Hoy será el último día de esta semana que subo capítulo de este fic, porque mañana subiré capítulo del otro, y ya pasado voy a estar bastante liada y el fin de semana estoy en Barcelona en la convención de OUAT. ¡Por fin voy a conocer a Lana! Así que hasta el martes que viene no nos vemos.
Una luz entre las tinieblas
Los calabozos nunca antes habían estado tan silenciosos desde que la muerte se había abatido sobre ese lugar. Como si el tiempo se hubiera detenido, las dos mujeres no se atrevían a mirarse, y mantenían sus ojos clavados en el cuerpo sin vida del pobre hombre que yacía a sus pies.
Henry Mills parecía dormir. Con los ojos cerrados, la boca dibujando una ligera sonrisa, se podría decir que iba a despertarse de un momento al otro. Solo el enorme agujero en su pecho atestiguaba el horror que acababa de suceder.
¿Cuánto tiempo se habían quedado ellas de esa manera? Ninguna podría haberlo dicho. Quizás si se quedaban así, la muerte acabara por acogerlas, a ellas también, y las alejaría finalmente de la crueldad de ese mundo.
Tras un instante, Regina alzó los ojos hacia su prisionera y, tal y como lo habían hecho algunos instantes antes, las dos mujeres, aún dadas de la mano, sostuvieron sus miradas. Lo que turbó a Emma no fueron las lágrimas que aún perlaban aquellos ojos oscuros. No, lo que la turbó fue algo mucho más extraño…Emma no discernía en ellos ninguna huella de oscuridad. Pero, ¿dónde estaba la terrible soberana que tanto la había hecho temblar? En los ojos de Regina, Emma no vio sino un inmenso dolor, y hizo le retorció las entrañas.
«Fue el único que me amó. Ahora, ya no tengo a nadie…»
La voz de Regina sacó a Emma de su trance. Soltó rápidamente la mano de la reina y retrocedió un paso. ¿Qué se le había pasado por la cabeza? Esa mujer la había violado, era la enemiga de su pueblo…¿Por qué Emma le había tendido su mano, reclamando de esa forma su dulce contacto? Después de todo, que haya matado a su padre no tiene nada de sorprendente, una bruja como ella no podía sino hacer reinar el mal y el terror…Debía mostrarle que no iba a caer en su trampa. Era ducha en detectar cuándo las personas no eran sinceras, y sabía que la reina escondía bien su juego. ¿Qué se creía? ¿Pensaba que enmascarando su oscuridad bajo una pretendida tristeza lograría ablandar a Emma? Nunca se dejaría pillar…Así que, respondió, decidida a mostrarle que no se dejaría cautivar por esos bellos sentimientos
«¿Acaso creéis que él os apoyaba? Os tenía miedo…»
El ataque verbal de Emma sorprendió a Regina, que desorbitó los ojos.
«No…» replicó ella, comenzando las lágrimas a descender otra vez por sus mejillas
«Por supuesto que sí. Tenía miedo de vos, como vuestro pueblo también os teme. ¿Creéis que dejareis un recuerdo de buena gobernante? ¿Creéis que vuestro pueblo os recordará de alguna otra manera que no sea como una déspota tirana y sanguinaria? No sabéis sino extender el reino del terror y hacer correr la sangre. ¿Quién podría amaros? ¡Él era el único ser bueno y amable en este castillo y lo habéis hecho desaparecer! ¡VOS NO ERAIS DIGNA DE ÉL!»
«¡NO OS PERMITO QUE HABLEIS DE ÉL!» gritó la soberana, que rápidamente recobró su combatividad «Vos no los conocíais, no sabíais nada de él. Y no sabéis nada de mí. ¡Así que guardaos vuestros juicios de valor para vos!»
Regina seguía mirando a Emma, pero sus ojos habían cambiado de color. Un negro de cólera apareció, poco a poco, en sus pupilas. Pero su rostro reflejaba otro sentimiento. Emma vio algo parecido a la tristeza. Sentía que, en ese momento, la reina estaba conmovida por su discurso. Pero, bien decidida a empujarla hacia sus límites, continuó
«Verdaderamente, ¿sabéis qué, mi reina…?» replicó en tono irónico «Solo sois como habéis sido siempre. Matáis para daros la ilusión de poder, pero no sois nada. Estáis vacía. Estáis sola…Y lo peor, ¡es que vos lo habéis buscado y os lo merecéis!»
«Callaos…Ya no quiero escuchar nada…»
Sin ya ninguna voluntad, el cuerpo de Regina se dejó caer al suelo. Ella sabía que Emma no decía sino la verdad, pero escucharlo de su boca era demasiado duro, demasiado violento. Así que en un gesto de autoprotección, se encogió y se tapó los oídos.
«No, no me callaré. Os negáis a escucharme porque sabéis que es la verdad. Henry no quería sino vuestra felicidad, y ¡acabáis de matarlo! Acabáis precisamente de demostrar que él se equivocaba al creer en vos, nos merecéis sino estar sola…»
«Parad, os lo suplico…»
Regina temblaba de arriba abajo, pero Emma, impasible, continuaba sus ataques. Lo necesitaba. Tenía que expulsar toda la rabia acumulada en esos días. Tenía que gritar su sufrimiento. Pero no había previsto que lo haría ante una reina en el suelo y llorando copiosamente. Pero tenía que continuar, así que lo hizo, aunque más suavemente.
«Pensáis que haciendo reinar el terror como lo hacéis la gente no vería que vos sois esta patética abominación que nadie quiere. Pero no sabéis nada de la vida…No sabéis nada del amor…Vos…»
«¡STOP!» grita Regina, incapaz de escuchar más…«Stop, parad…»
Ya no era la reina poderosa y carismática la que estaba delante de Emma, sino una mujer herida y torturada. Ante esa visión, el corazón de Emma saltó de su pecho. Se sentía mucho mejor, ahora que le había dicho lo que de verdad pensaba…Todas esas semanas de cautiverio habían salido en palabras y Emma se sentía aliviada.
Sin embargo, un dolor se insinuó en ella. Sabía que había ido demasiado lejos. Ver a Regina tan débil le partió el corazón. Despreciarla de esa manera acababa de hacerle comprender que eso era lo último que Regina necesitaba, y sobre todo que era lo último que ella quería hacerle sufrir. En realidad, Emma más que despreciarla, la compadecía. Aunque no sabía nada de su pasado, sentía que esa mujer estaba rota.
Le había dicho a la reina todo lo que pensaba de ella…Pero no obstante, Emma sentía en su interior más profundo que no le había dicho todo lo que pensaba de ella. Un pequeño y extraño sentimiento comenzaba a aparecer y cada día se hacía menos discreto, ahora que la reina estaba debilitada a sus pies.
Ahora sabía que quería proteger a la reina…
Así que, en un gesto de perdón, Emma se arrodilló y posó su mano en el hombro de Regina.
«Os pido perdón…He ido demasiado lejos»
«No, tenéis razón» dijo Regina, mientras se levantaba y alisaba su vestido ahora con enormes manchas de grisácea suciedad «Soy un monstruo…Mi padre tenía razón. Y he perdido a la única persona que intentaba salvarme de mi oscuridad. Ahora, todo está perdido»
Ante esas palabras, las últimas de Henry vinieron a la mente de Emma, «Emma será quien te salve…» ¿Qué quería decir él con eso? No tuvo tiempo de interrogarse, pues Regina acababa de lanzarle un hechizo, y empujarla contra el frío muro de la celda.
«¿Qué hacéis?» gritó Emma luchando
«¡Soy un monstruo!» le respondió Regina en un acceso de demencia, intentando desvestir a la princesa «¡Hago lo que quiero, y esto, lo he estado esperando durante mucho tiempo!»
Regina ya no tenía nada que perder. Tras haber perdido a su último apoyo, nunca más sería juzgada. Y además, si estaba destinada a ser un monstruo, entonces nada la detendría. Y peor para Emma…
En realidad, Regina nunca había conocido otra cosa que la violencia. Desde su infancia y su adolescencia, la traición y la muerte guiaban sus pasos. Daniel, su primer amor, le había sido arrancado al comienzo de su idilio. Y desde entonces, siempre se había negado a entregar su corazón a nadie. Sus relaciones amorosas se construyeron entonces con violencia. Le gustaba eso, le permitía estar desligada y buscar solo el placer físico sin que los sentimientos estuvieran presentes. Pero es que en realidad no sabía hacerlo de otro modo. Amar y ser amada eran conceptos desconocidos. Así que tomaba y rechazaba. Y eso le bastaba.
Con el rostro de Emma a pocos centímetros de suyo podría cerrar la distancia que las separaba y apoyar violentamente sus labios contra los tan deseables de su prisionera. Pero se perdió en la mirada verde que sondeaba su alma. Bajó los ojos y retrocedió un paso.
«Perdón, ya no quiero hacer esto…No así…»
Jamás, en toda su vida, Regina había sentido vergüenza. Jamás había experimentado ese sentimiento de incomodidad mezclada con el de arrepentimiento. Pero lo que había estado a punto de hacerle sufrir a Emma de nuevo la hundía en los abismos de la vergüenza. Hoy, ya no quería obligarla a hacer nada contra su voluntad.
«Regina…» dijo suavemente la princesa «no sois así…lo sé, lo veo en vos»
Regina retrocedió un paso, y la miró, intentando discernir la mentira de la sinceridad. ¿Era Emma honesta? ¿Realmente confía en ella? Sin darle tiempo a responder, la princesa se acercó a ella y le dijo
«No he sido completamente sincera con vos. Henry os tenía miedo, es verdad, pero también confiaba en vos. Una inmensa confianza. Él sabía que no erais un caso perdido, y que merecíais volver a ser tan buena y tierna como lo fuisteis. Ese camino que cogisteis no es de sentido único. Podéis volver atrás…»
«Emma será quien te salve» si esas palabras significaban algo, Emma tenía que creer en ellas.
«Yo creo en él y estoy convencida de que tenía razón. Cuando os vi por primera vez, no vi sino a la reina sanguinaria que queréis mostrar…Pero también me habéis mostrado que sois otra cosa aparte de eso. Quizás es que no sabéis cómo hacerlo…Dejadme que os ayude…»
«¿Por qué hacéis esto después de todo lo que os hecho pasar?» preguntó Regina, con la mirada aún baja
«Porque creo que hay bondad en todo el mundo, incluso en lo más profundo de los seres más perdidos…»
«No lo merezco. Soy un monstruo…Mi padre lo ha dicho…»
Emma tenía la impresión de que, en un instante, la grandiosa reina se había metamorfoseando en un niña asustada. Ella tenía que protegerla, aunque eso significara protegerla de sí misma. Se acercó lentamente y le tomó la mano, que estrechó entre las suyas. La sensación era extrañamente agradable. Y Emma se sorprendió de nuevo gustándole.
«Canta para mí, Emma…»
«¿Pe…perdón?»
«Por favor, Emma, canta para mí…»
Emma no comprendía por qué la reina le pedía una cosa tan particular, en ese preciso momento, pero decidió dejarse llevar por la suavidad del momento. Dejó que su voz saliera a través de sus labios y su dulce nana se apoderó de la celda.
Regina sentía cómo todo se ser se serenaba. El poder de la canción de Emma era infalible. Las notas vibraban en todos sus órganos y sus músculos se relajaron. Su alma pudo por un instante evadirse lejos de la miseria de ese mundo.
«Ahora estoy sola» susurró Regina, con los ojos cerrados.
Ella no esperaba respuesta. Era solo una constatación. La soledad y la tristeza de su reinado saltaron a los ojos de Emma. Henry quizás no había sido un padre muy presente o un buen consejero, pero estaba presente cuando la reina necesitaba un hombro, un amigo, o una persona que no la juzgara. Hoy más que nunca, su soledad sería difícil.
Emma tenía muchos súbditos que la respetaban, sirvientes y camareras que la protegían…pero sobre todo tenía una familia amorosa y amigos sinceros. ¿Qué hubiera sido de ella si no los hubiera tenido? ¿Se habría convertido en la joven fuerte y amable que era hoy? Y sobre todo, ¿en qué se habría convertido Regina si también ella hubiera conocido todo eso? Una vez más el corazón de Emma se encogió.
«Sois fuerte, Regina. Os levantareis como siempre lo habéis hecho»
Imperceptiblemente, las dos mujeres se acercaban la una a la otra.
«Quizás…Seguramente…Pero, ¿para qué? ¿Asentar aún más mi poder sobre víctimas inocentes? Podría. Después de todo, ya no tengo nada que perder…»
«Regina…miradme» ordenó Emma con voz dulce, pero firme
Las dos miradas se encontraron rápidamente y ya no se apartaron. Emma continuó
«Podríais, pero no lo haréis. Porque sois fuerte y no dejareis que vuestras tinieblas tomen las riendas sobre la persona que veo aquí, en este momento…»
«¿Y quién es la persona que veis?»
«Una mujer fuerte, luchadora, que se enfrenta a sus demonios y que los vencerá, pues es poderosa. Sois poderosa, Regina, de eso no hay ninguna duda. ¡Usad ese poder para salir de las tinieblas, y mostrad al mundo que sois esta mujer!»
«¿Para que se rían en mis narices y ya no me teman? Entonces, ¿cómo aseguraría mi poder?»
«Dejad de engañaros, no porque os teman, os respetan, Regina. Estoy segura de que vuestro reino no será puesto en peligro, aunque os convirtáis en esta magnífica mujer que veo aquí, delante de mí…»
Las dos mujeres no habían apartado sus miradas. Sin darse incluso cuenta, sus cuerpos ya no estaban sino a escasos centímetros el uno del otro. Solo cuando notaron el cuerpo de la otra, detuvieron sus movimientos, por miedo a romper la irreal magia de ese instante. Perdida en los ojos verdes, Regina avanzó muy lentamente su boca hacia la de Emma.
«¿Qué es lo que veis delante de vos?» murmuró a escasos milímetros de la boca de la princesa.
Emma se sonrojó ante lo que acababa de decir. ¿Realmente había dicho que Regina era una magnífica mujer? ¿Y por qué no podía retroceder? Bajó la mirada hacia la boca de la reina. Sus labios eran tan atrayentes…Si los saboreaba solo una vez, ¿sería condenable? Después de todo, ¿quién lo sabría? No podía apartar los ojos, como hipnotizada.
«Veo…a un mujer fuerte…» respondió ella también en un murmullo
Regina se acercó un poco más.
«No, no ess lo que habéis dicho…Habéis dicho que veíais…»
«A una magnífica mujer» completó Emma en un susurro que acarició la boca de la reina.
Regina ya no podía resistirse. Su corazón latía a toda velocidad y amenazaba con salírsele del pecho en cualquier momento. La princesa era demasiado bella y estaba demasiado cerca para poder resistirse a ella. Avanzó lentamente la cabeza y sus labios se posaron delicadamente sobre los de Emma. ¡Qué dulce era ese contacto! ¡Qué esperado había sido ese beso! Regina no se atrevía a moverse, por miedo a que la princesa se despertara de su sueño y la rechazara para siempre.
Pero al cabo de una eternidad, Regina comprendió que no estaba siendo rechazada. Las manos, que habrían debido empujarla y luchar, rodeaban tímidamente su cintura. La boca, que habría debido morderla o escupirla, esbozaba una ligera sonrisa.
Emma ya no se hacía preguntas. No comprendía en absoluto cómo había llegado ahí. Todo lo que sabía era que se encontraba bien.
La noche fue corta y agitada para las dos atormentadas mujeres. Sus sueños no habían parado y ninguna de las dos había podido olvidar, por un instante, la sensación de los labios de la otra o la conversación que había precedido a ese extraño beso.
Con los ojos enrojecidos, los cabellos enmarañados, Regina se levantó y se colocó delante de su espejo mágico. Sin tener necesidad de escuchar la petición de la reina, este supo lo que quería ver. No era un voyerismo mal sano, ni una curiosidad molesta. No, ese mañana, para sentirse mejor, Regina tenía la necesidad de ver a Emma. Era tan sencillo como eso.
Su corazón latía frenéticamente, pero a Regina le traía sin cuidado. Solo prestaba atención a lo que veía: una joven fuerte, que, a pesar de su estado de abatimiento y cansancio, había logrado encontrar las palabras para serenarla, y que había leído en ella como nadie lo había hecho desde hacía mucho tiempo. No podía dejarla encerrada de esa manera. Pero, ¿qué podría hacer? ¿Ejecutarla para vengarse de una buena vez de su madre? Sencillamente eso ni se lo planteaba…¿Liberarla y que divulgara en territorio enemigo todas las debilidades de la reina negra? Impensable….¿Obligarla a quedarse a su lado sin tener que estar encerrada? Eso sería imposible…
Perdida en sus pensamientos, no escuchó a Rowena empujar la puerta de la habitación como hacía todas las mañanas. La criada se acercó a la reina sin un ruido y observó a su espalda. ¡Cómo había cambiado últimamente! Era menos fría, menos autoritaria. Pero, aunque más sonriente, le parecía que Regina estaba más inquieta. Ese mañana, Rowena tuvo una revelación. Ante su espejo, Regina ya no era la Reina Malvada, no era sino una mujer triste que buscaba consuelo observando la imagen en el cristal de una de sus prisioneras.
«Mi reina, aquí estoy…» dijo para remarcar su presencia y romper ese incómodo momento
Regina hizo desaparecer rápidamente con un movimiento de mano la imagen de Emma y se giró hacia su criada. Se sentó en su tocador, sin dirigirle una palabra.
«Os deseo un buen día, Vuestra Majestad. Hace un día muy bueno hoy…»
Como la reina no respondía, ella continuó
«¿Qué peinado deseáis hoy?»
«Da igual, Rowena…Algo sencillo»
«Bien, Vuestra Majestad»
Ningún ruido, ni una palabra vino a turbar el religioso silencio que reinaba en la habitación. Solo al cabo de largos minutos, Regina abrió la boca.
«Rowena…¿soy un monstruo?»
Con los ojos alzados hacia su criada reflejada en el espejo, Regina esperó la respuesta que no tardó en llegar
«Oh no, mi reina…» respondió la criada que comenzaba a temblar
«Quiero una respuesta sincera, Rowena. Dime: ¿tienes tú miedo de mí?»
«No, mi reina…Yo no…tengo miedo, no…Nunca tendría miedo de vos…Sois buena, mi reina…»
El tono vacilante de la criada revelaba angustia. ¿Quién sabe qué le haría si confesaba que siempre que le dirigía una palabra se aterrorizaba? Pero Regina estaba tan calmada que Rowena se atrevió a continuar, con la mirada fija en la cabellera morena que seguía peinando
«Sin embargo, Vuestra Majestad…si puedo permitirme añadir…»
«Venga, Rowena, te escucho» respondió ella en tono alentador.
«Mi reina, estoy a vuestro servicio desde hace años, os he conocido en vuestro esplendor…Nunca me habéis tratado mal. Nunca me ha faltado nada. Pero…»
«¿Pero…?»
«Si queréis una respuesta sincera a la pregunta, no fuisteis un monstruo una vez» dijo Rowena de un tirón por miedo de no poder decírselo si esperaba demasiado tiempo.
«¿Qué quieres decir?» preguntó ella sin ninguna animosidad
«Yo…no comprendo en qué os habéis convertido, mi reina»
«Explícate, necesito entenderlo…»
«No sois más que la sombra de lo que erais. Vuestro deseo de venganza ha oscurecido vuestro corazón, y os habéis convertido en una mujer cruel…»
Rowena tomó rápidamente consciencia de lo que acababa de decir, e inmediatamente se disculpó
«Perdón, mi reina, no quería decir eso…»
Pero Regina no se lo estaba reprochando. Se giró y tomó las manos de su criada entre las suyas, antes de decirle tristemente
«Gracias por haber tenido el valor de decírmelo, Rowena…Ahora, por favor, termina ese peinado…»
Las palabras de Rowena no dejaban de dar vueltas en su cabeza, cuando no eran las de su padre o las de Emma. ¿Realmente había sido una mujer diferente en otro tiempo? ¿Se había convertido hasta ese punto en una mujer tan malvada que todo el mundo le tenía miedo, incluido su propio padre?
Pensó en su vida, en su reinado y en todos los crímenes que le habían permitido llegar ahí. ¿A qué precio había construido su reino? El horror de su vida le saltó a los ojos. ¿Por qué no se había dando cuenta mucho antes?
Su padre había sufrido su furia criminal. Su propio padre, a quien ella amaba más que a nadie. Sí, se había convertido en un monstruo, una abominación…Había matado con sus propias manos al único ser que la amaba porque se había atrevido a ayudar a una de sus prisioneras. Su acto era abyecto, su vida era abyecta.
Debía acabar con eso.
Regina abrió la ventana y avanzó hacia el balcón. Rowena tenía razón, hacía buen tiempo esa mañana. El sol comenzaba lentamente a calentar la atmosfera aún fría. Las nieblas matinales se disipaban despacio, dejando aparecer las magníficas explanadas verdes del Reino Negro. El día iba a ser agradable.
Muy despacio, sin precipitación, se acercó a la barandilla y pasó tranquilamente hacia el otro lado. Solo sus manos, que se sujetaban firmemente a la balaustrada, impedían que se abalanzara decenas de metros al suelo.
Sería fácil. Le bastaba con abrir los dedos y todo habría acabado. La caída sería larga, sin duda, pero unos segundos después, todos sus sufrimientos habrían terminado. Volvería a ver a su padre y todo iría mejor.
En cuando a Emma…Emma…La imagen de la bella princesa le vino a la mente, la dulzura de sus manos, el sabor de sus labios…No, no podía hacer esto. Sus manos se cerraron alrededor de la barandilla con la energía de la desesperación. No podía abandonar de esa manera sin una última palabra, una ultima mirada a la princesa. De repente, pareció tomar consciencia de qué iba a hacer y comenzó a temblar de arriba abajo. Finalmente, en un impulso de supervivencia, volvió a pasar al otro lado de la barandilla. Y se derrumbó en el suelo, su cuerpo temblando de terror.
Emma la había salvado. No directamente, pero ella lo sabía, Emma la había salvado y la salvaría aún más…Debía tener confianza…¿Por qué no lo había comprendido mucho antes? ¿Por qué Henry había tenido que morir para que ella comprendiera esa sencilla idea? Emma la salvaría. Henry tenía razón, siempre había tenido razón…
La muerte de Henry, al menos, le había aportado una cosa magnífica: gracia a él, había comprendido que quería cambiar. Ya no quería hacer sufrir a los que quería. Y si le había fallado a su padre, no le fallaría a Emma.
La declaración de guerra llegó temprano esa mañana, como se había prometido. Las primeras banderas negras fueron enarboladas poco después de salir el sol, y todo el campo del Reino Blanco se agitó, anticipándose con angustia a la batalla que vendría.
Regina no sentía miedo, ni angustia. Había tomado su decisión.
El consejo de guerra se había reunido, más por costumbre que por real necesidad. Todos los hombres presentes, comandantes y tenientes, sabían que el combate seria rápido y mortal. El Reino Negro no solo era superior en número, sino también estaba mejor entrenado, y la reina poseía una poderosa y destructora magia. Las estrategias fueron rápidamente puestas en común y las conversaciones tomaron pronto un tono más ligero, los hombres bromeaban sobre el botín de guerra que iban a poder hacer.
Los soldados reían ruidosamente cuando la puerta de la sala del consejo se abrió dejando aparecer a una Regina en el máximo de su belleza. En el umbral de la puerta estaba la reina, con los ojos hinchados, apenas maquillada, pero de una belleza desconcertante. Hubiera llevado una sencilla ropa de campesina y habría tenido ese mismo resplandor de su belleza natural. Pero ahí, ceñida en su vestido azul, parecía sencillamente una aparición divina.
Todos los hombres, una vez repuestos de su sorpresa, se levantaron ante la aparición y bajaron sus miradas. La belleza de su soberana no les era desconocida, ciertos mercenarios, incluso, habían confesado que habían entrado en el ejército del Reino Negro por la belleza de la reina. Pero esa mañana, no habrían sabido decir por qué, su soberana les parecía cambiada. Seguía siendo tan carismática y regia, pero un aura diferente parecía emanar de su cuerpo. Un aura de serenidad.
«Parad todo» ordenó ella, sin tomarse la molestia de sentarse a la mesa del consejo
«Disculpe, Vuestra Majestad…» dijo Graham, cuya incomprensión reflejaba la de los soldados presentes.
«Parad todo: las estrategias, los entrenamientos, los combates…Ya ha habido demasiadas muertes inútiles en esta guerra…»
«Pero, Majestad, si se me permite» habló «¿Qué queréis hacer? La guerra ha sido declarada por el enemigo. Tenemos que responder. Es una cuestión de honor…»
«Sé cómo detener esta guerra antes incluso que comience»
«Vuestra Majestad» continuó la voz fuerte y segura del comandante del ejército negro «Ganaremos este combate, os lo aseguro. Aplastaremos al Reino Blanco en menos que canta un gallo y…»
«Eso es precisamente lo que no ocurrirá. Nadie morirá. Pronto todo habrá acabado»
«Pero, ¿cómo pensáis hacer eso? No veo cómo vos…»
«Ese es mi problema, Comandante» le cortó ella en tono glacial «No olvide mantenerse en su lugar»
«Disculpad»
«Disculpas aceptadas. Ahora, tenéis permiso. Aprovechadlo, pues no se volverá a producir»
Sin añadir una palabra, los hombres salieron de la sala, asombrados y sin comprender aún el comportamiento de su reina. Ella nunca rechazaba un combate, sobre todo si estaba ganado de antemano…
Regina se encontró sola en la sala de Consejo. Lanzando una mirada a través de la ventana, observó a sus propios hombres ordenando sus armas. Después, dirigió su mirada a lo lejos. Había tomado la decisión correcta. Nadie más moriría inultamente…Y ella no haría sufrir a Emma un minuto más.
Con un rápido movimiento de brazo, se rodeó en una nube violeta y desapareció.
«Emma…»
La princesa giró la cabeza hacia la reina que acababa de aparecer ante ella, y una sonrisa involuntaria iluminó su rostro.
«Vuestros padres han declarado la guerra esta mañana. Están dispuestos a arriesgar sus vidas por salvar la vuestra…»
«Son idiotas, van a hacer que los maten…» suspiró Emma, sinceramente inquieta «Yo los había prevenido, ¡qué testarudos son…!»
«No» respondió Regina suavemente
«¿No qué?» Por supuesto que sí, vuestro ejército es más poderoso que el de ellos. Son conscientes de eso, pero…»
«No, eso no pasará»
Regina sonrió dulcemente. Sin una palabra, elevó una mano y una bola de fuego apareció en el hueco de su palma. Emma comenzó a entrar en pánico. ¿Así que Regina iba a acabar con ella antes de acabar con sus padres? No debería haber dudado de que todo acabaría así.
«¿Qué hacéis?» preguntó retrocediendo inconscientemente hacia la pared
Sin responderle, Regina lanzó violentamente la bola de fuego contra la cerradura, que se abrió rápidamente. Después, aún muda, entró en la celda y lanzó otra bola contra las cadenas de su tobillo.
Emma alzó la mirada, muda ante la incomprensión. Aunque hundía sus ojos en los de Regina, no leía nada, no comprendía nada. ¿Era una trampa? ¿La iba a dejar escapar para tener el placer de capturarla de nuevo?
«No volveré a cometer el mismo error. Henry me hizo comprenderlo, princesa…»
«¿Qué queréis decir?»
«Pensaba sinceramente que era feliz. Pensaba tener todo lo que deseaba. Pero me equivocaba. Profundamente. La vida no vale la pena ser vivida si está vacía. Tenéis razón, Emma…No quiero pasar de lado por mi vida, y ya no quiero impedir que los otros vivan la suya. Ya no quiero vivir así. Así que, marchaos, Emma…»
«Regina, yo…»
«Habría podido masacrar al Reina Blanco, habría podido masacrar a vuestros padres y a vuestros amigos licántropos. Pero hoy, y por primera vez en mi vida, decido hacer lo contrario de lo que la Reina Malvada habría hecho. Y me produce una enorme satisfacción…»
Con una sonrisa, Regina posó una mano en el hombro de Emma. El contacto las hizo estremecerse a las dos, pero ninguna pareció incomoda, perdidas en los ojos e la otra.
«Ayer perdí a alguien a quien quería. No quiero que hoy eso se vuelva a producir…»
«¿Qué…?» preguntó Emma, que no comprendía aún a dónde la reina quería llegar.
«Si tomara la decisión de atacar a vuestros padres, me perdería para siempre»
Regina bajó la mirada antes de continuar, más bajo
«Y sobre todo, os habría perdido…»
El corazón de Emma se saltó un latido. No comprendió por qué. Pero la reina, sonriente y confiada delante de ella, la hacía sencillamente feliz. Así que, sin entenderlo, tendió los brazos y estrechó el cuerpo de la reina contra su cuerpo. ¡Qué lejos quedaban esos ataques bestiales que tanto la habían asqueado…! La mujer que tenía entre sus brazos era otra diferente a la que había abusado de ella. La Reina Malvada había desaparecido, se había volatilizado al mismo tiempo que su padre. Ahora, Emma estrechaba en sus brazos a Regina, una mujer, sencillamente una mujer que comenzaba a aprender a amar.
Emma retrocedió unos centímetros, solo lo suficiente como para encontrarse con los labios terriblemente atrayentes de la morena. Emma comenzaba a acercarse cuando esta última retrocedió, y dijo con una sonrisa triste
«Deberíais marcharos. Vuestros padres deben estar preocupados…»
Emma no tuvo tiempo de responder. Sus brazos ya estrechaban una nube de humo violeta.
Ante ella, la puerta de la celda estaba abierta de par en par. Y al otro extremo del corredor, una luz cegadora brillaba.
Tras una última mirada a su celda, Emma salió
Hacia la libertad.
