La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling
CAPITULO 13
Albus caminaba deprisa, golpeando la tierra del camino con el retumbar de sus zancadas, en el puño apretado, arrugada la nota que un chaval de Gryffindor que no conocía le había dado hacía unos segundos, Al, ven corriendo a la valla de entrada a Hogwarts, es urgente. Lilly; en la mente, arrugada también la preocupación. Si aquel muchacho hubiese encontrado a Albus Potter, entre sus compañeros de sexto de Slytherin, unos minutos antes, o quizás, si el propio Albus no hubiese decidido utilizar uno de los pasadizos del colegio para ahorrarse unos minutos, él y su prima se habría cruzado a mitad de trayecto. Sin embargo, por aquellas casualidades que deforman el espacio-tiempo, Rose no vio a su primo corriendo hacía ella, ni Albus vio las lágrimas de su prima que iban hacía ellos. No entendía que podía estar pasando, Lilly no solía necesitarle de aquella forma. Pero cuando sus pasos estaban ya próximos a los lindes de los terrenos Albus pudo oír, entre medias de las conversaciones casuales y dicharacheras de los otros alumnos que volvían hacia el colegio después de la excursión a Hogsmade, los sonidos de unas voces familiares; y al cruzar la valla, les vio, cerca de aquel murete de piedras que iba señalando el sendero hacia el pueblo. Dominique y Lilly se gritaban furiosas mientras James y Lois intentaban interponerse entre ellas, tirando de sus respectivas hermanas para evitar el desastre inminente, Roxane seguía llorando en los brazos de su hermano Fred, que la consolaba torpemente, y Hugo, parecía abstraído, ajeno a todo aquello, aun agazapado en un rincón, mirando desarmado hacia el fondo del camino, por donde minutos antes había desaparecido llorando su hermana.
"¡¿Qué está pasando aquí?!" Gritó Albus al llegar hasta ellos, esquivando algunas cabezas cotillas que se habían parado cerca del grupo para averiguar porque se peleaban los Weasleys-Potter. Aquella parecía una pregunta recurrente esa mañana.
A Lilly se le iluminó el rostro ligeramente. "¡Al!" Dijo con un deje esperanzado en la voz. Refuerzos, al fin. "Lois descubrió a Rose y a Scorpius besándose en el pasillo ayer por la noche" Narró la chica, Albus la instó a seguir, aquella parte de la historia ya la conocía, había tenido que oír a Scorpius rumiando y rumiando el tema desde que volviera de acompañar a la chica a sus dormitorios. "Y Dominique le ha preparado una encerrona para intentar separarles"
Albus observó a sus parientes con cierto hastío. Aquella era una maniobra muy sucia. "¿Dónde está Rose?" Preguntó. Con un poco de suerte había llegado antes que ella.
"Se ha ido llorando" Le contestó su hermano James. Estaba preocupado, claramente, pero eso no previno a Albus de acentuar aquella mueca de grima en su cara.
"Genial..." Contestó Albus, irónico, tremendamente irónico, como solo él sabía ser.
"¡Esto es cosa tuya!" Le espetó Dominique. "¡Querías meternos a Malfoy hasta en la sopa y al final lo has conseguido!"
Albus miró a si prima cortantemente, pero enseguida puso su mejor sonrisa fingida. "Por supuesto, Dominique, por supuesto." Dijo arrastrando cada palabra. "En mi inmenso y despiadado poder, he conseguido que Rose se enamore de Scorpius" Y adornó el comentario con una carcajada teatral, maliciosa.
"Guárdate tú cinismo, Albus" Le espetó ahora James, odiaba cuando su hermano se ponía en ese plan. "Esto es serio..."
"Y tú guárdate la hipocresía, James" Contestó rápidamente Albus. Los dos hermanos se miraron duramente, un silencio tenso, extremadamente tenso, apoderándose del aire que les rodeaba, un silencio que casi se podía coger con las manos y rasgar con un cuchillo. "¿Vais a seguir odiándole no?" Habló de nuevo Albus, calmado, atravesando aquella niebla espesa despacio, tranquilo. Albus Potter nunca gritaba, no demasiado al menos, solo hería con saña en las palabras.
"¿Y tú defendiéndole?" Le contestó al fin Dominique.
"Pues sí" Sentenció tajante, y con otra de sus sarcásticas muecas añadió. "Parece que aquí somos todos igual de tercos, debe ser cosa de familia..." La última palabra la había pronunciado pesada, con contundencia, cargada de aquel profundo cinismo que le caracterizaba, ese que le decía que todo aquello de la familia no eran más que profundas mentiras.
"Mira Albus" Comenzó a decir Fred, separándose de Roxane y dando un paso hacia su primo, junto a James. "Esto no tiene que ver con Scorpius-"
"¿Y con qué tiene que ver? ¿Eh?" Interrumpió Albus. "No vais a conseguir que dejen de estar juntos ¿lo sabéis? Se quieren, ya está, os guste o no. Lo único que vais a conseguir es hacer daño a Rose"
Dominique soltó un sonoro bufido contrariada, que insinuaran cuanto estaba hiriendo a Rose era lo que más le molestaba, lo hacían por ella, solo por ella. "Solo la estamos protegiendo, Albus"
"¿Sí?" Le incurrió Albus. "Pues igual deberíais protegerla de vosotros mismos"
"Eso no es justo Albus" Espetó Fred.
"Solo estamos preocupados por ella, por la familia" Añadió James.
Albus acentuó su cínica mueca. Otra vez esa condenada palabra vacía. "No, solo estáis preocupados por vuestros malditos prejuicios" Sentenció. Aquel silencio hiriente volvió a acentuarse, con los sonidos del resto del mundo lejanos, las conversaciones de los transeúntes difusas y el murmullo del bosque cercano soplando tenue sin que se percataran de él. "¿Se lo vais a contar a tío Ron y tía Hermione?" Preguntó Albus, serio. No había sarcasmo ahora, no cabía en aquella duda. Hugo dejó escapar un leve gemido, casi imperceptible, al oír los nombres de sus padres. Era lo único que había dicho, si a eso se le podía llamar decir, en toda la mañana, consciente de que no había parado de imaginarse la cara, llena de ira, de desesperación, de su padre desde que le hubiesen contado que su hermana se estaba viendo con aquel chico. Le pesaban en el cuerpo todas las veces que había oído a hablar mal de los Malfoy en su casa, pero sobre todo, le pesaba lo que habían descubierto de ellos aquellas pasadas Navidades, le pesaba saber a ciencia cierta dónde le habían hecho esa cicatriz a su madre. Aunque no se hubiese dado cuenta en aquel mismo momento, aquella revelación le había hecho daño en un lugar muy profundo de su alma, cargando su interior de rocas y tierra agría.
"No, nadie va a decir nada" Contestó al fin James.
" ¿Cómo que no?" Le miró ahora totalmente perpleja Dominique. " Si no nos hace caso a nosotros se lo tendrá que hacer a sus padres..."
"¿Pero qué quieres, Dom?" Le dijo Fred. "¿Desatar la tercera guerra mágica?"
"¡Pero hay que hacer algo!" Gritó Dominique. Le costaba enormemente sostener aquellos chillidos dentro de su boca, por eso odiaba discutir contra la aplastante calma fingida de Albus. Prefería a Rose, o a Lilly, al menos ellas le permitían descargar su furia interna, respondiendo con bramidos a sus propios bramidos, como si en los gritos se escapara también la rabia y se aligerase su cuerpo.
"No" Sentenció tajante James, intentando sonar como un adulto en medio de sus primos pequeños. "Nada de padres, lo arreglaremos nosotros"
"¿Cómo?" Intervino de nuevo Lilly. Había estado inusitadamente callada hasta ahora, dejando que lucharan contra el muro del cinismo de Albus, esperanzada que la calma sosegada y lacerante de su hermano les hiciera entrar en razón. "¿Vais a arreglarlo haciéndola llorar?"
"Claro que lo harán" Dijo Albus. "Así es como se soluciona todo ¿no, James?" Su hermano no contestó inmediatamente y Albus siguió dando rienda suelta a sus ironías. "Brillante, James, absolutamente brillante. Un plan magnífico. ¿Sabes? Me sorprende que aun no te hayan hecho Ministro de Magia-"
"¡A mí no me culpes de esto, Albus!" Se defendió James. "¡Esta... reunión no ha sido mi idea!"
Dominique volvió a bufar, haciendo que su pelo plateado temblara ligeramente y reflejara la luz de medio día que ahora caía sobre ellos. "¡AL MENOS NOSOTROS ESTAMOS HACIENDO ALGO!" Chilló desesperada.
"¡Es que no hay nada que hacer, Dominique!" Empezó a enervarse Albus. "No hay nada que solucionar, ni arreglar ni nada dónde tengáis que meter vuestras malditas narices"
"Al, hay cosas que tú no entiendes-" Comenzó a decir James.
Pero no pudo terminar la frase porque su hermano le interrumpió, subiendo el tono de repente. Aquella estúpida conversación no tenía ni pies ni cabeza. "¡Maldita sea!" Bramó, sintiendo la impotencia que siempre acaba asomando cuando se volvía a tratar el tema de los Malfoy. "Adelante, repetir la misma puñetera cantinela que nos llevan diciendo nuestros padres toda vida. Qué si hay cosas que no entendemos, qué si no hemos vivido una guerra, bla bla bla... ¡A lo mejor, un día, alguien tiene la bondad de explicarme que mierdas son esas que no entiendo. O a lo mejor, os dais cuenta de una maldita vez que sois vosotros los que no entendéis nada en absoluto!" Albus jadeaba ahora profundamente, mientras las manos le temblaban, apretadas en un puño, los dedos blanquecinos por el esfuerzo de contenerse. No quería gritar, ni gritar ni golpearles como le instaba su cuerpo. Solo quería que todo el condenado mundo se callara, de una vez y para siempre. "Hacer lo que queráis..." Dijo después de un rato, sosegando su respiración agitada. "Solo vais a conseguir herir a Rose y alejarla de vosotros" Amenazó mirando sobre todo a Dominique, que había dejado resbalar unas pequeñas lágrimas por su bello rostro, más de ira contenida que de tristeza. "Y cuando eso ocurra, os aseguro que no seré yo el que interceda por vosotros"
Con eso último, se giró y comenzó a caminar airado de vuelta al castillo. "¡Albus!" Le gritó su hermano. ¡Albus vuelve aquí!"
Pero Albus le hizo caso omiso y se limitó a contestarle por encima del hombro. "¡Qué te den, James! ¡Qué os den a todos!"
Lilly también se giró para largarse de allí, echándoles una última mirada de decepción. No entendía nada de aquello. Para ella la vida era mucho más simple que todo eso. Después de todo el horror que sus padres y tíos habían tenido que sufrir en la guerra, todo el horror que veía reflejado en la mirada verde intenso de su padre, en las pesadillas que le despertaban por las noches y le obligaban a acurrucarse tiritando entre los brazos de su madre, ¿por qué insistían todos en continuar con aquello? ¿en continuar con unos prejuicios que simplemente les recordaban cada día que hubo una vez, no hace suficiente tiempo, en la que todo el mundo que conocían estuvo a punto de derrumbarse? No, para Lilly era mucho más sencillo, más fácil, más feliz, continuar hacía delante, siempre hacía delante, huyendo, sin mirar a atrás, de unos fantasmas dolorosos, que si tenían la oportunidad, te invadían por dentro, a ti, y a todos los de tu alrededor. La chica había llegado a la par de su hermano, pero ninguno notaba demasiado la presencia del otro, absortos en sus propios pensamientos. Albus caminaba casi inconsciente, la mente nublada. Le había costado enormemente luchar por su amistad con Scorpius. Contra el resto de alumnos del colegio y contra su propia familia; y cuando creía que había conseguido ganar aquella guerra, la vida siempre volvía a recordarle que aquello solo había sido una tregua. Una tregua pasajera y mentirosa que no duraría para siempre, porque una guerra nunca se acaba, siempre dura para siempre, con otro nombre, con otros métodos, más o menos ruidosa, pero la misma guerra al fin y al cabo. El chico suspiró hondo, casi con pesadumbre, con tristeza, porque sabía a ciencia cierta que lo que un nuevo terremoto estaba por terminar de irrumpir en sus vidas, y sería feo, muy pero que muy feo.
Los días volaron uno detrás de otro, dándose la mano, encadenados. Las flores de la pradera se fueron, esparciendo su polen en la nueva brisa veraniega, para dejar espacio a ese verde brillante, luminoso, que anunciaba la llegada de los exámenes y el final del curso escolar. El tiempo, insoldable, había acabado dando la razón a Albus, porque lo que vino después de aquella ... reunión familiar, como lo había llamado James, fue, definitivamente, muy feo. Quizás, no para el resto de los habitantes del colegio, que no eran capaces de entender las miradas esquivas y los extraños silencios; pero definitivamente, si se hubieran parado un segundo a mirar, entremedias de sus ajetreos propios, habrían podido descubrir un chocante cambio de mecanismo en el sistema, antes perfectamente armonioso, del clan Weasley-Potter. Sus primos, a excepción de Lilly y Albus, le habían dado la espalda a Rose, casi por completo. Ya no había saludos amistosos, ni pequeños encuentros familiares de vez en cuando, ni las clásicas charlas durante las comidas en el Gran Comedor. Ahora solo había una solitaria Rose Weasley que pasaba las horas siempre con la cara hundida en algún libro, con miedo de levantar los ojos y comprobar su propia soledad rodeándole. Aunque antes, Rose tampoco pasaba la vida entera con sus parientes, a todas horas, en cada momento, la chica no podía evitar notar, como amplificado, la ausencia de ellos. No podía evitar sentir como heridas abiertas, ardientes, los ojos esquivos de su hermano, los bufidos poco camuflados de Dominique e incluso, las veces que Lois la había visto venir andando por el pasillo y había cambiado de rumbo descaradamente para no tener que encontrarla de frente. Y sobre todo, Rose no podía evitar palpar, como si fuera tangible, real, ese silencio que como una niebla cegadora le seguía ahora allá a donde iba. En su dormitorio, en sus clases, incluso en medio del Gran Comedor, acallando sorprendentemente ese murmullo continuo que se formaba cuando todas las conversaciones se mezclaban inteligibles unas con otras.
Nunca antes se había sentido tan sola. Tenía a Albus, sí y a Scorpius, y les tenía ahí, a su lado, ahora más que nunca, ya que los chicos se encargaban de pasar todo el tiempo posible con ella. Al principio, habían querido disimular torpemente y pretender que aquella continua compañía era una mera casualidad, pero había llegado un momento en el que ya no se podía ignorar el hecho de que los dos chicos, con todas las buenas intenciones que tenían, se habían decidido a seguirla a todas partes, colocándose a sus flancos casi como unos guardaespaldas continuos. Rose se lo agradecía, de verdad, con toda la gratitud y el cariño inmenso que les profesaba ahora, pero las miradas de soslayo que le echaban, tristes, dubitativas, no eran más que otro reflejo de que la vida, su vida, se había quedado pendiendo de un hilo, a punto de precipitarse al vacio del abismo. El abismo inmenso de la soledad y la desolación. No se había dado cuenta antes de cuánto podría llegar a echar de menos a Dominique y Alice. Ya se sabe, uno nunca piensa en cuanto quiere algo hasta que lo pierde. Pero ahora que su presencia se sentía como un nudo lacerante en el estómago, cargado de verdades a medio decir, y gritos bramados en su totalidad, Rose era plenamente consciente de lo agradables que habían sido sus años anteriores, lo bien que sentaba sentarse a desayunar en compañía, hablar del cansancio del día al acostarse y caminar acompañada entre clase y clase, charlando de las banalidades de una rutina que al fin y al cabo, es todo lo que llena tu día a día. Pero ya no tenía nada de eso, y en su lugar, solo estaba aquella enloquecedora sensación dolorosa de la soledad.
La única cosa ligeramente positiva que Rose había podido sacar de todo aquello era su nueva sinceridad de movimientos. Ella y Scorpius pasaban los días, el uno junto al otro, sentados en los bancos del patio o en la biblioteca, más cerca de lo que socialmente estaba estipulado para dos personas que deben odiarse. Total, su insólita relación secreta ya no lo era para ninguno de los familiares de Rose, qué más daba ya lo que pensara o dijera el resto de aquel maldito colegio. En secreto, Scorpius disfrutaba enormemente de poder actuar con naturalidad, y aunque, esencia, su mecánica de comportamiento para con la chica no había cambiado en demasía, quizás únicamente en la distancia que ahora separaba a sus cuerpos públicamente, al chico le gustaba esa nueva sensación de poder. Poder, porque ahora, si quería besarla, lo hacía, si quería pasar su brazo por los hombros de la chica, también lo hacía, y si no, no era porque no pudiera, sino, simplemente, porque no quería, tal y como la vida tiene que ser para todo. Sin embargo, esto era algo que no comentaba en alto ni mostraba abiertamente. Sabía que en el fondo, Rose, se sentía igual que él, pero también sabía que la razón de aquella nueva libertad era la misma razón de esa sombra triste, apesadumbrada, que llevaba la chica marcada en el semblante casi a todas horas. Esa sombra que le llenaba el rostro y hacía que las sonrisas nunca le llegaran a la mirada, que las aguas azules, bravas, de sus ojos nunca llegaran a brillar con aquellos reflejos de siempre y permanecieran oscuras, como si su alma estuviera muy en el fondo, muy escondida en las profundidades de un océano ahora insoldable.
"¿Estás bien, Rose?" Le preguntó Scorpius un tarde que los dos se habían sentado en la arcada que rodeaba uno de los patios interiores del castillo, con los libros abiertos, pero la atención enfocada al calor del sol veraniego que les deslumbraba los párpados con un amarillo intenso.
Rose volvió a dedicarle otra de esas sonrisas mentirosas que no le terminaban de subir a la mirada o a la cabeza. "Claro" Contestó, apoyando su cabeza en el hombro del chico un gesto cariñoso que solo pretendía esconder de nuevo el rostro. Nunca cinco letras habían sido tan falsas. Scorpius intentó escrutarla, intentó llegar hasta aquella tristeza escondida que la gobernaba callada por dentro, para que saliera a flote, para que le brotara aunque fuera en forma de lágrimas y la empezara a abandonarla poco a poco. Pero Rose la contenía en su interior. No quería llorar enfrente de él, no más de lo que ya había llorado, y no porque le diera vergüenza, sino porque ingenuamente, la chica aun pensaba que podía esconderle a él su propia desesperación, que podía no contagiarle con los nubarrones negros que ahora encapotaban su vida. Lo que ella no sabía era que llegados a ese punto, no había nada que Rose pudiera esconderle a Scorpius. Él había aprendido a leerla sin palabras, a escuchar los gemidos de su alma sin tener que oírlos siquiera. Y aquello le estaba destrozando por dentro casi más que a ella. Scorpius nunca pensó que necesitaría con tanta ansia, con tanta necesidad, socorrer a alguien de toda pena.
A través del las baldosas descuidadas del patio, Alice Longbottom caminaba hacia ellos. "Hola..." musitó la chica tímidamente cuando estuvo enfrente. Alice tenía un rostro amable, honesto, uno de esos que se mantienen a lo largo del tiempo y que perduran pase lo que pase, tengan lo que tengan que vivir, porque la inusitada bondad de su carácter es casi tan inmanente como el mundo.
"¿Vienes a llevarme a otra encerrona de Dominique?" Le preguntó punzante Rose, aunque se arrepintió al segundo de haberlo dicho. Contestar a Alice con tanto desdén se sentía casi como pegarle una bofetada. Cruel, gratuita. Además, nadie podía negar que la chica había sido la única que había intentando desesperadamente apaciguar las aguas tormentosas entre Rose y Dominique, las cuales, tan obstinadas en su terquedad, no había querido poner ni un poco de su voluntad en aquella tarea. A veces, en aquellas ocasiones en las que Alice había intentado rejuntar a sus dos amigas, Rose se había sentido ligeramente culpable por no estar intentando dar algo de su parte, pero es que la extrema soledad que la embargaba por dentro, a la que le habían condenado los desprecios y las incomprensiones de sus familiares, le hacía rumiar mierda en los labios y escupirla cada vez que abría la boca.
Alice la miró, con unas gotas saladas anunciándose entre las pestañas. "Rose, yo...Lo siento mucho" Murmuró. Rose esquivó su mirada disimuladamente, mirando únicamente al puente de su nariz pero no directamente a sus pupilas. Aquella era la enésima vez que Alice intentaba disculparse, aunque técnicamente la chica no hubiese hecho nada malo. Pero es que a Rose le resultaba más fácil seguir enfadada con ella para no tener que descubrir que aquello tampoco solucionaría nada del todo. Otra vez era la mierda que borboteaba por dentro y le llenaba el cerebro de malos pensamientos, siempre más cómodos, más sencillos de digerir que los buenos. Estuvo a punto de contestar de nuevo, pero Alice la interrumpió. "De verdad, lo siento. Siento no haber estado ahí para ti" Hablaba de carrerilla. Conocía a la perfección los prontos de Rose pero no iba a dejarlos salir, no hasta que escuchara todo lo que tenía que decir, todas las disculpas que a la chica le carcomían por dentro. "Eres una de mis mejores amigas y yo no he sabido ver por lo que estabas pasando" Una mirada de reojo se le escapó hacia Scorpius que observaba callado la escena. "Debería haber hablado contigo, haberte comprendido, sin dudar, como siempre has intentado comprenderme tu a mí. Lo siento muchísimo. Por favor, perdóname" Suplicó. Rose notó algo arderle en el pecho, algo que se hacía lugar entre el veneno ponzoñoso, unos rayos que no podían ser otra cosa que la luz caliente de la gratitud. "Y Scorpius... también lo siento" El chico salió de su presencia muda y la miró extrañado. No entendía muy bien porque Alice Longbottom le estaba pidiendo perdón a él también. Ni siquiera creía que aquella chica pudiera dejar escapar por su boca algo mínimamente cruel. "Si alguna vez te he dicho o hecho algo que no debía, de verdad, lo siento. Yo solo quiero que Rose sea feliz y tú le haces feliz. Lo demás no tiene ninguna importancia"
Rose saltó repentina, dejando caer el libro de Runas Antiguas que tenía extendido sobre el regazo, soltándose sobre los brazos de su amiga. Escucharla hablar con Scorpius, disculparse también con él, comprendiendo por fin, actuaron en ella como un detonante, como un resorte. Scorpius desvió inconsciente la mirada. Por alguna razón, aquellos momentos tan tiernos, de afecto demostrado abiertamente aun le resultaban extrañamente incómodos. Al menos aquellos que no le salían a él de forma natural, siempre hacía Rose. Sin embargo, el chico también sintió un pequeño alivio en el pecho. Rose le había rescatado a él de la desidia de su existencia, del dolor lacerante de los prejuicios ajenos, sus besos como si fueran un salvavidas al que agarrarse y ahora, odiaba verla sufrir. Verla sufrir sin que él pudiera hacer nada para remediarlo, porque intentase lo que intentase, aquel dolor no tenía nada que ver con él. Rose quería su vida de vuelta, era normal, entendible. ¿Y qué podía hacer él para devolvérsela? De repente, una idea se formó en la cabeza del chico, clara, corpórea. Sí que había algo que podía hacer. Aunque Scorpius sabía era que esa idea no había sido del todo de su propiedad, sino que alguien más la había puesto ahí, calladita, silenciosa, esperando para ser escuchada.
Unos días atrás, Scorpius había esperado a Rose a la salida de la clase de Trasformaciones como parte de ese acuerdo con Albus de nunca dejarla sola, y había sido espectador directo de las lágrimas de la chica cuando su prima Dominique había murmurado 'Ahí va la traidora Weasley' En un susurro, pero lo suficientemente alto como para que Rose lo oyera lejano. La chica no había podido evitar que la tristeza volviera a golpearla repentina y la obligara a salir corriendo de allí, dejando Scorpius solo en el pasillo, sin saber qué demonios hacer. Él se habría abalanzado sobre Dominique, al más puro estilo muggle, pero sabía que eso no ayudaría tampoco.
"Tranquilo, todo se solucionará" Le había dicho Lilly, que también había visto la escena desde la puerta de su propia aula. Scorpius no le contestó, la mirada perdida en la puerta de los lavabos de chicas donde Rose había corrido a esconder la nueva oleada de lágrimas. "Créeme, se solucionará" Le volvió a asegurar Lilly, siempre optimista. "En el fondo solo estás preocupados por Rose, solo necesitan tiempo para darse cuenta de cuánto la quieres" La pequeña de los Potter había dicho aquello inocentemente, o eso parecía, pero una chispa se había encendido sutil en la mente de Scorpius. En el momento, no le había dado importancia a aquella conversación, pero ahora, las palabras de Alice se la traían al recuerdo de nuevo, y la idea hacía mella en él en toda su complejidad.
Un par de horas más tarde, Scropius dejó a Rose en una de sus sesiones de estudio en la biblioteca con alguna escusa y se encaminó hacia la salida del castillo. "¡Eh! ¡Hugo, espera!" Gritó para interceptar a las dos figuras que bajaban las escaleras de la entrada, las escobas en el hombro y los colores dorado y escarlata brillando en los uniformes. Hugo y Lilly se giraron sorprendidos. "¿Puedo hablar un segundo contigo?" Le preguntó Scorpius a Hugo cuando llegó hasta ellos. Estaba nervioso, todo lo nervioso que podía estar Scorpius Malfoy. No había hablado nunca con el hermano pequeño de Rose más allá de las breves conversaciones que habían compartido las pasadas Navidades en la Madriguera, siempre rodeados de otras personas.
Hugo se encogió de hombros indeciso. "Supongo" Balbuceó al fin y dio unos pasos al frente, hacia aquel chico alto, imponente, que había creado tanta discordia en su familia. Lilly se apartó de ellos para darles cierta intimidad, aunque le dedicó a Scorpius una última mirada intensa de aprobación.
"Mira tío..." Empezó a decir Scorpius. Había decidido que el primer paso, el más sencillo, sería Hugo, pero ahora no estaba nada seguro de cómo hacer aquello. "Rose está sufriendo mucho y yo... Yo no puedo verla así, yo-"
Hugo le interrumpió. "Lo sé, lo sé..." Dijo mientras negaba levemente con la cabeza, la mirada clavada en las briznas de hierba que rodeaba sus zapatillas de Quidditch. Le había interrumpido porque de verdad, él también había estado pensando mucho en su hermana aquellos días. Pero sobre todo, le había interrumpido porque se imaginaba que se avecinaba un monólogo de amor y chorradas de aquellas y dudaba que en realidad quisiera oír a Scorpius Malfoy balbuceando sobre cuánto quería a su hermana Rose. "Lo que hizo Dominique estuvo mal" Dijo volviendo a encogerse de hombros. "La encerrona familiar, ya sabes... Fue un poco feo" Por fin se atrevió a subir la mirada y enfrentarse a el chico. Hugo se parecía mucho a su padre, no físicamente, con el pelo y los ojos tirando hacía el castaño de su madre, pero sí en el carácter, más de lo que pensaba. Tenía la misma mirada simple, bonachona, que reflejaba su verdadera naturaleza sencilla. Aunque no había heredado los prontos furiosos. Estos eran más propios de su hermana. A él le correspondía la templanza de su madre. También recordaba enormemente a su abuelo Arthur, en su interés extravagante por los artilugios muggles y en su alma compasiva, en su tendencia natural a confiar en los demás. "Mira tío, me caes bien" Dijo tras un rato, con una especie de sonrisa tímida, luchando contra lo mucho que le imponía sin quererlo Scorpius. "Sí, no sé... Albus siempre cuenta cosas guays de ti y lo pasamos bien en las Navidades, ya sabes, en casa de mis abuelos,... no sé, fue divertido." Se volvió a encoger de hombros. Aquello era un gesto muy suyo, porque la verdad era que Hugo Weasley no era demasiado diestro con las palabras. Pero estaba siendo honesto, por más que el apellido Malfoy hubiese calado en él desde pequeño, manchado, Scorpius, como individuo, nunca le había parecido el reflejo de lo que pensaba de su nombre.
"Gracias..." Musitó Scorpius extrañado por aquella declaración.
"Hablaré con mi hermana ¿vale?" Añadió. Scorpius se limitó a asentir. No habría sabido tampoco que más decir, así que pensó aliviado que aquello tendría que ser suficiente.
Lilly se acercó a ellos de nuevo. "Bueno, si ya habéis acabado vuestra charlita de hombres, Hugo y yo nos vamos" Insinuó divertida, oportuna, tan oportuna como siempre sabía ser. "Tenemos un entrenamiento de Qudditch pendiente" Añadió cogiendo a su primo del brazo y tirando de él hacía donde asomaban los aros de gol del campo. "No olvides, querido Scorpius, que vamos a patearos el culo en el último partido" Terminó de decir, guiñándole un ojo por encima del hombro. Un guiño que además de enfatizar su broma, también quería significar algo así como 'bien hecho'.
Scorpius se encontró a sí mismo suspirando hondo, aliviado, mientras les observaba alejarse. Aquello había salido bien ¿no? Pensó para sí mismo. Un primer paso, un primer paso certero. Pero aun le quedaban otras cinco personas que abordar de la misma forma. En los días sucesivos, Scorpius escribió y rescribió los borradores de unas cartas que le estaban costando más de lo que habría llegado a pensar. Nunca en su vida había gastado tanto pergamino inútilmente. Cada vez que se paraba a meditarlo, inevitablemente volvía a arrugar el papel en su puño, casi dolido por sus propias palabras. Dolido en el orgullo, porque tenía que hacer acopio de toda la fuerza de carácter que podía tener dentro de sí para recordarse porque demonios estaba haciendo aquello. Por Rose. Se decía desesperado repetidamente, cada vez que caligrafiaba sobre la superficie impoluta de sus pergaminos los nombres de James Potter y Fred Weasley. Las palabras de Lilly le retumbaban en la cabeza desde un rincón oculto de su memoria, en el fondo solo están preocupados por Rose, solo necesitan tiempo para darse cuenta de cuánto la quieres. Se repetían tanto que estaba empezando a desquiciarse, así que escribía una línea más sobre el papel, una línea cargada de palabras empalagosas, pero totalmente verdaderas, que le hacían sentir desarmado, desnudo, frente a dos extraños que nunca le habían dirigido nada más que desprecios hipócritas y cobardes a medio decir. Pero lo escribía igualmente, con tal de que la suave voz de la pequeña de los Potter se callara dentro de su cabeza, con tal de que aquello pudiera servir, aunque solo fuera un poco, para apaliar el dolor de Rose. Un dolor del que se sentía inexplicablemente responsable. Pero no tanto porque fuera directamente su culpa, sino porque aquella chica estaba tan inevitablemente e intrínsecamente dentro de él que cuando sufría, ahora Scorpius lo sentía como su propio sufrimiento. Después de seis o siete cartas redactadas y desechadas de nuevo, Scorpius decidió que no iba a encontrar ninguna forma, ni más clara, ni menos ridícula, de tener que pedirle a dos personas a las que vagamente conocía que dejaran de ser unos completos imbéciles con Rose; y al final, corrió a la lechucería, antes de que pudiera arrepentirse de nuevo, y ató las cartas a las patas diligentes de dos lechuzas del colegio. Scorpius notó una punzada de dolor leve al observar a los dos animales, como sus cuerpos se iban poco a poco convirtiendo en apenas dos puntos negros contra el cielo añil del verano, como se alejaban, con sus sentimientos, su alma desnuda, camino a desvestirse delante del mundo. Una punzada hiriente en otra parte de su ser, en su apellido, en todo lo que ese nombre significaba en él. Pero lo que había que hacer, había que hacerlo, y ahora solo quedaba esperar, esperanzado, el resultado de su propia desnudez. Solo tres personas más. Se volvió a decir a sí mismo, como un mantra.
Lois fue sencillo. El chaval estaba tan nervioso e incómodo por lo mucho que le imponía la figura de Scorpius Malfoy, mucho más alto, mucho más firme; y por supuesto, estaba tan avergonzado por haber sido él quién les había interrumpido en ese preciso momento tan íntimo, que apenas tuvieron que hablar más de dos minutos antes de que el chico accediera corriendo a pedirle perdón a su prima. Quizás lo había hecho por miedo. El nombre de Scorpius, incluso al margen de las connotaciones del pasado, imponía un profundo respeto en el colegio, sobre todo a los cursos inferiores. Un respeto que el propio Scorpius se había ganado a base de fingida seguridad, a base de no ceder ante el prejuicio ajeno. Pero fuese por miedo, por entendimiento o por cualquier otra cosa, el chico había cedido ante las intenciones de Scorpius igualmente, y bueno, algo es algo. La siguiente de la lista, el tercer paso en aquel plan extravagante, Roxane, fue si cabe aun más fácil que Lois. Al parecer, Lilly ya había hablado con ella y la chica había acudido a Rose por cuenta propia. La pequeña Weasley, tenía una increíble fascinación con sus primas mayores, lo típico en una familia tan grande, tan unida, y no soportaba, en su tierna inocencia aun infantil, estar enfadada con ninguna de ellas.
Cuando se despidió de Roxane, Scorpius percibió como aquel nudo en el estómago que cargaba se iba como aflojando ligeramente. Sin embargo, odiaba profundamente tener que hacer aquello. Odiaba tener que pasarse los días persiguiendo a Weaslyes por todo el colegio. Pero sobretodo, odiaba tener que rogarles. Rogarles compresión, que aunque en sus palabras solo estaba dirigida hacía Rose, el chico casi podía ver como los demás las interpretaban como súplicas hacía el mismo, casi como si viera sus pensamientos reflejados en ese deje de lástima de sus miradas. No era verdad. Scorpius no pedía nada para sí mismo, no lo necesitaba en absoluto. Se había pasado la vida entera luchando contra el pensamiento generalizado y acusador de toda la comunidad mágica, luchando contra los murmullos ácidos y lo ojos juzgadores; y lo había hecho siempre sin tener que implorar ni una sola vez. Sin influir pena, de ningún tipo, solo con firmeza de carácter y buena educación. Odiaba tener que empezar ahora. Pero, de nuevo, lo que había que hacer, había que simplemente hacerlo, y ya está. Aquellos días de discursos y ruegos que se saboreaban ácidos en la boca, Scorpius se preguntó más que nunca si aquello sería lo que todo el mundo llama amor. Eso que hace que te desprendas voluntariamente de todos tus esquemas, de todas tus decisiones internas, y que te aventures sin protección, solo por y para otra persona, comiéndote tu propio orgullo. Solo una última persona, repitió. Una última persona a la que, sin duda alguna, tendría que perseguir, e implorar, mucho y muy lastimeramente, si quería que aquello saliera bien. Una última persona que parecía ser igual de terca que Rose, quizás, pero además, mucho más insufrible.
Algunos días después del último encuentro con la pequeña de los Wesaleys, Scorpius caminaba aburrido por la galería sur del castillo, había dejado a Albus y Rose bajo el aquel árbol bajo que descansaba a la orilla del Lago Negro, no obstante, cuando vio las dos figuras femeninas que estaban sentadas bajo uno de los arcos, se le olvidó por completo la razón por la que se había separado de los otros dos. Dominique y Alice charlaban animadamente sobre el alfeizar de la arcada, la primera, hablando mucho más que la segunda, como siempre, mientras se manoseaba el pelo plateado, jugando con él y con las miradas de soslayo que lanzaba hacía el grupo de chicos de séptimo que vociferaban unos metros más allá. Scorpius la observó detenidamente por unos instantes, Dominique Weasley era guapa, eso era innegable, con una belleza absorbente, cautivadora, casi mágica, pero era una belleza obvia y eso lo hacía un poco aburrido. Además, aunque seguramente no fuera tonta del todo, a Scorpius se le antojaba como una de esas mujeres que llenan su boca de charla banal y no alcanzan casi nunca mucha profundidad en las palabras, no porque no pueda, sino porque, simplemente, no les apetece. Nada tenía que ver con la belleza callada, elegante de Rose. Esa que no se descubre en los rasgos de su cara, sino en el brillo que moja las aguas bravas de sus ojos azules cuando su mente se llena de ideas, de conocimiento nuevo. Esa belleza que hervía ardiente con cada pronto airado, con cada movimiento que desordenaba sus rizos rojos y luego se quedaba templándose poco a poco entre las pecas, en aquellas sonrisas tiernas, casi tímidas. Scorpius se quedó ligeramente obnubilado pensando en la chica. Inevitablemente, sus pensamientos divagaron solos por la imagen de ella y también inevitablemente, volvió a ver las sombras rosáceas que ahora adornaban la fina piel alrededor de sus ojos, que caían por todo el paisaje de su rostro por dónde llovían cada noche la ácidas e hirientes gotas de las lágrimas. Lentamente, el chico respiró hondo, insuflándose con el aire también un poco más de valor, y mientras veía a Alice despedirse de su amiga y marcharse hacía el otro lado del corredor, Scorpius obligó a sus piernas se moverse hacía allí con renovada determinación. "Dominique" Dijo tajante cuando estuvo ante ella.
La chica le miró extrañada, con la sonrisa congelada en una mueca que había dejado de ser coqueta y ahora solo parecía contener una arcada. "¿Qué pasa Malfoy? ¿Te has cansado ya de una Weasley y vienes a por la siguiente?" Le espetó la chica cruelmente. Estaba claro ya que aquella conversación no iba a ser nada fácil. Ni fácil ni remotamente pacífica. Dominique no iba a encogerse de hombros y doblegarse como habían hecho Hugo y Lois. Dominque iba a pelear con uñas y dientes, dispuesta como estaba a odiarle hasta el final de sus días. Aunque lo que la chica no sabía, era que si le odiaba, no lo hacía realmente porque fuera Scorpius Malfoy, no ahora precisamente, sino porque en su cabeza, él era el culpable de aquella monumental pelea con su mejor amiga, y aquel distanciamiento la estaba carcomiendo por dentro casi tanto como a la propia Rose.
"No" Contestó Scorpius secamente. "No me he cansado de Rose" Añadió tiñendo de ácido sus palabras, arrastrando cada una de ellas. No iba a dejarle pasar a aquella niñata ninguna insinuación arrogante y soberbia, y menos aquella. Ni su corazón ni su cuerpo se cansarían jamás de Rose Weasley, jamás. La necesitaba. La necesitaba con toda la fuerza de su alma, porque su aroma le embriagaba por dentro como si fuese oxígeno. Un sentimiento que aplastaba inevitablemente todo lo que hubiese sentido antes en su vida.
Domique exhaló una bocanada de aire, intentando inconscientemente borrar las acidez del chico que se había quedado flotando incómoda entre ellos. "Entonces vete por dónde has venido" Espetó de nuevo. "Aquí no se te ha perdido nada"
Scorpius siguió atravesándola con el hielo gris de sus ojos. Un gris plano, congelado, que no tenía nada de aquel otro color azul tibio que a veces le teñía la mirada. Un azul que solo aparecía allí delante de las personas indicadas. Por un segundo, el chico había estado a punto de hacerla caso, de largarse rápidamente de allí para no tener que seguir oyendo su irritante tono agudo de la voz. Pero no. No podía huir. Tenía que conseguir que aquella niñata insufrible abandonara toda aquella majadería y volviese a dirigirle la palabra a su prima. Scorpius volvió a aspirar profundamente. Por Rose, se repitió un par de veces en la cabeza. "Mira." Dijo tajantemente una vez más, intentando hinchar el pecho para resultar lo más imponente posible y así evitar que Dominique pudiese volver a abrir la bocaza. "Yo no te gusto, eso está claro." Dominique batió sus pestañas al aire como afianzando la obviedad. Scorpius continuó. "Y tú tampoco me gustas a mí, aunque por razones muy distintas" Añadió sarcástico. "Pero ambos queremos a Rose" Dominique abrió los labios para interrumpirle ante aquella declaración pero Scorpius se le adelantó, previniéndolo. Le era necesario terminar cuanto antes con aquel monólogo, al menos antes de que su orgullo y la irritación que le subía por el esófago le obligaran a largarse de allí en mitad de la conversación. "Sí. La quiero. La quiero muchísimo, más de lo que había querido nunca a nadie. Estoy totalmente enamorado de ella" Dominique volvió a entreabrir los labios, pero esta vez, no para hablar, sino por la sorpresa de la bofetada que le había pegado en la cara aquella abrupta sinceridad tan repentina. Y es que, le gustase o no, Scorpius Malfoy sonaba totalmente sincero. "Y me está matando por dentro tener que verla sufrir así cada día" Por primera vez, Dominique desvió la mirada bajándola hasta sus rodillas, sintiéndose culpable de repente. Una mueca, casi infantil, se dibujó en su cara. Como si volviera a tener cinco años y su madre la hubiese descubierto robando del bote de bombones de la cocina. El engreído de Malfoy tenía razón. Su prima estaba padeciendo por su culpa, y Dominique, odiaba sentirse culpable. "Te necesita Dominique" Siguió diciendo Scorpius ahondando en la herida abierta. "Habla con ella... Tú y yo no tenemos que llevarnos bien, de acuerdo, pero por favor,... habla con ella."
Scorpius contuvo el aliento, contrariado. Había acabado suplicando, algo que se había prometido no hacer enfrente de aquella muchacha insufrible. Pero ya daba igual, lo había hecho, había rogado a Dominique Weasley y ahora solo le quedaba comerse su propio ridículo. La chica no había dicho nada aun, con aquella mueca pueril, pudorosa, en el rostro, quizás, todavía más acentuada con el sonido agónico de aquella súplica. Sin saber que decir, sin saber muy bien cómo reaccionar ante aquella verdad que la había golpeado en la cara, en el alma, de lleno. Finalmente, Scorpius suspiró una última vez, resignado ante el aplastante silencio, y se dio la vuelta para perderse por la profundidad vacía de la galería, su figura esbelta caminando elegante entre los dibujos de luces y sombras. Él ya había hecho todo lo que estaba en su mano, si los demás no querían escucharle, si toda la familia Weasley quería hacer oídos sordos a sus ruegos, eso ya no era su problema. Porque le costaba tanto a todo el mundo entender aquello. Porque no podían, o no querían, admitir que él no era ningún monstruo solo capaz de hacer daño. Porqué no sabían entender lo mucho que quería a Rose. Para él, era un pensamiento tan obvio, tan sencillo y fácil de comprender como las realidades más simples del mundo. La quería. La quería con una fuerza, una necesidad que casi no le cabían dentro del pecho. Puede que nunca se lo hubiese dicho a ella así, tan directamente, tan premeditado, puede que aun se escondiera ligeramente en los sarcasmos e ironías mordaces que siempre matizaban todas sus conversaciones, pro había mucho más detrás de todo aquello. Había algo que iba más allá de las meras palabras. Algo que le ardía por dentro cada vez que sus ojos se quedaban ahogados en su inmenso océano azul, algo que le prendía fuego al corazón.
Aquí les dejo un nuevo capítulo
y como siempre, muchísimas gracias por pasaros y leer.
Un saludo a todos, y sobre todo, a aquellos que perdéis vuestro tiempo y energía en dejarme un review
