Reencuentro

Aún atontada por su viaje, Emma tuvo que concentrarse por un breve instante antes de recobrar completamente el sentido. Su cabeza le daba vueltas tan fuerte que la desagradable visión del castillo bailando antes sus ojos le provocaba nauseas. Una imagen familiar nació ante sus ojos que daban vueltas: esas paredes negras, esas cortinas, esa alfombra…Esa cama…Cuando se dio cuenta del sitio al que había llegado, se levantó enérgicamente, provocando un lacerante pinchazo en su cráneo. Antes mismo de haber podido decir una palabra, el dolor le hizo cerrar los ojos y se tambaleó. Si Regina no se hubiera acercado rápidamente, si no la hubiera estrechado contra ella, seguramente se habría encontrado de nuevo en el suelo.

Entonces el tiempo pareció detenerse. La dulzura de los brazos de la morena estrechando sus hombros le hizo olvidar por completo el mundo. Sus vértigos desaparecieron y un aturdimiento mucho más agradable los sustituyó velozmente. Con la cabeza hundida en el cuello de la reina, su perfume cosquilleaba en su nariz, y su corazón comenzó a acelerarse.

Regina, con los ojos cerrados, aspiraba el delicado perfume de los rizos dorados. Se hubiera podido quedar horas así, estrechando a la princesa contra ella y volviendo a la vida en sus brazos. Tras una eternidad, ella se inclinó y depositó un casto beso en su frente. La princesa, como despertada por ese beso, pareció finalmente volver a la realidad y se soltó de esos acogedores brazos. Cuando sus miradas se cruzaron, ninguna palabra podría describir lo que leían en los ojos de la otra.

Finalmente cara a cara, las dos mujeres se redescubrían. Tras días de conversación durante los que habían aprendido a conocerse, se veían ahora con ojos diferentes. Emma tenía ahora delante de ella a una reina rota, cuya crueldad no había sido sino el resultado de una vida marcada por la infelicidad. Habría querido tomarla de nuevo entre sus brazos. Pero una extraña fuerza se lo impedía. ¿Era el miedo? ¿El pudor? Bien es verdad que volver a ver a Regina en ese momento, tras tantas confesiones compartidas y secretos intercambiados, la impresionaba hasta tal punto que se quedó petrificada, con los ojos perdidos en los de la reina.

Cuando Regina había decidido regalarle aquel libro mágico a Emma, era consciente de estar ofreciéndole una posibilidad de volver a verse. Pero el hecho de que hubiera ocurrido tan perfectamente y hubiera funcionado tan rápidamente hizo que su corazón se acelerara. Si había funcionado tan bien, era, y lo sospechaba, porque Emma también lo había deseado tanto como ella. Y ese sencillo pensamiento hizo nacer una sincera sonrisa en su rostro. Los océanos esmeralda que la contemplaban temblaban, dubitativos. Sin esperar más, Regina se acercó de nuevo a Emma y acarició tiernamente su confuso rostro. Sin dejarle tiempo para reaccionar, la besó por toda la cara afectuosamente. Sonriendo de felicidad, multiplicó los besos, que se hacían cada vez más conquistadores.

«¡Cómo…te…he echado…de menos!» logró pronunciar

Emma había cerrado los ojos ante esas caricias. Hubiera querido tanto perderse y olvidarse en esos besos…Pero tenía tantas cosas que decirle…Así que, se apartó a regañadientes del abrazo. Regina no escondió su frustración, y volvió a atrapar a la princesa estrechándola contra ella, impidiéndole que huyera de nuevo.

«Estoy tan contenta de volver a verte, Emma» susurró en su oído «No me rehúyas…»

El cálido aliento hizo erizarse todo su vello. No podía retroceder, pero tenían que hablar.

«Espera, tenemos que hablar, Regina…»

«¿Hablar de qué?» respondió ella recomenzando con sus besos, que empezaban a migrar hacia su cuello.

La sensación era tan agradable que Emma inclinó la cabeza hacia atrás, incapaz de resistirse a los asaltos. Regina la besaba ahora con toda su boca, su lengua deleitándose con el sabor ligeramente dulce de la piel de Emma. Entre suspiros de éxtasis, logró de todas maneras responder.

«No podemos hacer esto, Regina…»

«Me parece que tu cuerpo tiene una opinión diferente, princesa…» bromeó ella, sintiendo ahora las manos de la rubia aferrarse a su cintura y acercarla hacia ella.

«Espera…aahhh…Re…Regina, de verdad tenemos que hablar…»

«Oh, pero…podemos hablar al mismo tiempo. Te escucho, haz tus preguntas…» respondió ella cubriéndola de besos amorosos, cada vez más abajo, deslizándose por el escote de su camisa.

«Yo…¿Cómo has hecho para hacerme llegar hasta aquí?»

«Yo no te he hecho venir…» respondió ella, sibilina «Lo hemos hecho juntas»

«¿Co…cómo es eso? Yo no quería volver…»

Regina resopló de frustración, molesta por la falta de discernimiento de la princesa. Abandonó su escote y retrocedió un paso. Recobró su seriedad antes de añadir

«Mis libros, además de sentir la soledad de sus propietarias, comprenden sus deseos más profundos. Nada hubiera pasado si no hubiéramos sentido lo mismo en el mismo instante»

«¿Quieres decir que…?»

«Quiero decir que nunca habríamos podidos escribirnos, y sobre todo, jamás habrías podido llegar hasta aquí si nuestras ansias más profundas no lo hubieran deseado. Lo que quiero decir es que, pienses lo que pienses, lo querías tanto como yo…»

Ante esas palabras, se lanzó de nuevo sobre el cuello de Emma que comenzó a cubrir de besos y de lamidas bien dadas.

«¿Lo vas a negar?» susurró con voz asombrosamente grave.

Emma pareció reflexionar durante un instante. Sabía que la reina tenía razón. En realidad, incluso no tenía necesidad de decírselo. Emma sentía en su interior más profundo que había deseado volver a verla desde el mismo momento en que la había dejado. Su relación había comenzado de forma extraña, pero ahora sentía que estaban a la par, dispuestas a tomar un nuevo comienzo.

Emma había comprendido: las heridas que se habían infringido había tenido tiempo de cicatrizar. Entonces abrió los ojos, y observó a Regina durante un breve momento. Con ella, Regina nunca más sería la Reina Malvada. En sus brazos, Regina sería para siempre esa mujer herida. Esa mujer a la que ella quería proteger. Los ojos negros la contemplaron, y Emma leyó en ellos tantas emociones que su corazón dio un vuelco. No, no podía negarlo, evidentemente que no…Así que, se lanzó a su vez a los labios rojos sangre y los besó con pasión.


«Emma…por favor, ábreme…Soy yo»

Ruby golpeaba la puerta de su amiga desde hacía unos minutos, sin recibir ninguna respuesta. Sabía que el sueño de su amiga era pesado, pero aún era temprano y dudaba de que ya estuviera acostada. Lentamente, volvió a hacer lo que hacía de niña, cuando se encontraban tarde por las noches y cometían tantas travesuras que la misma reina tenía que levantarse para llevar a la loba a su pequeña alcoba. Empujó la pesada puerta de la habitación de la princesa.

«Em', ¿duermes? ¿Puedo hablarte de una cosa?» susurró ella por si su amiga de verdad estaba dormida

Mientras la llamaba, se acercó a la cama principesca. Ninguna huella de Emma. Las sábanas ni siquiera estaban deshechas. Su mirada recorrió la habitación, pero la princesa visiblemente no estaba ahí. Ruby suspiró débilmente.

«Pfff…estaba segura. La señorita duerme fuera de casa y no informa ni a su mejor amiga…Verás mañana. ¡Esto no va a quedar así!»

El enfado de Ruby no era tal. Le hubiera gustado que su amiga confiara en ella, si sus sospechas de una nueva novia se confirmaban. Pero comprendía que tuviera necesidad de tiempo y se sentía sencillamente feliz de que ella se sintiera mucho mejor para aventurarse en una nueva aventura amorosa.

Se disponía a salir de la habitación con el corazón ligero cuando su mirada recayó en el libro abierto dejado en el escritorio. Movida por la curiosidad, se acercó despacio. Pasó las páginas y lo que leyó en él le hizo dar vueltas la cabeza. No creía lo que estaba viendo: ¡Emma mantenía una correspondencia con la Reina Malvada! ¡Su sangre se heló! ¿Cómo su amiga había podido ocultarle un secreto tan grande? ¡La Reina Malvada! ¡Su enemiga, la que la había secuestrado, la que la había torturado y que sin duda le habría hecho algo peor si ellos no se la hubieran arrancado de sus garras!

Ruby sentía cómo su cólera hervía. ¿Qué buscaba ella con esa bruja? ¿Planeaba una venganza? En ese caso, ¿por qué no le había hablado a su mejor amiga? ¿O escondía otra cosa, mucho más grave, mucho más inconfesable?

Decidida a obtener las respuestas a sus preguntas, se hundió en la lectura de esos intercambios entre la reina y la princesa. Las conversaciones eran cordiales y agradables, ningún rencor se leía en las palabras de las dos mujeres, y Ruby se asombró. Finalmente, su enojo se calmó poco a poco. Y cuando la sensación de estar inmiscuyéndose en la vida privada de su amiga fue demasiado fuerte, cerró el libro.

Sin embargo, Emma no se escaparía de una gran conversación. Tendría que explicarle lo que significaba todo eso. Cuando se disponía a salir de la habitación, tuvo un presentimiento. Sentía que nadie más debería estar al corriente, sobre todo Snow. Entonces, antes de abandonar la habitación, escondió el libro en uno de los cajones del escritorio.


Su corazón latía anormalmente rápido, pero decidió ignorarlo. Prefería concentrarse en la dulzura de la piel real. Sus manos, que se habían hecho ardientes, se afanaban en acariciarle las mejillas con devoción. Había abandonado por un corto instante la boca de Regina y prefería por el momento observar el perfecto rostro. Emma parecía estar descubriéndola. El rostro que la admiraba con ojos golosos le era desconocido. Por supuesto, ya la había contemplado, admirado incluso…Conocía de memoria ese hermoso rostro que poblaba sus noches más agitadas. Pero nunca se había hundido en él tan profundamente. Y jamás había leído en él tanto amor de vuelta. Y su corazón estaba a punto de estallar.

Sus dedos resbalaban por la mandíbula, rozaban el puente de la nariz…Sus ojos temblorosos detallaban el magnífico rostro. Aquí un lunar, allí una pequeña cicatriz…Todos los detalles se imprimían en la memoria de Emma. Como una invitación, los ojos cerrados, maquillados de un negro profundo, la incitaban a continuar con sus leves caricias Cuando su índice rozó la boca cuyo lápiz labial rojo casi había desaparecido, Regina lo besó, tan dulcemente que Emma notó su corazón encabritarse.

«¿Qué nos está pasando, Regina?» murmuró ella

«No lo sé. Ya no me hago ese tipo de preguntas…»

«Te amo, es todo…» casi añadió, pero la boca de Emma que se había pegado a la suya le impidió hacerlo. Y sin duda, era mejor así.

Los actos violentos y rabiosos que habían compartido la última vez no eran más que un lejano recuerdo. Tras días y noches de mensajes manuscritos, tenían la extraña sensación de que finalmente se reencontraban. Como si todo hubiera sido borrado.

Las dos lenguas encontraron fácilmente el camino hacia la otra. Su endiablada danza, acompañada de los cuerpos que se enlazaban, hizo crepitar fuegos artificiales en sus vientres. Sus gemidos se amplificaban, las dos mujeres habrían podido quedarse horas así. Pero la falta de aire las obligó a separarse por un breve instante. Ante los ojos de Emma, inhabitualmente oscurecidos de deseo, Regina no pudo resistirse más. La empujó hacia el borde de la cama y se sentó en sus rodillas. Iba a lanzarse de nuevo contra su boca cuando Emma la detuvo con mano dulce, pero firme.

«Regina, espera…»

«Ya he esperado demasiado» gruñó besándola en la nuca, las manos masajeando sus pechos.

«Mírame» ordenó ella agarrándole el rostro entre las manos

«Soy la Reina. La única que da órdenes aquí soy yo» la pinchó con ojos resplandecientes

«Hablo en serio, Regina»

Dubitativa, la reina obedeció, y Emma continuó en voz baja

«Yo…Me gustaría que digamos que es nuestra primera vez juntas, esta noche…»

La voz baja, la mirada agachada y ese pedido tan singular derritieron el corazón de Regina. Se asombró aún más del poder de Emma, capaz de derretir su corazón que supuestamente creían de piedra. Ella alzó su rostro poniendo un dedo bajo su mentón y se enterneció ante la visión del tímido rostro, casi infantil que tenía delante, sonrojándose.

Si le había gustado particularmente el momento en que Emma había cogido las riendas de su encuentro amoroso, le gustaba también.-y quizás mucho más-cuando la princesa se mostraba asustada y avergonzada.

Pero sobre todo, las mariposas en el vientre de Regina aletearon de felicidad cuando comprendió lo que eso significaba para ellas. Emma aún no podía confesárselo, pero le hacía comprender que la quería mucho más de lo que quería mostrar. Todos sus errores estaban perdonados. Tácitamente, sin poder formularlo, Emma abría su corazón a Regina y les daba una nueva oportunidad.

Finalmente, alguien confiaba en ella. Finalmente alguien no la temía. Ante ese pensamiento, lágrimas de alegría nacieron en los ojos de la reina.

«Es nuestra primera vez esta noche, Emma. Y te prometo que será inolvidable…»

Confiada, Emma entonces se abandonó y hundió su cabeza en el escote escandalosamente pronunciado de Regina. Mientras besaba cómodamente los dos pechos, sus manos encontraron rápidamente el camino hacia los botones de su vestido. Lentamente, fue desabotonándolos, uno a uno. La mirada oscurecida de Regina traicionaba sus ansias de ir más rápido, pero dejó que la rubia fuera a su ritmo. Cuando finalmente le dijo con voz grave «Pon tus manos sobre mí, Regina…», esta no se hizo de rogar y deslizó delicadamente sus manos bajo la camisa de la princesa.

Emma no pudo evitar gemir cuando sintió los dedos sobre su musculado vientre. Involuntariamente, acercó el cuerpo de Regina al suyo. Finalmente, todos los botones del vestido fueron desabotonados. Regina solo tuvo que hacer un movimiento para quitarse las mangas, y encontrarse con el torso desnudo frente a Emma, que se mordió el labio de deseo.

«¿Te gustan?» la pinchó Regina

Como única respuesta, la princesa posó tímidamente sus palmas sobre los pechos. El suspiro que soltó Regina le provocó una péqueña sonrisa. Lentamente, Emma masajeó los pechos mientras le acariciaba los pezones que comenzaban a endurecerse bajo sus pulgares. Sus respiraciones se hacían cada vez más pesadas, y Emma sintió su intimidad humedecerse muy rápidamente. La dulzura de sus gestos contrastaba con la violencia de la última vez. Al ver que la reina se esforzaba en ralentizar la cadencia para no incomodarla, su corazón comenzó a acelerarse de forma más frenética.

«Tú me gustas» respondió ella

«Oh, Emma…»

Regina no lo soportó más. La confesión casi formulada le había provocado una ola de calor por todo su cuerpo, y no pudo resistirse por más tiempo. Hundió una última vez sus ojos en los de Emma. Sí, estaba lista y también lo quería. Así que, pasando la camisa de Emma por encima de su cabeza, ella se inclinó sobre su cuerpo.

Se quedó estupefacta ante la belleza de la mujer sobre la que estaba echada. El vientre musculado, los pequeños pechos, los fuertes brazos…¿Cómo había podido hacerles daño de la manera en que lo había hecho? ¿Cómo podría perdonárselo un día? Y sobre todo, ¿qué mujer perfecta era Emma como para aceptar confiar en un monstruo como ella?

Emma pareció leer la duda en los ojos de Regina, pues ella sonrió, con una sonrisa tierna y tranquilizadora. Pasó afectuosamente sus brazos alrededor del torso de la reina y la estrechó contra ella.

«¿De qué tienes miedo?» le preguntó dulcemente, entre beso y beso

Regina no dijo nada por un momento, pero al final contestó

«De mí…Tengo miedo de mí»

«Yo, yo no tengo miedo de ti»

«Deberías. No sé hacer otra cosa sino el mal. Emma, no deberías confiar en mí…»

«Shuttt» la hizo callar con un beso «Soy lo bastante grande para saber en quién confiar y en quién no. Y tú me has abierto lo bastante tu corazón para ver que no eres la que todo el mundo cree conocer, y que eres una mujer en que se puede confiar. En quien yo puedo confiar…»

Ante esas palabras, Emma rodeó la cintura de Regina con sus piernas. El corazón de Regina ya no sabía dónde estaba. Con cada palabra de la princesa, se aceleraba mucho más, despertando un amor que se fortalecía a cada momento. Ya que no tenía el derecho de decírselo, iba a demostrarle su amor. Y ella lo haría como nunca lo había hecho. Ni siquiera con Daniel…

«Cierra los ojos, mi pequeña…»

Lo más delicadamente posible, deshizo el lazo del corpiño de la princesa y lo hizo deslizar hasta sus tobillos. Ante sus ojos, Emma era una visión divina: las largas y finas piernas remarcaban aún más el perfecto torso. La morena besó sus pies, sus tobillos, después ascendió lentamente por sus gemelos e interminables muslos. Las caricias de una ternura loca sorprendieron a Emma. Ya era consciente de eso, pero volvía a tener una vez más la prueba de la dulzura de la reina. Enloquecida por las tiernas atenciones, le dio las gracias por no haberle quitado su última prenda, ya que su humedad alcanzaba ahora un estado particularmente crítico. Finalmente, Regina posó su mano sobre la intimidad aún cubierta por el sencillo tejido blanco. Sus ojos se oscurecieron un poco más cuando sintió la empapada tela. Su propia ropa interior tenía que encontrarse en el mismo estado, pensó mordiéndose el labio.

Alentada por lo suspiros de Emma, besó su vientre mientras presionaba delicadamente su clítoris. Las braguitas se empaparon aún más y Regina comprendió que era hora de quitárselas. Emma comprendió inmediatamente las intenciones de la reina, y sin poder resistirse por más tiempo, ayudó a Regina a hacer deslizar la prenda hasta el suelo.

«Ámame, Regina…Por favor» le suplicó Emma, cuando vio a Regina esperar demasiado tiempo

«Te amaré, princesa, te lo prometo»

El futuro es a menudo el pudor del presente. Regina solo se permitía un sencillo «Te amaré», era demasiado pronto para un «Te amo»

Jamás en sus sueños más locos, hacerle el amor a Emma Charming había sido tan dulce. Incluso sus suspiros eran más hermosos y excitantes. Pícara, su lengua jugueteaba con el pequeño botón de carne húmeda. Regina se dedicaba de forma lenta a él cuando sintió el placer de la princesa. Como conectadas, Emma apenas tenía necesidad de decir «Sí, ahí» o «más rápido, Regina» para que la reina supiera qué ritmo adoptar. Jamás había experimentado tal conexión con una de sus conquistas, y jamás podría tener otra conquista que no fuera Emma Charming.

Con la cabeza hacia atrás, la princesa jadeaba, gemía y resoplaba el nombre de su amante al ritmo de los lengüetazos tan certeros. Se concentró para no dejarse invadir por el placer demasiado pronto, pero la visión de la cabeza de la reina del Reino Negro entre sus piernas era tan erótica que sintió que no podría soportarlo por más tiempo.

«Entra…en mí, Gina…» susurró Emma, casi sin respiración

La reina no se hizo de rogar e introdujo dos dedos en la rubia vulva. Sus vaivenes fueron, al principio, tímidos para acostumbrar a la rubia a la presencia de esos dedos extraños en ella. Al ver que su respiración se volvía cada vez más errática y entrecortada, fue acelerando poco a poco. Sus humores resbalaban abundantemente sobre sus dedos, y su olor la excitó más. No hizo falta mucho más para que el cuerpo entero de Emma temblara en una última ráfaga. Regina ascendió a su altura, se echó a su lado y la besó tiernamente en la frente.

Cuando abrió los ojos, los de la reina la contemplaban con amor. Su cuerpo estaba aún demasiado sensible para poder moverse, pero su mano se deslizó entre los dos cuerpos y encontró rápidamente el sexo de la reina.

«¿Puedo?» preguntó, más por respeto que por miedo a que no le apeteciera.

«Oh sí, puedes…» dijo ella con voz ronca.

Emma no se hizo de rogar y con la reina ahora recostada sobre ella, introdujo dos dedos en la empapada abertura. Sin esperar, entró en su vagina y comenzó unos rápidos movimientos. Su palma golpeaba con cada embestida su clítoris, y hacía que Regina perdiera la razón. Devorada por la necesidad de sentirla aún más profundamente, llevó sus manos a los pechos de la princesa. La sensación de los pezones endurecidos bajo sus palmas y los dedos en ella le hacían girar la cabeza. Los jadeos y los gemidos que dejaba escapar deleitaban enormemente a Emma, que sentía nacer su propio deseo.

Con su mano libre, Emma entonces agarró una mano de Regina y la llevó hacia su sexo. Al mismo ritmo, las dos amantes se penetraron. Jadeantes, con sus cuerpos húmedos de sudor, se hundieron en los ojos de la otra. Parecía que a cada momento se acercaban más.

Regina sintió el orgasmo llegar cuando hundió su lengua en la boca de Emma. Cuando las paredes de la vagina aprisionaron sus dedos, Emma no pudo resistirse más tiempo, y su cuerpo se retorció de nuevo bajo otro orgasmo.

Sus nombres gritados se encadenaron en gritos casi bestiales cuando Regina se derrumbó sobre el cuerpo de Emma.


Los primeros resplandores del alba despuntaban suavemente en el horizonte cuando Emma abrió los ojos entre las sábanas de satén. El sol se infiltraba por las gruesas cortinas rojas y bañaba la estancia con una luz enrojecida. Nunca se había sentido tan feliz. El canto mañanero de los pájaros nunca le había parecido tan hermoso. Regina estaba en sus brazos. Su noche había sido fabulosa, y ese despertar también lo estaba siendo.

El cuerpo aún dormido de la soberana acurrucada en el pecho de Emma era una visión magnifica al despertar. Emma, aún un poco entumecida, se estiró suavemente. Su movimiento hizo moverse a Regina: con los ojos cerrados, y palpando, parecía estar buscando el cuerpo caliente y acogedor de la princesa que se había alejado un poco. Cuando encontró el contacto, se acurrucó de nuevo contra ella y pasó sus brazos por su cintura. Emma sonrió al descubrir que la reina dormida era tan adorable.

Sin embargo, Emma sintió que algo oscurecía ese hermoso cuadro: tenía que volver al Reino Blanco. Tendría que partir. Oh, por supuesto, volvería, pero el más mínimo segundo alejada del Reino Negro era como un desgarro. Como si lo hubiera escuchado todo, la reina le susurró en voz grave

«Quédate…»

«Si pudiera» le respondió Emma apartando de su rostro algunos mechones negros que se lo tapaban

Regina comenzaba poco a poco a despertarse. Emma jugueteó con sus pies y acarició los suyos. La reina tembló ante el contacto. Solo entonces, abrió los ojos y se encontró con el rostro sonriente de Emma, apoyada en un codo. La luz del sol embellecía su tez y hacia brillar sus ojos. ¡Qué hermosura…!

«Podría acostumbrarme a tener en todas mis mañanas esta visión…»

Emma sonrió tiernamente. Sus dedos se deslizaron por el desnudo cuerpo, pasando por sus hombros, rozando los brazos…a veces, su boca entraba en el juego y depositaba leves besos en los hombros desnudos. La belleza perfecta de la reina la seguía sorprendiendo como siempre.

«Eres tan bella…»

Regina sonrió, enternecida. Los dedos de Emma acariciando su cuerpo también calentaban su corazón. Cerró los ojos como un gato que ronronea.

«Tal belleza no puede ser humana» bromeó Emma «Estoy segura que tienes un secreto…»

Por supuesto que tenía un secreto. Pero se sentía tan avergonzada que no podría confesárselo. Y Emma no podría soportar esos horrores. Así que, respondió, misteriosa

«Creo que no estás lista para escucharlo…»

Emma no comprendió verdaderamente lo que había querido decir, pero no estaba dispuesta a romper la magia del momento insistiendo, así que se calló, sus dedos continuando sus amorosas caricias.

De repente, sin preparación, de un golpe, como si hubiera estado retenido por mucho tiempo, Regina soltó

«Te amo»

Antes de que Emma pudiera responder, ella siguió hablando ante su mirada asombrada

«No espero nada de ti, Emma. Pero quiero que lo sepas. Te amo. Te amo como nunca he amado a nadie»

Saber algo y escucharlo pronunciar son dos cosas muy diferentes. El corazón de Emma ya conocía el amor de la reina, se lo había dicho, y lo sentía, con todas las evidencias. Pero aún no estaba lista para responderle, y poner en palabras sus propios sentimientos. ¿Tenía incluso derecho a enamorarse de la Reina Malvada?

Regina se dio cuenta de que sus palabras la habían perturbado, así que para cambiar de tema, saltó de la cama y dijo en tono ligero

«Esta mañana hace un muy buen tiempo. ¿Qué dirías de una pequeño paseo por mi parque?»


Como todos los martes por la mañana, el Consejo de ministros reunía alrededor de la pareja real a todos los altos dignatarios del Reino Blanco. Como todos los martes por la mañana, debatían alrededor de una gran mesa, sobre política exterior, impuestos, el estado de futuras cosechas y hacían un balance de la semana pasada. Como todos los martes por la mañana, la sesión se alargaba durante horas.

Pero ese martes por la mañana, faltaba alguien a la mesa real. La princesa, que normalmente no ocultaba su entusiasmo en participar en esos debates, no estaba representada sino por una silla vacía. Los pocos minutos de retraso se habían transformado en una larga media hora, haciendo nacer la inquietud en Snow.

Aprovechando la conversación particularmente animada sobre las tasas de impuestos a los campesinos, ella llamó a uno de sus guardias con un gesto discreto. Le susurró algo al oído y este desapareció rápidamente. Regresó unos minutos después, y solo la reina comprendió el movimiento de negación de su cabeza.

Snow ya no logró disimular su turbación. Los recuerdos del secuestro de su hija le vinieron a la mente y el dolor de esos días la asaltó de nuevo. Se inclinó hacia el oído de su marido y le susurró discretamente, queriendo transparentar tranquilidad.

«Voy a buscar a Emma. Sin duda, se ha olvidado del consejo de esta mañana. Continuad sin mí»

Sus pasos la condujeron rápidamente hacia la habitación de su hija. Su ausencia le encogió el corazón. Ruby sabría, sin duda, dónde estaría Emma. Retomó su camino y llegó frente a la péquela buhardilla de la loba.

«¡Ruby! ¿Estás ahí?» preguntó ella, con voz ligeramente angustiada

La susodicha abrió la puerta a su reina, sorprendida

«Majestad…» la saludó respetuosamente

«¿Sabes dónde está Emma? No está ni en su habitación ni en el consejo de ministros. Eso no es normal en ella…»

El cerebro de Ruby comenzó a funcionar a mil por hora. Así que, ¿aún no había regresado? ¿Debía decirle lo que había descubierto, corriendo el riesgo de traicionar a su amiga? No tuvo tiempo de pensar mucho, pues la reina le metió prisa.

«Te lo suplico, si estás al corriente de algo, dímelo…Anoche ella no parecía estar muy bien, así que me pregunto si…»

«Ahora que lo decís…» la interrumpió Ruby, por miedo a que la reina acabara su frase con «me esconde algo» a lo que ella no sabría qué responder «Creo que ayer me dijo que quería aprovechar el buen tiempo mañanero para sacar a su caballo»

Emma le deberá mucho más que una sencilla conversación, se juró su amiga. Estaba mintiendo deliberadamente a su soberana para cubrirla. Ruby no sabría decir por qué, pero sentía que no debía decirle a Snow lo que había descubierto la noche pasada.

«¿Decís que es martes? Pero sí, es verdad…» dijo ella, fingiendo sorpresa, golpeándose la frente, como si la memoria le volviera «Creo que ha debido olvidarlo…»

La reina pareció aliviada. Emma no era de las que olvidaban un consejo de ministros, pero podía suceder. Sobre todo tras las pruebas que acababa de pasar. Le sonrió a Ruby y continuó

«Ya sospechaba que no era nada…Pero soy una madre, ¡sin duda me preocupo demasiado! En todo caso, si la vez antes que yo, dile que venga a verme, por favor…»

«No me olvidaré» concluyó Ruby, esperando poder interceptarla antes que su madre.


Lejos, muy lejos del Reino Blanco, Emma, efectivamente, se había olvidado del consejo de ministros. Disfrutaba, efectivamente, de la dulzura de la mañana. Pero no era verdad que lo hacía en compañía de su caballo…

Las dos mujeres caminaban, lado a lado, deleitándose con la belleza del cielo y la frescura del viento. Cada cierto tiempo, una de ellas se acercaba a la otra y sus corazones latían al unísono. Aunque conocían de memoria sus cuerpos desnudos, temblaban extrañamente al menor contacto con un trozo de tela movida por la brisa.

Al llegar al borde del lago, se sentaron en un banco. Sin saberlo, deseaban que la dulzura del momento jamás se detuviera. Sin apartar los ojos del azulado lago, Regina posó su mano en la de la princesa. Pareció dudar por un corto instante, pero acabó por entrelazar sus dedos. Sin decir una palabra, Emma cerró los ojos y apoyó su cabeza en el hombro de Regina. El tiempo pareció detenerse.

Entre los labios de Emma, la dulce melodía que tanto amaba Regina comenzó a escucharse. Emma apenas era consciente, pero las notas acabaron por serenar el corazón de la reina, que se acurrucó un poco más contra Emma. Con los ojos cerrados, las dos mujeres se dejaron acunar por la ligera música. Cuando llegó a su término, la princesa susurró, como angustiada por poner en palabras lo que le estaba pasando

«¿Qué es lo que estamos haciendo, Regina?

«Una tontería, creo. Pero nunca he sido una reina muy razonable, lo sabes bien» respondió sonriendo.

Emma no tuvo tiempo de añadir nada, pues Regina había apoyado sus labios sobre su boca. Emma seguía sin creérselo: cuanto más besaba a esa mujer, más ganas sentía. ¿Eso nunca se detendría? Maldijo a su cuerpo por provocarle tal estremecimiento cuando Regina le mordisqueó el labio. ¡No, no podía amarla! ¿Qué diría su familia? ¿Qué diría el Reino Blanco entero? Pero después de todo, nadie estaba al corriente, nadie las veía….y esos labios eran tan dulces…Ante su contacto, Emma dejó de cuestionarse si estaba bien o mal. Guardó sus preguntas en una esquina de su cerebro y entreabrió la boca. Regina no esperó mucho tiempo para deslizar su lengua que comenzó a acariciar la de ella tiernamente. Era tan bueno que se abandonó y hundió sus manos en la cuidada cabellera, acercándola más a ella.

Cuando el aliento les faltó, se separaron y se miraron. Era casi más intenso que besarse. No había nada que decir. Todas las palabras habrían sido vanas. Ellas se amaban.

Abrazadas, se podrían haber quedado sentadas en ese banco durante horas, si un cisne un poco curioso o un poco territorial no se hubiera acercado a ellas. El animal salió del agua y caminó renqueando con paso decidido hacia las dos mujeres. Al principio, intrigadas, lo miraron acercarse con curiosidad. Pero el cisne, que parecía haber encontrado en Emma una enemiga a su altura, le pellizco los gemelos con encarnizamiento.

«¡Ay! ¿Pero que le ha dado? Duele mucho» gruñó Emma agitando los pies para hacerlo huir.

Regina rio suavemente por la desgracia de su compañera.

«¡Parece que te has hecho un nuevo amigo, Emma!»

Su risa se hizo más fuerte cuando la princesa se vio obligada a levantarse del banco y salir corriendo, perseguida por el ave.

«¡Ja, ja, ja! ¡No sé lo que le has hecho pero te quiere mucho!»

Regina avanzó lentamente hacia el cisne y su víctima asustada que corría intentando evitar los picotazos. Con un breve movimiento de mano, lanzó un hechizo que devolvió al agua al ave que parecía no comprender bien lo que le pasaba. Al llegar a la altura de la princesa, la tomó en sus brazos.

«Pero puedo comprenderlo…Tampoco yo sé lo que me has hecho, Swan…»

«¿Cómo me has llamado?»

«Swan…¿te queda bien, no? No sé lo que me has hecho, pero yo, al contrario que él, no quiero volver a hacerte daño nunca más…»

Las palabras de Regina eran el mejor bálsamo del mundo. Las heridas del cisne ya no le dolían, ya que estaba en sus brazos. El huracán que resoban en su corazón seguramente haría destrozos. Pero era demasiado potente para que intentara oponerse a él. Ya no podía luchar.

«Yo… Yo te…»

«Shutt» la hizo callar Regina con un beso «Aún no estás lista. Me lo dirás cuando lo sientas. Mientras, yo estaré aquí»

Conmovida más de lo que quería mostrar, Emma no podía responder a eso. La confianza y el amor que le prodigaba la reina eran tan emotivos que no supo qué añadir. Solo tras un largo momento dijo, con la mirada gacha

«Sería mejor que volviera…Mis padres van a preocuparse»

«Por supuesto…Y no querría que sospecharan de mí» bromeó Regina

Pero Emma pareció no disfrutar la broma. Su triste mirada traicionaba su deseo de quedarse en los brazos amados. Pero sacudió la cabeza, haciendo comprender a la reina que estaba lista.

Ninguna necesidad de un «hasta luego». Los ojos se comprendían a la perfección. Cuando la princesa vio formarse las primeras volutas de humo violeta y rodear su cuerpo, se lanzó a los labios de Regina. Un instante más tarde, había desaparecido, dejando a la reina con el corazón acelerado, y la mano sobre sus labios que dibujaban ahora una ligera sonrisa.

«Hasta pronto, Swan…»