La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling
CAPÍTULO 6
"Evanesco" Dijo Rose con una voz clara y firme, y un movimiento de su varita mágica. La copa de madera tallada que descansaba sobre el libro abierto de encantamientos comenzó a desaparecer por el punto en el que la había tocado su varita.
"¡Muy bien! La señorita Weasley lo ha conseguido" Gritó el profesor Flitwick. "¡Venga, probad todos!" Rápidamente toda la clase se llenó de un murmullo general mientras todos los alumnos intentaban hacer que los objetos que tenían delante se desvanecieran en el aire. Rose con una amplia sonrisa de satisfacción, se dedicaba ahora a corregir el giro de muñeca que Alice estaba realizando sobre un candelabro.
Al otro lado del aula, Scorpius describía círculos desganados con su varita sobre un reloj de mesa de aspecto desvencijado. El chico no reparaba en si el objeto desaparecía o no, ni siquiera insistía en verlo de un color más blanquecino como muchos de los otros estudiantes. Sus pensamientos resbalaban lentos y pegajosos por uno de los salvajes rizos pelirrojos de Rose Weasley, que le caía rebelde por la espalda desde un moño improvisado. Todavía podía sentir el tacto de esos rizos en sus dedos, tan vivo, tan real, como cuando había hundido su mano entre su gran mata de pelo para besarla en un pasillo desierto.
Scorpius volvió a mirarse los dedos incrédulo. Habían pasado algunos días desde aquel encuentro fortuito, pero terriblemente apasionado entre ellos. No obstante, aun no alcanzaba a entender que tipo de locura había cruzado su mente para besarla de aquella forma. Qué tipo de trastorno se había apoderado de sus sentidos, de su capacidad de raciocinio, para haber perdido el control de aquella manera. Él no era de ese tipo de gente, impulsiva, irreflexiva, que era capaz de inmolar su propio control en favor de un sentimiento, en favor de la bruta emoción de un instante. No. Él era calculador, analítico, cauto. ¿Cobarde? No, cobarde no. No hay cobardía en valorar las consecuencias de tus actos, en preparar los "después" antes de acometerlos, de la misma forma que no hay valor en suicidar la integridad y la dignidad ; si no mera temeridad. Al menos eso era lo que solía decirse a sí mismo.
Pero aquella vez todo había sido distinto. En ninguno de sus esquemas, de sus planes mentales había ninguna intención de sincerar sus sentimientos por Rose, ninguna. Consideraba pura temeridad lanzarse al vacío sabiendo como sabía lo que Rose pensaba de él, sabiendo que los dos únicos resultados posibles eran que o bien, Rose saliera huyendo, o bien, simplemente se riera de él y de sus insensatos atrevimientos. Y sin embargo, ahí había estado él, casi como si estuviera desnudando frente a ella esa fachada de arrogante altanería y desinterés, casi como si se hubiese vendido a sí mismo y hubiese confesado de un tirón los mayores secretos de su alma. Ahora solo le quedaba el miedo, el miedo a saber que haría ella con aquella verdad que le había regalado.
"Señor Potter, Señor Malfoy, ¿a ver cómo lo hacen?" El profesor Flitwick se había aproximado a la mesa que Albus y Scorpius siempre solían ocupar y ahora les instaba a probar el hechizo desvanecedor que acaba de enseñar a la clase.
"Evanesco" rezaron a la vez amos chicos dándole un golpecito con la varita al reloj de mesa y al florero que tenían delante. Ambos objetos desaparecieron lentamente aunque dejaron tras de sí una ligera sombra etérea dónde antes habían estado.
"Excelente, excelente " Dijo el profesor Flitwick mirándoles con una amble sonrisa "Ha sido un buen intento, sigan practicando" Con un rápido girar de su varita hizo que los objetos volvieran a aparecer en su lugar y se marchó a observar a otros alumnos.
Scorpius levantó la cabeza y se dio cuenta de que Rose le miraba fijamente desde el principio del aula. Rápidamente, la muchacha se giró y se inclinó sobre su libro, disimulando; o al menos tratando de disimular. Scorpius no pudo evitar que la comisura de su boca tirara ligeramente hacia arriba mientras las imágenes del beso volvían a su recuerdo por millonésima vez. Rose se había dejado besar. No solo se había dejado besar, si no que había correspondido al beso, saltando al vacío con él, casi con el mismo ímpetu, con la misma hambre y necesidad de contacto. Había abierto los labios, presionándolos sobre los de él, había subido las manos a su cuello, acariciándole suavemente el pelo de la nuca, había dejado escapar un suspiro de queja y añoranza cuando él se había separado de ella... Y había sido maravilloso, infinitamente maravilloso; como si besarse fuera tan sencillo, tan natural entre ellos como el simple hecho de respirar.
Todo eso debía significar algo. Esta vez estaba seguro que debía significar algo, porque Rose no se habría derretido de aquella forma en los brazos de la persona a la que más odiaba, o a la que más decía odiar, si no hubiese deseado aquel desenfreno de caricias y roces tanto como lo deseaba él. Scorpius respiró hondo con una determinación que casi se podía ver materializándose como una chispa de luz en su pupila Corresponderle en aquel beso había sido como prender fuego a la hoguera de su interior, una hoguera que había esperado hasta ese momento para empezar a arder pero que ya no podría dejar de crepitar jamás. No hasta que el frío jarro de agua del rechazo cayese sobre ella. Y es que, mientras contemplaba como la chica salía de la clase, mientras seguía aquella estela de luz roja que dejaba a su paso, Scorpius decidió que era ahora o nunca. Vencer, o morir en el intento. Iba a demostrarle a Rose Weasley que él no era el capullo arrogante que ella detestaba, que nada de lo que la gente pensaba o decía sobre él y su apellido era verdad, que él solo quería estar junto a ella y sería capaz de abandonar toda su vanidad, de renunciar a todo su orgullo, por un instante de su sonrisa.
Diciembre llegó, con una nevada densa y espesa que cayó sobre las agrestes montañas que rodeaban al colegio Hogwarts, tiñendo los paisajes de esa tonalidad blanca y gris que susurra vientos fríos de invierno. Hagrid, el guardabosques, ya había recolectado los clásicos doce abetos que presidirían el Gran Comedor durante las vacaciones, y los estudiantes ya habían realizado las numerosas batallas de bolas de nieve que caracterizaban esos días. Aquellas fechas siempre traían una especie de añoranza y nostalgia de años pasados, y por los pasillos y recovecos del colegio se oían murmullos que rememoraban el increíble despliegue bélico que habían efectuado James Potter y Fred Weasley en la primera nevada del curso pasado. Casi todos los estudiantes habían participado en aquella batalla campal de bolas de nieve que flotaban como balas en todas las direcciones, muñecos encantados que actuaban como fieles soldados y se lanzaban a salvar a sus comandantes humanos y enormes construcciones militaristas de hielo que se levantaban sobre los terrenos o se cavaban en el suelo como gélidas trincheras improvisadas. Sobre todo, eran los profesores los que recordaban vivamente aquel acontecimiento, dado que habían pasado más de dos semanas intentando hacer desaparecer los enormes búnkeres helados e intentando doblegar a los pocos muñecos de nieve que aun quedaban vivos después de la guerra. Algunos habían querido dejar intactos al menos uno de aquellos soldados invernales como conmemoración a semejante acto magistral de magia avanzada. Sin embargo, la directora Macgonagall se había negado, pensando todavía en la esquina de un pantano portátil en la que los alumnos aun corrían el riesgo de hundirse y que descansaba sobre uno de los corredores del colegio. 'A este paso, no quedará un solo rincón de este castillo que no nos recuerde a un Weasley rebelde' había dicho una empapada y cansada directora cuando volvía después de luchar contra el último batallón de hombrecitos congelados.
Rose, envuelta en una gruesa capa de invierno y con una bufanda de los colores escarlata y dorado de Gryffindor subida hasta la nariz, observaba divertida como su hermano Hugo y sus amigos hacían ángeles de nieve en uno de los patíos exteriores. A ella no le gustaba mojarse, no le gustaba esa sensación fría que se te mete hasta el tuétano del hueso y ya no te abandona en todo el día; pero si le gustaba la extraña paz que parece residir en el color blanco brillante de un paisaje nevado.
"Bonito día, ¿verdad Weasley?" Conocía perfectamente la voz que le había susurrado en la oreja, y aunque había tratado de evitarlo, sentir aquel sopló de aliento cálido en el cuello, incluso a través de la lana de su bufanda, había mandado una descarga eléctrica a lo largo de su espina dorsal. Scorpius había saltado ágilmente por encima del banco donde ella estaba sentada y le había dedicado una sonrisa ladeada antes de seguir su camino cruzando el amplio patio. Una de esas sonrisas que dejaban a Rose temblando como si fuese un flan tibio en el escaparate de una pastelería.
Involuntariamente, subió una mano envuelta en un recio guate de piel de dragón y pasó sus dedos suavemente rozando sus labios, exactamente donde habían estado los labios de Scorpius cuando se besaron en aquel pasillo desierto. Azorada, Rose se obligó a desviar la mirada de la espalda del chico y deja de observar sus andares gráciles y atractivos. Exactamente de esa misma forma habían pasado todos los días desde aquel fortuito encuentro; entre miradas furtivas, sonrisas elocuentes, temblores y rubores de mejillas. Rose no había parado ni un segundo de pensar en aquel beso. Pero no pensaba en él enojada con Scorpius por haberla besado así, sin pedir permiso; y tampoco pensaba en él indignada consigo misma por haberse dejado besar de aquella manera, por haberse dejado llevar y haberse perdido entre sus brazos sin oponer resistencia. No, pensaba en aquel beso simplemente pensando en él, recordándolo. Invocando en su mente cada segundo, cada caricia; invocando como se sentía sus firmes manos en su cuello o en su espalda, como sabía su saliva mezclada en su boca, como olía su presencia tan cerca de la suya.
Nunca jamás en su vida la habían besado así. La verdad era que nunca jamás en su vida la habían besado, excepto cuando Arthur Macmillan había posado su boca sobre la de ella en un sutil roce incómodo, cuando fueron juntos a Hogsmade en cuarto curso. Esa había sido su primera y única cita. Al menos, Dominique había insistido en que aquella mañana de silencios embarazosos y ojos esquivos era obviamente una cita. Arthur le agradaba, era un chico amable, considerado y de sonrisa fácil; pero no le agradaba lo suficiente como para pasar otras tres infinitas horas sin saber que decirse o de que hablar. Por suerte, ambos habían olvidado aquella supuesta "cita" y ahora se limitaban a ser compañeros cordiales de estudios. Reflexionando sobre aquel día, Rose tenía que admitir que aquella sensación extraña y violenta que se le había metido en el cuerpo cuando el chico había acercado su cara a la de ella para besarla y la había dejado medio incómoda para el resto del día, no tenía una pizca de comparación con el aterrador vértigo que había sentido al notar como Scorpius se abalanzaba sobre ella. Había sido un miedo terrorífico y ávido a partes iguales, un miedo que la instaba a salir huyendo despavorida pero que la obligaba a quedarse donde estaba, aferrándose a sus labios, a su abrazo, con más y más fuerza.
Y es que, había que reconocerlo, Arthur Macmillan no tenía absolutamente nada que hacer frente a Scorpius Malfoy. Prácticamente ningún chico de la escuela podía competir con la belleza masculina, elegante, natural que acompañaba a Scorpius en cada gesto, en cada movimiento de su cuerpo. Una belleza de la que parecía no ser consciente la mayor parte del tiempo, porque el chico era arrogante, sí, arrogante y ligeramente presuntuoso, pero aquel orgullo parecía salir de un lugar mucho más profundo que de sus facciones duras y su piel suave. Un lugar muy profundo alrededor del cual toda su mente y su cuerpo se habían construido, usándolo de cimiento. Un lugar que tenía sentido para aquellos que se habían dignado a intentar viajar hasta él. De todas formas, uno parecía olvidarse de aquella altanería que llevaba como una máscara cuando Scorpius le miraba fijamente a los ojos. Cuando le atrapaba entre ese gris tan profundo y le dejaba encerrado en el vasto paisaje plomizo de su mirada. Cuando le permitía salpicarse del azul cristalino de unas aguas calmadas. Rose pensó en ese color azul suave que le teñía la mirada a veces y se preguntó vanidosamente si sería ella la única que lo había visto aparecer en sus ojos. Un ligero aleteo embriagador recorrió su estómago tras ese pensamiento.
"¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!" Se gritó Rose para sí misma. No conseguía evitar que su mente rebelde se perdiera entre esos derroteros cada vez que soltaba un poco la correa de sus pensamientos. Pero aquello no era tolerable. No podía permitir que su razón perdiera el pulso contra sus emociones y dejase que estas cambiasen por completo todos sus principios, quitándole el suelo de debajo de los pies. No importaba lo más mínimo que su corazón palpitase arrítmico y más rápido cada vez que Scorpius le dedicaba una de sus sonrisas, no importaba que su cuerpo se encogiese de expectación y anhelo cada vez que el chico pasaba por su lado y sus manos se cruzaban cerca, muy cerca, casi tocándose. No importaba porque ella siempre seguiría siendo Rose Weasley, y él siempre seguiría siendo Scorpius Malfoy; y sus apellidos los acompañarían a ambos por el resto de sus vidas, construyendo esa barrera invisible pero tenaz que se colocaba ente ambos y les separaba inevitablemente.
O quizás no. Quizás encontrarían la forma de destruir aquel muro que no estaba hecho más que de prejuicios aprehendidos y pasados a medio oír. Aunque sería un agotador y arduo trabajo, porque Rose había comido de aquellas ideas y se había alimentado del tabú de una guerra ya pasada durante toda su vida. Y ya se sabe, vomitar todas tus enseñanzas es tan difícil como vomitarse a uno mismo.
"¡Rose!" Felicity Clearwater, la prefecta de Ravenclaw, corría por el patio hasta el banco de piedra que Rose ocupaba. No eran amigas, pero se conocían de las reuniones de prefectos y de alguna ronda por los corredores. La chica tenía una melena ondulada de color castaño claro a juego con sus ojos color miel y una bonita sonrisa elegante. A menudo, la gente solía discutir sobre quien de las dos era más guapa, ella o Dominique Weasley, pero la verdad es que la Ravenclaw, a pesar de sus atributos delicados no poseía ese halo vaporoso de belleza casi edénica que su prima había heredado de la parte de véela de su familia francesa. "Rose necesito pedirte un enorme favor" Rose asintió con la cabeza cordialmente aunque por dentro sospechaba que aquello no le iba a venir bien. "Verás, tengo un ensayo muy importante que terminar, el de Defensa Contra las Artes Oscuras" Dijo recordando que Rose también estaba en su curso y que posiblemente a ella también se lo habrían mandado "Tengo ronda de prefectos esta noche y ya sabes, ese tiempo me vendría genial para terminarlo..." La chica no se atrevía a pedirlo directamente pero Rose entendía por dónde iban los tiros "No he ido muy bien estos meses en las clases, y bueno... Debería ponerme al día..."
"Tranquila, yo te cubro" Le dijo Rose con un gesto de compresión. De todos era sabido que Felicity había tenido ciertos líos de faldas, si se podía decir así, durante aquellos meses. Otra persona no se habría ablandado por una cosa como esa, pero Rose estaba acostumbrada a oír las mismas historias por parte de su prima Dominique, así que una parte de ella no puedo resistirse a ayudarla.
"¡Oh! ¡Muchísimas gracias, Rose! Te lo compensaré, te lo prometo" La chica borró aquel semblante ligeramente preocupado y devolviéndole la sonrisa a Rose se levantó del banco y se dispuso a marcharse corriendo por donde había venido. "Suelo quedar con mi compañero al lado de ese tapiz de la bruja con el bastón del tercer piso. Él te esperará allí a las nueve" Con esto último volvió a sonreírle y se marchó con prisas.
No le había dicho con quién solía hacer la ronda de prefectos. Después de la batalla de Hogwarts, la directora Mcgonagall había insistido en que era necesario crear más unidad entre los diferentes miembros de las casas y habían organizado aquellas rondas mezclando a los alumnos. Creía que si los prefectos, que se suponía que eran los roles a seguir por el resto de estudiantes, confraternizaban más entre ellos, se conseguiría derretir un poco aquella rivalidad y antagonismo entre los miembros de las cuatro casas. Aquella iniciativa había tenido cierto éxito entre los alumnos de Ravenclaw, Hufflepuff y Gryffindor; sin embargo, nadie parecía muy por la labor de incluir a los estudiantes de Slytherin. La casa verde y plateada seguía poblada por numerosos apellidos que seguían despertando viejos ecos de miedos y desprecios; y al ser humano le sigue saliendo más natural, y más sencillo, el odio que la comprensión.
A las nueve, Rose dejó a Alice y Dominique en los apacibles sillones de la sala común de Gryffindor , y se encaminó, como había prometido, hacia el tercer piso. Allí, justo al lado del tapiz de la bruja del bastón, estaba Scorpius Malfoy, apoyado desenfadadamente sobre la piedra fría y gris de los muros del castillo y haciendo girar su varita de mano a mano. Al oír pasos acercándose, el chico levantó la cabeza y miró fijamente a Rose, una media sonrisa apareció sin apenas pedir permiso. "¿Me estás siguiendo, Weasley?"
Tenía que ser él su improvisado compañero de ronda. Rose se limitó a poner los ojos en blanco y suspirar. En otras circunstancias, la chica no habría podido evitar la oportunidad de contestarle con algún sarcasmo mordaz, pero aquella vez era diferente. Scorpius no había dicho aquello con su típico tono altanero, no. Esta vez solo había diversión en su voz, y quizás, un cierto coqueteo. También había algo que de alguna forma ablandaba sus facciones duras y conseguía que ya no apareciera esa sombra de superioridad sobre ellas. Mientras se acercaba a él por el corredor, Rose sintió como si se estuviese acercando a un amigo. "Felicity me pidió que cubriese su ronda por ella" Le contestó Rose. Sin poder contenerse, se preguntó a sí misma si Scorpius habría preferido hacer la ronda con Felicity, la chica de los rasgos delicados y la belleza elegante. Él no resolvió sus dudas, simplemente asintiendo levemente con la cabeza y comenzando a andar pasillo arriba.
Rose dio unas cuantas zancadas para poder ponerse a su nivel. Scorpius era bastante más alto que ella por lo que Rose tenía que medio corretear a su lado para andar a la misma velocidad. Poco a poco, fueron recorriendo todo el tercer piso, abriendo aulas vacías y puertas de armarios. La función de aquellas rondas de prefectos era simplemente cerciorarse de que los alumnos no se quedaban fuera de sus dormitorios una vez impuesto el toque de queda y por lo general, no solían caracterizarse por alborotos o nada inusual. No obstante, alguna vez debían sacar a parejas exaltadas de sus escondrijos de hormonas y oscuridad en alguno de los armarios escoberos, lo cual, no significaba un reto, sino más bien un momento particularmente embarazoso. Sobre todo cuando Rose se había visto obligada a reprender a uno de sus numerosos parientes, normalmente Dominique o James, y tenía que sentirse avergonzada de su propia familia durante el resto de la ronda.
Aquella vez no parecía que ningún alumno rezagado fuera a interrumpir el espeso y pegajoso silencio que se cernía sobre los dos chicos como una niebla densa que deja frías gotas de rocío en tu piel. Rose miraba a todas partes menos a él. No se sentía capaz de enfrentarse a sus ojos grises. No se sentía capaz de ver en ellos aquel tono azul tan mágico y fascinante. Tenía todavía aquel último susurro, que el chico había dejado en el aire después de besarla, martilleando en su cabeza, repitiéndose una y otra vez ¿sería verdad? ¿sería sincero? Scorpius la miraba de reojo, intentando adivinar es su semblante callado, tenso, un pizca de lo que estaría pensando. Habría dado lo que fuese por hablar con ella, por decir algo, lo que sea. Sin embargo, aquel valor, o temeridad, o cómo quisiera llamarse, que le había empujado a besarla sin mesura ya no estaba en ningún lugar a la vista.
"Siento haberte gritado" Rose se encontró a sí misma diciendo aquello sin estar muy segura de si lo había dicho en alto o solo en su cabeza; ni siquiera sabía a ciencia cierta si lo había dicho ella o había sido otra voz, otra persona, que sonaba demasiado parecida a ella misma. Scorpius la miró extrañado, la verdad era que no recordaba cuándo Rose le había gritado. En su mente parecía como si todo el pasado previo a aquel beso no existiese, como si fuesen fotogramas velados de película de su vida.
"¿Cuando...?" Preguntó indeciso. No quería estropear nada aquella vez, ni siquiera aquel silencio tan viscoso que les estaba dejando pringosos pero al menos era algo entre ellos dos.
"El otro día, en la biblioteca" Rose se miraba los pies con un repentino interés en los cordones de sus zapatos "Y... y en el pasillo, la.. la otra noche" Estaba omitiendo deliberadamente que justo después gritarse, en el pasillo, la otra noche, se habían besado apasionadamente. "Siento haberlo hecho ¿Vale?" Dijo subiendo la cabeza al fin y haciendo frente a sus ojos.
Scorpius era muy consciente de que Rose estaba escondiendo la imagen del beso en la parte de atrás de su cabeza. Y no era consciente únicamente porque ella no lo nombrase en voz alta, si no porque podía ver, en el mar azul oscuro de su mirada, el barco del miedo flotando a la deriva. Estaba asustada, estaba tremendamente asustada de que pudiesen decirse algo que sacase a aquel beso del nebuloso y casi imaginario mundo del recuerdo. Asustada de que al decirlo a viva voz, se hiciese real y ella tuviese que enfrentarse a todas las cosas para las que no estaba preparada. Scorpius sonrió al fin, no con una mueca, no. Sonrió con una sonrisa sincera, genuina, casi tímida, decidiendo voluntariamente darle una tregua a aquella pobre chica que le miraba acongojada. "No importa. Vamos a olvidarlo"
Volvieron a andar por el pasillo. El silencio y la incomodidad otra vez instalados entre ambos. Rose no sabía porque había dicho aquello. ¿Qué demonios se había cruzado por su cabeza? De cualquier forma, se sentía bien, se sentía mejor. Era como si aquel 'lo siento' improvisado hubiese salido de ella llevándose consigo un peso muerto del que no había sido consciente hasta que no había salido de ella. Ahora sentía que podía seguir al chico más fácilmente, sentía que era mucho más ligera, que su cuerpo era mucho más liviano.
"¿Qué tal las clases?" Scorpius se arrepintió al segundo de empezar a hablar. ¿Qué tal las clases? Era la pregunta más estúpida que hubiese dicho jamás. Quería demostrarle a Rose que podía dejar de ser un capullo arrogante delante de ella, pero ¿por qué le resultaba tan difícil no hacer el ridículo?
Rose le miró un tanto sorprendida pero estaba agradecida de que aquel cambio de tema hubiese roto la aplastante densidad del silencio. "Bien, ya sabes, como siempre" No quería que se volviesen a quedar callados otra vez así que se obligó a seguir hablando "Tengo problemas con los últimos ejercicios de Aritmacia. No consigo... comprenderlos del todo"
Era un milagro que Rose Weasley admitiera que algo no lo comprendía a la perfección. "Puedo ayudarte si quieres..." Y con una mueca socarrona y desenfada añadió " Sabes que se me da mejor Aritmacia que a ti"
Rose puso los ojos en blanco otra vez, pero le miró divertida. "Bueno, tenía que dejar algo para los simples mortales ¿no?" Scorpius se puso la mano en el corazón con cara de falsa gratitud y Rose soltó una sonora carcajada, real, espontánea. El chico adoraba oír esa risa. Sonaba como música en su cabeza, como una música con la que desearía despertarse cada mañana. Una parte en su interior gruñó, temeroso de que aquella risa se convirtiera en gritos al día siguiente como ya había pasado anteriormente. Pero Scorpius desechó esos pensamientos porque nadando como estaba ahora entre el sonido melodioso de su risa y de su voz, simplemente, se sentía feliz y no quería enturbiarse el corazón, al menos no de momento. La esperanza es lo último que se pierde, o eso es lo que suelen decir.
"¿Sabes ya lo que quieres hacer cuando salgas de Hogwarts?" Se aventuró a preguntarle ahora que parecía que por fin podría tener una conversación pacífica con Rose.
Ella no contestó enseguida sino que mantuvo unos segundos de dudoso silencio. "La verdad es que aun no lo sé" De repente ya no era tan consciente de con quién estaba hablando, sino que simplemente hablaba. De la misma forma imprevista en la que le había mirado por primera vez aquella noche, apoyado sobre la pared, y había encontrado en él una extraña cercanía; ahora le hablaba tranquila, fluida, como si hablase con alguien con quién le era cotidiano hablar. "Por eso tengo tantas asignaturas ¿Sabes? No consigo decirme, hay tantas opciones... Algún trabajo en el Ministerio no estaría mal. Me gusta el mundo de las leyes, de las regulaciones mágicas. Alguna vez he estado leyendo los informes en los que trabaja mi madre y son de lo más interesantes. Pero no sé si algún otro departamento sería más... emocionante. ¿Has oído hablar del Departamento de Misterios? Solo los Inefables que trabajan allí saben de verdad que hay dentro... Parece tan atrayente... ¡Piensa en la cantidad de secretos mágicos que deben estar investigando ahí dentro! También había considerado hacerme auror, pero... no estoy muy segura de querer pasarme el día por ahí, luchando...¿Tú ya lo sabes?"
Scorpius se había quedado embelesado escuchándola, analizando cada gesto, cada arruga que se le formaba sobre la nariz, entre aquel bosque de pecas infinitas. Dios mío, era preciosa. Rose le miró expectante, aguardando una respuesta que parecía demorarse unos segundos más de lo debido. "¿Yo?" Contestó al fin el chico, saliendo turbado de su ensoñación. "Tampoco lo sé. No he pensado mucho en ello la verdad" Era cierto que no se había parado a pensar todavía en que pasaría cuando terminaran los años del colegio así que se quedó pensativo, la mirada perdida a través de una de las grandes ventanas, en algún punto del horizonte del paisaje" Sé que me gustaría algo como con cierta... acción, al aire libre. Aunque sé que mi padre espera que haga algo más del tipo ministerial" Añadió con una mueca un tanto sarcástica "No me lo dice nunca. Se pasa el día diciendo que no quiere condicionarme y que cualquier cosa que me haga feliz estará bien... Pero en el fondo yo sé que le haría ilusión que sea algo... importante"
Rose levantó una ceja en un claro gesto de incredulidad "¿Tú padre dice que cualquier cosa que te haga feliz estará bien?"
Scorpius se rió, pero no pudo evitar que un leve suspiro cansado se le escapase al final de la última carcajada, agotado de tener que explicar algo que a él le parecía tan obvio "No es tan severo como todos pensáis ¿sabes? Tiene esa pose, ese gesto, como si no hubiese aprendido del todo a sonreír y aun le costase entender cómo funciona. Pero es un buen padre. De verdad."
Rose desvió los ojos y se entretuvo más de lo necesario en inspeccionar un armario lleno de escobas y claramente vacío de alumnos. No estaba segura de querer hablar de Draco Malfoy. No se sentía preparada para dejar que le desmontasen tantos principios en una misma noche. Otra vez, forzándose a seguir hablando dijo, cambiando de tema "Si te gusta el aire libre ¿no deberías haber seguido con Cuidado de Criaturas Mágicas?"
Ya estaba preparada para oír la clásica cantinela de 'esa asignatura no es una asignatura seria', la misma que se había dicho a sí misma al final del curso pasado para convencerse de que debía centrarse en cosas más oportunas y más productivas. Sin embargo, Scorpius no dijo nada de eso y contestó con una amplia sonrisa "¡Pero si ya sigo con ella!"
La chica volvió a mirarle incrédula. Nada de aquella conversación le hubiese parecido real si se la hubiesen contado unos meses atrás. "¿De veras? Nadie sigue con esa asignatura, bueno casi nadie. No parece lo suficientemente ... importante ¿no?"
"¿Qué más da que no sea importante, o seria, o lo que sea que la gente dice? A mí me gusta." Scorpius era genuinamente feliz cuando estaba en aquella clase. Se le daba bien cuidar de animales fántasticos, entenderlos, recordar lo que había que saber sobre ellos. Pero no se le daba bien como las demás asignaturas, porque las estudiase con esfuerzo y diligente dedicación, sino que le salía de una forma simplemente innata. Cómo si lo levase intrínseco en el alma. "Además Hagrid es un profesor genial. Por cierto, creo que deberías ir a verle. Nos preguntó por ti a Al y a mí cuando fuimos a tomar té a su cabaña el sábado por la tarde."
¿Scorpius y Hagrid tomaban té juntos? ¿Scorpius y Hagrid el guardabosques del colegio, el semigigante amigable y bonachón, el hombre que era tan amigo de sus padres y que venía todos los veranos a la Madriguera a celebrar el cumpleaños de su tío Harry? Esta vez Rose no pudo disimular como sus ojos salían ligeramente de sus órbitas y miraban al chico excesivamente sorprendidos. ¿Cuántas cosas más no sabía de Scorpius Malfoy? ¿Cuántas cosas más habían dejado de cuadrar con la imagen que ella tenía de él?
El chico se colocó frente a ella, mirándola fijamente con sus ojos grises y una sonrisa ladeada. Sabía perfectamente lo que ella estaba pensando, sabía perfectamente que Rose nunca se había imaginado que él, un Malfoy, pudiese gustarle una estúpida asignatura sobre animalejos, y mucho menos tenerse cierto cariño con aquel semigigante apasionado con los bichos incomprendidos del mundo mágico. Scorpius se acercó un poco más a ella y se inclinó ligeramente para susurrarle cerca del oído "No soy tan horrible como tú te crees Rose..."
Se volvieron a quedar callados, pero esta vez aquel silencio no estaba cargado de miedo e incomodidad, sino de expectación. Volvían a estar a escasos veinte centímetros el uno del otro, sintiendo como si el aire entre ellos hiciera succión y les empujase a acercarse aun más. Rose notó como toda la superficie de su piel temblaba, no podía apartar la vista de sus ojos. No podía y no quería. Como tampoco podía evitar desear fervientemente que Scorpius volviera a besarla. Se asustó al darse cuenta de lo mucho que deseaba otra vez aquel contacto, aquella caricia sobre sus labios ahora entre abiertos. Sintió un espasmo en sus piernas, como si las dos partes de su propio yo estuviesen manteniendo una batalla interna por salir corriendo o quedarse quietas donde estaban. Mientras, Scorpius se contenía con más esfuerzo y más voluntad de la que nunca pensó que tendría. Se odiaba a sí mismo y odiaba sus estúpidos planes preestablecidos en los que se había detallado paso a paso como debía actuar para que Rose Weasley cayese locamente enamorada de él y fuese ella la que se lanzase a besar sus labios. Los odiaba por que ahora mismo le estaban gritando al oído que no era el momento, y él tenía que quedarse ahí plantando, intentando resistir las inmensas ganas que tenía de mirar su boca, de abalanzarse sobre ella, de mezclar la respiración entrecortada de la chica con su propio aliento.
Rose, en un último y desesperado intento por calmar los espasmos de su alma y su corazón, consiguió desviar la mirada y fijarla casi neutral en un punto de la pared. De repente, la vio. Una araña, quizás minúscula, pero que en su mente se agrandaba por momentos, bajaba amenazante con sus asquerosas ocho patas, resbalando por la piedra gris de la pared. Involuntariamente cogió a Scorpius por los hombros, y con una fuerza que no sabía que tenía, le giró sobre sus talones y se colocó con la cabeza detrás de su espalda. usándole a modo de escudo, mientras gritaba desesperada "¡Una araña! ¡Una araña! ¡UNA ARAÑA!" Scorpius, sobresaltado por aquel cambio repentino de situación e incapaz de encontrar la diminuta criatura que había ocasionado semejante alarma, rompió en una sonora carcajada imparable. Rose volvió a gritar indignada "¡No te rías de mi y haz algo!"
Scorpius sin embargo, no dejo de reírse y se deleitó un poco más en el momento, sintiendo como las manos de la chica se aferraban a la parte de atrás de su túnica y todo su cuerpo se pegaba al suyo, intentando protegerse de aquel despiadado monstruo que apenas media dos centímetros. "¿Deberías pedírmelo con amabilidad, sabes?"
En otro momento Rose no habría caído en la trampa de aquel tono irónico y con ínfulas de superioridad, pero estaba demasiado asustada para hacerse la digna y discutir con su único salvador posible en ese momento. "¡Venga, por favor Scorpius, haz algo!"
El chico dejó de reírse inmediatamente. Pero no paró por aquel escueto 'por favor' o por el claro tono de súplica en la voz de la chica, sino porque aquella era la primera vez que Rose decía su nombre, su nombre de pila, su nombre de verdad. Scopius notó como algo se encendía cálido en su pecho. Buscó su varita entre los bolsillos de su túnica negra del uniforme y dijo apuntando con ella a la araña "¡Arania exumai!" Con un rayo de luz blanquecina la criatura salió disparada por el pasillo y correteó huyendo de sus agresores. Rose no se movió todavía ni sacó la cabeza para comprobar si la araña había desaparecido, se quedó detrás de él, callada, temblando por la impresión del susto. Al cabo de unos instantes se dio cuenta que estaba fuertemente agarrada a las túnicas del chico y que podía sentir las líneas que marcaban los músculos de su espalda. Azorada se separó rápidamente, demasiado avergonzada para confrontar su mirada.
Scorpius volvió a reírse "¿Una araña? ¿De verdad?" La chica le fulminó con la mirada intentado desviar el reflejo del miedo de su semblante y volver a poner aquellos ojos de basilisco que también sabía imitar. Scropius sin embargo no se amedrantó y siguió hablando como pudo entre carcajada y carcajada. "Pensaba que había que ser valiente para entrar en Gryffindor"
"¡Agg! ¡Cállate! Soy valiente, solo es que... odio las malditas arañas" Un escalofrío le recorrió la espalda al volver a pensar en aquella cosa peluda con demasiado ojos y demasiadas patas. Scorpius volvió a reírse descarado y Rose le dio un empujón en el hombro, aunque demasiado delicado y cariñoso de lo que ella pretendía.
Scorpius se acarició el punto dónde ella le había golpeado con aspamientos tetarles y acercándose otra vez a su oreja le dijo coqueteando "No deberías hacer eso Weasley, ¿quién va a salvarte si aparecen más?" Rose no pudo evitar echar una mirada compungida a su alrededor al oír aquello y desató otra oleada de risas a su alrededor.
"Es una herencia de mi padre" Dijo la chica tratando de justificarse y de salvar la poca compostura que le quedaba "Si esto te ha parecido patético, tendrías que verlo a él, subido a un taburete de la cocina, gritando como una niña en apuros, con un tono de voz demasiado agudo para un padre" Scopius, por enésima vez, rompió a reír de nuevo. No quería mofarse de el señor Weasley pero estaba demasiado a gusto, demasiado cómodo y alegre con ella.
Esta vez Rose también rió y sus carcajadas se mezclaron con las de él al mismo tiempo que volvían a mezclarse sus miradas. Andando, no se habían dado cuenta de que habían llegado justo en frente del retrato de la Dama Gorda, la puerta a la sala común de Gryffndor. Scorpius se paró, señaló detrás de ella y dijo "Bueno, creo que estos son tus dormitorios"
Silencio de nuevo. Tensión, miedo, expectación, deseo. Sin embargo, Rose pudo ver como una sombra acechaba entre el gris claro de los ojos del chico y poco a poco se le fue cambiando el gesto, endureciéndole el semblante. "Oye Rose, ... Albus me ha dicho que su madre quiere invitarme a ir a la Madriguera por Navidad. Creo que incluso ya ha hablado con mis padres para preguntárselo." Rose no dijo nada, bajando la cabeza y contemplándose nerviosa los cordones de los zapatos. Ya había sospechado que aquello iba a pasar pero no estaba segura de que debía contestar, ni siquiera estaba segura de que quería contestar. Scorpius siguió clavándole los ojos, esperando a que ella volviera a encararle, pero no lo hizo así que continuó hablando un tanto derrotado. "Mira, mis padres seguramente me dejen ir, creo que es bastante difícil negarle algo a la señora Potter, pero... si tú no quieres que vaya, lo entiendo, no quiero molestarte o molestar a tu familia, de verdad. Si no quieres que vaya dímelo, ya me inventaré algo-"
"No" Rose se avergonzó de haberlo interrumpido tan rápidamente así que intentó en vano disimular aquel ímpetu tan repentino y aquel tono de necesidad "Sí tu quieres venir... a mí me da igual, es cosa tuya"
Scorpius no pudo evitar descubrir aquel vago intento de disimulo y las comisuras de la boca se curvaron hacia arriba. "Vale" Dijo despacio y bajando la voz, casi en un murmullo, añadió "Gracias".
Volvieron a callar, dejando un silencio aplanador entre ellos que casi permitía oír el sonido de sus latidos arrítmicos, desenfrenados. Solos, en mitad del descansillo de la escalera, con nadie alrededor para frenar aquella pasión que se alborotaba dentro de ellos y que volvía a amenazar con salir impetuosa. Rose murmuró en un susurro tenue del que no estaba muy convencida "Será mejor que me vaya..." Sin embargo, no se movió. Ni se giró para cruzar el retrato e irse a su dormitorio; ni tiró del cuello de la túnica de Scorpius para besarlo, como le instaba a hacer, una voz escondida en lo más profundo de su pecho.
Cuánto tiempo pasaron así, sin tocarse pero incapaces de romper la cercanía que les rodeaba, no lo sabían. Solo sabían que el aire parecía haberse detenido a su alrededor y ninguno había podido respirar, paralizados como estaban entre los grilletes del miedo y el empuje del deseo. Finalmente, se oyó un gruñido detrás de ellos y ambos rompieron alarmados aquel trance silencioso en el que habían quedado atrapados. "¿Vas a pasar o no, muchachita?" Espetó la Dama Gorda, contrariada por las numerosas veces que las hormonas revolucionadas del amor adolescente la habían despertado en los muchos años de servicio a ese castillo. Dando un respingo Rose giró rápidamente sobre sus talones y le dio a la contraseña, musitando un tímido 'buenas noches' antes de empezar a pasar por el hueco del retrato.
"Buenas noches Rose" Contestó Scorpius, con la misma levedad y la misma timidez, mientras comenzaba a bajar las escaleras camino de su propia sala común.
Rose se giró una última vez, desesperada por gritarle, por pedirle que volviese, que la abrazase y la besase con la misma fuerza con la que le había besado aquella otra noche, en aquel otro pasillo desierto. Pero no lo hizo, se limitó a contemplar durante un segundo más la espalda del chico mientras se alejaba por las escaleras y terminó de meterse dentro de su sala común. Con un pie volando sobre el último escalón, Scorpius volvió la cabeza hacia el retrato por última vez. Quería gritar. Gritarle que bajase corriendo y se lanzase a sus brazos, que se perdiera en ellos como había hecho aquella otra noche en aquel otro pasillo desierto. Sin embargo, tampoco lo hizo, se quedó quieto contemplando cómo los últimos rizos pelirrojos de Rose se colaban por el hueco en la pared; y ya no se dijeron nada más.
Muchísimas gracias a todos los que estáis siguiendo la historia
y sobre todo a los que me estáis dejando reviews.
Anima mucho a seguir escribiendo.
Un saludo y gracias por pasaros.
