La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling

CAPÍTULO 4

Scorpius abrió los ojos lentamente, con cuidado, despertando los párpados que estaban aun aletargados por las lágrimas secas. Extendió una mano, apartando una esquina de las cortinas adoseladas para ver el reloj que descansaba sobre su mesilla. No eran más de las cinco y media. En breves, su dormitorio despertaría del sueño comenzando el día como de costumbre, y él, se vería arrastrado a tener que comenzar también junto a los demás. Pesadamente, volvió a meter la mano dentro de las cortinas y tiró de su colcha verde y plata hasta taparse la cara con ella, escondiéndose. No quería levantarse. No quería dar explicación a aquella aureola roja que seguramente rodeaba sus ojos cansados del insomnio y de tanto llanto; ni explicar aquella cara taciturna, enmohecida, vacía de toda expresión. Tampoco quería tener que inmiscuirse en conversaciones que no le interesaban ahora mismo, ni en clases a las que no deseaba acudir, ni en lecciones que no le apetecía escuchar. Definitivamente, no quería estar en ese lugar. Necesitaba estar lo más lejos que fuese posible de su dormitorio en las mazmorras de Hogwarts, porque lo que realmente no quería por nada del mundo era volver a encontrarse con Rose Weasley.

La escena del día anterior en la biblioteca no había sido para tanto, se decía Scorpius a sí mismo, al menos no había oído algo que Rose no le hubiese dicho antes. Pero estaba arto. Estaba arto de ser el foco de su odio, de toda su aversión. Arto de oír una y otra vez la misma historia ya cansina sobre su apellido, sobre el estigma de su familia. Arto de permitir que aquella niñata engreída y sabelotodo le dejase en ridículo de aquella forma ¿Por qué le tenía tanto rencor? Sabía que sus padres nunca se habían llevado bien exactamente, sabía que su padre había hecho algunas cosas horribles durante los años de la guerra, pero eso no era razón suficiente, él no era su padre y además, habían pasado más de veinte años de aquello y ella ni siquiera lo había vivido en sus propias carnes, ¿Por qué seguía Rose Weasley insistiendo en castigarlo por todas aquellas cosas del pasado que poco tenían que ver realmente con ninguno de los dos?

Daba igual, porque de lo que verdaderamente estaba arto era de sí mismo. ¿Por qué tendría que estar enamorado de Rose Weasley? Había un montón de chicas, seguramente maravillosas, que estarían más que satisfechas de que él, Scorpius Malfoy, les dedicara al menos una sonrisa. Podría salir con cualquiera de ellas. Pero no podía engañarse de ese modo, y tampoco engañarlas a ellas, y es que tarde o temprano encontraría la forma de que su cabeza, y su corazón, volvieran a pensar en Rose Weasley. En la maldita Rose Weasley. Con aquel pelo tan rojo y tan deslumbrante que se anunciaba en la distancia como un faro de luz brillante. Con aquel sin fin de pecas que le surcaban la cara, el cuello, la piel de los brazos, como si fuesen un mapa de las constelaciones y contasen con estrellas historias de héroes y dioses. Con aquella risa sonora y contagiosa que se extendía por los pasillos del castillo, llegándote hasta el alma y elevándote el espíritu unos centímetros por encima del suelo. Con aquellos ojos de color azul oscuro, el azul oscuro de un mar que, en días tranquilos, te inundaba por dentro con un agua cálida, suave; pero en días de tormenta te levantaban como a un barquito de vela en medio de las grandes olas de un huracán.

¿A quién podría engañar? Estaba locamente y perdidamente enamorado de Rose. Daba igual cuantas veces le gritase aquellas cosas horribles, daba igual cuanto le odiase. Nunca podría sacarse de la cabeza aquella forma que tenía la chica de concentrarse absorta en sus pergaminos, ajena a todo el murmullo exterior, ensimismada en sus palabras. Aquella forma de brincar con la mano levantada en clase, incapaz de sostener la respuesta dentro de su boca. Aquel gesto ávido de información, que le iluminaba la cara cuando le enseñaban algo nuevo, como si el conocimiento fuera el único alimento que necesitase para crecer, para vivir. Cuantas veces había soñado con que Rose le mirase a él de la misma forma con la que miraba los libros, con aquel amor infinito que traspasaba su mirada y parecía acariciar las páginas. Con que le alborotase el pelo con ternura y se abrazase divertida de sus hombros como hacía con su primo Albus, apoyando su cabeza sobre él. Con que le dedicase una palabra amable, entre medias de su bonita sonrisa, aunque fuese solo una, una muy pequeña...

Pero Rose Weasley nunca haría ninguna de esas cosas y tampoco sentiría nunca ni una gota, ni una ínfima molécula de todos aquellos sentimientos que él tenía por ella. Lo había demostrado aquellos días de atrás. No le importaba que Scorpius hubiese podido dejar de ser un arrogante y un presuntuoso con ella, no le importaba que ambos hubiesen sido capaces de sentar una tregua entre ellos y hablarse como se hablan los seres humanos, no le importaba que, de hecho, hablarse hubiese sido divertido y placentero y ambos se hubieran despedido con una amplia sonrisa en la cara. No, no le importaba, porque por alguna causa intrínseca que iba más allá de la razón y la lógica, e incluso, de la emoción, ella siempre volvería a odiarlo al día siguiente.

Scorpius suspiró honde debajo de la colcha, con la cara hundida en la almohada. Había oído como sus compañeros de cuarto se levantaban con sonoros bostezos, como comenzaban a vestirse e iban saliendo poco a poco de la habitación para ir a desayunar. Lo había oído, pero había sido incapaz de mover ni un músculo. La pena y el cansancio le caían sobre el cuerpo como un peso muerto, impidiéndole si quiera levantar los brazos o mover los dedos de sus manos. El silencio se hizo en la habitación y Scorpius pensó que todo el mundo habría subido ya al Gran Comedor, sin embargo, Albus seguía sentado sobre el borde de su cama mirando fijamente a las cortinas corridas de la cama de al lado.

De repente, Scorpius notó como algo o alguien corría de un tirón sus cortinas; notó como se hacía la luz y la negra oscuridad de dentro de sus párpados ahora era más bien un gris blanquecino. "¡Venga, Scorp!" Le gritaba Albus terminando de abrir del todo el dosel de la cama y tirando sin compasión alguna de la colcha de su amigo. "Vístete tío, o llegaremos tarde a desayunar." Scorpius no se movió. Volvió a hundir la cara en la almohada, haciendo caso omiso a la ligera brisa fría que le subía por los pies descalzos, ahora sin la protección de las mantas. Albus soltó un bufido exasperado "Tío, te lo advierto, no pienso irme sin ti y ya sabes de qué humor me pongo cuando no desayuno".

Scorpius decidió por fin levantarse a regañadientes y empezar a vestirse con cierta rapidez. Había sido una buena amenaza, lo reconocía. La falta de comida actuaba sobre Albus como la peor de las maldiciones, y dadas las circunstancias, Scorpius no estaba dispuesto a aguantar, además de a su propio mal humor, a los constantes gruñidos hambrientos de su amigo que sin duda durarían hasta la próxima hora de comer.

Albus se volvió a sentar sobre su cama, esperando a que su amigo terminara de colocarse el uniforme del colegio. Le había oído llorar silencioso durante gran parte de la noche desde la cama de al lado, pero no había sabido que decir o que hacer. Era difícil entre chicos hablar de aquellas cosas. Si hubiesen sido Lilly o Rose las que estaban llorando habría sido muy fácil levantarse e ir a abrazarlas, para que supieran que dijeran lo que dijeran los demás, él siempre estaría ahí para ellas. Pero con Scorpius era distinto, ellos era tíos, hombres; así que, no había sido capaz de hacer nada y se había limitado a dejarlo llorar esperando que al día siguiente todo pareciera olvidado, o al menos enterrado con las lágrimas debajo de las sábanas. Sin embargo, nada parecía haber quedado abandonado en la cama y la melancolía parecía seguir pegada sobre las facciones de su amigo. Le había dedicado una sonrisa medio sarcástica cuando había comprendido la naturaleza de su brillante amenaza para levantarle de la cama, pero después había vuelto a mudar el gesto y se había quedado así, lúgubre y ceñudo, reptando desganado por la habitación y por la vida.

No le había visto así, tan triste y apático, desde la muerte de su abuelo. Scorpius no era de esa clase de personas que van por ahí gritando a pleno pulmón lo que sienten o lo que dejan de sentir. Ni siquiera solía alterarse, dejando que el enfado y las hormonas le traicionasen delatándolo. No, Scorpius Malfoy era bastante diestro en doblegar sus propias emociones y tragárselas hacia dentro. Sin embargo, en escasas ocasiones, se instalaba sobre él un nubarrón negro, invisible a los demás, pero que le hacía sombra y palidecía aun más sus rasgos. El tono blanquecino y descolorido de su piel se volvía aun más lívido y el color de sus ojos se aplanaba, unificándose en una mancha de aquel gris tan frío y tan distante. Una vez que aquella nube flotaba ya sobre su cabeza, nada ni nadie podría hacerla desaparecer salvo él mismo, porque él no hablaría del tema y nadie sabría tampoco como hablarle del tema a él. Solo cabía entonces esperar a que el viento empujasen poco a poco aquel cúmulo en el clima de su alma y el tiempo borrase la tormenta. Mucha gente atribuía aquella manera tan cohibida de sentir a una educación severa e intransigente. A una vida dentro de una enorme mansión de muros gruesos y suelos de frío mármol, donde los sentimientos, si se pronunciaban en voz alta, se volvían ecos en el espacio vacío y se iban apagando, poco a poco, sin llegar a ser escuchados. Pero nada estaba más lejos de la realidad, porque entre esos muros gruesos, sobre aquellos suelos de frío mármol no había estado el especio vacío, si no sus padres, siempre dispuestos a secar sus lágrimas amargas y soplar el escozor de sus heridas. Si Scorpius era callado y comedido era exclusivamente porque él era callado y comedido. Simplemente tenía esa forma particular de lamerse el mismo sus arañazos, como si el hecho de no prodigar en voz alta los agravios hiciera que no estuvieran realmente ahí.

En silencio, los dos chicos salieron por fin de su dormitorio y subieron hasta el Gran Comedor, cruzándolo hasta la mesa del fondo, la mesa de Slytherin. Scorpius hizo todo aquel trayecto con el cuello rígido y la mirada tensa. No desviaría los ojos hacía la mesa de Gryffindor, no la buscaría entre el gentío, entre los murmullos alborotados del resto de alumnos. No. Si su razón no era capaz de someter los arbitrarios y dolorosos deseos de su estúpido corazón, al menos este tendría que desear a un fantasma, porque nunca más volvería a mirar a Rose, nunca más volvería a recorrer sus rizos, o sus pecas, o la línea de sus labios, no, ignoraría por completo su presencia hasta que su imagen desapareciera de su recuerdo y su mente simplemente se olvidase de ella.

Sin embargo, si Scorpius hubiese querido fijarse en la mesa de Gryffindor, al menos durante unos instantes, habría visto a Dominique Weasley y a Alice Longbottom charlando alegremente con algunos de los chicos de su curso. Habría visto a Lilly Potter jugando a los naipes explosivos con Hugo Weasley y Hannah Mclaggen entre los tazones de desayuno y el zumo de calabaza. Habría visto a los demás alumnos de Gryffindor desayunando tranquilamente en aquella mañana fría de octubre. Pero no habría visto a Rose Weasley, la cual, por primera vez en todos sus años en Hogwarts, no estaba donde debía estar, desayunando con sus compañeros de clase, sino que estaba cinco pisos por encima de ellos, acurrucada entre el calor y la maternal ternura de sus mantas, incapaz de contener aquel torrente de lágrimas calladas que le resbalaban por el alma. Un alma que dolía de culpa y rabiaba de enojo a la vez.

Rose volvió a frotarse los ojos con cuidado. Los sentía doloridos e hinchados bajo sus manos. En vano, volvía a intentar dejar de llorar, pero desde que se hubiera despertado de golpe aquella mañana, con la horrible sensación de no haber dormido nada en absoluto, un goteo continuo de agua salada había vuelto a caer incontrolable sobre la almohada, empapándola de censura propia, furia y algo más que no quiso distinguir.

Se había pasado todo el día anterior encerrada en la biblioteca, agazapada bajo los libros, escondida entre la seguridad y la paz que le proporcionaba la palabra escrita; y es que, el señor que hablaba sobre las plantas mágicas del mediterráneo y aquel otro que contaba sus siniestras experiencias con los vampiros del este de Europa, nada sabían sobre las horribles palabras que habían salido de su boca sin sentido alguno. Y como no sabían nada, tampoco la juzgaban ni la reprendían, ajenos a todas sus desdichas. Así, entré libros y pergaminos, había sido capaz de controlar, ignorada en un rincón oculto de su mente, la oleada de malos sentimientos que, no obstante, se había desatado a través de cada poro de su piel en el primer momento en el que había puesto un pie fuera del refugio de la biblioteca. Dejando atrás aquel santuario de silencio, su propia voz, cruel, feroz, había retumbado en su cabeza persiguiéndola como si sonase amplificada por los pasillos del castillo. Rose, había corrido despavorida entonces, huyendo a encerrarse en su habitación, entre las cortinas escarlatas de su dormitorio en la torre de Gryffindor, pero la voz la había seguido y alcanzado allá a donde iba y la había dejado rumiando aquella extraña culpabilidad durante toda la noche. Susurrándole en la oreja con cada vuelta que daba sobre el colchón, despertándola cada vez que parecía que por fin empezaba a adormecerse.

No entendía porque se sentía tan culpable. No había dicho nada que no hubiese dicho antes, no le había gritado nada a Scorpius que no le hubiese gritado ya en otras ocasiones. Sin embargo, esa vez, algo a la altura del pecho la urgía a correr a buscarle y disculparse, implorando su perdón, como si supiera que nunca jamás volvería a dormir si no se sentía perdonada. Entonces, ¿por qué razón no iba y le pedía perdón sin más? No podía. Se sentía culpable, sí, pero también sentía un enfado tal que notaba como podría escupir fuego por la boca si intentaba si quiera ponerse frente a él. Pero ¿por qué estaba tan enfadada?

Rose intentó desmembrar sus emociones, analizando cada parte, como hacía con todo a lo que se enfrentaba. Pero esta vez, la racionalidad del pensamiento lógico no la ayudarían a entender nada, porque aquel sentimiento corrosivo de cólera y enojo no estaba situado en ningún lugar de su razón, si no que había nacido en un sitio mucho más profundo y se había extendido por sus entrañas colonizando cada rincón, dueño de todo el territorio. No estaba enfadada con Scorpius por aquella estúpida butaca de la biblioteca, No, aquello solo había sido una escusa estúpida para poder al fin descargar su frustración interna contra el foco de sus rencores. Ya había llegado hasta allí con aquella sensación de enojo instalada en su interior porque la llevaba arrastrando desde el día anterior, desde que había cerrado de un portazo la puerta de la enfermería. Y es que estaba enfadada con Scorpius porque la había engañado. La había mentido con aquella voz suave, pidiéndole que se quedara, diciéndole que se alegraba de que ella estuviera allí. ¡Cómo si ella fuese algo o alguien para él! La había mentido con sus buenas maneras, con aquella forma de mirarla, con aquella sonrisa que fingía ser tierna y tímida; y todo para poder añadir su nombre en la larga lista de niñatas descerebradas que iban por la escuela persiguiéndole, suspirando por sus huesos.

Rose salió al fin de la cama, airada, secándose el surco que le habían dejado las lágrimas sobre las mejillas con el dorso de la mano, sin cuidado, casi con saña. Había encontrado al fin una emoción que le hacía sentir mucho mejor que la culpa, y aunque aquella ira irracional no era la mejor forma de levantar el ánimo, al menos podía lanzar los cuchillos afilados contra otra persona y no contra sí misma. Sin embargo, un susurro en la parte de atrás de la cabeza amenazaba con volver a desestabilizarla. Scorpius no había alardeado de admiradoras, no las había mencionado delante de ella, ni siquiera había mirado aquellos regalos que tenía a los pies de la cama. Solo había tenido ojos para ella. Mientras hablaban en la cama de la enfermería, el chico no había dejado ni un segundo de clavar su mirada gris azulada sobre Rose, acercándose sutilmente, posando con cuidado una mano sobre su rodilla con dulzura, como pidiendo permiso. Tampoco había ido por ahí contándole a todo el mundo que Rose Weasley había ido a visitarle a la enfermería. Ni siquiera se lo había contado a Albus, su mejor amigo, porque Rose sabía a ciencia cierta que su primo habría ido corriendo a preguntarle si Scorpius le hubiese dicho algo. La verdad era que no parecía que Scorpius hubiese querido engañarla...

Rose sacudió la cabeza intentando acallar aquel susurro, intentado echarle de sus pensamientos con aquel zarandeo. Orgullosa hasta la médula, la chica era incapaz hasta de admitirse una derrota a sí misma. Estaba resuelta a estar enfadada con Scorpius Malfoy, a creer obcecada que no era más que un soberbio y un arrogante, y que necesitaba, de forma patológica, sentirse por encima de los demás. Estaba resuelta a creer aquello porque si no, tendría que admitirse a sí misma que si sus entrañas rugían de furia contra Scorpius, era porque, de alguna forma que aun no comprendía, el chico se había colado en algún lugar de sus adentros, alterando su raciocinio y agitando los latidos de su corazón. Pero aquello era imposible. Y teniendo en cuenta que Rose Weasley era una bruja, que toda su familia estaba llena de brujas y magos y que era capaz de hacer cosas maravillosas con su varita mágica, aparentemente un mero palo de madera; decir imposible era decir mucho.

Se acercó hasta el espejo para terminar de ajustarse la túnica del uniforme. Se había saltado un desayuno, sí, pero Rose Granger Weasley siempre iba impecablemente vestida. Levantó la mirada y se encontró con sus propios ojos devolviéndosela. Había hecho bien en no bajar al Gran Comedor con Alice y Dominique, no habría sido capaz de esconderle a sus amigas las rojeces que ahora surcaban las comisuras de sus ojos y que delataban sus llantos nocturnos. A Rose le hubiese gustado poder contarle a sus amigas porque había estado llorando toda la noche, le hubiese gustado dejar que la abrazasen y la consolaran, hablando de todo el chocolate que le comprarían en Honeydukes para resarcirla. Pero no podía, no debía decirles nada porque ni siquiera ella misma tenía una explicación razonable para toda aquella zozobra. De repente, sintió una punzada de amargor al recordar las últimas palabras de Dominique antes de cerrar la puerta aquella mañana y dejarla sola en la habitación: "Rose... Si te pasa algo, si... estás triste por algo... Bueno, ya sabes que nosotras estaremos ahí cuando estés preparada para contárnoslo ¿verdad?"

Rose no había contestado, conteniendo como podía otro sollozo, no había sido capaz de emitir ningún sonido. Era verdad que ellas estarían ahí. Se conocían desde que tenía uso de razón, claro, Dominique era su prima y Alice era la hija de uno de los mejores amigos de sus padres; y siempre habían estado ahí para ella. Aunque al principio de sus años de juegos, Rose había estado más unida a Albus, con el tiempo había descubierto lo agradable que era tener amigas. Chicas con las que hablar las cosas que solo puedes hablar entre chicas.

Eran bastante distintas entre ellas, eso sí. Dominique, con aquella belleza imponente que resbalaba a borbotones por los destellos plateados de su pelo rubio, tan segura siempre de sí misma, caminaba entre la gente como un torbellino, levantando miradas y suspiros de admiración. Era charlatana y distraída por naturaleza, con la mente flotando a cierta altura por encima de las nubes, como si viviese de manera perpetua en un cuento de princesas, príncipes y dragones. Sin embargo, al contrario de lo que solía pensar la gente, en sus cuentos, era la princesa la que mataba al dragón, porque Dominique Weasley no necesitaba a nadie para luchar sus propias batallas y era muy capaz de saltar en defensa de alguno de los suyos sin pensárselo dos veces. A veces, corrían ciertos rumores un tanto feos por la escuela, casi siempre inventados y empujados por algún chico resentido, y es que, había que admitir que Dominique había besado ya a más de uno en los numerosos armarios escoberos que servían de escondrijo a las parejas de adolescentes exaltados. De todos modos, Rose sabía que su prima tenía un grandísimo corazón, y, aunque un poco libertino, cuando quería a alguien lo quería con todas sus fuerzas.

Alice era todo lo contrario. Callada, tímida, infinitamente modesta, con aquella risa elegante y ligera que te llenaba por dentro, pero que solo regalaba a aquellos que la conocían bien. Le gustaba hablar de chicos, como a todas, pero se limitaba a mirarles de soslayo, incapaz de agarrar y sostener sobre sí misma aquella seguridad y confianza que a Dominique parecía sobrarle. Sin embargo, nunca la encontrarías mirado airada o molesta, y nunca la encontrarías hablando mal a espaldas de nadie. Alice era, lo que comúnmente suele decirse, un cacho de pan. Era buena de manera innata, sin proponérselo, nunca juzgando a nadie, y es que, como ella siempre solía decir, 'Todo el mundo está luchando una batalla interna de la que tú aun no sabes nada, no le sentencies antes de llegar a entenderle'. Mucha gente había llegado a pensar que el sombrero seleccionador se había equivocado con ella, que con aquella naturaleza tan pura y cordial, Alice Longbottom debía necesariamente pertenecer a Hufflepuff. Lo que mucha gente no sabía es que era ella la primera en cruzar un pasillo tenebroso y oscuro sin un gesto de duda en la cara y era ella la primera en acudir corriendo ante el grito desgarrador de alguien en peligro. Porque Alice tenía más agallas que modestia; y eso era decir demasiado.

Rose no pudo evitar sonreír levente al pensar en sus dos amigas. No estaba preparada para estar contenta del todo, no con aquella vorágine de sentimientos encontrados luchando en su interior, con aquel nudo en el estómago que amenazaba a cada segundo con deshacerse de nuevo en un torrente de lágrimas. Pero pensar en sus amigas aplacaba ligeramente aquella amargura en el alma así que se decidió a volcar sus pensamientos exclusivamente en ellas y tratar así de empujar a la fuerza la imagen de Scorpius fuera de su cabeza. Quedaban cinco minutos para que comenzara la primera clase del día, así que Rose cogió su mochila con prisas y corrió por los pasillos hasta llegar a su aula. Aun no había nacido una persona que consiguiese romper el expediente de puntualidad intachable de Rose Weasley.

En un principio, este capítulo estaba unido al siguiente,

pero no quería avasallar con algo demasiado largo.

Aunque ha quedado un poco corto y vacío de mucho argumento espero que os guste.

Subiré enseguida el próximo para los que queráis seguir leyendo

Espero sus reviews y muchas gracias por pasaros