Bueno, pues este es el último capítulo. No tengo mucho que decir, solo apuntar que POR FIN termino este fic y lo puedo dejar descansar en paz. Puede que más tarde saque algunos extras como me ha sugerido mi maravillosa beta (lo siento por hacerte sufrir tanto), explicando cosas que quería meter en la historia pero no encontré cómo sin que quedara raro. Por último, el apunte de que este último capítulo es un epílogo que se desarrolla unos años más adelante de donde quedó el penúltimo.
Y, por fin, os deseo que lo disfrutéis.
El sol asciende desde el horizonte, mientras las primeras figuras humanas ya están cruzando la ciudad en sus respectivas bicicletas. Los adornos navideños aún tardarán mucho en abandonar las calles, y sin embargo, Vincent ya tiene que despedirse de la navidad en la capital neerlandesa. Esta vez le apena más que otros años, y aunque la razón sea un tanto cruel, sigue sin sentir ninguna clase de remordimiento acerca de esto. Ha cenado con su familia, ha dejado los regalos de sus hermanos bajo el árbol y ha prometido que volvería al menos antes de que pasaran seis meses, así que su labor ya está hecha.
Hace un amago de cerrar la puerta, cuando oye un carraspeo que le hace volver a mirar dentro de la casa. Su madre está allí, despierta y mirándole con fijeza, como si le acusara de un crimen.
—¿Te vas sin despedirte?
—No me gustan mucho las despedidas.
Un largo silencio, en el que madre e hijo se sostienen la mirada de forma tensa. Al contrario de lo que se esperaría de alguna película, no hay una reconciliación inmediata, ni siquiera un atisbo de ello.
—¿Tampoco vas a España este año?
—No. ¿Debería?
—Ese chico español se suicidó, Vincent.
—Creí que te alegraría saberlo. Seguro que a padre le hubiera alegrado.
La mujer palidece, mirándole con ira, y con un atisbo de miedo. Su hijo sabe lo que ella está pensando, pero se mantiene en su sitio, mirándole a los ojos, a los rasgos que heredó de ella, esperando una respuesta.
—A veces pienso que he engendrado a un hijo sin corazón.
Vincent se encoje de hombros, y aparta por fin la mirada.
—Probablemente así sea, madre. Hasta pronto—se despide, sin escuchar la despedida de ella, y apenas ha podido ocultarse tras la esquina de la calle cuando baja la cabeza y necesita agacharse en el suelo para intentar recuperar la compostura. La mención de Antonio ha convertido sus piernas en mantequilla derretida y sus entrañas en trozos de vajilla rota.
"Inspira hondo" piensa para sí mismo. "Debes llegar al aeropuerto."
Ese es su objetivo. Llegar al aeropuerto a tiempo. Lejos de las despedidas, de los abrazos o de alguna mirada reprobatoria. No quiere más reproches por la forma en que decidió actuar desde lo sucedido en España.
Estoy bien.
Se traga las lágrimas antes de que sus ojos lleguen a escocer, vuelve a agarrar su maleta, y emprende el largo camino hacia el aeropuerto. Hace respiraciones durante los veinte minutos de espera, y ya en el asiento del autobús, cierra los ojos, no quiere ver nada que le recuerde a España. Saca un caramelo del bolsillo y se distrae masticándolo, mientras una voz impersonal recita las paradas.
Solo abre los ojos cuando llega la suya.
Con un suspiro, baja y por fin traga lo que queda del caramelo, pasando de largo frente a un estanco. Consulta por décima vez su terminal, su vuelo y su asiento; todavía le queda una hora para embarcar cuando llega a donde debe estar.
Desbloquea el móvil, mandándole un mensaje a Matthias.
"He llegado. No dice que haya retrasos. Supongo que estaré allí a la hora indicada. Me queda un rato para poder embarcar."
"¿Te he dicho ya que escribiendo así parece que estés mandando un telegrama?"
"Y un agente secreto también."
Uno de aquellos emoticonos de una carita riéndose, que de alguna forma hacen que Vincent alce una ceja, y termina bloqueando el móvil de nuevo, a la espera de nuevos mensajes o del paso de los minutos.
La casa está pintada de amarillo, y es más alta que ancha, el típico hogar del norte de Europa. En uno de los balcones se amontonan glicinias que el propio Vincent había puesto allí aposta, y que por lo visto Matthias ha cuidado bastante bien. Suelta un suspiro, agarrando con firmeza su maleta, y llama a la puerta.
—¡Vincent! —la sonrisa del danés tarda apenas unos segundos en recibirle. — ¿Por qué has tardado tanto? ¡Te dije que cogieras un taxi!
—Eso es muy caro.
Matthias suspira y continúa hablando, mientras Vincent trata de escuchar con atención, aunque parte de su mente está ocupada subiendo las escaleras con la maleta. Cuando por fin llega a su habitación, el danés le extiende el puño, de donde cuelgan las llaves.
—Gracias por cuidar de la casa—murmura, antes de cogerlas. La mirada de su amigo se vuelve más significativa, y el neerlandés realmente teme lo que pueda preguntarle.
—Solo has estado unos días fuera, no es como si se te fueran a morir las plantas por ello—responde, alzando una ceja y relajando un poco su sonrisa. —… ¿Por qué glicinas? Si tus flores favoritas son los tulipanes.
De todas las preguntas que se había esperado, la última era esa. Inspiró hondo, necesitaba otro caramelo para un momento así.
—¿Por qué no?
Matthias hace un pequeño puchero, pero no pregunta más, y ayuda a Vincent a recoger lo que lleva en la maleta. Que no hable es una mala señal, pero ninguno de los dos comenta nada respecto a las flores o cualquier otro tema que altere al holandés. Solo se marcha cuando el anochecer se acerca, al tener un perro al que sacar. El anfitrión se queda en el portal de casa pensativo, y mira a la planta que se encarama a la pared de su casa, recordando un pasaje de un libro que alguna vez leyó en un trayecto de bus.
"La glicinia, de nombre científico wisteria […] simboliza entre otras cosas la destrucción, el aguante ante un corazón roto y una honda tristeza."
Vincent completa la cita con sus propios pensamientos.
"Pero, aún más importante, también simboliza seguir adelante a pesar de la pena."
