Aclaraciones inicio de capitulo

Buenas primero que todo disculpen la tardanza pero estaba en periodo de exámenes en la universidad y por eso no pude actualizar…

Ahora agradezco a todos lo que se tomaron la molestia de leer y darle favorito al fic, gracias de verdad.

Por cierto más adelante hare otro fic del que tomare partes de este, lo recalco para que después no piensen que es plagio xD

Sin nada más que decir que disfruten de la lectura.

Capítulo 2

-Capitulo 1:Pulverizo accidentalmente a mi profesora de introducción al álgebra-Leyó Atenea

Mira, yo no quería ser mestizo.

Si estás leyendo esto porque crees que podrías estar en la misma situación, mi consejo es éste: cierra el libro inmediatamente. Créete la mentira que tu padre o tu madre te contaran sobre tu nacimiento, e intenta llevar una vida normal.

-Ese fue un buen consejo viniendo de Percy –interrumpió Thalía, mientras le sonría con algo de burla a Percy

-Ja ja ja ja, que graciosa Grace –le respondió Percy, lo negaría si le preguntaban pero estaba feliz de ver a su prima de nuevo después de tanto tiempo.

-Me van a dejar seguir leyendo –pregunto malhumorada Atenea.

Ser mestizo es peligroso. Asusta. La mayor parte del tiempo sólo sirve para que te maten de manera horrible y dolorosa.

Los dioses con hijos se observaron entre sí, algo les decía que esos libros les pondrían los nervios alterados y es que aunque no l demostraran o más bien no les permitieran demostrarlo, ellos se preocupaban por sus hijos… salvo una que otra excepción claro.

Si eres un niño normal, que está leyendo esto porque cree que es ficción, fantástico. Sigue leyendo. Te envidio por ser capaz de creer que nada de esto sucedió.

Pero si te reconoces en estas páginas —si sientes que algo se remueve en tu interior—, deja de leer al instante. Podrías ser uno de nosotros. Y en cuanto lo sepas, sólo es cuestión de tiempo que también ellos lo presientan, y entonces irán por ti.

No digas que no estás avisado.

-No me avisaste –le reclamo Nico a Percy.

-La próxima vez te aviso pero no reclames si la mantícora aprovecha para matarte –le replico sonriente Percy.

Me llamo Percy Jackson.

-Eh vivido engañado, pensé que era Peter Johnson –exclamo Connor Stoll con dramatismo, logrando sacar una risa de sus compañeros griegos, los romanos y los dioses no entendían cuál era el chiste pero se abstuvieron de decir nada porque Atenea continuo leyendo cada vez más molesta por las interrupciones.

Tengo doce años. Hasta hace unos meses estudiaba interno en la academia Yancy, un colegio privado para niños con problemas, en el norte del estado de Nueva York.

¿Soy un niño con problemas?

-Siiiii –exclamaron con diversión todos los que conocían al chico tanto griegos como romanos.

Sí.

Podríamos llamarlo así.

-Hasta tú mismo lo reconoces, sesos de alga –dijo Annabeth, logrando enfurruñar al muchacho, empezaba a odiar el hecho de que fueran sus pensamientos los que se leían.

Podría empezar en cualquier punto de mi corta y triste vida para dar prueba de ello, pero las cosas comenzaron a ir realmente mal en mayo del año pasado, cuando los alumnos de sexto curso fuimos de excursión a Manhattan: veintiocho críos tarados y dos profesores en un autobús escolar amarillo, en dirección al Museo Metropolitano de Arte a ver cosas griegas y romanas.

-Pero que tortura .intervino Poseidón, ganándose una mirada de odio de la diosa que leía y una sonrisa divertida de Percy.

Ya lo sé: suena a tortura. La mayoría de las excursiones de Yancy lo eran. Pero el señor Brunner, nuestro profesor de latín, dirigía la excursión, así que tenía esperanzas. El señor Brunner era un tipo de mediana edad que iba en silla de ruedas motorizada. Le clareaba el cabello, lucía una barba desaliñada y una chaqueta de tweed raída que siempre olía a café.

-Quirón ese eres tu –afirmo Hades.- ¿qué hacías en una escuela de mortales?

-Ya se explicara en la lectura señor Hades.- le respondió el centauro.

Con ese aspecto, imposible adivinar que era guay, pero contaba historias y chistes y nos dejaba jugar en clase. También tenía una colección alucinante de armaduras y armas romanas, así que era el único profesor con el que no me dormía en clase.

-No debes dormirte en clase muchacho –se auto interrumpió Atenea, para luego seguir leyendo sin esperar respuesta.

Esperaba que el viaje saliera bien. Esperaba, por una vez, no meterme en problemas.

Anda que no estaba equivocado.

Verás, en las excursiones me pasan cosas malas. Como cuando en quinto fui al campo de batalla de Saratoga, donde tuve aquel accidente con el cañón de la guerra de la Independencia americana. Yo no estaba apuntando al autobús del colegio, pero por supuesto me expulsaron igualmente. Y antes de aquello, en cuarto curso, durante la visita a las instalaciones de la piscina para tiburones en Marine World, le di a la palanca equivocada en la pasarela y nuestra clase acabó dándose un chapuzón inesperado. Y la anterior… Bueno, te haces una idea, ¿verdad?

Para ese momento todos reían acosta de las desgracias del muchacho, incluyendo a los dioses y al mismo muchacho que ahora le resultaba divertido recordar esas experiencias.

-Muchacho debes contarnos más –le dijo Apolo.

-Ningún inconveniente señor Apolo, pero mejor lo dejamos para cuando terminemos los libros –le respondió Percy.

En aquella excursión estaba decidido a portarme bien.

Durante todo el viaje a la ciudad soporté a Nancy Bobofit, la pelirroja pecosa y cleptómana que le lanzaba a mi mejor amigo, Grover, trocitos de sándwich de mantequilla de cacahuete y kétchup al cogote.

Grover era un blanco fácil. Era canijo y lloraba cuando se sentía frustrado. Debía de haber repetido varios cursos, porque era el único en sexto con acné y una pelusilla incipiente en la barbilla. Además, estaba lisiado. Tenía un justificante que lo eximía de la clase de Educación Física durante el resto de su vida, ya que padecía una enfermedad muscular en las piernas. Caminaba raro, como si cada paso le doliera; pero que eso no te engañe: tendrías que verlo correr el día que tocaba enchilada en la cafetería.

-Vaya amigo gracias por describirme tan bien –le reclamo sarcástico Grover a Percy.

-Lo siento hombre –le respondió pero era claro que no lo sentía verdaderamente.

En cualquier caso, Nancy Bobofit estaba tirándole trocitos de sándwich que se le quedaban pegados en el pelo castaño y rizado, y sabía que yo no podía hacer nada porque ya estaba en periodo de prueba. El director me había amenazado con expulsión temporal si algo malo, vergonzoso o siquiera medianamente entretenido sucedía en aquella salida.

—Voy a matarla —murmuré.

-Por fin algo de acción –exclamo Ares sentándose al borde de su trono por la anticipación.

Grover intentó calmarme.

—No pasa nada. Me gusta la mantequilla de cacahuete.

—Esquivó otro pedazo del almuerzo de Nancy.

—Hasta aquí hemos llegado.

—Empecé a ponerme en pie, pero Grover volvió a hundirme en mi asiento.

—Ya estás en periodo de prueba —me recordó—. Sabes a quién van a culpar si pasa algo.

-Sátiro eso no se hace, yo quería acción –dijo Ares haciendo rabieta, dejando sorprendidos a los romanos que no conocían ese lado inmaduro de uno de los dioses más importantes en Roma.

Echando la vista atrás, ojalá hubiera tumbado a Nancy Bobofit de un tortazo en aquel preciso instante.

La expulsión temporal no habría sido nada en comparación con el lío en que estaba a punto de meterme.

-En cuantos problemas te has metido muchacho –interrumpió Hestia mientras miraba preocupada a Percy.

-Señora Hestia son tantos que no podría contarlos.- eso solo logro preocupar más a la diosa pues ya empezaba a tener cariño por todos los semidioses.

El señor Brunner conducía la visita al museo.

Él iba delante, en su silla de ruedas, guiándonos por las enormes y resonantes galerías, a través de estatuas de mármol y vitrinas de cristal llenas de cerámica roja y negra súper vieja.

Me parecía flipante que todo aquello hubiese sobrevivido más de dos mil o tres mil años.

-mucho más que eso niño, mucho más –interrumpió Deméter.

-Dejen de interrumpir así nunca vamos a acabar –dijo molesta Atenea.

-Relájate sobrina, el tiempo de los chicos está detenido así que podemos tomarnos todo lo necesario para leer. –le dijo Poseidón.

-Si el necesario, pero con tanta interrupción nunca vamos a acabar –le respondió obstinada la diosa.

-Bueno, bueno sigue leyendo hija. –le dijo Zeus antes de que esos dos comenzaran a pelear, porque de comenzar una pelea nunca terminarían de leer ni el primer capítulo y él estaba interesado en ese semidiós Percy Jackson, podía sentir el poder que irradiaba a pesar de no poder identificar el origen. Y él quería saber si podría llegar a ser su hijo, después de todo solo un hijo suyo podría ser tan poderoso.

Nos reunió alrededor de una columna de piedra de casi cuatro metros de altura con una gran esfinge encima, y empezó a contarnos que había sido un monumento mortuorio, una estela, de una chica de nuestra edad. Nos habló de los relieves de sus costados. Yo intentaba prestar atención, porque parecía realmente interesante, pero los demás hablaban sin parar, y cuando les decía que se callaran, la otra profesora acompañante, la señora Dodds, me miraba mal.

-Este es definitivamente el fin del mundo, Percy interesado en una clase. –interrumpió de nuevo Annabeth.

-Oye que yo puedo interesarme en muchas cosas, no se vale que la tomes conmigo –le respondió Percy para luego acercarse a donde estaba sentada la chica y besarla.

-Tu misma sabes que es cierto. –le susurró al oído Percy luego del beso.

En ese momento se escuchó un chillido que los dejo sordos y atontados por minutos, la responsable era lógicamente Afrodita que no podía ver a dos enamorados sin emocionarse.

-Son novios –les pregunto la diosa.

-Si señora, desde hace unos meses –le respondió Annabeth para luego darle campo a su novio para que pudiera sentarse con ella en el mismo cojín.

-Puede continuar señorita Atenea –dijo Percy luego de haberse sentado.

La señora Dodds era una profesora de matemáticas procedente de Georgia que siempre llevaba cazadora de cuero, aunque era menuda y rondaba los cincuenta años. Tenía un aspecto tan fiero que parecía dispuesta a plantarte la Harley en la taquilla.

-¿Por qué te envié a una furia muchacho?- le pregunto Hades a su sobrino.

-Ya se sabrá señor Hades –le dijo enigmático el pelinegro.

Todos los demás dioses estaban sorprendidos, era bastante obvio que el muchacho no sabía de su procedencia en ese momento y tener que enfrentarse posiblemente a una furia era demasiado para la mayoría de semidioses. Los romanos estaban sorprendidos de que el primer monstruo de su pretor fuese una furia y la admiración que sentían por el incremento salvo Octavian que estaba molesto por no encontrar una forma de quitarle el puesto a Percy.

En cuanto a Zeus estaba cada vez más convencido de que el muchacho era hijo suyo, que otra posibilidad había… esos eran los pensamientos del Rey de los dioses.

Había llegado a Yancy a mitad de curso, cuando nuestra anterior profesora de matemáticas sufrió un ataque de nervios.

Desde el primer día, la señora Dodds adoró a Nancy Bobofit y a mí me clasificó como un engendro del demonio. Me señalaba con un dedo retorcido y me decía «y ahora, cariño», súper dulce, y yo sabía que a continuación me castigaría a quedarme después de clase.

-Como se atreve a llamarte así –exclamo ofendido Zeus, Percy solo lo miro sin saber porque su tío lo defendía, claro él había olvidado el pequeño detalle de que no había mencionado a su padre divino.

-Al ver que el muchacho no le respondía a su padre Atenea continúo leyendo.

Una vez, tras haberme obligado a borrar respuestas de viejos libros de ejercicios de matemáticas hasta medianoche, le dije a Grover que no creía que la señora Dodds fuera humana. Se quedó mirándome, muy serio, y me respondió: «Tienes toda la razón.»

-Grover te dije que tenías que disimular –lo reprendió Quirón.

-Lo siento Quirón pero en ese tiempo me era muy difícil –le respondió el sátiro sonrojado al escuchar las risitas nada disimuladas de los romanos.

-No sé a quién se le ocurre poner a un estúpido fauno a cuidar a un semidiós –exclamo entre risas Octavian, logrando que Grover se sintiera peor aún, los demás romanos salvo los de la profecía de los 7 compartían el pensamiento del augur pero no se atrevían a decirlo en voz alta.

-Octavian cierra el pico y te lo cierro yo –ordeno furioso Percy.-no voy a permitir que te burles de mi mejor amigo.

-Por favor Percy, no tienes que fingir con nosotros –siguió riendo Octavian, a diferencia los demás romanos que si habían obedecido a la orden de su pretor.

-Octavian parece que no entiendes, te estoy dando una orden, recuerda que sigo siendo tu pretor –le dijo Percy tratando e controlar su enojo.- y no finjo nada Grover es mi mejor amigo y como continúes insultándolo y desobedeciendo mis órdenes te quitare tu puesto de augur.

Y con eso logro que Octavian cerrara la boca y mirara con miedo a su pretor, lo había olvidado Percy podía hacer con él lo que quisiera además de que Reyna no lo iba a defender podía deducir por la mirada que le estaba enviando.

-Gracias Percy pero no tenías que hacer eso por mí –le dijo Grover.

-Claro que si Grover y no repliques. –le dijo al ver que intentaba seguir discutiendo.

-Atenea continua con la lectura –le ordeno Zeus a su hija, si las cosas seguían así podía haber una pelea y no era lo mejor en ese momento.

El señor Brunner seguía hablando del arte funerario griego.

Al final, Nancy Bobofit se burló de una figura desnuda cincelada en la estela y yo le espeté:

— ¿Te quieres callar?

—Me salió más alto de lo que pretendía.

El grupo entero soltó risitas y el profesor interrumpió su disertación.

—Señor Jackson —dijo—, ¿tiene algún comentario que hacer?

Me puse como un tomate y contesté:

—No, señor.

El señor Brunner señaló una de las imágenes de la estela.

—A lo mejor puede decirnos qué representa esa imagen.

Miré el relieve y sentí alivio porque de hecho lo reconocía.

—Ése es Cronos devorando a sus hijos, ¿no?

-Tenías que elegir justamente esa Quirón –dijo Hestia recordando la terrible infancia que paso junto a sus hermanos.

-Lo siento señora, pero era la más cercana a donde estábamos.

—Sí —repuso él—. E hizo tal cosa por…

—Bueno…

—Escarbé en mi cerebro—. Cronos era el rey dios y…

Zeus estuvo tentado a regañar al muchacho pero se contuvo solo porque pensaba que era su hijo y no quería avergonzarlo frente a sus amigos y porque quería que el muchacho le tuviera aprecio pues no veía que le tuviera mucho en ese momento, pues no le había mirado ni una sola vez a excepción de cuando se había dirigido al directamente, en cambio miraba muy seguido a su hermano Poseidón, el esperaba que no la hubiera pasado muy mal por culpa de sus hermanos.

— ¿Dios?

—Titán —me corregí—. Y… y no confiaba en sus hijos, que eran dioses. Así que Cronos… esto… se los comió, ¿no? Pero su mujer escondió al pequeño Zeus y le dio a cambio una piedra. Y después, cuando Zeus creció, engañó a su padre para que vomitara a sus hermanos y hermanas…

— ¡Puaj! —dijo una chica a mis espaldas.

-Eso es quedarse corto –interrumpió por primera vez Hera.

—… así que hubo una gran lucha entre dioses y titanes —proseguí—, y los dioses ganaron.

Algunas risitas.

Detrás de mí, Nancy Bobofit cuchicheó con una amiga:

—Menudo rollo. ¿Para qué va a servirnos en la vida real? Ni que en nuestras solicitudes de empleo fuera a poner: «Por favor, explique por qué Cronos se comió a sus hijos.»

— ¿Y para qué, señor Jackson —insistió Brunner, parafraseando la excelente pregunta de la señorita Bobofit—, hay que saber esto en la vida real?

—Te han pillado —murmuró Grover.

—Cierra el pico —siseó Nancy, con la cara aún más roja que su pelo.

Por lo menos habían pillado también a Nancy. El señor Brunner era el único que la sorprendía diciendo maldades. Tenía radares por orejas.

-En ese momento me alegro muchísimo que esa tuviera un poco de escarmiento –dijo riendo Percy mientras aun abrazaba por la espalda a Annabeth.

Pensé en su pregunta y me encogí de hombros.

—No lo sé, señor.

—Ya veo.

—Brunner pareció decepcionado—. Bueno, señor Jackson, ha salido medio airoso. Es cierto que Zeus le dio a Cronos una mezcla de mostaza y vino que le hizo expulsar a sus otros cinco hijos, que al ser dioses inmortales habían estado viviendo y creciendo sin ser digeridos en el estómago del titán. Los dioses derrotaron a su padre, lo cortaron en pedazos con su propia hoz y desperdigaron los restos por el Tártaro, la parte más oscura del inframundo. Bien, ya es la hora del almuerzo. Señora Dodds, ¿podría conducirnos a la salida?

-Vaya manera de cambiar de tema Quirón –le dijo Hermes al centauro.

La clase empezó a salir, las chicas conteniéndose el estómago, y los chicos a empujones y actuando como merluzos. Grover y yo nos disponíamos a seguirlos cuando el profesor exclamó:

— ¡Señor Jackson!

Lo sabía.

Le dije a Grover que se fuera y me volví hacia Brunner.

— ¿Señor?

—Tenía una mirada que no te dejaba escapar: ojos castaño intenso que podrían tener mil años y haberlo visto todo.

-No soy tan viejo Percy –le dijo sonriendo al muchacho.

—Debes aprender la respuesta a mi pregunta —me dijo.

— ¿La de los titanes?

—La de la vida real. Y también cómo se aplican a ella tus estudios.

—Ah.

—Lo que vas a aprender de mí es de importancia vital. Espero que lo trates como se merece. Sólo voy a aceptar de ti lo mejor, Percy Jackson.

Quería enfadarme, pues aquel tipo sabía cómo presionarme de verdad. Verás, quiero decir que sí, que molaban los días de competición, esos en que se disfrazaba con una armadura romana y gritaba « ¡Adelante!», y nos desafiaba, espada contra tiza, a que corriéramos a la pizarra y nombráramos a todas las personas griegas y romanas que vivieron alguna vez, a sus madres y a los dioses que adoraban. Pero Brunner esperaba que yo lo hiciera tan bien como los demás, a pesar de que soy disléxico y poseo un trastorno por déficit de atención y jamás he pasado de un aprobado…

-Enserio semidiós nunca pasaste de un aprobado. –le interrogo Atenea parando con la lectura.

-Hasta ese momento así era, luego tuve algo de ayuda para mejorar –le respondió sonriente mientras besaba la mejilla de su novia.

No; no esperaba que fuera tan bueno como los demás: esperaba que fuera mejor. Y yo simplemente no podía aprenderme todos aquellos nombres y hechos, y mucho menos deletrearlos correctamente.

-Ahora no me cuesta nada de nada –interrumpió de nuevo Percy.

Murmuré algo acerca de esforzarme más mientras él dedicaba una triste mirada a la estela, como si hubiera estado en el funeral de la chica.

Me dijo que saliera y tomase mi almuerzo.

La clase se reunió en la escalinata de la fachada, desde donde se podía contemplar el tráfico de la Quinta Avenida. Se avecinaba una enorme tormenta, con las nubes más negras que había visto nunca sobre la ciudad. Supuse que sería efecto del calentamiento global o algo así, porque el tiempo en Nueva York había sido más bien rarito desde Navidad. Habíamos sufrido brutales tormentas de nieve, inundaciones e incendios provocados por rayos. No me habría sorprendido que fuese un huracán.

-¿Y porque están peleando ustedes dos ahora? –les pregunto Deméter a sus hermanos Poseidón y Zeus.

Los dioses solo se encogieron de hombros sin saber el motivo.

Nadie más pareció reparar en ello. Algunos chicos apedreaban palomas con trocitos de cookies. Nancy Bobofit intentaba robar algo del monedero de una mujer y, evidentemente, la señora Dodds hacía la vista gorda.

-Díganme que esa no es mi hija –pregunto asustado Hermes.

-No se preocupe señor que no es hija suya.-le respondió Grover para tranquilidad del dios.

Grover y yo estábamos sentados en el borde de una fuente, alejados de los demás. Pensábamos que así no todo el mundo sabría que pertenecíamos a aquella escuela: la escuela de los pringados y los raritos que no encajaban en ningún otro sitio.

— ¿Castigado? —me preguntó Grover.

—Qué va. Brunner no me castiga. Pero me gustaría que aflojara de vez en cuando. Quiero decir… no soy ningún genio.

Grover guardó silencio. Entonces, cuando pensé que iba a soltarme algún reconfortante comentario filosófico, me preguntó:

— ¿Puedo comerme tu manzana?

Todos los presentes en la sala del trono comenzaron a reírse de la salida del sátiro, inclusive Hera y Zeus pues la lectura había comenzado a relajar el ambiente de manera gradual.

Tampoco tenía demasiado apetito, así que se la di.

Observé la corriente de taxis que bajaban por la Quinta Avenida y pensé en el apartamento de mi madre, a sólo unas calles de allí.

No la veía desde Navidad. Me entraron ganas de subir a un taxi que me llevara a casa. Me abrazaría y se alegraría de verme, pero también se sentiría decepcionada y me miraría de aquella manera. Me devolvería directamente a Yancy, me recordaría que tenía que esforzarme más, aunque aquélla era mi sexta escuela en seis años y probablemente fueran a expulsarme otra vez. Era incapaz de volver a soportar esa mirada.

-Quieres mucho a tu madre ¿no? –le pregunto Hera.

-Si señora haría de todo por ella.- la diosa solo le sonrió en respuesta, Percy se sentía algo extraño con la actitud de la diosa pero era mejor aprovechar ahora que estaba de buenas.

El señor Brunner aparcó su vehículo al final de la rampa para paralíticos. Masticaba apio mientras leía una novela en rústica. En la parte trasera de la silla tenía encajada una sombrilla roja, lo que la hacía parecer una mesita de terraza motorizada.

Me disponía a abrir mi sándwich cuando Nancy Bobofit apareció con sus desagradables amigas —supongo que se habría cansado de desplumar a los turistas—, y tiró la mitad de su almuerzo a medio comer sobre el regazo de Grover.

-Esa mocosa- exclamo enfurecida Thalía. -Percy dime que le hiciste algo.

Por toda respuesta Percy le sonrió de manera sombría.

—Vaya, mira quién está aquí.

—Me sonrió con los dientes torcidos. Tenía pecas naranja, como si alguien le hubiera pintado las mejillas con espray.

Intenté mantener la calma. El consejero de la escuela me había dicho un millón de veces: «Cuenta hasta diez, controla tu mal genio.» Pero yo estaba tan cabreado que me quedé en blanco. Y a continuación oí un revuelo y estrépito de agua. No recuerdo haberla tocado, pero lo siguiente que vi fue a Nancy sentada de culo en medio de la fuente, gritando:

— ¡Percy me ha empujado! ¡Ha sido él!

-Poseidón –grito enfurecido Zeus, no podía creer que el chico que tanto deseaba como hijo fuera hijo de su hermano mayor.- Haz roto el pacto.

Poseidón no le respondió de inmediato pues estaba sorprendido, ese muchacho era hijo suyo… en cuanto miro en dirección de Percy y vio la sonrisa en su rostro como confirmación de su parentesco una enorme alegría surgió en su pecho, en ese momento capto los gritos de su hermano menor y con algo de miedo por la seguridad de su nuevo hijo le respondió –aún no hemos hecho el pacto y te recuerdo que yo no estaba de acuerdo en realizarlo y de una vez te lo digo no te atreves a hacerle nada a mi hijo porque no respondo. –le dijo a Zeus mientras lo miraba con enojo.

Zeus se cayó y volvió a sentarse en su trono, él no era tan estúpido como para empezar una pelea con Poseidón en ese momento; él sabía que su hermano era terriblemente sobreprotector así que tendría que aguatarse las ganas de momento… por otro lado no podía creer que el muchacho no fuera hijo suyo, se sentía decepcionado.

La señora Dodds se materializó a nuestro lado.

Algunos chicos cuchicheaban:

— ¿Has visto…?

—… el agua…

—…la ha arrastrado…

No sabía de qué hablaban, pero sí sabía que había vuelto a meterme en problemas.

En cuanto la profesora se aseguró de que la pobrecita Nancy estaba bien y le hubo prometido una camiseta nueva en la tienda del museo, se centró en mí. Había un resplandor triunfal en sus ojos, como si por fin yo hubiese hecho algo que ella llevaba esperando todo el semestre.

—Y ahora, cariño…

—Lo sé —musité—. Un mes borrando libros de ejercicios.

—Pero no acerté.

—Ven conmigo —ordenó la mujer.

-Hades más te vale que tu furia no le haga anda a mi hijo.-exclamo Poseidón molesto ahora con su hermano por enviarle un monstruo semejante.

Sin saber que decir Hades guardo silencio, rezando por que Alecto no le hiciera nada a su sobrino, conocía de primera mano cómo era Poseidón enfadado y no se creía capaz de enfrentarlo.

— ¡Espere! —Intervino Grover—. He sido yo. Yo la he empujado.

Me quedé mirándolo, perplejo. No podía creer que intentara encubrirme. A Grover la señora Dodds le daba un miedo de muerte. Ella lo miró con tanto desdén que a Grover le tembló la barbilla.

—Me parece que no, señor Underwood —replicó.

—Pero…

—Usted-se-queda-aquí.

-Gracias sátiro –le dijo Poseidón a Grover.

-No tiene que agradecer señor, era mi deber y Percy es mi mejor amigo.

Grover me miró con desesperación.

—No te preocupes —le dije—. Gracias por intentarlo.

—Bien, cariño —ladró la profesora—. ¡En marcha!

Nancy Bobofit dejó escapar una risita.

Yo le lancé mi mirada de luego-te-asesino

Los romanos se estremecieron al unísono, recordaban bastante bien esa mirada y no quería recibirla en persona. Los dioses notaron la reacción y una vez más se preguntaron como un griego había llegado a ser el líder de los romanos.

Y me volví dispuesto a enfrentarme a aquella bruja, pero ya no estaba allí. Se hallaba en la entrada del museo, en lo alto de la escalinata, dándome prisas con gestos de impaciencia.

¿Cómo había llegado allí tan rápido?

Suelo tener momentos como ése, cuando mi cerebro parece quedarse dormido, y lo siguiente que ocurre es que me he perdido algo, como si una pieza de puzzle se hubiera caído del universo y me dejara mirando el vacío detrás. El consejero del colegio me dijo que era una consecuencia del THDA, Trastorno Hiperactivo del Déficit de Atención: mi cerebro malinterpretando las cosas.

Yo no estaba tan seguro.

-Buenos instintos sobrino –le dijo Hestia cariñosamente a Percy.

-Gracias señora Hestia, ojala les hubiera hecho caso más seguido –le dijo riendo ligeramente.

Me dirigí hacia la señora Dodds.

A mitad de camino me volví para mirar a Grover. Estaba pálido, dejándose los ojos entre el señor Brunner y yo, como si quisiera que éste reparara en lo que estaba sucediendo, pero Brunner seguía absorto en su novela.

-Quirón. –exclamaron los dioses que habían comenzado a sentir cariño por el semidiós, los cuales eran todos menos Atenea, Zeus que aún estaba en negación y Artemisa que pensaba que el muchacho no tardaría en comportarse como todos los hombres.

Miré de nuevo hacia arriba. La muy bruja había vuelto a desaparecer. Ya estaba dentro del edificio, al final del vestíbulo. «Vale —pensé—. Me obligará a comprarle a Nancy una camiseta nueva en la tienda de regalos.» Pero al parecer no era ése el plan.

Nos adentramos en el museo. Cuando por fin la alcancé, estábamos de nuevo en la sección grecorromana. Salvo nosotros, la galería estaba desierta.

-Que conveniente no –dijo Leo preocupado por su amigo y héroe.

Ella permanecía de brazos cruzados frente a un enorme friso de mármol de los dioses griegos. Hacía un ruido muy raro con la garganta, como si gruñera. Pero incluso sin ese ruido yo habría estado nervioso.

Ya es bastante malo quedarse a solas con un profesor, no digamos con la señora Dodds. Había algo en la manera en que miraba el friso, como si quisiera pulverizarlo…

—Has estado dándonos problemas, cariño —dijo.

Opté por la opción segura y respondí:

—Sí, señora.

Los que conocían bien a Percy, ósea Annabeth, Grover, Thalía, Nico, Jason, Piper, Leo, Frank, Hazel y Quirón; lo miraron con incredulidad desde cuanto Percy era prudente.

Se estiró los puños de la cazadora de cuero.

— ¿Creías realmente que te saldrías con la tuya?

—Su mirada iba más allá del enfado. Era perversa.

«Es una profesora —pensé nervioso—, así que no puede hacerme daño.»

—Me… me esforzaré más, señora —dije.

Un trueno sacudió el edificio.

—No somos idiotas, Percy Jackson —prosiguió ella—. Descubrirte sólo era cuestión de tiempo.

Confiesa, y sufrirás menos dolor.

¿De qué hablaba? Quizá los profesores habían encontrado el alijo ilegal de caramelos que vendía en mi dormitorio. O quizá se habían dado cuenta de que había sacado la redacción sobre Tom Sawyer de internet sin leerme siquiera el libro y ahora iban a quitarme la nota. O peor aún, me harían leer el libro.

-Me caes bien primo –dijeron al unísono Hermes y Apolo riendo.

— ¿Y bien? —insistió.

—Señora, yo no…

—Se te ha acabado el tiempo —siseó entre dientes.

Entonces ocurrió la cosa más rara del mundo: los ojos empezaron a brillarle como carbones en una barbacoa, se le alargaron los dedos y se transformaron en garras, su cazadora se derritió hasta convertirse en enormes alas coriáceas… Me quedé estupefacto. Aquella mujer no era humana. Era una criatura horripilante con alas de murciélago, zarpas y la boca llena de colmillos amarillentos, y quería hacerme trizas…

-Reza Hades para que mi hijo salga con bien y lo lamentaras –decía Poseidón con su tridente en la mano.

Y de pronto las cosas se tornaron aún más extrañas: el señor Brunner, que un minuto antes estaba fuera del museo, apareció en la galería y me lanzó un bolígrafo.

— ¡Agárralo, Percy! —gritó.

La señora Dodds se abalanzó sobre mí.

Con un gemido, la esquivé y sentí sus garras rasgar el aire junto a mi oreja. Atrapé el bolígrafo al vuelo y en ese momento se convirtió en una espada. Era la espada de bronce del señor Brunner, la que usaba el día de las competiciones.

-Buenos reflejos chico –le dijo sorprendido Ares, no era común que un semidiós ni siquiera sus primos o hermanos le impresionaran con facilidad, pero ese hijo de Poseidón lo estaba logrando.

La señora Dodds se volvió hacia mí con una mirada asesina.

Mis rodillas parecían de gelatina y las manos me temblaban tanto que casi se me cae la espada.

— ¡Muere, cariño! —rugió, y voló directamente hacia mí.

Me invadió el pánico e instintivamente blandí la espada.

-Vaya un guerrero nato, no nació uno desde hace muchos siglos. –interrumpió Deméter, expresando la sorpresa de todos los Olímpicos y de los romanos.

La hoja de metal le dio en el hombro y atravesó su cuerpo como si estuviera relleno de aire. ¡Chsss! La señora Dodds explotó en una nube de polvo amarillo y se volatilizó en el acto, sin dejar nada aparte de un intenso olor a azufre, un alarido moribundo y un frío malvado alrededor, como si sus ojos encendidos siguieran observándome.

-Tienes suerte hermano- le dijo Poseidón a Hades.

Estaba solo. Y en mi mano sólo tenía un bolígrafo.

El señor Brunner había desaparecido. No había nadie excepto yo. Aún me temblaban las manos. Mi almuerzo debía de estar contaminado con hongos alucinógenos o algo así.

¿Me lo había imaginado todo?

Regresé fuera.

Había empezado a lloviznar.

Grover seguía sentado junto a la fuente, con un mapa del museo extendido sobre su cabeza. Nancy Bobofit también estaba allí, aún empapada por su bañito en la fuente, cuchicheando con sus compinches. Cuando me vio, me dijo:

—Espero que la señora Kerr te haya dado unos buenos azotes en el culo.

— ¿Quién? —pregunté.

—Nuestra profesora, lumbrera.

Parpadeé. No teníamos ninguna profesora que se llamara así. Le dije de qué estaba hablando, pero ella se limitó a poner los ojos en blanco y darse la vuelta.

-Te afecta mucho la niebla hijo. –le dijo preocupado Poseidón.

-Si papá me afecta bastante, pero con el paso del tiempo se fue quitando, aunque aún ahora algunas cosas aún se me escapan.

Eso no logro tranquilizar mucho a Poseidón que se preguntaba el motivo por el cual la niebla era tan fuerte en su hijo.

Le pregunté a Grover por la señora Dodds.

— ¿Quién? —preguntó, y como vaciló un instante y no me miró a los ojos, pensé que pretendía tomarme el pelo.

—No es gracioso, tío —le dije—. Esto es grave.

Resonaron truenos sobre nuestras cabezas.

El señor Brunner seguía sentado bajo su sombrilla roja, leyendo su libro, como si no se hubiera movido. Me acerqué a él. Levantó la mirada, algo distraído.

—Ah, mi bolígrafo. Le agradecería, señor Jackson, que en el futuro trajera su propio utensilio de escritura.

Se lo tendí. Ni siquiera había reparado en que seguía sosteniéndolo.

—Señor —dije—, ¿dónde está la señora Dodds?

El me miró con aire inexpresivo.

— ¿Quién?

—La otra acompañante. La señora Dodds, la profesora de introducción al álgebra.

Frunció el entrecejo y se inclinó hacia delante, con gesto de ligera preocupación.

—Percy, no hay ninguna señora Dodds en esta excursión. Que yo sepa, jamás ha habido ninguna señora Dodds en la academia Yancy. ¿Te encuentras bien?

-Tu sí que sabes mentir Quirón –exclamo emocionado Hermes.- estoy tan orgulloso

Eso solo logro hacer sonrojar un poco al centauro.

-Bueno ya terminamos el primer capítulo y desde ya les digo no vuelvan a pedirme que lea, es demasiado frustrante leer con tanto interrupción.-exclamo indignada Atenea.

-Bueno quien lee ahora- pregunto Apolo.

-Yo quiero leer. –dijo Poseidón.

Atenea le paso de mala manera el libro a su tío quien solo le dirigió una mala mirada.

-El siguiente capítulo se titula Tres ancianas tejen los calcetines de la muerte. –Con un suspiro de resignación Poseidón dijo.- solo yo puedo terminar con semejante capitulo, hijo espero que no me mates de un ataque al corazón. –le dijo a Percy mientras lo miraba con preocupación.

Percy solo rio algo nervioso, su padre ya estaba que se moría y los libros apenas y acababan de empezar.

Aclaraciones finales

Bueno eso sería todo de momento, espero les haya gustado y espero sus comentarios al respecto, nos leemos dentro de 15 días o la otra semana no se jajajaja

Gracias por leer, saludos.