Antes que nada, me disculpo por el enorme retraso. No pondré excusas, pero reitero mis disculpas.

Este cap es una especie de intermedio (como lo indica el título) para comprender un poco mejor el pasado de Dino.

POV: Dino.


Capítulo II

Interludio

-[+]-

Dino nació en la cuna de la mansión Cavallone, una excéntrica familia a las afueras de Italia, dedicada en cuerpo y alma a la trata de personas. El día que su madre dio a luz, celebraron como nunca antes, como si la felicidad no fuera efímera, como si la vida no se acabara. La gloriosa dicha de poseer un heredero legitimo los colmó durante tres años, tres fabulosos y prósperos años, tras los cuales el velo del luto cubrió de negro sus vidas.

Tres años, cuatro, cinco..., y el pequeño Dino recordaba bien el calor de su madre, sus caricias, sus canciones de cuna, sus ojos extrañamente opacos a pesar del intenso color casi dorado que teñía esas hermosas orbes, su sonrisa cansada, todo.

Fue en su sexto cumpleaños que su padre le dijo a puerta cerrada:

―Deja de atormentarme, Dino. Tu madre murió hace 3 años.

Y en ese momento el pequeño Dino pensó que era imposible que su madre hubiera estado a su lado sólo la mitad de su corta vida. Era simplemente absurdo, sobre todo cuando podía verla claramente de pie al fondo de la habitación.

―Pero, papá, ella está ahí. ―La señaló asustado y con toda la lógica que su visión podía ofrecerle.

El hombre se cubrió el rostro. Estaba frustrado, notoriamente agotado.

―¿Hasta cuándo vas a dejarme descansar?

Dino sabía que hablar de su madre era casi un tabú en la mansión, pero no entendía por qué, como tampoco entendía lo que agobiaba tanto a su padre.

―Papá..., ¿me odias? ―le preguntó con dificultad al ver las lágrimas del hombre frente a él―. ¿Me odias porque puedo ver a mamá y tú no?

―¡Deja de decir tonterías! ―Lo bofeteó con fuerza―. Ella quedó tan débil después de darte a luz... Y luego, esos bastardos...

No concluyó su frase cuando estrelló su bastón contra la vitrina a su espalda. El pequeño Dino se cubrió para evitar que los vidrios le lastimaran el rostro, al tiempo que la puerta se abría de golpe ante la aparición de otro hombre.

―¡Jefe! ¿Está bien?

―Romario, llévate al niño. ¡No quiero verlo! ¡Sácalo de aquí!

Atravesando la mini-escena de terror, el pequeño Dino corrió a los brazos del recién llegado, quien lo recibió con el cariño que le había tomado desde que la señora de la casa lo dejó a su cuidado.

Se instalaron en la cocina de la servidumbre, Dino en una silla alta para alcanzar la mesa y el trozo de pastel que le habían servido, y Romario frente a él con un simple vaso de agua.

―Romario ―lo llamó aún con lágrimas asomándose en sus ojos―, ¿hice algo malo?

―No, joven Dino, pero su padre no se siente bien.

―¿Porque no puede ver a mamá?

―Así es... ―Se retiró las gafas―. Porque no puede ver a la señora.

―¿Es mi culpa?

―No, joven Dino, no es su culpa.

―Entonces, ¿por qué papá me odia?

―No lo odia, es sólo que...

Mientras Romario buscaba las palabras correctas, el pequeño Dino notó a la joven de postura extraña que se mantenía recargada en el marco de la puerta. Los miraba entre estoica y crispada, una extraña combinación ocular que Dino veía a menudo sin comprenderla del todo.

―¿Quién es ella, Romario?

El hombre se volvió sabiendo de antemano que no vería a nadie. Luego miró a su pequeño jefe, queriendo ver lo que se reflejaba en sus ojos, pero en ellos nunca lograba ver más allá del iris verdoso que ocultaba las identidades de esos lejanos visitantes.

―¿Cómo es?

―Es una niña. Tiene el cabello corto y oscuro, ojos raros, usa un vestido azul como los de mamá, pero está algo sucio; creo que estuvo jugando en el lodo o algo así.

―Es la señorita Girardi. ―Romario reconoció a la reciente huésped en los calabozos de la mansión―. Murió anoche. No la mire, joven Dino, déjela descansar.

Esas palabras resonaron en la mente del pequeño Dino, y Romario pudo notar el cambio en su expresión. Quizás habría querido decirle que no se preocupara, que nada de eso era su culpa, pero, de nuevo quizás, si Dino encontraba significado en sus palabras y entendía con ellas su realidad, entendería también que era mejor dejar las cosas terrenales de un lado y las demás en otro, infinitamente separadas por el incorpóreo estado que las regía.

Esa noche, el pequeño Dino miró a la mujer sentada a su lado sobre la cama. Como siempre, le sonreía cansadamente. Queriendo hacer algo por esa melancólica existencia, alargó su mano para estrechar la contraria, pero ella respondió alejándose para luego negar con su cabeza mientras aún sonería. Cuando Dino frunció su ceño al respecto, lo desarmó acercándose a él para depositar un beso en su frente y arroparlo bien.

―Mamá, ¿por qué no puedo tocarte? ¿Por qué...? ―Se sintió ahogado en esa hermosa mirada apagada― ¿Por qué tú puedes tocarme y yo no?

La sonrisa triste se desvaneció unos eternos segundos en los que Dino sintió unas ganas infinitas de abrazarla, pero se contuvo cuando ella le cubrió los ojos y le susurró al odio:

―Porque si me tocas, te ataré a mí para siempre.

―Quiero estar contigo siempre. ―Dino sintió cómo la mano de su madre atrapaba las resbaladizas lágrimas que abandonaban sus ojos―. Pero está bien... Entiendo, de verdad lo entiendo. ―Se aferró con fuerza a las sábanas―. Mamá..., descansa.

No tuvo que verla para saber que había sonreído, la calidez de su mano sobre sus párpados se lo dijo. Pero fue la lenta disolución de su esencia la que llevó al pequeño Dino a darse cuenta de que ella había interpretado bien su mensaje.

―Buenas noches, Dino.

Y, por primera vez, el pequeño Dino sintió el tétrico vacío que deja tras de sí la muerte.

3 años más y el pequeño Dino cumplió nueve. Nueve años transcurridos entre reclamos inaudibles y agresiones inmateriales, entre insistentes acusaciones que terminaban por decorar con un manto denso y grisáceo la corta vida del pequeño Dino.

―¿Qué? ―le preguntó al tenerlo innaturalmente frente a él, como si la cama y el resto de su cuerpo no estuviesen de por medio―. ¿Qué quieres?

―¿Joven Dino? ―Romario dejó de lado lo que estaba haciendo y le dirigió la mirada con preocupación―. ¿Necesita algo? ―le preguntó mientras lo observaba fijar su mirada en la nada mientras permanecía recargado en la cabecera de la cama.

―¿Por qué me miras así? ―continuó sombrío el pequeño Dino, como en una especie de transe al casi fundir su vista con la siniestra mirada frente a la suya―. Di algo.

Romario lo interceptó para tratar de persuadirlo al tomarlo por los hombros.

―Joven Dino, no le hable.

Pero haciendo caso omiso, Dino continuó.

―¡Deja de mirarme! ¡¿Qué quieres?!

Vivir...

El pequeño Dino abrió los ojos en par. "Vivir" era... ¿Qué era?

De la nada, un chillido ensordecedor casi destrozó los tímpanos del pequeño Dino, que ni siquiera logró disminuirle un decibel al cubrirse los oídos. Romario lo estrechó entre sus brazos tratando de llamar su atención, pero, si le hablaba, Dino no distinguía sus palabras, tan sólo alcanzaba a escuchar un eco fugaz difuminado entre los gritos del espectro frente a él.

Lo que había empezado como un hombre de edad mediana, poco a poco se convertía en una especie de musculatura amorfa; empezando con la mandíbula que se había casi despegado del resto de la cara al emitir el primer alarido, siguiéndole los ojos que parecían escurrirse fuera de sus cuencas, y así, todo aquel ser fue tornándose en una masa grotesca que se expandía y contraía tratando de alcanzar, con lo que parecían haber sido sus manos, al pequeño Dino, que por alguna razón no podía mirar a otro lado.

―¡Joven Dino! ―lo llamaba repetidamente Romario―. ¡No los escuche! ¡No los mire más!

―¡No es mi culpa! ¡Yo no tengo la culpa! ―Dino se dirigía a la criatura frente a él―. Diles que yo no tengo la culpa, diles que se vayan... ¡Yo no puedo darles lo que quieren! ―Lloriqueaba―. ¡Yo no puedo hacer que su dolor se vaya! ¡Tampoco puedo castigar a quienes les hicieron daño! ¡Y mucho menos puedo hacer que vuelvan a la vida! Aunque quisiera..., no puedo...

El espectro lentamente comenzó a reajustarse a su figura original, recuperando su aspecto humano y regresando todos los componentes de su cuerpo a su debido lugar. Cuando su ojo derecho terminó de regresar a su cuenca ocular respectiva, al fin lucía casi como un hombre normal.

Entonces no nos mires, no nos hables, no nos compadezcas..., porque no si hay nada que puedas hacer por nosotros..., es como si tú también estuvieras muerto.

Las últimas lágrimas resbalaron por las mejillas del pequeño Dino mientras el espectro se volvía traslucido y se desvanecía con una lentitud macabra.

Al verlo más tranquilo, Romario se dirigió a él una vez más.

―Joven Dino..., ¿está bien?

―Romario... ―Lo miró con los ojos aún húmedos―. Romario, yo... Él dijo que...

―No importa lo que haya dicho, joven Dino. ―Romario reafirmó su abrazo―. Usted no tiene la culpa de nada, los asuntos de la familia no tienen nada que ver con usted.

―Pero, Romario, yo... soy el heredero.

Seis años más y el pequeño Dino ya tenía doce. Doce años creció mezclándose con su entorno, convirtiéndose en un espectro visible y palpable que rondaba sin fin los pasillos de la desolada mansión Cavallone. Doce años de murmullos y presencias insistentes, y ese día despertó ante el eco de sus propios fantasmas.

"¿Por qué papá me odia tanto? ¿Por qué sólo yo puedo escuchar sus voces? ¿Por qué puedo ver sus rostros? ¿Por qué tengo que ver cómo sufren? ¿Por qué me reclaman a mí? ¿Por qué me miran con tanto rencor? ¿Es porque estoy vivo? ¿Me llevarán con ellos si los miro demasiado? ¿Qué quieren de mí? ¿Qué...?".

―Buenos días, joven Dino. Le traje su desayuno. ―Romario entró en la habitación extendiéndole la charola.

"Buenos días", "buenas noches", "buenos días" sonaban en una reproducción continua.

―¿Desayuno en la cama? ―Logró sonreír el ya no tan pequeño Dino.

―Desde luego, hoy es su cumpleaños, es lo menos que puedo hacer por usted. ―Romario dejó la comida sobre el mueble más cercano.

―¿Lo es? ―Los ojos de Dino brillaron―. ¿Dónde está mi regalo, Romario? ¿Qué es? ¿Aún no lo tienes? ¿Puedo pedir lo que sea?

―Calma, joven Dino. ―Rió su guardián sentándose en una esquina de la cama―. Tengo su regalo justo aquí. ―Señaló su bolsillo.

―¿Ahí? ―Dino gateó sobre la cama para acercarse a Romario y echar un vistazo al lugar indicado―. Déjame ver ―pedía jalando la mano que cubría bien el misterioso bolsillo―. ¡Romario!

―Está bien, está bien ―accedió acariciando el desordenado cabello de su protegido―. Tome ―agregó extendiéndole un papelito que Dino casi le arrebató al instante.

―¿Hm? ¿Qué es esto? ―Lo analizó con falsa minuciosidad para luego quedarse sin palabras―. Un boleto de avión... ―Abrió los ojos en par al leer las siguientes líneas―: ¿E-Estados Unidos? ―Al leer el resto de las indicaciones, alzó su cabeza para mirar a Romario―. ¿No es un viaje redondo?

―Sea libre, joven Dino. Aléjese de todo esto y viva.

―Romario...

―Sé lo que ha sufrido entre las paredes de esta prisión, he estado a su lado desde el día que llegó a este mundo. Sé que ha soportado sobre sus pequeños hombros la ira de su padre, que ha probado el mal sabor de boca que dejan los muchos negociosos sucios de esta familia, que ha visto y oído cosas que pasaron desapercibidos para la mayoría, y que ha tenido que lidiar con todas ellas en soledad desde que su madre al fin pudo descasar.

―¿Tú sabías que mi mamá...?

―Nunca dudaría de su palabra, joven Dino. ―Romario le acarició el rostro―. No puedo ver lo que usted ve. Esos extraños espectros que lo atormentan con su mirada y sus reclamos como si usted fuera el culpable son invisibles para mí. Pero sí he sido testigo del dolor que se refleja en sus ojos y lo mucho que intenta reprimir sus sentimientos al respecto.

―¡Romario! ―Dino lo abrazó con fuerza y lloró refugiándose por última vez en los brazos que por tanto tiempo cuidaron de él.

Los fantasmas se quedaron sepultados en Italia, al igual que mis esperanzas de verlo de nuevo. Lo supe la madrugada siguiente, cuando desde la ventanilla del avión, lo vi de pie en la pista, despidiéndose de mí con su siempre amable sonrisa, para luego empezar a disolverse al ser reclamado por el estado incorpóreo que ahora lo regía. Jamás pude retribuirle lo que hizo por mí.

Mientras me refugié en Estados Unidos, no volví a ver más espectros ni a escuchar más voces. Y aunque no fue fácil sobrevivir dependiendo sólo de los ahorros que Romario me había heredado, me reconfortaba saber que al menos ahora era libre, completamente libre.

Durante varios años me olvidé del mundo espectral y me concentré en el de los vivos. Me concentré en vivir, porque si algo había aprendido de los fantasmas, era que debía vivir por aquellos que ya no podían hacerlo.

+[ Cavallone Dino. ]+


Bianchi-san! Segunda parte de tu regalo, espero que lo hayas disfrutado, al igual que el resto de lectores.

Calculando, este fic contará con al rededor de 7-8 caps en total, espero contar con su apoyo (y paciencia) hasta el final.

-Reviews, comentarios, críticas, sugerencias, son todas bienvenidas OwO