Hola gente. Llegamos al último capítulo de este corto, pero intenso fic. Gracias por todos los RW, y animen a amigas a que lo lean y dejen comentarios, porque la historia se lo merece. Bueno, La hija del senador seguirá a buen ritmo, le quedan siete capítulos, y ya tiene sucesor. El fic que comenzaré cuando acabe ese es uno de los llamados épicos, el mejor fic que me he tropezado en las cuatro lenguas que leo que se desarrolla en un ambiente no AU. El fic es largo en capítulos (44) y el capítulo más corto tiene 2600 palabras y el más largo 12.100. Eso sí, si todas tenemos un crush con Regina en casi todos los fics, en este ya nuestros corazoncitos van a estallar. La historia comienza en la quinta temporada, partirá con una Emma convertida en Dark One, y los demás intentando salvarla. Viajaremos a Avalon, y conoceremos a Morgana le Fay, la Señora del Lago. En fin, no quiero desvelar más, porque estoy orgullosa de todas las historias que he traducido, pero esta sí ruego encarecidamente que la leáis y comentéis. Y para no sufrir tanto, cuando acabe El canto del cisne, volveremos a nuestra querida Sedgie, que aún le quedan por ahí varios fics swanqueen que no he traducido. El próximo que elegiré es uno romántico, no ocurre ningún drama de abrirse las venas. Es un fic basado en Vacaciones en el mar, en que Regina es la capitana del barco. Un fic ligero, que muchas veces nos pondrá una sonrisa en los labios.
Sin más, aquí os dejo el último capítulo de El canto del cisne. Ha sido un placer que me hayáis seguido.
Epílogo
Cinco años más tarde
«Otra vez, mamá, otra vez…» reclamó el muchachito, con los ojos brillantes a pesar del cansancio que cerraba sus párpados.
Sentado en su cama, un gran libro de cubierta marrón, ricamente decorado, reposaba en sus rodillas. Como todos los cuentos de hadas, comenzaba con las palabras Érase una vez…que habían sido grabadas por el más delicado de los artesanos. En el interior, se distinguían lujosas iluminaciones y magníficas ilustraciones que representaban la historia de las dos mujeres.
Dos mujeres a las que todo enfrentaba, pero que habían logrado amarse. Dos mujeres que nada las había predestinado a eso, pero que vivían en una felicidad total. Dos mujeres que hoy eran sus mamás…
«Mañana, cariño» respondió su madre cerrando delicadamente el libro «Ahora ya es tarde y es hora de dormir»
«De acuerdo, pero entonces solo cuéntame el trozo de que cuando despertaste a Ma…Por favor…»
Los ojos suplicantes del niño pudieron con la voluntad de Regina. Nunca había sabido resistirse a esa pequeña y adorable bolita que criaba con Emma desde hacía cinco años. Ante ese pensamiento, ella sonrió, con los ojos en el vacío…Cinco años ya…
Se acercó a su hijo, volvió a abrir el libro y retomó su lectura, con la sonrisa en los labios:
«Entonces para gran sorpresa de todo el Reino, un resplandor de luz multicolor encendió el cielo. Incrédulos, Regina, Ruby, Snow y David contuvieron el aliento. Nadie se podía creer lo que en el fondo de sus corazones sabían: que la princesa Emma estaba viva…»
«Es Ma, es Ma» la interrumpió el niño, todo orgulloso
«Sí, es Ma…» respondió ella con una sonrisa, antes de proseguir: Entonces, lentamente, sin atreverse a moverse, Regina…
«¡Esa eres tú, mamá!» la cortó de nuevo
«Sí, cariño…Pero si me cortas todo el rato, no tendré tiempo de acabar y tendrás que irte a dormir sin el final de la historia…»
«No, no, me callo» respondió con una adorable mueca, poniendo su dedo delante de sus labios, pero sin poder esconder una sonrisa de satisfacción.
«Bien…» continuó ella con una tierna sonrisa: «Entonces, lentamente, sin atrever a moverse, Regina, la Reina del Reino Negro, inclinó despacio la cabeza hacia Emma, la princesa del Reino Blanco. Y latiéndole el corazón a todo prisa escuchó una débil, muy débil voz susurrar «¿Regina…?»
Una lágrima se deslizó por el rostro de Regina. Era más fuerte que ella: en cuanto leía esa historia a su hijo, la emoción la asaltaba y no podía esconderla. El niño ya no se preocupaba, conocía a su madre y su enojosa tendencia a dejarse sobrepasar por los sentimientos cuando se trataba de su familia.
«Pero de hecho, ¿no es posible, verdad? ¿Eh?» preguntó él tímidamente
«¿Qué es lo que no es posible?»
«Bueno, despertar a alguien que está muerto…Eso no se puede…»
«Oh sí, créeme, es de familia…» respondió ella, sarcásticamente, antes de añadir con los ojos en el vacío y la sonrisa en los labios «Ya sabes: cuando de verdad se ama mucho, se pueden hacer milagros…»
El niño pareció conformarse con esa respuesta y le pasó el libro a su madre que lo dejó delicadamente sobre la mesilla de noche. Depositó un tierno beso en su mejilla, y después lo arropó.
«Mamá…» dijo una débil voz cuando ella ya se disponía a salir de la habitación
«¿Sí?»
«¿Cuándo vuelve Ma?» le preguntó con voz tímida
«Mañana. Solo una noche más y estará con nosotros después de que el sol se levante…»
«¡Menos mal! ¡La echo mucho de menos!»
«Yo también la echo de menos. Ahora, a dormir…»
«¡Buenas noches, mamá!»
«Buenas noches, Henry…»
Cinco años…Cinco años que la magia del beso de Amor Verdadero había triunfado de nuevo. Cinco años que la Reina Malvada ya no existía. Cinco años que Emma y Regina eran la representación del amor perfecto, sin ninguna nube.
En cuanto volvió a la vida, Emma se apartó de su madre tan lejos como podía, incapaz de perdonarla. Inmediatamente había fijado su residencia en el Castillo Negro, el cual nunca más ha abandonado. Regina y David sabían que ella necesitaba tiempo y ninguno de los dos la forzó para que retomara el contacto con Snow. Le hizo falta semanas para intentar comprender la manipulación que su madre había sufrido. Cuando finalmente logró perdonarla, Snow y ella se citaron en terreno neutro, en mitad de una explanada en el Reino Blanco. Y cuando, tras largos minutos observándose con cara de pocos amigos se abrazaron, no pudieron evitar estallar en llanto.
Por supuesto, Snow necesitó tiempo para aceptar los sentimientos de su hija por Regina, así como el pueblo Negro necesitó tiempo para comprender los cambios en su reina, pero hoy, todo había cambiado.
No fue fácil, pero los persuasivos Emma y David consiguieron penetrar en los fuertes caracteres de sus compañeras. Y al cabo de largos meses de negociaciones, las dos reinas llegaron al acuerdo en un tratado de paz histórico. Por primera vez desde hacía siglos, se estaba asistiendo al nacimiento de los Dos-Reinos. Jamás se ha conocido tal abundancia y tal prosperidad. La gente estaba feliz…
En los dos territorios reunidos, se trataba con respeto a las dos parejas reales: Snow y David en la parte este de los Dos-Reinos, sus valles y su litoral, y Regina y Emma en la parte occidental, sus altas montañas y sus densos bosques.
El antiguo pueblo blanco no había visto en un principio con buenos ojos los acercamientos con su antigua enemiga. Pero confiaron en su princesa y todo fue a pedir de boca.
Pero fue en el antiguo pueblo negro donde los cambios se apreciaron más. Su modo de vida había cambiado radicalmente: vivían desde entonces en paz, ya no arriesgaban sus vidas y no pasaban hambre. La Reina Malvada había desaparecido y respetaban mucho más a esa nueva Regina. Pero sobre todo, admiraban a su nueva reina de cabellos de oro, que había logrado traerle la felicidad a su reina, y a ellos indirectamente. Por esa razón, la llamaron afectuosamente «La Salvadora»
Mientras atravesaba los largos pasillos del castillo que conducían a los aposentos reales, los pensamientos de la Reina se concentraron de nuevo en Emma. Ella había partido en campaña militar hacía diez días y su ausencia comenzaba a pesarles a Regina y a su hijo. Desde hacía cinco años, el Reino ya no entablaba la guerra contra nadie. Los caballeros negros se contentaban con hacer prosperar las tierras y asegurar las fronteras. Esas campañas eran raras, pero necesarias, y Emma, como nueva capitana del ejercito tras la dimisión de Graham, que se casó con una loba algo extrovertida, ella tenía que estar presente para comprobar la seguridad de su frontera oeste, la que los separaba de las tierras de los ogros.
Esa noche, Regina se durmió con la sonrisa en los labios. Mañana, Emma estaría de regreso…
El gallo no había cantado hacia mucho rato cuando la reina se levantó, se preparó a toda prisa y fue a despertar a su hijo. Para celebrar como se merecía el regreso de Emma, Henry quería darle una enorme sorpresa: había propuesto decorar toda la sala del trono con flores y colorida decoración creada por él mismo. Así que, gran parte de la mañana fue empleada en pintar, cortar, doblar, decorar…Cuando todo estuvo listo y finalmente vio el fruto de sus esfuerzos en la gran sala real, un gran orgullo iluminaba los ojos del príncipe.
«¿Crees que le va a gustar la sorpresa?»
«Estoy segura…» le respondió Regina cogiéndolo tiernamente en sus brazos «Has trabajado muy bien, ¡es magnífico!»
Pasaban los minutos. Tan impacientes el uno como el otro, Regina y Henry no podían apartar sus miradas de las grandes ventanas de la sala del trono. Los pequeños caballos de madera diseminados por la alfombra tenían menos interés para Henry que el paisaje que se extendía hacia el horizonte. Cada cinco minutos, se levantaba, miraba, y gritaba al creer divisar una tropa a lo lejos, después volvía a sentarse y jugaba distraídamente con sus juguetes.
Regina lo observaba por el rabillo del ojo, mientras lanzaba, ella también, ojeadas frecuentes a través de la ventana. Ya no podía más…Si Emma pudiera estar ya ahí, ahora…
«¡Mamá!»
El grito la hizo sobresaltarse, y se giró hacia su hijo, con el corazón en un puño.
«¡Los veo, mamá! ¡Ya viene, ya viene!»
Regina corrió hacia la ventana. Efectivamente, a lo lejos, cerca del horizonte, se desplazaba una nube de polvo en la cual unos ojos avezados podían distinguir a una decena de caballeros. Adivinó, antes que ver, la armadura de un deslumbrante blanco de su reina, a la cabeza de sus soldados. Su corazón saltó de alegría ante esa visión.
«Emma…» susurró, sintiendo que renacía
No quería dejarlo aparentar, pero estaba, por lo menos, tan excitada como su hijo, que saltaba por todos lados cantando de alegría
«¡Mamá, es Ma quien viene!»
«Ven, Henry, vamos a recibirla en el patio de armas» propuso Regina, cogiéndolo de la mano.
Con paso apurado, los dos se dirigieron al patio, donde el puente levadizo comenzaba a bajarse. Los caballeros no estaban sino a unos cien metros del castillo. Henry estaba exultante.
El último puesto fronterizo fue inspeccionado rápidamente. Emma ya no podía más. No deseaba sino volver a casa, para encontrase con su mujer y su hijo lo más rápido posible. Diez días que inspeccionaba las fronteras de los Dos-Reinos, y, aunque le gustaban los asuntos de gobierno, la ausencia de su familia comenzaba a hacerle mella.
Así que, cuando la silueta del castillo comenzó a dibujarse sobre las montañas que la rodeaban, su corazón empezó a acelerarse. Como si él también volviera a la vida tras una larga apnea. Impaciente por volver a verlos, lanzó a la tropa al galope. El puente levadizo se bajó y lágrimas de felicidad nacieron en sus ojos cuando distinguió a Regina y Henry en el patio del castillo.
«¡Mamáaaaaaa!» gritó Henry
Su madre, apenas había puesto pie en tierra, cuando él se lanzó a sus brazos, haciéndola casi caer hacia atrás. Emma no pudo contener una risa de felicidad estrechándolo fuertemente contra ella.
«¡Hola mi hombrecito! ¿Te has portado bien?»
«¡Sí, sí, muy bien!»
Emma le hizo una señal de complicidad y le susurró algo al oído, no sin una discreta mirada a Regina, que los observaba, con la sonrisa en los labios.
«¿Has logrado tu misión? ¿Has cuidado bien de la reina como el príncipe que eres?»
«¡Oh, sí, mamá, he sido un príncipe muy valiente!» respondió él, muy orgulloso, doblando el brazo para mostrar sus pequeños bíceps.
«Estoy orgullosa de ti, hijo mío…¡Muy orgullosa!»
Emma entonces sonrió a Regina y las dos, finalmente, se dieron un abrazo. Solo habían estado separadas algunos días, pero parecía que al fin volvían a recuperar el aire que les había faltado. Se quedaron enlazadas por largos minutos, con los ojos cerrados, serenándose ante el perfume de la otra y con la sensación del cuerpo amado contra el propio.
En el patio, los caballeros se enfrascaban en desensillar los caballos, los cocineros y servidumbre preparaban la comida…Todo el mundo se ocupaba de su tarea, sin que nadie se molestara por la presencia de las dos reinas ahora besándose con pasión.
«Es de locos lo que te amo» dijo Emma, en un susurro, con la frente apoyada en la de su mujer.
«Y yo igual…» respondió Regina, con los ojos clavados en los de Emma
«Bueno…mamás…» se impacientó su hijo.
Las reinas se separaron finalmente, tomaron a su hijo de la mano, y los tres dejaron escapar una risa jovial antes de tomar la dirección hacia el interior del castillo.
El día pasó rápidamente para la familia real. A Emma le parecía que acababa apenas de regresar, pero el sol ya se estaba poniendo. Sin embargo, el día fue pleno: tras el descubrimiento de la sorpresa de Henry ante los ojos emocionados de Emma, la familia real había devorado un copioso banquete, después habían jugado todo el día en el parque del castillo.
Cuando el sol comenzó a declinar y Henry a bostezar, Emma y Regina comprendieron que era hora para su hijo de acostarse. Pero esa idea no le gustó mucho al pequeño príncipe, que se negaba a irse a la cama tan temprano mientras su mamá acababa de llegar. Quería seguir jugando, riendo y corriendo…
«Henry, a la cama ahora» dijeron sus madres ligeramente enfadadas
«¿Por qué no deciden los niños? ¿Por qué siempre las mamás?»
«Henry…» le susurró Emma cogiéndolo en brazos «Serás un gran rey, lo sabes. Un día, serás el rey de los Dos-Reinos. Y entonces, podrás decidir hacer lo que quieras. Pero mientras tanto…¡las reinas deciden!»
Y acompañó sus palabras con una ráfaga de cosquillas, que hicieron que el pequeño estallara en risas. Finalmente se calmó y sus mamás lo acompañaron a la cama.
«Gracias por la hermosa sorpresa, Henry. ¡Estaba todo magnífico y realmente tienes el alma de un pequeño artista!» le dijo su madre rubia mientras lo arropaba.
Después, ella añadió, mirando a Regina que se encontraba a su lado
«Y gracias a ti, Gina…»
«Y aún no has visto todo…»le susurró al oído, lo suficientemente bajo para que su hijo no escuchara.
Sus ojos negros de deseo incendiaron el vientre de Emma, que no pudo evitar besarla, impaciente por descubrir el resto de la sorpresa, que se anunciaba más que interesante.
Las dos mujeres le dieron un último beso a su hijo antes de soplar la vela de la mesilla de noche y salir de la habitación de puntillas. Una vez en el pasillo, Regina se tiró literalmente sobre Emma. El día había pasado muy rápido, pero no lo suficiente para la antigua reina negra que había tenido que refrenarse durante todo el día para calmar su deseo por Emma. Su boca no tuvo que pedir permiso durante mucho tiempo para entrar en la de Emma, pues esta última sacó inmediatamente la lengua, y acarició con dulzura y avidez la de Regina. Sus manos viajaban hábilmente por el cuerpo de la otra, impacientes por redescubrir la dulzura de sus pieles. Sus alientos se mezclaban, y sus suspiros comenzaron a invadir el silencio del corredor.
Casi sin aliento, se separaron y hundieron sus ojos en los de la otra.
«¿Sabes qué?» susurró Emma
«¿Qué?»
«Tengo muchas ganas de descubrir el resto de la sorpresa…»
Como única respuesta, Regina sonrió y posó sus delicadas manos sobre los ojos de Emma
«Hummm, ya me está gustando» dijo esta última mordiéndose los labios ante la excitación.
Ya notaba los latidos de su corazón hacerse cada vez más anárquicos. Regina la tomó de la mano y la guio hacia la puerta de sus aposentos, contigua a la de su hijo.
«¿Lista?» le preguntó, apretándose contra su espalda
«Más que nunca…»
«Entonces mira» dijo ella apartando las manos de sus ojos
Entonces abrió la puerta de su habitación y Emma sintió un salto en su corazón cuando descubrió la magnífica decoración que Regina había colocado. El suelo estaba cubierto de pétalos de rosas rojas, y centenares de velas creaban una cálida atmosfera de tamizada luz. Sobre la cama estaba colocada una bandeja de frutos rojos: frambuesas, fresas del bosque y arándanos que recordaban el cálido color de los pétalos y contrastaban con el blanco inmaculado de las sábanas. Finalmente, dos copas y una botella de champán esperaban pacientemente al lado de las frutas.
«Wow…es hermoso…» declaró Emma «Es aún más hermoso que en nuestra boda» añadió ella con emoción.
«Nada es lo bastante hermoso para la más bellas de las reinas» le respondió Regina susurrando a su oído, antes de besarla tiernamente en el cuello.
Su boda había tenido lugar poco tiempo después del despertar de Emma. Había sido decidido rápidamente, pero no habían descuidado, sin embargo, el fasto en la decoración y en el banquete. A pesar del miedo ante la Reina Negra aún presente en algunas personas, centenares de invitados se habían desplazado, ya fueran simples curiosos o amigos cercanos. Evidentemente, los esposos del Reino Blanco habían sido invitados. David había tenido que insistir un poco, pero Snow no fue, al final, tan difícil de convencer para que estuviera presente en ese día tan importante para su hija.
Rodeada de sus padres, de sus queridos amigos y de aquella a la que amaba, Emma pensaba que nunca había sido tan feliz en toda su vida. Pero eso fue antes del nacimiento de Henry.
Ese día su corazón se rompió ante la visión de ese pequeño ser sin defensas. Y el amor que le tenía a su familia, que pensaba que estaba en su apogeo, no dejó de crecer día a día, llevándola a esferas de increíble felicidad. Regina no hubiera podido estar más orgullosa de su mujer aquel día. Ella se había mantenido a su lado, alentándola y felicitándola, intentando aliviar sus dolores con la magia. Había sufrido con ella, resoplado con ella, y llorado con ella cuando su hijo fue colocado sobre su vientre.
Desde ese día, se había prometido agradecerle a su familia cada día por la felicidad que le aportaba, y que le aportaría durante mucho tiempo más.
Así que, cuando había preparado la decoración de su habitación, solo tenía en su corazón agradecer a Emma toda la felicidad que compartían cada día.
«Gracias por estar siempre ahí, mi amor» dijo Regina, acercándose a su mujer «Gracias por haberme regalado al más hermoso de los príncipes, gracias por llenar de felicidad cada uno de mis días…»
«Oh, os lo suplico, mi Reina» respondió Emma, bromeando «¡Es mi deber y mi honor!»
Acompañó sus palabras golpeando su pecho con su puño, en un gesto caballeresco que hizo temblar a Regina. ¡Cómo la amaba…! ¡Cómo la deseaba, ya, enseguida!...Pero antes de dejar hablar a sus cuerpos, tenía que decirle todo lo que llevaba en su corazón. Así que continuó mientras la abrazaba y apoyaba su cabeza en su hombro.
«En serio, Emma…Gracias por haberme salvado la vida…Sin ti, no sé que habría sido de mí. Sin duda asesinada o perdida en las garras de la venganza»
«Regina, mírame» respondió Emma que también se había puesto más seria «Te amo como nunca he amado a nadie. Yo…no sé…es como si durante toda mi vida solo te hubiera estado esperando a ti. Y ahora que te he encontrado, y que me he casado contigo, es…»
«¿Sí?»
«Es como si finalmente estuviera completa, y en mi lugar. Así que si alguien tiene que dar las gracias, soy yo» concluyó manteniendo su incendiaria mirada.
«Bésame»
Emma no se hizo de rogar, y devoró los labios de Regina. Ni siquiera pensaba en respirar, aturdida por las ganas de acariciar su lengua, de besar sus labios, de tragarse su aliento…Mientras que sus manos rodeaban el rostro de Regina, esta última se empleaba en desvestirla. Se encontró rápidamente en ropa interior, frente a Regina, aún vestida con un magnifico vestido negro. Emma se estaba dando prisa con los botones cuando la morena retrocedió
«Espera…» dijo ella ante su mirada interrogativa «Esta noche, dirijo yo…Es tu regalo de vuelta…»
Entonces condujo a Emma hacia la cama y la hizo sentarse en el borde. Se arrodilló ante ella y besó tiernamente sus rodillas. Remontó por sus muslos, que cubrió de besos. Se estaba esforzando en resistirse al deseo que la atenazaba. Pero quería tomarse su tiempo, quería disfrutar lo mejor posible de esa noche. Así que, a pesar de su salvaje deseo que le consumía el bajo vientre, se obligó a ralentizar el ritmo. Evitando cuidadosamente la menor mirada hacia la entrepierna de Emma que la llamaba desesperadamente, remontó por el vientre musculado y terminó su recorrido en sus pechos aún envueltos en el pedazo de tela. Los tomó en sus manos y los acarició lentamente, efectuando firmes presiones sobre los pezones que ya sentía erectos a través del fino tejido de algodón.
El corazón de Emma latía al galope. Disfrutaba dejándose hacer, y cerró los ojos ante las caricias. Cuando Regina llegó finalmente a su cuello y mordió la final piel, no pudo sino dejar caer la cabeza hacia atrás, recostándose con delectación sobre los mullidos cojines.
Las manos de Regina parecían estar por todas partes, devorando su cuerpo, masajeando sus pechos, y acariciando su ardiente piel. Los suspiros de Emma comenzaron a entrecortarse, convirtiéndose en rápidos jadeos. Las caricias de Regina no habrían podido ser más dulces, más amorosas, pero evitaban cuidadosamente el sitio donde Emma deseaba ser tocada con desesperación. Así que, fue más fuerte que ella, la joven invirtió sus posiciones, y se encontró encima de Regina. Mientras la besaba apasionadamente, apoyó su entrepierna en el muslo de su compañera, intentando aliviar la tensión. Sus largos cabellos rubios sueltos acariciaron el rostro de su mujer que cerró los ojos por un instante, pero que recordó rápidamente su promesa.
«Tss, tss, tsss…Ya te lo he dicho, esta noche, te dejas hacer…» replicó ella volviendo a ponerse encima.
«Te prevengo…» susurró la rubia con los ojos cerrados entre dos suspiros de satisfacción «me dejo hacer, pero tendré mi revancha…»
«Cuento con ello, querida…» le respondió ella al oído.
Esa voz grave acabó por excitarla, y comenzó a sentir su entrepierna mojarse peligrosamente. Pero lo había prometido, se dejó hacer, completamente a merced de Regina, que había vuelto a hundirse en sus pechos. Con mano hábil, desanudó el estrecho corsé que los mantenía aún aprisionados. Apenas había alcanzado el suelo cuando su boca ya había encontrado el camino hacia el pezón erecto mientras que su mano pellizcaba el otro sin delicadeza.
Esas dulces torturas no hicieron sino amplificar el deseo de Emma de ser tocada mucho más abajo, pero se concentró en la sensación de sus pechos tan agradablemente maltratados. Sus jadeos se vieron acompañados de dulces gemidos cuando la dulzura de la lengua de Regina alivió la mordedura de sus dientes. Sin poder ya más, arqueó su pelvis, esperando algún contacto para poder aliviarse, pero Regina se lo negó con una sonrisa deliciosamente cruel.
Ella no se alejó sino un corto instante, el tiempo de coger la bandeja de frutas y dejarla al lado de Emma. Esta última no comprendió lo que hacía. Pero cuando vio a Regina coger una frambuesa y ponerla en su pecho, la rubia empezó de verdad a apreciar ese pequeño juego.
«¿Sabes que no se debe jugar con la comida?» dijo con una sonrisa pícara, cuando Regina colocó otra frambuesa, algo más abajo.
«¿Y si esta noche deseo olvidarme de las buenas maneras? Estoy algo harta de ser cuidadosa…»
Y acompañó sus palabras con una mirada que hizo estremecerse a Emma y le envió un escalofrío a través de la columna vertebral. Regina ya no era la Reina Malvada, las dos eran conscientes de eso, pero a veces renacía en sus juegos, y para nada disgustaba a Emma. Había aprendido a amar ese lado oscuro de Regina. Y lo aceptaba sin buscar comprender su propio deseo por la que tanto tiempo le había dado tanto miedo. La diferencia era que hoy confiaba ciegamente en ella. La habría seguido hasta el infierno, si se lo hubiese pedido.
Regina continuó colocando las frambuesas sobre el torso de Emma, desde el cuello hasta el estómago. Sobre el ombligo…más abajo…Aún más abajo…Los jadeos entrecortados de Emma parecían darle vida propia a los frutos rojos, que se movían al ritmo de su respiración. Pero para gran desesperación de Emma, Regina no descendió más abajo. Al contrario, ascendió por su cuello y comenzó a tragarse las frambuesas, una a una, descendiendo de nuevo hacia su vientre, que se encogió de deseo. Las miradas que ella le lanzaba a Emma cuando las tomaba en su boca la volvían loca, borracha de placer y de deseo por ella. No sabía si iba a poder resistir mucho tiempo más a la llamada que no dejaba de lanzarle su sexo ahora muy húmedo.
«Por favor, Regina…» suplicó, acariciando dulcemente su cabeza, mientras la dirigía hacia su entrepierna
Regina sonrió, mordiendo la última frambuesa, la que estaba descansando en lo alto de su pubis, pero en lugar de tragársela, ascendió hasta la boca de Emma y, con la fruta agarrada aún entre sus dientes, la besó ávidamente en la boca, aplastando la fruta sobre sus labios. Le jugo del fruto resbaló por la boca y los labios de Emma. La joven rubia jamás había conocido nada tan excitante. Habría podido gozar ante esa sencilla sensación.
Después, con una mirada más oscura que nunca, Regina lamió concienzudamente los labios de Emma, recogiendo el rojo jugo. La joven jamás había vivido eso. Jamás habían jugado con la comida de manera tan erótica y se preguntó cómo habían hecho para pasar de ello antes.
Mientras que estaban besándose apasionadamente, una mano e Regina se abrió camino hacia abajo y rasgó finalmente la última pieza de Emma, que se apresuró a abrir las piernas y rodear con ellas la cintura de su mujer.
«Al fin…» dijo gimiendo sobre su boca «Oh, te lo suplico, tócame…»
«A vuestras órdenes, Majestad» respondió ella lamiéndose los labios de manera sugerente
Con una mano sobre un pecho, la boca pegada a la de ella…Lentamente, de la forma más delicada del mundo, la otra mano de Regina descendió por su vientre, después por su pubis, para finalmente llegar sobre su clítoris. Muy suavemente, rozó, golpeó, frotó…Emma ya no lo soportaba más. Su humedad era ahora más que abundante y la notaba deslizarse entre sus piernas. Necesitaba más. En ese momento.
«Te lo suplico, Regina…¡Poséeme!»
«Creo que has esperado bastante, en efecto…» respondió ella con un último beso antes de posicionar la cabeza entre las piernas de Emma
Fue como una liberación. Al fin, volvía a sentir el contacto tan amado de su lengua sobre su sexo. Regina conocía a su mujer de memoria. Sabía lo que le gustaba, y lo que necesitaba para acceder al éxtasis rápidamente. Pero hoy, ella había decidido otra cosa. No le daría su orgasmo fácilmente. Tendría que esperar, y su gozo sería mucho más intenso. Así que se contentó con lamer dulcemente su sexo de arriba abajo, sin demorarse en su clítoris, solo lo suficiente para proporcionarle ligeros temblores.
«¿Te gusta esto, mi amor?»
«Oh, sí, Gina, sigue así…Es perfecto…Hummmm….»
La lengua de Regina se insinuó por el menor de sus pliegues, mortificando su entrepierna sin jamás penetrarla. Se contentó con juguetear con su excitación, deleitándose con sus suspiros y sus gemidos. Su propia excitación comenzaba peligrosamente a hacerse presente, Regina tuvo que concentrarse para ignorar los latidos de su propio corazón que resonaba entre sus piernas. Emma tenía ahora el cuerpo completamente cubierto de una fina capa de sudor, su respiración se hacía anárquica, y Regina supo que si no paraba ahora, gozaría en poco tiempo. Oh, quería retrasar su orgasmo al máximo, y lo conseguiría.
«Créeme, me darás las gracias» dijo ella respondiendo a la oscura mirada que recibió cuando se apartó de Emma
Se puso de rodillas entre sus piernas, y hundió su mirada en sus pupilas que ahora habían perdido todo el color verde, y que brillaban con un resplandor negro azabache. Lentamente, con gestos increíblemente eróticos, se soltó los nudos de su corpiño. Su vestido se deslizó lentamente por su cuerpo, y dejó aparecer el cuerpo desnudo y magnífico de la antigua Reina Malvada. Ese cuerpo que Emma amaba tanto y que hoy en día solo le pertenecía a ella.
«Wowww…» fue la única respuesta que pudo pronunciar ante la visión de ese orgulloso cuerpo de pechos firmes, y que le estaba siendo completamente ofrecido.
Emma se recobró en timepo relámpago, incapaz de resistirse por más tiempo a esa visión paradisiaca. Se sentó y estrechó la cintura de Regina, mientras lamía ávidamente sus pechos. La morena apretó la cabeza de Emma contra ella y su vientre se arqueó hacia el encuentro de los pechos de Emma. Ese primer contacto, piel con piel, las hizo estremecerse a las dos. Pero Regina encontró la fuerza para rechazar a la rubia y volver a recostarla en la cama. Ya tendría tiempo de ocuparse de su propio placer. De momento, solo contaba Emma. Separó de nuevo las piernas de su mujer y, sin perder de vista el sexo reluciente por su saliva y por la excitación, extendió un brazo justo lo suficiente para coger la botella de champán y una copa que llenó unos centímetros.
Pero en lugar de beber, acercó la copa al sexo de Emma, y la inclinó despacio. El líquido frío se extendió sobre su pubis y resbaló entres sus labios, provocando un estremecimiento que no pudo contener.
«Ahhhh, Regina….» dijo, echando la cabeza hacia atrás «Es…es demasiado bueno…»
«¡Ups, qué torpe soy!» dijo de forma infantil «No hay que desperdiciar este preciado líquido» añadió con una mirada cargada de sobreentendidos.
Y se lanzó rápidamente al sexo de Emma que lamió en toda su extensión, degustando con glotonería la mezcla de sabores. La joven no tenía el recuerdo de haber estado tan excitada en toda su vida. La espera, el juego, las frutas, el contacto con el cuerpo desnudo de Regina, el calor de su lengua, el frío de la bebida…Todo la excitaba como nunca y sentía que podría gozar sin que nada más pasara entre sus piernas.
Felizmente Regina ya no se detuvo. Esta vez, ya no evitó su clítoris. Al contrario, lo maltrató con su endurecida lengua. Alentada por los jadeos de Emma, profundizó el contacto con la pequeña bola de carne. Lo giró en su boca, lo masajeó, aplastó, lamió, mordisqueó….volviendo loca a Emma. Incluso añadió un dedo a su sutil juego de lengua. Mientras la lamía concienzudamente, su dedo corazón entraba y salía despacio de su caliente cueva. Alentada por los gemidos que cada vez se hacían más sonoros, añadió su índice y sus dedos la penetraron cada vez más profundamente. Emma acompañaba los movimientos levantando y bajando su pelvis al ritmo de los dedos de Regina. Los latidos anárquicos de su corazón parecieron pararse cuando el gozo nació en su vientre y estalló por todo su cuerpo. Solo un ronco estertor gritando el nombre de Regina pudo salir de la boca de la rubia que se dejó caer de felicidad contra el cuerpo de la morena.
«Entonces…¿qué te ha parecido mi sorpresa?» le preguntó la morena, cuando finalmente ella pudo abrir los ojos
«¡Ha sido increíble! Pero, ¿cómo será cuando parta por más de diez días?» respondió ella bromeando
«Ni se te ocurra marcharte por más tiempo» se conformó en responderle Regina, con la mirada oscura
Como única respuesta, Emma enlazó sus brazos y piernas alrededor de su cuerpo, y la besó tiernamente.
«Mientras, creo que tengo derecho a mi revancha, ahora…» añadió antes de deslizar una mano entre las piernas de la reina.
¿Qué hora era cuando Regina se despertó sola en mitad de su gran lecho? Con sus ojos aún adormilados, no lograba distinguir la menor luminosidad. Seguramente todavía era noche cerrada. A tientas en la oscuridad, logro frotar una cerilla y encender su vela.
«¿Emma?» llamó dulcemente, asombrada por no verla acostada a su lado
Regina se levantó, se puso rápidamente una bata y lanzó una mirada hacia el pasillo. Nadie…Comenzó a inquietarse. De repente, una duda la asaltó. ¿Y si le había pasado algo a Henry? Con la angustia en su vientre, se precipitó hacia la habitación del niño. La puerta estaba entreabierta y un melodioso sonido salía de ella.
Emma estaba acostada al lado del pequeño e intentaba hacerlo dormir, con una mano en sus cabellos, cantando su melodiosa canción. La visión hizo latir el corazón de Regina. Tanta dulzura y amor irradiaban de esa habitación que no pudo evitar que sus ojos se humedecieran. Suspiró de alivio y se acercó lentamente a los dos amores de su vida.
«Ha tenido una pesadilla» susurró Emma sonriéndole «Pero creo que ya se ha vuelto a dormir»
«No me asombra…Ese canto es mágico. ¿Quién sabe? Después de todo, quizás tú eres también un poco hechicera…Al final, lograste hechizarme…»
Como toda respuesta, Emma le extendió la mano, atrayéndola hacia ella. Se apretó contra Henry, para dejarle un poco de espacio a Regina en la pequeña cama. Sin hacerse de rogar, se recostó junto a los dos, y con las manos enlazadas sobre el vientre de su hijo, las dos mujeres se quedaron apaciblemente dormidas.
Lo que nadie observó fue que, en ese mismo instante, en el libro aún apoyado en la mesilla de noche, un nuevo capítulo se había inscrito con magia. Una magnifica ilustración que los representaba a los tres en esa cama, serenamente dormidos.
En la nueva página, se podía leer: «Y la pequeña familia se quedó dormida, rodeada de amor, acunada por el hermoso canto del cisne, y nada más los separaría nunca»
FIN
