Cuestionamientos

El largo viaje de regreso de los caballeros hacia el Reino Blanco pareció transcurrir a una endiablada velocidad. Felices por haber combatido, por primera vez en su vida de soldados, sin tener que lamentar la mínima pérdida humana, cantaban con la cabeza alta y reían ruidosamente. La pareja real no dudaba en mezclarse con ellos y entonaban con alegría los cantos demasiado licenciosos de sus hombres. Solo Emma no estaba con ánimo de fiesta. Se alegraba de haber vuelto con su familia, sana y salva. Estaba ansiosa por volver a ver a sus amigos y estrecharlos en sus brazos.

Pero su mente estaba en otro lado…Cuanto más se alejaba el grupo del castillo negro, más el corazón de Emma se encogía. Así que, sin comprender lo que le sucedía, se obligaba a enarbolar una sonrisa de fachada y una expresión alegre. Pensaba con emoción en Regina, de la que había huido en el bosque, ella que acababa de salvarla de las garras de aquel monstruo enloquecido. Pero su mirada era tan ardiente…Sus diabólicos gestos tan precisos que no podían negar años de tortura…¿Qué habría podido hacerle a ella? ¿Y si el deseo de abusar de nuevo de ella la acometía? Ya lo había hecho, ¿por qué se habría de privar? No, había hecho bien partiendo así…se consolaba la princesa.


Regina se había dado cuenta del terror que había inspirado a Emma. Conocía de memoria las miradas bajas y los cuerpos temblorosos que ella provocaba. Habría podido disfrutar de eso. Habría debido disfrutarlo, como siempre lo hacía. Ver el terror que provocaba en los otros le ofrecía, normalmente, un dulce éxtasis. Pero en ese día no. No con Emma. Oh, no…El terror que había leído en los ojos de la princesa era lo último que quería ver. Había querido protegerla y tranquilizarla. Pero su huida no le había dado tiempo. Si al menos hubiera podido demostrarle que podía ser otra cosa aparte de ese demonio…

Pero, ¿de qué valdría ahora? Emma había desaparecido y nunca volvería. Henry estaba muerto. Había perdido autoridad ante su ejército entero al pedirles que no combatieran. Tenía que recobrarse. La Reina Malvada no había dicho su última palabra.


Durante semanas el estado de las dos mujeres se degradó. Regina hubiera podido consolarse observando a Emma en la distancia a través del espejo, pero eso no hubiera logrado sino herirla un poco más. No lo comprendía. Lo que había sentido junto a la princesa no era algo común en ella. ¿Cuántas veces le habían repetido que el amor era debilidad? Desde su más tierna juventud, su corazón había aprendido a no atarse. Ya había pagado las consecuencias de ello, nunca más la convencerían para que entregara su corazón.

Sin embargo, esa tristeza que sentía en el fondo de ella le era extrañamente familiar. Aunque Daniel había desparecido muchos años antes, el frío en su pecho no le era desconocido. Como un acompañante fiel, venía a poblar sus solitarias noches.

¿Cómo amar a otro cuando uno mismo se odia? Regina se detestaba, detestaba sus sentimientos, detestaba al mundo entero…Así que, para gran desesperación de su sirvienta Rowena, tan impotente como sobrepasada por la situación, se encerró en sí misma y se hundió en la violencia, la única compañera que nunca la había decepcionado.

Se dejó invadir por su rencor y retomó sus costumbres de Reina Negra. Volvió a sembrar el terror en el reino, secuestrando a numerosas jóvenes a las que nunca más se veía o aterrorizando a familias enteras de campesinos porque no habían pagado por completo sus tributos, o porque no habían abastecido suficientemente al castillo. Cualquier excusa era buena para la Reina Negra. Todo lo que pudiera hacerle olvidar a Emma.


En su habitación real, Emma daba vueltas de arriba abajo. Se sentía vacía, se sentía inútil. Ella, que antes amaba ocuparse de la política interior o de la gestión del reino, ya no le encontraba gusto a nada. Pasaba su tiempo hundida en una depresión y no comprendía por qué. Sus padres habían llamado a los mejores sanadores del reino, que habían logrado hacer desaparecer toda huella física de su secuestro.

Pero no era su cuerpo lo que tenía que ser curado. Emma era fuerte, y había pasado por otras. No, lo que ella necesitaba era encontrar su serenidad mental. Cuando pensaba en su verdugo, se sentía mancillada, destruida…Y de una manera muy extraña viva al mismo tiempo. La pareja real se daba cuenta perfectamente de que su hija no era más que la sombra de sí misma, y lo lamentaban. Muchas veces habían intentado hablar con ella, o le habían pedido a sus amigos Ruby y August que le hicieran compañía. Pero nada devolvía la sonrisa a la joven.

A menudo, su mente volvía a Regina. Realmente, en cuanto se encontraba sola, pensaba en ella. A veces, una ligera sonrisa se dibujaba en su rostro cuando pensaba en sus manos rozándose, o sus ojos buscándose. Pero más frecuentemente, la cólera la invadía, y se culpaba por pensar en esos momentos con emoción. ¡No, no podía sentir eso! Su corazón no tenía el derecho de latir más fuerte. Esa bruja era la Reina Malvada, ¡había matado sin piedad a un hombre delante de sus ojos…! ¿Cómo había logrado engañarla de esa manera? ¿Cómo le había hecho creer en su bondad? Había visto cómo su verdadera naturaleza ascendía al galope. Nunca podría cambiar. ¿Cómo ella había podido ser tan tonta para creerlo por un solo instante…?

Sin embargo, a cada día que pasaba, Emma rememoraba esos últimos momentos de cautividad. Y siempre lo que le venía en un primer momento era la amable mirada que Regina había posado en ella cuando la había liberado. Esa mirada tan dulce, tan sincera…El corazón de Emma se encogió ante ese recuerdo. Después el hilo de sus recuerdos la conducía invariablemente a ese comandante y a sus lujuriosos sueños, y cada vez, unas intensas nauseas la invadían. Veía las sucias y peludas manos de ese hombre sobre el fino y delicado cuerpo de la reina, imaginaba las pieles acariciarse. Esas visiones le provocaban dolor y la turbaban. ¿Por qué esas visiones la asediaban hasta tal punto? ¿Por qué cuando el rostro del hombre se acercaba al de la Reina ella se imaginaba en el lugar de él? ¿Y por qué se alegraba de su muerte? «No pueden ser celos» intentaba auto convencerse «No deben ser celos»

Emma se negaba a hablar de esos tormentos con su familia y mucho menso con Ruby. No comprenderían. Así que se guardó todo para ella, y las visiones de Regina mirándola, de Regina cogiéndole la mano, de Regina en sus brazos…poblaban sus días y poseían sus noches.


Una última cosa la atormentaba. Pensaba a menudo en el ejército blanco que había ido al completo, acompañado de la manada entera de Ruby, para salvarla. Y cada vez, la culpabilidad volvía a asolarla.

Cuando estaba con ánimo fuerte, se consolaba recordando que todos se habían salvado. Pero a pesar de las diferentes versiones que había escuchado de sus padres, aún no comprendía cómo el ejército había logrado no acabar diezmado por completo ese día. Una extraña idea había germinado en su mente desde hacía algunos días. No había hablado de ello con nadie y esa hipótesis, poco a poco, había tomado un lugar tan importante que no podía pensar en otra cosa.

Decidida a calmar su corazón, salió del castillo y se dirigió al campo de entrenamiento de los caballeros. Una decena de soldados estaban precisamente entrenando con un maniquí. Emma se acercó despacio al terreno y observó a sus hombres entrenarse. Las lanzas golpeaban los escudos del muñeco de paja con habilidad, y gritos de alegría se escuchaban en cuanto un hombre lograba evitar la carga lanzada a toda velocidad.

Emma llevaba observándolos durante unos minutos, apoyada en la barrera, cuando sintió una presencia tras ella. Se giró y sonrió a su amiga.

«¡Hola Rub'! ¿Cómo estás?» preguntó en un tono que pretendía ser alegre

«Bien…Pero soy yo la que debería hacerte esa pregunta, Emma…»

«¿Qué quieres decir? Todo ha terminado, estoy bien…» replicó, como para convencerse a sí misma.

Ruby la miraba fijamente a los ojos, intentando leer en ella como siempre había podido hacerlo desde que eran jóvenes.

«Para con eso, Rub'. Ya te he dicho que todo está bien» le respondió secamente

«Ok, ok…Espero que sepas que puedes contar conmigo, ¿eh? Bueno, ¿y qué haces aquí? ¿Estás echándoles un ojo a los caballeros mientras entrenan? No te reconozco, Emma…»

«Muy divertido» respondió sin alegría

«Ok, bueno, ¿sabes qué?» retomó Ruby, molesta «Tanta amabilidad y simpatía al mismo tiempo es mucho para mí. Creo que te voy a dejar…»

«Espera Ruby…» respondió Emma dándose la vuelta hacia su amiga «Perdóname, he estado un poco seca, lo admito…»

«¿Solo un poco? Está bien, ¿qué te ocurre?»

«Hay algo que no comprendo»

«Eh, ¿sobre qué?»

«Mi liberación»

«Cuenta…»

«¿Cómo es que los caballeros están todos sanos y salvos cuando atacaron al ejército más poderosos de los dos Reinos? ¿A qué se debe ese milagro? Es por eso que he venido al campo de entrenamiento. Quería hablar con alguien que hubiera estado en la batalla…»

Emma tenía una pequeña idea de la razón, pero quería estar segura. Debía escucharlo de boca de otra persona que no fuera ella misma para no considerarla más una idea loca.

«No lo sé, Emma. No comprendíamos nada. Los caballeros negros no respondían a nuestros ataques. No hacían sino parar nuestros golpes»

«¿Pero estás segura de que solo se defendían? Es extraño…¿Por qué no atacaban? Ellos sabían que eran superiores, tenían todas las posibilidades de ganar y de…»

«…aplastarnos, sí» completó Ruby «Sí, es realmente extraño…¿Ves ese muñeco de paja sobre el poste? Pues bien, ellos estaban tan activos como él»

«¿Y crees que…?» comenzó Emma, vacilante

Ella tenía que saber si Regina estaba detrás de todo eso. Así que, se lanzó, decidida.

«…que podría ser que se les hubiera dado orden de no atacarnos? Quiero decir…¿una orden de bastante arriba?»

«.¿Una orden de la reina? Escucha, no lo sé. ¿Por qué lo habría de hacer? Con el tiempo que lleva soñando con atacar al Reino Blanco, y lo tenía ahí, en bandeja con el rey y la reina como extras…»

«Bueno…quizás por la misma razón por la que me liberó, Ruby…» replicó Emma, en un tono de confirmación

Ruby reviró los ojos. Ya está, Emma estaba delirando. Desde su regreso, había contado esa historia muchas veces, ante los ojos desencajados de sus padres y de sus amigos. Al principio, habían pensado que deliraba y se le pasaría, una vez que estuviera mejor. Pero no dejaba el asunto y eso comenzaba a molestar a Ruby.

«Emma, no vas a empezar otra vez con esa historia…Los sanadores te lo han dicho: solo es fruto de tu imaginación. La reina no te liberó. Sabes que es imposible porque en cuanto atravesaste el puente levadizo, te secuestró de nuevo»

«¡No fue ella Ruby! Me he hartado de explicároslo desde que llegué…»

Ruby no comprendía lo que había empujado a la Reina Malvada a soltar a su cautiva, y le echaba en cara un poco a Emma, aunque fuera por su estado de shock, que encontrara circunstancias atenuantes al comportamiento de la reina malvada. No quería discutir con su amiga, así que la dejó hablar sin interrumpirla, a pesar de todo.

«Te lo vuelvo a decir, por enésima vez, me dejó marchar, y fue su comandante quien me capturó. Y ella vino a liberarme de nuevo. Así que, me preguntaba si era posible que fuera ella la que ordenó no atacar a nuestro ejército»

«Escucha, Emma…Si fue su comandante, forzosamente estaba ejecutando sus ideas…»

«¡NO ESTOY LOCA!» se enervó la princesa «¡Sé lo que viví, Ruby!»

Emma, exasperada por la desconfianza de su amiga, le dio la espalda y se apoyó en la barrera que delimitaba el terreno de entrenamiento. Algunos instantes más tarde, un joven moreno con expresión maliciosa se acercó a las dos mujeres. Llevaba una larga espada, que parecía más grande que él.

«Mis respetos, princesa. ¡Hola Ruby!»

«Hola chico» lo saludó Emma

«Siento interrumpir vuestra conversación así, pero…»

«No pasa nada, habíamos terminado de todas maneras» replicó Emma lanzado una atravesada mirada a su amiga

«Perdón, Vuestra Alteza, pero lo que voy a decir está relacionado con vuestra conversación. Puede que haya escuchado lo que hablabais hace unos instantes»

«No hay problema, ¿de qué quieres hablar…?»

«Princesa, os preguntáis por qué los caballeros negros no atacaban…Creo que sé por qué»

«¡Dime!» respondió ella, impaciente

«Yo estaba limpiando las armas de mi caballero, justo antes de que la batalla comenzara y escuché a uno de ellos gritarle a los otros: ¡Nada de atacar! ¡Solo defensa! ¡Orden de la Reina!» o algo así»

Ante esas palabras, Emma se giró enérgicamente hacia el joven y le agarró por los hombros. Se esforzó por ignorar a su corazón que comenzaba extrañamente a latir más deprisa.

«¿Estás seguro de lo que dices? Él dijo «Orden de la Reina»?»

«Euh…sí, creo…o bien…«Bajo orden de la Reina», ¿eso cambia algo?»

«¡No, es perfecto! ¡Gracias, chico! Entonces, ¿ves? ¡No estoy soñando, Rub'!» dijo ella con la sonrisa en los labios, girándose de nuevo hacia su amiga.

«¿La Reina Negra eligiendo deliberadamente preservar al Reino Blanco? Perdona, Emma, pero yo no me lo creo…» gruñó ella


Tras la conversación con el pequeño escudero, Emma se sintió mucho mejor. Finalmente tenía la prueba de que Regina aún tenía bondad en ella. No había querido la batalla, no había querido masacrar al ejército blanco. Solo de pensarlo el corazón de Emma estaba más ligero. Había tenido razón en confiar en ella.

Regina había cambiado. Había liberado a Emma, y ella ahora estaba segura de algo, había decidido dejar con vida a sus enemigos de siempre. La joven, repentinamente, tomó consciencia de la situación en la que se había colocado la reina negra. Voluntariamente había tomado el riesgo de perder autoridad, su reputación, su prestigio…por ella, Emma.

Cuando pensaba en esa reina herida, y que había querido salvarla, todo su ser se llenaba de alegría. Nadie a su alrededor comprendía ese milagro, pero todos observaban con alegría la sonrisa que, poco a poco, volvía a ella y le daba ganas de vivir.

Ya que no podía abordar el tema con Ruby, decidió hablar con sus padres, una noche

«Mamá, papá, me gustaría hablar de una cosa con vosotros…» dijo, tímidamente

Sus padres alzaron la mirada, sorprendidos y felices. Se felicitaban por el hecho de que su hija estuviera mejor, hasta el punto de volver a querer confiarse a ellos, como siempre había hecho.

«Te escuchamos, cariño» respondió dulcemente Snow

«Quería hablar de la batalla de los dos ejércitos y de lo que pasó ese día…»

La expresión alegre de la reina se borró en un momento. Pensaba que Emma habría querido hablar de otra cosa, pero no. Volvía otra vez a esos duros sucesos. Sin duda lo necesitaba para mejorar, así que decidió escucharla con atención. David no decía nada, pero su rostro reflejaba los mismos tormentos que el de su mujer.

«A ver. He hablado con un escudero, y me ha dicho que la orden de no atacar provenía de la misma reina. Vosotros que tenéis conocimientos militares algo más desarrollados que los de ese chico, ¿pensáis que es posible? Quiero decir…¿Sería posible que ella hubiera dado la orden de no atacar a nuestro ejército? Necesito estar segura»

«Emma» respondió David con tono grave «Todo es posible cuando se lidera un ejército. Pero, cuando se es la Reina Malvada, gobernante del Reino Negro y enemiga jurada de tu madre y de toda tu familia, es sencillamente imposible. Jamás ella habría decidido perdonarnos la vida…»

«Pero, entonces, ¿cómo explicar que los soldados no fueran atacados?»

«Hay muchas razones, Emma» continuó su madre «Quizás ella estaba esperando la ocasión en que estuviéramos menos atentos o más cansados para atacarnos, quizás estaba ganando tiempo para preparar un hechizo…Hay muchas razones que podrían explicar eso…»

«¿Y cómo explicar entonces que me hubiera liberado?» replicó Emma, que no soltaba el anzuelo

«Emma…por favor, no vuelvas con lo mismo. Tu cerebro te juega malas pasadas. La Reina Malvada te secuestró, te hizo daño. No te liberó, ni ha salvado a nuestro ejército, Emma. La Reina Malvada no hace eso…Sé que duele escucharlo, pero tienes que comprender que ella es nuestra enemiga. Pero te prometo que ese horrible acto por el que te hizo pasar será castigado. Emma, te juro que lo pagará»

«Mamá…escúchame. Quizás sea extraño para vosotros, pero esa persona de la que hablas, yo no la conozco. Sí, me hizo daño, sí me secuestró, pero al cabo de cierto tiempo, conocí a una persona diferente…Asustada, débil…destruida en su interior…»

Con los ojos en el vacío, Emma describía a una mujer que pocos conocían. Y sobre todo los Charming.

«Emma» la interrumpió su padre con un tono que no pretendía que saliera duro «La Reina Malvada seguramente te ha lanzado un hechizo. Un día, volverás a nosotros, estarás completamente curada y comprenderás que te has equivocado desde el principio. Pero de momento, intenta solo descansar, dejar de pensar en todo eso…»

«Y deja que nosotros nos ocupemos de la Reina Malvada» concluyó Snow con una mirada incendiaria.


Una mañana Emma se hartó de las continuas preguntas. Tenía que estar segura. En lo más profundo de su corazón, ella estaba segura de que Regina la había salvado, pero necesitaba escuchárselo decir. Así que, corrió hacia los establos, se montó en su caballo y partió al galope.

La brisa matinal golpeaba su rostro y su frescor le quemaba las mejillas. El paisaje desfiló durante horas sin que el cansancio la sorprendiera. Las verdes extensiones del Reino Blanco precedieron a los paisajes rocosos de los confines del reino. El paisaje comenzó entonces a cambiar. El caballo se elevó, el aire se enfrío y las arboladas montañas del Reino Negro aparecieron finalmente antes sus ojos. Emma parecía conocer el camino de memoria. Jamás se habría aventurado sola tan lejos de su reino, pero sabía a dónde se dirigía. Con el corazón lleno de alegría, Emma estaba convencida que su entusiasmo no era sino debido a la alegría de ver finalmente que sus preguntas tenían respuesta. ¿Pero era solo eso?

Al cabo de algunas horas, sus ojos asombrados distinguieron finalmente la forma tan reconocible del castillo negro en la lontananza. Emma sabía que no sería prudente presentarse en la entrada así vestida. Puso entonces pie en tierra, se puso una capa gris groseramente cortada de un tejido roído y se subió la capucha sobre sus dorados cabellos.

«¿Qué quieres, campesina?» gruñó el guardia que estaba de pie junto a la entrada del puente levadizo

«Traigo el pago mensual para nuestra reina, señor» respondió ella, con la mirada fija en el suelo

Sin añadir una palabra más, él entreabrió la puerta, dejando pasar a Emma y su montura. Una densa muchedumbre se aglutinaba en los bajos del castillo. Hombres armados, campesinos, gallinas, perros y animales de todo tipo se mezclaban en un griterío ensordecedor.

La princesa dejó su caballo en los establos y, aprovechando esa muchedumbre, se dirigió discretamente con paso apurado hacia el torreón.

«¿Qué estoy haciendo? Me estoy metiendo en la guarida del lobo…» pensó, dándose cuenta en ese momento de la locura que acababa de hacer.

Pero era demasiado tarde para echarse atrás, así que se hundió en los corredores sombríos de alojamiento real.


El castillo negro era más grande que el de los Charming, pero una arquitectura militar era igual en todas partes, así que fácilmente se orientó por los corredores. Felizmente, pocos caballeros se encontraban ahí. Solo algunas sirvientas deambulaban, pero estaban muy ocupadas como para divisar a la intrusa. Y aunque, a veces, una mirada de asombro se posaba en ella, la princesa no tendría ningún remordimiento en inventar una mentira lo suficientemente creíble para justificar su presencia en esos pasillos. Algunos minutos de caminata y se encontró en el pasillo que buscaba. La hubiera reconocido entre miles: la puerta al fondo del corredor era la de los aposentos de la Reina.

Con la respiración cortada, Emma posó la mano en el pomo y entreabrió la puerta.

«¿Quién osa entrar sin pedir permiso?» la acogió la voz fría y autoritaria.

Rápidamente un estremecimiento le recorrió la espalda. Esa voz…esa voz grave que tanto la había hecho temblar salía de quién sabía dónde. Emma no distinguía a nadie en la habitación: la cama, inmensa, presidía el centro de la estancia, y a su lado un tocador repleto de joyas y un biombo que lindaba con la puerta vidriera. En la pared de enfrente estaba colgado, como una obra de arte de un reputado pintor, el gran espejo mágico. La atmosfera de la estancia era extrañamente calurosa, debido a las cortinas rojo burdeos que estaban aún corridas, a pesar de la avanzada hora que era.

Emma estaba aún preguntándose dónde estaba la Reina cuando esta salió de detrás del biombo. Estaba rabiosa. Jamás nadie se había atrevido a entrar en sus aposentos reales de esa manera y Regina no iba a empezar a aceptarlo ese día. Todo su cuerpo estaba tenso, listo para destrozar al intruso. Pero Regina no tuvo necesidad de ninguna bola de fuego, Emma ya estaba fulminada en el sitio.

Lo que le impactó más fue la ropa de la Reina Negra. Jamás la había visto así. O lo había olvidado. O se quedaba con la boca abierta ante cada uno de sus vestidos. Regina llevaba puesto un vestido de un negro tan intenso que se confundía con el negro de sus cabellos peinados en un voluminoso moño. Su esplendido rostro estaba enmarcado en una gran gorguera de plumas de cuervo. Como era su costumbre, su vestido ceñía su cuerpo a la perfección, pero sobre este, un fino ribete plateado resaltaba sus curvas y hacia resplandecer su perfil. Un carisma de un endiablada fuerza emanaba de la menor parcela de su ser. La boca de Emma comenzó repentinamente a secarse.

«¿Em…Emma?»

Al descubierto, la susodicha se bajó la capucha, dejando resbalar por sus hombros su dorada cabellera. Toda la cólera de Regina despareció inmediatamente y sus ojos se abrieron de incomprensión. A la vista de su sonrisa alegre, el corazón de Emma dio un pequeño brinco en su pecho. Regina dio un paso hacia delante, antes de recobrar el sentido y detener todo movimiento.

«Hola…» le respondió la princesa con una ligera sonrisa avergonzada

Es simple saludo no era lo más profundo que Emma había dicho en su vida, pero no había podido encontrar nada más inteligente, ya que estaba aún en shock por la visión que tenía ante sus ojos. Ninguna de las dos sabía qué actitud adoptar. Les parecía que el tiempo se hubiese detenido. Regina reaccionó en primer lugar y avanzó hasta ella para cogerle las manos

«¡Emma! Pero…¿cómo has hecho? ¿Por qué has vuelto? ¿Qué quieres…? Oh…lo siento…»

«Solo quería saber una cosa» la cortó Emma, apartándose bruscamente sus manos, como quemada ante el contacto.

«Sobre todo, no te dejes distraer. Has venido para tener las respuestas a tus preguntas, solo eso» intentaba convencerse

«¿Tú…has hecho todo este camino para…«saber una cosa»?» repitió Regina, circunspecta «¿Qué cosa?»

«¿Es verdad que deliberadamente vos prohibisteis que vuestro ejército atacara al nuestro? ¿Es verdad que nos habéis salvado a todos…después de haberme liberado?»

Regina observó a la joven inquisitivamente. ¿Se había escapado de su reino, recorrido el país durante horas a caballo, introducido en su torreón…únicamente para eso? No podía creer lo que estaba escuchando. Su risa resonó por la habitación. Aunque algo burlona, era sobre todo una risa liberadora, una risa de alegría: Emma había vuelto. Emma había encontrado un lamentable pretexto para volver. Pero Emma estaba ahí.

Ella no comprendía la risa de la reina. ¿Se había equivocado? Alzó los ojos en los que brillaba una chispa de desafío. No, la Reina Malvada no se burlaría más de ella. Ella ya no lo aceptaba. Le gritó que parara, pero nada consiguió. Había que hacerla callar a cualquier precio, no soportaba más el desprecio, no quería más la humillación.

Así que, con un corto movimiento, Emma hizo lo primero que se le pasó por la mente. Se lanzó al rostro de la Reina y la besó en plena boca. Un silencio ensordecedor llenó la estancia. Con las bocas en contacto, las dos mujeres se quedaron quietas. Ninguna quería moverse, sin duda por miedo a romper lo extraño del momento.

Los cuestionamientos comenzaron otra vez en la mente de Emma. ¡Qué dulce era esa boca! Un deseo de posar sus manos en sus mejillas la invadió. Pero, con un gran esfuerzo de voluntad, retrocedió.

«No…No puedo hacer esto» dijo, más para ella misma que para ser escuchada

«¿Hacer qué?» preguntó Regina inocentemente

«¡Yo NO puedo!» gritó Emma «¡Sois la Reina Malvada, y yo la princesa del Reino Blanco! ¡No puedo desearos! ¡No tengo ese derecho! ¿Por qué siento esto?»

Regina la miró con ternura. Comprendía perfectamente sus tormentos.

«Me he hecho las mismas preguntas, Emma…A veces, creo que no necesitamos comprenderlo todo»

«¡Me habéis secuestrado, torturado, humillado…! ¡Incluso me habéis violado! Sí, Regina, lo digo porque ya no tengo miedo de vos. ¡Me violasteis! Vais a comprender lo que acarrea meterse conmigo…Ahora, vais a pagar»

Daba igual si no iba a tener las respuestas a sus preguntas, al menos tendría su venganza. Sin darle tiempo a Regina para reaccionar, Emma se lanzó sobre ella con fuerza. Sus manos rodearon la fina cintura y su boca devoro ávidamente la de la reina. Sin la menor advertencia, aprovechó el momento de debilidad de Regina e introdujo su lengua en su boca. Regina parecía no comprender lo que le estaba pasando y cuando Emma la empujó contra el tocador, comenzó a gemir ruidosamente.

La princesa parecía poseída, subyugada por la necesidad de venganza. ¡Regina iba a comprender lo que eso era! Lo iba a lamentar. Entonces, avanzó aún más, encerrando a Regina entre el mueble y ella misma. Se tomó un breve momento para observarla con ojos depredadores y metió una de sus piernas entre los muslos de la reina. Regina no se creía lo que veían sus ojos. ¿Emma la deseaba tanto como la deseaba ella? La sensación de la rodilla de la princesa sobre su entrepierna comenzó a hacerla jadear. Con su corazón latiendo anárquicamente, acercó sus manos a la cintura de Emma. La tenía que sentir más pegada a ella, se había convertido en una necesidad. Pero Emma no era de la misma opinión. Agarró las muñecas de la reina y las alzó por encima de su cabeza. Incapaz de moverse, Regina no podía sino sufrir los asaltos de la pierna de Emma que presionaba cada vez más fuerte sobre su punto sensible.

Regina nunca había conocido tales ataques. Normalmente, ella se ocupaba de su propio placer y no aceptaba que la tocaran si no lo pedía. Finalmente, encontraba una adversaria a su altura. Esa inversión de roles no le disgustaba, al contrario. La humedad en su entrepierna podía demostrarlo.

Manteniendo aún las muñecas de la morena en lo alto, Emma se hundió de nuevo sobre sus labios y los devoró ávidamente. No comprendía lo que estaba haciendo. No comprendía tampoco que pudiera vengarse de esa manera. Eso no era propio de ella…Tras haber sufrido una violación, ¿iba ella ahora a violarla? Se asqueaba. Pero el cuerpo de la rubia parecía actuar por sí solo, respondiendo a los gemidos de la reina ante sus asaltos cada vez más fogosos. Su mano libre comenzó a acariciar el profundo escote ascendiendo hasta las mejillas. ¡Qué suave era la piel bajo sus dedos…!

Sin poder soportarlo más, bloqueó a Regina contra el tocador. El pequeño gemido de dolor que ella soltó la excitó más. Entonces, empujó todos los ungüentos, frascos y joyeros que cayeron al suelo produciendo un ruido sordo. Regina se encontró sentada sobre su tocador, con los dedos de Emma rodeando su cuello con delicadeza. Apartó su cabeza hacia atrás unos centímetros para murmurar

«Emma, espera, qué…»

Pero no obtuvo ninguna respuesta pues la boca de Emma se cerró sobre la suya violentamente. No tendría explicación de momento, así que decidió dejarse ir en esos brazos tan deseados. La violencia de la que hacía gala Emma la sorprendía un poco, pero estaba disfrutando mucho y no era momento para hacerse preguntas.

Por falta de aire, las bocas se separaron, y Emma hundió su cabeza en el cuello de la reina, mientras que sus manos intentaban desanudarle el corpiño del vestido. La tarea era difícil para Emma, que gruñía entre lengüetazo y lengüetazo en su cuello. Regina quería sentir las manos de la princesa en su piel desnuda, lo más rápido posible. Entonces ella misma comenzó a desanudarse el corpiño que cayó rápidamente al suelo. Ella ya no podía más, Emma tenía que tocarla, le era vital. Regina tomó una mano de Emma y la llevó hacia su sexo. Pero Emma la retiró y dijo con voz grave

«No. Decido yo. Te haré lo que yo quiera»

La voz grave y los ojos ensombrecidos por el deseo tan inhabitual en Emma derritieron a Regina. Su corazón latía al galope, y su intimidad se empapaba cada vez más. Sin poder hacer nada, cerró los ojos y se abandonó contra el cuerpo de Emma.

«Emmaaaa…» gimió

Con una sonrisita orgullosa, la susodicha abandonó el cuello ahora enrojecido por sus dientes y su lengua, y observó a la reina. Estaba resplandeciente. La visión de Regina, entregada, los ojos cerrados, no debía haberla visto mucha gente, y Emma apreció el favor que ella misma se había concedido al introducirse en los aposentos reales. Ese pequeño juego de dominación le gustaba cada vez más. Y, aunque no quería admitirlo, ver que Regina sentía tanto placer como ella, la enorgullecía y eso le gustaba. Los gemidos reales finalmente la arrebataron y le arrancó la gorguera con gesto brusco.

«¡Miss Charming!» dijo la reina, asombrada «¡Una gorguera completamente nueva de plumas de cuervo salvaje!»

«¡Cállate!» respondió ella poniéndole la mano en la boca

Su corazón estaba completamente encabritado. Saberse dueña de la situación ante una Regina sumisa le provocaba sensaciones inéditas e increíblemente poderosas. Como para exorcizar su propia violación, dirigir la situación la tranquilizaba, pero sobre todo la excitaba. Y la manera en la que ella la acababa de llamar había inflamado su entrepierna. Pero no debía derrumbarse, ahora no.

El cuello ahora completamente al descubierto era una invitación a los besos. Emma no se hizo de rogar y se hundió en ese escote que mordisqueó y lamió a consciencia. En cuanto a sus manos, estas, curiosas, se posaron en sus pechos. Emma saboreaba finalmente su venganza. La saboreaba aunque sintiera su propia intimidad empaparse cada vez más rápidamente. Emma se obligó a olvidar la sensación más que agradable e hizo bajar a la reina de su tocador. Mientras la empujaba hacia la cama, se puso a desvestirla. Su vestido acabó en el suelo en menos de lo que canta un gallo.

La visión que se le ofreció ante sus ojos subyugó a Emma. Regina, enteramente desnuda, la miraba con aplomo, como desafiándola.

«¿Estás segura de que te estás vengando de mí? Tengo la impresión de que aprecias mucho lo que estás viendo…»

¿Había una respuesta a esa pregunta? ¿Podía Emma confesárselo a ella misma? No se tomó el tiempo de responder, se abalanzó sobre esos erectos pechos. Mientras se quitaba su chaleco y su camisa, lamía ávidamente los endurecidos pezones. Su sabor la envolvió. Sin ninguna voluntad, comenzó a succionarlos, alentada por los suspiros de Regina. Esos pechos eran tan dulces, tan tiernos, que Emma cerró los ojos de placer.

Cuando llegaron al borde de la cama, la princesa empujó los hombros de Regina, que cayó hacia atrás sobre el colchón con una ligera risa de sorpresa. En un instante, ella se quitó las botas y se encontró también desnuda.

«Date la vuelta, y acerca la cabeza al borde de la cama» ordenó Emma

La reina no se hizo de rogar, y se giró, con la cabeza inclinada en el vacío delante de la cama. Con un caminar felino que empapó aún más el sexo de la morena, Emma se acercó a su víctima. Regina veía el sexo rubio acercarse a su rostro, cada vez más cerca. Cuando los efluvios íntimos de la princesa llegaron a su nariz, comenzó a jadear de deseo. Finalmente, Emma pasó una pierna a cada lado de la cabeza y se sentó sobre el rostro de Regina, que agarró sus muslos y los acarició.

En toda su vida, Regina había conocido tal voluptuosidad. Su boca entró rápidamente en contacto con el sexo de Emma y su lengua se adentró en los pliegues. Si Emma no hubiera estado tan mojada, Regina habría comprendido su excitación por los intensos gemidos que dejaba escapar. Ninguna de las mujeres con las que Emma había estado le había producido tal efecto. Al cabo de largos minutos de presión sobre la boca de la reina, sintió que sus piernas pronto iban a dejarla caer, así que se posicionó a cuatro patas por encima del cuerpo de Regina, tomando cuidado de no romper el contacto con la boca que le producía tanto placer.

Regina jamás había esperado tanto antes de ser satisfecha y esa tortura la estaba volviendo loca. El perfume del sexo rubio mezclado con el sabor tan agradable no podía refrenar sus ardores. Emma tenía que tocarla, o se volvería loca.

«¡Emma, tócame!» suplicó Regina entre lamida y lamida

Pero Emma estaba bien decidida a no ceder a los deseos de la reina. Así que, no respondió nada y jadeó más fuerte bajo la intrusión de la lengua de Regina, que se hacía cada vez más firme y se introducía más profundamente en ella.

Comprendiendo que Emma no la aliviaría, Regina llevó su mano hacia su propio sexo y, ayudada por la abundancia de flujo comenzó a penetrarse. Pero Emma seguía estando decidida a no otorgarle la menor satisfacción, entonces cogió la mano de Regina y se la llevó a la boca. Lamiéndole los dedos, dijo

«Gozarás cuando yo quiera. Hoy, soy yo la que decide»

Ese juego lo iba a enloquecer. ¿Cuánto tiempo iba a tener que esperar? Regina ya no podía más. Pero esa Emma que le era desconocida la excitaba como nunca. Y extrañamente le gustaba eso. Emma cogió un pañuelo de seda, y ató las manos de Regina juntas, impidiéndole el menor contacto. A pesar de su frustración, Regina no había abandonado el sexo que tenía encima de ella y se entretenía ahora a penetrarla profundamente con su endurecida lengua. La secreción le resbalaba por la garganta y testimoniaba el gozo de la princesa. De repente, el corazón de Emma se encabritó, sus pulsaciones palpitaron en su intimidad y sintió cómo llegaba el gozo. Rápidamente se retiró diciendo

«No quiero gozar tan rápidamente. Quiero aprovecharme de ti mucho más, como tú te aprovechaste de mí»

Emma tiró de las piernas de Regina, la arrastró al centro de la cama, y se lanzó sobre ella. Sin ninguna dulzura, separó sus piernas y la vista del sexo brillante por la humedad la excitó aún más.

«¡Emma, tócame!» repitió la reina

Aunque Emma soñaba con ello y sabía que no iba a resistirse mucho más tiempo, continuó con su juego.

«Entonces, vas a tener que suplicarme» dijo con una pequeña sonrisa

¡Qué hermosa era esa mujer! ¡Cómo le gustaba hacerla languidecer!

«La Reina Negra no le suplica a nadie» respondió ella con su prestancia de reina que, en esa situación, podía parecer completamente fuera de lugar, pero que hizo latir el corazón de Emma más fuerte.

«Bueno, pues peor para ti» replicó Emma, comenzando a alejarse

«¡Vale, muy bien, muy bien! Por favor…»

«¿Por favor qué?»

Ese pequeño juego comenzaba de verdad a gustarle. Tener a la reina a su merced era no solo perfecto para una venganza, sino que el espectáculo de esa magnífica mujer le agradaba de verdad. Emma sabía que lo había logrado: la haría gozar como nadie nunca la había hecho gozar, y se deleitaba con eso. Por un corto instante, Emma se sorprendió ante ese pensamiento. ¿No quería ella solo su venganza? ¿Por qué se preocupaba tanto en darle placer a la reina? Después de todo, después de todo el mal que le había hecho, no merecía ser satisfecha…Pero los hermosos ojos suplicantes de Regina convencieron a Emma para poner fin a esa tortura.

«¡Por favor, Emma!» gritó «¡Tócame!»

Emma entonces pasó delicadamente un dedo en la empapada entrada y la acarició de arriba abajo, mientras que su otra mano se aplicaba en pellizcar suavemente los endurecidos pezones.

«¡Más fuerte! Emma…»

Ella presionó un poco más fuerte, pero sin acelerar el ritmo. Iba a volverla loca. Regina elevaba y bajaba su pelvis. Necesitaba más…Ese pequeño juego continuó algunos minutos, excitando a las dos mujeres a la vez. Sin soportarlo más, la princesa se sentó sobre la entrepierna de la reina. Sintieron como una corriente eléctrica al entrar sus dos intimidades en contacto. Emma, sentada, apretaba contra su pecho la pierna extendida de Regina y efectuaba movimientos de pelvis para intensificar sus sensaciones. Al principio, lentas, las presiones se intensificaron y se volvieron más rápidas.

La estancia se vio envuelta con los gemidos cada vez más fuertes, pronto transformados en bufidos, después en gritos cuando la rubia introdujo sin advertencia dos dedos entre sus empapados sexos. La respiración jadeante, los corazones latiendo frénicamente, Emma y Regina se derrumbaron la una sobre la otra en un último grito de placer. La princesa y la reina se acurrucaron tiernamente y cerraron sus ojos, agotadas.

La sonrisa en el rostro de Regina no era la sonrisa de la Reina Malvada.


Emma se despertó algunos minutos más tarde, en estado de pánico. El horror de su venganza le saltó a la cara. Había hecho experimentar a la reina lo que ella misma había pasado días en superar. Su comportamiento era vergonzoso. Había actuado como un animal salvaje, que no sabía resistirse a sus pulsiones. Ya no podría afrontar esa mirada…

Así que, sin un ruido, recogió su ropa y por un breve momento, sus ojos se posaron en el rostro de la reina dormida. Su impresionante belleza le saltó a la cara. Pero, más allá de la perfección de sus trazos, Emma vio sobre su rostro adormecido una especie de fragilidad. Una dulce fragilidad que la volvía humana. Emma contempló a la reina, serena. ¿Cuántas personas habían tenido ese privilegio? ¿Cuántas podían deambular por la habitación de la reina así dormida y observarla tan vulnerable?

Poco a poco, una tierna sonrisa se dibujó en los labios de Emma y una pequeña voz se insinuó en su mente. No, no había actuado únicamente por venganza. Había querido ese momento. Y Regina lo había apreciado tanto como ella.

«Dios mío, ¿en qué berenjenal me he metido…?»


«Emma, espera»

La princesa casi había traspasado la puerta de la habitación cuando escuchó es débil voz que la llamaba. Se acercó a Regina que sostenía un libro en su mano.

«Cógelo» le dijo tendiéndole el objeto

«¿Qué es?»

«Un libro, Miss Charming. Tiene páginas y palabras escritas en él. Se puede leer esas palabras y ellas cuentan cosas. Ya verás, puede ser quizás muy interesante…»

¡Regina bromeaba! Su pequeña sonrisa y sus ojos risueños estrecharon el corazón de Emma. Definitivamente, en su presencia, la Reina Malvada estaba bien lejos…

«Cuando te sientas sola, te será útil» añadió ella recobrando su seriedad

«Euh…gracias…Yo…Voy a marcharme ahora» dijo Emma

«Sí, lo comprendo»

¿Habría que hablar de lo que había ocurrido? ¿Deberían un día abordar el tema? Parecía que de momento ninguna de las dos era capaz de ello. Emma avanzó rápidamente hacia la puerta y la entreabrió, dispuesta a partir.

«Sí» dijo dulcemente Regina

Emma alzó la cabeza, inquisitiva

«¿Qué quieres decir con ese "sí"?»

«Respondía a tu pregunta. Sí, os he dejado vivos. Deliberadamente»

Los ojos de Regina brillaban con una nueva intensidad. El corazón de Emma se aceleró. Las dos mujeres dieron un paso, la una hacia la otra. Nadie sabía qué hacer, pero una extraña tensión emanaba de sus cuerpos, ahora uno junto al otro. Inconscientemente, se miraron los labios, después alzaron sus cabezas y sus miradas se cruzaron con intensidad.

«Emma, yo te…»

«Para. No digas algo que para lo que después vas a esperar una respuesta que no llegará. Yo no te amo»

Las palabras se habían escapado de la boca de Emma sin que pudiera tener el menor control sobre ellas. Demasiado rápido para que fuera totalmente sincero.

«Lo sé» respondió ella, finalmente, entristecida.

Sin añadir una palabra más, Emma dio media vuelta y traspasó la pesada puerta de la habitación.