Hola chicas. No sé si continuaré con mi labor de traducción o descansaré un tiempo después de acabar estos dos fics, pero quiero daros las gracias por acompañar mis traducciones, aunque últimamente veo que el número de RW ha caído en picado, y he pensado que a lo mejor es el momento de hacer un parón.

En fin, os dejo el siguiente capítulo.

El libro mágico

Emma apenas había abandonado la habitación cuando Regina llamó a su cazador, con el corazón aún latiéndole por los recuerdos del momento compartido con la princesa. Algunos minutos más tarde, Graham corrió, listo para atender las órdenes de su reina.

«Graham, te confío una misión. A partir de ahora, te vas a convertir en la sombra de Emma Charming. Quiero que la sigas. De lejos, pero en todo momento. ¿Has comprendido bien?»

«Sí, mi reina. Os informaré de todos sus pasos. Ningún detalle de su vida os escapará»

«No, no es eso lo que pido» replicó ella, insegura «No quiero espiarla…»

Regina dudó en continuar. Pero, ante la mirada avergonzadamente baja del cazador, prosiguió. Sabía que su corazón en una caja era un compromiso de fidelidad. Nunca la traicionaría. Podía confiarle esa misión, sabía que nadie aparte de ellos dos estaría al corriente.

«No, nada de espionaje…sobre todo quisiera que la protegieras» dijo en voz baja

«Bien, Vuestra Majestad. En mi presencia, ningún mal le será hecho. Os lo juro»

Si Graham se sorprendió ante esa extraña e inusual petición, no dejó transparentar nada y asintió cuando su reina ordenó

«Ahora puedes marcharte…»

Pero apenas había abierto la puerta cuando Regina lo volvió a llamar

«¡Y sobre todo…que ella nunca se dé cuenta ni te vea!»

«Bien, Vuestra Majestad»

En cuanto hubo atravesado la puerta, Regina, aliviada, se dejó caer en la cama. Finalmente sola, sin la mirada de sus soldados, de sus súbditos o de sus criados, pudo por fin dejarse ir. Solo en esa habitación podía dejar hablar a sus emociones. Finalmente liberada de su postura de reina, que le pesaba cada vez más y que a veces sentía ganas de quitársela como uno se quita un uniforme, pudo dejar expresarse a su verdadero ser. Sola, ya no tenía necesidad de esconder su verdadera personalidad, ni los sentimientos por Emma que cada vez se hacían más evidentes.

Con la mirada perdida en las visibles vigas del techo, pensaba en Emma. Emma y sus rizos rubios, Emma y sus dulces caricias, los ojos de Emma, los dedos de Emma, el sabor de Emma…La sonrisa en sus labios se borró bruscamente cuando pensó en lo que le había dicho antes de marcharse «Yo no te amo» Cuatro palabras, pero cuán dolorosas…Aunque con lágrimas en los ojos, se recompuso: era evidente que sus sentimientos no eran compartidos. ¿Cómo podría siquiera haberlo imaginado? En su alocada venganza, ella solo había pensado en hacérselo pagar a la idiota de su madre. Jamás había pensado un momento en el horror que le estaba haciendo pasar a una inocente. La culpabilidad de su acto la enfermaba. Los sentimientos que ahora sentía estaban ahí seguramente para castigarla por haber cometido ese atroz acto. Como sea, pensaba, se lo tenía merecido. Merecía sufrir.


Emma estaba feliz, sonreía a los niños, bromeaba con sus amigos, charlaba con sus súbditos. Incluso a veces Ruby la encontraba sonriente sin razón, con la mirada perdida en el vacío. Su estado alegraba a sus padres, felices de volver a tener a su despreocupada hija. Solo su amiga se inquietaba al verla tan cambiada, tan rápidamente. Así que un día, le dijo

«Emma, vas a tener que explicarme lo que ocurre…Te lo juro, estás tan feliz que se diría que eres tu madre. Y eso me da miedo de verdad…»

La princesa alzó la mirada hacia su amiga, interrogativa. ¡Córcholis! ¿Era tan evidente? Puso cara de no comprender.

«Vega. Estas más radiante que nunca. Creo que la última vez que te vi de esta manera fue…eh, bueno…»

Ruby pensó por un momento, y luego continuó

«…bueno, cuando estábamos juntas. Así que, ¿acaso…?»

Se calló, estupefacta ante la lógica de su propio razonamiento.

«¿Has conocido a una chica?» preguntó velozmente «¿La conozco? ¿Cómo es? ¡Dime, dime! ¿Me la vas a presentar?»

La excitación de su amiga habría hecho reír a Emma si esta precisamente no hubiera metido el dedo en la indecible verdad. Emma tenía que confesárselo a sí misma, su estado se debía enteramente a Regina. Pero jamás lo confesaría, ella no lo comprendería. Así que, por primera vez en su vida, mintió a su mejor amiga.

«Pfff, te equivocas por completo…Estoy curada, estoy mucho mejor y estoy feliz de haber vuelto con vosotros, es todo»

«Creo que te has recuperado verdaderamente rápido» respondió ella, más calmada «No digo que no sea algo bueno, pero lo encuentro extraño. Hace apenas unos días, te torturabas la mente con lo de tu liberación, y hoy se diría que ya no te importa nada, como si lo hubieras borrado todo de tu memoria y ya no fuera para nada contigo. Y ahora, sin razón aparente, hete aquí aún más despreocupada que antes. Entiende que me haga preguntas…»

«Ruby» dijo ella amablemente «Te aseguro que todo va bien. Ya no quiero molestaros con mis problemas, eso es todo. He decidido pasar página»

A pesar de la mirada suspicaz de su amiga, no demoró más en el asunto y le dedicó una sonrisa tranquilizadora. De ahora en adelante, tendría que prestar atención. Aunque no se reprodujera más, nadie debería saber lo que había pasado con Regina.


Desde hacía días y días, Regina se hundía en una depresión. Nada conseguía sacar a Emma de su cabeza. Normalmente era ella quien perturbaba y hacia girar las cabezas. Pero desde su primera mirada compartida con la heredera del Reino Blanco, se sentía poseída, como hechizada. Ningún Consejo de ministros, ninguna prueba de vestidos suntuosos, ninguna conversación con su espejo…nada le sacaba a Emma de la mente.

Ese sufrimiento y esa añoranza era la peor de las torturas. Sin embargo, se negaba a esperar la menor cosa de Emma. No tenía el derecho de imponerle sus sentimientos. Así que ella los padecía, indigna para siempre de compartirlos. Incluso se había prohibido observarla en su espejo. Hubiera sido muy fácil, no obstante. Pero estaba decidida a no traicionar la tácita confianza que se había instaurado entre ellas. Espiarla habría traicionado esa lealtad y se negaba a ello.

Sin embargo, una noche, Regina no pudo más. La añoranza era demasiado pesada. A pesar de su decisión, corrió hacia su espejo. Como un adicto que reclamaba su dosis, se derrumbó y le pidió a su espejo que le enseñara, solo por un instante, nada más que un momento, la imagen de la princesa.

Casi instantáneamente, Emma se le apareció, sentada a la mesa con sus padres y algunos de sus más allegados consejeros. La princesa tenía la mirada perdida, y la cabeza apoyada en un codo, parecía aburrirse terriblemente. A veces lanzaba extrañas miradas hacia sus padres, acompañadas de algunas palabras. Regina se perdió en la contemplación de la princesa. Su chaleco masculino azul noche contrastaba con el color crudo de su camisa, y le daba un aire regio. Algún día seria una magnífica reina.

Perdida en sus pensamientos, no notó las lágrimas perlar sus ojos. Una sonrisa triste se dibujó en su rostro cuando acercó su mano al rostro de la princesa y la apoyó sobre la superficie lisa, fría y sin vida del espejo.

«Emma…» susurró dulcemente, cerrando los ojos

En ese mismo instante, la princesa alzó bruscamente la cabeza. Un extraño llamado había resonado en su cabeza: su nombre susurrado por una voz dulce, que no le era desconocida. Sacudió la cabeza y se concentró de nuevo en la sosa conversación de sus padres.

«Emma…» repitió la soberana, un poco más firmemente

Esta vez no lo había soñado. ¿Qué le estaba pasando? ¿Se estaba volviendo loca? ¿Por qué esa voz resonaba en ella? Los escalofríos que le recorrieron la espían dorsal no mentían: esa voz era la de Regina. Presa del pánico y dudando de su salud mental, la joven se levantó de su asiento de un salto, y corrió hacia su habitación, tras una rápida excusa a la sorprendida concurrencia.

Con el corazón a mil, Emma sentía su piel ponerse de gallina y el sudor perlarla. Jamás había tenido tanto miedo. ¿De verdad iba a hundirse en las tinieblas de la demencia? ¿Sería el precio a pagar por haber sucumbido a sus deseos con la reina negra? Como lo hacía durante sus pesadillas infantiles, se sentó en el borde de la cama y intentó calmarse, respirando profundamente «No es más que una alucinación» se decía «Quizás me quedé dormida en la mesa y lo soñé. Eso es, lo he soñado…»

Pero ella no era ingenua, y no ignoraba que la voz de la reina no era para nada un sueño. La había escuchado tan claramente como escuchaba a sus padres en aquel mismo momento. No comprendía lo que le estaba pasando. Todo debía ser seguramente producto de la magia negra. ¿Y quién mejor que Regina conocía la magia negra? Si pudiera hablarle ahora. Pero los conocimientos de Emma en materia de magia eran bastante limitados y nunca le permitirían entrar en contacto con una persona que estaba tan lejos. Necesitaba terriblemente hablar con alguien…¿Ruby? Imposible. ¿Sus padres? Aún menos…Se encontraba sola.

¿Sola? Ante ese pensamiento, las últimas palabras de Regina le vinieron a la mente: «Cuando te sientas sola, te será útil» ¡El libro! ¿Dónde lo había metido? No sabía por qué, pero una vocecilla le decía que el libro poseía la clave del misterio. Hurgó sin gran precaución en su armario y lo encontró, al fondo de sus estantes.

No se tomó la molestia de volver a sentarse, y abrió bruscamente la portada. El libro estaba vacío. Blanco. Inmaculado. Nada, ni una palabra, ni una letra ennegrecían las páginas. Pasó rabiosamente las páginas, una tras otra, pero todas estaban perfectamente vírgenes. La decepción la invadió y se dejó caer al suelo. Sentada con las piernas cruzadas, lo observó con más atención. Realmente, ella no lo había observado detalladamente. En cuanto había vuelto de su escapada a casa de Regina, lo había escondido y no lo había vuelto a sacar. Nunca lo había mirado, pero la portada también está exenta de palabras. Solo una delicada ornamentación en hilos de oro rompía el negro profundo del cuero curtido.

«¿Para qué me vas a servir, eh? Me pregunto lo que Regina tenía en mente…» pensó ella, la cabeza perdida en sus recuerdos la llevaba al lado de la reina. Regina y su risa, Regina y su fabuloso cuerpo, la voz de Regina, los ojos de Regina, Regina y su particular manera de llamarla «Miss Charming…»

De repente, el libro se iluminó con un intenso resplandor. Pareciera que estaba siendo consumido por el fuego. Sorprendida, Emma lo soltó y este cayó al suelo, abierto. Algunos instantes más tarde, recompuesta de su estupefacción, se acercó para recogerlo, y entonces, ante sus desorbitados ojos, vio con incredulidad cómo las palabras ennegrecían una página. ¡Las palabras se escribían solas en el libro! Emma lo recogió y comenzó a leer

«¿Acaso os sentís un poco sola, Miss Charming?»

Entonces era eso, ¿Regina había hechizado el libro para permitirles a ellas poder hablar? Se culpó por no haberlo abierto mucho antes. Tenía tantas cosas que decirle, comenzando por la voz en su cabeza…Pero, ¿cómo hacerlo? Se precipitó hacia su escritorio y mojó una pluma en el tintero.

«¿Qué le has hecho a este libro?»

«Lo he encantado, sencillamente…Magia elemental…Yo tengo su gemelo entre mis manos en este momento: los dos reaccionan cuando sienten que sus propietarias tienen la necesidad de hablar con alguien. Presienten la soledad, de alguna manera»

«Pero, ¿por qué no me dijiste nada cuando me lo diste?»

«No podía, debías sentir una verdadera soledad por ti misma y…»

«…tener tanta necesidad de mí como yo de ti» quiso añadir, pero levantó su pluma antes de hacerlo

«¿Y?»

«Nada. Simplemente estoy feliz al ver que has comprendido su funcionamiento»

«Regina, tu voz hace un momento, ¿lo he soñado o…?»

«No, Emma. Yo estaba ahí. Veo que aún te queda mucho por aprender de la magia. Es lo que se llama telepatía»

Las líneas de palabras se escribían a una loca velocidad, con la vivacidad de una verdadera conversación. Emma podía fácilmente imaginar a Regina con una risueña y penetrante mirada. Hablaron de esto y de aquello: del regreso de Emma con su familia, de los problemas administrativos del Reina Negro, de Henry, de los Charming, de sus vidas desde que se habían separado…

Extrañamente, Emma nunca se había sentido tan serena. Las palabras se encadenaban y le provocaban sonrisas o que su corazón latiera más fuerte. No comprendía por qué se sentía tan bien, pero decidió dejar de hacerse preguntas de momento. Le parecía que Regina estaba delante de ella, y apreciaba de verdad poder hablarme tan libremente. Un solo pequeño detalle le faltaba para que la visión de Regina fuera completa.

«Regina, ¿puedo hacerte una pregunta…?»

«Por supuesto…De todas maneras, si me molesta, no te responderé, y cerraré este libro sin un adiós»

Una sonrisa enternecedora nació en los labios de Emma. Se imaginaba perfectamente la expresión de falsa altanería de Regina. Se lanzó

«¿Qué llevas puesto en este momento?»

El corazón de Regina latió tan fuertemente al leer esas palabras que le pareció que este podría escaparse de su prisión corporal sin dificultad. ¿Quería ella jugar a eso? Muy bien, Regina no se haría de rogar para entrar en su juego…Mañana, lo sufriría, lo sabía, pero no podía resistirse. La ausencia física de Emma le permitía audacias que no se habría permitido frente a ella. Pero ahí, escondida tras su libro, a kilómetros de distancia, el alejamiento físico acercaba los corazones y se sentía más cerca de ella que nunca.

Con los ojos fijos en el libro, Emma esperaba con impaciencia la respuesta de la reina. La respuesta le importaba poco, se obligaba a pensar «Es solo para poder imaginarla sin errores» Pero su corazón no parecía estar de acuerdo con su cerebro y latía al galope, mientras los interminables minutos de espera desfilaban.

Tras una eternidad, la tinta negra apareció sobre la página y leyó

«Es de noche, me disponía a acostarme…así que, ¿quieres saber lo que me pongo para dormir, Emma?»

La boca de la princesa se secó y tuvo que tragar varias veces para volver a encontrar la humedad, que parecía haber migrado instantáneamente mucho, mucho más abajo. Se esforzó en redactar una respuesta que pretendía que fuera lo más neutra posible

«Me gustaría, sí. Solo para poder imaginarte de verdad»

«Por supuesto…Entonces, llevo…»

«¿Sí?» escribió ella, sin esperar

¡Cómo le gustaba ese juego! Y aunque no se lo confesara, sabía que Emma también lo disfrutaba. Así que decidió hacerla languidecer. Esa noche, ella controlaría la situación. Tenía una revancha que tomarse.

«¿Impaciente, eh? Bien, vas a tener que adivinar. ¿Ok?»

«¿Cómo quieres que lo sepa?»

«Imagina algo que me vaya bien…»

«Un vestido de noche de un intenso negro con un corpiño de cuero» soltó sin tomarse el tiempo de pensar, sus pensamientos estaban de verdad alocados

«Incómodo. Prueba otra vez»

«Una camisa y una falda blancas. Todo en encaje transparente»

«Me quedaría bien, pero no»

La imaginación de Emma se embalaba a toda velocidad: una ropa más extraordinaria que la otra inflamaba su mente. De todas maneras, todo le iba bien: todas las formas, todos los colores, todos los cortes…el cuerpo de Regina era sublime siempre. E incluso desnuda, era de una belleza que cortaba el aliento.

«¿Y? Estoy esperando…»

«Y si te dijera»

Después nada más.


El ligero golpe en la puerta hizo sobresaltar a la princesa, que rápidamente escondió el libro en un cajón. Snow entreabrió la puerta y pasó la cabeza.

«¡Toc, toc! ¿Puedo entrar, cariño?»

Con las mejillas aún sonrosadas por la conversación con Regina, la princesa asintió y las dos se sentaron en la enorme cama de baldaquino.

«¿Estás bien? Sabes que nos ha asustado al levantarte de esa manera…¿Qué ocurre?»

«Nada, estoy bien…Solo me dolía un poco la cabeza» mintió

«Es verdad que estás un poco roja. ¿Crees que tienes fiebre?» preguntó su madre apoyando su mano en su frente

La legendaria amabilidad de su madre la conmovía. Estaba ahí porque se inquietaba por ella y Emma lo apreciaba…¡pero no era el momento! Se mostró lo más tranquilizadora posible y le dijo algo bruscamente

«Estoy bien, mamá. Voy a acostarme y mañana estaré mejor. ¿Quieres?»

Acompañó sus palabras con un gesto señalando la puerta. Snow comprendió la implícita demanda de abandonar su habitación y obedeció. Pero antes de salir por la puerta, se giró y le dijo

«Espero que no me escondas nada…Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?»

«Por supuesto, mamá. Hasta mañana» replicó ella cerrando la puerta

Se precipitó a su escritorio, abrió el cajón y sacó el libro, lo abrió. Una nueva línea de palabras había aparecido.

«Ya que parece que has desertado de la conversación en el momento más interesante, voy a dejarte reflexionar. Pero como soy juguetona, voy a darte una pista: todas las telas me sofocan para dormir»

La imaginación de Emma no tuvo que hacer grandes esfuerzos para imaginarla desnuda en su cama, el cuerpo deslizando con voluptuosidad sobre sus sábanas de satén. La cuestión, que en un principio creía inocente, finalmente se había convertido en un juego más que placentero. Y ver que Regina aceptaba las reglas tácitas y que incluso llevaba las riendas de la partida, excitaba a Emma como nunca. Cogió la pluma y escribió

«¿Regina? Regina, ¿estás ahí?»

Pero ninguna palabra apareció. Decepcionada, frustrada, cerró el libro y maldijo a su madre por haber estropeado ese mágico momento-literalmente-con la reina negra. Tras una rápida higiene, se acostó, sus pensamientos aún puestos en Regina. No lograba sacarse de su mente la imagen de la reina negra desnuda. Sus redondos pechos, sus interminables piernas, sus caderas tan suaves…Como una fantasía, la imagen del cuerpo de la soberana poblaba su mente, y le prohibía pensar en cosas más inocentes.

En realidad, Emma no quería pensar en otra cosa. Ese cuerpo era demasiado perfecto, ese rostro demasiado magnífico como para poder olvidarlos. Dejó entonces que su imaginación vagabundeara por el cuerpo de la reina. Sus manos acariciaron sus hombros, después descendieron por sus brazos. Rozaron el vientre, y volvieron a ascender hacia sus pechos. Su boca se acercó a los pechos perfectos y su lengua jugueteó con sus pezones. Podía casi sentirlos endurecerse bajo su lengua. Con el corazón al galope, posó sus manos en sus propios pechos y los masajeó dulcemente. Con su mente aún ocupada en tocar a la reina, sus manos se encargaban de su propio cuerpo. Una de sus manos abandonó su pecho y se dirigió hacia su intimidad, ya muy húmeda, y comenzó a frotar su clítoris. La descarga que sintió rápidamente la hizo gemir

«Regina…»

Con los ojos cerrados, la boca entreabierta, entre sueño y realidad, Emma lamía el cuerpo de Regina y Regina acariciaba el sexo de Emma. Cuando la tensión se hizo demasiado intensa, Emma abandonó su clítoris e introdujo dos dedos en ella sin ceremonia. Los movimientos de vaivén que se infringía hicieron que su corazón se acelerara aún más. Una fina capa de sudor cubrió su piel y sus gemidos se acrecentaron en intensidad. Aceleró la cadencia, los dedos entrando y saliendo de su sexo provocando un ruido de succión apenas cubierto por el sonido de sus gemidos y el nombre susurrado de la reina. Su otra mano abandonó su pecho y se precipitó hacia su clítoris que frotó sin comedimiento. Su orgasmo estuvo acompañado por la mirada orgullosa de Regina, sonriéndole a la princesa.

Emma se quedó dormida pronto, con una sonrisa alelada en sus labios.


Durante días, las dos mujeres se escribieron mediante el libro. Jamás habían convenido una hora o un momento particular, pero ambas sentían cuando la otra necesitaba hablar. Aunque Emma había ignorado el poder de la magia, su coordinación perfecta hubiera sido prueba evidente de ella. ¿Se debía solo al poder del libro? ¿O bien era otra cosa? Pero las dos mujeres siempre sentían cuando tenían que aislarse con sus libros. Y siempre que sucedía, la otra estaba al otro lado.

Los esposos reales ya no se asombraban de ver a menudo a su hija poner como excusa un dolor de vientre, una migraña o cualquier otra dolencia que la obligaba a quedarse a solas. ¿Cuántas veces había abandonado el entrenamiento o una comida en familia? Los soberanos sabían que su hija les ocultaba algo, pero habían decidido no hacerle preguntas. Se hicieron la promesa: algún día, descubrirían lo que ocurría…

En cuanto a Regina, no conocía mejor momento en su día que aquel en que se aislaba para hablar con la princesa. Incluso podía abandonar el Consejo de ministros o una sesión de quejas para ir a encontrarse con Emma. Aunque conocía evidentemente la vida de su madre de cabo a rabo, no sabía nada de la vida de Emma. Su camino se había separado del de Snow el día de su matrimonio, y nunca había tenido sobre la hija sino la poca información que había conseguido gracias a los espías. Así que estaba muy feliz por conocer su infancia: su amistad con Ruby y August, sus lecciones impartidas por aburridos preceptores, su primer momento de libertad cuando se le autorizó a salir a caballo sola por primera vez…Regina se sentía feliz, pero sobre todo halagada. Lo que Emma le revelaba no eran secretos de estado, pero se sentía afortunada por compartir esos momentos íntimos de la vida de la princesa.

Emma nunca obtuvo la respuesta a su pregunta sobre la ropa de noche de la reina, pero todos los otros temas encontraban su sitio. Emma descubrió que Regina era una ferviente lectora y conocía perfectamente la lírica cortés. La bruja le enseñó incluso algunos rudimentos de magia elemental: hechizos para abrir puertas o para hacer que los perros volasen, pociones para hacer crecer las legumbres o volverse invisible….Regina recibió a cambio por parte de Emma algunas lecciones de caza y todas las técnicas para atrapar las presas ya no le fueron desconocidas.

Rio a mandíbula batiente cuando la reina le contó un episodio de su vida particularmente divertido, o se enfadó cuando se enteró de lo que su madre le había hecho. En total empatía con ella, Emma incluso lloró cuando Regina le habló de su infancia. Todas las dificultades que había sufrido le partieron el corazón.

Con cada una de sus conversaciones, un lazo parecía tejerse entre las dos mujeres, un extraño vínculo que se hacía más fuerte cada día. A la vez que aprendían a conocerse, aprendían a apreciarse…Sinceramente. Duraderamente.

Un día, Emma y Regina llegaron a la última página de sus libros. Estaban charlando animadamente sobre la mejor manera de montar a caballo: a pelo, en silla o a lo amazona. Cada una estaba dando sus argumentos: « a pelo, te hace daño en las nalgas» «¿a lo amazona? ¿No hablas en serio? Cada cinco minutos estamos en el suelo…» «La silla, es para los holgazanes» cuando Emma se inquietó

«¡Para! ¡Regina, he llegado a la última página de mi libro! ¿Tú también?»

«Sí, también…¡Te recuerdo que tenemos libros gemelos, y que se van llenando de la misma manera!»

«¡Stop! ¡Para de escribir! ¡No hay que malgastar el espacio! ¿CÓMO VAMOs A HACER PARA HABLAR?»

Regina sonrió tiernamente. El pánico de Emma la conmovió. Pensara lo que pensara, estaba unida a ella. Solo el miedo de no poder seguir hablándole lo demostraba. Ante ese pensamiento, el corazón de Regina se hinchó de felicidad. Era tiempo de anunciarlo.

«¡Cálmate, Emma!»

«¡ESTOY CALMADA! ¡Pero no queda espacio! ¡Pronto no voy a poder hablarte!»

Emma hizo un esfuerzo para calmarse, respiró. De todas maneras, si no podía usar el libro, iría al Reino Negro. No podía plantearse pasar de esas conversaciones que le hacían tanto bien.

«No te he dicho todo sobre este libro. Lee bien y haz lo que voy a explicarte. Creo que estás preparada»

«Pero, ¿de qué hablas?»

«Posa las dos manos abiertas sobre dos páginas del libro abierto, cierra los ojos y piensa en mí»

«Pero, si hago eso, ¿qué va a pasar?»

«¿Confías en mí?»

«Sí» escribió sin dudar

«Entonces, venga. Apoya las manos, concéntrate y piensa en mí»

Emma sentía en su interior que Regina era sincera y que podía confiar en ella. Así que, confiada, obedeció. Posó sus manos en el libro, cerró los ojos y pensó en Regina.

En un momento, sintió una extraña sensación: como tirada por la cabeza, su cuerpo entero se despegó de su silla. Incapaz del menor movimiento, no podía sino ver con estupefacción su habitación, su castillo, su reino entero desaparecer bajo sus pies. Un momento más tarde, su cuerpo cayó con pesadez sobre una mullida alfombra que, felizmente, absorbió el golpe de su caída.

«Evidentemente, al principio, el aterrizaje no es de los más agradables…»

Aún atontada, Emma alzó la mirada. Regina, sonriente, le tendía la mano, con una magnífica sonrisa en el rostro.

«Bienvenida, Miss Charming…»