La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling
CAPÍTULO 2
Octubre se despertó con los rugidos del viento. Días en los que el sol no se arrancaba a salir del todo y se quedaba escondido detrás de una cortina de lluvia espesa que caía sobre los amplios terrenos del colegio tamizándolo todo con una fría luz gris plomizo. A pesar del mal tiempo que amenazaba desde el cielo como un atronador malvado invisible, la vida en el colegio Hogwarts seguía su curso y aquella mañana hostil de sábado tendría lugar el primer encuentro de Quidditch
Rose observó con una mueca de desagrado el oscuro cielo que se cernía sobre ellos a través del techo encantado de Gran Comedor y maldijo la estúpida manía que tenía los magos con aquel deporte. No entendía como alguien en su sano juicio podía pensar que sería más agradable pasarse dos horas bajo la intensa lluvia, rezando porque aquel viento casi huracanado no se llevase volando las inestables gradas de madera del campo de Quidditch, en vez de sentarse junto al cálido fuego de la sala común de Gryffindor, con un gran libro abierto en el regazo, dejando que la ternura templada de las llamas subiera por las mejillas acariciándote. Bufó resignada y volvió la cabeza hacía su desayuno, intentando no pensar en lo increíblemente mojada, incómoda y congelada que estaría en apenas unos minutos.
"¿Por qué esa cara de mandrágora triste, querida prima?" Lilly Potter se sentó con un salto impetuoso en el hueco que quedaba al lado de Rose. Enérgica, resuelta, tenaz; siempre con una amplia sonrisa. A esa chica parecía que nada en la vida le costaba esfuerzo, que cada paso que daba era el mejor paso que pudiese dar en el mundo entero. Rose envidiaba su felicidad innata, natural; porque Lilly Potter, de verdad, era incapaz de dejar de ser feliz.
"Hace un día horrible Lilly..." Contestó Rose señalando vagamente hacia el techo en el cual acaba de reflejarse un monstruoso relámpago "¿Es qué no lo ves?"
"¿Un día horrible?" Respondió la chica risueña y extrañada. Era una extrañeza sincera, muy al pesar de Rose, ya que a la pequeña de los Potter le resultaba demasiado complicado entender el concepto de un día horrible; y menos en sábado. "¡Es sábado de Quidditch! ¿Cómo iba a ser un día horrible?" Siguió diciendo incrédula Lilly. Rose casi podía ver los engranajes del cerebro de su prima intentado hacer click en su cabeza para entender tanto mal genio. "¡Mira ahí están!" Gritó la chica señalando hacía las puertas de roble macizo del Gran Comedor que ahora dejaban paso a una gran masa de gente vestida de verde y plata y que entraban ruidosos haciendo que todo el mundo levantara las cabezas de sus respectivas tostadas para observarlos pasar. Entre toda aquella gente, su primo Albus y su estúpido amiguito Malfoy paseaban altaneros entre las grandes mesas del Gran Comedor, saludando a la gente y respondiendo a los vitoreos de sus compañeros de casa, con las ropas de Quidditch ya puestas y las escobas al hombro. Agg, el aumento de arrogancia que sufrían esos dos nunca dejaba de sorprenderla... Mientras la mesa de Slytherin rugía en aplausos, Lilly se puso de repente de pie en el banco abanderando en el aire una bufanda de colores verde y plateado, uniéndose al griterío de la mesa del fondo.
"¿De dónde demonios has sacado eso?" Le preguntó Rose a su prima mientras tiraba de su túnica para que volviera a sentarse, en parte porque era una prefecta y no debía tolerar esa clase de comportamiento indebido; y en parte también porque a Rose todavía le costaba no sentir vergüenza ajena de que una Potter, una Gryffindor de arriba abajo, estuviese ahí como una loca expresando su confraternidad con la casa enemiga.
"Me la regaló Al, para que lo animase en los partidos" Dijo Lilly sentándose otra vez. "¿Sabes? Hoy podríamos sentarnos con el resto de Slytherins..." Rose bufó ante semejante sugerencia. El clan Weasley-Potter tenían aquella extraña tradición de sentarse juntos en los partidos de Quidditch en los que jugaban algunos de ellos, al margen de las casas en las que estuvieran. James y Fred habían empezado aquel ritual pseudo familiar cuando Albus había entrado en el equipo de Slytherin. A James no le parecía lógico no poder animar a su querido hermano, el cual, a pesar de la diferencia de edad , de casas en Hogwarts y de las pullas e insultos recíprocos; seguía siendo su íntimo compañero de aventuras caseras. Así que, había arrastrado a el resto de la familia a congregarse en aquellas ocasiones en las que Gryffindor y Slytherin no se enfrentaban y así animarse los unos a los otros. Sus padres claramente habían estado increíblemente orgullosos de aquella idea. Sobre todo después de las tensiones familiares que habían surgido por la verde y plata sorpresa de Albus. Rose también agradecía aquella idea, el primer año había sido difícil para ella y Albus, por lo que poder animar a su primo en los partidos la redimía un poco por su mala actitud hacía él.
"¡Lilly!" Gritó Rose incrédula ante la sugerencia de que el clan Weasley-Potter se uniera, aunque fuese solo por una mañana, a la masa de indeseables de la casa rival "¡Por las barbas de Merlín, eres la buscadora de Gryffindor!"
"¿Y qué más da? " ¿Y qué más daba? "Tranquila Rose, Gryffindor ganará la copa este año, te lo aseguro. Pero no voy a esconder que quiero que mi querido hermanito y Scorpius queden segundos. Y tú tampoco deberías esconderlo" Rose movió la cabeza de lado a lado dando por perdida aquella conversación con su jovial prima, pero no pudo evitar que un atisbo de sonrisa le subiera ligeramente la comisura de los labios. Claro que quería que Albus quedara segundo. Albus había sido su mejor amigo desde que tenía conciencia, y seguían siéndolo. Vale, a lo mejor, 'siempre' era decir demasiado y más dado lo mucho que se habían distanciado los primeros años de colegio. Rose se sentía muy culpable por cómo se había tomado que Albus entrara en la casa Slytherin aquel uno de septiembre, en vez de en la casa familiar. Sobre todo porque había llegado a pensar que su primo, su mejor amigo, su mayor confidente, le había rogado al sombrero seleccionador que le pusiera en aquella casa solo para fastidiarla. Sí, había sido rematadamente estúpida por pensar aquello, pero Rose se había sentido infinitamente sola los primeros días sin Albus y además, había rectificado a tiempo, había pedido perdón y ahora, ella y Al volvían a ser los mismos de siempre.
Sin embargo, nunca admitiría, al menos no en voz alta, que quería que Scorpius Malfoy quedara segundo, ni siquiera admitiría que quería que aquella mañana, el buscador cogiera la snitch lo antes posible. No lo admitiría porque en su fuero interno, no quería que el partido acabase pronto para volver a su cómoda y calentita sala común; si no porque estaba preocupada, realmente preocupada, de lo que le pudiese pasar al chico ahí arriba, bajo aquella tormenta atronadora, buscando desesperado la minúscula pelota dorada.
Al terminar de desayunar, Albus y Scorpius se habían separado un momento de la masa verde y plata que les había rodeado antes y se acercaban a la mesa de Gryffindor, justo hacía donde Lilly y Rose estaban sentadas. Las chicas no se dieron cuenta, enfrascadas en una amplia conversación sobre los nuevos dulces que comprarían en Honeydukes el próximo fin de semana en Hogsmade, hasta que Albus, con sus fuertes brazos, cogía a su hermana pequeña y la levantaba por encima de su cabeza, colocándola en sus hombros. Lilly rio por la sorpresa y volvió a agitar la bufanda esmeralda al ritmo de '¡Potter vencedor! ¡Potter vencedor!'. En la lejanía, Rose oyó al capitán de Slytherin gritar algo sobre como Albus iba a morir entre terribles sufrimientos si se lesionaba justo antes del partido. Albus no pareció importarle e ignorando el comentario siguió saltando con su hermana en los hombros, riendo a carcajadas.
"¿No vas a desearme suerte Weasley?" Rose dejó de seguir a sus primos con la mirada y giró la cabeza para encontrarse de frente con Scorpius Malfoy, de pie, mirándola. El peso en una pierna, la Saeta de Fuego 3000 sobre su hombro y una media sonrisa a modo de mueca socarrona en la cara; todo ello envolviendo su figura en un halo de increíble belleza masculina. El corazón de Rose se saltó un latido .
Recomponiéndose de la impresión de aquel tras pies en el funcionamiento de sus músculos internos, Rose puso su mejor mueca de indiferencia, cuidadosamente ensayada y contestó con el mayor desinterés posible en su voz. "¿Es qué la necesitas Malfoy?"
Había dado resultado, Scorpius soltó una carcajada sarcástica y la miró entre divertido y contrariado. Sin embargo no se rindió y de forma excesivamente lenta, se agachó, apoyando un brazo sobre la mesa de madera, hasta tener los ojos a la misma altura de los de Rose, sus caras separadas únicamente por unos escasos centímetros. "Ya sabes que no" Dijo, medio susurrando, como intentando que solo Rose le oyese. A la chica se le cortó la respiración repentinamente, incapaz ahora de desviar la mirada, fija en el gris radiante de los ojos de Scorpius que brillaban con un ligero tono azul claro que Rose jamás había visto antes, quizá porque nunca había estado tan cerca de él. La parte irracional de su cabeza estuvo a punto de obligarla a inclinarse hacía él y saciar la súbita necesidad de acabar con la escasa distancia que existía entre ellos. Sin embargo, se contuvo. "Pero me encantaría oírtelo decir..." Terminó de decir él, con un murmullo aun más bajo. Después de otro segundo, saboreando la respiración entrecortada de la chica que casi le rozaba los labios, Scorpius se incorporó y empujando a su amigo por la espalda, los condujo a él y a la carga risueña que seguía llevando en los hombros hacía la salida del Gran Comedor, ajeno al silencioso gemido de contrariedad que se había escapado involuntariamente entre la boca entreabierta de Rose cuando él había convertido esos centímetros que los separaban en infinitos pasos alejándose.
Dominique bajó apresuradamente de la torre de Gryffindor y trató de engullir una tostada rápida antes de coger a Rose y a su hermano Lois del brazo y dirigirse hacía el campo de Quidditch. Lilly y Hugo, el hermano pequeño de Rose, los esperaban a los pies de la escalera que subía al graderío. A pesar de las protestas, Lilly se salió con la suya, al menos a medias, y condujo al grupo de primos y hermanos hacía unos asientos muy cercanos a la masa enfervorecida de Slytherins que animaban sin descaso a su equipo. En escasos cinco minutos, Rose ya estaba calada hasta los huesos. Había abandonado la terrible idea de sujetar un extenso paraguas por encima de sus cabezas ya que no había podido luchar contra el intenso viento más de algunos segundos y ahora se contentaba con luchar por mantener secos sus frondosos rizos color fuego debajo de la capucha de la capa del colegio. Roxane, la hermana pequeña de Fred, que ese año pasaba a segundo, se les unió en las gradas y así completo el grupo de Weasleys que aun quedaban en la escuela después de que Fred y James hubiesen acabado su educación el año pasado.
A través del fiero rugido del viento intuyeron el pitido del silbato de la señora Hooch y vieron las borrosas figuras de los jugadores elevarse en el aire. Slytherin jugaba contra Hufflepuff y aunque el equipo escarlata estaba bastante por encima de sus contrincantes, el primer partido de la temporada siempre era decisivo en cuanto a marcar como seguirían el resto del año, así que prácticamente todo el colegio estaba allí a pesar del mal tiempo.
La señora Hooch soltó las pelotas y el partido dio comienzo. Desde las gradas era casi imposible distinguir apenas los colores de los jugadores que ahora en movimiento se habían trasformado en estelas confusas e inteligibles que cruzaban veloces de lado a lado del campo. La única noción de que estaba pasando en el partido era el lejano eco de la voz de Lorcan Scamander, el comentarista, que se abría paso a través de la lluvia. Lorcan solía derivar sus comentarios hacía la nueva locura que hubiese salido ese día en el Quisquilloso, el periódico de su abuelo materno, el señor Lovedgood, por lo que era fácil que los espectadores perdieran el hilo de lo que Lorcan contaba para volver a prestar repentina atención cuando el joven volvía de nuevo al marcador y gritaba "¡Ah! ¡Albus Potter vuelve a marcar! ¡Ya van 20 a 60 para Slytherin!" La casa esmeralda rugió ante otro tanto de su cazador favorito, seguros de que aquel partido estaba seguramente ganado, aunque expectantes de que pasaría con su buscador. Scoprius era uno de los mejores buscadores que Slytherin nunca había tenido, pero lo bueno del Quidditch era eso, que nunca se sabía a ciencia cierta que esperar de un partido.
El tiempo empeoró aun más. El viento, con un sonoro grito como de ultra tumba, se levantó con más fuerza, y ahora, además de a los paraguas de los espectadores también empujaba a los jugadores, haciendo que fuese extremadamente difícil mantenerse encima de sus escobas. Los siguientes tantos fueron confusos. Hufflepuff había marcado otra vez porque David Flint, el guardián de Slytherin, había sido arrastrado por una ráfaga de aire unos veinte metros lejos de los aros de gol. Por su parte, las serpientes habían remontado otros dos goles pero Lorcan no los había podido ver y solo la mitad del graderío parecía haberse enterado de esos dos últimos tantos. Los Weasley-Potter seguían con los ojos fijos en Albus que se movía a trompicones por el aire medio arrastrado por el viento e intentado que no se desviaran sus tiros de Quaffle. Rose, sin embargo, había perdido el interés en su primo e inconscientemente miraba entre sus rizos alborotados por el viento la figura rubia del buscador de Slytherin. Scorpius sobre volaba el estadio desesperado por encontrar la maldita snitch dorada de una vez y poder acabar aquel horrible partido. Tenía el pelo totalmente pegado a la cara, calado hasta las entrañas bajo su uniforme verde esmeralda. Rose le miraba fijamente desde las gradas con la cabeza hacia arriba, por un momento llegó a pensar que el chico Malfoy la estaba mirando de vuelta, encontrándola entre el gentío, entre los gritos alborotados; pero aquello era imposible.
Scorpius sonrió ligeramente al encontrar la cabellera rojo fuego de Rose mirando hacia arriba, hacía él. ¿Le habría estado buscando por todo el estadio? ¿Estaría preocupada de lo que le pudiese pasar? De repente un ruido sordo debajo de él le saco de golpe de sus ensoñaciones. La grada rujió de desaprobación y Rose se vio obligada a dejar de mirar hacía la figura rubia de arriba y girarse para ver porque protestaban todos. Una bludger había dado de lleno en la cara a Albus, muy cerca de donde los miembros de su familia estaban sentados. Lilly y Hugo gritaban enfurecidos mientras Roxane se tapaba la cara con las manos preguntando si el primo Al estaba bien. Scorpius vio a su amigo tapándose la nariz con una mano, tratando de evitar el torrente de sangre que salía, mientras con la otra sujetaba a duras penas la quaffle e intentaba marcar otro tanto. La pelota sin embargo se le resbaló de las manos mojadas de lluvia y sangre. Scopius tuvo que recordarse a sí mismo una vez más que estaba en medio de un partido de Quidditch, y desvió su mente de la cabellera roja de Rose, castigándose por haber perdido esos segundos en ella en vez de estar buscando la condenada pelota.
Aquel partido había dejado de tener sentido. Albus no podía controlar la hemorragia nasal y la quaffle se le escapaba entre sus dedos manchados cada vez que se la pasaban, el guardián de Hufflepuff había desaparecido arrastrado por otra ráfaga de viento pero nadie conseguía marcar con aquella lluvia y con los golpeadores de ambos equipos, incapaces de controlar las bludgers que cambiaban de dirección repentinamente con los cambios de corrientes huracanadas. En medio de aquel trajín, de la continua e incansable cortina de lluvia, Scopius se lanzaba al vacio a una velocidad alarmante, como si le absorbiera un torbellino, solo que esta vez no era el viento el culpable, sino la dorada snitch que volaba a escasos metros delante de él y perdiendo distancia. El buscador del equipo contrario se había lanzado también después de Scorpius casi llegando a la par. Ambos jugadores giraban por el estadio sin observar a nada ni nadie a su alrededor, las manos extendidas esperando asir la preciada pelota. Rose se levantó del asiento ansiosa, siguiendo con la cabeza la estela que dejaba Scorpius por el aire. Por una vez, no le importó que alguien pudiese ve el gesto de preocupación que se marcaba en su semblante. Los buscadores se aproximaban peligrosamente hacía la gran estructura de madera de una de las tribunas mientras todo el graderío se aguantaba la respiración en un silencio de expectación que solo lo rompían los rugidos del viento y el caer de la lluvia.
Scorpius veía la mancha de colores que se aproximaba hacia él, o a la que él se aproximaba, consciente de que si seguía detrás de la escurridiza snitch el choque sería inminente. Pero tenía que atraparla, no había oído el marcador de tantos pero estaba más que seguro de que necesitaban los 150 puntos de la snitch para ganar el partido. Tenía que acabar ya, tenía que atraparla, no podía dejar pasar esa oportunidad, ...
Scorpius sintió como sus dedos se curvaban alrededor del frío tacto de la pelota dorada, sintió también el impacto de su brazo contra algo duro, sintió como colapsaba todo su cuerpo contra aquel amasijo de tela firme y madera, sintió dolor, y luego no sitió nada más...
"¡ Y Scorpius Malfoy ha cogido la snitch! ¡Esto le da 150 puntos a Slytherin que ganan el partido!" Gritó Lorcan desde su megáfono mágico y añadió con tono despreocupado "Pero alguien debería ir a ver si está bien, parece inconsciente"
La parte esmeralda y plateada del público rugió, entre la alarma y la alegría, mientras se precipitaban escaleras abajo. Rápidamente la señora Hooch conjuró una camilla flotante y en apenas unos minutos se llevaban a un Scorpius inconsciente flotando hacía el castillo rodeado del resto miembros de su equipo, con Albus aun sujetándose la cara, con la hemorragia aun en pleno funcionamiento, sus ropas antes de color verde, ahora casi completamente teñidas de rojo.
Rose se quedó paralizada en su sitio, en su cabeza se habían difuminado los gritos de las miles de personas de su alrededor, se habían difuminado también los truenos de la tormenta y los aullidos del viento, en su cabeza solo se podía oír una suave voz que repetía 'Por favor que esté bien, por favor que esté bien' una y otra vez. Notó como una mano tiraba de su brazo para que se moviera y se encontró conducida devuelta al castillo con Dominique a un lado y Lilly al otro. En torno a ella, la masa de alumnos que volvían hacía las puertas del castillo comentaban alegres el resultado del partido o que manjares elegirían hoy de las enormes mesas de madera del Gran Comedor; pero Rose necesitó unos minutos más de somnolencia inducida. No entendía como la imagen del cuerpo inconsciente del chico Malfoy podía haberla afectado de esa forma. A ella le daba igual que le pasara a Scorpius Malfoy. Claro que no le deseaba la muerte a nadie, pero si el chico debía pasar el resto del curso ingresado en San Mugo, tanto mejor para ella ¿no? Así no tendría que cruzarse con su indeseable arrogancia continuamente paseando por los pasillos. Con ese pensamiento, Rose consiguió reponerse de aquel estado de parálisis mental y engañarse a sí misma un poquito más, castigando a esa parte irracional de su cabeza, la cual no paraba de darle problemas últimamente. Sin embargo, Rose no pudo acallar del todo aquel nudo en el estómago que se había instalado en algún rincón de sus entrañas. Y es que, ya se sabe que una mentira siempre engaña a todos menos a nosotros mismos.
Después de la comida, Rose dejó a Dominique camino de la Sala Común de Gryffindor y se dirigió hacía el ala de la enfermería. Le había dicho a su prima que quería ver si Albus estaba bien, aunque una parte de ella sabía que la señora Pomfrey era perfectamente capaz de acabar con una hemorragia nasal con apenas un movimiento de la varita, por lo que seguramente su primo ya haría horas que habría dejado la enfermería. Con un movimiento de cabeza, Rose esquivó aquel pensamiento y siguió andando ligera. No hacía nada malo en comprobar si Albus seguía allí, aunque supiese a ciencia cierta quién sí estaría convaleciente en la enfermería: Scorpius. Pero ella no hacía nada malo, no iba a verle a él, solo era una coincidencia. A pesar de lo convencida que estaba de sus intenciones, Rose dudó unos segundos antes de entrar, con la mano temblorosa sobre el picaporte, tratando de respirar hondo para darse el último empujón que le faltaba.
Cuando finalmente entró, supo al instante que Albus no estaba allí. La sala estaba tranquila, solamente iluminada por una tenue luz de tarde que entraba por las ventanas de los gruesos muros y solo una única cama estaba ocupada en el fondo de la habitación. Rose, inconsciente, dio unos pasos hacía Scorpius y se quedó a su lado, observando cómo respiraba acompasadamente, tranquilo, durmiendo. Rose sabía que no debía estar ahí. No debía, porque seguramente la señora Pomfrey no estaría contenta con que alguien interrumpiera la apacible serenidad de su paciente. Y no debía tampoco, porque no podría soportar la mueca pícara en la cara del chico si despertaba y la encontraba allí, creyéndose, en su inmensa soberbia, que ella había ido allí a llorar sobre su cuerpo desmayado. Pero Rose no se movió. No quería irse, porque esta vez, Scorpius no sonreía con su socarronería de siempre, si no yacía con las facciones duras suavizadas por la tranquilidad del momento. Su pelo rubio pálido apartado de la frente, los brazos, con las ropas de Quiditch todavía asomando por debajo de las sabanas, cuidadosamente apoyados en su pecho, el cual subía y bajaba lentamente al compás de su reposado respirar.
Rose tuvo la impulsiva necesidad de acercarse más a él, de tenderse a su lado y descansar la cabeza sobre su hombro, de quedarse ahí dormida, acariciando la piel traslúcida de sus manos. No lo hizo. Obviamente no podía tumbarse sin más en su cama, cómo iba a explicar algo como eso. No obstante si se había acercado aun más y sin quererlo, bueno, sí que quería, mejor dicho, sin pensarlo fríamente, le había retirado el último mechón de pelo que le caía sobre los ojos, trazando un suave rastro, con la yema de los dedos, por su frente, por su duro pómulo marcado, por la línea de la mandíbula.
"Hola" Dijo Scorpius con un sosegado murmullo mientras abría los ojos lentamente. Rose, entre asusta y avergonzada dio un respingo hacía atrás, rápidamente escondiendo detrás de la espalda la mano con la que había estado acariciando la sedosa piel del chico, intentando en vano ocultar el crimen.
"Yo... solo... Yo... Había venido..." Balbuceaba Rose, demasiado azorada para pronunciar una frase completa, sintiendo aquel inmenso calor en las orejas y las mejillas tan característico, el cual, muy a su pesar, seguramente se traducía ya en un color rojo exuberante. " Había venido a ver a Albus" Dijo al fin casi atragantándose y chocando de espaladas con la cama que estaba al lado de la de Scorpius. Sujetándose para no caer, se dio media vuelta y comenzó a andar hacía la salida casi a trompicones, temiendo tropezar con sus propios pies de puro nerviosismo. Cuando apenas había andado un par de metros oyó la voz del chico en su espalda y se paró en seco.
"No te vayas" Dijo medio gritando Scorpius, aun con los ojos entre abiertos, cargados de la pesadez y el mareo del golpe en la cabeza al caer de la escoba. "Por favor, ..." Añadió en un leve susurro. Rose se dio la vuelta y volvió a caminar temblorosa hacía él. "Me alegra de que hayas venido" Le siguió diciendo mientras se intentaba medio incorporar en la cama. No había muecas pícaras ni medias sonrisas, no había ninguna insinuación arrogante del porque estaba ella allí, ni si quiera había mencionado el hecho de que se había despertado mientras ella le acariciaba las mejillas con ternura. No. Solo había una tímida sonrisa que no parecía de burla, si no de gratitud y algo que Rose solo podía identificar como pura felicidad. Animada por aquella actitud, por la idea de que no fuese a reírse de ella o recordarle aquel gesto tan extraño que acaba de tener con él, Rose se acercó aun más y le ayudó a sentarse en la cama, colocándole los cojines detrás de la espalda, asegurándose de que estaban bastante ahuecados.
"¿Cómo te encuentras?" Le preguntó en un tono a medio decir. "Ha sido una buena caída"
Scorpius amplió aquella tierna sonrisa aun más, cada vez, sintiéndose menos tímido. "Estoy bien, solo sigo un poco mareado. La señora Pomfrey ha dicho que mañana por la mañana podré irme." Miró a Rose, buscando ávido su mirada. Quería saber si aquella pregunta era un mero formalismo, quería saber si estaba preocupada de verdad, si... Si la idea de Rose Weasley a su lado, rozándole la cara con ternura, con cariño, no había sido una completa imaginación suya. La chica levantó los ojos al fin, dejando de mirarse las manos que se retorcían la una dentro de la otra sin saber cómo estarse quietas. También sonreía, también de pura felicidad, y es que, ese era uno de los pocos, si no el único momento en el que Scorpius y Rose habían hablado de esa forma. Con cierto afecto entre ambos, sin gritarse ni burlarse el uno del otro, sin comentarios hostiles, sin sarcasmos ni crueldades. "¿Sabes? Ha sido culpa tuya" Dijo después de unos segundos de miradas silenciosas, Rose endureció el gesto, mirándole atónita. "No me deseaste buena suerte" Siguió diciendo Scorpius levantando una ceja, ladeando la sonrisa, intentando sin éxito romper un poco la tensión del momento, volviendo a su antigua fachada de altanería aprehendida. No lo consiguió, algo había cambiado definitivamente entre ellos. La intensidad, la cercanía y la intimidad de aquel momento habían conseguido que algo cambiase dentro de sus cabezas y consiguiese que él no pareciera tan arrogantemente estúpido para ella; ni ella tan tercamente obstinada para él. La chica volvió a subir la comisura de los labios mientras hacía rodar los ojos y sacudía la cabeza "¿Vas a decirme que ha sido una locura lo que he hecho, verdad?" Preguntó él haciéndola reí r por primera vez.
"Bueno sí que ha sido una locura lanzarse así contra las gradas." Habló Rose al fin, con una carcajada. "Pero si hubieses sido el buscador de mi casa, estaría muy orgullosa de ti"
Una especie de brisa ligera y cálida pareció soplar en algún punto dentro del pecho de Scorpius y la sonrisa subió por fin a su mirada que volvió a brillar con ese tono azul cielo claro que ablandaba sus facciones haciéndole parecer aun más atractivo por ser una belleza más cercana, más amigable, más tierna. Le encantaba la idea de que Rose estuviera de alguna forma orgullosa de él. Le encantaba pensar que ella le aprobaba de esa forma, como sí creer que había hecho una buena jugada con su escoba fuese claramente el comienzo de una serie infinita de ocasiones en las que ella estaría contenta y orgullosa de lo que él hacía.
Sin que aquella felicidad extraña desapareciera de sus semblantes o de sus gestos, Rose y Scorpius siguieron hablando un rato más. Sobre la caída, sobre el partido, sobre el tiempo, sobre cualquier cosa. Porque no importaba de que hablaban o que se decían, importaba que ahora ella estaba sentada en el borde de la cama de él y apenas estaban separados por unos veinte centímetros y ni siquiera parecía que fuesen conscientes de semejante cercanía. Importaba que él se había medio reído cariñoso de su flamante pelo rojo mientras le colocaba un rizo detrás de la oreja, y eso no la había hecho enfadar ni un ápice, sino sonreír aun más. Importaba que ella había vuelto a ahuecarle los cojines, pasando las manos por encima de sus hombros; y él, a cambio, le había alisado sutilmente las arrugas que hacía su túnica sobre su rodilla, como si todo aquello fuese más natural entre ellos que las veces que se habían llamado 'Weasley' y 'Malfoy' con sonoro despotismo en la voz.
"Bueno, ... Será mejor que me marche" Dijo Rose después de un rato. Se levantó de la cama y de repente fue como si saliera de una especie de trance y se diera cuenta por fin de la extrañez e inverosimilitud de aquel momento vivido con Scorpius. Sin embargo, no le disgustó, ni se disgustó a sí misma, simplemente algo le hacía sentir como si durante todo el tiempo anterior a ese preciso momento en el que había entrado en la enfermería, ella hubiese sido condenadamente estúpida. Nunca antes algo le había hecho sentir así de estúpida.
Scorpius no quería dejarla marchar. Quería cogerla de la mano, tirar de ella hacía sí y estrecharla contra su pecho, fuerte, tan fuerte que nunca pudiese alejarse de él. Pero no lo hizo. Pensó que todo aquel momento maravilloso daría para alimentar sus ansiosas esperanzas durante por lo menos un año entero. Y pensó que, quizás, si pedía un poco más, aunque fuese con un leve movimiento de la mano, se rompería aquella magia increíblemente brillante y cálida que les había envuelto y nunca jamás podría recuperarla. Así que se limitó a asentir, a volver a sonreírla, ahora que parecía hasta lícito hacerlo, y a murmurar un casi imperceptible 'Hasta luego' mientras Rose se daba la vuelta y caminaba hacia la puerta de la enfermería.
Rose, con una mano ya en picaporte de la puerta, volvió a girarse sobre sus talones, dispuesta a despedirse una última vez, preparada para guardar aquella imagen en su cabeza para siempre. Pero en lugar de ver a Scorpius, sentado con las piernas estiradas sobre la cama, diciéndole adiós con un movimiento de la mano; Rose se fijó en la montaña de regalos, flores, tarjetas y peluches estúpidos que el chico tenía en una mesita a los pies de la cama. No se había fijado en eso antes. ¿Cómo no se había fijado en eso antes? Estaba claro que, al menos, las flores y los peluchitos de color rosa no serían de sus amigos, ni de sus compañeros del equipo de Quidditch. No, todas aquellas chorradas eran de las numerosas niñatas que iban por la escuela suspirando cada vez que el apuesto, el atractivo, el magnífico Scorpius Malfoy movía un dedo. Rose sintió otra vez un calor que le subía por detrás del cuello hasta las orejas, pero esta vez poco tenía que ver con la vergüenza o la timidez. Era ira. Era una ira irracional y corrosiva que le llegaba hasta la boca del estómago y se escurría dentro como si fuese ácida bilis. Cómo demonios no se había dado cuenta que para Scorpius, ella no había sido más una admiradora más que corría desesperada a descubrir si su adorado chico seguía vivo. Agg, cómo demonios, ella, Rose Weasley, la chica más inteligente de todo el colegio, se había dejado engañar por las buenas maneras y las sonrisitas estúpidas del petulante Scorpius Malfoy, el cual, no solo volvería a su estúpida sala común con los brazos cargados de regalitos de todas aquellas muchachas insufribles y descerebradas; si no que encima volvería jactándose ante sus amigos que había conseguido mentir, estafar, falsear delante de la mismísima chica Weasley.
Con una mueca de espanto en la cara Rose volvió a girar sobre sus talones y salió de la enfermería dando un portazo. Scorpius, que no había visto en que se había fijado Rose al volverse y mirar hacia él, que no había llegado a ver a través de la estancia el cambio de expresión en el semblante de la chica, hizo caso omiso al excesivo ruido de la puerta al cerrarse y se quedó embelesado, mirando al techo de la enfermería con los brazos detrás de la cabeza, soñador, disfrutando en sus labios los posos de lo que había sido, oficialmente, el mejor momento de toda su vida.
Esta es mi primera historia, espero que la disfruteis.
Agradeceré todo tipo de reviews, comentarios, pegas, ect...
Muchas gracias por pasaros.
