Podría decir mil cosas, pero no lo haré. Desaparecí por largo tiempo, pero no quiero dejar inconclusa esta historia.


Capítulo IV

Mes segundo: Te amé.

-[+]-

Si pudiera verte ahora, te preguntaría: "¿recuerdas la primera vez que dijimos 'te amo'?". Tú me mirarías fríamente y me dirías que no, aunque en realidad lo recordaras cada minuto, cada instante, cada segundo... Al igual que yo lo recuerdo ahora.

Si hubiera sabido que intentar costaría tanto, ten por seguro que jamás habría opuesto resistencia a tu propuesta; estar contigo por la eternidad.

-[+]-

I. Sobre la parsimonia y otros males

Su vida, no, perdón... Su existencia se había convertido en una municiona parsimonia. Los días pasaban uno tras otro con una continuidad inmutablemente coherente, sin preguntarle si estaba de acuerdo con ello. Las horas se marcaban una tras otra en los relojes de las paredes, viéndolo rondar los pasillos. La desidia se había apoderado de sus sentidos, o lo que quedaba de ellos, y le dictaba cómo pasar cada segundo de su tiempo. Pero tiempo era lo que ahora tenía de sobra.

La tranquilidad de esos días, que ya no eran suyos, no le sentaba. La vida avanzaba y lo dejaba atrás, literalmente. Estaba muy al corriente de que estaba muerto, vil e irremediablemente muerto. Pero también sabía que se lo debía a alguien. ¿Cuántas veces se dijo a sí mismo que se llevaría al infierno al pequeño bastardo? ¿Y cuántas veces lo había tenido enfrente y éste le había pasado de largo sin que él lograra tan siquiera arañarlo? ¿Cuánto más quería hacerle morder el polvo ese...? ¿Cuál era la palabra? ¿Herbívoro?

―Hey, ¿me estás escuchando?

―No ―contestó con mayor sinceridad de la que imaginó poseer.

Llevó su vista al frente, mirando la espalda de su nuevo entretenimiento temporal; porque todo es temporal.

―Si vas a perseguirme, al menos ponme atención ―le reclamó ese ingenuo mortal, mirándolo con el ceño fruncido.

Y sí, viéndolo así, Kyoya empezaba a preguntarse exactamente qué lo había llevado a empeñarse en cazar al nuevo instructor con tanta vehemencia. Analizándolo con calma, el tipo no tenía nada de especial, al menos no a primera vista. Pero le había dado una identidad. Una, hay que aclarar, que creyó que ya había perdido. Porque identidades tenía de sobra, sólo había que preguntarles a los estudiantes rebeldes sobre los ataques paranormales que los habían impulsado a convertirse en alumnos ejemplares. Pero la identidad propia de Hibari Kyoya había comenzado a desvanecerse cuando dejaron de verlo.

La soledad fue su única compañera cuando empezó a perderse a sí mismo. La desidia fue su anestesia cuando, por más que golpeaba las paredes, éstas no se dañaban. Y la parsimonia era la agridulce medicina que dilataba los segundos de ese amargo existir.

―¿Qué quieres? ―accedió, quizás porque así sentía una parte de su antiguo ser re-adherirse a lo quedaba de él.

―Por tu culpa todos mis estudiantes me miran raro. ―Lo pasó de largo, atravesando su esencia como si no estuviera allí―. Así que para la clase de hoy, no me hables, ¿de acuerdo? ―Lo miró con aparente autoridad, cosa que no lo impresionó en lo más mínimo.

―Creí que ya habíamos discutido esto, pero yo puedo hacer lo que quiera ―se dignó responderle, recuperando el orgullo y reajustando su imagen ahora unos pasos delante de él, ingresando al salón de puerta cerrada, y dejando a Dino en el pasillo con un visible puchero.

Cuando éste deslizó la puerta, su vista reaccionó con parsimonia al panorama normal: el saludo obligado de sus lánguidos estudiantes, una breve reverencia y, sobre su escritorio, Kyoya, mirando a través de la ventana.

―Bien, comencemos. ―Dejó sus cosas sobre la mesa―. El día de hoy...

Pero no había empezado ni la introducción cuando el pequeño fantasma ya había lanzado su carpeta por la ventana.

―¡OYE, KYOYA! ―Dino se acercó, colocando sus manos sobre el marco del ventanal, mientras ya los papeles se esparcían por el campus.

Se volvió con la intención de exorcizarlo con sólo la mirada, pero le sorprendió ver una diminuta y casi imperceptible sonrisa de satisfacción en los labios de ese mocoso. El sol le daba de frente y lucía extrañamente...

―Brillante.

II. Sobre el entusiasmo y otros males.

Con un retraso de 40 minutos y 5 adicionales en los que Dino recuperó el aliento, la clase comenzó con la entrega de los exámenes que había logrado rescatar entre los arbustos del campus, por cierto, sin ayuda de su compañero problema.

―El día de hoy hablaremos del tema favorito de unos y la pesadilla de otros ―comenzó con su rutinaria sonrisa, y ajustando sus gafas se dirigió al pizarrón―. ¡Los tiempos verbales! ―Escribió las palabras en inglés sobre el pizarrón―. He notado que la mayoría de ustedes tiene un buen nivel, pero tienen varios problemas de este tipo, sobre todo con el uso de los auxiliares.

Mientras Dino hablaba, Kyoya lo miraba de reojo desde el escritorio, testigo del entusiasmo que irradiaba de sus poros, como un niño presumiendo su juguete favorito. Sí, Dino Cavallone era como un niño con ansias de que le pusieran atención. Se paraba frente al grupo y hablaba por horas sin poder contener la obvia emoción que se le desbordaba por todos lados, la mirada brillando y la sonrisa boba que cargaba a todas partes. Incluso cuando hacía algo estúpido o él mismo se encarga de hacerlo quedar mal, Dino sabía cómo hablarle a sus espectadores, aligerar la situación con una risa suave y continuar. Era altamente probable que, de no haberlo conocido, el resto de sus días dando clases hasta su jubilación, habría sido un maestro exitoso; atractivo en su juventud y sabio en su vejez, con una jugosa pensión y sin preocupaciones. Pero ¿eso era suficiente para hacer a una persona feliz?

―Qué molesto... ―murmuró con disgusto y frunciendo el ceño.

El entusiasmo, al igual que muchas cosas, era un chispazo efímero. El entusiasmo, al igual que muchas cosas, no servía para nada. Pero entonces, ¿qué, en la simpleza de esa persona, le había atraído tanto como para darle tal importancia?... Pensándolo bien, sólo fue el hecho de que hubiera percibido su existencia (y le recordara que tenía nombre) lo que provocó esa espontanea persecución a partir de la nada, o de la aparente nada; porque, siendo sincero, él sabía que desde su subconsciente había brotado la idea de seguirlo porque la razón primaria de su permanencia en ese mundo era que odiaba perder, y lo había hecho rotundamente. En un abrir y cerrar de ojos, había perdido: la cotidianidad, el día que de su interior brotó el extraño poder que le dio inicio a su fin; la compañía, cuando el mundo se alejó de él por ser diferente; las ganas de encajar, cuando descubrió ese lugar que le prometía lo que por mucho tiempo había saboreado; la razón, cuando como idiota se dejó llevar por la dulce tentación; la paciencia, cuando se aburrió de jugar al gato y al ratón; la virginidad, cuando creyó tener la presa a sus pies; lo poco que le quedaba, cuando ese fatídico día dictó su sentencia; la vida..., en un abrir y cerrar de ojos. Y ahora, en un chispazo efímero de entusiasmo, había aparecido su última oportunidad de restablecerse en la cadena alimenticia.

―¿Vas a quedarte ahí?

Alzó la mirada, descubriendo que el sol ya se ponía y la iluminación se había vuelto de un naranja cálido. ¿Cuánto tiempo...? Negó con la cabeza.

―¿Te perderás si no te acompaño?

Escuchó la risa suave de Dino diluirse mientras llegaba hasta sus oídos.

―No sé que me da más miedo, Kyoya..., que me sigas o que me dejes.

III. Sobre el pensar y otros males.

Tras el éxito de su exageradamente elaborado plan de hacerlo caer por las escaleras, tuvo dos días para pensar, cosa que no le hizo bien. Primero que nada, ¿por qué demonios había pasado las 8 horas previas al accidente armando el procedimiento perfecto sólo para joderle el día a alguien? 8 horas en las que podría haber hecho muchas otras cosas en lugar de invertir 28,800 segundos en una sola persona. O lo odiaba mucho o... Ja, ja, no.

Ciertamente se arrepintió de causarle ese accidente. No porque hubiera salido muy herido; el tipo tenía una rara suerte para evitar lastimarse los puntos vitales y ni siquiera se rompió algo. Pero a causa de eso estuvo ausente, y en ese tiempo Kyoya comprendió, con muy poco gusto, que algo le agradaba de tenerlo a su lado. Y eso era jodidamente molesto. En serio, ¿por qué la gente, incluso estando muerta, perdía la razón tan fácilmente? ¿Por sentía que le hacía falta algo que apenas había comenzado hacía poco más de un mes? ¿Por qué...? No. De nuevo no. Cortó la auto-interrogación cuando se dio cuenta de que estaba recorriendo los mismos pasos que antes.

A dos días de que la soledad le hiciera darle vueltas al asunto, rondando los pasillos como alma en pena (cosa que obviamente no era), sin ser ese día la excepción, había llegado a una conclusión forzada; había una sola y específica razón por la cual había decidido que ese hombre le sería de utilidad: porque era su conexión con el mundo de los vivos, y de esa conexión iba a hacer un puente para llegar a cierto herbívoro y establecer su venganza. Eso era todo. Al menos ese era el plan. No esperaba que empezara a interesarse en las otras cualidades de ese sujeto, pero desde que lo había atrapado contra la pared y le había hablado con otro tono y un semblante oscuro, le atrajo de manera distinta, horrendamente distinta.

Estampó su cabeza en el borde del ventanal, permitiéndose sentir y saborear el dolor. Cuando abrió los ojos vio a varios estudiantes avanzar por el campus, viviendo sin prisa, como si el tiempo no pasara. Una chica se detuvo en la entrada y parecía inquieta, en espera de algo. La observó largo rato, mientras descansaba sus brazos en el marco de la ventana y aspiraba el aire fresco de la tarde. Notó cuando ella sonrió casi saltando en su sitio y un joven llegó hasta ella para tomarla de la mano, llevándola lejos de su vista, herbívoramente enamorados.

Y de repente se sintió molesto. Y con nauseas. Y... con ganas de golpear a alguien. ¿Por qué sería que ni estando muerto era inmune a esas... "cosas"? Dejó que su cuerpo se deslizara y atravesara la pared, yéndose en caída libre contra el suelo, donde su imagen se dispersó un poco al tocar tierra.

―¿Qué diablos me pasa?

Se quedó ahí, contemplando el cielo despejado.

"¿Sabes cómo te das cuenta de que tienes un corazón?".

Apretó los puños entorno al césped, esperando con ello arrancarlo. En el silencio de esa soledad, mostró sus colmillos a la nada, maldiciendo por dentro todo lo que le pasara por la mente.

―¿Hm? ¿Qué haces ahí?

Se irguió en un sobresalto.

―¿Qué haces aquí?

―Hey, yo pregunté primero. ―Dino alzó una ceja―. ¿Por qué mirabas al cielo con tanto coraje?

―Eso no te importa. ―Se puso de pie, dándole la espalda.

―Vaya, así que estás de mal humor. ―Se cruzó de brazos―. Yo soy quien debería estarlo.

Y podía irse por donde vino, para lo que le importaba.

Avanzó unos pasos, haciendo como si no lo hubiese escuchado, fingiendo que no le había sorprendido que apareciera justo en el momento que esa pregunta pasó por su mente, como si le trajera la respuesta.

―Un "lo siento" no estaría mal ―insistió Dino―. ¿Qué harías si en verdad ya no vuelvo? Ya no podrías hablar con nadie.

Grave error.

Se detuvo. Se volvió con la intención asesina asomándose en sus pupilas. Le había dado justo en el blanco.

―No te necesito. ―Reapareció frente a él, tomándolo por sorpresa―. No necesito a nadie.

―L-lo sé... ―contestó Dino sudando frío ante el aura amenazante del chico―. Sólo estaba bromeando. Cálmate, ¿quieres?

Claro. Obviamente. No era nada serio, sólo un mal chiste. Era simple lógica que no lo decía en serio, estaba claro que él (solo consigo mismo) era más que suficiente para... él mismo... y... Ajá...

Dino lo miró extrañado. No era normal que Kyoya se perdiera así en sus pensamientos. No estaba seguro de cómo reaccionar ante eso, pero no le respondía y estaba inmóvil, con la mirada fija en algún lado, como si estuviera convenciéndose de algo que sabía falso. Aunque era raro ponerlo en esas palabras y no podía estar seguro que ese fuera el caso, algo le decía que eso era. Ese perfil le recordaba al suyo cuando se miraba en algún espejo de su antiguo hogar. Y nunca había visto a su chico problema tan descolocado y abstraído como lo veía ahora. Aún temiendo equivocarse, se agachó para mirarlo directamente.

―¿Estás bien?

Cuando Kyoya alzó la vista, sus ojos toparon con los de Dino. Vio su mirada reflejada en ellos, y odiando lo que había, inmediatamente pensó "no". Pero ya su cuerpo se movía por sí solo, estirándose para acariciar esos labios con los suyos, aunque esa intención pasó a convertirse en un beso profundo, más de lo que él mismo esperaba.

Dino se tambaleó un poco cuando lo recibió. Nervioso miró a los lados, incapaz de alejarlo, y cuando menos le alegró ver que no había nadie en la cercanía. Pero cuando sintió que el beso subía de nivel, se alejó en un sobresalto.

―K-Kyoya... ―lo llamó inseguro―. Um, ¿seguro que quieres hacer esto... conmigo?

―¿Qué quieres decir? ―La pregunta lo tomó desprevenido.

―B-bueno, no sé, es que... Últimamente tu cabeza parece estar en otro lado, como si estuvieras pensando en algo o... en alguien ―dijo lo último casi en un susurro, dudando si debería.

Se odio por ser tan obvio. Y más molesto consigo que con Dino, le dio la espalda una vez más.

―No. Claro que no ―le contestó de la forma más cortante posible―. Si tanto te molesta, sólo dímelo.

¿Qué diablos pasó en ese instante? ¿Qué estaba mirando? O más bien, ¿a quién estaba mirando?

―Hey, ¿por qué te enojas? ―le preguntó Dino siguiéndole el paso―. Como dije, si alguien debería estar molesto, soy yo, y lo sabes.

―Tú aceptaste la apuesta, ¿no?

Buen punto.

―De acuerdo. ―Se detuvo llamando la atención de Kyoya, quien lo imitó―. Pero si vas a besarme ―le dijo recorriendo la distancia entre ambos hasta que estuvo a escasos centímetros de él―, asegúrate de no pensar en nadie más. ―Le sostuvo la mirada, y desde ese ángulo Kyoya sintió que algo le ardía en el pecho―. Es de mala educación ―concluyó regresando sus pasos.

Kyoya se quedó sin palabras unos instantes hasta que a su mente llegó el hecho de que se iba.

―¿Te vas...?

―¿Algún problema con eso?

Afiló la mirada ante la rudeza de la respuesta.

―¿A qué viniste?

―A verte. ―Se volvió, y el contraste de su rostro con la luz del sol le daba un aspecto cautivador―. Pero al parecer tú no quieres verme a . Si alguien más está en tu cabeza cuando estás conmigo, deja de seguirme. No seré el reemplazo de nadie.

Kyoya sintió que su esencia se debilitaba y notó que comenzaba a transparentarse.

Nunca quiso verlo como un remplazo (al menos no voluntariamente), pero ciertamente había alguien más en su mente siempre que estaba con él. Y eso era porque había cometido el error de asignarle un significado específico a estar con Dino: vengarse de ese alguien.

―Sí ―admitió―. Hay alguien más en mi mente, pero no como tú piensas. A esa persona la odio, a ti...

―¿A mí...? ―Dino alzó una ceja, extrañado de la forma en que había armado esa oración.

"¿A él qué?", se preguntó Kyoya a sí mismo. Sonaba como si fuera a decir que... Ja, ja, no, ya se había dicho que no.

"¿Sabes cómo te das cuenta que tienes un corazón?... Cuando se rompe". (1)

Chasqueó la lengua con coraje.

―¿Kyoya?

Cierto. Lo había olvidado. La razón de su venganza... era la cursilería de un corazón roto.

Bien, de modo que ya no podía poner excusas. Tenía uno y, aunque no latía, sentía. Por mucho que lo odiara, sentía.

―A ti te amo.

Hubo unos segundos de silencio en los que Dino no supo qué había pasado, pero viendo a Kyoya de pie frente a él, con un disimulado sonrojo y una mirada decidida tras esa rara declaración era algo... demasiado grande para que su corazón lo resistiera.

―¡¿Q-q-qué estás diciendo, Kyoya?! ―Entró en pánico―. ¡¿Tienes idea de lo que estás diciendo?! ¿Te sientes mal? ¿Te duele algo? Espera, ¿los fantasmas se ponen mal? ¡Ah, no importa! Escucha, yo... Um, eh...

Kyoya sonrió, vil y maliciosamente. Al diablo con todo, ya encontraría una forma de vengarse después. Primero debía asegurar su presa.

―¿Qué pasa, sensei? ―Se acercó predadoramente―. Creí que no le asustaban los fantasmas.

―N-no es eso. ―Retrocedió Dino―. Pero es que...

―¿Es que? ―repitió Kyoya.

Si iba contestarle, tuvo que posponerlo cuando se tropezó por retroceder sin mirar a dónde. Y cuando su cuerpo tocó el suelo, Kyoya reapareció encima de él.

―Kyo...

Lo besó de nuevo, esta vez sin mediadores, su mente ocupada sólo por ese extraño sujeto que apareció de la nada y llenó un vacio en su existencia.

―No se preocupe, sensei. ―Recargó su frente contra la de Dino, pasándole sus brazos por el cuello―. No estoy pensando en nadie, sólo en usted.

―¡Ese no es el problema! ―Se quejó Dino con el rubor alcanzando hasta sus orejas―. T-tú... estás muerto...

―Eso se puede arreglar, sensei. ―Le sonrió Kyoya―. Si lo que le preocupa es mi estado, lo único que tengo que hacer es cambiar el suyo para que sea igual que el mío.

Dino sacó cuentas: [(+) (-) = -].

―¡¿Qué es esa lógica retorcida?

―Está bien, sensei. ―Le tapó los ojos con una mano mientras la otra se deslizaba por su espalda―. Te amaré hasta la muerte. (2)

IV. Sobre el amor y otros males.

El semblante de Dino durante los siguientes días era el más abatido que hubiera mostrado en años. Su mirada se veía apagada y recubierta por una sombría pesadumbre a causa de las marcadas ojeras que se notaban más por la palidez exagerada de su rostro. Sonreía menos, con el ceño ligeramente fruncido, y en cada línea de expresión se notaba el cansancio acumulado. Y su "mala suerte" aumentó en desmedida. Vaya que el amor era un arma letal, de eso no había duda.

En una semana había tenido más accidentes que en toda su vida, y podía darle el crédito a cierto fantasma enamorado. Llantas ponchadas, falta de frenos en el auto, comidas envenenadas, caídas esporádicas, objetos voladores (en su mayoría punzantes), asfixia "repentina", explosiones misteriosas, desmayos sin razón aparente, mal funcionamiento de los equipos electrónicos, ventanas demasiado frágiles, puertas "automáticas", agujeros en el suelo, fuego espontaneo en su casillero... eran apenas una pequeña fracción de lo que había vivido en 5 días.

―Voy a morir... ―murmuró mientras recorría el pasillo con dirección a la salida.

Se recargó en la pared sintiendo la cuota del cansancio cobrarle factura con un mareo.

―Bueno, todos morimos un día.

Se alertó en cuanto esa voz llegó a sus oídos.

―¡Déjame en paz! ―Lo miró con hastío―. ¡No me sigas!

Corrió escaleras arriba, regresando por donde había venido. Llegó a un salón vacío y se encerró como si eso pudiera detener a su predador.

―Sí sabes que puedo atravesar las cosas, ¿verdad? ―Se burló Kyoya desde afuera.

―¡Te dije que no me siguieras! ―Le gritó―. ¡Ya estoy harto de ti! ¿Y así dices que me amas? ¿Estás seguro de que no me odias?

―Te amo.

―Tch... Amar es un concepto muy grande. ¿Qué sabes tú del amor?

Buena pregunta, una duda justa.

―Sé que duele... ―le contestó con sinceridad―. Duele cuando se pasa la anestesia y mientras te empeñas en no aceptarlo.

―Déjame en paz... ―Recostó la mitad de su cuerpo en el escritorio, escondiendo su rostro entre sus brazos―. Sólo vete...

―¿Te duele cuando piensas en mí?

¿Qué si le dolía? Sí, y mucho. Tenía el cuerpo lleno de heridas por culpa de ese insolente fantasma... ¿y todavía le preguntaba si le dolía?

―Eres...

Dejó su frase inconclusa cuando la voz se le perdió en la garganta y dejó de salir. Le llegó a la mente, como por casualidad, la última consulta que tuvo con el médico, una a la que había asistido ya que su tratamiento había terminado. Se había sentido repentinamente mal mientras trazaba planes mentales sobre cómo vengarse de ese fantasmita entrometido. Imaginó que tras un plan maestro (que aún no tenía), lo sometería y lo haría disculparse. Sí, lo vio de rodillas ante él, con el ceño fruncido, evitando su mirada, y con el sol dándole de frente, como si estuviera... ¿brillando? Después de eso un mareo repentino, palpitaciones y nauseas lo llevaron de inmediato al consultorio vía taxi. Una vez que le explicó los síntomas al doctor, éste continuó con las preguntas rutinarias y Dino se sorprendió de sus propias respuestas al notar que la mayoría de las reacciones tenían una causa específica.

―¿Entonces considera que sus síntomas se disparan cuando está con esa persona? ―Le preguntó el doctor.

―Eso creo ―admitió con dificultad, apretando sus puños sobre sus rodillas―. Doctor..., ¿es normal pensar que...? ―Negando con la cabeza, reformuló su pregunta―: ¿Existe alguna enfermedad que cause que una persona en particular se vea brillante?

El doctor se tomó su tiempo en responder mientras tomaba un par de notas. Se retiró las gafas y lo miró fijo.

―Sr. Cavallone, probablemente sea algo psicológico.

―¿Psicológico? ―repitió Dino y el doctor asintió.

―Eso, señor, se llama mal de amores ―dijo retirándose las gafas―. Y no lo puede curar un doctor.

―Entonces... ¿qué hago?

―Una pista, señor Cavallone, es que tampoco se puede curar usted solo.

Gruñó apretando sus puños, revolviéndose en su sitio, ladeando el rostro, odiándose por no saber darle nombre a lo que sentía, incluso cuando ya se lo habían dicho. Sintió el cansancio sentarse en sus párpados, miró la puerta aún cerrada, y luego no vio nada.

En el silencio repentino, Kyoya atravesó la puerta, encontrándose a Dino dormido sobre el escritorio. Lo miró unos instantes antes de acercarse. Le acarició los cabellos, rozándolos apenas con las yemas de los dedos. Luego su mano se deslizó por su rostro, trazando una línea de su pómulo a sus labios y ahí se detuvo por tiempo indefinido.

―Ya sé que duele ―le susurró al oído―. Duele caerse en ese laberinto y no hallar la salida; perderse en el rincón más alejado y saber que no saldrás bien de ese agujero, pero... duele más no aceptar que ya estás ahí abajo, ¿no es cierto?

No esperó respuesta, no cuando sabía que estaba inconsciente. Simplemente cerró el espacio entre sus labios, dejándole uno más de sus "te amaré hasta la muerte" implícito en un beso. Y ya con la consciencia relativamente tranquila, desmaterializó su cuerpo y al fin se dignó dejarlo por al menos un par de horas, hasta que las ansias le dictaran que era tiempo de perseguirlo de nuevo.

Dino se removió una vez más, escondiendo el rostro en su antebrazo, ocultando el sonrojo que acaparaba su rostro. La pregunta había sido clara y la obvia respuesta era "sí", pero su mente no la aceptaba, no después de que ese beso anestesiara toda forma y manifestación de dolor. Ya no había forma de negarlo.

El día siguiente llegó sin novedades. En cuanto puso un pie fuera del auto, fue recibido con una daga que, milagrosamente, se clavó en la ventanilla del copiloto en lugar de su cara, dejando una visible grieta en el vidrio. Se llevó una mano al pecho, reajustando su ritmo cardiaco, y antes de que lograra hacerlo, el pequeño fantasma ya se había colado en el auto, saltándole encima para prevenir que escapara.

―¡Podrías haberme matado! ―le gritó Dino.

―Justo de acuerdo al plan ―contestó calmadamente Kyoya.

―Tch, ¿quieres dejar eso ya? ―Dino desvió la mirada, captando la atención del fantasma―. Hay algo que quiero decirte.

―Oh ―Kyoya pareció burlarse―, y ¿qué es?

Dino abrió la boca, soltó una extraña sílaba seguida de un balbuceo y luego apretó los dientes. No era tan sencillo como había pensado.

―Bueno, es que yo... estuve pensando y... ―Le echo un vistazo, y Kyoya lo miraba con una sonrisa que decía "gané"―. Cómo quisiera golpearte en este momento...

―Adelante ―provocó el chico―, hazlo.

Dino alzó las manos; en serio quería hacerlo. Y obviamente Kyoya quería que lo hiciera, que lo tocara y se atara a él.

―Kyoya, escucha. ―Suspiró en son de paz―. Quiero hablar contigo... en serio. ―Cerró la puerta del auto; no iba permitir que nadie interrumpiera ese momento―. Tú dijiste que... que me amas. Dijiste que a pesar de que hubo alguien en tu pasado, me quieres a mí.

―Yo no dije eso.

―Dijiste que había alguien más en tu cabeza cuando estabas contigo ―argumentó Dino―. Quiero que me hables de eso.

―¿No eras tú el que tenía algo que decir? ―Kyoya evidentemente no estaba conforme, no le gustaba que le voltearan el tablero―. Te diré sólo esto ―Pegó su frente a la de Dino―: Antes..., cuando estaba vivo, cometí un error; un error estúpido, de herbívoros. Pero no lo volveré a hacer contigo. Esta vez me aseguraré de no caer solo. Te arrastraré conmigo, hasta el infierno si es necesario, porque te amo.

Dino no sabía descifrar si eso era bueno o malo; el infierno no sonaba para nada apetecible. Entendía perfectamente que el plan de Kyoya consistía en matarlo para que estuvieran juntos por siempre, pero eso no encajaba con el suyo.

―Kyoya...

―Pero si tanto te molesta la idea, sólo di que no quieres. ―Le acarició la mejilla―. Jamás has dicho "no te amo". Si ese es el caso, sólo dilo. Dilo y se acaba. ―Lo soltó alejándose unos centímetros para salir del vehículo―. No me hagas perder el tiempo.

―¡No, espera!

E iba a tomarlo de la muñeca, pero se detuvo en seco. Kyoya estudió ese ademán, no quería tocarlo. Era evidente en ese comportamiento que, sintiera lo que sintiera, no estaba dispuesto a rendirse y dedicarse a él en sacrificio.

―¿Qué? ¿Para qué me detienes si no piensas renunciar a nada?

―Es que...

―¡¿Es que qué?! ―le espetó irritado―. ¡Si vas a rechazarme, hazlo ya!

―¡Te amo!

―¿Ah?

―¡Dije que te amo! ―confirmó Dino, incapaz de verlo directo―. Te... amo ―lo dijo al fin, pero curiosamente Kyoya no sonrió―. Sinceramente no sé por qué. Nunca pensé enamorarme de alguien que quisiera matarme... mucho menos si ese alguien está muerto él mismo. Pero cada vez que te veía, estabas brillando.

―¿Brillando? ―Kyoya alzó una ceja.

―Sí. ―Asintió Dino―. Fui al doctor... y me dijeron que no podía curar esto yo solo. Y entonces me di cuenta de que te necesitaba a ti, que necesitaba dejar de huir y mirarte a través de ese brillo y...

―¿Quieres dejar esas cursilerías? ―cortó Kyoya―. Comienzo a arrepentirme de esto.

―¿Eh? No, espera. Estoy hablando en serio.

―¿Qué tan en serio? ―Kyoya se acercó a sus labios y Dino cerró los ojos con fuerza―. ¿Qué pasa? ¿No puedes contestar? ―Le tomó la corbata y lo besó con suavidad―. ¿Morirías por mí?

―Sí... ―murmuró Dino―, pero aún no.

Y se rompieron todos los cristales del auto.

-[+]-

Una semana transcurrió y el fin de mes estaba a la vuelta de la esquina. Una semana donde el uno perseguía al otro, intercambiando lugares arbitrariamente, discutiendo por todo y por nada, balanceándose entre la vida y la muerte.

―¡¿Por qué te enojas tanto?! ―gritaba Dino cuando le mandaba a volar la paciencia―. ¡¿Es tan importante que muera justo en este momento?!

―¡Sí, lo es! ―le contestaba Kyoya.

―¿Por qué no puedes esperar? ¿Acaso no confías en mí?

―Siempre pasan cosas, ¿entiendes? No quiero que nada se interponga en esto.

Dino suspiró, aún con enfado. Sabía que Kyoya tenía cierta razón, que ambos la tenían, que ninguno de los dos se estaba dando la prioridad que debían darse.

―Escucha, hay una promesa que hice ―le dijo―. Tengo que vivir.

―¿Y esa promesa es más importante que yo?

―¡Son dos cosas enteramente distintas! No puedo compararlas.

―Si realmente me amaras, no te importaría nada más.

―Te amo ―aclaró Dino―. Realmente te amo. Pero, entiende, hay cosas... que quiero lograr antes de morir.

―¡¿Por qué te aferras tanto a algo tan efímero?! ―protestó Kyoya―. La vida es la única cosa que con toda seguridad te defraudará. Nunca es de la forma que esperas, de la forma en que se supone que debía ser... Da vueltas y giros y destruye todo... Y al final te deja atrás.

―¿Entonces por qué sigues aquí? ¿Por qué eres tú quien se aferra a eso que tanto detestas? ¿No es porque hay algo en ella que quieres hacer?

Kyoya chasqueó la lengua. Odiaba tanto perder, pero Dino tenía la asquerosa razón.

―¿A qué quieres llegar?

―Confía en mí. ―Dino se acercó a él―. Espérame. No voy a traicionarte nunca, porque te amo. Y cuando haya vivido lo suficiente, cuando haya hecho todo lo que tenía que hacer, iré contigo... hasta el infierno si quieres.

"No esto de nuevo", pensó Kyoya.

―¿Y crees que voy a acceder a eso? ―le preguntó―. ¿Qué me quedaré tranquilo mientras tú haces una vida y sin garantías de que volverás a mi lado? No soy idiota, Cavallone.

―Si mi palabra no es suficiente, quizás esto sí ―respondió Dino cerrando la distancia entre ambos.

Lo acorraló contra la pared, como había hecho en otra ocasión, pero esta vez, con intenciones muy diferentes; se inclinó para unir sus labios y besarlo. Notó un respingo por parte de Kyoya, pero lo tomó de la cintura, sin darle opción de alejarse. Le ladeó la cabeza tomándolo de la barbilla, hundiéndose en la boca contraria, disfrutando de cada roce, de cada caricia. Y sólo se detuvo cuando Kyoya le mordió la lengua, obligándolo a retroceder al instante.

―¿Por qué diablos me besaste? ―Jadeó―. ¿Sabes lo que acabas de hacer?

―Esa es tu garantía. ―Dino barrió la sangre en su labio con el dorso de su mano―. Yo.


+(1)"¿Sabes cómo te das cuenta que tienes un corazón?... Cuando se rompe". Tomado de la película The Wizard of Oz (1939). Diálogo original: "Now I know I´ve a heart, because it´s breaking".

+(2)"Te amaré hasta la muerte". Con esta ambigua frase (obviamente basada en el "te morderé hasta la muerte") tenía en mente dos significados: "no dejaré de amarte hasta el día de nuestra muerte" (sentido romántico) y "te amaré tanto que morirás por ello" (sentido carnívoro).