ZZ Eclipse: Muchísimas gracias por el apoyo, de veras. Siento haber tardado tanto en actualizar pero es que la escuela no me ha dejado. ¿Eres de ascendencia filipina? Mola.

Hacía un calor infernal. El olor a incienso se me metía por la nariz y no paraba de abrasarme por dentro. Estamos a mayo, y las primaveras en Madrid son famosas por ser más veraniegas que nada. Mi traje está hecho con telas más finas que un pelo pero está túnica blanca que llevo encima me sofoca. Me preguntó como padre y los demás miembros del consejo lo aguantarán.

Alejo esos pensamientos de mi mente y alzo la miraba para comprobar que en el cadalso estás los mentores ya reunidos. Los demás miembros de menor rango están en los palcos inferiores observándome detenidamente. Ha llegado la hora.

-Joel Antonio Fernández del Águila. Hoy a la edad de dieciocho años adquieres el rango alto de asesino y dejas de ser novicio.-Habló desde la altura una de las figuras principales.-Ahora eres oficialmente un miembro de la hermandad de Asesinos de Madrid, una cúpula que existe desde los tiempos del gran Aguilar.

Me inclino para hacer una reverencia y miro que una de las una de las derecha está sonriendo levemente. Gracias, papá. De fondo escucho algunos aplausos y alabanzas por parte de la gente del palco, no puedo evitar sonreir

-Ahora, como un miembro recién unido a la Orden, te otorgaremos tu primera misión como Asesino.

Al instante en el que el mentor dice eso, las antorchas de la sala se apagan y un fotograma se enciendo para mostrar una imagen en la pared más cercana a mí. La imagen es bastante pobre pero soy capaz de distinguir las siluetas de unas casas. Es un pueblo.

-Te presento el lugar al que viajarás, Joel. Baler, Filipinas.

Esto acaba de ponerse interesante.

...

El teniente no podía tener los ojos más abiertos de lo que los tenía en esos momentos. El agua le llegaba por muy poco al torso y tenía el rifle a la altura de la cara. Martín sabía por las historias y anécdotas de sus compañeros que habían estado en ese frente que un río podía ser un ambiente muchísimo más peligros que un campo de batalla.

Primero de todo, había que controlar siempre por donde pisabas. Un movimiento en falso o un resbalón en una roca y podía convertirse en el último error de tu vida. Otro de los problemas podía ser también la fauna ya que los cocodrilos eran difíciles de matar una vez en el agua, y por si eso no fuera poco las serpientes se aprovechaban de la anchura del río para sorprender a las presar. Por último, no había que olvidar que este río era de los Tagalos, lo conocían muy bien. Hay que recordar siempre que sea político o no, estaban invadiendo el país de otra persona. Por lo que siempre había que estar alerta a lo que se movía entre los árboles.

El teniente Martín echó la vista atrás y comprobó cómo iba su tropa. Muchos de los soldados, por no decir todos, llevaban puestos sus sombreros. Martín no pudo evitar esbozar una sonrisa ante aquello. Eran jóvenes, inexpertos, torpes…Creían que aquel uniforme significaba realmente algo simbólico como su patria, el orgullo de su nación o cosas así. Tonterías, pensaba el teniente. Tan solo es una vestimenta como cualquier otra. Nada de eso les iba a salvar de la bala de un fusil o de ser devorados por un cocodrilo.

Una vez que los hombres pudieron salir del agua y volver a pisar tierra, la tropa anduvo unos minutos más por la selva antes de finalmente llegar al pueblo. Durante el trayecto, Martín no dejaba de ojear a su soldado desconocido. Este tampoco había pasado desapercibido entre el resto de la tropa. ¿Quién era ese muchacho? ¿Porqué estaba aquí?

Todos esos pensamientos y preguntas se disiparon una vez que llegaron al pueblo y las armas se fueron preparando para un posible. Había que estar alerta, hacía poco que la guarnición de aquel pueblo había sido diezmada por los rebeldes y la misión de estos era la de volver a tener la aldea bajo control. No tenían que esperar una bienvenida alegre.

Al instante en el que el teniente y su tropa pasaron por la cabaña más cercana, un hombre vestido con unos pantalones raídos y una camisa blanca sucia salió de ella. El hombre tenía el cabello rapado y tenía una barba de un par de semanas y en lo alto de su cabeza se podía comprobar la cicatriz de una brecha. Fue apuntado al momento en que salió y no hizo nada más que levantar las manos.

-¡Tranquilos! Sargento Javier Guitierrez, numero de chapa 1563.-Habló el extraño, identificándose.

El teniente Martín ordenó a sus hombres que bajaran sus armas y se acercó al sargento.

-Teniente Martín Cerezo del segundo batallón de Cazadores, el capitán Las Morenas está a cargo de estos hombre.-Al instante en el que Martín se dio cuenta de algo el teniente adquirió una mirada diferente.-Se suponía que usted tendría que haber vuelto a Manila con el resto de supervivientes.

-Así es, pero el mandamiento militar exige que no se abandone un área atacada hasta cerciorarse de que está totalmente perdida.-Respondió el sargento Javier mientras esbozaba una sonrisa.-Vamos…No me mire así, teniente. Sabía que ustedes llegarían tarde o temprano. ¿No creía que iba a perderme la oportunidad de castigar a esos salvajes por este regalito que me han hecho en la cabeza, no?

Martín no respondió al exceso de confianza del sargento y se limitó a observar en qué estado estaba la aldea. Miró a sus pies y vio cómo un trozo de tela roja estaba en el suelo, cuando Martín ya la tenía en sus manos pudo comprobar que se trataba de una bandera tagala.

-¿Te la vas a quedar de recuerdo?-Habló una voz que salía de otra cabaña.

Los altos mandos y el resto de los soldados se quedaron mirando una imagen que parecía habérselas olvidado. Una mujer. La primera mujer que veían desde hace meses. Sus rasgos nativos la delataban pero había algo en la textura de su piel que la hacía ver totalmente hermosa. Incluso el extraño encapuchado se quedó atónito ante la belleza de la joven.

-Debería tener cuidado con las mujeres del pueblo, teniente. Todas espían para el enemigo.-Habló el teniente Javier mientras la joven se acercaba al grupo de soldados recién llegados.

-¿Cómo te llamas?-Preguntó sin vacilar el teniente.

-Teresa.-Respondió la joven que debía rondar los dieciocho años.

-Es puta. Su hermano pelea con los rebeldes.-Volvió a hablar el sargento.

-Lo que haga mi hermano es asunto suyo. Yo no tengo nada contra España. Estoy bautizada y canto en el coro de la iglesia.-Respondió la joven remarcando su acento.

-¿Y qué cantas? ¿Villancicos?-Preguntó uno de los soldados de la guarnición. Juan, un verdadero humorista. Con tan solo diecisiete años y ya se había vuelto el bufón del grupo. Siempre lograba hacerlos reír, y esta no era la excepción.

La muchahca se fue acercando lentamente al soldado para luego estar frente a él y acariciar la cara del chico.

-Canciones de amor…Como tú prefieras.-Respondió la chica mientras de fondo se escuchaban algunas de las risas de los compañeros del colorido y avergonzado Juan.

-¿Qué canciones conoces?-Preguntó de nuevo el teniente.

-Españolas, filipinas…

-Pues entonces cántanos una.-Ordenó de forma sutil Martín a la muchacha.

-Lo siento, pero solo canto cuando me pagan.-Respondió Teresa.

-Como las putas…-Musitó el sargento con una sonrisa asquerosa en su rostro.

Sin que nadie lo viera venir, Martín soltó una moneda a los pies de la chica y le volvió a ordenar que cantará.

-Y tú serás…-Comenzó a cantar la chica y cada soldado sintió como aquellas tres palabras eran lo más dulce que entraba en sus oídos desde hacía meses. Pero me temo que tan solo oirían esas tres palabras y nada más.

-¿Qué estás haciendo? Continua.-Pidió el teniente mientras la joven Teresa se alejaba de vuelta a su cabaña.

-Es lo que habéis pagado. Bienvenidos a Baler.