La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling

CAPÍTULO 8

Scorpius escudriñaba atento el cielo que le rodeaba en busca de la snitch dorada. Había empezado a anochecer, por lo que la luz del crepúsculo tintaba las montañas cercanas de aquel suave color rosáceo que llenaba los agrestes paisajes nevados de una extraña sensación cálida, apacible. Desde aquella altura, el mundo parecía tan lejano, tan ignorante de las mundanas vidas de los minúsculos seres humanos que lo habitaban, que aparentaba colmarse de una belleza totalmente imperturbable. Hasta sus oídos llegaban los gritos de Flint, el capitán, y los silbidos que causaban sus compañeros de equipo al cruzar raudos por el campo de Quidditch con sus escobas. Sin embargo, llegaban distantes, como si vinieran desde un lugar muy remoto, un lugar del que Scorpius no debía preocuparse ahora. Desde que hubiesen vuelto de las vacaciones de Navidad, el chico solo encontraba un pequeño resquicio de paz y sosiego en aquellos entrenamientos. Por muy irónico que pudiese resultar pensar en lo poco sosegado y pacífico que es realmente aquel veloz y apabullante deporte mágico. Pero es que, entre la concentración de la ardua búsqueda de aquella escurridiza pelota, en la adrenalina que se instala en el estómago al lanzarte al vacio sobre una escoba voladora, Scorpius podía, al fin, vaciar la cabeza de todo pensamiento; podía dejar olvidada sobre el suelo firme toda la agitación que le revolvía el cerebro durante el resto del día.

Había vuelto al colegio de magia sintiéndose indispuesto, enfermo. Pero no esa clase de enfermedades invernales que simplemente te moquean la nariz y te obligan al reposo entre las mantas y el calor del fuego. No. Una especie de fiebre en el alma, de náusea repulsiva dentro de las entrañas. Estaba cansado. Infinitamente cansado. Cansado de luchar a base de buenas formas y virtuosa educación, contra la imagen predispuesta que el mundo tenía de él, desde el mismo instante de su nacimiento. Cansado de engañarse a sí mismo. Cansado de creerse, cómo un estúpido, que alguna vez tuvo la mas mínima oportunidad de demostrarle a los demás quien era de verdad. A los demás no les importaba en absoluto quién demonios era Scorpius Malfoy, les daba igual quien era aquel chico al que le gustaba perderse entre las páginas escritas de un buen libro o ayudar a Hagrid el guardabosques con alguna nueva criatura mágica. Solo querían ver su apellido, solo podrían ver, para el resto de su existencia, su maldito apellido. Lo que había pasado con el padre de Rose, con la familia Weasley, la noche de Navidad en la Madriguera, no era la excepción que confirma la regla; era la regla. La regla que no va confirmarse con ninguna excepción. La regla que iba a acompañarle para toda la vida.

Scorpius no estaba enfadado. No tenía suficientes fuerzas guardadas en el alma como para rabiar de ira como tantas otras veces. Ya no. Ahora solo le inundaba un sentimiento apabullante de apatía en el que se ahogaba sin remedio, incapaz de nadar fuera de él, incapaz de llegar a hasta la orilla a base de brazadas coléricas. Estaba totalmente y absolutamente derrotado y simplemente se iba a dejar sumergir hasta el fondo en aquella indiferencia. Iba a rendirse. Si Ronald Weasley estaba determinado a pensar que él no era más que el hijo arrogante y altanero de un ex mortífago, si toda la comunidad mágica iba a perseguirle el resto de su vida con la guadaña del desprecio por las cosas que su familia había hecho en el pasado; sería entonces el hijo arrogante y altanero de un ex mortífago, dejaría de huir, de ellos y de sus prejuicios, y simplemente les daría a los demás lo que ya se esperaban de él. Ingenuamente, había llegado a albergar la triste esperanza de enseñarle al mundo que tras su nombre, maldito y manchado, había en realidad un hombre bueno. Había llegado a soñar que si conseguía llegar al corazón de una sola persona, al corazón de Rose Weasley, aquella batalla continua que llevaba librándose desde antes de su nacimiento, entre la familia Malfoy y los recelos de la sociedad, habría merecido la pena. Pero aquello nunca iba a ocurrir, Rose jamás pensaría en él fuera del filtro de los escrúpulos y el miedo, jamás; y el estaba ya demasiado exhausto para seguir luchando. Pero, aunque nunca nadie llegara a pensarlo, aunque solo él lo supiese, no iba a volver a colocarse esa máscara fabricada con presunción y soberbia pura porque en el fondo se sintiese de alguna forma superior al mundo; sino porque aquella era la única forma que había aprendido de lamerse sus heridas, la única forma de protegerse. Iba a vestirse de nuevo con aquella armadura que el mundo solo veía como orgullosa altanería, pero que en realidad no era más que la proyección del inmenso amor que profesaba por su familia, porque era la única forma que encontraba para intentar protegerles.

Tras cerrar el puño firmemente al rededor de la superficie fría y resbaladiza de la snitch por cuarta vez consecutiva, Scorpius remontó el vuelo y volvió a mirar a sus compañeros del equipo de Slytherin. Flint le hacía ahora señas para que descendiera, el entrenamiento había terminado. Después de la típica charla moralista y ligeramente amenazadora sobre el próximo partido contra Ravenclaw, que el capitán les daba al acabar cada práctica, el resto de jugadores corrió a los vestuarios a cambiarse y volver al castillo cuanto antes, huyendo de ese frío nocturno que se te cuela hasta el tuétano del hueso y luego no te deja dormir. Scorpius, sin embargo, quería quedarse sobre su escoba un rato más, prolongado su exposición a aquel viento invernal que le soplaba de una ráfaga los malos pensamientos. Albus dudó un segundo mirando la figura de su mejor amigo que aun volaba por encima de sus cabezas, pero al final se decidió a marcharse con los demás y dejarle solo un rato. A veces Scorpius necesitaba estar solo y Albus era de esas pocas personas capaces de entender aquellos momentos sin tener que preguntar, simplemente entendiéndolo.

Albus comprendía perfectamente a su amigo, comprendía todos aquellos sentimientos que le surcaban las entrañas arañándole por dentro, como si le hubiesen ulcerado a él también aquella noche en la Madriguera. Pero no lo entendía porque alguna vez hubiese sentido algo parecido. Al fin y al cabo, aquella moda de tachar a Albus Potter como el traidor que había desertado de su familia, ensuciando la memoria de su padre, el gran héroe Harry Potter, al ser seleccionado en Slytherin y hacerse amigo de un Malfoy, no había sido más que una moda pasajera, y ahora solo era un chaval más en una escuela llena de otros chavales. No, lo entendía porque Albus era la única persona en el mundo que parecía querer perdonar a los Malfoy, la única que había, genuinamente y sincerament,e olvidado sus errores y simplemente les veía como realmente eran ahora, como seres humanos. Seres humanos que sufrían, que lloraban su propio arrepentimiento y combatían ferozmente por la comprensión de los demás. Una comprensión que nunca llegaba y que en el fondo, Albus pensaba que no la necesitaban, que el mundo no se merecía que ellos se arrastrasen a mendigar nada. Y es que, el joven de los Potter creía firmemente en su cinismo, creía que toda aquella sociedad hipócrita estaba llena de mierda y que implorar para que les dejaran entrar a mancharse de ella era un tonto error que aquella familia no debía cometer. Pero es que es muy difícil, muy doloroso vivir bajo el yugo del desprecio ajeno.

Cuando el sol había desaparecido del todo, cuando solo quedaba una línea incandescente recortando las cumbres nevadas del horizonte contra un cielo oscuro que se iba llenado de estrellas poco a poco, Scorpius volvió a pisar tierra firme con sus pies y se dispuso a volver al castillo. Los corredores del colegio estaban desiertos, habían dado ya el toque de queda y todos los alumnos habían vuelto a sus respectivos dormitorios. No le importaba que le pillasen merodeando por ahí, era prefecto, podía poner una escusa, y si eso no servía, pues que le castigasen, le daba igual. Todo le daba igual.

En ese mismo instante, en esa misma oscura noche de aquel enero frío, Rose caminaba rápidamente por otro corredor del colegio. Se había vuelto a quedar hasta tarde en la biblioteca, escondida entre los libros y el olor a pergamino viejo. Nadie se alarmaba demasiado cuando Rose Weasley se enterraba entre sus deberes de aquella forma. No eran más que las típicas urgencias estresadas que alcanzaban a la chica una vez volvía de las vacaciones de Navidad y empezaba a pensar en unos exámenes que no llegarían hasta dentro de seis meses. Sin embargo, Rose sabía que esta vez era diferente. Esta vez estaba escabulléndose deliberadamente de algo que le perseguía, invisible, dentro de sí misma y hacía lo que mejor se le daba para poder ignorarlo: estudiar. Estudiar, estudiar y estudiar, sin dar oportunidad a que nada más se colase sin permiso dentro de su cabeza. Rose era particularmente buena en huir de sus propios tormentos, hasta el punto de cuestionarse seriamente porque le habría puesto en Gryffindor el sombrero seleccionador seis años atrás. Era cobarde, era infinitamente cobarde, y había encontrado una forma muy efectiva de correr despavorida de todo aquello que le atormentaba, de todo en lo que no tenía fuerzas de pararse a pensar o ganas de pararse a sufrirlo, sepultándose así misma entre las historias ajenas de los libros y sus propias escusas infantiles para no tener que enfrentarse, que luchar a cuerpo descubierto contra sus monstruos internos.

También había perfeccionado increíblemente la técnica de la evasión. Evitaba a Scorpius a toda costa, evitaba hablarle, mirarle; evitaba hasta sentir su presencia junto a ella en las pocas clases que compartían. Sabía que aquella forma de actuar era infantil, casi cruel. Y sabía también que al él le dolía más que el propio desprecio abierto, que los sarcasmos y las peleas. Lo sabía porque a ella le estaría volviendo loca si fuese Scorpius el que hubiese dejado de afirmar su existencia. Pero no podía remediarlo, no sabía cómo, era la única forma que conocía de ahuyentar las cosas dolorosas. Lo evitaba hasta tal límite de que su cerebro parecía haber borrado su imagen por completo, como si no existiesen recuerdos de él en su memoria, como si ni siquiera pudiese reconocer la palidez de su pelo o las líneas que marcaban sus facciones y él se hubiese convertido en un completo desconocido para ella. Sin embargo, por muy perfeccionada que estuviese aquella técnica, por muy diestra que fuera Rose en trazar planes de huída, había algo que su mente calculadora, racional, no podía controlar: los latidos de su corazón, los quejidos de su alma. Su cerebro podía evitar perfectamente pensar en Scorpius Malfoy, pero sus entrañas no iban a dejar de hacerlo, no iban a dejar de ansiar su cercanía, su contacto, de pedirle a gritos perderse otra vez en el páramo gris de su mirada.

Le había dolido en lo más profundo de su ser descubrir donde le habían hecho a su madre aquella cicatriz. Le había dolido hasta hacerla sangrar de miedo, rabia y deseos de venganza. Y sin embargo, no podía controlar esa otra voz que de vez en cuando se erguía delante de ella y la abofeteaba para que volviese a la vida real, para que volviese a mirar a aquel chico e intentase buscar en la tierna sonrisa que alguna vez le había encontrado, en aquel color azul brillante que a veces le inundaba los ojos, un atisbo de crueldad, de la maldad suficiente como para hacer algo parecido a lo que le habían hecho a su madre. No lo encontraba. Rose no podía encontrar esa vileza que buscaba en él porque simplemente no estaba, porque simplemente, Scorpius nunca había hecho nada así. Él simplemente había nacido muchos años después, donde le había tocado nacer, completamente al margen de los horrores que flotaban en la memoria de aquel lugar. Pero es que toda su vida le habían enseñado que tenía que odiarle.

En el primer momento en el que se conocieron, Rose se había dado cuenta al instante de quien era aquel muchacho desgarbado, paliducho, sentado sólo en uno de los vagones del Expreso de Hogwarts. Se había dado cuenta de que no era otro que el mismo que su padre le había instado a ganarle en todo, sin ni siquiera darle más explicaciones. Y por alguna razón, que ahora le parecía totalmente incomprensible, le había odiado desde ese mismo instante. Al principio, podía haber sido una simple pataleta de niña rabiosa que cree que ese otro niño desconocido le ha robado a su mejor amigo, a su querido primo. Pero aquel estúpido berrinche infantil continuo y continuo imparable; y solo necesitó oír la reacción de sus padres y de sus tíos ante el nombre de Scoprius Malfoy para poder darse a sí misma una escusa para aquel odio irracional. Sus padres nunca les habían contado toda la verdad sobre la Segunda Guerra Mágica. Cuando eran demasiado pequeños y simplemente preguntaban ingenuos por las heridas en la piel de los mayores, por aquella persona, igual al tío George, que aparecía en muchas de las fotografías que adornaban las paredes de la Madriguera, o porque Teddy nunca había conocido a sus padres, solo recibían como respuesta que había cosas difíciles de contar y de entender, y que lo descubrirían todo cuando fueran mayores. No obstante, cuando ya fueron mayores, no descubrieron todo, solo aprendieron a entender que sus padres eran héroes. Héroes a los que toda la comunidad mágica alababa y veneraba por su grandeza de espíritu, por su valor, por sus servicios por y para el mundo. Héroes cuyos nombres perdurarían en la historia junto a sus grandes hazañas para siempre. Y aprendieron a entender también, que igual que había habido héroes, también había habido villanos; y aquel chico, que ya no era desgarbado, pero si seguía igual de paliducho, llevaba el apellido de un villano.

Aunque Scorpius no había sido nunca un villano. Podía ser arrogante, sí, altanero a veces, con esa sonrisa socarrona y sus incisivas ironías. Pero nunca había sido de verdad un villano.

Rose continuó corriendo por el pasillo para llegar a las escaleras que le llevarían hasta el tercer piso, hasta el retrato que daba paso a su sala común. De repente, un grito amortiguado interrumpió el silencioso sonido sordo del eco de sus pasos. "¡Levicorpus!" se oyó lejano, al otro lado del corredor, seguido de unas sonoras carcajadas. La chica se apresuró por el corredor hacía la fuente de aquel grito sacando su varita de los bolsillos de la túnica del uniforme. Al doblar la esquina vio un tumulto de gente que, desde luego, no deberían estar levantados a esas horas de la noche y se dispuso a regañarles. Pero al acercarse más a ellos, se quedó estupefacta, quieta sobre las baldosas del suelo, con un grito ahogado clavado en la garganta. Entre medias de aquel grupo de alumnos de séptimo estaba Scorpius, flotando en el aire como si unas cuerdas invisibles hubiesen tirado de su tobillo hacía arriba y estirando los brazos desesperado, intentado coger su varita que había quedado tirada sobre el frío mármol, seguramente por la sorpresa de aquel ataque. "¿Quieres tú varita, asquerosa escoria mortífaga?" Oyó que alguien decía entre carcajadas.

"¡¿Qué demonios está pasando aquí?!" Espetó por fin Rose, tras salir forzosamente de la conmoción que había surgido en ella por aquella imagen tan grotesca.

Uno de aquellos chicos de séptimo curso salió de detrás de la figura de Scorpius y asomó la cabeza hacía Rose. "¿Mirar quién está aquí?"

Los demás se giraron también para mirar a la chica pero nadie parecía querer explicar la situación o cortarla de ninguna manera. "Pero si es la chica Weasley" Dijo otro de ellos con una mueca divertida.

"Ven a divertirte un rato con nosotros, Weasley" Volvió a hablar él que había visto a Rose primero, un tipo alto y fornido que llevaba los colores de Ravenclaw en el uniforme.

Rose sintió una oleada de impotencia y algo parecido a la ira subiéndole como la bilis por el esófago. Aquello era, de repente, totalmente repulsivo. "¡Dejadle en paz ahora mismo!" Gritó airada, blandiendo su varita amenazante e intentado ignorar lo extremadamente coloradas que estaban ahora sus orejas. Los chicos la ignoraron y volvieron a reír sonoramente. Rose volvió a chillarles, esta vez, hinchando el pecho, intentando recalcar la insignia dorada de prefecta que tenía sobre la túnica. "¡Este tipo de comportamiento violento está total y absolutamente prohibido en este colegio!"

Scorpius se retorcía en aire, intentado zafarse de aquella fuerza inmaterial que le retenía preso en el aire, la sangre bajando a su cabeza, tonando la piel, normalmente pálida y blanquecina, de su rostro, de un tono rosáceo que quedaba muy antinatural en él. "¡Venga Weasley! Solo queremos comprobar si también lleva una marca tenebrosa como la de su padre" Dijo aquel alumno de Ravenclaw mientras tiraba del jersey de Scorpius y le dejaba sin ropa de cintura para arriba. Avergonzado, el chico intentó taparse el torso desnudo soltando un quejido lastimero que atravesó a Rose a la altura del corazón. Era delgado con las suaves líneas de sus músculos tensos surcándole la pálida piel. Ya no intentaba coger su varita o si quiera zafarse, solo quería que todo aquello terminase cuanto antes. ¿Por qué se había quedado solo en el campo de Quidditch? ¿Por qué no se había marchado con Albus? Aquellos niñatos no habrían podido con los dos, pero a él, solo, desprevenido en medio de aquel pasillo desierto, le habían pillado por sorpresa y no había tenido ni una sola oportunidad de defenderse.

" ¡He dicho que le dejéis en paz o os quitaré cincuenta puntos a cada uno!" Rose se abalanzó sin pensarlo hacía el tipejo que tenía en alto su varita, sosteniendo a Scorpius con aquel hechizo, unas gruesas lágrimas de rabia apunto de inundarle los ojos.

Sin embargo otro de ellos la había cogido por las muñecas, sujetándola y mirándola con una mueca entre la sorpresa y la maldad "¿Desde cuándo una Weasley está defendiendo a un Malfoy, eh? ¿Es que él mundo se ha vuelto al revés?" Aquel comentario profirió una nueva riada de risas histéricas.

"No digas tonterías Rosie, no nos vas a quitar puntos a nosotros" Dijo otro de ellos, señalándose los colores de Gryffindor de su uniforme. Rose le recordaba de su casa, de su sala común, aunque no habían hablado nunca. Un chaval rubio y bajito que a veces había estado rondando con sus primos James y Fred el año pasado, pero que nunca había sido amigo suyo. "¿Verdad que no? No por esta asquerosa serpiente, hijo de un mortífago como tú" Añadió girándose de nuevo hacía Scorpius.

"Parece que aquí no la tiene" Dijo otro estudiante de Ravenclaw acercándose por primera vez hacía la figura que colgaba suspendida en el aire.

"¿Le quitamos los pantalones para ver si la tiene ahí escondida?" Añadió otro más levantando su varita y apuntando a Scorpius, que había vuelto a retorcerse grotescamente ante la insinuación de aquella nueva maniobra aun más humillante que la anterior. Rose desviaba la mirada atónita entre unos y otros mientas tiraba de las manos para liberarse de su captor. Nunca antes había visto tanta crueldad, nunca habría llegado a pensar que unos muchachos de apenas diecisiete años pudiesen tener dentro tanta malicia envilecida. Era absolutamente asqueroso. Asqueroso y desesperante por la enorme sensación de impotencia que la había calado hasta las entrañas al no poder pararles los pies.

"¡HE DICHO QUE BASTA YA!" Bramó la chica. "¡CIENCUENTA PUNTOS MENOS A CADA UNO!" Todos callaron de sopetón y miraron a Rose asombrados y alarmados. Ninguno se había tomado enserio aquella amenaza. Ninguno habría pensado que un Weasley llegara a defender de aquella forma a ese Malfoy. Sin embargo entre el aplastante silencio que había caído como una manta pesada sobre ellos, se pudo entreoír el sonido tintineante de las piedras preciosas que llenaban los relojes de arena gigantes del vestíbulo principal. Rose deseó con todas sus fuerzas oír también el sonidos de los pasos de algún profesor acudiendo a aquel alboroto, o del conserje, o de alguien, quien sea, alguien que pudiese ayudarla. Pero no acudió nadie. Todo el castillo parecía sordo a los gritos y las risas en aquella noche de invierno. Rose respiró agitadamente y con dificultad, la habían soltado las muñecas y habían echado un par de pasos hacia atrás separándose de ella y de Scorpius, que aun seguía pendiendo de aquella cuerda invisible. "¡Y BAJADLO DE AHÍ AHORA MISMO!"

"Tú mandas Weasley" Le dijo el chico que la había sostenido por los brazos con una última sonrisa maquiavélica, agitando su varita una última vez antes de correr con sus amigotes riéndose de nuevo. Con un chasquido, la supuesta cuerda etérea que sujetaba a Scorpius del tobillo se rompió y el chico cayó de bruces contra el suelo con un ruido sordo.

Rose se acercó a él y se agachó a ayudarle a recoger las prendas de ropa que le habían quitado a la fuerza y que habían quedado desperdigadas a su alrededor. Mientras el chico intentaba incorporarse, la mirada se le perdió en el cardenal violáceo que estaba empezando a surgir en el punto donde el torso desnudo de Scorpius había impactado contra el frío mármol. No pudo evitarlo y levantó la mano para rozarle suavemente en ese punto, dibujando una tierna caricia involuntaria por su piel suave, templada por el esfuerzo y la incandescente barbarie de aquel momento.

Scorpius tembló en un escalofrío agridulce con aquel contacto pero no se atrevió a mirarla a la cara. La rabia y la furia le agitaban por dentro como un terremoto, como una tormenta de truenos y coléricos relámpagos, una tormenta que se descargaba en unas gruesas lágrimas dolorosas que le embarcaban las mejillas y la horrible mueca de odio que le crispaba la boca. Intentando en vano controlar las forzosas sacudidas que le recorrían todo el cuerpo, hasta llegar a la punta de los dedos, Scorpius se puso lo más rápidamente y de malas formas la camisa del uniforme, cortando de raíz la sensación cálida de la mano de Rose sobre su espalda. Se sentía herido. No en la piel, no en el punto donde nacía aquel cardenal, sino en lo más profundo de su ser. Como si le hubiesen hecho tragar a la fuerza un montón de cristales rotos y estos le estuvieran arañando las entrañas, desangrándolo por dentro. Notaba los ojos azul oscuro de Rose clavados en él, dolorosamente, y se sintió asqueado al imaginarse la mirada lastimera de la chica. "¡Lárgate, Weasley!" le gritó mientras se levantaba tambaleándose "¡No necesito que vengas a ayudarme por pena!"

Rose se quedó agachada donde estaba, observándole correr a zancadas por el pasillo, observándole huir de ella. No se había ofendido por el tono deliberadamente hiriente que había fingido poner Scorpius. No se había ofendido porque tenía un nudo atándole el cuello, atragantándole las palabras ahí dentro, y era incapaz de sentir nada más que eso. Las imágenes de la escena que acaba de ocurrir se sucedían unas a las otras como en un bucle por su mente, una y otra y otra vez, aterrorizándola aun más; y de repente, la verdad cayó como un jarro de agua helada sobre ella. Aquella no era la primera vez que algo así ocurría, y lo peor era que, en aquellas otras ocasiones, ella había pasado indiferente, insensible a las atrocidades que pasaban a su alrededor, impasible al sufrimiento, al dolor de aquel chico.

Se incorporó repentinamente y sin pensar, sin calibrar racionalmente lo que hacía, corrió por el pasillo detrás de Scorpius. Cuando se encontraba a escasos metros de él, le vio desviarse y entrar en una aula vacía, cerrando tras él de un portazo que retumbó entre las gruesos muros del castillo y la luz tenue de las antorchas. Jadeando, Rose se paró en seco delante de aquella puerta, un último instante de duda titilando en su cabeza, pero se decidió a entrar. Scorpius se encontraba al otro lado de la habitación, la frente apoyada sobre la fría superficie de la pared de piedra, las manos, cerradas con fuerza golpeándola con los puños. Rose atemorizó un poco más por aquel arranque imprevisto de violencia, nunca le había visto perder el control de aquella forma. Sin embargo, volvió a correr hacía a él y poniendo las manos sobre los músculos contraídos de su espalda, lo más suavemente posible. "¡Scorpius!" El chico no le hizo caso alguno y siguió descargando su furia atronadora sobre la roca inmutable. "¡Para, para, para! ¡Vas a hacerte daño!"

"¡Me da igual!" Gritó Scorpius girándose por fin a encararla, los nudillos magullados temblando de dolor e ira. "¡ME DA IGUAL TODO!" Un torrente de gruesas gotas saladas seguía cayendo por su semblante, dejando un surco marcado como el cauce de un rio, sin que él hiciese nada para sostenerlas o limpiárselas. Ya no le importaba que ella le viese llorar. No le importaba que su dignidad estuviese ahora reptando derrotada por el suelo como un animal moribundo. No le importaba nada en absoluto. Necesitaba explotar, explotar de rabia y tristeza. Necesitaba que aquella energía atronadora que se generaba imparable en su interior saliera fuera de él. Saliera como un onda expansiva tan grande y tan letal que arrasase todo a su paso, que crease la mayor destrucción posible a su alrededor. "¡ESTOY HARTO!" Volvió a bramar mirándola directamente, clavándole la mirada en la profundidad de sus ojos, como intentado llegar a las profundidades de aquel mar azul oscuro. Rose le devolvió la mirada, su corazón se encogió de miedo y pena nada más ver aquel gris plomizo de sus ojos, un gris frío, congelado, bañado de odio y cólera. Un gris mucho más rígido y sombrío de lo que jamás hubiese visto. "¡Estoy arto, Rose!" Al oír su nombre, Rose no pudo sostener su mirada un instante más y bajo la cara en un gesto de ternura infantil. De alguna forma, había salido de él una oleada de fuego ardiente que le abrasaba la piel y la llenaba por dentro de una extraña culpabilidad lacerante y desoladora. "¡Estoy arto de tener que ir por la vida convenciendo a todo el mundo de que sí soy una buena persona! ¡Estoy arto de tener que tolerar que los demás me traten como a basura solo para demostrar que no he hecho nada malo!" Ya nada podía callarlo, el resentimiento le colmaba por dentro como si fuese agua en un vaso. Agua que hubiese llegado al límite posible y ahora solo pudiese desbordarse. "¡Soy una buena persona! ¡No he hecho absolutamente nada malo a nadie! ¡NUNCA! ¡Lo único que he hecho es nacer con este apellido, pertenecer a mi familia y no a otra!"

Había empezado a caminar airado de lado a lado de la habitación, dando zancadas firmes, apretando aun más los puños a cada frase; porque cada frase que salía por su boca venía de un largo viaje, saliendo desde sus más íntimas profundidades, desde el último rincón de su alma. Desde aquel lugar que se había jurado a sí mismo esconder para siempre y nunca enseñárselo a nadie. Sin embargo, ahí estaba él, gritándoselo todo a Rose Weasley, salpicándola por entero de las aguas de su espíritu, mojándola, empapándola. Volvió a pararse delante de ella, cerca, muy cerca; aunque ella seguía con el semblante bajado, escondiendo la cara tras sus rizos. "¡¿Creéis que no sé lo que mi familia hizo durante la guerra?! ¡¿Creéis que no soy consciente de los errores que cometieron?!" Rose seguía sin poder decir nada. Se había quedado totalmente muda, como si nunca hubiese aprendido a hablar y lo único que pudiese escapar ahora entre sus labios fuese el quejoso aullido de un animal aterrado. Aquella era la primera vez que Rose Weasley no desataba incontrolable su famosa incontinencia verbal. "Posiblemente lo sé mucho mejor que vosotros..."

Ninguno de ellos lo sabía en ese momento, pero aquella frase había sido tan cierta, tan infinitamente verdadera, como él mismo aire que respiraban o el mismo sol que les alumbraba cada día. Y es que, Scorpius Malfoy era posiblemente el único chico de su edad que sabía la historia completa de la Segunda Guerra Mágica; al menos, la historia de su padre, con todas las tinieblas y todos sus fantasmas. Draco Malfoy le había contado a su hijo todo su pasado, quizás con demasiados detalles para un pobre niño de apenas once años. Y se lo había contando, no porque quisiera excusar sus propios pecados, sino porque sabía que el mundo haría pagar a su hijo por todos los errores que él había cometido y sentía, en su fuero interno, que aquel muchacho tenía pleno derecho a conocer porque exactamente iba a ser juzgado y perseguido por el resto de su existencia.

En ese momento, mirando los dulces ojos inocentes de su querido hijo, Draco había descubierto que su mayor miedo, aquello que realmente le causaba un terror tal que podía apretarle el corazón hasta dejarle sin vida, no era la imagen del Señor Tenebroso, cuyo verdadero nombre aun no se sentía capaz de pronunciar en voz alta, no eran los recuerdos de las muertes, las torturas, los gritos y la sangre que habían llenado su casa cuando solo tenía dieciséis años, ni siquiera era la ver la cara de aquel grandísimo mago al que él había causado la muerte. No, su peor temor era pensar que su hijo, la única alegría verdadera de toda su vida, dejaría de quererle en el momento en el que conociera toda la verdad. Porque, cómo iba alguien a amar a semejante monstruo, cómo iba un alma tan pura, tan bella como la de aquella criatura, perdonar tantos horrores. Sin embargo, Scorpius Malfoy siguió queriendo a su padre con toda la fuerza que albergaba en su alma y en su corazón, quizás, más incluso que antes. Porque ahora entendía, de una vez por todas, porque aquella sombra tenebrosa y oscura acechaba la sonrisa de su padre a cada momento; porque le oía gritar, llorar sus pesadillas cada noche; porque le sentía sufrir en silencio, lidiando con una infinita batalla vital entre la alegría de seguir viviendo y la culpa del carcoma del pasado.

La respiración de Scorpius fue sosegándose poco a poco, acompasándose a medida que se calmaban su pasos airados por la habitación. Su pecho subía y bajaba, acomodándose al hueco que había dejado en su interior aquellos gritos al salir por su boca. "No puedo dejar de quererles Rose, son mi familia. Simplemente no puedo. Y... no podéis odiarme por ello..." Dijo ya en un susurro apenas audible. De repente, se sintió exhausto, espantosamente agotado, y dejó de pasear por la habitación, reservando un último esfuerzo para poder llevarse a sí mismo fuera de aquel aula, para poder llegar sin derrumbarse hasta su cama en las mazmorras.

Cuando ya había dado la espalda a la chica para encarase hacía la puerta, Rose también susurró "Lo siento..."

"¿Por qué?" Preguntó él. "¿Por qué lo sientes?" No quería oír nada de aquello. Estaba cansado de perdones a medio decir que no llegaban a significar nada, que no eran más que sucias mentiras paliativas dichas sin apenas pensar. Se disponía ya a marcharse cuando Rose se retiró la manta de rizos color rojo incandescente por encima de sus hombros y Scorpius pudo ver al fin su semblante. Estaba llorando, silenciosa, callada, unas finas gotas delicadas cayendo sin descanso desde sus ojos entrecerrados, y no había lástima, ni vergüenza, solo había una profunda y abisal tristeza marcando el rictus de su cara. Scorpius pensó por un segundo que jamás había visto algo tan bello.

"Lo siento..." Volvió a susurrar. Su cuerpo se convulsionaba ahora tras los imparables sollozos y el chico sintió una urgente necesidad de ir a abrazarla, a calmarla. Se acercó, unos pasos, pero no fue capaz de nada más. No podría soportar más mentiras, y ya se sabe que los 'lo sientos' que no se sienten de verdad son las peores faltas de ortografía. "Lo siento mucho..." Siguió repitiendo una y otra vez Rose, la mirada estática, quieta sobre las baldosas del suelo, emborronada por aquella cascada silente de lágrimas que surgía sin remedio, y es que, esta vez, lo sentía de verdad, lo sentía con todo el arrepentimiento que un corazón puede albergar. "Toda la vida te he tratado mal, te he despreciado, sin ni siquiera darte una oportunidad..." Ya no podía callarse. Había sido como destapar un telón, un telón que la había mantenido ciega todos estos años y que de repente se alzaba para gritarle una verdad cruel y dolorosa, una verdad que jamás podría aprender a olvidar. "He sido tan injusta contigo, tan... y ni siquiera puedo recordar porqué lo hacía... Ni si quiera consigo recordar que excusa ponía para justificar tanto desprecio...Yo...Perdóname, por favor..." El resto no fueron más que inteligibles balbuceos que escapan entre los lacrimosos aullidos y los temblores de su cuerpo. Necesitaba un perdón, necesitaba algo, lo que sea, unas palabras de consuelo que la sacaran de aquel océano de culpa en el que se ahogaba, que tiraran de ella, que la sacaran de las profundidades y la ayudaran a respirar de nuevo. Lo necesitaba egoístamente, aunque en el fondo de sus ser, sabía que no se lo merecía. Había sido una persona horrible, absolutamente horrible, y no se merecía el perdón de nadie y menos de aquel chico cuyas lágrimas y gritos la habían abofeteado con aquella realidad tan terrible de mirar a la cara.

Scorpius sintió como todas sus entrañas se le removían, como si toda su ciudad interna de anhelos y esperanzas empezara a reconstruirse por dentro, echando de su alma aquella lacerante apatía que le había gobernado hasta entonces y dejando entrar, en su lugar, una inmensa felicidad que nunca antes había sentido. Rose Weasley le estaba pidiendo perdón, un perdón sincero, real. Y ya no había nada más a su alrededor, ya no importaba nada más. El mundo entero podía perseguirle ahora; gritarle, insultarle, odiarle si quería. Podían repetirse un millón de ataques más como el que había sufrido aquella noche. A él le daba igual, porque Rose Weasey le estaba pidiendo perdón, y podría luchar, a partir de ahora, contra todo viento y marea, si podía agarrarse a este recuerdo. Sin poder contenerse un instante más, cerró la distancia que aun les separaba, poniendo una mano sobre la mejilla empapada de la chica, le levantó el semblante y la besó. Un beso tierno, no voraz como había sido el primero, ni hambriento, sino infinitamente suave, sedoso. Cargado de tanta emoción, de tanta gratitud y esperanza que se notaba hasta pesado, sólido. Sus labios sabían saldos por las lágrimas pero también dulces, dulces de aquella disculpa sincera que había salido de su corazón y se había quedado mojando su boca.

Se separaron después de un momento que había parecido infinito y se miraron a los ojos, los de él, derritiéndose poco a poco de la frialdad que les había congelado antes; los de ella, aun ahogados en aquel océano de lágrimas. Delicadamente, Scorpius pasó el pulgar por aquel mapa estelar de pecas que surcaban las mejillas de Rose, borrando en un roce los surcos mojados de su piel. Sin embargo, la chica no dejo de llorar y volvió a balbucear "Lo siento mucho, de verdad... Lo siento"

Scorpius no dijo nada aun, solo volvió a secarle dócilmente aquellas gotas de agua amarga y salada, e interrumpiendo de nuevo sus balbuceos, volvió a besarla. Más fuerte, con más profundidad, abrazándola firmemente con las manos en su espalda, atrayéndola hacía así. Rose temblaba entre sus brazos, agarrándose al cuello de la camisa del chico para no caerse. La ternura de aquel beso, la determinación con la que la ceñía contra él, era el salvavidas que la sacaba de aquella agua hiriente y dolorosa de ese océano de culpa. Era como el oasis en el desierto o el fuego de una hoguera en medio del frío hielo del ártico. Pero Rose seguía sintiendo que no era merecedora de aquel perdón, no era digna de esos besos suaves, del roce de sus manos, del contacto de su piel pálida; así que insistía e insistía en musitar sus nerviosas disculpas cada vez que se volvían a separar sus labios. Insistía hasta que Scorpius la besaba de nuevo; hasta que le dijo en un susurro, acariciándola con su aliento cálido en el cuello y una inmensa sonrisa "Ya no importa Rose, el pasado ya no me importa"

Muchísimas gracias por seguir la historia

y por dejarme fantásticos reviews

Un fuerte abrazo para todos