La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling

CAPÍTULO 9

"Aquí tiene, señora Pince" Le dijo Rose a la bibliotecaria mientras dejaba encima de su escritorio el ejemplar de 'El estudio de las Runas Antiguas en Egipto y sus traducciones a lo largo del tiempo'. La bibliotecaria levantó la cabeza y la observó fijamente, con ligero deje de irritación en la cara. Rose no pudo evitar pensar que era verdad lo que todos decían, Irma Pince parecía, claramente, un buitre mal alimentado.

Tras unos segundos de aguda observación, la desagradable bibliotecaria dejó de escudriñarla con sus grandes ojos juiciosos y se dedicó a inscribir el libro en el registro de devoluciones. Rose hizo un ademán de marcharse ya de allí pero la Señora Pince llamó su atención. "¿Señorita Weasley?"

"¿Sí, señora Pince?" Preguntó la chica. Rose era de las pocas alumnas que conseguía arrancar un tono un poco más amable en la voz de aquella agria mujer, sin embargo, había algo en su forma de hablar y de tratar a los alumnos que indicaba claramente que no le gustaban. No le gustaba para nada que aquellos adolescentes, con sus sucias y pringosas manos, tuvieran acceso a sus preciados libros, y por tanto, a la posibilidad de mancillarlos.

"Lleva una semana de retraso con este" Dijo la mujer señalando con el borde de su pluma el ejemplar que Rose acababa de entregar. "Se pasa casi todos los días en la biblioteca, señorita Weasley. ¿Cómo se le pudo olvidar devolverlo a tiempo?"

Rose se miró a la punta de los zapatos un tanto avergonzada. Avergonzada porque la bibliotecaria tenía mucha razón. Desde que hubiesen vuelto de las vacaciones de Navidad, Rose había pasado en la biblioteca más tiempo que nunca, y aun así, se las había apañado para olvidar devolver muchísimos libros que ni siquiera se había llegado a leer aun, e incluso, para retrasarse con sus propios deberes, cosa que jamás había ocurrido antes. Todo porque a su cabeza, volvía una y otra vez a interrumpirla la misma persona. "Lo siento, señora Pince. Últimamente he estado... pensado en otras cosas" Después de aquello, la chica aprovechó el silencio de la mujer para tomárselo como el fin de la conversación y salir corriendo de allí. Todavía no eran más de las ocho de la mañana y aun le daba tiempo a pasar por el Gran Comedor y desayunar algo antes del comienzo de las clases del día. Hoy iba a ser un día muy largo. Trasformaciones, Herbología y Runas Antiguas antes de comer, y para terminar una larga clase de pociones con los de Slytherin... Ahí estaba otra vez aquella persona, entrando sin pedir permiso por la puerta trasera de sus pensamientos.

Sin embargo, de repente, se sentía mucho más lícito pensar en esa persona, pensar en él. Desde los acontecimientos de la noche anterior, a Rose se le habían atenuado levemente las punzadas de culpa y rabia que solían atormentarla cuando dejaba que la imagen de Scorpius Malfoy se escapara de su control y campara a sus anchas por su mente, como contoneándose. Aun oía en su interior el murmullo de una voz reprobatoria cuando venían repentinos los recuerdos de aquellos besos salados que habían compartido entre las sombras de un aula vacía. Una voz que a veces sonaba al gruñido ronco y obstinado de su padre, otras, a los gritos enfadados y alarmados de sus primos Fred y James, y muchas otras, a ese tono agudo de alarma e indignación que caracterizaba a Dominique. De cualquier forma, ahora, si era sincera consigo misma, cosa que le costaba horrores hacer, no podía evitar las irremediables ganas y esperanzas de que llegara aquella clase de pociones para poder volver a verle.

Caminando callada hacia el Gran Comedor, con la única compañía de su sombra o el canto de los pájaros que amanecían en los terrenos del colegio y que se colaba en el castillo a través de las grandes ventanas, Rose volvió a rememorar la figura esbelta y elegantemente silenciosa de Scorpius mientras la acompañaba a la torre de Gryffindor la noche anterior. Las grandes zancadas del chico, que en otras circunstancias, le habrían resultado difíciles de seguir, se habían acompasado a el paso de sus pequeñas piernas y en ese momento, habían ido levemente detrás de ella, con el brazo un poco separado de su cuerpo, como si quisiera pasarlo por su espalda en aquel cariñoso gesto de protección, pero no se hubiese atrevido del todo. Aunque no habían vuelto a hablar en todo el trayecto, aunque no habían sido capaces de lanzarse más que miradas esquivas y tímidas, al llegar en frente del retrato de la Dama Gorda, Scorpius se había vuelto a inclinar para besarla, y ella, se había vuelto a dejar besar. Un beso sutil, rápido, de despedida; o eso habría sido si no fuera porque al instante de volver a sentir sus labios tocándose, ambos habían notado una especie de magnetismo irremediable, una especie de fuerza centrífuga que les empuja el uno contra el otro.

Los murmullos crecían según Rose se acercaba a las grandes puertas de madera de roble y las conversaciones empezaban a envolverla, sacándola de sus propias ensoñaciones. La chica caminó entre las largas mesas y se sentó entre sus compañeros de Gryffindor. No se había arriesgado a mirar directamente hacia la mesa de Slytherin, temiendo encontrarse cara a cara con la mirada gris de Scorpius, temiendo no saber reaccionar. Si antes había estado totalmente confundida, nadando entre el odio que ya conocía y una nueva atracción hacía él; ahora su interior era un completo caos irreconocible. Su propia voz interna, aquella que se había dejado derretir entre los brazos y los besos del chico, aquella que le había pedido perdón desesperada por intentar mitigar todo el horror que había cometido contra él, luchaba a cuerpo descubierto contra esas otras voces que tomaban la forma de sus muchos familiares y que la zarandeaban, espantados por lo que había hecho.

Una vez ya sentada en su sitio, Rose se dio cuenta de las numerosas miradas curiosas y susurros nada disimulados que se habían levantado a su alrededor. A dónde fuese que fijaba los ojos, había alguien más fijándolos de vuelta en ella, mientras se volvían sin camuflarse hacia su compañero de al lado y le murmuraba cuchicheos en la oreja. ¿Se habrían enterado todos de lo que había pasado entre Scorpius y ella la noche anterior? ¿Pero cómo demonios lo sabía toda la escuela? ¿Les habría visto alguien besándose en aquella aula y habría desplegado el rumor entre todos los demás alumnos? Era imposible. Nadie les podía haber visto. Habían estado solos en aula, solos en el pasillo, solos al volver hacia la torre de Gryffindor, solos... Porque habían estado solos ¿verdad? La verdad era que sí habían estado solos, que nadie les había visto hablando, o llorando, o besándose apasionadamente. Sin embargo, los rumores y los cotilleos corrían como la pólvora en el colegio Hogwarts de Magia y Hechizería, y una vez que se prendía la mecha, el fuego se propagaba y se propagaba sin descanso, hasta que llegaba a la dinamita, explotaba y la destrucción alcanzaba a cada uno de los rincones, a cada corredor, cada tapiz, cada recoveco escondido; y por supuesto, a cada oreja.

Dominique y Alice bajaban en ese momento a desayunar, sentándose una a cada lado de la chica, siempre, mucho menos madrugadoras; así que Rose se olvidó de los incesantes siseos de su alrededor, aunque no por mucho tiempo. "¿Qué Rosie? ¿Alguna novedad en tu vida de ratón de biblioteca?" Le preguntó Dominique. Claramente, Rose intuyó las intenciones ocultas de su prima porque ella no le habría insinuado nada como aquello si no estuviera encubriendo un algo más. Existía un acuerdo tácito entre las tres amigas por el que nunca se juzgaban las unas a las otras, Dominique nunca hablaba de las muchas horas que Rose pasaba encerrada estudiando en aquella parte del castillo, mientras Rose nunca juzgaba las muchas horas que su prima pasaba metida dentro de los armarios escoberos con algún muchacho; y Alice, bueno, Alice simplemente no se metía a analizar los comportamientos extraños de las otras dos. "¿Has quitado algunos muchos puntos últimamente?" Siguió preguntando Dominique intentando sonar casual, escondiendo una sonrisa acusadora dentro de su vaso de zumo de calabaza.

"Ah, eso..." Suspiró Rose, de repente, consciente de que entre la curiosidad y el cotilleo de las muchas miradas que se clavaban en ella esa mañana, también había un cierto deje de antipatía. Así que había sido su pequeño encontronazo con aquellos chicos de séptimo lo que había llegado a oídos de los demás estudiantes. En el fondo, Rose se sintió ligeramente aliviada, no se sentía preparada para asumir en voz alta lo que había pasado después y lo que nadie parecía aun conocer.

Dominique no pudo sostener más su indignación y puso con ímpetu el vaso encima de la mesa, demasiado irritada como para seguir desayunando como si nada. "¿Cómo se te ocurre, Rose? ¡Quitarles tantos puntos a los chicos mayores!" La chica gesticulaba ahora exageradamente, incapaz de controlarse, hasta el punto de que casi mandó una de las fuentes de tostadas que estaba cogiendo, al otro lado del Gran Comedor. "¡¿Por un Malfoy?! ¡¿Es qué te has vuelto loca, Rose?!

Rose negaba en silencio con la cabeza. Hace unos días, habría contestado que sí, que se estaba volviendo totalmente loca, que la única explicación razonable para su repentina atracción hacía ese chico solo podía ser enajenación, total y absoluta enajenación. Pero aquella vez había sido diferente. "Tú no lo entiendes, Dom." Contestó al fin. " No viste lo que le estaban haciendo. Era horrible, violento... Totalmente repulsivo." Un escalofrío le recorrió la espalda, dejándola destemplada de repente, cuando volvió a recordar la imagen del torso desnudo de Scorpius colgado mágicamente en el aire, cuando volvió a oír en su cabeza como se reían de él, cómo se disponían a denigrarle hasta límites insospechados. "No deberían hacerle nada así a nadie. Nadie debería pasar por semejante... humillación"

Rose agachó la cabeza con la cara perdida hacia su bol de cereales, ligeramente abatida por aquel recuerdo. Alice, instintivamente, puso una mano en su espalda, acariciándola con cariño, comprensiva como solo ella podía ser. Sin embargo, Dominique le echó una miradita de censura por encima de Rose. Desde el momento en el que las dos se habían enterado de aquella noticia que tenía a todo Hogwarts alterado, habían acordado que había que sacar a su amiga Rose de aquel berenjenal. No podían ser blandas o benévolas, aunque aquello fuese más por Alice que por Dominique, porque aquella chica, de cabello rubio plateado y belleza imponente, podía ser muchas cosas, pero blanda o benévola no la había sido en su vida. Costase lo que costase, tenían que sacar a ese estúpido de Malfoy de la cabeza dura de Rose, aunque fuese de un bofetón. Aunque, Alice no estaba del todo convencida de que ese chico, de que Scorpius Malfoy, fuese tan malo como decían, y es que a Alice le resultaba complicado pensar que existía maldad alguna en la gente, sin embargo, Dominique ya estaba suficientemente convencida por las dos.

La primera vez, hacia ya dos años, que Dominique había pillado a Rose con aquella mirada encendida sobre Scorpius Malfoy, lo había encontrado entretenido. Sorprendente sí, pero entretenido. De alguna forma resultaba divertido observar como los arranques de furia contra él, tan comunes, tan cotidianos, comenzaban a teñirse al final de miradas cargadas de anhelo y segundas intenciones, miradas que no habían estado nunca ahí. Y es que, sus eternas peleas de inteligentes sarcasmos e ironías varias, que empezaban a parecerse más a una conversación ágil que a una discusión hiriente, no eran más que el fruto y la consecuencia natural que derivaba de bucear por demasiado tiempo alrededor de ese límite difuso que existe entre el amor y el odio. Rose lo había negado atolondrada, por supuesto; tan inteligente como era para muchas otras cosas pero tan estúpida, a veces, para los temas del corazón. Sin embargo, Dominique sí lo había visto todo, y por primera vez en toda su vida, tuvo una nueva sensación con la que no estaba nada familiarizaba. Por primera vez, era Dominique la que había sabido entender algo que a Rose Weasley, a la mismísima Rose Weasley, tenía totalmente desorientada. Y aquella sensación, se había tornado cálida en su pecho. Cálida de alegría, de orgullo personal; pero también, de soberbia y quizás, de un pequeñísimo soplo de maldad que se preguntaba, sonriendo maquiavélicamente, que pasaría cuando los adultos Weasley descubrieran aquel extraño amor rabioso que se estaba fraguando entre esas dos personas tan incompatibles, que le ocurriría a la imagen de perfecta prefecta de Rose cuando se destapara aquel desagradable pastel.

Dominique no podía negarlo, estaba celosa, estaba celosa de su prima y mejor amiga Rose. Y aunque eran unos celos escuetos, callados, que solo ronroneaban en su interior sin gruñir demasiado y nunca salían a pasear fuera, había estado celosa casi toda su vida. Todo había empezado a los nueve años, una tarde de caluroso verano en la Rose y Dominique jugaban risueñas con sus muñecas en el enorme jardín de la Madriguera. Sus padres y sus tíos andaban por la casa, de aquí para allá, ayudando a la abuela Weasley, pero todos habían acudido corriendo al jardín para contemplar otro de los momentos de asombrosa magia involuntaria de la pequeña Rosie. Había sido casi increíble pensar que una niña de apenas nueve años, que aun no había ido a Hogwarts todavía, había conseguido encantar todos sus muñecos para que se deslizaran solos entre las briznas de hierba en un bonito waltz improvisado. A Dominique le había fascinado como la que más aquel maravilloso despliegue, pero algo la había empezado a carcomer, emponzoñándola por dentro poco a poco, cuando vio a todos los adultos congregándose alrededor de su prima, felicitándola, maravillados por aquellos poderes mágicos tan brillantes, tan adelantados, tan asombrosos. Para los demás, aquello no fue más que un acontecimiento sin importancia, una tonta anécdota, pero años más tarde, Dominique descubriría que aquello había el comienzo de una verdad ácida, amarga de digerir, con la que tendría que convivir, merodeado por su boca, el resto de su vida. Y es que, Dominique, a sus tiernos nueve años, había aprendido de sopetón que hay una clara diferencia, una diferencia casi cruel, entre ser admirada por lo que eres o por lo que haces. La hija pequeña de Bill y Fleur Weasley era guapa, como también lo eran sus hermanos. Guapa con una belleza obvia, atrayente como una fuerza mágica innegable; pero eso era todo lo que ella era: atractivo genético heredado por la parte veela de su familia francesa, sin ningún otro misterio. Rose, al contario, valía por lo que tenía dentro, por aquella inteligencia natural, aquella mente despierta y rápida que ella misma se había construido a base de leer, leer, más leer y desear comprender todo lo que ocurría a su alrededor.

Desde aquella tarde estival de calor y juegos, Dominique no había podido evitar encontrarse siempre bajo la enorme sombra que proyectaba su listísima y perfectísima prima. Por eso, cuando aquella atracción romántica que sentía por Scorpius había golpeado a Rose en la cara, sin vérselo venir; Dominique, que si que la había visto llegar, anunciándose desde hacía mucho tiempo, había experimentado por primera vez lo que era poder ganar a su prima en su propio terreno. Incapaz de desprenderse de aquella presuntuosa emoción interior, lo había dejado fraguarse poco a poco. Sin embargo, de repente, se estaban acercando a un límite demasiado peligroso y había que cortar aquella locura de un tirón. Porque ante todo, Dominique era una Weasley, una Weasley que tenía muy claro que los Malfoys debían quedarse siempre a una distancia de seguridad considerable.

"¿Y vosotras como os habéis enterado del altercado?" Preguntó Rose después de un rato de aquel silencio incómodo y abatido.

A Dominique se le iluminaron los ojos con aquella pregunta. Una chispa de maldad escondiéndose mal disimulada entre la claridad añil de su mirada. "Rosie, cariño, lo sabe toda la escuela" Y volviendo a meter la sonrisa en el vaso de zumo para ocultar las segundas intenciones de su cometario, añadió "Ese chico Malfoy ha debido ir contándolo por ahí" Alice dibujó una mueca inconsciente en el semblante al oír aquello, pero no dijo nada, ateniéndose al plan que Dominique y ella había trazado previamente.

"¿Scorpius?" Musitó dudosa Rose "¿Scorpius lo ha ido contando por ahí?"

Dominique borró por un instante su flamante sonrisa al oír que Rose le llamaba por su nombre de pila, dudosa, pero volvió a la carga, ateniéndose también al plan establecido. "¿Quién si no?" Preguntó, falsamente ingenua "Solo estabais vosotros dos y esos chicos de séptimo. Créeme, si me hubiese pasado a mí, yo no correría a anunciar a todo el maldito colegio que Gryffindor ha perdido casi doscientos puntos por mi culpa..." Eso no había sido más que una vil mentira, o una mentira piadosa de esas que se cuentan para ayudar, según el criterio de Dominique. Pero la verdad era que habían sido aquellos chicos de séptimo los que habían extendido el rumor a primera hora de la mañana. Aunque claro, no habían dicho en ningún momento que hubiesen perdido tantos puntos para sus casas por haber estado haciendo algo absolutamente horrible, sino porque Rose Weasley, simplemente, había perdido por completo la chaveta. Cualquiera que fuese la escusa que aquellos matones le habían dado a sus compañeros, el caso era que Scorpius no había dicho nada en absoluto. Rose seguía sin creerse aquella teoría del todo, así que Dominique dio un paso más, resulta a dar una última estocada de remate a el plan maléfico de poner a Rose en contra de Scorpius de nuevo y así evitar que esos dos siguieran acercándose. Poco sabía la chica que su prima ya se había acercado a él todo lo que un ser humano puede acercarse a otro. "No sé, debe de resultarle divertido contarle a todo el mundo que por fin ha conseguido que una Weasley corra a salvarle de sus malhechores..." Dijo coronándolo con una carcajada fingida e infantil que no habría engañado a nadie si no fuera porque Rose ya tenía de por sí un carácter bastante inclinado a desconfiar de Scorpius Malfoy a la mínima excusa.

En ese momento, con aquellos pensamientos feos volviendo a volar en círculos por encima de su cabeza, Rose decidió levantar la mirada y buscar con los ojos a Scorpius a través del Gran Comedor. Y en ese mismo instante, la mayoría de amigotes de sexto del chico aprovechaban para soltar una sonora carcajada que viajó arrolladora por toda la estancia, mientras los que estaban más cerca de él le palmeaban la espalda divertidos. Todos reían, todos, incluso Albus se encogía en su asiento a mandíbula batiente. Rose crispó el gesto, imaginariamente, el murmullo inconexo y casi inaudible que llegaba desde aquella mesa se tornaba alto y claro en su cabeza. 'Has conseguido engañar a la chica Weasley tío. Enhorabuena' les oía decir. Solo que aquellas voces no estaban fuera, sino dentro de ella y no eran más que las llamas de un fuego que Dominique había prendido y que ella misma alimentaba con su propia mente pesimista e inestable. Finalmente, Rose no pudo aguantar más y se marchó deprisa hacía la salida con Dominique y Alice siguiéndola.

Sin embargo, antes de que sus dos amigas se marcharan también de la mesa detrás de ella, llegaron a captar unos ojos enfadados, reprobatorios, que las reprendían silenciosos desde unos asientos más allá. Lilly Potter las miraba con cierto odio y sin ningún disimulo. Había oído toda la conversación, experta como era en siempre enterarse mágicamente de toda información valiosa sin ni siquiera tener que preguntarla en voz alta; y las había estado observando fijamente, airada y profundamente contrariada por oír tantas mentiras juntas. Lilly también había descubierto, mucho antes incluso que Dominique y Alice, que había algo desconocido forjándose, construyéndose alrededor de Rose y Scorpius, empujándolos el uno en el otro, con menos desprecio y más afecto cada día. Lo había descubierto, pero sin sorprenderse, sintiéndolo tan necesario y a la vez tan natural como el sol que nace por el este y se pone irremediablemente por el oeste. Porque lo único que podría redimir a Scorpius del peso de un pasado que no le pertenecía, iluminando de una vez y para siempre el páramo gris plomizo de su mirada era Rose Weasley; y lo único que sabría agitar las excesivamente sosegadas entrañas de Rose, removiendo a base de emoción y sentimiento las aguas oscuras del océano de sus ojos era Scorpius Malfoy. Y aquello, simplemente, tenía que ocurrir.

Rose seguía caminando a zancadas exaltadas por el pasillo rumbo a la clase de Trasformaciones, ignorando los gritos de sus dos amigas, que correteaban detrás de ella para alcanzarla. Su mente se concentraba ahora en intentar digerir lo que había pasado. Lo que había pasado y lo que ella misma se había imaginando, porque en ese instante fugaz en el que Rose había mirado hacia la mesa de Slytherin y aquel torrente de malos sentimientos se apoderaba de ella como si se tratase de un ejército enemigo que acaba de saltar sus murallas, otra cosa muy diferente era lo que realmente había estado pasando en aquella mesa.

"¡Mirarle! ¡Parece el monje borracho de aquel tapiz del tercer piso!" La mitad de la mesa de Slytherin rompió en una sonora carcajada ante el ingenioso comentario de Blaise Zabini, sacando a Scorpius abruptamente de la ensoñación en la que nadaba su mente con los manotazos que muchos de sus compañeros le daban en la espalda. Todo el mundo le miraba de repente entre risotadas, y a Scorpius se le sonrojaron ligeramente las mejillas, al menos, todo lo que sus extremadamente pálida tez podía sonrojarse. No sabía cuánto tiempo llevaba con la mirada perdida en algún punto del infinito y con esa media sonrisa estúpida plantada en la cara, pero lo peor no era eso, si no que aquella no era la primera vez, en esa mañana, que habían tenido que despertarle a la fuerza de sus propias alucinaciones.

Albus le miraba por el rabillo del ojo, sentado a su lado en la mesa del Gran Comedor, con una mueca divertida "De verdad que no sé qué demonios te pasa últimamente".

"¿Pasarme?" Le preguntó Scorpius con un tono, quizás, demasiado sorprendido. Estaba empezando a pensar que era un mentiroso pésimo. "¿Por qué tendría que pasarme algo?"

"No lo sé" Albus se había girado ahora para mirarle de frente y le observaba indiscretamente, con la mirada yendo de arriba a abajo, como intentado entrever la respuesta del extraño comportamiento de su amigo en la forma en la que estaba sentado o en la posición de sus brazos. "Desde ayer por la noche estás como demasiado..." Dudo en cual era la palabra correcta. "¡Contento¡" Dijo al fin "¡Estas demasiado contento!" Scorpius movió la cabeza de lado a lado con una sonrisa y se quedó callado, dejando que Albus le siguiese mirando con curiosidad, seguro de que su amigo jamás podría adivinar las imágenes que se formaban en esos momentos en su cabeza. No podría adivinarlas, porque unos días antes, él mismo habría dicho que aquello era la mayor locura de la historia de ese colegio.

Si que estaba contento, sí. ¿Demasiado? No, no se puede estar demasiado contento. Se puede dejar de caminar, para empezar a deslizarse suavemente flotando unos centímetros por encima del suelo. Se puede dejar de oír el mundanal ruido de la vida cotidiana, para oír solo los cánticos celestiales de aves del paraíso atronando dentro de la cabeza. Se puede sentir una extraña calidez dentro del pecho, como un gran foco de luz vibrante, que se extiende por cada poro de la piel, emanando al exterior, bañándolo todo. Pero no se puede estar demasiado contento.

"¿De verdad no me vas a contar por qué estás así de feliz?" Le preguntó Albus insistente cuando salían ya del Gran Comedor camino de su primera clase. Scorpius no había vuelto a decir nada más durante el desayuno, incapaz de usar sus músculos faciales para nada más que no fuera sonreír como un estúpido. Cuando había intentado buscar a Rose entre la gente, desesperado por ver en su cara el más leve signo de que lo que había pasado la noche anterior no había sido todo fruto de su imaginación, la había visto salir impetuosa del salón. Sin embargo, Scorpius no había sospechado nada. Era incapaz de sospechar nada, buceando como estaba en aquella ilusión maravillosa que le obligaba a ver un áurea de color y fulgor en cada cosa que miraba.

"Vale, te lo contaré" Dijo cogiendo a su amigo del brazo y tirando de él, para separarle del resto de alumnos del Slytherin que les rodeaban por el pasillo rumbo al mismo aula. "Pero no puedes contárselo a nadie ¿me oyes? A nadie" Albus levantó una deja divertido. ¿Desde cuándo se habían convertido en dos muchachitas que comparten confidencias entre susurros y carcajadas infantiles? "Has oído lo que me paso con aquellos tíos de séptimo ¿no?" Dijo Scorpius mientras su amigo asentía gravemente. Aquellos rumores habían llegado también hasta los de Slytherin animando las hostilidades que los estudiantes de aquella casa ya sentían por el resto de sus compañeros de Hogwarts y levantando algún que otro cántico de venganza. Albus se había sentido particularmente combativo después de conocer aquellas noticias, no podía evitarlo, a lo largo de esos seis años de amistad había desarrollado una extraño instinto de protección con Scorpius. Sabía que él podía cuidar de sí mismo bastante bien, la mayor parte del tiempo al menos, pero no podía evitar notar una intensa rabia, creciéndole dentro, con aquellos prejuicios que simplemente no alcanzaba a comprender. Además, en aquella ocasión, sabía a ciencia cierta que nada de aquello habría pasado si él se hubiese quedado a esperar a Scorpius la noche anterior. Eso, más que furioso le hacía sentir ligeramente culpable y Albus Potter odiaba la maldita sensación amarga de la culpa. "El caso es que Rose vino y me sacó del ... embrollo..." Albus volvió a asentir, eso también había llegado hasta sus oídos. "Y bueno, después... Estuvimos hablando y... Me pidió perdón. Me pidió perdón por todo, por haberme tratado tan mal todos estos años, por... Por haber sido tan cruel conmigo" Su amigo le miraba ahora atónito, abriendo con desmesura sus brillantes ojos verdes. Nunca se habría esperado que fuese a oír algo como eso. " Y luego nos besamos" Añadió Scorpius como si la frase anterior no hubiese sido suficiente para escandalizar a Albus, como si pensase que con un poquito más, al chico se le fueran a salir volando los ojos de las órbitas y fuesen a rodar por el suelo, libres, al fin, de su eterna captura. Por alguna razón, Scorpius no le había contado nunca a su amigo la primera vez que Rose y él se habían besado. Pensaba que aquello era demasiado frágil y que al manifestarlo sin más, como una conversación cualquiera, se rompería.

Albus ya no pudo más y explotó en una sonora carcajada que se le escapaba incontenible entre los labios apretados. Scorpius le miró contrariado mientras le soltaba un puñetazo repentino en el hombro, fuerte, con saña. "¡Vete a la maldita mierda, Al!" Le gritó "Siempre que te cuento algo te acabas descojonando en mi cara"

"No, no..." Le contestó Albus negando con la cabeza despacio como para esfumar las carcajadas con aquel movimiento. "Lo siento tío. Es que... ¿Te pidió perdón? ¿De verdad?"

"¿Qué pasa, qué crees que me lo estoy inventado todo?" Espetó Scorpius contrariado por la molesta incredulidad escéptica de su amigo.

Albus siguió negando de igual forma. "No tío, te creo. A ver, me creo que os besarais..." Dijo como en un susurro. Era muy cierto que Albus hacía años que había dejado de intentar entender racionalmente y lógicamente los vaivenes disparatados de su prima. "Pero ¿te pidió perdón? La verdad, Scorp, no he visto pedir perdón a Rose en mi vida. Simplemente me sorprende que hay decidido empezar... por ti" Ambos sabían perfectamente aquella ojeriza casi obsesiva que Rose sentía por Scorpius, pero si no solían hablar de aquello, o ponerlo claramente sobre la mesa, era porque Albus sabía que decirlo en voz alta hacía daño a su amigo más incluso que vivirlo en sus propias carnes. Pero estaba ahí, patente como dibujado en el aire y no se podía simplemente negar.

"Pues lo hizo" Sentenció Scorpius endureciendo sus facciones dignamente. "No me preguntes cómo o por qué, pero lo hizo" Y de repente, borrando esa dureza y volviendo a ablandarse en esa sonrisa estúpida que le había seguido de cerca desde que volviera a su sala común la noche anterior y que había permanecido con él, revoloteando desde que se hubiese levantado, añadió "Y a partir de ahora todo va a ser diferente"

Con aquel ilusionado estatuto, los chicos reanudaron su marcha por los corredores del colegio hacía su clase de Encantamientos. Albus, sin embargo, no se había convencido totalmente del renovado optimismo de Scorpius, algo le decía, muy adentro, allí dónde se encuentra la conciencia y la voz crítica, que con Rose, en realidad, con cualquier miembro de la familia Weasley, nunca nada era diferente del todo. De todas formas le gustaba más Scorpius así, satisfecho, feliz; mucho más que cuando se dejaba arrastrar apesadumbrado por la vida como una alargada sombra gris. Así que simplemente se encogió de hombros y decidió esperar calladamente hasta ver como se resolvían, al final, los acontecimientos.

Después de la hora de la comida, los alumnos de sexto de Gryffindor y Slytheirn, volvieron a cargar sus mochilas y carteras al hombro y se dirigieron al sótano, a las mazmorras, a otra clase doble pociones, entre los vapores mareantes que emanan de un caldero a fuego lento y el olor incisivo de las pociones mezclándose. Scorpius estiraba su cuello para mirar sin dificultad por encima de las cabezas del reguero de alumnos que reptaban por las escaleras, inconscientemente buscado aquella cabellera rojo fuego. No se hizo esperar. Rose apareció por otro de los pasillos, aunque escondida tras una montaña inestable de libros, pergaminos a medio escribir y plumas que hacían malabarismos y equilibrios para quedarse en aquella pila que llevaba cargada en los brazos. Como era de esperar, al en la puerta del aula, con el traspiés de los alumnos atropellándose para entrar, la pila se tambaleó y empezó a precipitarse al suelo desperdigándose por ahí. Scorpius aprovechó aquel instante de confusión para adelantarse, disimulado, un par de pasos y agacharse a recogerlo todo. "Espera, que te ayudo con eso" Dijo en un susurro que solo Rose pudo oír, mientras empezaba a recolectar de nuevo las cosas de la chica. Rose no dijo nada, ni siquiera un leve gracias. Pero casi no hizo falta, porque ambos sintieron un fogonazo mudo en el instante en el que se miraron por primera vez aquel día. Aunque fue solo instante, porque la chica se levantó enseguida, azorada, al sentir como le quemaba aquel minúsculo trozo de piel de su mano que los dedos de Scorpius habían tocado al pasarle los pergaminos.

En ese mismo momento en el que los chicos se izaban por fin del suelo, Blaise Zabini se les acercaba por detrás y se llevaba a Scorpius hacia sus siti mientras le murmuraba algo en la oreja. Rose no pudo oír lo que se decía, pero si vio claramente como aquel chico fornido con cara de matón la señalaba a ella descaradamente mientras seguía cuchicheando. Scorpius tornó el gesto dulce con el que había mirado a Rose para plantar, dibujándose en su cara, otra de sus medias sonrisas, orgullosa de satisfacción, altanera. Y entonces, la voz de Dominique volvió a martillearle en el tímpano a Rose, casi como si su amiga estuviese de verdad a su lado: debe de resultarle divertido que una Weasley corra a salvarle de sus malhechores... Le decía de nuevo aquel tono agudo mientras que su mano hacía entonces un gesto involuntario y se rascaba furiosa el punto que aun ardía tras la leve caricia tenue del chico.

Scorpius se habría quedado saboreando aquel momento tan íntimo, tan coqueto, sino fuera porque Zabini, tan inoportuno como siempre, le había sacado a arrastras de la presencia de Rose. "¿Has visto al buscador de Ravenclaw en la comida? ¿Le has visto como te miraba al pasar?" Le dijo por lo bajini en la oreja "Te tiene miedo, tío. Tenía la cara más roja que el pelo de Rose Weasley" Añadió mientras lanzaba un dedo descarado hacia la dirección de la chica. Scorpius había sonreído tras ese comentario. Había sonreído sarcástico porque no podía evitar que, de vez en cuando, le subiera por la garganta el orgullo y la altanería y le forzasen aquel gesto. Era muy cierto que el buscador del equipo de Ravenclaw le había mirado con temor desmesurado, posiblemente, imaginándose el encuentro de Quidditch que tendría lugar el próximo sábado.

El resto de aquella clase se dio bajo el mismo patrón, entre continuos malentendidos donde todo lo que se estaba desarrollando en la cabeza de Rose, nada tenía que ver con lo que ocurría de verdad a su alrededor. Cuanto más se esforzaba Scorpius por encontrar una escusa en la que sonreír a la chica, por hablar con ella, por correr, quizá con mal disimulada insistencia, a ayudarla con cualquier tontería; más se le revolvía el estómago a Rose, nauseas imaginativas que nacían meramente de su mal pensada creatividad y que no veían más que burlas arrogantes y ridículos. Ya fuera porque Blaise Zabini o su melliza Katie, o cualquier otro idiota de Slytherin soltaban algún comentario para divertir a Scorpius, o porque Albus no paraba de mirarles a ambos con el rabillo de ojo, tanto que parecía que las pupilas se le iban a escapar de su lugar, el caso es Rose no dejaba de envenenarse por dentro, masticando, rumiando esos pensamientos que Dominique había colocado deliberadamente en su cabeza.

Al final de las dos horas de pociones, cuando todo el mundo andaba recogiendo los utensilios y los ingredientes que habían estado utilizando para realizar el ejercicio del día, Scorpius se acercó una vez más a Rose para coger el pesado caldero de bronce macizo que la chica intentaba en vano desplazar. "Puedo sola, Malfoy" Espetó sin cuidado, demasiado consciente de la presencia de aquella masa de alumnos vestidos de verde y plata, demasiado consciente de que les volvían a mirar con curiosidad. Lo que la cabeza inestable de la chica no alcanzaba a comprender en esos momentos era que la gente les miraba, sí, pero por la brusquedad sobrante de su propio comentario, no porque Scorpius se hubiese acercado a ella. El chico no respondió con palabras sino que se limitó a mirarla gravemente, serio. ¿A qué demonios venía tanta dureza repentina? Rose le devolvió la mirada, con la aspereza característica de sus enfados y avistó, entre las estáticas colinas grises que se formaban alrededor de las pupilas del chico, una chispa de incomprensión, casi de súplica; pero siguió sin decir absolutamente nada hasta que después de unos segundos, Scorpius se giró, recogió sus pertenecías y se marchó decidido de la habitación.

Sin embargo, no se fue muy lejos, se quedó esperándola solo, apoyado a la salida del aula, la espalda tensa sobre la superficie fría de la pared. Albus no se quedó con él. Si de verdad había pasado todo lo que Scorpius le había contado, y seguramente sí, porque su amigo no era de esos que iba por ahí alardeando o inventándose cosas, sería mejor que lo resolvieran entre ellos, o al menos lo intentaran. Albus sabía que algo como aquello iba a volver a ocurrir tarde o temprano, conocía demasiado bien a su irascible prima, pero, de todos formas, los aires habían virado, bruscamente, mucho antes incluso de lo que Albus estaba esperando.

Cuando, después de un rato, Rose salió por fin también del aula, lo hizo con la cabeza gacha, con los movimientos del cuerpo a modo de auto reflejo. "¿Se puede saber a qué estás jugando, Weasley?" Le medio gritó Scorpius, asustándola desde su pequeño escondrijo detrás de la puerta de la mazmorra. Una parte de él no había querido sonar tan duro, tan rudo, pero es que con Rose, con la condenadamente terca Rose Weasley era siempre así, o todo o nada. Rose atemorizada, de repente por la situación, por tener que explicar algo que en el fondo sabía que no tenía pies ni cabeza, intento escabullirse de él y pasar de largo camino a las escaleras. Habría salido corriendo pero llevaba otra vez la pila de libros y pergaminos sobre los brazos y no habría podido ir más rápido sin que se le cayeran todo.

Scorpius dio un par de zancadas hacia ella y la cogió rápidamente del brazo, sus agudos reflejos de buscador siempre a punto. Inevitablemente los libros se le cayeron al suelo de igual forma. "No estoy jugando a nada, Malfoy" Contestó mientras se remangaba el bajo de la túnica del uniforme para volver a agacharse por enésima vez aquella mañana.

No obstante, no pudo, Malfoy volvía a agarrarla del brazo para evitar que le quitara la mirada, casi con violencia. Si hace apenas un día, solo se había sentido tremendamente apático y abatido por las circunstancias, ahora esa emoción había desaparecido por completo de sus entrañas y solo había dejado paso a la furia, a la cólera. "¿A no?" Volvió a preguntar esta vez con un escueto deje sarcástico escondido entre el profundo enfado. Rose hizo oídos sordos, como si de verdad pensase que existía una forma sencilla de evadirse de aquello, por lo que Scorpius siguió hablando, subiendo poco a poco el volumen de su voz. "¿Te crees que puedes venir a lloriquearme? ¿Qué puedes pedirme perdón falsamente y luego tratarme como una mierda delante de los demás, como si no significase nada para ti?"

Dominique tenía razón. Aquel capullo arrogante solo quería exhibir su última presa de caza delante de todo el maldito colegio. Ella le había pedido perdón con sincero arrepentimiento, pero eso a él no le importaba porque lo único que quería era dejarle en ridículo delante de los demás. El muy arrogante solo intentaba demostrarle a todo el mundo que había sabido conseguir que una Weasley se doblegara a sus encantos. "Yo no lloriqueo, Malfoy" Espetó tratando de rescatar la poca dignidad que ahora sentía que le quedaba dentro.

Scorpius escupió una única carcajada a medio camino de un bufido. "Mira, no estoy dispuesto a seguir aguantando tus insufribles cambios de humor. ¿Te enteras? Estoy arto" Hizo una especie de pausa dramática aunque no esperaba que ella dijera nada, al parecer, la chica había decidido tratar de esconderse entre el silencioso mutismo. "Te gusto, Rose Weasley. Te gusto y cuanto antes lo afrontes de una maldita vez, antes terminaremos con toda está tontería"

Ahora le tocaba a ella escupir su propio bufido. "Te estás imaginando cosas Malfoy" Sin embargo, no quería que el chico llegase a ver la involuntaria mueca que se había dibujado en la cara y que rezaba claramente: 'mentira', así que intentó zafarse de él.

"¿Ah sí?" Volvió a preguntar el chico irónicamente con otra de esas medias sonrisas ladeadas que le daba un aspecto extremadamente apuesto. Poco a poco se fue acercando más a la chica. Rose reculó hacia atrás con miedo, pero él siguió acercándose lentamente hasta que la espalda de la chica dio con la pared del otro lado del pasillo y ya no pudo huir más. Estaban cerca, muy cerca, tanto que Rose tubo que inhalar a la fuerza la fragancia que el chico emitía y que empezaba a rodearla sin remedio. No pudo evitar respirar hondo, más y más fuerte, embriagándose. Aquel olor se le colaba inevitable hasta el fondo de su alma y la hacía temblar de miedo y gozo al mismo tiempo. Aquel espasmo que le recorrió el cuerpo entero no pasó desapercibido y Scorpius se acercó un poquito más, consciente del enorme poder que tenía sobre ella. Tenerla cerca también tenía el mismo efecto en él. La posibilidad de poder tocar el aire que ella respiraba, de poder contar las pecas de su cara una a una, siempre conseguía ablandarle la mirada, sin embargo, Scorpius siempre fue mucho mejor que ella mintiendo. "¿Quieres que te bese?" Le susurró. Rose no habló, pero levantó ligeramente la barbilla hacia su dirección. Y esta vez, no fue un movimiento involuntario ni inconsciente, esta vez, quería premeditadamente que le besara, lo deseaba, lo necesitaba. Creía firmemente que Scorpius no era más que un capullo arrogante, pero había algo en la sensación de tener sus labios presionando contra los suyos que despertaba en ella una añoranza, una fuerza de atracción tal que nublaba todo rastro de raciocinio. "Pídemelo, Weasley. No lo haré al menos que tú me lo pidas". Volvió a susurrar con las manos sobre la pared, a ambos lados de la chica, encajonándola en aquel rincón sin escapatoria posible. "Pídemelo, por favor" Suplicó. Ya le daba igual tener que suplicar si conseguía, así, arrancarle una declaración sincera a la chica, porque para él, nada de eso era un juego. Necesitaba saber la verdad, necesitaba que el volátil carácter de Rose se decidiera de una maldita vez. O le dijese que le quería, para que pudiese ser simplemente feliz, o le mandase a paseo de una vez y para siempre, para que pudiera curar su dolor, un dolor definitivo. Pero que dijera algo, lo que sea.

Rose, no obstante, no dijo absolutamente nada. Le resultaba demasiado fácil dejar que le besara. Derretirse voluntariamente entre sus brazos, entre la caricia suave de sus labios, de sus dedos. Pero hablar no, hablar era la cosa más complicada que nunca había intentado hacer, casi como si nunca hubiese aprendido a hacerlo, como si su cuerpo no estuviera anatómicamente diseñado para emitir palabras en voz alta. Tras unos segundos de hiriente silencio, Scorpius solo suspiró, totalmente abatido, derrotado. "Está bien. Si quieres jugar jugaremos, Weasley" Musitó decepcionado inclinándose. Pero no la besó, no en la boca, sino que desvió la trayectoria, apenas a un instante de rozarse, y se deslizó entre sus rizos frondosos para posar los labios tenuemente sobre su mejilla surcada de pecas, tierno, extremadamente tierno, casi como un niño. "Pero ahora te toca mover a ti"

Después de aquello, ignorando como Rose se estremecía de nuevo al sentir su aliento templado en el cuello, se marchó; dejándola sola de nuevo entre la ráfaga de aire frío que soplaba por el corredor. De verdad, que está vez, tendría que ser ella la que se arriesgase a mover la siguiente ficha.

No quiero alargarme demasiado con estos comentarios,

pero quería deciros que llevaba ya algún tiempo con esta historia,

y algunas otras más, en la cabeza y a medio escribir,

casi desde que empecé yo a bucear por las historias que otros escribíais;

solo me había decidido a publicar después de que el pasado febrero tuve un accidente (me atropelló un coche)

y estado mucho tiempo en casa sin poder andar y demás.

Y bueno, la verdad es que está resultando increíblemente alentador ver que muchos de vosotros estáis siguiendo la historia capítulo a capítulo

y encima os molestáis en dejarme maravillosos reviews.

Muchas gracias a todos, de verdad, muchísimas gracias.

Un saludo enorme