Un beso de Amor Verdadero

Algunos segundos más tarde, otro hechizo los hizo desaparecer a los dos en una nube de color rojo oscuro.

La muchedumbre, estupefacta, había asistido a ese espectáculo sin moverse, como fascinada. Rumple elevó los brazos y dijo con una voz potente.

«La reina Regina ha sido juzgada por crímenes, asesinatos, tortura y violaciones sobre su pueblo y sus enemigos. ¡La condena es la muerte!»

Y, tras una última sonrisa maléfica dirigida a Regina, se volatilizó en una nube color sangre.

Emma apenas tuvo tiempo de comprender lo que sucedía cuando la nube mágica se disipaba ya alrededor de ella. La oscuridad del ambiente no le permitía ver dónde había sido llevada, pero ya lo sabía. Ese olor, esa humedad…Los conocía de memoria. Los días pasados al lado de Regina en los calabozos no podían engañarla.

«Definitivamente, voy a acabar por hacerme una dependencia oficial en esas celdas» murmuró ella esperando que el humor aliviara su angustia.

Algunos instantes más tarde, en cuanto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo escrutar con más precisión el sitio en el que se encontraba. Habiendo podido mandarla a cualquier de las decenas de celdas que tenía el castillo, como una enésima provocación, el mago la había enviado a la celda vecina de la de Regina. Solo una verja de barrotes muy apretados separaba las dos celdas. Dos muros que destilaban humedad formaban una esquina, y los dos otros lados de ese pequeño espacio cuadrado estaban formados por dos verjas: la que la separaba de la celda de Regina y la otra, única salida hacia el pasillo, que la separaba de su libertad.

Cuando comprendió dónde se encontraba, Emma se precipitó a la verja y llamó a Regina. Quizás también ella había sido enviada a la celda por el brujo. Pero nadie le respondió y no podía distinguir ninguna forma humana. Aliviada de que Regina no hubiera regresado a la celda, se inquietó de todas maneras al no saber dónde estaba y lo que sus enemigos podían estar haciéndole en esos momentos. Pero se obligó a pensar en otra cosa. La prioridad, de momento, era escaparse, para encontrarla lo más rápido posible.

«Sucio brujo, espera a que salga de aquí…» rezongó ella «Quizás me hayas encerrado, pero nada pierdes por esperar…»

Como alentada por sus propias palabras, Emma sintió la esperanza volver a su ánimo. Una minúscula esperanza, pero que por el momento le bastaba, suficiente para intentar liberarse. Felizmente para ella, el brujo no la había encadenado. Podía entonces fácilmente desplazarse a lo largo de las dos paredes y de las dos verjas. Así que, metódicamente Emma, caminó por toda la celda. Concienzudamente, arañó entre las piedras para intentar removerlas. Arañó tan fuerte que la sangre manaba de varias de sus uñas. Pero la adrenalina le hacía olvidar el dolor. Tenía que salir de ahí a cualquier precio, sus dedos sangrantes no eran sino un problema secundario. Pero cuando comprendió que la roca sería más fuerte que sus uñas, decidió enfrentarse con las verjas. Empujó, tiró, sacudió con todas sus fuerzas…Nada, estaban fuertemente apretadas y no se salían de sus goznes.

Al cabo de largos minutos de esfuerzo, al ver que no llegaba a nada, se sentó, con los puños apretados, intentando contener la sangre que salía de sus dedos destrozados. Apenas hubo recuperado el aliento, se volvió a levantar y retomó los asaltos. Durante varias horas, Emma se encarnizó en ello. A veces volvía a sentir las esperanzas cuando le parecía notar un imperceptible movimiento de la verja. Pero el metal aún resistía, y ella acabó por derrumbarse en el suelo, agotada y con las manos sangrando.


¿Se había quedado dormida? Y si era así, ¿cuánto tiempo había perdido en los brazos de Morfeo en lugar de apurarse para salvar a Regina?

Emma se insultó internamente por haberse dejado vencer por el sueño. Ignoraba cuánto tiempo había dormido, pero el frescor de sus miembros entumecidos parecía indicarle que, sin duda, había sido más de unos minutos.

Casi saltó sobre sus pies y comenzó de nuevo vigorosamente con su tarea. Apenas tuvo tiempo de sacudir la verja una vez o dos cuando escuchó que alguien se acercaba desde el final del corredor. Los pasos se fueron acercando, y haciéndose cada vez más fuertes. Prestó atención. No era una persona sola. No, teniendo en cuenta los pasos que avanzaban y el ruido que hacían, varios hombres armados se dirigían hacia ella. Algunos segundos más tarde, el cortejo pasaba frente a ella: cuatro caballeros, Lancelot a la cabeza, rodeaban a Regina, encadenada. Ella parecía más debilitada que nunca…

«Regina» gritó Emma, extendiendo los brazos a través de la verja del corredor.

Solo entonces, Regina pareció darse cuenta de ella. Giró la cabeza en su dirección y le dirigió una débil sonrisa. Sus ojos habían perdido toda vida, y su sonrisa era la más triste que ella hubiera contemplado. Emma comprendió rápidamente lo que eso significaba. Snow había enunciado su veredicto. Ella no podía dejarle hacer eso. Así que, mientras los caballeros hacían entrar a la reina en su celda, Emma utilizó sus últimas fuerzas contra la verja, gritando, sacudiendo los barrotes, tirando de ellos con todas sus fuerzas. Con los cabellos despeinados, la ropa rasgada, y las manos sanguinolentas, parecía una demente intentando escapar de su celda en un manicomio. Cuando los caballeros comprendieron lo que intentaba hacer, la miraron sacudiendo la cabeza, entristecidos al ver en lo que su bella y orgullosa princesa se había convertido.

Lancelot se acercó lentamente a la verja

«Princesa, os imploro que paréis. Estos barrotes son resistentes. Solo lograreis heriros aún más…Mirad ya el estado de vuestras manos…»

Lancelot dio un paso más hacia ella, y la miró tiernamente. Las lágrimas de esfuerzo de la princesa se mezclaban con las gotas de sudor, creando surcos más claros en el rostro sucio y cubierto de polvo. El caballero hundió su mirada en la suya, intentando encontrar a la pequeña princesa que él había educado, hacía bastante tiempo.

«Emma, por favor…No querría tener que veros llorando…Calmaos…»

«Solo está en vuestras manos. Liberadme y seré dulce como un corderito»

«No puedo, lo lamento» respondió él dando un paso hacia ella, acercándose aún más a la verja y al rostro de Emma.

«Pues nada, en ese caso, intentaré otra cosa…»

«¿Qué queréis…?»

Lancelot no tuvo tiempo de acabar su frase. Apenas tuvo tiempo de ver el débil resplandor de malicia en los ojos verdes cuando sintió una fuerte mano cerrarse en su garganta, y apretarlo contra los barrotes.

«¡Ni un movimiento!» gritó la princesa a los otros soldados, que ya estaban desenvainando sus espadas «¡Retroceded o él muere! ¡Tiradme las llaves de las celdas!»

Los gritos de Emma estaban acompañados de los gemidos de dolor de Lancelot, y las órdenes de los otros hombres se unían al batiburrillo. Ninguno sabía qué hacer para apaciguar la situación, los caballeros temían por la vida de su capitán, frente a una Emma dispuesta a apretar más si eso podía liberarla.

«¡Las llaves! ¡AHORA!»

El rostro de Lancelot comenzaba, peligrosamente, a ponerse azul. Luchaba más mal que bien, pero no podía hacer nada contra el puño de Emma. Al ver que los soldados seguían sin reaccionar, Emma apretó aún más fuerte. Hubieran sido suficientes unos segundos para quitarle la vida, pero…

«Emma, para…» susurró una voz dulce

La princesa giró la cabeza. Regina la miraba seriamente, sus ojos negros asaeteando con oscuros rayos el corazón de la princesa. Su obstinación iba a costarle la vida a un hombre inocente…Tenía que convencerla a todo coste para que lo soltara.

«Tú no eres así, Emma. Si matas a ese hombre, no podrás volver atrás. Créeme, lo sé demasiado bien»

Emma no respondió, pero comenzó despacio a soltar el agarre de su mano de la garganta de Lancelot. Regina no apartó los ojos de ella y continuó alentándola

«Emma, eres mejor que esto…»

Las palabras de Regina parecieron, finalmente, devolverla a la realidad. Soltó al pobre caballero que se derrumbó en el suelo, siendo inmediatamente socorrido por sus hombres. Con la respiración entrecortada, apenas podía caminar, pero los cuatro se marcharon rápidamente, sin una mirada hacia las dos turbadas mujeres.


«¿Cómo va a acabar esto?» preguntó finalmente Emma rompiendo el delicado silencio que las rodeaba desde hacía varios minutos.

Apoyadas en la verja que separaba sus dos celdas, ninguna se había atrevido a hablar. ¿Qué podían decir después de todo? Regina conocía muy bien el desenlace de su juicio y Emma ya no tenía fuerzas para buscar ninguna esperanza. Así que se habían sentado, lado a lado, consolándose con la presencia de la otra, sin hacerse ya ninguna ilusión.

«Lancelot era mi maestro de armas» retomó ella «Me ha enseñado todo, todo. Si aún sigo viva hoy, se lo debo a él. Todas mis técnicas de combate, se las debo, todas las estrategias, todo…Y estaba dispuesta a matarlo. Oh, Regina…»

No pudo acabar su frase, pues sus lágrimas se apresuraron a aparecer y sus sollozos hablaron con más elocuencia que sus palabras. Regina se giró y posó sus dos manos abiertas en la verja, y fue rápidamente imitada por Emma. Ese simple contacto las consoló a pesar del frió de los barrotes entre sus palmas.

«Emma, mírame, y escúchame bien» pidió Regina en un tono firme «Las dos sabemos cómo esto terminará. Así que, por favor…Prométeme una cosa»

«Todo lo que quieras…»

«Emma…Prométeme que no buscaras venganza» dijo ella ante la mirada asombrada de la princesa.

«¡Jamás prometeré tal cosa, jamás!» replicó ella con los ojos oscurecidos «Si mi madre y el otro loco te hacen daño, lo sufrirán por triplicado. ¡Eso te lo prometo!»

«No. Prométeme que no harás eso. ¡Júramelo, Emma! Desgraciadamente conozco muy bien a ese brujo, he pensado mucho en ello y creo que tu madre ya no es ella misma. La controla, como me controlaba a mí, antaño…»

«Muy bien, no me vengaré de ella…Pero él, ¡esa basura pagará!»

«Emma» suspiró Regina «este es mi combate. Déjame perderlo…sola. Mira dónde mi sed de venganza me ha traído. Me convertí en la peor bruja de los dos Reinos, maté a millares, torturé, hice tanto daño…Lamento tanto haber cedido a la debilidad de la venganza»

«Bien, pues yo, no lamento nada» respondió ella

Regina alzó una mirada interrogativa sobre la princesa, que continuó

«No, no lo lamento, porque si no hubieras hecho todo eso, jamás me habría enamorado de ti»

«Oh, Emma…» respondió ella, sintiendo su corazón encabritarse como pocas veces

Qué ironía que latiera tan rápido…pensó ella, cuando estaba condenada a detenerse muy pronto.

«Yo también te amo, Emma, si supieras cuánto…Eres lo más hermoso que me ha pasado. Y mañana cuando suba a ese cadalso, será tu rostro lo que verán mis ojos»

«¡No digas eso, Regina!» gritó Emma que comenzaba a entrar en pánico «¡Te lo prohíbo!»

«¿Decir qué?»

«¡Eso!» respondió ella solamente, incapaz de poner en palabras la muerte de Regina «¡No lo digas!»

«¿El qué? ¿Que voy a morir? ¡Pero si es la realidad, Emma! Voy a morir, así que mientras quede tiempo, voy a decirte todo lo que tengo en mi corazón»

«No hagas eso, es demasiado duro…» replicó Emma desviando la mirada

«Quiero que sepas cuánto te amo» retomó ella sin tener en cuenta las protestas lacrimógenas de Emma «Quiero que comprendas hasta qué punto me has salvado y todo lo que yo habría podido hacer por ti…Eras mi esperanza, mi felicidad. Contigo, volvía a disfrutar de la vida, tenía ganas de vivir por ti, contigo, y pensaba que nada podía sucedernos…»

«No hables de ti en pasado, Regina, por favor…Por favor…»

«Chuut, déjame hablar, te lo suplico…» susurró ella entre sollozos ahogados «Tú sola me salvaste, eres la única que no me tuvo miedo y eso me salvó. Tu amor puro y sincero es lo más hermoso que me ha sucedido. Me he preguntado por mucho tiempo por qué estaba viviendo esto, que no lo merecía…Y era verdad. No lo merecía, y ahora voy a tener que pagarlo. Pero que sepas que estos meses contigo han sido los más bellos de mi vida. Por primera vez, me he sentido viva…y amada»

«Tan amada, Regina, tanto…»

Las frentes se habían unido a las manos, intentando por todos los medios sentir el cuerpo de la otra. Pero el implacable metal de la verja seguía frío. Cuando Regina estalló en llanto, Emma no pudo resistir y la acompañó en las lágrimas. ¡Al Diablo el orgullo! Al menos, las lágrimas aliviaban sus corazones y apaciguaban un poco su pena.

«Si tú partes, yo te seguiré» retomó Emma alzando la cabeza y hundiendo su triste mirada en la de Regina «¿Podrás esperarme al otro lado?»

«Emma, no digas eso. Eres joven, lo superarás…Vuelve con Ruby, serás feliz…»

«¡No digas que seré feliz sin ti!» se enervó ella «¡Porque no lo sería, lo sé! Solo soy feliz contigo, Regina…»

«No, Emma…lo superarás. Te acordarás de mí. Mucho al principio, después cada vez menos y un día, te hablarán de mí y en tu corazón, recordarás a esa reina que te había dado su corazón y su vida…»

«No, no…» respondió ella, sacudiendo la cabeza, negándose a la idea misma de vivir sin ella.

«Y un día, cuando seas una anciana, me volverás a encontrar. Pero no ahora…Prométemelo, Emma. ¡Promételo!»

«No puedo…» sollozó ella, las lágrimas perlando sus mejillas

«Debes hacerlo, Emma. Mírame, ahora. Guarda siempre en tu corazón el recuerdo de nuestro amor, y prométeme vivir feliz con hermosos principitos. Sé una reina justa y leal, como la princesa que ya eres. ¡Prométemelo, Emma!»

«Yo…te lo prometo» confesó finalmente, con el alma por los suelos

«Gracias, mi princesa…»


Mirando hacia el horizonte, donde se perdía la vista, espectrales brumas planeaban sobre las tierras del Reino. Las hojas enrojecidas parecían sangrar bajo los débiles rayos del frío y otoñal sol. En cada rincón del bosque, los pájaros llenaban la atmosfera con sus lúgubres cantos. El peor día de su vida acababa de comenzar.

En el patio de armas del castillo, los soldados finalizaban los últimos preparativos. Ningún imprevisto vendría desgraciadamente a entorpecer la organización de esa funesta jornada.

Emma se despertó tensa. Por decir algo, ya que apenas había dormido, negándose a perderse un segundo con su reina. El día que temía desde hacia tanto tiempo acababa de empezar, y nada habría podido hacerla más desdichada.

Sí, ese día era el día de la ejecución de la Reina Negra.

«¿Regina?»

«Estoy aquí…»

Emma alzó los ojos y la vio, de puntillas, intentando mirar por el ventanuco.

«Es hermoso…» dijo tristemente

«¿Qué es hermoso?»

«Un amanecer…Jamás nos tomamos el tiempo para mirarlos, pero es realmente hermoso. ¿Es objetivamente hermoso o es que lo encuentro hermoso porque es el último que veré?»

«Regina…» la llamó Emma dulcemente «Vuelve hacia mí…»

«Es hoy…Es hoy» pareció darse cuenta de eso, dirigiéndose hacia la verja

Pero no fue a sentarse al lado de Emma, comenzó a caminar de arriba abajo por toda la celda. Emma no apartó sus ojos de ella. El ruido de los preparativos ascendía a sus oídos, pero ninguna de las dos tuvo el valor para señalarlo.

«Es raro saber que uno va a morir, ¿no crees? Habría podido morir en la guerra, envenenada por un enemigo, matada en el combate…Por la mañana, me habría levantado haciendo proyectos, pensando en el día siguiente. Pero no, eso ya no ocurrirá así. Voy a morir tristemente, sin combate, por un simple flecha…aquí…»

Y Regina acompañó sus palabras con un gesto hacia su pecho. Hablar la apaciguaba y calmaba su miedo.

«Y ya está, en una hora, todo habrá acabado…»

Se acercó finalmente a Emma, y como la noche anterior, posó sus manos y su frente en los barrotes. Su respiración era fuerte y sus manos temblaban.

«Tengo tanto miedo…»

¿Qué podía responder Emma a eso? Ninguna respuesta habría podido calmar el miedo de Regina ni su propio pánico que le corroía las entrañas. Así que, cerró los ojos e intentó calmar el temblor de su voz.

Con sus labios entreabiertos, el canto de Emma, ese canto tan relajante, se elevó y trazó un camino directo hacia sus corazones.

Ruidos de pasos, armaduras chocándose…Comenzaba…Emma cantó más fuerte, rechazando el funesto destino que se anunciaba. Los ruidos de pasos se acercaron. Emma abrió los ojos y acentuó la fuerza de su melodía. Regina se dejó invadir por las pupilas esmeraldas y la voz melodiosa, una última vez. Una sola y única vez…

«Condenada Regina Mills, el día de vuestra ejecución ha llegado. Poneos esta túnica y seguidnos sin protestas…»

«No apartes los ojos de mí, Regina…» susurró Emma mientras que los guardias se movían alrededor de ella, enfrascados en ponerle una vasta túnica de tela de yute.

¿Cuántos eran? ¿Quiénes eran? Poco les importaba. Ellas no les habían lanzado ni una mirada. Regina se dejaba hacer, como un muñeco desarticulado, perdida en los ojos de Emma.

Así vestida, los caballeros la tomaron por los brazos y la encadenaron concienzudamente. Después, la sacaron de la celda sin que ella ofreciera la menor resistencia. Las lágrimas corrían por las mejillas de Emma, pero no las detuvo. Es más, ni se preocupaba. O incluso ya ni las notaba. Todo lo que importaba en ese momento era Regina. Y solo Regina.

Finalmente, los caballeros la condujeron por el corredor y la hicieron avanzar. Un instante más tarde, ella había desaparecido.

Regina no había apartado los ojos de Emma por un instante.

«¡REGINAAAAAAAA!»

El grito de desesperación se escuchó hasta en el patio de armas del castillo. Algunos fruncieron interrogativamente el ceño, pero todos volvieron a su trabajo. No había que distraerse, la ejecución tendría lugar en unos instantes.


La escena podría haber pasado ante sus ojos, pero Emma no la habría visto bien. Los ruidos le llegaban y escuchaba todo lo que pasaba en el patio de armas del castillo. Sabía ahora por qué Rumpel la había encerrado ahí. Él quería que ella sufriera. La muerte de Regina no le bastaba, el brujo sádico quería que Emma la viviera en directo y que sufriera por ello.

«Regina Mills, reina caída del Reino Negro» entonó el verdugo con voz de ultratumba «sois condenada a muerte. La sentencia será ejecutada por tres arqueros. ¿Tenéis una última palabra que decir?»

Con la mirada perdida en el vacío, ella no respondió. No les daría ese placer. Ni siquiera los estaba mirando. Solo Emma danzaba ante su mirada y su canto llenaba aún sus oídos, a pesar de los gritos del gentío y la voz del verdugo.

Acostada en el suelo de su celda, el llanto sacudía violentamente el cuerpo de Emma. Se tapó los oídos y se acurrucó en el suelo. En unos minutos, Regina ya no viviría. Y ella no podía hacer nada para salvarla…

De repente, un rayo de sol que atravesaba el ventanuco llamó su atención sobre un pequeño cuadrado blanco, deslizado por la verja de su celda. Emma se levantó bruscamente y se precipitó sobre él.

«Los crímenes de la condenada han sido juzgados y sentenciados por el tribunal del Reino Blanco. ¡Que lleven a la condenada al cadalso!»

Emma cogió con fuerza el pequeño cuadrado blanco y se dio cuenta de que se trataba de un trozo de pergamino doblado en cuatro. Lo abrió y descubrió la hermosa escritura que tanto la había hecho soñar, no hacía tanto tiempo.

Lo que leyó le rompió los pocos fragmentos de su corazón que aún quedaban intactos.

Miles y miles de años

No serían suficientes

Para expresar

ese pequeño segundo de eternidad

en que me besaste1

Donde quiera que esté

Donde quiera tú estés

Te amaré

No lo olvides…

¿En dónde había encontrado Regina ese trozo de pergamino? ¿Cómo había logrado escribir y dejarlo sin que Emma la viera? Poco importaba…Ya no se hacía ninguna pregunta. Ella no podía sencillamente dejar morir a Regina mientras se consumía en esa prisión. Así que sin pensarlo más, se precipitó contra la verja que daba al pasillo. Cogía carrerilla desde el fondo de la celda y se lanzaba contra los barrotes. Una y otra vez…Decenas de veces, centenares, quizás…

«Declaro a la bruja Regina Mills culpable de asesinatos, secuestros, violaciones y crímenes de guerra» tronó la voz chirriante de Snow White «¡Atadla y que la sentencia se ejecute!»

La voz de su madre acentuó la rabia de Emma. Su hombro dolorido le gritaba que parara, pero nada la detendría. Mientras Regina siguiera viva, la esperanza estaba ahí. Así que, se lanzó de nuevo contra los barrotes, gritando desesperadamente, chillando y corriendo de nuevo…

Cuando de repente…un simple crujido. ¿Es lo que creía? ¿Era posible? ¿No sería más bien algún hueso de su hombro? Emma se tomó un corto segundo para calmar su respiración y acercarse. ¡La verja comenzaba a salirse de su construcción de cemento! ¡No podía creer lo que veía! Retomó sus esfuerzos y se lanzó contra la verja con la fuerza que daba la desesperación. Tras algunos últimos golpes, ¡finalmente la verja cedió!

Emma gritó de felicidad, y sin demora, corrió hacia fuera de la celda, adentrándose en el corredor.


«Caballeros, preparad vuestras armas…»

La voz del verdugo ascendía a los oídos de Emma que corría hasta perder el aliento. Unos metros más y estaría en el patio de armas del castillo. ..¡Ella estaba ahí! Unos pasos más y estaría delante del cadalso.

«Apuntad…»

Los arqueros estaban colocados a unos pasos delante de ella, solo los veía a ellos…Habían tensado sus arcos y solo esperaban la orden de soltar sus flechas hacia una Regina recta y orgullosa. Emma ya no sentía sus piernas, su respiración jamás le había faltado tanto, pero continuaba. Dos pasos, un paso…Se lanzó sobre el cadalso.

«¡DISPARAD!»

Las tres flechas parecieron volar a cámara lenta. Emma se precipitó, y bajo la mirada de incomprensión de Snow, se lanzó delante del cuerpo de Regina.

«¡Noooooo! ¡Emmaaaaa!» gritó la reina blanca cuando las tres puntas metálicas penetraron sin resistencia en el pecho de la princesa.

Sin reflexionar, su loca carrera la había llevado al cadalso, a los pies de Regina. Su respiración jadeante elevaba y bajaba su pecho y con cada movimiento, las puntas metálicas magullaban un poco más su carne. Lanzó una mirada asombrada hacia su torso y la visión extraña de esas tres flechas saliendo de su cuerpo le saltó a la vista. Y todo era sangre…

Solo en ese instante comprendió. ¡Si esas flechas estaban en ella, entonces había salvado a Regina! Ese pensamiento hizo que naciera una sonrisa en su rostro. A menos que no fuera por el dolor…Ya no lo sabía. Ya no veía nada. Ya no escuchaba nada. Le parecía que la gente se agitaba alrededor de ella, pero ya no distinguía nada. ¿Era eso entonces morir? No era tan terrible, se sorprendió pensando.

El dolor no era tan fuerte, los había tenido peores…No, lo peor era el frío, ese extraño frío que emanaba de su pecho y que se extendía rápidamente por todo su cuerpo. Ya no sentía su pecho…Un breve momento más tarde, eran sus muslos y sus brazos…Iría rápido…¡Qué ganas de dormir tenia…! Sin pensarlo, sin poder controlar sus acciones, sus ojos se cerraron y su respiración disminuyó progresivamente.


«¡Oh Dios mío, Emma! ¡EMMA!» gritaba Regina debatiéndose con todas sus fuerzas.

Emma había corrido tan rápido que nadie la había visto llegar. Por un breve momento, Regina incluso se había preguntado quién era esa inconsciente que acababa de entrometerse en una ejecución oficial. Después su cerebro había puesto todo en orden y cuando la vio lanzarse entre ella y los arqueros, comprendió. Desafortunadamente, atada como estaba, no había podido hacer nada más que observar con horror cómo las flechas atravesaban el cuerpo de su amada.

En el patio de armas del castillo reinaba un silencio de muerte. Todo el mundo había visto con horror a la princesa lanzarse desesperadamente hacia la muerte, y todos sentían el triste final que se anunciaba. Ni un susurro, ni un ruido de espada se escuchaba, e incluso los pájaros parecían haber detenido sus cantos.

Sentada en la tribuna real, Snow había asistido, petrificada, al suicidio de su querida hija. El resto de la delegación real apenas había tenido tiempo de comprender lo que acababa de pasar cuando ya la reina se había precipitado escalones abajo.

«Emma, ¿qué has hecho? ¿Qué has hecho? No, no, nooooo…Piedad…» sollozaba ella cayendo de rodillas ante Emma y estrechando su cabeza contra su pecho.

Regina luchaba aún contra sus ataduras, gritándole a Snow que la soltara, pero esta parecía que ni la veía, postrada en el suelo, estrechando a su hija contra ella y mojando su rostro con sus lágrimas.

En la asistencia, nadie se movía. Todo el mundo mantenía el aliento.

«Emma, respóndeme, mi pequeña…»

«¡Emma! ¡Emma, abre los ojos, piensa en nosotras!» gritó Regina, desde lo alto del poste de ejecución

De repente, lentamente, los ojos de la princesa se entreabrieron. Con el rostro sonriendo de dolor, murmuró algo inaudible. Snow inclinó la oreja hacia su boca, alentándola a que lo repitiera.

«Sabias que estaba dispuesta a todo por Regina. Te lo había dicho, te lo había demostrado…» dijo en un susurro

Como una flash, la princesa vio desfilar entonces ante sus ojos los felices recuerdos de su vida: sus juegos de infancia, Ruby, August…Sus preceptores, su maestro de armas, las locas risas con sus padres….Sus pasteles de cumpleaños, sus cóleras de adolescente, sus carreras a caballo por el bosque…Su primer amor con Ruby, y Regina. La belleza de Regina, la sonrisa de Regina, su risa, la dulzura de su piel…

Con la sonrisa en los labios, Emma cerró los ojos. Su pecho dejó de elevarse.


«¡Noooooo!» gritaron a la vez las dos mujeres.

Regina y Snow estaban acostumbradas a enfrentarse, pero por primera vez desde hacía muchos años, estaban reunidas por el amor que sentían por la joven princesa rubia y algo inconsciente. Y el mismo dolor traspasó sus corazones cuando los ojos de Emma se cerraron definitivamente.

Incapaz de mantenerse en pie por más tiempo, las piernas de Regina cedieron y se derrumbó en el suelo, únicamente mantenida al poste por sus manos atadas. Cuando, de repente, una extraña sensación la asaltó. Una sensación que no había sentido desde hacía tiempo, pero que conocía muy bien: ¡su magia! ¡Su magia había vuelto!

¿Qué milagro había hecho volver a su magia? Más tarde intentaría comprenderlo, ahora no era el momento para hacerse preguntas. Así que con un rápido movimiento de muñeca, se desató las cuerdas y corrió hacia Emma. Sin lanzarle una mirada a la reina blanca que parecía más perdida que nunca, ella la apartó de su amada y estrechó a esta contra ella, como su madre acababa de hacer algunos minutos antes.

«Oh, Emma…¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué?» sollozó a su oído «Me lo habías prometido…»

Pero la princesa no respondió. No respondería jamás. Las lágrimas perlaron las mejillas de Regina. Lágrimas de tristeza y de cólera. ¿Por qué no la había escuchado? ¿Por qué solo había hecho lo que le había venido en gana? Y cuando comprendió que su cólera contra Emma no la llevaría a ningún sitio, estalló en llanto.

«No me dejes, Emma…no te vayas…»

Tras unos instantes, la cólera de Regina encontró una nueva diana, y sintió nacer en ella un deseo violento de venganza. Todas aquellas bellas palabras que le había dicho a Emma, ya no se las creía. Solo eran viables si Emma podía vivirlas con ella. Pero ahora, se volvía a encontrar sola, y nadie podría detenerla.

Se puso en pie y elevó las manos. Sin esperar más, hizo aparecer dos enormes bolas de fuego que lanzó contra la tribuna real, que fue rápidamente consumida por las llamas. Los ocupantes huyeron gritando de terror. ¡La Reina Malvada había regresado! Después, con paso decidido, se acercó a su enemiga de siempre y su mirada oscura la petrificó de terror. Regina blandió sus manos en el aire.

«¡Espera, Regina, espera!» suplicó Snow, aún en el suelo y completamente a merced de la terrible reina negra.

Aunque elevara las manos y se concentrara, ninguna magia saldría ya. Solo tenía sus simples manos abiertas ante ella para protegerla.

«¿Y por qué tendría que esperar? Me has arrebatado mi única razón para ser buena. ¿Por qué te dejaría viva ahora?»

Regina gritaba de rabia, de odio y de tristeza. ¿Para qué ser buena si Emma ya no estaba ahí? Si tenía que morir, que Snow la acompañara. Sin pensarlo más, lanzó una bola de fuego en su dirección. Pero Snow rodó por el suelo y consiguió evitarla.

«Regina, para…Yo…no comprendo lo que ocurre…»

«¿Te burlas de mí? ¡Todo es por tu culpa! ¡Emma está muerta por tu culpa!»

«¡Pero yo nunca he querido esto!» gritó ella evitando una nueva bola de fuego «¡Confía en mí!»

«¿Confiar en ti? ¿Acaso estás de broma? ¡Confíe demasiado en ti y has sido mi perdición! ¡SIEMPRE!»

Regina parecía más encolerizada que nunca. A pesar de su miserable ropa, lejos de sus suntuosos vestidos de Reina Malvada, emanaba tal carisma que todos veían a la reina negra en persona, y ya no a esa pobre mujer condenada a muerte. Snow estaba ahora acorralada contra una pared, sin ninguna posibilidad de huida. Regina hizo aparecer de nuevo dos grandes bolas de fuego, elevó las manos y…

«¡Regina, parad!» dijo una voz femenina desde la entrada del castillo

Regina giró la cabeza hacia la voz y vio a Ruby y a David correr hacia ellas.

«¿David? ¿Dónde estabais?»

«Estábamos retenidos por la magia de ese innoble brujo. Y no entendimos cómo, pero hace unos instantes, la magia de nuestras ataduras se deshizo y pudimos liberarnos»

«Yo creo que sé por qué…» dijo Snow con tímida voz

«¡Habla!» ordenó Regina «Pero que sepas que nada impedirá que te mate después…»

«Sí, explícanos…» subrayó su marido que acababa de ponerse a su lado, e intentaba levantarla

«Ahora lo recuerdo» confesó ella, avergonzada «Cuando hice ese pacto con Rumple, me ofreció su magia para aprisionar la tuya, Regina. Y yo le hice prometer que nada le sucedería a Emma. Pero ninguno de nosotros pensó que ella sería tan obstinada para lanzarse al peligro por sí sola. Creo que la muerte de Emma ha anulado el pacto de Rumpelstiltskin. Es por eso que tu magia ha vuelto y…yo he perdido la mía»

«Eso no evitará que mueras, Snow White» escupió Regina, con desdén

Y ante esas palabras, se acercó a Snow y elevó la mano en el aire. Snow se elevó del suelo como alzada por el cuelo por una mano invisible.

«Regina, escúchame…» dijo dulcemente David «Snow no era ella misma, estaba hechizada»

Como única respuesta, Regina apretó más el agarre en el cuello de Snow. Pero David continuó, igual de calmado.

«Tenía mis dudas cuando ya no reconocía a mi mujer, dulce y cariñosa. Esa Snow ávida de venganza no era la que yo conocía. Sus extraños ojos, sus reflexiones, su deseo de condenaros…Todo eso no era de ella. Ahora, lo comprendo todo. Rumple le concedió magia, pero esa magia la dejó bajo su dominio. Rumple hizo de ella lo que él quiso, para obtener la venganza que él solo deseaba. Así que, por favor, Regina, ahora que ella está de vuelta, no matéis a mi mujer…»

Con la mirada dulce del rey puesta sobre ella, Regina vaciló por un corto instante, después, con un suspiró, dejó caer a Snow al suelo.

«Gracias, Regina…»

Sin mirar a nadie, Regina, perdida, se dirigió hacia la única persona que quería ver en ese momento. Regresó hacia Emma y la tomó en sus brazos. Intentó ignorar el aterrador frío de su cuerpo. Después, como si estuvieran solas en el mundo, la acunó dulcemente contra su pecho. Tan dulcemente, y por primera vez en su vida, Regina cantó. Cantó para Emma la melodía que las había juntado.

«Pero…es la canción que yo le enseñé a Emma…» susurró Snow a su marido, con los ojos llenos de cuestionamientos

«Sí» respondió él sencillamente

Por muy atrás que se remontara la memoria, nadie había visto escena más conmovedora. Ante las miradas del pueblo del Reino Blanco se desarrolló entonces la escena de la que todo el mundo se acordaría durante años con emoción. Regina sentada en el cadalso, estrechando contra ella a la princesa tan blanca como su pecho rojo. Y a su lado, impotentes, la pareja real y la fiel amiga de la infancia, sus rostros regados de lágrimas en un respetuoso silencio.

De repente, David tuvo una idea que le hincho el corazón

«¡Regina, tenéis de nuevo magia!»

Ante la mirada interrogativa de la reina, él continuó

«¡Haced algo para salvar a Emma! ¡Ya he visto a brujos poner sus manos así sobre el pecho y curar a alguien en un instante!»

El entusiasmo del rey no era compartido. Regina desvió la mirada, desinteresada. Pero sin embargo, se tomó la molestia de explicarle

«Ese tipo de magia solo funciona con los vivos. Cuando se está muerto, ya no hay nada que hacer»

«¡Pero intentadlo, al menos!» dijo Snow, que parecía reencontrar algo de esperanza. «¡David tiene razón, intentadlo, os lo suplico!»

«¿Y por qué lo haría?» preguntó Regina, con una maléfico rictus destinado a Snow

«Porque queremos volver a ver a nuestra hija» respondió la otra reina

«Porque la amáis» dijo el rey posando su mano en el brazo de Regina

«Y porque ella os ama» recalcó Ruby con una tímida y alentadora sonrisa

Regina suspiró. ¿Debía hacerlo? ¿Y si no funcionaba? Se quedaría aún más destruida…Pero…¿Y si funcionaba? Tenía que intentarlo…

Así que, lentamente, cerró los ojos y elevó sus manos por encima del pecho de Emma. Se concentró y unos instantes más tarde, una cálida luz emanó de sus manos. Los encantamientos resonaron en su cabeza, y la luz se hizo aún más intensa, pero nada ocurrió. Emma no se movió ni un centímetro.

«Ya veis que no sirve para nada» sollozó ella

Después retrocedió, incapaz de contener durante más tiempo las lágrimas que empujaban la barrera de sus ojos.

David se giró entonces hacia su mujer y Ruby, y les propuso dejarlas un instante a solas, asegurándole que Regina no huiría. Los tres bajaron del cadalso, respetando esa necesidad de recogimiento de Regina.

«¿No encuentras esto extraño?» preguntó Snow

«¿Qué es lo extraño?»

«Que Regina conozca nuestra canción…» respondió ella con los ojos húmedos, perdidos en el vacío

«Emma tuvo que enseñársela…»

«Es la canción que le cantaba cuando era pequeña. Significaba tanto para ella…»

Aún no estaba del todo segura, pero una pequeña voz en su interior se hacía escuchar. Una pequeña voz que el poder del mago que la había tenido bajo su yugo tanto tiempo hizo acallar. Pero esa pequeña voz le decía: «¿Y si ellas se aman de verdad…?»


Tres horas más tarde, el patio de armas había sido totalmente desalojado. Ningún ciudadno, ningún curioso estaba ya ahí. Después de todo, ya no había nada que ver. Solo la antigua reina negra permanecía ahí, casi inmóvil, estrechando contra ella el cuerpo frío de la princesa. No era interesante. Y de todas maneras, ellas pronto serían desalojadas. Sería mejor volver a casa.

Regina ya no sentía sus piernas, hubiera querido estirarlas para aliviar sus agujetas, pero eso significa despegarse de Emma y se sentía incapaz de ello. Habría querido quedarse así hasta que la muerte la viniera a acoger a ella también….Después de todo, sería fácil. Le bastaría con esperar. No pasaría mucho tiempo.

Snow daba vueltas por el castillo desde que ella, David y Ruby habían dejado a Regina sola con Emma. Moría de ganas de ir a ver el cuerpo de su hija, pero sabía en su interior que Regina necesitaba ese tiempo. Mientras caminaba, pensaba en los sucesos de los últimos días. Todo había ido tan rápido…Cuando se veía a sí misma, tenía la impresión de descubrir a otra Snow. No era ella la que había capturado a Regina, no era ella la que había encerrado a su hija y condenada a la Reina Malvada…Ahora comprendía la perfidia de Rumpelstiltskin. Se maldecía por haber sido débil hasta el punto de haber sido tan manipulable. ¿Por qué no había podido escuchar a su hija? ¿Por qué no había tenido la fuerza para darse cuenta del encantamiento? Se lamentaba tanto…Ahora, por eso, su hija, su querida niña, estaba muerta.

Se derrumbó en el suelo y estalló en lágrimas.

«No tienes la culpa, Snow…»

David acababa de entrar en la estancia y apoyó una mano reconfortante en el hombro de su mujer

«Todo es mi culpa, David» dijo entre sollozos

«No, la culpa de todo la tiene ese maldito brujo. Te controlaba»

«Pero debería haberme dado cuenta, debería haber impedido que hiciera eso. Me veo con Emma y oh, Dios mío…murió odiándome, David…»

Sus sollozos comenzaron más intensamente, acompañados por las silenciosas lágrimas de David. Tras un instante reconfortando a su mujer, dijo

«Ven, vamos a buscar su cuerpo. Sus funerales serán dignos de la princesa que era, te lo prometo»

Snow y David salieron entonces del castillo, acompañados de Ruby, y se dirigieron al cadalso, sobre el que aún estaba Regina apretando contra ella el cuerpo de la princesa.

«Regina» susurró David al llegar a su lado «Lo siento, pero vamos a tener que mover el cuerpo, ahora…»

«No…»

«Vamos a llevarla a la cripta y organizarle unos grandiosos funerales. Pero de momento, vais a tener que retroceder. Os lo ruego…»

«No» respondió ella apretando su agarre alrededor del pecho cubierto de sangre seca.

«Por favor, Regina…Os prometo que podréis ir a verla»

Regina elevó finalmente la cabeza. La débil sonrisa avergonzada de Snow, y sus ojos enrojecidos por las lágrimas la sorprendieron. Efectivamente, había vuelto a ser ella misma…Con el alma por los suelos, antes de alzarse, dijo

«¡Un momento!»

Entonces, lentamente, ante las tristes miradas, Regina se inclino sobre el rostro de Emma. Sus labios no estaban sino a algunos centímetros de los labios grises de la princesa. Ya podía sentir el frío emanando de su rostro. ¿Podía hacer eso? ¿Podía besarla delante de toda la familia? ¿Podía besar a un cadáver?

Después de todo, no tenía nada que perder. Tenía que besarla por una última vez. Debía decirle adiós. Así que decidida a hacer lo que le dictaba su corazón, posó finalmente sus labios en los de Emma.


Por muy lejos que se remonte la memoria, tal deflagración nunca había sido sentida en el Reino Blanco. Los ciudadanos, los artesanos, los caballeros, los granjeros, los comerciantes…todos detuvieron sus quehaceres, sorprendidos ante la iridiscente explosión que se extendió desde el castillo. Después, al no ver nada más, continuaron con sus tareas…

Snow, David, y Ruby no se podían creer lo que veían sus ojos. ¿Era posible? Turbados por ese impacto lumínico, parpadearon varias veces. ¿Cómo era posible? ¿Estaban soñando? Les parecía que no…Regina parecía tan asombrada como los demás. No comprendía lo que acababa de pasar…Ese tipo de deflagración luminosa era una leyenda, una rareza. Solo David y Snow lo habían experimentado…Sin embargo, le parecía que lo que acababa de pasar en ese momento era del mismo estilo. ¿Sería de verdad lo que ella pensaba?

«¿Qué es lo que ha…?» preguntaron Snow y David, aturdidos

«Un beso de Amor Verdadero…» murmuró Ruby, con la sonrisa en los labios.

Extrañamente, hundida en su yo más interno, una pequeña sensación de felicidad comenzó a renacer. Su corazón pareció recobrar la vida, y su sangre circular y calentar sus venas. Así que, lentamente, bajó la cabeza…Y lentamente miró a Emma y…

«¿Regina…?» se escuchó una débil voz.


1 Poema de Jacques Prévert, El jardín