Hola. Antes que nada, quiero decir que no he desaparecido desde el lunes, he estado subiendo capítulos, lo que ocurre es que la página de fanfiction no está bien, y no envía los avisos a vuestros correos, así que recomiendo que, de vez en cuando, entréis directamente a mi cuenta y comprobéis si hay capítulo nuevo subido. Sois de todos lados, y la diferencia horaria es grande, yo soy de España y normalmente subo capítulo sobre las nueve o diez de la noche, hora española.
Sin más, nuevo capítulo de este fic (por favor comentad)
Encerrada
No había sospechado nada. No lo había visto venir, nada le había puesto la mosca tras la oreja. ¿Cómo había podido ignorar hasta ese punto lo que su madre había tramado? El viaje mágico no duró sino unos segundos antes de que Emma sintiera de nuevo el suelo bajo sus pies, pero tuvo el tiempo suficiente para lamentarse por su ceguera. Si hubiera prestado un poco más de atención a su familia, si no hubiera pasado la mayor parte de su tiempo en brazos de Regina, quizás habría comprendido la maniobra de Snow, quizás no estarían en esa situación…
Ante sus ojos se imponía la última imagen de Regina, y esa visión le rompió el corazón. Regina, destrozada, sin magia, impotente por primera vez en su vida…Regina con los ojos brillantes y enloquecidos, sin saber qué hacer, y lanzando una desesperada mirada a Emma…Regina, tan conmovedora y tan frágil…Y Emma que sentía su cuerpo escaparse, que no podía hacer nada para ayudarla…Las lágrimas aparecieron en sus ojos, pero las borró con un gesto rabioso.
En cuanto volvió a tocar el suelo, su cuerpo se tensó, los sentidos en alerta. Tenía que comprender lo más rápido posible dónde estaba para reaccionar y no dejar que su madre tomara las riendas. El humo blanco se disipó poco a poco, y Emma consiguió finalmente distinguir lo que la rodeaba. Se dio cuenta rápidamente que había aterrizado en la sala del trono del reino, donde una decena de guardias armados parecía esperarlas. No lejos de ella, vio a su madre, recta y orgullosa, y tras esta última…
«¿Regina?»
Emma se precipitó hacia la reina, pero su madre la detuvo con un simple movimiento de la mano. Como dos imanes que se repelen, la princesa ya no podía dar el menor paso hacia delante. Aunque intentaba adelantarse con todas sus fuerzas, la mano extendida de Snow le impedía acercarse a Regina.
«Perdóname, cariño…Un día comprenderás que lo hago por tu bien…» dijo la reina blanca con una triste sonrisa
Emma ni se tomó la molestia en responder y gritó de nuevo, más fuerte
«¡Regina! ¡Regina!»
Ante esas palabras, la reina negra se giró y su mirada se hundió en la de Emma. Los ojos negros parecían hundidos en una tempestad de desesperación. Sin su magia, Regina se sabía perdida. Sabía que Snow no perdería esa ocasión soñada de vengarse de ella. Por primera vez en su vida, tenía miedo.
Ya no tenía nada que perder, lo sabía, así que echó a correr hacia Emma. Pero Snow elevó su otra mano y retuvo a Regina de la misma manera que retenía a su hija. ¡Qué extraña visión era esa de ver a Snow, con los brazos extendidos, empujando hacia los dos extremos del salón del trono a su hija y a la reina negra que luchaban por acercarse…!
«¡Llévensela!» ordenó, sin atreverse a mirarlas
Los caballeros que se habían quedado, hasta ese momento, como espectadores del extraño combate, avanzaron hacia Regina y rápidamente la neutralizaron. El corazón de Emma comenzó a acelerarse, y se puso a gritar
«¡PARAD! ¡Dejadla!»
Al ver que nadie obedecía su orden, gritó más fuerte
«¡Es una orden de la princesa!»
Snow avanzó lentamente hacia ella y le sonrió amablemente
«La orden viene de la reina, cariño. Y los guardias obedecen en primer lugar a la reina, lo sabes…»
«¡Para, mamá! ¡Para! ¡Diles que la suelten, te lo suplico!»
«¿Para que siga haciéndonos sufrir a todos?»
«Pero…¡ya no tiene magia! ¿Cómo quieres que nos haga daño? Mamá, te lo ruego…»
«Es inútil, Emma…Va a pagar por sus crímenes…Ya es hora»
Emma gritó. Aunque emitiera todos los argumentos posibles, su madre estaba cegada por el odio. Aún incapaz de hacer el menor movimiento, no podía sino asistir, impotente, a la detención de Regina. Con sus manos y sus pies atados con una pesada cadena, la reina negra lanzó una última mirada, desgarradora, hacia Emma, antes de ser arrastrada por los caballeros blancos.
«¡Noooooo! ¡Reginaaaaaa!» gritó Emma
Jamás se había sentido tan impotente e inútil. La desesperación invadía su corazón, no había dejado de luchar contra la magia de su madre, pero estaba lastimosamente postrada en el mismo sitio, sin lograr moverse un centímetro. Las pesadas puertas sonaron tras los guardias, llevándose a su amor lejos de la sala del trono.
Habiendo desaparecido su enemiga, Snow bajó la mano, liberando a su hija. En cuanto recuperó el movimiento de sus piernas, se precipitó hacia las puertas. Snow comprendió en un instante que Emma quería reunirse con Regina y alzó la mano. La joven se encontró de nuevo paralizada.
«Emma…» dijo acercándose a paso lento «No quiero hacerte esto. Voy a liberarte, pero prométeme que no irás a buscarla…»
«¡NO TE PROMETO NADA EN ABSOLUTO!» escupió Emma «¡Suéltame!»
Las pupilas verdes se habían vuelto negras de cólera, y su tez, enrojecida por la furia. Snow nunca había visto a su hija tan enfurecida, aún menos contra ella, su propia madre. Tardó un momento en sobreponerse a la violenta réplica antes de continuar
«Escúchame. Sé que estás bajo el influjo de un hechizo que te hace creer que la bruja está de tu lado, pero es falso…»
«¡DEJA DE DECIR TONTERIÁS!» la interrumpió ella «¡No estoy bajo influjo ninguno!»
«Solo es una cuestión de tiempo» continuó la reina, sorda a las protestas de Emma «Pronto volverás a nosotros…»
Tenía que calmarse si quería demostrarle a su madre su buena fe. No lograría llegar a nada si su estado de rabia no disminuía, así que cerró los ojos y respiró profundamente.
«Mamá, suéltame y mírame» dijo Emma, algo más suavemente
Snow hundió su mirada en la de su hija, pero mantuvo el hechizo de inmovilización.
«¿Acaso ves algo diferente en mis ojos? Sé sincera, mamá…»
Nadie conocía mejor a una hija que su propia madre. El lazo de sangre no engaña nunca. ¿Quién aparte de ella habría podido ver que era la misma, que seguía siendo la princesa Emma Charming que ella conocía?
Durante largos segundos, escrutó la mirada de su hija, interrogando a las pupilas esmeraldas. Su hija estaba ahí. Su pequeña, a la que había criado y amado durante veintiocho años. Estaba ahí, y ningún hechizo la poseía. Durante un corto instante, la reina pareció turbada, sus propios iris comenzaron a temblar, como si se preguntara a sí misma lo que estaba haciendo. Pero la vacilación se dispersó en un momento, y dijo con voz firme a los caballeros que se habían quedado a su lado.
«Llevadla a su habitación. Y aseguraos que se queda allí»
Emma golpeó, gritó, arañó, chilló…Como una bestia salvaje, la princesa se debatió con todas sus fuerzas, pero no podía hacer nada contra la fuerza de diez hombres.
En un último grito, la metieron en la habitación, y las puertas se cerraron violentamente, siendo trabadas por una gruesa cadena.
Snow White jamás había poseído poderes mágicos. Toda su vida había pensado que la magia era brujería y que solo traía desgracia e infelicidad. Pero en ese momento, sentir ese nuevo poder en sus manos era placentero. Jamás se había sentido tan poderosa, jamás se había sentido tan temida.
Y sobre todo, gracias a esa magia, había podido cumplir su sueño más loco: había logrado capturar a la Reina Malvada.
¡Finalmente iba a poder vengarse, finalmente esa bruja iba a pagar! No solo iba a responder por su envenenamiento, sino que también iba a pagar por la violación de su querida Emma…Emma… Al pensar en ella, los ojos de Snow se humedecieron. Se echaba en cara terriblemente haber tenido que sujetarla de esa manera. Habría preferido que todo hubiera pasado de otra forma, pero su hija no le había dado elección. Debía actuar por ella, por su bien. Aunque Emma no era aún consciente, más tarde se lo agradecería, estaba segura de ello…
Pensó en su hija y en Regina. El horror de la situación le provocó nauseas. ¿Cómo esa bruja había logrado atraer a su inocente hija hacia su maligna red?
Las últimas palabras de su hija le vinieron a la mente: «¡No estoy bajo influjo ninguno!» ¿Sería verdad? Pero era imposible que Emma actuara por su propia voluntad…La idea misma de una Emma estando voluntariamente al lado de su peor enemiga le era inviable…Tenía que estar forzosamente bajo un hechizo…Obligatoriamente…Pero entonces, ¿por qué cuando se había perdido en las pupilas verdes había reconocido inmediatamente a su hija? ¿Por qué no vislumbró ninguna huella de maleficio? Si Emma había recibido un hechizo, ¿por qué este no había desaparecido en cuanto Regina había perdido sus poderes?
¿Acaso sería posible que Emma estuviera realmente…? No, era imposible. Snow barrió esa hipótesis incongruente con un movimiento de mano y se obligó a pensar en otra cosa. La organización del juicio. Sí, había que celebrar un juicio…Era necesario…
«¿Snow?»
La reina se sobresaltó sorprendida y se giró hacia la voz
«Ah, eres tú, David, me has asustado…»
«Snow, ¿qué es lo que he escuchado? ¿Has encerrado a Emma en su habitación?»
El rey tenía el rostro serio, y sus manos se agitaban, señal de un inacostumbrado nerviosismo.
«Sí, David» confesó ella acercándose a su esposo «Créeme cuando digo que no quería llegar a esto, pero…»
«Pero siempre hay otro modo que no sea encerrar a tu propia hija, ¿o no? Snow, mírame…»
David tomó el rostro de su mujer entre sus manos, y la hizo alzar la cabeza
«Cuando se te metió en la cabeza vengarte de Regina, yo no me lo creía, pero te seguí. Cuando fuiste a buscar a esa…bruja, te apoyé. No creía en el éxito de tu plan…»
«¡Pero funcionó, David!» lo interrumpió ella «¡Tú no lo creías, pero lo logré! Hemos encerrado a la Reina Malvada, pronto tendrá un juicio y…»
«¿Pero a qué precio, Snow, a qué precio?»
El rey retrocedió, y observó a su mujer con tristeza. Él la amaba, siempre la había amado, pero su testarudez, a menudo, había tenido el don de enervarlo. Snow bajó la mirada, consciente del reproche que iba a venir y aceptando la mirada desilusionada de su marido.
«¿Crees de verdad que esto es lo que hay que hacer aunque te ganes el odio de tu propia hija? » retomó él con voz dulce en la que se vislumbraba la tristeza.
«No es lo que quiero, David…¡Solo quiero su felicidad, y lo sabes!»
«Entonces, reflexiona…» concluyó él con una insistente mirada, antes de darse la vuelta y dejar a su mujer en la sala del trono, sola con su consciencia.
La noche cayó. Emma tenía el rostro surcado por las lágrimas. Estaba encogida en una esquina de su habitación y esperaba. ¿El qué? No lo sabía. Pero esperaba. Acabaría por pasar algo. Sus padres no iban a dejarla morir de hambre…
Al límite de sus fuerzas por haber gritado tanto, llorado y luchado contra la puerta cerrada durante horas, su cuerpo solo deseaba dormir para descansar sus miembros doloridos. Pero luchaba, se negaba a caer en el sueño mientras no supiera dónde se encontraba Regina y si estaba bien. Pensó en su madre y en su estúpida venganza. ¿Qué iba a suceder si decidía llevarla a cabo antes de que Emma pudiera escaparse de ahí? ¿Qué sería de ella si, al salir de esa habitación, se enterara de que Regina estaba muerta? Ante tal pensamiento, una ola de angustia la invadió y se levantó, incapaz de quedarse quieta durante más tiempo.
Se dirigió de nuevo hacia la puerta y le asestó una nueva oleada de puñetazos. Sabía que no serviría de nada, no más que las otras veces. Pero no podía quedarse de brazos cruzados, mientras Regina arriesgaba su vida en el exterior.
Con la fuerza de la desesperación, golpeó la madera con sus manos, sus pies, sus hombros…su cuerpo entero se lanzaba contra el panel, cada vez con más fuerza, ignorando el dolor que la invadía a cada golpe. Solo contaba Regina. Pero la puerta seguía herméticamente cerrada. Descorazonada, se arrodilló tras la puerta y estalló en llanto. Y esos sollozos se transformaron pronto en potentes gritos de angustia y rabia.
Cuando de repente, tres pequeños golpes. Emma se calló rápidamente y los tres pequeños golpes volvieron a escucharse.
«¿Emma?» susurró una voz desde el exterior
«¡Ruby!»
La princesa se puso en pie velozmente, con la esperanza renacida en su corazón.
«¡Ruby, sácame de aquí, por favor!»
«Voy a terminar por pensar que solo sirvo para sacarte de situaciones peligrosas» dijo ella
Aunque Emma no la estaba viendo, podía sentir el sarcasmo en las palabras de su amiga, y cuando escuchó el chasquido de la cadena y vio la puerta abrirse, no pudo evitar saltarle al cuello.
«Quizás sea tu valiente caballero, que viene a salvar a su princesa» dijo ella, con una sonrisa irónica en los labios.
«¡Qué tonta eres…pero eres demasiado fuerte! Pero, ¿cómo has hecho…? Espera, ¿tienes la llave?»
«Tengo contactos…» se contentó en añadir
«Francamente, no sé qué decirte para darte las gracias. Otra vez…»
«Yo tengo una idea…Exijo ser tu madrina en vuestro casamiento, eso es»
«¿Qué?» preguntó Emma, con los ojos desorbitados ante la sorpresa
«Después de todo lo que he hecho por las dos, sería lo mínimo para darme las gracias, ¿no crees?»
Emma no sabía qué responder en absoluto. El comentario de su amiga la había dejado sin palabras. ¿Su matrimonio? ¿La princesa blanca casada con la reina negra?
«¡Oh, estoy de broma, eh!»
Por supuesto que bromeaba. Pero Emma no había podido evitar que su corazón se embalase rápidamente y una tonta sonrisa apareciera en su rostro.
Un ruido en el pasillo y la voz de Ruby la trajeron a la realidad.
«¡Rápido, Emma, sal! ¡Alguien viene!»
Poniendo pies en polvorosa, Ruby y Emma corrieron sin mirar atrás por el pasillo oscuro del castillo.
Aunque los más mínimos recovecos de su castillo le eran familiares, Emma muy pocas veces se había aventurado en los calabozos. Por supuesto algunas veces había jugado, de niña, con Ruby. Pero eran tan sombríos y fríos que la sed de aventuras no duraba mucho tiempo. Así que, cuando las dos amigas se encontraron ante el largo pasadizo de entrada, sus miedos infantiles se despertaron e invadidas por ligeros estremecimientos se adentraron en el largo corredor. Emma se obligó a ignorar la desagradable sensación y centró su atención en la entrada del sombrío corredor.
Dos hombres armados estaban apostados a cada lado de la entrada y Emma no dudaba de que otros estuvieran junto a la celda de Regina. Snow seguramente había tomado el máximo de precauciones, para vigilar a su excepcional prisionera.
«Voy a distraerlos» susurró Ruby a su amiga «Mientras, escabúllete por el pasillo»
Emma asintió en silencio, la mirada aún puesta sobre los guardias. Ella parecía evaluar la mejor estrategia para entrar sin el menor riesgo, y la idea de Ruby parecía ser la única convincente.
«Toma, coge esto. Espero que no la necesites, pero nunca se sabe» añadió ella dándole una espada en su forro.
Emma se lo agradeció y enganchó la espada a su cintura. Discretamente, Ruby salió de su escondite, y se acercó a los hombres, con la expresión más inocente posible.
«Buenas noches caballeros, estaba dando un paseo por el castillo y he visto algo raro en el pasillo. Creo que deberías ir a echar un vistazo»
«No podemos abandonar nuestro puesto, doncella. ¿Qué habéis visto, exactamente?»
Tenía que conseguir que salieran de ahí, para que Emma tuviera el paso libre. Así que escondió su inquietud, e insistió
«Realmente no sé…He creído ver a alguien corriendo. Y pensé, esto no puede ser normal, tan cerca de los calabozos, quizás es algo peligroso»
Los hombres no abandonaron su puesto, pero inclinaron la cabeza en la dirección señalada por Ruby. La joven aprovechó para hacer una pequeña señal a Emma, que salió de su escondite y se adentró en el pasillo. Desafortunadamente, la princesa no pasó completamente desapercibida y uno de los guardias vio su silueta pasar a su espalda.
«¿Quién anda ahí?» gritó
Los dos hombres se giraron y se dieron cara a cara con Emma.
«¿Princesa? Lo siento, pero tenemos órdenes de no dejar pasar a nadie, ni siquiera a vos, princesa»
Y ante esas palabras, sacaron sus espadas y las blandieron frente a Emma, que se vio obligada a quedarse inmóvil ante las armas. Intentaba encontrar la mejor solución para poder adentrarse en el pasillo de los calabozos cuando escuchó a su amiga gritar
«¡Corre, Emma, yo los retengo!»
Y rápidamente, Ruby se transformó en una magnifica loba de sedoso pelaje. Con los colmillos a la vista y los músculos tensos, ella se acercaba a los hombres, que habían dejado caer sus espadas y estaban retrocediendo hacia la pared, asustados.
Emma aprovechó para adentrarse en el largo y oscuro corredor.
Definitivamente, todos los calabozos se parecían. Los calabozos de los Charming, aunque gobernaran el Reino blanco, no tenían nada que envidiar a los del Reino Negro. Eran igual de sombríos, sucios y malolientes. Emma dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad ambiente y caminó con prudencia.
Se asombró al no cruzarse con nadie. Ningún prisionero en las celdas, ningún guardia para frenar su camino…Se sorprendió que fuera tan sencillo. Si los dos guardias no hubieran sido colocados a la entrada, ella habría dudado de la presencia de la reina en ese lugar. Pero a pesar de todo, ¿en qué otro lugar podría encontrarse?
Al cabo de unos minutos de caminata por el frío y húmedo corredor, comenzó a distinguir una temblorosa luz a unos metros de ella. Cuanto más avanzaba, más claro se hacía: unas antorchas estaban dispuestas en lo alto de una reja. Y dos hombres custodiaban una pequeña puerta, única abertura en esa reja. Aunque no la veía, Emma sabía que Regina estaba ahí. Lo sentía en el fondo de su corazón.
Continuó su camino a lo largo del corredor, escondiéndose lo mejor que podía, rozándose con las paredes para permanecer en la sombra lo más posible. Sabía que no podía intentar un engaño, los guardias seguramente habían sido alertados. Así que debía tomarlos por sorpresa. Entonces, a pocos metros de la celda, sacó su espada y se lanzó contra ellos. Desafortunadamente, el entrenamiento que seguían todos los días les había preparado para los ataques sorpresas y sus reflejos eran excelentes. El guardia sobre el que Emma se había lanzado detuvo su ataque en un momento y ella se encontró teniendo que luchar contra dos soldados.
Emma atacaba, contra atacaba, paraba, golpeaba. Eran dos contra una, pero, vestidos con sus armaduras, eran más lentos, y Emma conseguía esquivar sus ataques con habilidad. Ella, al cabo de largos minutos de encarnecido combate, con la energía que daba la desesperación, se lanzó sobre uno de ellos, que cayó al suelo. Ella acompañó su caída con una voltereta, y golpeó al hombre en la cabeza con la empuñadura de su espada. El hombre cayó rápidamente inconsciente. Después, sin dejar tiempo a que el otro comprendiera lo que estaba pasando, se levantó y le asestó un golpe entre los omoplatos. Se unió con su compañero en el suelo con un ruido sordo.
La princesa no se tomó un momento para recuperar el aliento. Corrió hacia la reja de la celda y golpeó la cadena con su espada, tan fuerte como le permitía su fatigado cuerpo. Al cabo de unos golpes, esta se rompió y Emma, con el corazón en un puño, entró en la celda.
La celda era excepcionalmente grande, y la oscuridad le impedía distinguir el fondo. Emma arrancó una de las antorchas de la reja y entró en la prisión.
«¿Regina?» llamó suavemente «Regina, ¿estás aquí?»
Nadie le respondió, pero un gruñido se escuchó. Emma continuó avanzando, y es ese momento la vio. La visión que se mostró ante sus ojos le provocó un estremecimiento de horror. Regina estaba de pie, en mitad de la celda, medio inconsciente. Suspendida por los brazos que estaban encadenados por encima de su cabeza, esta estaba inclinada y horriblemente magullada. No se sostenía en pie por sí misma, sino que estaba puesta en una posición terriblemente dolorosa. Sus pies apenas tocaban el suelo, y no podían aliviar el peso de su cuerpo que se balanceaba de sus ensangrentadas muñecas.
¿Cuánto tiempo llevaba colgada de esa manera? Emma dejó caer la antorcha y corrió hacia la reina, a quien elevó ligeramente en sus brazos, para aliviar la presión en sus muñecas.
Regina dejó escapar un suspiro al sentir los brazos de la princesa alrededor de su cintura. Un suspiro de dolor, de alivio, de felicidad…Alzó la cabeza y la apoyó en el hombro de su amada.
«Emma…» susurró «Estás aquí…»
«¡Oh, Dios mío! ¿Qué te han hecho, Regina?»
«Un divertido cambio de tornas, ¿no crees?» dijo con una sonrisa
Aun encadenada, violentada y debilitada, Regina no había perdido su conocido orgullo. El corazón de Emma se encogió de vergüenza. Sentía vergüenza de su familia, vergüenza de lo que le habían hecho a Regina, vergüenza de su madre.
«Oh, Regina, siento tantísimo lo que te han hecho. No podía hacer nada, yo…»
«Shuttt, Emma, lo sé…No tienes la culpa de nada, lo sé…»
Regina volvió a apoyar su cabeza en el hombro de Emma y se dejó estrechar contra el cálido y reconfortante cuerpo. Mientras acunaba el maltrecho cuerpo, los ojos de Emma escrutaban el lugar, decidida a liberar a Regina de sus cadenas. Cuando vio la polea y la manivela que permitían bajar las cadenas, retrocedió y dijo
«Voy a soltarte. Sin duda te va a doler, pero te prometo que en cinco minutos todo habrá acabado. Voy a soltarte de esto»
Regina no respondió, pero sus ojos, llenos de amor, eran el más hermoso de los agradecimientos. Asintió, lista a soportar de nuevo el dolor en sus muñecas. En cuando la hubo soltado, Emma corrió hacia la manivela, la giró y la cadena, finalmente, se deslizó a lo largo de la polea, dejando caer el cuerpo de Regina. Incapaz de mantenerse sobre sus piernas, ella se derrumbó en el suelo.
La princesa volvió con Regina y se sentó en el suelo a su lado.
«¿Todo bien? ¿No te he hecho demasiado daño?» preguntó, reposando suavemente la cabeza de la reina en sus rodillas
«No eres tú la que me has hecho daño, Emma…»
Fue demasiado para Emma. Todas las emociones del día la invadieron y estalló en llanto, Regina alzó una mano y la apoyó en su mejilla.
«Shuttt, mi amor…no llores»
Emma se culpaba. Era Regina la que estaba encerrada y herida, pero era ella quien lloraba. Era Regina la que merecía ser consolada, pero era ella quien reconfortaba a Emma. Detuvo sus lágrimas e inclinó la cabeza. Sus ojos no tuvieron tiempo de leer su deseo, pues sus labios ya habían encontrado los de Regina. ¡Cómo había echado de menos es sabor! Las bocas, golosas, se devoraban con pasión, y las lenguas bailaban una enfebrecida danza, acompañada de suspiros y gemidos. Regina se incorporó poco a poco y sus dos cuerpos se estrecharon.
Un beso no era magia, pero el cuerpo de Regina comenzó extrañamente a sentir menos dolor. Cuanto más besaba a su princesa, menos dolores sentía. El ardor de los labios de Emma aliviaba las heridas de su cuerpo. Extrañamente, a pesar de la desaparición de sus poderes, Regina experimentaba una sensación bien conocida y casi podía sentir correr por sus venas su magia. Pero, excitada por los besos, decidió no hacerse preguntas, y se abandonó aún más en los brazos tan amados.
Cuando les faltó el aire, las dos mujeres se separaron unos milímetros. Solo unos milímetros. No podrían soportar estar separadas mucho tiempo. Sus frentes se tocaron, y sus ojos se perdieron en la inmensidad de la otra.
«No podría vivir lejos de ti, Regina. Estas horas alejadas de ti han sido una tortura…¿Qué sería de mí si no hubieras sobrevivido?»
«Snow no es tonta. Sabe que soy valiosa, no va a asesinarme en un despreciable calabozo…Yo no estaba poniendo en riesgo nada, lo sabes…»
Emma no respondió. Su corazón latía, más vivo que nunca. Era el momento, lo sabía. Finalmente estaba preparada.
«Es más, creo que su venganza será algo mucho más espectacular…»
Emma no estaba escuchando. Ella observaba, con los ojos llenos de amor, a su reina intentando aligerar la atmosfera…Regina estaba explicándole cómo se imaginaba la venganza de Snow, llena de pequeños pájaros y animales del bosque, cuando Emma la cortó
«Te amo»
Regina detuvo rápidamente su discurso y hundió su mirada en la de Emma. ¿Había escuchado bien? Los latidos de su corazón se aceleraron y su boca se entreabrió ante la sorpresa.
«Te amo»
Esta vez no podía estar soñándolo. Emma acababa de confesarle lo que a ella le costaba aceptar. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Una simple lágrima, una lágrima de felicidad.
«¿Hablas en serio, Emma? No merezco ser amada…Soy la Reina Malvada, después de todo…»
«Te amo, Regina. Nunca he hablado más en serio y más segura de mí misma. Te amo y te prometo que saldrás de esta. Hago este juramento»
¿Salir de esa? ¿Escaparse de la venganza de Snow? Regina no estaba segura de que Emma pudiera ofrecerle esa libertad. Pero no le preocupaba. Acababa de darle el mejor de los regalos, y aunque mañana tuviera que morir, moriría feliz. Se lanzó a los labios de su princesa y le ofreció un beso a la altura de su declaración, lleno de amor y promesas.
El tiempo pasó. ¿Minutos? ¿Horas? Las dos mujeres habrían sido incapaces de decirlo. Todo lo que sabían es que estaban sentadas en el mismo suelo, abrazadas, la una en los brazos de la otra, y la dulce voz de Emma entonando el canto que ellas amaban tanto. Ese canto que tantas veces las había consolado, reconfortado.
«Deberías volver a tu habitación…Si tus padres se dan cuenta de tu desaparición, se van a preocupar»
«Es el último de mis problemas. Te había dicho que me quedaría contigo, y me quedo contigo. Si no es en tu reino, será en esta prisión. Y al Diablo mis padres»
Una sencilla y enternecida sonrisa. Es lo único de lo que fue capaz Regina, antes de que las dos mujeres se quedaran dormidas en ese mismo gélido suelo.
