CAPÍTULO 2
Una fuerte sensación de ligereza envolvió a Luna, que aún tenía agarrada la rana de chocolate. La bruja del carrito también estaba aferrada a la chocolatina, aunque su figura iba cambiando por momentos. De pronto, su pelo dejó de ser marrón, rizado y un poco fosco para convertirse en rubio, suave y brillante y su cara dejó de ser regordeta y se tornó un rostro de rasgos finos y esbeltos. Esa cara no pegaba nada con el cuerpo bajito y regordete de la bruja del carrito, y a Luna le recordó a una de aquellas clases de Transformaciones en las que se pueden ver cucharas con cabezas de loro o teteras con asas como las patas de un taburete. No pegaban nada, pero era tremendamente divertido.
De pronto, una pesada sensación de tirantez la envolvió por completo, y tiró de ella hacia abajo. La bruja perdió su cuerpo regordete por el camino y se convirtió en una estilizada y sobria mujer que vestía una túnica negra muy elegante. Aún unidas por la rana de chocolate, Luna se quedó observándola con sus grandes ojos y la cabeza un poco ladeada, como hacía siempre que intentaba recordar dónde había visto un rostro familiar. La bruja le respondió con un mohín y, de un tirón, le arrancó la chocolatina de las manos a Luna, que dejó de centrar su atención en ella para examinar el resto de la habitación. Unos rayos de sol tenues, propios de la tarde, se colaban por la parte superior de un gran ventanal que se veía al fondo de la habitación. Luna corrió hacia él. ¿Qué paisaje se vería a través del cristal? Tal vez pudiera divisar algún nargle, si había algún abeto cerca, o ser atacada por una mota estratosfóbica, pero también cabía la posibilidad de que los árboles fuesen de hojas heliobrillantes, y eso, sin duda, sería toda una proeza. Pero, en cuanto fue a acercarse a la ventana, unas fuertes cadenas le agarraron de las muñecas, y comprendió que no sería capaz de averiguar si los árboles tenían hojas heliobrillantes o no. Se giró hacia la bruja, que aún tenía la varita en la mano y exclamó:
-¡Ya sé quién eres! ¡Eres la madre de un niño de mi colegio! ¡Draco Malfoy! ¿Qué le ha pasado? ¿Ha sido atacada por un limpiplimpy durante el camino? Todo el mundo sabe que un ataque de limpiplimpy puede resultar fatal si no se trata a tiempo… Por cierto, ¿sabe usted dónde estamos?
Narcissa Malfoy se quedó mirando a Luna como si procediera de otro planeta, pero a ella no le importó.
- Ya me advirtió Draco que eras rara. – dijo. Y acto seguido, abandonó la habitación, dejando a Luna luchando contra las cadenas por intentar asomarse a la ventana para ver las hojas heliobrillantes.
Allí pasó el resto de la tarde, sola. Esperó para ver si por la noche le subían algo de comida, pero nadie apareció. ¡Ojalá no le hubiese desaparecido el llamador de duendes! Tal vez ellos la habrían ayudado…
Entrada la noche, oyó que unos pasos se acercaban a la puerta. ¡Por fin le traían comida! Sin embargo, cuando ésta se abrió, apareció Bellatrix Lastrange con cara de muy pocos amigos. Bellatrix y ella no se llevaban especialmente bien. Pelearse a muerte en el ministerio de Magia no favoreció precisamente que empezaran sus relaciones con buen pie. Bellatrix era una bruja imponente, e iba vestida con un vestido negro y muy largo con las mangas hechas de telarañas. Luna se preguntó dónde habría aprendido a comunicarse con las arañas, y cuánto tiempo habría estado negociando con ellas para que le hiciesen las mangas de aquel vestido.
- Vaya, vaya, pero si es el cachorrito de Xenophilius. Levanta la cabeza para que te vea bien.
Luna levantó ligeramente la cabeza, aunque seguía examinando las mangas de Bellatrix. La mortífaga parecía terriblemente enfadada, y Luna supo que no era su presencia lo único que la irritaba.
- ¡He dicho que levantes la cabeza! – gritó, y, a un movimiento de su varita, a Luna se le enderezó tanto la cabeza, que la tenía tiesa como una columna. – Así está. ¿Ves? Mucho mejor. Haz lo que te dicen los mayores, pequeña – dijo con una voz falsamente dulzona – O tendrás problemas en esta casa. ¡Cissy, ven aquí!
Narcissa Malfoy apareció al instante, corriendo.
- Dime, Bella – respondió Narcissa Malfoy, que parecía tremendamente asustada.
- ¿Estás segura de que es ella? ¿La hija de Xenophilius? Parece bastante tonta.
- La inteligencia no se mide por la abundancia de palabras. La inteligencia es algo que nadie sabe dónde está pero que todos luchan por poseer. Lo dijo Rowina Ravenclaw – sentenció Luna, y, de pronto, calló como si jamás hubiese pronunciado ni una sola sílaba.
Bellatrix enrojeció de ira. Tras unos segundos de silencio, gritó
- ¡Niñata insolente! ¡Cómo te atreves a hablarle así a la gran Bellatrix Lestrange, mano derecha del Señor Tenebroso! ¡¿Cómo osas?! ¡Así aprenderás a tratarme con más respeto! ¡Crucio!
Un fuerte dolor se extendió por todo el cuerpo de Luna, que luchó por no gritar, aunque algún que otro gemido de dolor se le escapó durante el largo rato que la mortífaga estuvo torturándola hasta que, finalmente, el dolor cesó, y Luna quedó tendida en el suelo como una muñeca de trapo. Narcissa Malfoy había abandonado la estancia, pero su hermana no se había dado cuenta.
- ¡Draco! – gritó - ¡DRACO!
Draco Malfoy, su compañero de colegio, apareció, tembloroso, en el umbral de la puerta.
- Llévatela – dijo Bellatrix, aún enrojecida de rabia – Déjala con los demás – y, a un golpe de varita, desaparecieron las cadenas.
Malfoy se acercó a Luna, que aún estaba bastante débil. Una vez que Bellatrix hubo abandonado la estancia, le ofreció un pequeñísimo pero valiosísimo trozo de pan.
- Toma – le dijo – Cómetelo rápido.
Luna trató de masticar lo más rápido posible, pero sus fuerzas eran pocas y temía que ese fuera el último trozo de comida que iba a probar nunca, así que quería disfrutarlo. Cuando hubo terminado, Malfoy agitó la varita y dijo:
- Wingardium Leviosa
Y, elevada por los aires y controlada por Malfoy, Luna bajó las escaleras. Notaba como la consciencia se le iba escapando, y lo último que pudo ver fue cómo la metían en un sótano y le volvían a poder unas cadenas.
