tratando de defenderse de aquella lluvia de preguntas que más bien sentía como puñales. La luz de la cafetería parecía haberse oscurecido. —No es… No es como dices.
—Entonces, ¿cómo es, Antonio?
El español se quedó en silencio. No se oía ni un alma, solo su acelerada respiración, ni siquiera escuchó los pasos de Lovino acercándose.
¿Pasos?
Su mente intentaba recordar algo, pero solo le llegaba un chirrido metálico.
—¿Crees que Vincent estaría orgulloso si supiera lo que me hiciste, Antonio?
—No menciones a Vincent.
El café que había pedido comenzó a desenfocarse.
—¿Te alivia que no sepa nada? ¿Que no tenga constancia de que solo causas problemas?
—Por favor, cállate.
El chirrido se intensificaba.
—¿Qué pasará si Vincent se entera? —Antonio habría preferido no saber que el italiano estaba sonriendo. Aunque no fuera un Lovino real. —¿Con cuánto desprecio será capaz de mirarte?
La cafetería empezaba a desaparecer frente a sus ojos.
—Por favor…
—Estás huyendo otra vez… Todo es tu culpa.
El ruido se hizo insoportable.
—No, no…
—Tu culpa, Antonio.
—¡BASTA!
Despertó en medio de aquel grito, notando primero una gota de sudor recorriéndole la frente, y después cómo su mente volvía a la realidad. Su mano, aún temblorosa, logró alcanzar el interruptor del flexo. Aun así, durante varios minutos le pareció ver algo moviéndose por los rincones que habían quedado en la penumbra.
"Una pesadilla", se dijo, abrazándose a sí mismo y dejándose caer en la almohada como un peso muerto. Quería cerrar los ojos, pero sentía escalofríos solo de pensar en volver a la oscuridad y a aquel chirrido metálico que todavía hacía eco en su cabeza.
Antes de darse cuenta, se había llevado las manos al pelo, tirando con fuerza de este, como si así pudiera devolverles el aire a los pulmones y quitarse aquel peso del pecho.
—Para—susurró, en un sollozo tan endeble que apenas se escuchó a sí mismo. —Basta, por favor, basta…
Su balbuceo se perdió en el silencio de la madrugada, y Antonio, tras tomar la decisión, se sintió como si nunca hubiera existido.
Cuando Vincent se había marchado de casa, años atrás, Brian había pensado que nada podía dolerle más. Ahora que echaba la vista atrás y comprendía ciertas circunstancias, incluso podía entender a su hermano, aunque no compartiese su forma de hacer las cosas. Podría haber entendido que no se presentara en el velatorio, porque se trataba del padre al que tanto detestaba, y de que ya era demasiado tarde.
"Demasiado tarde". Incluso con aquellas palabras, que habrían devastado a cualquiera, su hermano mayor se mantuvo impasible.
Tal vez estaba acostumbrado a que la vida le hiciera eso.
Por un momento pensó que Vincent se derrumbaría, que se arrepentiría de no haber hecho las paces con su padre antes, que se lamentaría por una muerte tan brusca como era un infarto, o algo así. Era lo que solía suceder. Pero el neerlandés no mostraba ni una pizca de arrepentimiento o pena en su rostro.
De la misma manera, su madre no miraba al mayor de los hermanos, como si solo Emma y Brian pudieran verle. Tal vez así era. Tal vez su huida había sido un pacto silencioso para que le dejaran en paz, y dejar de existir para la familia a cambio.
Pero, entonces, ¿por qué había vuelto? ¿Por qué se había quedado para el entierro, cuando se comportaba como si aquello no fuera con él?
Incluso tras ver el féretro desaparecer bajo la tierra, seguía preguntándoselo.
Pero no tuvo mucho más tiempo para pensarlo. Un ligero toque en su hombro le tensó entero, girándose a la vez que lo hacía su hermana. Vincent dudó unos segundos, antes de abrir lentamente los brazos y tensar los labios. Era la primera vez que le veía con los ojos acuosos.
Ninguno dudó al momento de echarse a sus brazos, hundiendo la cara en el hombro ajeno. Antes de darse cuenta, Brian ya estaba llorando, agarrándose a Vincent como si este fuera a desvanecerse.
—Lo siento—la voz grave del mayor sonaba más rota que nunca. —No he sido un buen hermano… Lo siento.
En ese "lo siento" había muchísimas más palabras, todas las que el neerlandés jamás sería capaz de mencionar. Y, sin embargo, Brian conseguía escucharle.
"Lo siento por haberme marchado. Lo siento por haberos dejado. Lo siento por no poder llorar. Lo siento por no poder quedarme. Lo siento por tantísimas cosas."
—…Está bien—musitó al fin, con la misma voz ahogada.
Solo esperaba que su hermano también pudiera escucharle.
El aeropuerto estaba a rebosar, mezclándose gente que se iba de vacaciones y gente que volvía a su vida habitual. Vincent era de los segundos, y aunque hubiera preferido volver de unas vacaciones, y no del entierro de su padre, se sentía bastante en paz. Mirando por la ventanilla del avión, intentó divisar a sus dos hermanos menores, sin éxito.
Bueno, la despedida ya había sido suficientemente emotiva. Y se había reconciliado con quien debía.
"Señores pasajeros, rogamos que en breves se pongan los cinturones y apaguen sus móviles."
En el instante en que la azafata pronunció aquellas palabras, el teléfono de Vincent vibró, con mensajes de "buen viaje", que esperaba el neerlandés.
Horas después, aterrizando en Barajas, se dio cuenta de que se había equivocado.
—¿Asistirás?
Estaban hablando a través de un teléfono, pero tanto Vincent como Matthias se daban cuenta de la seriedad del otro. Especialmente el danés, que fruncía el ceño al escuchar a su amigo. Tras semanas en tensión, lo notaba como una bomba a punto de explotar, y sus largos silencios solo apoyaban aquella sensación.
—Realmente lo dudo.
—No será porque la familia no…
—No, Matthias. No creo que ocurra eso.
Este dudó, antes de seguir.
—… ¿Entonces?
—Porque—su voz, como un fino trozo de hielo, comenzó a resquebrajarse. —no podré soportarlo, Matthias. —Le escuchó romperse, y podía imaginarse a la perfección el rostro del neerlandés, intentando contener todas las lágrimas que había terminado tragando. Él las conocía mejor que nadie. Sabía por cuánto tiempo habían estado guardadas, cuántas veces Vincent había estado al límite. —No lo leíste, Matthias. Ni siquiera tuvo una oportunidad desde que el autobús se lo llevó por delante. No leíste el mensaje. Estaba claro que se iba a matar. Y si yo no me hubiera ido…
Otro silencio, hasta que un gimoteo parecido a un sollozo llegó desde el otro lado de la línea, y desencajó totalmente la consciencia del danés por un segundo.
—No es culpa tuya, Vincent—susurró. Hacía años que no escuchaba aquel sonido. —Nada de esto, ni lo de tu familia ni lo de Antonio, es culpa tuya.
Y, sin embargo, las lágrimas del neerlandés no dejaban de caer.
—Vincent, yo…
El aludido tomó aire, intentando hablar a través de la cortina de lágrimas que había en sus mejillas.
—…Me… Me plantearé lo que me dijiste. Pero… Ahora mismo, no… No puedo pensar. Perdóname.
—No hay nada que perdonar.
—Voy… Voy a colgar.
—Descansa.
Un pitido acabó con la llamada, sumiéndolos a los dos en un silencio que parecía eterno.
