La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling

CAPÍTULO 5

Los días se sucedieron los unos a los otros de la misma forma que se sucede el tiempo, un segundo tras otro y sin ningún instante entre medias. A cada amanecer, se elevaba un poco más sobre su reino el rey invierno. Las grises lluvias del otoño se dejaban morir para dar paso aquellos días despejados, pero tan fríos, tan gélidos, que, aunque bien arriba en un cielo carente de nubes, el sol nunca llegaba a calentar nada. Los amplios terrenos del colegio esperaban callados a que cayeran las primeras nevadas.

Para Rose y Scorpius, absolutamente nada cambió en esas semanas de noviembre, como si el frío de aquel invierno que empezaba a asomar les hubiese congelado el semblante y el alma. Él, taciturno, con los ojos manchados de una sombra lúgubre. Arrastrando los pies por las baldosas del suelo como si le hubiesen arrancado de cuajo el motor que le impulsaba a vivir. Con la única y exclusiva resolución vital de no mirarla, para que el olvido hiciese mella en su espíritu y su imagen desapareciera. Ella, con los nervios crispados por aquel vaivén de emociones que no se ponían de acuerdo en que sentir. Tan pronto, su inflamado corazón quería vomitar un 'lo siento' cuando notaba a Scorpius pasando por su lado, altanero como siempre, con la cabeza bien alta y la mirada desviada hacia otro lado; tan tarde, lo único que le salía de dentro era aquella mueca de profundo desagrado y odio. Sin embargo, ambos se olvidaban de aquella fachada mentirosa de desinterés mutuo cuando se cobijaban entre las sábanas y la noche, y se deshacían en las lágrimas de una añoranza de la que Scorpius era muy consciente y Rose simplemente trataba de ignorar. Se echaban de menos. Echaban de menos un mirarse con vergüenza por los pasillos del colegio, a través del Gran Comedor; un hablarse, con calma, con ternura, que aun no había ocurrido en la realidad pero que ambos deseaban. Echaban de menos hasta sus tontas peleas continuas, porque al menos así suponía que ambos eran conscientes de la presencia del otro, y es que había llegado un punto en el que era demasiado doloroso seguir evitándose.

Albus y Scorpius subieron corriendo al Gran Comedor para poder coger algo de desayunar antes del comienzo de las clases del día. A Scorpius se le habían vuelto a pegar las sábanas. No dormía bien, daba vueltas y más vueltas sobre el colchón y cuando conseguía caer en el sueño, nunca era demasiado profundo, por lo que se le apoderaba el cansancio por las mañanas y le costaba mucho levantarse de la cama. Albus le esperaba paciente en vez de adelantarse él e ir yendo a desayunar. Quería que a su amigo se le pasase aquel humor tan tristón y apesadumbrado. En verdad, estaba empezando a hartarse de tener que llevar siempre arrastras a un Scorpius desganado y sin vida, y poco a poco, la infinita paciencia que había tenido con él iba llegando a un límite demasiado peligroso de cruzar.

"Flint me ha dicho que tenemos entrenamiento este sábado" Le decía Albus a Scorpius en medio de la carrera para llegar a la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas que tenía lugar en los límites de los terrenos con el Bosque Prohibido, cerca de la cabaña de Hagrid. "Dice que tenemos que familiarizarnos con el frío para el partido contra Ravenclaw"

"mmhh..." A veces, Scorpius estaba tan ensimismado en su propia pesadumbre que se olvidaba de intentar mantener una conversación de verdad.

"¿Sabes? ¡Me tienes arto!" Gritó de repente Albus, parándose en seco. Scorpius, que había dado un par de pasos más con sus largas piernas, antes de darse cuenta de que su amigo se había quedado detrás de él, giró sobre sus talones y se quedó mirándole atónito. "Maldita sea, Scorpius. Llevas días así, como apagado. Estás volviéndote insoportable".

Scorpius soltó un bufido, no tenía ganas de aquello. "Pues siento mucho si ya no me soportas Albus, pero te he dicho mil veces que estoy igual que siempre".

Albus no quería tratar mal a su amigo, no quería decirle nada cruel, pero había llegado hasta allí, así que era el momento, ahora o nunca, de acabar con toda aquella tonteria de una vez. "Oye, tío,... mira, siento lo de Rose, siento que te hablase así, pero no es la primera vez que lo hace. Mi prima puede ser una imbécil, no sé de qué te sorprendes" Nunca había hablado de forma sincera acerca de su prima, nunca se había atrevido a decir lo que pensaba de verdad para no herirle, pero esta vez, aquello era necesario. "No puedes seguir poniéndote así cada vez que le dan una de sus rabietas porque esta no ha sido ni la primera ni la última y tú lo sabes-"

Scorpius no le dejó terminar, su amigo no sabía ni la mitad de la historia, esa vez si había sido diferente. "Mira Al, tú no sabes nada, no te metas ¿vale?"

"Entones, ¿por qué no me lo cuentas?" Sonaba con un ligero tono de súplica.

Scorpius se dio cuenta por primera vez en días que quizá se había estado comportando como una auténtica mierda con su mejor amigo. Había estado callado la mayor parte del tiempo y el resto lo había pasado encerrado en la biblioteca fingiendo que estudiaba. Le debía al menos una explicación "Esta vez ha sido distinto, porque... porque..." Albus le miró, invitándole a seguir hablando. No se imaginaba porque esta vez, aquel comportamiento tan común que tenía su prima con Scorpius podría ser diferente, pero al menos, su amigo, estaba emitiendo algún sonido por la boca, cosa que no podía decirse que hubiese ocurrido demasiado en aquellas semanas. "El día del partido contra Hufflepuff, después, cuando estaba en la enfermería, Rose vino a verme. Bueno, dijo que había ido a buscarte a ti, pero el caso es que estaba allí. Mientras yo dormía, ella... ella se acercó a mi cama y ... bueno tuvo una especie de gesto cariñoso conmigo." Le daba extremada vergüenza relatarle aquel momento a su amigo pero se había arrancado a hablar y ahora no pararía hasta contarle la historia completa. " Cuando desperté del todo, ella se quedó allí conmigo y estuvimos hablando. Hablando de verdad, Al, sin gritarnos o soltar comentarios sarcásticos, hablando como estamos hablando tu y yo ahora. Bueno, más o menos. Ella se reía. Nunca la había visto reírse con nada de lo que yo hubiese dicho. ¿Lo entiendes? No se reía de mi, se reía conmigo. Y... y estaba como amable, como afectuosa conmigo. Me ahuecaba los cojines de la cama..." Dijo aquella última frase con la mirada fija en el suelo pero con un deje soñador. Pronunciar en voz alta aquellas palabras le habían hecho volver a recordar aquel momento y no pudo evitar que el aleteo de una pequeña e ínfima esperanza se levantara en su interior.

Albus, sin embargo, no había podido evitar una carcajada mientras musitaba entrecortada la pregunta "¿Te ahuecaba los cojines?"

"!Oye, si vas a reírte en mi cara te puedes ir yendo a la mierda¡" Gritó Scorpius, pero Albus negó repetidas veces con la cabeza intentando controlar las carcajadas, así que el chico siguió hablando. "Tú no lo entiendas. Una tarde, ella está ahí, sentada en mi cama de la enfermería, ahuecándome los cojines de la cama. Y al día siguiente está gritándome y diciéndome unas cosas horribles. Es desesperante." Scorpius miró por fin a su amigo a los ojos, buscando en los ojos verde intenso, herencia de los de su padre, algo de comprensión. Albus había dejado de reírse ante aquel quejido tan lastimero y ahora le miraba fijamente intentando decir ' lo siento' con la mirada. "Pensaba que esta vez todo sería diferente, que ya habíamos dejado de ser crueles el uno con el otro y que quizá podríamos ser amigos..." Scorpius volvió a girar sobre sus talones y echó a andar sobre la hierba escarchada que crujía bajo sus pies, de camino hacia la cabaña del guardabosques.

Albus le alcanzó con unas zancadas y pasando un brazo por encima de sus hombros le dijo "¿Quieres que hable con ella?"

Scorpius le miró agradecido pero negó despacio con la cabeza. "No, déjalo. Es mejor así." No sonaba demasiado convencido "Tienes razón, no sé de qué me sorprendo".

Terminaron de recorrer el trayecto que les quedaba hasta el linde del bosque en silencio y saludaron a Hagrid que esperaba a sus alumnos favoritos con una amplia sonrisa en su amable cara redonda y casi cubierta por completo con su enorme y frondosa barba, en tiempos de un marrón negruzco, ahora surcada por las canas que regala el tiempo y la sabiduría. Scorpius sonreía ahora con sinceridad y no para quitarse a su amigo de encima como había acostumbrado a hacer aquellos días de atrás. De verdad, soltar todo aquello había sido como liberar ligeramente una presión de la que no se había dado cuenta antes, pero que llevaba metida en el pecho, como apretujándole el corazón. Ahora parecía que la sangre era bombeada por sus venas con mucha más facilidad, con mucha más fluidez.

Hagrid les condujo a través del Bosque Prohibido hasta un primer claro, iluminado por aquel sol vago que filtraba la luz entre las ramas más separadas de los árboles, pero no filtraba el calor. Les dividió en varios grupos y les señaló un conjunto de árboles del fondo, llenos de bowtruckles. Unas criaturas del tamaño de una mano y con apariencia de un bicho palo, pero con una cara plana de ojos marrones, grandes y brillantes. Vivían siempre en comunidad, metidos en el tronco de algún árbol, cavando en su interior y comiendo los insectos que se iban colando por los agujeros de la corteza. Ya habían aprendido sobre ellos el curso pasado y habían tenido que identificar unos cuantos entre un montón de ramitas verdes e intentar darles de comer durante su examen práctico del T.I.M.O. Sin embargo, Hagrid les había reservado una tarea más complicada para aquel año. Aquellos árboles estaban en una zona del bosque poblada por otras criaturas, digamos más grandes, por lo que era indispensable trasladar a los bowtruckles desde sus árboles madre hasta otros preparados por Hagrid en otra área más segura del Bosque Prohibido. Parecía una tarea fácil, pero no lo era en absoluto. Los bowtruckles eran criaturas pacíficas y amigables pero extremadamente tímidas y reservadas de los desconocidos. No abandonaría así como así aquel árbol que creían su hogar para irse a pasear con cualquier ser humano que se les pusiera delante. Había que atraerlos con comida y buenas maneras, ganarse su confianza y convencerles con cariño para que se metieran en las jaulas que Hagrid había preparado en claro del bosque para poder trasportarlos.

Solo dos alumnos consiguieron sacar un bowtruckle de su árbol en aquella hora de clase, Alice y Scorpius, los demás como máximo, habían conseguido que las cobardes criaturas aceptaran la comida que les estaban ofreciendo y muchos otros solo se habían llevado arañazos de rechazo en las manos y en los antebrazos. Hagrid felicitó a Alice y a Scorpius regalando 10 puntos a Gryffindor y a Slytherin respectivamente y aseguró a los demás que en la clase siguiente tendría más éxito. Finalmente les volvió a conducir hasta el linde del bosque y se quedó allí cargando unos sacos de tierra y esperando a los alumnos de tercero que bajaban ahora los escalones de la puerta principal del castillo.

"No lo entiendo, se ha comido toda la maldita comida pero cuando he ido a cogerle, ¡mira lo que me ha hecho el muy bastardo!" Albus se miraba las manos arañadas por el bowtruckle que había intentado sacar de su árbol mientras Scorpius se reía a carcajadas, por fin, después de tantos días. Albus y Scorpius no era los alumnos favoritos del profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas por nada, ni siquiera por la amistad que se conocía entre Rubeus Hagrid y Harry Potter, si no porque eran oficialmente los mejores alumnos del curso. La mayoría de los chicos solían abandonar aquella asignaturas después de los T.I.M.O.S para dedicar el tiempo y el esfuerzo a cosas más serias; pero para los dos Slytherins no había nada más serio que dedicarse a lo que mejor se te da. Sin embargo, Albus era más propicio a llevarse bien con criaturas de gran tamaño y alta peligrosidad, como hipogrifos o cosas por el estilo. Si bien, no había heredado aquel valor innato, avocado a la salvación de los demás, de su padre, si había heredado aquella particular temeridad y desdén por la seguridad propia que parecía característica de toda la línea familiar de varones Potter.

Caminaron hasta el castillo y por los pasillos, acudiendo a las demás clases del día y después de comer fueron a su última lección, las dos horas de pociones que impartían en una de las aulas de las mazmorras. Hablaban de los bowtruckles, de las otras criaturas que estudiarían aquel año, de que hacía mucho que no habían ido a tomar té con Hagrid y de que quizás, irían la próxima tarde de sábado a hacerle una visita. Hablaban tan tranquilamente que Scorpius casi se había olvidado por completo de porqué había estado tan triste aquellos días. Tanto aquella conversación con su amigo, como el tierno abrazo de aquella criaturita minúscula y verde, habían hecho mella en el alma dolorida de Scorpius, como si el dolor viniese de un corte en la superficie de la piel y se la hubieran estado limpiando con agua fresca y revitalizante. El chico se arrepintió entonces de no haber querido hablar antes, en las numerosas ocasiones en las que Albus le había preguntado si se encontraba bien. A veces odiaba su propia naturaleza, tan callada, tan reservada, tan hacía dentro. Había tenido que ir siempre por la vida protegiéndose del ataque y la censura contra su familia, y ahora, le costaba confiar en traspasar la frontera de su propia piel, incluso con su mejor amigo. Scorpius sonrió para sus adentros, una sonrisa colmada de gratitud y se obligó a dejar atrás aquel humor desapacible y apesadumbrado, porque Albus tenía razón, se estaba volviendo insoportable.

Entraron en la mazmorra que ya estaba sumida bajo un humo vaporoso y blanquecino que parecía niebla y que emanaba de un caldero que llameaba sobre la mesa del profesor Slughorn. Albus y Scorpius entraron, pasando entre las hileras de mesas donde los alumnos ya estaban colocando sus calderos y sus kits de ingredientes, y llegaron hasta su sitio al principio de la clase. Scropius, ahora que se sentía mucho más contento, casi feliz otra vez, había bajado la guardia y se encontraba ahora a sí mismo de frente a Rose Weasley, mirándola otra vez en el color azul oscuro de sus ojos. La chica, turbada por aquella primera mirada después de tanto tiempo, bajó la cabeza y corrió a escurrirse por su lado para llegar al armario del fondo de la clase, donde el resto de alumnos ya se arremolinaban a recoger la lista de ingredientes que Slughorn había apuntado en una pizarra. Scorpius tuvo que respirar hondo para no caerse, apretando los dedos alrededor del borde de la mesa. Con la mente siguiendo con el rabillo del ojo a la cabellera pelirroja que cruzaba la clase de vuelta a su lugar en la mesa, consiguió trasladarse a su puesto y sentarse al lado de Albus que parecía ajeno a aquel encontronazo.

"Oye, Scorp. Me he olvidado de mi kit de ingredientes en mi dormitorio, ¿te importa compartirlos conmigo?" Era Katie Zabinni, la hermana melliza de Blase. Alta, de facciones limpias y con una cabellera larga y lisa de color negro azabache, que llevaba siempre atada con delicadeza en un lazo verde esmeralda. Parecía gozar de aquella belleza solo digna de la más alta aristocracia. Rose no pudo contener un gesto involuntario de desdén mientras observaba de reojo como Scorpius le hacía un hueco en su mesa a la chica y colocaba sus ingredientes de pociones entre medias de los dos, mientras ambos se rían de algo animadamente. Estaba más que segura que si iba y abría la mochila de Zabinni vería allí su maldito kit de ingredientes, y es que aquello no había sido más que una escusa barata para poder sentarse con él... ¿Por qué siempre iban por ahí persiguiéndolo como si fuese alguna clase de ídolo de masas? Es guapo, contestó una voz en su cabeza. Muy guapo, y además, es amable y cariñoso si le hubieses dado la oportunidad de serlo. Rose sacudió una mano como si aquella voz fuese una mosca molesta que zumbaba cerca de sus oídos y volvió la cara hacía el profesor, intentado volver a concentrarse en lo que debía, intentado en vano ignorar las risitas de Scorpius y Katie que sonaban por lo bajini al otro lado de la mesa.

"Muy bien, silencio chicos" Comenzó la clase el profesor Slughorn, ahora que todos parecían estar sentados en sus sitios con sus utensilios e ingredientes preparados sobre las largas mesas de madera. "¿Quién puede decirme qué es esta poción que tengo sobre la mesa?" Rose levantó la mano de forma inmediata como si tuviera un resorte a la altura del codo, sin embargo, alguien se le adelantó y contestaba ya a la pregunta sin haber pedido permiso para hablar.

"Es el Filtro de Muertos en Vida, señor" Scorpius vio la nota de crispación en la cara de Rose, odiaba cuando alguien contestaba las preguntas de los profesores antes que ella, lo odiaba porque no podía soportar la idea de ser la segundona de clase. En otra ocasión, la habría dejado contestar a ella, admirando aquella sonrisa de autosatisfacción que la chica no podía evitar que le iluminase el rostro. Sin embargo, aquella vez, una especie de arrogancia despótica se había apoderado de él y no podía evitar las urgentes ganas de fastidiarla.

"Correcto señor Malfoy." Le contestó Slughorn con una sonrisa. El profesor de pociones era muy dado a catalogar a los alumnos por las grandezas o bajezas de sus parientes, cercanos o no; por eso, había preferido mantenerse alejado de Scorpius en los primeros años de la educación de este. Scorpius Malfoy venía de una de las más grandes familias de magos de la historia de Inglaterra y reunía en su apellido muchas de las cualidades que a Slughorn más le gustaban en un alumno. Sin embargo, dado los acontecimientos del pasado y la opinión general de la sociedad, ahora el apellido Malfoy también gozaba de sostener una de las mayores manchas de honor de toda la brujería, por lo que, aquel profesor, juicioso y superficial, había decidido dejarse llevar mejor por la opinión pública y había volcado sus atenciones en los hijos de los héroes de la guerra, apartándose lo más posible de apellidos susceptibles de duda. Sin embargo, con el tiempo, Scorpius había conseguido romper aquella barrera invisible a base de conocimiento y buenas formas y Slughorn se había dejado seducir al fin. Seguía sin nombrar a su padre para nada, como si pensase que los demás se habían olvidado de lo que significaba el apellido Malfoy, pero al menos era patente que tenía cierta estima y apreciación por el chico. "Y ahora ¿quién va a decirme qué produce este Filtro de Muertos en Vida?"

Rose volvió a levantar la mano, casi desencajándose el hombro al subirla tan rápidamente, pero Scorpius volvía a adelantarse y contestaba otra vez sin permiso alguno. "El Filtro de Muertos en Vida es un somnífero muy potente, señor, enviando a quien lo bebe a un sueño mortal" Recitó casi palabra por palabra del libro de la misma forma que haría Rose. La chica había bajado lentamente el brazo y ahora agarraba con fuerza el borde de la mesa, con los nudillos casi blancos por la presión.

"Otra vez muy correcto, señor Malfoy" Slughorn volvió a sonreír. Él era el único profesor que habría dejado a un alumno contestar sin levantar la mano. Le encantaba el atrevimiento, la osadía maleducada de alguien con suficientes agallas para contradecir a las figuras de autoridad, por eso era el jefe de la casa Slytherin. "Diez puntos para tu casa, chico, muy bien. ¡Y ahora! Habrá veinte puntos más y un regalo especial para aquel que consiga preparar lo más cercano a un buen Filtro de Muertes en Vida. Tenéis la hora y media que queda de clase. Al final, embotellar vuestra poción en una de estas botellitas de aquí," Dijo señalando unos pequeños frascos de cristal que descansaban sobre su mesa al lado del caldero con su filtro ya preparado " y al próximo día sabremos quién realizó el mejor. No perdáis ni un segundo, os espera un regalo, muy, pero que muy especial."

Enseguida, todos los alumnos corrieron a encender los fuegos y empezar a cortar los primeros ingredientes del Filtro de Muertos en Vida. Slughorn era de los pocos profesores que conseguía atraer a los alumnos hacía la clase, normalmente haciéndoles picar con la perspectiva de algún suculento regalo. Corría el rumor que en su sexto curso, Harry Potter se había llevado una pequeña botella de Felix Felicis, comúnmente llamada como suerte líquida, por lo que los alumnos de aquel curso nunca perdían la esperanza de que aquella semana, el regalo sorpresa fuera aquel líquido capaz de darte todo lo que deseabas. Rose estaba segura de que Slughorn era más que consciente de aquel rumor, si no había sido él quien lo extendiese por el colegio, y se aprovechaba ahora de jóvenes anhelos de sus alumnos para mantenerles atentos en las largas tardes entre los vapores que surcaban siempre aquella aula de las mazmorras.

Rose leyó la primera línea de instrucciones de su libro de Pociones avanzadas y comenzó a cortar y sacar jugos de los primeros ingredientes. De repente, la risita estrambótica y particularmente aguda de Katie Zabinni le traspasó atornillando el tímpano y las raíces de valeriana se le escaparon de las manos, volando debajo de la mesa. Mientras se agachaba y pasaba entre los pies de Albus, que estaba sentado entre ella y Scorpius como de costumbre, buscando contrariada sus raíces, oyó la burla sarcástica del chico "¿Necesitas ayuda Weasley? Esas raíces parecen bastante difíciles de sostener ¿necesitas otra mano para suplantar esas dos cosas inútiles que tienes pegadas a los brazos?"

Rose bufó, saliendo por fin de debajo de la mesa con las raíces de valeriana ya en su mano. Incapaz de soportar estoica los comentarios irónicos del chico, la chica dio rienda suelta, sin querer a su incontinencia verbal. "¿Ayuda de quién, Malfoy? ¿Tuya? Antes dejaría que me ayudase el Goul de mis abuelos, sería más efectivo." Scorpius le sonrió divertido, había echado de menos aquellos momentos con Rose, aquellas peleas. Y es que Rose Weasley era la única persona que sabía contestarle de esa forma; rápida, aguda, devolviendo sarcasmos a sarcasmos e ironías a ironías. Albus no sonreía. Una parte de él estaba prefiriendo al Scorpius tristón y lóbrego que ni siquiera se atrevía a mirar a su prima. Al menos así, sus clases eran mucho más pacíficas.

Rose volvió a su caldero y echó las últimas gotas de jugo de sopóforo, observando cómo la superficie del líquido se volvía de un tono lila claro, tal y como indicaban las instrucciones. Con una sonrisa de orgullo y satisfacción, se inclinó sobre su libro para leer el siguiente paso. Lo leyó pero no entendió nada porque su mente estaba dividida entre oír la conversación que ocurría al otro lado de Albus y las palabras de su libro. "¡Ay, Socrpius, para! Si no dejas de hacerme reír no voy a poder concentrarme." A pesar de sus palabras Katie no parecía nada interesada en concentrarse en algo que no fuese Scorpius Malfoy. Rose volvió a leer las instrucciones por segunda vez pero volvió a quedarse a mitad, observando por el rabillo del ojo como la estúpida chica, sin parar de reírse se abrazaba a los hombros de Scorpius, fingiendo mirar dentro de su caldero pero aprovechando para acariciarle el antebrazo remangado. A Rose le hervía la sangre, de la misma forma que hervía ahora el líquido de su caldero el cual había perdido el color lila oscureciéndose y tornándose más bien morado oscuro.

Albus le dio un codazo a su prima y señaló su caldero, sacándola de su furiosa ensoñación y obligándola a dejar de mirar fijamente a Socorpius y Katie. "Rose, no debería estar de ese color, creo..."

"!Ay¡ ¡Mierda, mierda, mierda!" Decía Rose mientras intentaba encontrar en su libro la manera de arreglarlo. La estúpida de Katie Zabinni la había obligado con su odiosa voz a descuidar su poción y ahora no sabía cómo demonios solucionarlo.

"!Id embotellando las pociones, chicos!" Gritó el profesor Slughorn. Rose se fijó como el resto de alumnos iban y venían de la mesa del profesor trayendo las botellitas vacías a sus sitios y llevándolas de vuelta, llenas de pociones de distintos tonos de lila y gris claro. La poción de Rose sin embargo, era ahora una masa densa de color negruzco infestada de unos grumos asquerosos. Rose volvió a mirar a su alrededor y vio la botellita que Scorpius había dejado sobre la mesa, perfectamente trasparente, con el Filtro perfectamente realizado. En un último intento desesperado, Rose intento dar vueltas a aquella cosa pastosa dentro de su caldero, siente veces, como decían las instrucciones. Pero estaba claro que aquello no tenía solución, y para dejarlo totalmente obvio, la poción, si aun se podía llamar poción, decidió explotarle la cara llenándole el pelo de aquellos repugnantes grumos.

Rose oyó las carcajadas de la gente de su alrededor, incluso Albus que ya había casi terminado de recoger las cosas de la mesa se reía divertido. Rose miraba a su caldero infinitamente cabreada. Notó como su primo le daba unas palmaditas en el hombro y le decía algo sobre esperarla fuera, pero Rose seguía con la mirada ceñuda puesta en el fondo de su caldero donde seguía borboteando aquella masa negra ahora totalmente calcinada. Tenía que limpiar aquel estropicio y quitarse aquella mierda repulsiva de los rizos antes de que se quedasen atascados en su pelo.

"Otra vez será Weasley." Le dijo Scorpius desde el otro lado de la mesa "¿Quieres que te ayude a limpiar todo esto?" Esta vez no había sarcasmo ni burla en su voz. Él era el primero en entender lo contrariada que debía sentirse ahora mismo Rose, y aunque la había hecho rabiar toda la clase, haciendo reír a la escandalosa de Katie Zabinni aposta para fastidiarla, aquella oferta de ayuda era totalmente genuina. Sin embargo, Rose no notó el cambio de tono y se limitó a asesinarle con aquella mirada de basilisco que también sabia poner, intentando mantener la poca dignidad que le quedaba. Scorpius se tomó eso como un desagradable 'no' y cogiendo a Katie del brazo dijo "Vámonos Katie, antes de que Weasley decida volver a cagarla y esta vez haga explotar toda la mazmorra con nosotros dentro" Katie Zabinni soltó una sonora carcajada ante el comentario y salió junto a Scorpius de la clase, dejando a Rose ahí plantada, sola y con unas inmensas ganas de echarse a llorar.

Cuando por fin terminó de limpiar su caldero con ligeros movimientos de varita y se había rendido ante la imposibilidad de limpiarse aquella cosa asquerosa del pelo, cogió su mochila y colgándosela airada del hombro salió de la clase a zancadas. Albus la espera en la salida mirando distraído hacia el pasillo, pero Rose pasó de largo y se marchaba ya escaleras arriba. "¡Eh! ¡Espera Rose!" Le gritaba, alcanzándola, Albus "¡Espera! ¿Se puede saber qué demonios te pasa?"

Rose paró en seco sobre el escalón y se giró para encarar a su primo, la mirada amenazante de basilisco todavía brillando con fuerza en sus ojos. "¡¿Que qué me pasa?! ¡Lo que me pasa es que TÚ amiguito es un auténtico idiota!" Con la misma brusquedad con la que se había detenido, Rose emprendió la marcha y se perdió escaleras arriba camino de la torre de Gryffindor. Albus se quedó patidifuso con los brazos extendidos, como queriendo decir que él no tenía nada que ver con aquello. Cambió de dirección y se encaminó hacia su propia sala común. Normalmente solía pasar aquellas horas, entre la clase doble de pociones y la hora de la cena, con su prima; pero ahora se negaba en rotundo a tener que seguirla y aguantar su maldito genio. Porque Rose Weasley tenía el peor genio de toda la familia y posiblemente de todo el castillo. Hubiese preferido tener que soportar a un basilisco de verdad que a su queridísima prima en esos momentos.

Albus cruzo el tapiz mágico que abría la puerta a la sala común de Slytherin y se sentó en una de las amplias butacas. A su lado, Scorpius observaba callado el fuego de la chimenea. Albus negó en silencio con un leve movimiento involuntario de la cabeza, esos dos no tenían remedio. Rose Weasley y Scorpius Malfoy, o acaban casándose o matándose, no había otra opción. De repente, un imagen se cruzó como un flash por la mente de Albus: Scorpius y Rose, con flamantes túnicas de gala de color blanco brillante, surcando un amplio salón de baile decorado con flores plateadas y doradas, como impulsándose en una corriente de aire. Lo más raro de la imagen, el afecto con el que amos se miraban fijamente a los ojos, con una amor, una ternura que Albus nunca jamás podría haberse imaginado entre esos dos. Finalmente soltó una pequeña carcajada casi imperceptible, desechando la imagen, aquello era imposible.

Rose llegó hasta la torre de Gryffindor y subió corriendo a los baños de su dormitorio para terminar de limpiarse aquella poción de entre los rizos pelirrojos, ignorando las carcajadas de sus amigas y sus '¿Qué se supone que te ha pasado, Rosie?' al pasar frente a ellas. Dominique y Alice no había sacado suficiente nota en sus T.I.M.O.S de pociones por lo que no habían podido continuar con aquella asignatura y tenían la tarde libre. Rose había intentado decirles que debían aprovecharla en la biblioteca, adelantando los deberes que les habían mandado esa semana y así no tendrían que quedarse hasta tarde la noche del domingo completándolos. Sin embargo, aunque habían intentado seguir aquel consejo al menos un par de días, las dos chicas habían tenido que admitir que no eran capaces de concentrarse, así que ahora pasaban esas dos horas libres tiradas en las calentitas alfombras de la sala común de Gryffindor, contándose chismorreos o hablando de mejunjes mágicos para tratamientos capilares.

Una vez ya no quedaba ni rastro del intento de poción y con una túnica recién limpia puesta, Rose volvió a la sala común y acompañó a sus amigas a cenar. Estaba haciendo un esfuerzo increíble por atender a la conversación de los demás, pero le estaba costando demasiado porque realmente no le interesaba en absoluto. Estaba demasiado absorta en volver a estar enfadada con Scorpius, que simplemente no podía interesarse por si Felicity Clearwater salía o no con algún chico nuevo, o por si la profesora de Trasformaciones mandaría demasiados deberes para el fin de semana de Hogsmade. Estaba profundamente agotada de aquellos cambios de humor a la que estaba sometida. Quería dejar de odiarle, de sentirse culpable, de querer pedirle perdón y de volver a odiarle otra vez. Quería dejar de sentir nada hacia él. ¿Por qué tenía que estar Scorpius Malfoy metido en su cabeza de esa forma? ¿Por qué tenía que haber calado tan hondo en sus entrañas?

De repente, la mente de Rose volvió a dejarse caer sobre la mesa del Gran Comedor y volvió a oír como sus compañeros de curso hablaban de la clase de Trasformaciones. "¡Mierda!" Exclamó. Se había olvidado de coger aquel libro de la biblioteca que iba a necesitar para la redacción sobre los animagos. Con todo lo que había pasado en la clase de pociones, se había olvidado que pensaba ir después a por el dichoso libro. No podía dejarlo para el día siguiente, eso retrasaría todo su horario de estudio y no iba a permitirlo. Se levantó de golpe pasando las piernas por el banco de la mesa de Gryffindor. Si se iba corriendo quizá pudiese pillar a la señora Pince en su última revisión de las estanterías antes de cerrar la biblioteca. Estaba fuera del horario permitido para los alumnos, pero Rose estaba segura que la bibliotecaria, que era únicamente amable con ella, le permitiría pasar un segundo a por aquel libro.

Dominique la miró a alarmada, su prima cada vez estaba más en las nubes "¿Se puede saber a dónde vas, Rose?"

"Se me había olvidado que tenía que coger un libro en la biblioteca" Contestó la chica nerviosa. No tenía tiempo que perder en aquella conversación, ya habría otro momento para las explicaciones. Sin malgastar ni un segundo más echó a andar a zancadas entre las mesas mirando hacia atrás. "Me voy corriendo a cogerlo..." Dominique dio un profundo suspiro, ni siquiera se molestó en señalarle a su prima que la señora Pince estaba sentada al final de la mesa de los profesores, y que si ella estaba allí, la biblioteca estaba seguramente cerrada. En fin, ya se daría cuenta ella sola, "Esta chica se toma todo demasiado enserio" Pensó para sí, dando una sacudida a su pelo plateado brillante y volviendo a inclinarse sobre el cotilleo que surgía ahora entre los comensales de la mesa.

Rose corrió entre los ecos de sus pasos por los pasillos desiertos y las luces temblorosas de las antorchas. La biblioteca estaba en lado contrario del castillo y cuando por fin llegó hasta la puerta, jadeaba por la intensa carrera. Cerrada, claro que estaba cerrada, ya era demasiado tarde. ¿En qué demonios había estado pensado? Comenzó a andar, de vuelta sobre sus pasos. Se le había pasado el hambre así que pensó en volver directamente a la sala común. No tendría aquel libro de Trasformaciones pero quizá podía adelantar parte de otros deberes.

No entendía que era lo que le estaba pasando últimamente. Se olvidaba de las cosas con regularidad, perdía la concentración; sus redacciones y ensayos cada vez tenía peor calidad y esa misma tarde había hecho explotar una poción que, bajo otras circunstancias, había sido perfectamente capaz de resolver con facilidad. Estaba asustada. No quería decirlo en voz alta, pero estaba realmente asustada de que algo pudiese trastornarla de esa forma, haciendo que tirara por tierra todas sus reglas intrínsecas y sus principios. Pero ¿qué era aquello que le ocupaba los pensamientos y los sentimientos por completo y la dejaba en aquel estado de enajenación transitoria? Pues aquello, era la misma persona de cabellera rubio pálido y facciones duras, que ahora caminaba en hacía ella por el mismo pasillo.

Scorpius andaba despacio sin saber muy bien hacia donde se dirigía. Había dejado a Albus engullendo sus cinco o seis muslos de pollo correspondientes a la cena, con la escusa de mandar una carta a sus padres de la que se había olvidado. Pero no tenía intención de ir hasta la lechucería. Tampoco tenía intención de volver enseguida a su dormitorio en las mazmorras. Quería caminar un rato, sumido en el denso silencio de su soledad, escuchando solamente sus propios pensamientos; y como hacía demasiado frío para recorrer de noche los terrenos del colegio, había empezado a vagar sin rumbo fijo por el intrincado laberinto de pasillos que surcaban el colegio Hogwarts. De repente oyó otros pasos que caminaban hacía su dirección y levantó la cabeza de las baldosas del suelo. Rose avanzaba hacia él. No sabía que habría llevado a la chica hasta ese lugar del castillo y a esas horas, cuando se suponía que ambos deberían estar cenando en el Gran Comedor, sin embargo, no le importó, solo le importó el hecho de que ahora estaban ellos dos solos en aquel pasillo vacío.

Cuando la chica pasó al fin por su lado, fingiendo que ni siquiera le veía, con la cabeza fija en algún lugar del infinito; Scorpius ya no pudo más y por primera vez en su vida escupió algo en voz alta que no tenía pensado ni calculado decir. "¿Me vas a explicar de una vez que demonios te pasa conmigo, Weasley?"

Rose paró de andar a medio paso, pero no se atrevió a darse la vuelta. Algo en su cabeza sabía que si lo hacía, que si le miraba a la cara, todo lo que dijera saldría de ese sitio en su interior, en las profundidades de sus entrañas, donde había escondido apretujados todos aquellos sentimientos irracionales que no había sabido comprender ni controlar. Respiró hondo tratando de calmar los nervios que ahora le recorrían el cuerpo hasta los dedos de los pies. "Creo que ya te lo he explicado mil veces, Malfoy" Dijo haciendo especial hincapié en la última palabra.

Touché, pensó Scorpius. Rose volvía a ser cruel pero tenía que reconocer que se le había dejado el insulto en bandeja. Está bien, Weasley uno, Scorpius cero. "El otro día, en la enfermería, no parecías tan descontenta con mi apellido." Había pronunciado las palabras despacio, para que ella pudiese sentirlas poco a poco, saboreando como parecía que se le crispaban los músculos de la cara, aunque estuviese de espaldas y Scorpius no pudiese intuirlo del todo.

Malfoy uno, Rose uno. Se quedó callada, aun sin atreverse a darse la vuelta.. El valor parecía que se le había escurrido del cuerpo, abandonándola y dejándola desprotegida ante frío. Tenía miedo de lo que sería capaz de decir, o más bien, de lo que sería incapaz de callarse dentro. Su parte racional estaba ahora amenazando con huir por el mismo sitio por el que habían salido corriendo sus agallas. "¿De eso se trata, no?" Empezó a decir, su incontinencia verbal atacando imparable de nuevo "Tu enorme ego no puede soportar que al menos una chica se te resista, ¿verdad Malfoy?" Scorpius arrugó el ceño confundido. No era una pose, realmente no alcanzaba a comprender a que se refería Rose con aquello. No le dio tiempo a contestar porque ahora Rose se había dado la vuelta por fin y le miraba con una mezcla de furia, vergüenza y algo que se parecía extrañamente a la tristeza y que amagaba por abrirse paso entre las otras dos emociones. "No me pongas esa cara de bobalicón Malfoy. Y no te hagas el tonto conmigo". Aquello era una orden, Rose podía soportar la condescendencia y la arrogancia, pero no soportaba que el chico intentase hacerse el necio con ella, más que nada, porque ambos sabían que no lo era.

"De verdad no sé de qué me estás hablando-"

Rose le interrumpió con un sonoro bufido de exasperación. Ya ni siquiera intentaba gobernar lo que salía por su boca, ya solo vomitaba sin tregua aquel torrente que salía a borbotones de sus profundidades, vaciándola por dentro, liberándola de aquel peso. "¿Qué esperabas, Malfoy? Un golpe estúpido con la escoba e iba a ir corriendo a llorarte, ¿yo?, a llevarte regalitos estúpidos como todos las demás-"

Ahora era él quien la interrumpía a ella, con una de sus medias sonrisas "Estas celosa". No era una pregunta, era una afirmación.

"¿Celosa yo?" Rose miró a su alrededor como implorando ayuda a algo invisible que debía haber estado allí, pero es que la parte racional de su cabeza, la que seguramente habría sabido salir de aquella conversación sin sentido manteniendo la dignidad intacta, no solo había huido de su cuerpo si no que había cogido las maletas y se había marchado muy lejos, al extranjero. "¿Y por qué iba a estar yo celosa de ti-"

Esta vez la interrumpió con una carcajada que sonaba con sarna y burla. Scorpius había vuelto a colocarse aquella fachada de arrogancia y altanería, con el peso del cuerpo en una pierna y aquella mueca socarrona en la cara. Rose no pudo evitar pensar por un segundo que estaba tremendamente atractivo en aquella pose, con la luz de la antorcha más cercana resbalando por su piel y su pelo blanquecinos. "No estás celosa de mi, Weasley, estás celosa de las demás chicas" Volvía a ser una afirmación y no una pregunta.

Rose se quedó bloqueada, clavada en el suelo. Le hubiese gustado poder correr, aunque no era una salida demasiado digna, al menos era una salida. Pero no pudo, no podía correr, ni moverse, ni desviar la mirada atrapada entre sus ojos grises. No podía controlar los movimientos de sus músculos porque la misma voz en su cabeza que ahora repetía con suspicacia 'te lo dije' y que se le parecía increíblemente a la de su prima Lilly, también había trasformado su cuerpo en una estatua de fría e inerte piedra inmóvil. La pobre chica se limitó a abrir y cerrar la boca como una estúpida hasta que en el tercer intento, su cerebro reaccionó al fin. Pero no de la manera en que le hubiese gustado a ella porque ahora dejaba correr una cascada incontrolable de palabras nerviosas e inconexas. "¡¿Celosa?! ¡¿YO?!" Gritaba

"Rose..." Scorpius dio un paso hacia ella.

"¡¿Por qué demonios estaría yo celosa de esas descerebradas-" Ya no podía dejar de gritar, con su voz retumbando como habían retumbado sus pasos en el pasillo desierto.

"Rose..." Scorpius dio otro paso hacia ella, imperceptible.

"¡Yo no! ¡Yo nunca estaría celosa de nadie que...!" Aquello había llegado tan lejos, estaba tan borroso, que Rose apenas recordaba de que se estaba intentado justificar. Como si hubiese tenido una oportunidad de justificarse. "¡Yo nunca querría estar cerca de tí-"

"Rose..." Scorpius se había ido acercando a ella poco a poco, paso a paso. Por segunda vez en su vida estaba actuando sin madurar sus actos antes, estaba actuando meramente con el corazón. Estaba ya a pocos centímetros de ella y seguía recorriendo la escasa distancia que les separaba. Ella ya no balbuceaba nada más, no podía seguir hablando, ni podía moverse para escapar de él. Respiraba con extremada dificultad y reservaba todas sus fuerzas en no dejarse caer desmayada al suelo. "Rose..." Volvió a pronunciar su nombre, esta vez en un susurro. No hacía falta más para que ella le oyera, tan cerca como estaba ahora, tan conscientes ambos de su cercanía. Bajó la cabeza hacia ella, lentamente, con un ligero nerviosismo que ella no supo ver, atrapada entre sus propios temblores. Si se hubiese dejado llevar un poco más, sus labios se hubiesen rozado, pero consiguió sostenerse unos segundo más, sintiendo como sus alientos se entremezclaban en esa minúscula tierra de nadie que había quedado entre ellos.

Por fin se abalanzó sobre Rose, presionando sus labios contra los de ella. Con ímpetu, hambrientos. Una mano directamente en su cuello, entre sus rizos, sujetándola para que no pudiera romper aquella magia que había aparecido con el primer contacto de piel con piel. La otra, en su cintura para atraerla aun más contra su propio cuerpo. Con un leve gemido, Rose parecía que se derretía entre sus brazos y Scorpius lo tomó como una victoria. Con delicadeza la empujó contra la pared, apoyando su espalda para curvarla hacía sí. Rose subió por fin los brazos hasta su cuello y enredó los dedos en su pelo rubio, sedoso, suave bajo el tacto de sus yemas. Mientras, sus labios se besaban, se comían el uno al otro sin descaso, sintiendo una pasión que jamás se habían imaginado que podrían sentir.

No sabían cuanto tiempo llevaban así, perdidos en aquel beso lleno de deseo y necesidad. No importaba. No importaba nada más que la suave presión en sus labios, que el sabor dulce de sus salivas mezclándose, que el tacto de las manos de él acariciando su espalda y las de ella rozando su pelo. Por fin, la urgencia que les había arrastrado fue calmándose poco a poco, como las aguas de un río que bajan nerviosas la tortuosa montaña hasta llegar a la plenitud de un lago en calma. No se separaron rápidamente, si no que sus labios se quedaron apoyados delicadamente entre los de ella, saboreando los últimos susurros; y con los ojos aun fuertemente cerrados por la vergüenza, Scorpius le dijo con un leve murmullo "Si crees que esto lo haría con cualquiera de las demás chicas, es que no sabes absolutamente nada de mí."

Rose abrió los ojos al fin, temblorosa, nadando la mirada en aquel azul sutil que ahora inundaba sus ojos grises. Scorpius la miró fijamente, ahogándose en azul del mar, pero tras apenas unos instantes, se separó de ella sin decir nada más y se fue andando a paso ligero. La chica siguió paralizada, estática en el mismo sitio. Involuntariamente soltó un ligero gemido de queja y añoranza cuando sintió como Scorpius se alejaba de su cuerpo, notando de repente una ráfaga fría, como si alguien hubiese abierto una ventana y el aire gélido de aquella noche de invierno bailase ahora dentro de los muros del castillo.

No recordaba cómo había llegado a su cama en lo alto de la torre de Gryffindor. No recordaba cómo había recorrido los pasillos, cómo había subido las escaleras. Solo recordaba la imagen de Scorpius acercándose, lanzándose a abrazarla con rabia y pasión, el sabor de su boca, el calor de su mano en su cuello. Tampoco recordaba cómo había llegado hasta ese lugar, cómo habían llegado a perderse así el uno en el otro. Ahora lo único que recordaba era ese suave aletear que sentía dentro de su estómago. Un aletear que no era incómodo, ni molesto, si no que mandaba una brisa de aire cálido a su pecho, alumbrando su sonrisa y iluminando su mirada.

Soy nueva en FanFiction así que no estoy muy familiarizada con los Ratings,

agradecería si me pudiesen decir si está bien o mal puesto

Espero sus reviews y comentarios

y espero también que les haya gustado el capítulo.

Gracias por pasaros