Una ayuda bienvenida
Solo en sus aposentos, el soberano del Reino Blanco estaba perdido en sus pensamientos. Acodado en su escritorio de ébano decorado con una exquisita marquetería, no podía concentrarse en los documentos de intendencia que se extendían por toda la madera. Se había levantado pronto esa mañana, decidido a ocupar su mente arreglando los asuntos urgentes del reino, pero no podía, no lograba quitarse de la cabeza la imagen de su desdichada hija.
¿Cómo habían podido llegar a eso? ¿En qué se había convertido su tierna e inocente Snow? David no comprendía el deseo de venganza que la corroía hasta tal punto. Siempre había sabido que su mujer rumiaba un rencor tenaz hacia la reina negra, pero jamás hubiera creído posible que se perdiera hasta tal límite en la revancha. ¿Qué le había sucedido? Y sobre todo, ¿quién habría creído posible que se cegara hasta ese punto por el odio, llegando incluso a herir a su adorada hija…?
¿Acaso sería posible que todo estuviera ligado a ese extraño hechicero…?
Tras largos minutos de intensa reflexión, David no había avanzado mucho, pero sabía que debía hablar con su hija. Si eso no le permitía comprender, al menos Emma sabría que no estaba sola. Se levantó precipitadamente de su sillón y se dirigió hacia la habitación principesca.
Mientras avanzaba con paso ligero, David recitaba interiormente las excusas y las explicaciones que le iba a dar a su hija. Cuando hubo llegado a la puerta de su habitación observó que estaba ligeramente entreabierta. Pasando la cabeza por la abertura, el vacío de la pieza le saltó a la vista. Por extraño que parezca, no se sorprendió. Después de todo, ¿quién podía parar a su hija cuando se le metía una idea en la cabeza? David sonrió ligeramente, orgulloso de la fuerza de carácter de la princesa. Dio la vuelta. Sabía exactamente a dónde dirigirse.
Cuando llegó a la entrada del corredor que daba a los calabozos, una extraña escena se dibujó ante sus ojos: una loba mantenía apartados a dos guardias armados, sentados contra la pared. ¿Desde hace cuánto tiempo estaban de esa manera? Las armas estaban posadas en el suelo, y los dos guardias tenían las facciones tensas por la fatiga. Temiendo un ataque repentino del gigantesco lobo, no habían pegado ojo en toda la noche, acurrucados en una esquina contra la pared, vigilando el menor de sus movimientos. La escena le habría hecho sonreír si la situación no fuera tan seria para su hija. Pero en el fondo de su corazón, apreció la devoción de Ruby hacia su amiga.
En cuanto los caballeros divisaron la silueta real acercarse a ellos, no pudieron evitar gritar con entusiasmo
«¡Vuestra Alteza! ¡Por aquí!»
David apuró el paso y, al llegar al lado de la loba, le acarició el cuello bajo los ojos sorprendidos de los soldados.
«No temáis, es una amiga» respondió el monarca sonriendo «Levantaos, caballeros»
Esos últimos obedecieron con cierta aprensión. Después, girándose hacia la loba, dijo
«Puedes cambiarte de nuevo, Ruby, ya no son una amenaza»
Rápidamente, Ruby recobró su forma humana y estiró sus miembros doloridos por haber pasado tanto tiempo inmóvil. Sin embargo, los caballeros permanecieron pegados a la pared, esperándose, sin duda, que esta les saltara encima a pesar de la desaparición de sus garras e impresionantes colmillos.
«¡Wow, gracias Majestad, tenía miedo de quedarme acorralado ahí durante días!»
«Marchaos soldados, yo me ocupo de ella. Tomaos el día libre, os lo merecéis»
Los dos soldados no se hicieron de rogar y desaparecieron rápidamente, muy contentos de alejarse de esa extraña y amenazadora criatura. David, entonces, preguntó a Ruby dónde estaba Emma. La joven se inquietó. ¿Podía confesárselo, aunque parecía evidente que el rey ya lo había adivinado todo? David pareció vislumbrar los cuestionamientos interiores de la joven, pues le dijo con dulzura
«No te preocupes, Ruby…me sienta mal confesarlo, pero yo…desapruebo lo que ha hecho mi mujer. Y solo quería hablar de ello con mi hija. ¿Esta…?» pareció vacilar «¿Está con Regina?»
Ruby no respondió sino con un ligero asentimiento de cabeza, y los dos se adentraron en el sombrío pasillo en dirección a la celda de la reina negra.
Sin una mirada hacia los dos caballeros aún inconscientes a los que pasó por encima distraídamente, David y Ruby entraron en la celda, cuya puerta aún estaba abierta. Por un breve instante, no comprendieron lo que estaban viendo: una masa informe, oscurecida por la ausencia de luz, yacía en el suelo. De lejos parecería un revoltijo de ropa o un gran animal panzudo. Pero cuando más se acercaban, más se fue precisando su visión. El amasijo informe en realidad estaba constituido por dos cuerpos, tan estrechamente enlazados que parecían formar uno solo. Las piernas estaban mezcladas, los brazos se estrechaban. La reina había posado su cabeza en el torso de la princesa. La misma respiración elevaba sus pechos, parecían serenas. A pesar del rostro tumefacto de la reina, y las tensas facciones de la princesa, las dos mujeres jamás habían estado tan hermosas.
A pesar de estar acostadas en el frío suelo, una fina sonrisa se dibujaba en los rostros de Emma y de Regina.
¡Qué lejos estaba en ese momento la Reina Malvada…! David ya no veía a la malvada reina, torturadora de su mujer y su hija, enemiga de su pueblo. No, todo lo que David veía en ese instante era el amor de dos mujeres que querían vivirlo aunque tuvieran que enfrentarse al resto del mundo.
Su garganta se cerró. ¿Cómo había sido él tan idiota? ¿Por qué había dejado a su mujer tomar el control de la vida de su hija hasta ese punto? Las lágrimas acudieron a sus ojos cuando comprendió que nada, y sobre todo Snow, podría jamás separarlas. Se acercó a su hija y, reproduciendo el gesto que tantas veces había hecho sobre el rostro de su pequeña, apartó delicadamente un mechón de cabello que le tapaba la cara.
«Yo se lo he reprochado tanto, sabéis…» susurró Ruby sin mirar al rey.
Con los ojos aún fijos en la pareja que aún dormía, ella continuó su monólogo. Necesitaba hablar, necesitaba agradecerle al rey por haberse convertido finalmente en su aliado.
«Sí, se lo eché en cara. No comprendía. De hecho, como todo el mundo, no comprendía cómo ella podía traicionarnos de esa manera. Pensaba que la reina la manipulaba, pensaba que había perdido la razón, que se estaba volviendo loca…Y después, me contó todo. Y he visto el resplandor en sus ojos, veía su sonrisa cada mañana cuando regresaba…Entonces, comprendí. Sé que Snow nunca lo entenderá, pero, no sé, yo…Solo…Miradlas…»
El rey se conformó con asentir, silencioso. No había nada que añadir. Ellas se amaban, eso saltaba a la vista. Sabía que le esperaba una tarea difícil: tenía que convencer a Snow.
«Escucha David, sé lo que hago. Quizás no veas la importancia ahora, pero te aseguro que lo hago por su bien…»
«¿Por su bien? ¿De verdad, Snow? ¿O por el tuyo?» comenzó él a levantar la voz «¡No te comprendo, Snow, ya no te reconozco! ¿Dónde está la mujer gentil y tierna con la que me casé?»
Snow, conmovida por las palabras de su marido, se acercó a él lentamente. Cuando le tomó las manos, clavó su mirada en la de su marido. Por un muy corto instante, sus ojos oscuros parecieron brillar con un extraño resplandor antes de que volvieran a su brillo habitual. David se preguntaba aún sobre lo que acababa de ver cuando ella le dijo dulcemente.
«Aún estoy aquí, David…»
«Entonces, escúchame» suplicó «Cuesta comprenderlo, y ni yo mismo estoy seguro de comprenderlo todo, pero Emma está feliz con Re…»
«¡Para, David, no comiences con esas necedades! ¡No quiero escuchar esos horrores! Regina no es más que una terrible torturadora. ¡Me niego a la posibilidad de plantearme ese acto inmundo!»
Un terrible furor tomó posesión rápidamente de la reina blanca. La dulzura de la que hacía gala hacía unos segundos había desaparecido, reemplazada inmediatamente por una rabia irracional. Sus brazos se agitaban y se movían en el aire, mientras caminaba de arriba abajo. David comenzó a entrar en pánico. Nunca la había visto en ese estado y le daba miedo. Asustado, sin embargo intentó calmar a su mujer tomándola en sus brazos y obligándola a mirarlo.
«¡Pero escúchame en lugar de perder la cabeza en cuanto se te nombra a Regina!» dijo él firmemente «Puedo asegurarte que la Regina que está encerrada en tus calabozos ya no es ni la sombra de aquella que antaño te hizo sufrir y…»
«¡Cállate!» respondió ella fuertemente «¡No sabes lo que me hizo vivir!»
Parecía una demente presa de un ataque de locura. Mientras se debatía, intentaba taparse las orejas y su agitación tomó un giro angustiante cuando se calmó en un instante, recta como un palo y dijo, con la mirada fría y penetrante
«¡…pero ahora que la tengo bajo mi mano, va a pagar!»
«¿Pero qué más quieres hacerle? Ya no tiene magia, ha sido torturada, encerrada…¿Qué más quieres, Snow?»
Él, que conocía tan bien a su mujer, ya no conseguía anticipar sus reacciones. Ya no la reconocía, su mirada era tan poco natural…
«¿Qué te ocurre, Snow?» retomó él entonces, con voz baja traicionando su triste incomprensión
«David, compréndeme…No es solo por mí. Ha hecho sufrir a nuestra pequeña, debe pagar por sus crímenes…»
«¡Pero Emma la ha perdonado! Y de la forma más bella…Es feliz con Regina, intenta comprenderlo. No puedes crear la felicidad de nuestra hija contra su voluntad. ¡Se trata de amor, Snow! ¡Amor! Deberías ser la primera en comprender eso…»
«¡NO! ¡Me niego a escuchar eso! ¡Esa abominación no es amor! Emma me comprenderá, sabrá que tengo razón…»
«Deja de poner a Emma como una excusa para tu propia venganza» levantó él la voz «¡Estás destruyendo la felicidad de nuestra hija por una antigua venganza que se remonta treinta años atrás, Snow!»
El brusco ataque verbal de su marido dejó a Snow muda por un breve instante, y él aprovechó para añadir, con tono decidido
«Tu venganza no es más que locura. Dices querer hacerlo por el bien, para proteger a los inocentes, pero no eres mejor que la Reina Malvada. De todas maneras, Emma la ha elegido, y no podrás hacer nada para separarlas. Y que sepas que si te entran las ganas de hacer algo que vaya contra la felicidad de mi hija, no te dejaré hacerlo. Me niego a destruir a nuestra pequeña. Sé consciente de ello»
Sin añadir una palabra, giró sus talones y salió de la estancia con el corazón latiendo a mil y las manos temblorosas. Nunca, en toda su vida, se había atrevido a enfrentarse tan violentamente a su adorada mujer. Pero su extraño comportamiento, esa extraña mirada lo había dejado perplejo. ¿Realmente estaba siendo ella misma?
La memoria tiene algo maravilloso, puede agarrarse a una brizna de recuerdo feliz durante años así como puede olvidar en un instante todo pensamiento desagradable. Emma, de esa manera, había barrido rápidamente de su memoria la desagradable sensación de la humedad que se insinuaba en cada uno de sus poros, el frío que atenazaba sus miembros, y el ardor de su propia respiración cuando el frío aire se introducía en sus pulmones…Solo había estado encerrada ahí una noche, pero las sensaciones de su propio encierro de hacía unas semanas le vinieron con violencia a la mente.
Sin embargo, algo diferente calentaba su cuerpo y su corazón. Un peso reposaba en su pecho. Cuando Emma abrió los ojos y vio la cabeza de Regina, aun dormida, una ligera sonrisa se dibujó en sus labios. Se inclinó hacia ella, y le susurró al oído
«Buenos días, Majestad…»
Emma se inclinó un poco más y depositó un ligero beso en su fría y ligeramente tumefacta mejilla. El contacto despertó a Regina que parpadeó varias veces. Cuando logró, finalmente, abrir los ojos, su primera visión fue el rostro de su princesa sonriéndole tiernamente.
«Buenos días, Emma…»
Se sentó a su lado y posó su mano sobre la mejilla de Emma, que se estremeció ante el frescor del contacto.
«Estás helada…» se inquieto esta última
«Está bien…» respondió ella con voz débil
Pero ni Regina ni la princesa estaban convencidas de eso.
«No, no está bien, Regina, estás pálida como la muerte y helada como un cadáver» constató ella, inquiera, posando sus manos sobre sus mejillas y sus brazos.
«Voy a estar bien, te lo aseguro, Emma…»
La experiencia militar de Emma le había aportado precisos conocimientos en medicina y sabía, por haber hecho numerosas campañas en pleno invierno, que un cuerpo debilitado estaba menos preparado para defenderse contra el frío. Y una vez que el frío había invadido el cuerpo entero, era raro que la muerte no estuviera al final del camino…Y Emma constataba con horror que Regina mostraba todos los síntomas de una inquietante debilidad. A pesar de las protestas de la reina, ella llevó entonces sus manos a su boca y sopló su aliento cálido; y friccionó con sus manos su debilitado cuerpo. Poco a poco, el rosa volvía a las mejillas de la reina, y sintió de nuevo el calor de su sangre extenderse por sus venas. Pero Emma, creyendo que debía calentarla aún más, o bien solo deseosa de sentir su cuerpo contra el de ella, abrió los botones de su camisa. En un instante, se encontró con el torso desnudo ante la reina, que abrió con asombro los ojos.
«…Euh…¿aquí? ¿Ahora?» dijo ella, comenzando a sonrojársele las mejillas
Emma rio ante la credulidad de su reina, de alivio al verla recobrar sus fuerzas, o sencillamente de felicidad por estar a su lado. Y ese sonido puro devolvió la sonrisa a Regina.
«¡No…!» protestó ella riendo «Créeme cuando digo que no es por falta de deseo, pero solo es para calentarte contra mi piel»
«Oh, ¿sabes? Hay un método mucho más radical para calentar a alguien…» susurró ella con voz suave acercándose lentamente al atrayente cuerpo de Emma.
«Lo sé, pero…» respondió ella mientras le quitaba a Regina la sencilla blusa de prisionera que llevaba haciéndosela pasar por la cabeza
«¿Pero…?» preguntó Regina, sin comprender el rechazo de Emma
«No quiero hacerlo en una celda, como cuando…» no pudo acabar
Regina comprendió rápidamente y se abofeteó mentalmente maldiciéndose. ¿Cómo había podido pensar que podrían hacer el amor en un decorado idéntico a cuando ella había sido violada? Lamentó inmediatamente su torpeza. Pero Emma parecía ya haberla perdonado, pues abrió los brazos en los cuales Regina se refugió velozmente. El simple contacto de sus pieles aceleró sus corazones y calentó sus torsos unidos.
Aunque Emma ya había tenido calor para toda su vida, la ligera tibieza de su torso desnudo se expandió por el cuerpo de Regina. Mientras le frotaba la espalda, le susurraba palabras dulces al oído, y casi se habrían podido quedar dormidas de nuevo, la una contra la otra, si una voz no se hubiera escuchado por el pasillo.
«Ah, ya está, ¿las marmotas se han despertado? ¿Es confortable el albergue? ¿Los vecinos son tranquilos? ¿Apreciáis el entorno?»
«¿Ruby?» se sobresaltó Emma que rápidamente se puso en pie, cerrando su camisa e intentando esconder el pecho desnudo de Regina.
«A vuestro servicio, nobles damas…Como de costumbre…» añadió ella bromeando
Ruby siempre había tenido un don para relajar cualquier pesada atmosfera y las tensas situaciones, y Emma la adoraba por eso. Siempre había logrado devolverle la sonrisa, y hoy no era una excepción. Y que las hubiera sorprendido en tal situación no molestó a Emma, al contrario que a Regina, quien intentaba, más mal que bien, vestirse de nuevo, mientras lanzaba miradas de reojo suspicaces a esa Ruby que finalmente volvía a tener delante.
Emma preguntó la razón de la presencia de su amiga, ignorando que su padre la había ido a ver esa noche. La joven le contó entonces todo, la llegada de su padre, hasta su alianza con ellas, pasando por su intrusión en los calabozos.
«Espera, ¿quieres decir que ha estado aquí?» la cortó Emma, que comenzó a entrar en pánico «¿Nos ha visto?»
«Sí» respondió ella sencillamente «Y puedo asegurarte que está de nuestro lado. Cuando os ha visto dormir una en los brazos de la otra, creo que ha comprendido que erais sinceras…y que realmente estáis enamoradas»
Ante esas palabras, Regina se acercó a Emma y tomó su mano en la de ella. La estrechó tan dulcemente, solo como para confirmarle «Ruby tiene razón, estoy enamorada de ti» Emma se la estrechó a su vez, conmovida.
Tener a su padre de su parte le hinchó el corazón de alegría. Finalmente tenía aliados. Ruby, Graham, y ahora su padre…Estando todos juntos seria menos difícil hacer entrar en razón a su madre. El corazón de Emma comenzaba a henchirse de esperanza, y la presencia reconfortante de la mujer que amaba a su lado la consolaba en su serenidad.
«Tu padre me pidió que me quedara cerca» continuó Ruby «para que te dijera que fueras a verlo a su escritorio en cuanto te despertaras. Tiene cosas importantes que decirte»
La mirada inquisitiva de Emma no tuvo ningún resultado sobre Ruby, que desafortunadamente no sabía nada más, y no pudo darle más información.
«Muy bien, entonces vamos» dijo ella, decidida, mirando a Regina
Después, girándose hacia su amiga, le pidió que fuera a buscar la llave de las cadenas que seguramente debían encontrarse en uno de los guardias aún inconscientes. Pero Ruby no se movió, a pesar de la expresión incrédula de la princesa. Ella explicó, algo avergonzada.
«Heu…No creo que sea acertado hacer eso. No creo que Regina pueda salir de…»
«Escucha, Ruby, es muy sencillo» dijo Emma calmadamente «No la voy a dejar aquí. Si ella no sale, yo no salgo. Sencillamente…»
«Emma. Escúchame. Snow no debe saber que has dormido aquí, no debe saber que yo os he ayudado, una vez más. Y sobre todo, aún menos debe saber que tu padre está de nuestro lado. Así que te juro que lo mejor es que Regina se quede aquí un tiempo más»
«Pero…»
«Pero yo te prometo que no durará mucho» la cortó ella, con los ojos fijos en sus ojos «Te lo aseguro, Emma…Ve a ver a tu padre, y mientras, yo cuidaré de ella. Confía en nosotros…»
A regañadientes, Emma comprendió que era lo mejor. Se giró entonces hacia Regina y la tomó en sus brazos. La estrechó como si fuera la última vez, y cuando retrocedió, la reina le dijo
«Ve. Estoy segura de que lo que tu padre tiene que decirte es importante para nosotras»
Emma no le dio tiempo a añadir nada, y besó sus labios con pasión. La sonrisa que notó bajo su boca le inflamó su vientre y un enjambre de mariposas volaron en su estómago. El beso se volvió más y más audaz, mientras que las manos de las dos mujeres acariciaban las formas del cuerpo de la otra.
¿Era el efecto de ese beso o el contacto piel con piel de Emma cuya quemadura marcaba aún su torso? Pero el frío mortal que Regina sentía hacía unos instantes había ahora desaparecido completamente. Y algo mucho más extraño, así como con el beso de la noche anterior, Regina sintió cómo las fuerzas le venían poco a poco. Sus brazos estrecharon el torso de Emma, como si quisiera fusionar los dos cuerpos. Tras una eternidad, las dos bocas se despegaron. Regina tomó el rostro de su amada entre sus manos y le dijo.
«Te esperaré, mientras, aquí…» añadió, irónica
Después, depositó un ligero beso en la punta de la nariz de Emma. Un dulce y fresco beso como la lluvia de primavera, lleno de una intimidad loca.
La princesa no pudo esconder su sorpresa y su emoción. Era la primera vez que la reina le prodigaba un gesto tan tierno, casi infantil. La emoción se apoderó de su corazón y volvió a sentir un deseo irrefrenable de sentirla contra ella.
«Hm, hm…» carraspeó Ruby «No querría romper el ambiente, pero tendrías que irte, ahora…»
Sin desviar su mirada de Regina, Emma suspiró un «Vuelvo enseguida» antes de dejarle un delicado beso en sus labios.
El ambiente era extraño en ese calabozo. Cara a cara por primera vez en sus vidas, Ruby y Regina se escrutaban, pensativas. Ninguna de las dos sabía qué decir, ni siquiera si tenían que decir algo. Finalmente, Ruby fue quien rompió primero el silencio
«¿Está bien vuestras muñecas?»
La simplicidad aparente de la pregunta escondía en realidad el deseo de Ruby de abrirse más. Le hubiera gustado poder decirle a Regina todo lo que llevaba en su corazón, pero no se sentía capaz. Tener delante de ella a la que fue una de las mayores hechiceras, tan temida y tan poderosa, la intimidaba. Sin embargo, Ruby no era de las que se intimidaban. Pero al verla tan débil, y derrotada de esa manera le provocó una especie de triste compasión.
Regina no era ingenua. Sabía lo que representaba Ruby, y dio las gracias interiormente por esa pregunta aparentemente inocente, pero que escondía mucho más. Así que ella le respondió con el mismo tono
«Están bien, estoy mucho mejor…Para ser sincera…» añadió reflexionando «cada vez me siento mejor…Es extraño»
«Quizás sea vuestra magia…» respondió Ruby, desenfadada
«Ya no tengo magia, gracias por recordármelo, Mademoiselle…»
«Quizás no haya desaparecido completamente» intentó consolarla
«Mi magia siempre ha formado parte de mí. Siento que ha desaparecido. Completamente»
«Sin embargo, estáis mejor. Y vuestros hematomas desaparecen rápido, por lo que veo…Es raro, sí…»
Pero como ninguna explicación podía ser dada para aclarar lo que sentía Regina, las dos mujeres se volvieron a hundir en un pesado silencio, mirándose con cara de pocos amigos. Como Ruby sabía que no volvería a tener la oportunidad de encontrarse cara a cara con Regina, se lanzó. Tenía que abrirle su corazón.
«Veo lo que ella ama en vos» dijo, rompiendo la pesadez del silencio
«¿Perdón?»
«Comprendo por qué ella os ama tanto…»
«¿Es decir?»
«¿Sabéis? Conozco a Emma desde que éramos pequeñas. Siempre le han gustado los caracteres fuertes, que no se dejan abatir. Pensó que lo había encontrado en mí, pero éramos demasiado amigas para que funcionara, entonces…»
«Os lo ruego, ahorradme vuestros consejos de ex novia. De verdad no necesito eso» replicó Regina con expresión de asco
«¿Lo veis? Es lo que decía: fuertes caracteres. Pero ahora la que veo frente a mí no es solo una mujer poderosa…»
«Era» rectificó Regina «Ya no soy en absoluto poderosa, lo estáis viendo bien…»
«Precisamente. Es eso lo que le gusta a Emma: no solo sois una mujer poderosa, sino que ella ama vuestras grietas. Emma siempre ha tenido un lado de caballero blanco queriendo proteger a la viuda y al huérfano. Ahora protege a la reina, pero es igual…y además, ¿está bien, no? ¿La reina y la princesa…?»
Regina observaba a Ruby, divertida. No comprendía a dónde quería llegar. ¿Por qué se soltaba de esa manera? La explicación la tuvo un instante más tarde cuando Ruby dijo
«¿Sabéis? Si os digo todo esto es para deciros que lo acepto. Oh, no os lo escondo, me costó al principio, pero cuando os veo, lo entiendo. Es de locos, pero lo entiendo. Veo que vos habéis cambiado. Ya no sois esa reina negra que aterrorizaba a su pueblo y al nuestro. Ya no sois sino Regina, y es a quien Emma ama»
La máscara de reina negra que había vestido por un corto momento el rostro de la reina se rompió, y esta última sonrió sinceramente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, una extraña que tendría todas las razones del mundo para odiarla acababa de confesarle su confianza y su apoyo. Y eso la conmovió hasta las lágrimas. Durante largos minutos, ninguna de las dos supo qué añadir. El silencio que había sido pesado se transformó en intimidad. Las lágrimas de Regina eran un agradecimiento. Un simple agradecimiento.
«Tendréis que cuidar de Emma» dijo ella con un suspiro
«¿Cómo?» preguntó Ruby, que temía a dónde quería ir a parar Regina
«No somos idiotas, ninguna de las dos. Snow me tiene bajo su mano y llena de buenas razones para hacerme pagar por mis crímenes pasados. Aunque yo haya cambiado, siempre seré la Reina Malvada que rompió sus sueños de infancia…»
«¿Qué queréis decir?»
«Lo habéis comprendido muy bien, Ruby. Os confío a Emma, prometedme que la cuidareis…cuando yo ya no esté aquí»
Emma conocía los pasillos de su castillo como la palma de su mano, pero el camino para llegar al escritorio de su padre le pareció durar una eternidad. Con cada paso que metía entre ella y Regina su corazón se estrechaba un poco más y su avance se volvía más penoso.
Se obligó a no pensar en ella, diciéndose que Ruby estaba allí y que no estaba en peligro, así que continuó su progresión. Al llegar a una intersección, Emma se detuvo. ¿Qué le había dicho Ruby? ¿Dónde la esperaba su padre: en el escritorio privado o en el de asuntos oficiales? Aunque estrujaba su memoria, no lograba recordar…Tras un corto instante de reflexión, tomó la decisión de dirigirse hacia el escritorio privado, que le parecía más apropiado para una conversación que tenía que mantenerse al abrigo de oídos indiscretos.
Entonces giró a derecha y llegó rápidamente ante la puerta del escritorio privado. Delicadamente, empujó la puerta y entró en la pieza. Extrañamente, voces que no se distinguían le llegaron al oído. ¿Cómo era que no había nadie ahí? ¿Se trataba de su padre que la esperaría con otro aliado? No, no era él. Aguzó el oído, pero Emma no reconoció la voz masculina que hablaba sin interrupción. Era una voz cantarina, un poco aguda, una poco risueña, pero de la que no traspasaba ninguna alegría. Al contrario, emanaba una desagradable sensación, una malsana impresión de que el personaje lanzaba su poder sobre su interlocutor.
Ella avanzó un poco en la sala, y comprendió de dónde venía esa voz. Al fondo del escritorio, se abría una pequeña puerta escondida que ella conocía bien por haberla abierto a menudo cuando pequeña. Tras esa puerta se encontraba una muy pequeña sala, perfecta para ver lo que pasaba en el escritorio sin ser visto. ¿Cuántas veces se había escondido ahí al abrigo de las miradas, admirando a sus padres trabajar y soñando con encontrarse un día en su lugar?
Pero hoy, parecía que esa pequeña sala no había sido escogida para observar, sino para esconderse. Si se tienen en cuenta los susurros, los dos interlocutores no deseaban ser vistos. Emma se acercó, con el corazón en un puño. La extraña voz continuaba su monólogo y la princesa ahora podía entenderla algo mejor.
«…y yo os aseguro que es lo mejor que hay que hacer. Y creedme, cuanto antes, mejor, pues según mi experiencia, puede que la reina no sea de las que se dejan encerrar por mucho tiempo…»
«¿Qué queréis decir?» respondió una débil voz inquieta, que Emma no logró reconocer
«No puedo decir demasiado, Vuestra Majestad, jijjiji…»
La fría risa heló la sangre de Emma. ¡Qué extraño personaje…! Le habría gustado acercarse un poco más para logar verlo, pero prefirió quedarse a la sombra para continuar escuchando esa conversación que comenzaba a revelarse muy interesante.
«Pero, ¿por qué queréis vos encarnizadamente ese juicio, después de todo?»
Esa voz…Emma conocía esa voz…Pero el ambiente acolchado de la pieza y sus susurros la volvían difícil de dilucidar.
«Eso solo me incumbe a mí, Majestad…»
«¿Majestad?» ¡Entonces era su madre quien estaba conversando con ese extraño personajes! ¿Qué estaba haciendo escondida con ese hombre? ¿Qué tramaban? Emma puso mayor atención.
«Y acordaos» retomó él «conocéis el refrán "Toda magia conlleva un precio" Esos poderes os han sido concedidos bajo una condición. Y ha llegado la hora de que esa condición se ejecute. «Se ejecute», jijijiji, la expresión nunca ha sido más adecuada, ¿no creéis? Jjijijjijiji!»
«Podéis contar conmigo» respondió Snow, a la que Emma reconoció ahora perfectamente.
Pero, y no sabría decir por qué, el tono que ella empleaba, o quizás esa seguridad…algo le susurraba que la Snow que ella conocía nunca habría respondido así. Pero sin duda se debía a los susurros…
«Y una vez más…no tardéis, Vuestra Majestad. El Beso de Amor Verdadero ya ha comenzado a actuar…»
«¿El qué? ¿De qué habláis ahora?»
«El Beso de Amor Verdadero, ya sabéis lo que es…aquel que os despertó del sueño eterno…»
«¿Y? ¿Qué relación tiene con mi prisionera?»
«Ya veréis, Vuestra Alteza, ya veréis…» se contentó con responder.
Después nada más. Emma se preguntó por un breve instante lo que estaba pasando cuando el ruido característico de una desaparición mágica se escuchó, señal de que el hechicero se había literalmente esfumado. Si no quería ser descubierta por su madre, no podía perder más tiempo en ese lugar. Salió precipitadamente del escritorio tomando cuidado de cerrar la puerta lo más lentamente tras ella.
Con la cabeza llena de dudas, retomó su camino hacia el escritorio de los asuntos oficiales.
