El juicio
Mirando hacia el horizonte, la niebla matinal se extendía sobre los campos del Reino, como alargados fantasmas errantes y diáfanos. La fina capa de rocío posada sobre las enrojecidas hojas brillaba bajo los débiles rayos del sol otoñal. En los cuatro cantos del bosque, los pájaros llenaban la atmosfera con sus armoniosos cantos. El día sería bello.
En el patio de armas del castillo, los soldados finalizaban los últimos preparativos. Ningún imprevisto vendría a entorpecer la perfecta organización de la jornada.
Snow se despertó con la sonrisa en los labios. Jamás había dormido tan bien. El día que esperaba desde hacía tanto tiempo acababa de empezar, y nada habría podido hacerla más dichosa.
Sí, era un hermoso día para una ejecución.
Una semana antes
«¡Haced entrar a la acusada!»
Desde lo alto de su trono de oro, Snow dominaba la sala que, para la ocasión, estaba a reventar. Cuando el pueblo supo la noticia del juicio contra la reina negra, una densa muchedumbre había invadido la sala del trono. Víctimas de la Reina Malvada, o sencillos curiosos, todos se habían apresurado a las puertas del castillo y habían esperado horas, incluso desde la víspera, con la firme decisión de asistir a ese juicio que todos consideraban histórico.
Cuando las puertas habían sido abiertas, muchos vieron su entrada denegada por falta de sitio en la gran sala del trono. Snow estaba dichosa de esa excepcional afluencia. Al igual que ella, todos estaban ahí para asistir a la caída de un tirano, y se prometió no decepcionarlos.
Pocos eran, en el castillo, los que no estaban contentos ante el juicio, que ya se anunciaba como una farsa. Desde hacía días, Emma, David y Ruby habían jugado todas sus cartas. Habían intentado hablar con Snow, habían intentado encontrar al extraño hechicero, se habían incluso arriesgado a liberar a Regina…nada tuvo éxito. Todos sus intentos habían sido infructuosos, y la organización del proceso avanzaba a grandes pasos, sin que nada pudiera evitarlo.
La princesa ya no conseguía contenerse. Cuanto más se reducían los días que las separaban del juicio, más se encerraba en el silencio, negándose a concederle la mínima atención a su madre, pasando la mayor parte del tiempo encerrada en los calabozos al lado de Regina.
David y Ruby, por su parte, no habían perdido la esperanza, y continuaban insistiéndole a la reina para que se olvidara de eso o al menos aplazara el juicio. Su voluntad jamás se debilitaba, y cada momento que pasaban al lado de Snow lo empleaban para hacerla recular.
Pero Snow estaba decidida. Ningún argumento, ninguna conversación…nada la hacía dar marcha atrás. Parecía un perro que acababa de cerrar las fauces sobre un hueso, y a pesar de todos los esfuerzos del mundo, nada podía hacerle relajar la presión. Snow tenía el destino de Regina en sus manos y nada la haría echarse atrás. Emma ya no le hablaba, David discutía con ella, pero nada parecía conmoverla. Y más se cerraba en esa postura, más padre e hija la encontraban extraña.
David había hecho partícipe a Emma de sus dudas sobre el extraño brujo que ella también había escuchado en aquella pequeña sala. Evidentemente habían intentado comprender el papel que podía él jugar en todo esto. Habían intentado buscarlo, pero sin éxito. Sin embargo, lo presentían, el extraño comportamiento de la reina blanca indudablemente tenía que tener relación con él.
Y cuanto más se acercaba el día del juicio, más su voluntad se desmoronaba. David había abandonado la idea de convencer a su mujer de detener el juicio, y se consagraba ahora a estudiar todas las posibilidades jurídicas que el reino ofrecía para defender a un acusado durante un juicio.
En cuanto a Emma, pasaba la mayor parte de su tiempo con Regina, y las dos intentaban subirse la moral, sin ignorar, sin embargo, que la amenaza planeaba sobre sus cabezas.
Esa mañana, como era su costumbre, Emma y Regina estaban sentadas al fondo de la celda cuando ruidos de pasos se escucharon. Pusieron la oreja, atentas. Ese ruido no era el de costumbre: los soldados parecían más numerosos, más decididos. Eso no anunciaba seguramente la llegada del desayuno. Inconscientemente, las dos mujeres sintieron en sus interiores que algo grave pasaba.
Se levantaron y se abrazaron.
«Ya está, ya comienza» susurró Regina «Vienen a buscarme»
Emma nada respondió, sino que se colocó delante de la reina, haciendo escudo con su cuerpo, justo antes de la llegada de los soldados.
«Mis respetos, Princesa» dijo uno de los soldados en tono neutro y oficial «Tenemos órdenes de llevar a la Reina Malvada a la sala del trono para que asista a su juicio»
«En ese caso, yo también voy» respondió ella, decidida
«No, princesa. Las órdenes de la reina son claras. Os está prohibido el acceso a la sala del trono»
«¿Cómo?» gritó ella, sin creer lo que estaba oyendo «¡Ella no puede prohibirme nada en mi propio castillo!»
Sin esperar a que Emma se calmara, los caballeros se acercaron a Regina, pero la princesa estrechó su agarre alrededor de ella.
«¡No la tocareis! ¡Retroceded!»
«Princesa Charming, en nombre de su Majestad, os ruego que os apartéis»
«En efecto, soy la Princesa Charming, heredera de la corona blanca» respondió ella, orgullosa y con voz segura «Me debéis obediencia y respeto. Y os ordeno abandonar esta misión»
«Princesa» retomó la palabra el caballero en un tono dulce, como avergonzado «solo acatamos órdenes de la reina Snow. Así que os rogaría una última vez que retrocedáis, o nos veremos en la obligación de usar la fuerza»
Emma dio un tímido paso hacia el caballero, y sonrió tímidamente. Ya que la fuerza no parecía funcionar, había que intentar otra cosa…
«¿Me haríais daño, a mí?» respondió ella, dulcemente «A mí…a la que conocéis desde mis primeros llantos, y a la que le habéis enseñado todo?»
El caballero bajó la mirada. La vergüenza destilaba por todos sus poros. Emma posó su mano en la empuñadura de su espada y continuó
«Lancelot, miradme. Estamos desarmadas e indefensas, ¿de verdad, vais a…?»
«No hagáis las cosas más difíciles, Emma» la interrumpió él «Apartaos, ahora»
Y él acompañó sus palabras con un movimiento de espalda que hizo retroceder a la princesa contra la pared. Cuando sintió la punta de la hoja rozar su abdomen, comprendió que él no retrocedería. Aunque hubiera sido su maestro de armas durante años, su fidelidad hacia la reina iba por delante de cualquier otra cosa.
«Tal lealtad os honra, Lancelot…» murmuró ella, resignada
«Coged a la bruja» dijo él a sus soldados, sin atreverse a mirar a Emma a los ojos.
Estos últimos, entonces, comenzaron a encadenar a Regina, pies y muñecas, tan fuertemente apretados que no podía levantar los brazos ni dar grandes pasos. Se disponían a hacerla avanzar cuando Emma habló
«Esperad, me gustaría hablar con ella»
Lancelot elevó la mano y los caballeros detuvieron rápidamente todo movimiento
«Tenéis dos minutos» dijo bajando su espada
Emma se precipitó hacia su amante y le tomó las manos
«Sé fuerte, Regina. No dejes que vea tu debilidad. Enséñale quién eres. Aún no has sido juzgada, tienes tus oportunidades…»
La confianza de Emma hinchó el corazón de Regina. Sin embargo, ella sabía que nada doblegaría a Snow, y que la sentencia de ese proceso, sin duda, ya había sido decidida hacía tiempo. Pero decidió, por un corto momento, creer en Emma y tener esperanzas. Se pegó a ella, quien rápidamente la envolvió con sus protectores brazos.
«Te prometo que todo acabará bien, Regina. Te lo prometo…»
¿A quién intentaba convencer? ¿A Regina o a sí misma? Ninguna de las dos lo habría sabido decir.
«Te amo, Emma…» susurró la reina al oído de Emma, tan bajo que ninguno de los soldados la escuchó
Con lágrimas en los ojos, la princesa apretó su abrazo, murmurando un conmovedor «Yo también»
«Es la hora, princesa…»
Con el alma por los suelos, Emma retrocedió, dejando que los caballeros se llevaran a Regina, encadenada, hacia su destino.
«Estamos reunidos hoy aquí para juzgar los diversos crímenes de la Reina Regina del Reino Negro» clamó Snow desde lo alto su trono «Que entre el primer testigo»
Las grandes puertas se abrieron y dos caballeros blancos entraron en la sala escoltando a un pobre campesino cuyo caminar renqueante se veía ayudado por un bastón, tallado en una gruesa rama de roble.
«Presentaos» ordenó la reina, cuando el campesino se hubo instalado en el estrado
«Jack, Vuestra Majestad. Soy Jack» respondió con voz asustada y respetuosa «Soy herrero a vuestro servicio, Alteza»
«¿Desde hace cuánto tiempo?»
«Desde hace diez años, Vuestra Majestad. Cuando me escapé del Reino Negro…»
«¿Qué hacíais en el Reino Negro? ¿Y por qué huisteis?»
«Era herrero en el castillo negro. Trabajaba para la reina. Ella…»
Al decir esas palabras, él alzó un despreciativo dedo hacia Regina, que estaba sentada en una sencilla silla, rodeada de dos soldados. Ella observó al personaje y los recuerdos le vinieron. Se acordó perfectamente de él: un honesto artesano que, un día, había intentado montar una rebelión contra su ejército.
«Me torturó durante días, en los calabozos de su castillo. Pude escaparme, pero desde entonces, no pudo caminar sin mi bastón…»
Regina hervía de rabia. ¡Sin duda la tortura era un castigo desmesurado, pero ese hombre era un prisionero de guerra, un traidor…! No estaba contando todo, ella tenía que restablecer la verdad. Mientras que él parecía estar disfrutando de su venganza acusándola, Regina saltó de su silla y lo apuntó con el dedo
«¡Decidle por qué os lo merecíais, traidor!» gritó ella
«¡Silencio a la acusada!» le respondió rápidamente la reina blanca «¡Hablareis cuando tengáis la palabra!»
Regina frunció el ceño y se volvió a sentar, lanzando una oscura mirada a Snow y a su ex herrero. Una vez que este último hubo escupido todo su odio hacia la antigua Reina Malvada, la reina blanca le dio las gracias y llamó a un segundo testigo al estrado. Las puertas se abrieron de nuevo, dejando ver esta vez a una joven rubia. Su mirada errante mostraba su incomodidad al ser observada de esa manera por cientos de ojos. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Regina, desvió rápidamente la mirada, aterrada.
«Presentaos» ordenó de nuevo Snow
«Me llamo Elinor, soy campesina en el Reino Negro» dijo con voz dulce en la que se podía vislumbrar el miedo
«¿Qué habéis sufrido por parte de la acusada, aquí presente?» preguntó Snow señalando a Regina con un gesto de la mano
«Yo…Ella me…» vaciló, sin atreverse a mirar a Regina a los ojos
«No temáis, joven. Sé que es duro, pero vuestro testimonio nos sería muy útil. Valor…»
«Ella…me violó» dijo
De la muchedumbre se elevó entonces un gemido de horror, y todo el mundo comenzó a agitarse y a susurrar. Solo Snow parecía apreciar el espectáculo, una fina sonrisa dibujada en sus labios.
«¡Silencio!» gritó la reina «¿Podéis ser más concreta, joven?»
«Me secuestró, me encontré en su habitación y abusó de mí. Yo gritaba, luchaba, pero cuanto más lo hacía, ella más reía. Su risa me persiguió durante semanas…»
Aunque Regina estaba escrutando el rostro de la joven, ya no se acordaba de ella. Era como si los horrorosos recuerdos de esa antigua vida hubieran desaparecido con esa parte de ella misma que tanto odiaba. Pero su relato era bastante plausible. Había secuestrado a tantas jóvenes…Si no era ella, otra habría podido hacer la misma acusación. No negaba sus crímenes, ni lo habría intentado…Pero hoy, ya no era esa mujer. ¿Cómo lograría demostrarlo?
Como si hubiera leído sus pensamientos, Snow le dio precisamente la palabra en ese momento
«Acusada, ¿qué tenéis que decir para defenderos?»
Regina sabía que no tendría muchas ocasiones para defenderse, así que se concentró, decidida a no malgastar sus oportunidades. Hundió su mirada en la de la joven y dijo con solemnidad.
«No negaré mi crimen. Sería una mentira y sería deshonraros por segunda vez. Sí, abusé de vos. Pero hoy, lo lamento. Y lo lamento terriblemente y…»
«¡La acusada ha confesado!» la cortó Snow, saltando de alegría «La Reina Malvada ha confesado una de sus horribles violaciones. ¿Vais también a confesar la violación de la Princesa Charming?»
«Yo…Pero…» dijo ella, tomada por sorpresa «Hablábamos de esta joven. ¿Por qué cambiáis de tema de esa manera?»
«¡El tema es el mismo, Regina! ¡Confesad vuestra inclinación a abusar de jóvenes en contra de su voluntad! ¡Confesad!»
Snow parecía poseída. Pero Regina estaba decidida a no dejarse engañar. No hablaría de Emma sino en su presencia, y no así de esta manera, sacada en la conversación sin venir a cuento. Regina intentó retomar la palabra, dispuesta a defenderse y a explicar que ya no era esa mujer. Pero Snow le prohibió hablar y los soldados la obligaron a volver a sentarse. Regina comenzó a entrar en pánico. ¿Cómo podría defenderse si cada intento era abortado antes de que pudiera decir más de una palabra? Ese juicio comenzaba a tomar un giro inquietante…
Al ver que no obtendría respuesta por el momento sobre Emma, Snow decidió despedir a la joven y llamó a un nuevo testigo. Y de esa manera, durante toda la mañana, los testigos de cargo se fueron sucediendo. Huérfanos de guerra, viudas desconsoladas, padres desesperados que habían perdido a sus pequeñas, algunos supervivientes de familias completamente diezmadas…Todos describieron a una mujer fría, cruel, y sin piedad. En los relatos, el primero menos espeluznante que el siguiente, aparecían corazones arrancados, mujeres violadas, hombres torturados y otras atrocidades. Estremecimientos de horror recorrían la sala y los susurros se mostraban cada vez más repugnantes cuando el testigo insistía con fuerza en los detalles más sanguinolentos.
Escuchando esos relatos, los recuerdos de su antigua vida vinieron a la memoria de Regina con asco. Sí, había sido esa persona. Sí, había torturado, había matado, había violado. Y sí, le había gustado. Pero esa vida definitivamente había acabado. Ya no era la Reina Malvada. Sin embargo, cada testigo, cada relato la hundía un poco más y añadía una línea más a su sentencia de muerte.
Tras varias horas escuchando a testigos, la audiencia ya estaba totalmente al lado de la causa de Snow. Si la sentencia se tuviera que decidir en el momento, todos la habrían condenado a muerte sin más ceremonia. Y Regina era bien consciente de eso. No solo la reina no le daba la palabra, sino que las raras veces en que le permitía defenderse, la cortaba o no dejaba que se explicara. Sabía que nada de lo que dijera podría salvarla, así que cuando Snow le preguntó si deseaba añadir algo antes de hacer una pausa, intentó el todo por el todo
«Deseo tener un defensor»
Aunque sospechaba que nadie desearía defenderla, al menos podría ganar tiempo. Snow suspiró molesta, pero anunció de todas maneras para mantener la pose
«¿Alguien de los presentes desea tomar la defensa de la Reina Negra?»
Un corto momento más tarde, para gran sorpresa de todos, las puertas se abrieron y una voz resonó en la gran sala
«¡Yo! ¡Yo acepto defender a la reina Regina!»
«¿David?»
Como una única persona, la sala entera se giró hacia la aparición. El rey David, en efecto, estaba parado en la entrada de la sala del trono, recto y orgulloso, con la mirada decidida.
«Acepto defender a Regina contra las acusaciones aportadas contra ella, a partir de ahora y hasta que el juicio acabe»
«Pero…David…¿cómo puedes…?»
La tez de Snow comenzaba a teñirse de un peligroso rojo escarlata, su humor iba de la cólera a la incomprensión.
«He releído nuestros textos legales durante toda la noche. Y está bien señalado que todo acusado tiene derecho a un defensor, sea cual sea la gravedad de las acusaciones, y que nada justificaría una condena sin una defensa legítima. Así que, me presento voluntario para defender a la acusada…si ella acepta mi proposición»
David y Regina, finalmente, se miraron, y el rey leyó en su mirada una mezcla de reconocimiento y de profundo respeto. Los labios de la reina caída murmuraron un «gracias» inaudible, antes de tomar la palabra
«Acepto la defensa ofrecida por Su Majestad»
Snow hizo una mueca de cólera y retomó la palabra, intentando cubrir el murmullo de la gente
«La sesión se aplaza hasta esta tarde. Tenéis dos horas de descanso»
Y sin añadir nada más, se levantó y desapareció de la sala, dando un portazo a la pequeña puerta escondida por la que había salido.
«¿Cómo puede hacerme esto? ¿Cómo se atreve a meterse en mi camino?»
Snow fulminaba de rabia. Camina de arriba abajo, intentando digerir, más mal que bien, la afrenta que acababa de sufrir ante todo su pueblo. No solo su propio esposo acababa de oponerse a ella ante todos sus súbditos, sino que además iba a defender a su peor enemiga. La reina no comprendía su traición, y hervía de rabia.
Apoyado en la pared, un extraño mago la observaba agitarse. Al igual que vasos comunicantes, su humor era inversamente proporcional al de la reina. Cuanto ella más se enervaba, él más sereno parecía, cuanto ella más se acaloraba, él más sonreía.
«No os inquietéis, Majestad…No es sino un incidente menor en nuestro camino. Os prometo que, al final, ganareis el caso…»
«¿Pero cómo podéis asegurármelo? David, seguramente, ha estudiado todas las leyes de nuestro reino, lo conozco, cuando está decidido, nada lo puede parar…»
«Yo respondo ante eso, confiad en mí…»
«Pero…¿cómo?»
«¿Habéis olvidado que poseo el más poderoso de los dones? ¿Y tengo que recordaros que vos también poseéis un extracto de mi poder? Os lo vuelvo a decir, concentraos en las acusaciones y solo en ellas. Dejadle que se enfrasque en su defensa. Debéis poner a la muchedumbre de vuestro lado y vuestra venganza será cumplida, os lo aseguro»
Las palabras del mago parecieron aplacar el humor de la reina. Algo más calmada, recobró confianza y decidió matar el tiempo picoteando algunas frutas antes de dar comienzo de nuevo el juicio.
Por su parte, David se había dado cuenta del malestar de su mujer y se alegraba. Su defensa, sin duda, no sería perfecta, pero si podía darle a Regina un poco de esperanza, ralentizando los planes de Snow, estaría contento. Tras haber esclarecido algunos puntos de la defensa con Regina, él fue a buscar a su hija y le informó de su voluntad de defender a la reina negra.
Emma se sorprendió gratamente al saber que su padre se había ofrecido voluntario para defender a Regina, en contra de su madre. Estaba feliz al ver que su amada no estaría sola enfrentándose a Snow en la sala del trono.
«Me gustaría mucho poder asistir…»
«No hagas eso, Emma. He tomado la situación en mis manos, pero no debemos contrariar más a tu madre. No le demos la ocasión para vengarse una vez más. Vendrás cuando yo te llame como testigo, y ahí…bueno, espero que tu sinceridad conmueva a tu madre. Es todo lo que podemos esperar»
Emma hundió su mirada en la de su padre. Parecía estar redescubriéndolo. Durante toda su vida, él había sido un rey presente, pero siempre a la sombra de su mujer, había sido un padre cariñoso, pero distante…Pero hoy, todo había cambiado. Emma lo miró con ojos nuevos y devotos.
«Gracias, papá…» dijo lanzándose a sus brazos
«De nada, hija. Cuando las causas son justas, hay que luchar por ellas. Y tu amor por Regina me ha abierto los ojos. Sé que sois sinceras, y haré todo lo posible para probarlo…»
Emma no pudo añadir nada más. Se hundió en lágrimas en los brazos de su padre, como cuando tenía diez años.
«¡Declaro la segunda sesión del juicio contra la Reina Negra abierta!» dijo Snow, golpeando su pequeño martillo contra la madera del reposabrazos del trono.
La densa muchedumbre había retomado su sitio hacia algunos minutos, aún ávidos de asistir al fin del reino de la Reina Malvada. Regina, aún sentada entre dos soldados, se encontraba ahora al lado de su defensor, el rey Charming. ¡Qué extraña visión ofrecía la pareja real en ese momento! La reina blanca acusadora, plantando cara a su peor enemiga, que estaba sentada al lado de su esposo…El cuadro habría sido cómico si no hubiera tanto dramatismo en la escena.
Durante largos minutos, nuevos testigos de cargo acusaron a la reina negra. David tomaba regularmente la palabra, pero al igual que estaba haciendo desde el principio, Snow no le dejaba hablar, lo interrumpía o incluso no le daba la palabra…El dúo comenzaba a perder la paciencia, llenos de rabia. Pero David se calmaba cuando pensaba que pronto podría presentar como testigo a la más importante, a aquella que haría bascular la opinión de la muchedumbre a favor de Regina: su propia hija.
Así que, cuando todos los testigos de Snow hubieron desfilado, David tomó la palabra
«Majestad, hemos escuchado a todos vuestros testigos con respeto. Ahora me gustaría llamar aquí al único testigo que desearía interrogar»
Satisfecho con su pequeño golpe de efecto, David saboreó la mirada interrogativa de la reina. Ella, visiblemente, no se esperaba eso. Tras unos segundos de silencio, lanzó
«¡Soldados, haced entrar a la Princesa Charming!»
«¿QUÉ?»
Antes de que Snow pudiera decir esta boca es mía, las pesadas puertas se abrieron. Recta, orgullosa y toda vestida de blanco, Emma tenía la postura de una reina. Su belleza solar impresionaba tanto que el gentío allí presente se calló ante la aparición. Tras unos segundos de estupefacción, el pueblo pareció volver en sí y recordó la conducta que debían mantener ante la presencia de un miembro de la familia real. Entonces, todos a la vez, se inclinaron al paso de Emma.
Sus largos cabellos rubios sueltos irradiaban una luz sobrenatural, acrecentada por la inmaculada ropa. Un pie delante del otro, sin la menor vacilación, Emma avanzó, regia, hacia el estrado. Su mirada estaba enfocada en la de su madre, como signo anunciador del combate que iba a comenzar.
Regina no se había perdido un segundo del espectáculo, desde la entrada de su princesa en la sala del trono. Ante la visión tan perfecta de Emma, sus manos comenzaron a temblar y su corazón a latir anárquicamente. Se esforzó en respirar calmadamente, para frenar los sobresaltos de su cuerpo, pero no pudo apartar sus ojos de la aparición casi divina. Emma estaba ahí…Iba a ser salvada…
Cuando Emma hubo llegado al estrado, David tomó la palabra.
«Testigo, presentaos»
«Me llamo Emma Charming, princesa real, hija de los monarcas David y Snow Charming, condesa del Bosque Encantado, sucesora del Reino Blanco y heredera de la corona» respondió ella sin haber roto por un momento el contacto visual con su madre, que parecía haberse quedado muda de la cólera.
«¿Qué podéis revelarnos sobre la personalidad de la acusada aquí presente?»
Emma pareció reflexionar un instante, después inspiró profundamente antes de comenzar
«La reina Regina ya no es la Reina Malvada, os lo juro por mi honor. Sin duda en su pasado cometió atrocidades, pero esa personalidad ya no existe. Ha cambiado. Para bien. Y definitivamente»
«¡Pero lo hecho, hecho está!» gritó Snow desde lo alto del trono «¡Di lo que te hizo pasar, dilo, hija mía!»
«Oh, sí, lo diré con mucho gusto» dijo ella con una sonrisa burlona «Me ha tocado, sí. Y muchas veces…¡Y me ha gustado! ¡Y en cuanto esta parodia de juicio termine, lo volverá a hacer, porque yo se lo pediré!»
«¡PARA EMMA! ¡Deja de decir esos horrores! ¡Regina abusó de ti, como lo hizo con cientos de otras jóvenes, ha matado, ha torturado, ha masacrado a poblaciones enteras! ¿Todo eso no significa nada para ti?»
«¡ELLA HA CAMBIADO, mamá! ¡Ya no es la Reina Malvada! Me ha abierto su corazón, he visto en ella lo que es en lo más profundo de su ser: una mujer dulce, amante, pero rota. Su violencia no era sino un escudo para protegerse de ese mundo que tanto la ha hecho sufrir. Pero sé quién es. Hoy, es una mujer arrepentida. Y sobre todo…es la mujer que amo»
Snow desvió la mirada, como para evitar tener que escuchar las palabras de su hija. Hizo una mueca antes de responder
«Pues yo pienso que te ha hechizado. Y si no puedes deshacerte de su maléfica influencia, yo lo haré por ti»
«Mamá, mírame…¿Cómo puedo demostrarte que te equivocas?»
«Ese es el problema, Emma, ese es el verdadero problema…¿Puedes demostrarme algo que no es?»
Por un breve instante, un silencio mortal se abatió sobre la sala. Emma parecía abatida, todos sus argumentos más sinceros acababan de ser dichos, pero Snow no había querido escuchar. ¿Qué más podía hacer? De repente, Regina se inclinó hacia el oído de David y le susurró algo que lo hizo sonreír.
«¡Pido la presencia de un documento probatorio!» dijo él repentinamente, tras haber asentido a la petición de Regina «¡Emma Charming, os ordeno que vayáis a buscar vuestro libro mágico y que lo leáis en la sala!»
¡El libro mágico…! ¡Pues por supuesto! ¡Emma se había olvidado por completo de él! ¡Si algo podía demostrar la buena fe de Regina, era el libro! La esperanza creció en su corazón cuando vio a la reina sonriéndole con confianza. Le daba igual si la lectura divulgaba algunas conversaciones íntimas. Al menos podría, sin duda, salvar a Regina.
Ella desapareció del la sala del trono, corrió hasta perder el aliento hasta su habitación, cogió el libro y volvió a la sala del trono inmediatamente. Al llegar al estrado, enarboló el libro secreto por encima de su cabeza con gesto teatral.
«¡Esto os demostrará la buena fe de la reina!»
Y comenzó su lectura, en un silencio religioso. Algo avergonzada, algo conmovida leyó y leyó desde los pasajes más inocentes a los más íntimos. Toda la sala estaba cautivada por el diálogo, y todos parecían redescubrir a una nueva Regina.
Todos…salvo uno. Encerrado en una estancia pegada a la sala del trono, el mago no se había perdido nada del curso de los acontecimientos. Había seguido todo el juicio a través de su gran espejo mágico, y el giro que estaba tomando no le estaba gustando para nada. Era hora de intervenir.
Emma leía un momento conmovedor, en el cual Regina le contaba su dolorosa infancia. La gente tenía lágrimas en los ojos y la atmosfera era pesada. Se podía sentir una triste tensión emanar de ese pequeño grupo. Fue el momento que él escogió para entrar en la sala del trono.
La nube de humo rojo sorprendió a todo el mundo. La muchedumbre soltó un «Ooohh» dubitativo. ¡Definitivamente, ese juicio no escatimaba en sorpresas!
Después, todo pasó muy rápido. El mago se materializó delante de Emma, cogió su libro y se teletransportó al lado de Snow en un abrir y cerrar de ojos. Regina parpadeó varias veces, incrédula ante la aparición. La gente estaba paralizada.
«¿Rumpel?» soltaron las dos reinas a la vez.
«¿Lo conocéis?» preguntó Emma, que no sabía a dónde mirar, girando su cabeza entre su madre, su amada y la extraña aparición «Es más, ¿quién es?»
«Emma, te presento a Rumpelstiltskin» dijo finalmente Regina, que al final parecía que lo había comprendido todo «¡Tenía que haberme imaginado que tú estabas detrás de todo eso, perro!»
«Tutututututtu…sé educada, querida» respondió él, acercándose a ella con caminar felino y amenazante.
«¿Pero quién es? ¿Mamá? ¿Tienes algo que ver con él? ¿Es él a quien escuché el otro día contigo?»
«Emma, te lo ruego, te lo explicaré. ¡Debes saber que todo lo hemos hecho por ti!»
Emma no sabía a quién mirar, a quién escuchar…Se giró hacia su padre y le imploró con la mirada
«¿Hemos? ¿Papá? ¿Estabas al corriente de algo?»
«Sí, hija, y voy a contarte lo que sé» dijo él ignorando al mago que se acercaba peligrosamente a él «Cuando tu madre se enteró de tu secuestro, se quedó devastada. Ya no vivía, no comía. Un día, al verla cada vez más débil, le propuse ir a buscar a un mago para curarla. Ese mago era Rumpelstiltskin. Él la curó con magia. Ella iba cada vez mejor, pero cuando comprendió el poder de esa magia, necesitó mucho más. Volvió a verlo a escondidas, sin decírmelo. Solo lo supe mucho más tarde, cuando el mal estaba hecho. Perdón, Emma, no creía que las consecuencias serían tan terribles…»
«Toda magia tiene un precio, os lo he dicho» rio el brujo
«Entonces, ¿fue usted quien le dio magia a mi madre? ¿Pero por qué? ¿Y qué quiere de nosotros?» preguntó Emma acercándose a él.
«Ah, pero de vos, Princesa, nada en absoluto. Lo que yo quiero solo Snow podrá ofrecérmelo sobre una bandeja»
«¿Pero qué es?»
«¡Lo que siempre he querido, desde que Regina me traicionó!» gritó señalando a la reina caída con un dedo ganchudo
«¡Yo no te traicioné!» se defendió Regina «¡Yo no he hecho nada en absoluto!»
«Ese es precisamente el problema: ¡no has hecho nada! Recuerda, Regina, recuerda cuando eras una pequeña…»
Emma no se podía creer lo que estaba escuchando. ¿Desde cuándo conocía Regina a ese brujo?
«¿Quién te enseñó todo lo que sabes?»
«Tú» respondió ella, resignada
«¿Quién te dio la comprensión de todos esos poderes que te poseen? ¿Gracias a quién controlas la magia tan perfectamente? ¿Quién te permitió ser una reina tan poderosa?»
Rumpelstiltskin estaba ahora a un paso de Regina, y su mirada verde, glacial, penetrante la escrutaba, amenazante.
«¡TÚ! ¡Sí, fuiste tú! ¿Y?»
«Ttt-ttt-ttt, Regina, mi pequeña Regina…¿Cuántas veces te he dicho que toda magia tiene un precio? ¿Crees que te enseñé todo eso sin tener una idea en mente?»
«¿Qué quieres decir?»
«¡MI MALDICIÓN, REGINA!» gritó, de repente «¿Has olvidado que tenías que lanzar la maldición?»
«¿Pero qué maldición?»
«¡No finjas que no lo recuerdas! ¡Te enseñé todo eso, y a cambio, tú tenías que lanzar la maldición oscura! ¿Acaso no te suena?»
La maldición oscura…La maldición…Por supuesto…Todo volvió a la mente de Regina. Todos sus recuerdos de infancia, como pesadillas. Siempre había creído que ese hechizo no era sino el fruto de su imaginación, y con los años, lo había olvidado.
«Cuando te convertiste en esa reina tan poderosa…» continuó el mago «el poder se te subió a la cabeza. Me olvidaste, renegaste de mí, y todas mis esperanzas se esfumaron…»
En un instante, el brujo había cambiado de postura. Él, que unos segundos antes era tan amenazador, ahora se mostraba encorvado, y casi débil. Con voz baja y rota, continuó
«Debía encontrar a mi hijo…Pero ahora, vas a pagar»
«Pero…¿y Snow entonces? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?»
«Snow no es más que un peón en mi partida. Me ha servido para atraparte y juzgarte. ¡Su pequeña venganza personal servía a mis intereses y sobre todo fue útil para la mayor venganza que YO lanzaría contra ti! Y para comenzar…»
Rápidamente, en un gesto elegante, Rumpelstiltskin alzó los brazos, lanzó el libro de Emma y el objeto comenzó a dar vueltas. Un instante más tarde, se había consumido en el aire. Nubes de cenizas cayeron al suelo algunos segundos después.
«Nooooo» gritó Emma, lanzándose contra el mago
«Ocupémonos de esto, ahora»
Y ante esas palabras, él elevó la mano, dejando a Emma muda e incapaz del menor movimiento. Ante ese espectáculo, David corrió hacia él gritando
«¡Suéltela, desgraciado brujo! ¡Suelte a mi hija!»
Con su otra mano, sujetó al rey, dejándolo tan inmóvil e impotente como a su hija.
«¡Este juicio es una farsa! ¡No me dejaré tratar así! Yo…»
Pero un hechizo enmudeció al rey como lo había hecho con Emma. Algunos segundos más tarde, otro hechizo los hizo desaparecer a los dos en una nube de color rojo oscuro.
La muchedumbre, estupefacta, había asistido a ese espectáculo sin moverse, como fascinada. Rumpel elevó los brazos y dijo con una voz potente.
«La reina Regina ha sido juzgada por crímenes, asesinatos, tortura y violaciones sobre su pueblo y sus enemigos. ¡La condena es la muerte!»
Y, tras una última sonrisa maléfica dirigida a Regina, se volatilizó en una nube color sangre.
