La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling
CAPÍTULO 14
Rose escrutó su imagen en el espejo de su dormitorio. Callada, repasando casi minuciosamente, analíticamente, cada poro de su piel, cada centímetro visible de su rostro. Las rojeces que rodeaban sus ojos, sus parpados irritados, se habían ido mitigando poco a poco y ahora solo quedaba una leve sombra. Las ojeras sin embargo, sí seguían allí, tiñéndola de gris y cansancio. Aunque había dejado de llorar, más por agotamiento que por falta de ganas, aun no conseguía dormir decentemente. Llegaba a la cama siempre exhausta, después de alargar las horas de estudio y lectura todo lo posible para huir de los encontronazos incómodos con Dominique, pero una vez que se metía entre las sábanas suaves, una vez que se quedaba con los ojos cerrados y la mente bañada en la oscuridad de la noche, nunca conseguía caer dormida del todo, sino que su cabeza divagaba entre recuerdos borrosos y fantasmas que no llegaban a ser sueños, despertándola del sopor y volviéndola a atraer de manera intermitente. Era la inmensa soledad que sentía, la nostalgia por aquellos meses pasados en los que su vida era sencilla. Sencilla y completa, con todas y cada una de las personas que debían estar allí. Esa soledad que se hacía más patente, más clara, cuando caía la noche y el mundo se hacía silencio, porque, de repente, calladas todas las conversaciones y todo el mundanal ruido del día, esa soledad se hacía notar, como un murmullo continuo en sus oídos, susurrándole maldades, rencores, miedos. Rose había pensado que con el tiempo, se habría acabado por acostumbrarse a todo eso, pero, aunque ya no recordaba cual había sido su última conversación con su prima Dominique, o con su hermano, la última antes de los gritos, aquel mutismo solitario seguía siendo igual de doloroso que el primer día. Solo que ahora el dolor ya no se sentía ajeno, sino parte de ella misma.
Suspiró hondo, mirándose a sí misma una vez más en la profundidad de sus ojos. Nunca le había gustado demasiado el color de sus ojos. Eran azules, sí, pero un azul oscuro, mucho más apagado, mucho más aburrido de lo que uno cabría esperar de unos ojos azules. Siempre había envidiado el color añil de Dominique, siempre vivaz, siempre luminoso. Ahora, además de aburridos también eran unos ojos tristes, porque hasta ella misma podía ver aquella pesadumbre continua esperando en el fondo de su iris. Volvió a suspirar mientras se colocaba la bufanda escarlata y dorada de Gryffindor sobre los hombros. Hacía demasiado calor para una bufanda pero era la única prenda que podía ponerse para animar a su casa en el último partido de Quidditch del curso. Gryffindor contra Slytherin, un clásico de rivalidad y buen juego, en el que además se decidiría el ganador del curso. Rose tembló ligeramente, nunca antes habían estado aquellas dos casas tan reñidas, al menos, dentro de su propia vida. La tensa y delicada relación que la chica tenía ahora con la mayoría de sus familiares en el castillo no había avanzado ni virado de rumbo demasiado en los últimos días. La verdad era que Rose no había dado tampoco demasiadas oportunidades para ningún acercamiento. Se había mantenido escondida, atrapada en la biblioteca, estudiando para los exámenes finales, y aunque aquella actitud no sorprendía a nadie, para que engañarse, Rose Weasley siempre estudiaba así de exhaustivamente para los exámenes, ella misma sabía que le había resultado aun más fácil aquella vez agazaparse entre sus montañas de libros, apuntes y horarios, abstrayéndose así de la cruda realidad que existía fuera de la palabra escrita y en su vida.
Despacio, casi reticentemente, Rose se dispuso a bajar de su dormitorio. Otra vez, se había saltado el desayuno aquella mañana y había esperado metida en la cama a que Dominique y Alice salieran de la habitación. Hoy no quería soportar esa tensión palpable, densa, que se creaba en el dormitorio cuando las tres chicas se tenían que despertar y vestir a la vez. Aunque sorpresivamente, Dominique había cesado en sus antes continuas pullitas hirientes, seguía sin dirigirle la palabra, y si a eso se le añadían los balbuceos bienintencionados pero inútiles de Alice, las mañanas se habían convertido extremadamente difíciles de manejar, como si Rose no tuviera que vivir entre el aire, sino entre una especie de líquido espeso en el que es casi imposible moverse. Además que para evitar a sus compañeras de cuarto, Rose también había decidido saltarse el desayuno para evitar a toda costa tener que cruzar el Gran Comedor. El rumor de su relación con Scorpius Malfoy había surcado ya cada rincón de aquel colegio, como la pólvora, rápido y destructivo. Rose tenía que admitirse a sí misma que en el fondo le agradaba bastante poder andar tranquilamente junto a Scorpius por los pasillos del colegio, poder sentarse a su lado en la explanada verde y brillante de los terrenos del colegio, en las orillas del Lago Negro; sin verse obligados a tener miedo de mostrar esa cercanía natural que movía sus cuerpos. Sin embargo, aun no soportaba los murmullos cotillas, a veces crueles, que se levantaban como el polvo a su alrededor, allá donde fuera. No sabía cuál de las distintas divagaciones del resto de estudiantes le resultaba más molesta, no sabía si eran aquellos que pensaban que una Weasley nunca debía haberse rebajado a relacionarse con alguien con un apellido como ese; o aquellos que no se cortaban de opinar que Scorpius Malfoy solo la estaba usando para limpiar su propio nombre; fuera cual fuere, Rose estaba empezando a hartarse de todos y cada uno de los impertinentes, cotillas y chismosos que habitaban los pasillos de aquella escuela. No, por más que lo intentase, era incapaz de tolerar los murmullos; y aquella mañana, serían si cabe aun más ruidosos, sobre todo si Rose se dignaba a cruzar las puertas del Gran Comedor, a cruzar los nervios crispados de las dos casas y pasearse entre medias, con su vida a caballo entre ambas.
Resignada, Rose esperó unos minutos más en su sala común que estaba totalmente vacía. Si sus cálculos no eran erróneos, todos los alumnos estarían ya camino del campo de Quidditch y ella habría evitado también tener que acompañar a la masa de gente hasta allí, exponiéndose a los odiosos comentarios inoportunos y a las miradas curiosas. Después de unos minutos, Rose cruzó el retrato y bajo hasta las enormes puertas de roble que coronaban la entrada al castillo, se podía oír el rubor de las conversaciones y los vitoreos exaltados unos pasos por delante de ella. De repente, mientras observaba las figuras de sus compañeros delante de ella, agitando banderines y estandartes de sus equipos, Rose se dio cuenta de que no había pensado con quien iba a sentarse a ver el partido. Scorpius y Albus le habían sugerido que podía unirse si quería a sus compañeros de sexto en las gradas de Slytherin, asegurándola que la acogerían sin problemas. Posiblemente eso era verdad. Muchos de los colegas de Scorpius y de su primo habían empezado a ser bastante amables con ella, seguramente tras mandato de estos, pero al menos ellos estaban haciendo un intento por limar asperezas. Incluso, ella había empezado a encontrarles entretenidos, o eso le había confesado a Scorpius un día cuando le chico la pilló soltando una genuina carcajada tras un comentario de Blaise Zabini. De todas formas, no estaba segura de como se vería a una única persona con una bufanda escarlata y dorada entre toda la masa de color verde. No, tenía que ir a su propia grada. La grada donde estarían los miembros de su familia viendo el partido juntos. La grada donde tendría que camuflarse entre las demás cabezas para intentar pasar desapercibida.
Rose se quedó quieta justo al comienzo del campo, observando los asientos elevados de madera que ya rugían con los gritos enfervorecidos de los seguidores de aquel deporte mágico. La chica sintió un leve vértigo, no por tener que subir a tanta altura, sino por lo que encontraría cuando subiese. Aun le quedaba una opción que no había considerado, la de simplemente, no ir a ese puñetero partido. Podía dar media vuelta, recorrer el camino andado y evadir a la muchedumbre y a las caras enojadas de sus primos. Podía volver a esconderse entre las altas estanterías de la biblioteca, aunque los exámenes ya habían acabado y no tenía nada más que estudiar, podía sencillamente sentarse a leer en su refugio, en su santuario sosegado y mudo. Pero en realidad, no quería hacer nada de eso. Quería ir al partido. Muchas de sus personas favoritas en el mundo estarían allí jugando, surcando veloces el aire con sus escobas voladoras, esquivando pelotas y atrapando otras. Quería ir, e iba a ir. La soledad no le daba miedo, o eso es lo que se mentía a sí misma. Sin embargo, Rose se dio el lujo del preámbulo, demorándose un poco más antes de subir a buscarse un sitio incómodamente. Escondiéndose un poco de los profesores que andaban por ahí para ver también ellos el partido y para controlar a la muchedumbre de estudiantes, Rose se coló por la puerta de los vestuarios de los equipos.
"¿Qué haces aquí?" Le preguntó Scorpius cuando por casualidad se la encontró en el pasillo angosto y oscuro que separaba los vestuarios rivales.
Rose se acercó al chico lentamente, con una tímida sonrisa. "He venido a desearte suerte" Dijo pegando su cuerpo al del chico y aupándose un poco para darle un beso.
"¿Así vestida?" Preguntó él mientras acariciaba entre sus dedos delgados la bufanda de Gryffindor que la chica se había puesto por los hombros.
Rose acentuó la sonrisa de su rostro. Aunque no llegaba a ser una sonrisa entera, genuina, de esas que te cuentan la felicidad de forma clara, sincera. Últimamente, Rose no había conseguido ninguna de esas sonrisas completas, era incapaz, su vida ahora estaba incompleta. Pero a veces, al menos, hacía un intento, por sonreír, por soltar alguna carcajada leve, y Scorpius era el único que podía hacer que la comisura de su boca se moviera. Como si al mirarle a él, a la inmensidad de ese paisaje gris de sus ojos, al sentir como este le devolvía la mirada, tiñéndose de un azul tibio. por un segundo, los gritos, las discusiones, todo ese ruido, desapareciera momentáneamente y solo existiera él, él y sus ojos plateados. "Hay cosas que nunca cambian" Le contestó Rose "Ya me conoces"
Scorpius la miró coquetamente y se inclinó hacía ella para recibir ese beso que estaba seguro que le correspondía, sin embargo, una voz que salía del fondo oscuro del pasillo les interrumpió. "¿Rosie?" Preguntó Hugo. Le había parecido oír la voz de su hermana y había salido de su propio vestuario con la túnica de quidditch a medio abrochar. Rose dio un paso hacia atrás, alejándose de Scorpius ligeramente azorada. Las cosas con su hermano, como con el resto de su familia, no estaban demasiado bien como para que encima les pillara en medio de un momento tan íntimo. Scorpius miró a Hugo, fijamente, mientras este se acercaba a ellos cargando ya con su escoba al hombro y el bate de golpeador en la otra mano. Hugo le devolvió la mirada y Scorpius quiso ver reflejado en sus ojos castaños del chico, el recuerdo de aquella extraña conversación que ambos habían mantenido, si es que a eso se le pudo llamar conversación. Hugo se encogió de hombros. "¿Qué pasa hermanita? ¿Vienes a pedirme que no destroce a tu novio con una bludger?" El chico había intentado sonar casual, cotidiano, para que su hermana pudiese leer su disculpa entre líneas, pero la tensión de la situación, y la incomodidad, no estaban difuminándose como el chico había deseado. "Tranquila, tranquila. Me limitaré a las reglas del juego..." El silencio volvió a caer sobre ellos y la tensión, a incrementarse. Hugo no pudo contener aquella mueca embarazosa así que se concentró en mirar las baldosas sucias del suelo.
"Eh... me he dejado algo dentro..." Murmuró Scorpius levemente, señalando con la cabeza la puerta que tenía detrás de su espalada y escabulléndose por ella de la situación, dejando a los hermanos con cierta intimidad.
Cuando se hubieron quedado solos, Hugo cortó un poco más la distancia con su hermana. "Rosie, yo... Lo siento mucho" Le dijo levantando la cabeza al fin y usando aquellos ojitos de cordero degollado que siempre le ponía a su hermana cuando quería que esta no delatase su última trastada a sus padres. "Eres mi hermana, y yo... yo tendría que haberte apoyado ¿no?" Rose asintió con la cabeza pero no dijo nada, quería que Hugo acabara el solo. En el fondo, no podía evitar tratarle como la hermana mayor que era, más adulta, más responsable, que solo quiere que su pequeño hermanito aprenda las cosas como es debido. "Y además ese Malfoy no está tan mal, no sé, ... te trata bien ¿verdad?" Le preguntó balbuceando ligeramente, de verdad, Hugo era pésimo con las palabras. Rose volvió a asentir silenciosa. "Todo el lío de su padre, ya sabes,... de la guerra... la verdad es que no creo que sea culpa suya, eso pasó hace muchos años, nosé... ¿tú crees eso no?" El chico volvió a escrutar a su hermana, buscando una respuesta. Sabía que para ella habría sido igual de difícil dispensar los agravios que aquella familia le había hecho a la suya en el pasado, perdonar todo el dolor que le habían causado a sus padres, pero si ella lo había perdonado, entonces es que eso era lo acertado. Desde que tenía uso de razón, Hugo había acudido a su hermana cuando necesitaba respuestas y siempre, absolutamente siempre, Rose había tenido la respuesta correcta. ¿Por qué no ahora?
Rose volvió a sentir mientras musitaba "Gracias, Hugo..." Las lágrimas, unas de felicidad, de gratitud y no de tristeza, acumulándose en sus pestañas cobrizas. Estaba profundamente conmovida por las palabras de su hermano, porque, aunque torpes, con esa torpeza que le caracterizaba, eran las más sinceras que el chico podía decir. Así era su hermano, no hablaba demasiado, pero cuando lo hacía, decía siempre la verdad.
"Pero dile una cosa de mi parte" Dijo intentando hinchar el pecho de repente. "Si alguna vez te hace daño, lo que sea, dile que le asesinaré" Rose soltó una carcajada entre aquellas gotas que ahora eran mucho más dulces que amargas. "Hablo enserio, Rose" Añadió el chico ante la risa incrédula de su hermana. "Tengo un bate" Rose volvió a reír y Hugo le blandió el bate de golpeador en la cara, a modo de intimidación, tratando de dar seguridad a su amenaza.
A ninguno de los dos les dio tiempo a decirse nada más porque los miembros de ambos equipos empezaron a salir de sus respectivos vestuarios y a inundar aquel angosto pasillo, dirigiéndose hacia la puerta que daba al campo de Quidditch. En medio de la confusión del momento, de la gente esquivándolos al pasar y evitando golpearles con las escobas, Rose aprovechó el despiste y se abalanzó con los brazos abiertos hacia su hermano pequeño, apretándole fuerte, tan fuerte, como cuando eran solo unos niños y ella, más grande que él, le hundía entre sus rizos frondosos. "Rose, quita... hay gente delante" Dijo Hugo con la voz ahogada entre el pelo salvaje y los brazos de su hermana. Rose no le hizo caso, sino que se apretó aun más y Hugo, consciente de que no iba a liberarse, trató de esconder a duras penas su sonrojo de los demás, dándole torpemente unas palmaditas amistosas en la espalda. En el fondo, de vez en cuando, echaba de menos aquellos abrazos asfixiantes de su hermana. Echaba de menos sentir el olor que emanaba de su pelo, un olor que para él era como estar sintiendo su hogar. Al final, se separaron y Hugo se marchó siguiendo a Rob Finnigan, un chavalín de cuarto curso que había sustituido a Fred como segundo golpeador del equipo. Lilly también pasó junto a Rose, dándole un beso en la mejilla y sonriendo ampliamente ante la tierna imagen de la reconciliación fraternal, justo al mismo tiempo que Albus, vestido con los colores contrarios, le desordenaba aun más los rizos a su prima cariñosamente.
Poco a poco, el pasillo fuertemente invadido paulatinamente se fue vaciando. Scorpius, que se había quedado rezagado del grupo, se acercó a la chica. "¿Qué te ha dicho tu hermano?" Preguntó, intentando sonar lo más indiferente posible.
"Se ha disculpado conmigo" Contestó Rose. Scorpius fingió una cara de sorpresa. No le había dicho a Rose que se había dedicado a perseguir a todos y cada uno de sus parientes para convencerles de que la pidieran perdón. No quería que ella sintiera la obligación de agradecérselo. Él solo quería que ella fuera feliz. "Y también me ha dicho que te asegure que si alguna vez me haces daño, te matará. Tiene un bate" Añadió apretando una sonrisa contenida. A Scorpius no le dio tiempo a echarse a reír porque Rose le empujó contra la pared sucia del pasillo para plantarle un soberano beso en los labios, profundo, muy profundo y muy intenso, de esos que te cortan el aliento y te dejan extasiado. Cuando se separaron y Scorpius pudo volver a acomodar los latidos de su agitado corazón a un ritmo normal, supo que todos aquellos días de persecuciones, después de todas las súplicas que se había visto obligado a mostrar, del ridículo, absolutamente todo merecía la pena solo por poder saborear otro beso más como aquel.
"¡Malfoy!" Se oyó bramar a Flint, el capitán del equipo de Slytherin por la abertura que había dejado la puerta del pasillo. Scorpius reaccionó al fin, desprendiendo los ojos reticentes de las aguas azules de los de Rose.
Rose sintió el calor de Scorpius alejarse de ella y le gritó "¡Ten cuidado!" El chico se giró una última vez y le lanzó un guiño adornando una de esas medias sonrisas tan suyas. La chica le observó salir al campo, la escoba al hombro, la túnica verde y plateada ondeando en esa brisa templada típica del verano, con aquellos andares tan elegantes, esbeltos, y no pudo evitar sentir una especie de calor en la parte baja de su vientre. Un calor cargado de deseo.
Después de unos segundos más en los que Rose se había quedado con la mirada perdida en ese punto del espacio por el que había desaparecido Scorpius, aun con su sabor en los labios y el corazón encendido. El rugido de las gradas de fuera la sacaron de su ensimismamiento. Los jugadores debían de haber saltado ya sobre sus escobas y las pelotas habían sido liberadas. Rose salió de los vestuarios y subió las escaleritas de madera casi interminables que daban a los asientos normalmente destinados a los alumnos de Gryffindor. Después de aquella conversación con su hermano, se había olvidado ligeramente de la inminente posibilidad del desastre cuando ella fuera a sentarse con el resto de su casa y quedase patente, ante ella misma y ante el mundo, que no iba a hacerlo con Dominique, Lois y Roxane. Sin embargo, cuando llegó a la parte más alta y se dispuso a buscar un sitio libre entre el resto de alumnos, escrutando alrededor de las cabezas animadas por un asiento vacante, oyó una voz llamándola.
"¡Rosie! ¡Rosie, aquí!" La pequeña de los Weasley, Roxane, le gritaba con una amplia sonrisa unos bancos más abajo. Lois a su lado, también hacía aspavientos con las manos y una banderita con los colores escarlata y dorado que se había fabricado improvisadamente para animar al equipo. Extrañada, Rose bajó como pudo hasta ellos, esquivando a los demás que la bufaban contrariados por la interrupción. Cuando sus dos primos se hicieron a un lado, abriéndole un hueco vacío entre ellos, Rose sintió una nueva oleada de lágrimas anegándole los ojos. Unas lágrimas que ya no dolían como antes. Unas lágrimas que actuaban ahora como un bálsamo, como si la limpiaran por dentro de ese líquido ácido que había estado rumiando. Roxane se agarró tiernamente a su brazo y la miró con una amplia sonrisa. Rose recordó cuando la pequeña se había acercado a ella una noche en la sala común, sentándose a su lado en uno de los sofás más apartados. La niña no había dicho nada aún pero Rose podía notar, por encima del libro que estaba leyendo, como su cuerpo infantil se convulsionaba por los sollozos. Sin decir nada, Rose la abrazó, fuertemente, permitiendo que Roxane le llorara en el hombro. Aquel llanto ajeno, pero igualmente vivido, había sido la primera vez que Rose había sentido apaliarse levemente el dolor de su interior, el dolor de su soledad. Después de tantos días de enfados, de miradas esquivas y desprecios, la chica había llegado a acostumbrarse a ese dolor, como si ya fuera parte de ella, como si le perteneciera de la misma forma que todas sus válvulas internas. Pero al percibir el llanto de la pequeña, con esa sinceridad limpia, genuina, que aun la caracterizaba, se dio cuenta de nuevo que todo aquel sufrimiento era extranjero, y de que sí que podía hacerlo desaparecer, sí que podía arrancárselo. Aunque no ella misma, sino sus seres queridos.
Ahora, aquella sombra gris que llevaba dentro desde que se peleara con sus parientes, le temblaba. Le temblaba dentro del cuerpo como si supiera que se avecinaba su final, como si ella misma hubiese sentido las manos de Hugo, trasformadas en disculpas, empujándola fuera de su hermana. Como si también hubiese visto a Roxane y Lois incluir a Rose entre ellos y excluir su tristeza fuera. Ahora, el cielo parecía más brillante y el aire mucho más cálido.
"¿Qué ha pasado?" Preguntó Rose, refiriéndose al partido, cuando por fin pudo salir del estupor de aquel callado reencuentro.
Lois la miró animado. "No mucho. Albus ya ha marcado, por supuesto" Contestó señalando a la estela verde y plateada que se movía veloz por el campo y supuestamente se trataba de su primo. "Por lo demás, está aún un poco parado"
"¿Gryffindor tiene esperanzas?" Siguió inquiriendo Rose. La verdad es que aquel interés por el partido era más bien fingido, el Quidditch nunca le había resultado demasiado atrayente y su única atención ahora estaba en esperar que el partido acabase cuanto antes y ninguna de las personas a las que quería y que estaban subidas en sus escobas resultaran heridas. De repente, la grada de Gryffindor contuvo un grito. Una bludger por parte del golpeador del otro equipo casi había alcanzado a Lilly, que volaba en círculos con los ojos concentrados escudriñando el aire en busca de la pelota dorada, pero la condenada pelota violenta no llegó a alcanzar a la chica porque Hugo logró interponerse con su bate justo segundos antes y la había mandado como represalia contra el buscador contrario. Scorpius la esquivó como pudo, con un recorte rápido de su escoba, ante la ovación de sus seguidores. Durante todo el rato, Rose sostenía su respiración más que nadie, el aire, como atascado en un nudo en la garganta. Golpease quien golpease, parecía que ella siempre saldría perdiendo.
Después de aquellos segundos de desconcierto y sustos ahogados, Lois siguió hablando como si nada, ajeno a la turbación de su prima Rose. "No tenemos mal equipo" Tampoco se dio cuenta de que las preguntas de la chica eran más por intentar entablar una conversación con ellos, la primera en varios días, que por genuino interés. "Es cierto que si hablamos de goles, lo tenemos crudo sin James para contrarrestar a Albus. Eran los mejores cazadores de toda la escuela" Rose volvió a perderse del hilo de la conversación, ignorando el murmullo monótono en el que se había convertido ahora la voz de Lois, porque un destello plateado llamó su atención, pero este no provenía del campo ni de sus jugadores, sino de unos asientos más allá. Dominique estaba sentada junto a Alice y algunos otros compañeros de sexto, moviendo su cabello largo y elegante de lado a lado, bien por la excitación del partido o bien porque estaba coqueteando sutilmente con los chicos. Por un momento, Rose la observó en la distancia, un brillo cargado de nostalgia en la mirada. Se imaginaba el tono agudo y vivaracho de Dominique contándole como no se qué chico la había estado mirando durante todo el partido, prestando más atención a sus sonrisas que a los requiebros en el aire de los jugadores. Rose suspiró hondo, el aire de sus pulmones saliendo entre la resignación y la pesadumbre, nunca habría imaginado que echaría de menos todas aquellas conversaciones aparentemente banales y vacías con su prima. Dominique. Repentinamente, como si hubiese sentido una llamada susurrada en silencio, esta se giró hacía su prima y las dos chicas se miraron por unos escasos segundos, solo un instante, porque enseguida volvió a desviar de nuevo aquellos ojos añil cálido. Rose quiso ver un tinte distinto en esa mirada, quiso ver un poco más de tristeza, de añoranza; y un poco menos de la rabia continuada con la que su prima la había estado atacando desde que se enterase de su relación con Scorpius. Pero había sido un tiente escaso, casi nada perceptible y posiblemente, solo había estado en su imaginación.
"¡Y PARECE QUE ALBUS POTTER VUELVE A MARCAR!" Bramó Lorcan Scamander, el comentarista del partido. "¡Ese Potter parece no tener rival sin su hermano James! Es una pena que se hubiese graduado ya. Echo de menos a James Potter, y a Fred, también echo de menos a Fred. Esos tíos eran tan graciosos... Aun me acuerdo cuando encata-"
"¡SCAMANDER! ¡AL PARTIDO!" Le interrumpió gritando la directora Mcgonagal. Las gradas rieron al unísono. Nadie se explicaba como aquel chico se había ganado el puesto de comentarista. Era incapaz de seguir el hilo del partido completo sin perderse en sus propias divagaciones.
Lois siguió charlando con su prima. "Nuestra mejor baza es Lilly, la verdad" Rose volvió en sí de nuevo, intentando olvidarse de Dominique y sus desprecios, intentando prestar genuina atención a lo que le contaba su primo. Al menos, parecía que había vuelto a ganarse el aprecio de algunos de sus familiares. "Malfoy es un excelente buscador..." Continuó Lois, aunque se atragantó ligeramente cuando fue consciente de a quien había nombrado. No estaba enfadado con su prima Rose, ni nada por el estilo, pero aún le azoraba recordar la imagen que había interrumpido. Lois, aunque había heredado también el atractivo innegable de su familia, con el mismo pelo plateado, brillante, y los mismos rasgos dulces que atraían mágicamente, no parecía hacer uso de sus cualidades naturales como Dominique. Él era un chico bastante tímido, reservado, incluso se podría decir asustadizo, y desde luego, a sus catorce años, las chicas era un mundo en el que aun no quería meterse. Por eso, haber interrumpido a Rose en aquella escena tan íntima y sugerente, todavía seguía abrumándole ligeramente.
"Pero Lilly es muy rápida ¿no?" Dijo Rose rápidamente, como si nada, casual, invitando al chico a seguir con la conversación como si el nombre de Scorpius no significara nada especial en aquel momento. No quería incomodar a Lois, no ahora que estaba resultando tan fácil y tan increíblemente agradable estar junto a sus primos. No, nada podía estropearlo ahora.
Lois la miró, claramente agradecido por la ayuda sutil que le había prestado y continuó con sus rodeos por el partido y sus posibilidades. "Sí, sí. El tío Harry y la tía Giny le han enseñado bien. Yo creo que podríamos ganar si la snitch aparece pronto y Lilly pilla un poco de delantera. No sé, no sé,..." Divagó. "Hay que tener esperanza..." Añadió agitando la banderita que se había construido con los ojos fijos en el campo, siguiendo con la cabeza las idas y venidas de los jugadores por el aire.
El público siguió rugiendo, sus gritos y ovaciones irrumpiendo por el paisaje adyacente, un bramido conjunto que sonaba como si fuera el viento. Rose se dejó contagiar, por primera vez desde hacía días, por el entusiasmo general, por la agitación de las banderas y bufandas, por los cánticos de sus compañeros, por los vitoreos; y como nunca antes le había ocurrido, también se dejó contagiar por la emoción del partido, por la incertidumbre del resultado, por las ansias de ganar. Los cazadores de Gryffindor consiguieron anotar un par de tantos acercándose en el marcador al equipo contrario. Aunque, la verdad era que Albus estaba batiendo records. '¡Potter es el mejor! ¡Potter es nuestro campeón!' Bramaba a coro toda la grada de Slytherin. Después de otro gol espectacular, Hugo aprovechó el despiste para lanzarle una bludger a su primo y como Albus estaba saludando pomposamente a sus seguidores, consiguió acertarle en un brazo. Un poco dolorido, Albus le buscó por el aire y los dos enfrentaron miradas. Sin embargo, enseguida se sonrieron ampliamente el uno al otro, el juego era el juego, sin rencores. Rose nunca podría entender la gracia de aquel deporte, nunca podía sentir realmente en sus carnes la adrenalina que parecía subir por los cuerpos de los jugadores mientras estaban sobre sus escobas, empapándoles, sin miedo, sin dudas, solo con la determinación de la victoria que les empujaba a lanzarse al vacío.
Después de una hora más de partido, el marcador seguía igualándose, persiguiéndose, sin desmarcarse ni para un lado ni para el otro. Parecía que todo el peso del resultado, de la victoria o la derrota, caía necesariamente sobre los buscadores. El pelo cobrizo, brillante, de la pequeña de los Potter se mecía por la brisa al compás de sus vueltas alrededor del campo, sus ojos, vivaces, atentos, extremadamente atentos. Scorpius, al contrario, se mantenía estático, bastante por arriba de la zona en la que realmente se estaba desarrollando el partido. Rose le observó desde su asiento en la grada. Aunque no lograba verle bien por la distancia, podía adivinar en su rostro una de esas sonrisas indiscutibles, reales, que a veces, solo a veces, surcaban su semblante deslumbrándole con una belleza tierna, casi mágica. Estaba concentrado, extremadamente concentrado en su papel de buscador, pero no tenía la misma clase de mueca que había visto en el chico durante las clases o mientras estudiaba. No, le consumía ese gesto que solo dedicaba a las cosas que le hacían feliz, feliz de verdad, de forma pura, aplastante.
De repente, Scorpius pegó el cuerpo al palo de su escoba y se lanzó al vacío. "¡Scorpius Malfoy parece que ha visto la snitch!" Vociferó Lorcan Scamander. Desde el otro lado del campo, Lilly también estaba realizando la misma maniobra, no había necesitado oír el comentario de Sacammander para ver ese destello dorado volando casi a ras del suelo de arena del estadio de Quidditch. Enseguida, ambos buscadores se pudieron casi a la par, flotando en paralelo, persiguiendo con el brazo estirado la escurridiza pelota. Lilly suplía la experiencia y habilidad de Scorpius con su ligereza y su don natural para no ser más que una estela veloz, casi imperceptible, entre el aire. Todas las gradas contuvieron el aliento una vez más, muchos, incluso erguidos sobre los asientos, las piernas tensas de la emoción contenida en aquel instante mientras seguían el sendero sinuoso que trazaba ambos buscadores por ese cielo azul añil del verano. Scorpius intentó pegarse más contra su escoba y desvió la mirada un segundo hacía esa mancha borrosa, difuminada, que debía ser el suelo. No estaba a más de dos metros de altura. Instintivamente, sin pensar las consecuencias, temerario, el chico apoyó los pies sobre el palo de su escoba y se lanzó hacía la snitch. Primero, sintió sus dedos estirados aferrándose a la superficie fresca, grabada, de la pelota, como al mayor de los tesoros; luego, solo sintió el impacto de su espalda contra la tierra. La alegría de la victoria sostuvo el dolor y Scorpius apenas percibió el golpe contra el duro suelo. Con una amplia sonrisa recorriéndole el rostro, el chico agito su puño aun derrumbado, entre la nube de polvo que se había arremolinado a su alrededor. La masa verde y plateada del lado izquierdo de las gradas rugió con un bramido atronador que retumbó como un eco más allá de las montañas vecinas cuando todo el mundo pudo ver la snitch dorada encerrada en la mano de su buscador.
Rose sintió como su corazón se paraba de sopetón en el momento en el que vio a Scopius lanzarse contra el suelo. Le costó unos segundos más entender el movimiento de su puño alzado que anunciaba que nada le había pasado en su impacto contra la arena, unos segundos en los que en su interior se había quedad estático, respirando sin respirar, viviendo sin vivir. Un regusto amargo le subió por el esófago. Así que era eso a lo que sabía el verdadero terror. Haciendo caso omiso a las quejas y gruñidos decepcionados del resto de alumnos de su casa, Rose corrió escaleras abajo, el alma aun apretada en el puño. Habría querido llegar hasta Scorpius y si el golpe no le había herido, herirle ella con sus propias manos como venganza por el miedo que le había hecho pasar. ¿Cómo demonios se le ocurría semejante temeridad? ¿Es que no era consciente de que podía haber muerto, de que su cabeza podía haberse golpeado de lleno contra algo, o su espalda romperse, o cualquier otra cosa que le hubiese dejado derrumbado en ese mismo instante? En aquella carrera contrala masa de estudiantes que también había empezado a bajar las escaleras, en el dolor del flato, Rose se dio plena cuenta de que ahora mismo, todo su mundo se caería a pedazos irremediablemente si algo le pasaba a aquel chico, porque él, ahora mismo, para siempre, era todo su mundo.
A pesar de sus intentos, la chica no pudo llegar hasta Scorpius, la masa verde y plata que había rugido enfervorecida con la victoria del partido se lo llevaba a él y a Albus a hombros, de camino al castillo, al son de los canticos. Rose le vio reír en la distancia. Estaba feliz. Estaba más que feliz, estaba orgulloso de sí mismo y la chica sabía que aquel sentimiento le colmaba por dentro más que cualquier otra cosa. En el fondo, lo único que Scorpius Malfoy había querido en toda su vida era hacer las cosas bien. Por eso era un estudiante modelo y un jugador de Quidditch excelente; pero sobre todo, por eso era la grandísima persona que era. Resignada, Rose se dejó arrastra con los demás hacia el colegio. Ya encontraría otro momento en el que reprenderle por el mal trago que le había hecho pasar. Otro momento, íntimo, para ellos solos, para demostrarle de alguna forma lo que acaba de descubrir ella misma, para demostrarle cuan profundo se le había colado dentro.
El Gran Comedor se había llenado ya de todos los estudiantes que habían vuelto de ver el último partido de Quidditch del año. Las conversaciones, vivas, alegres, se mezclaban unas con otras en un mismo murmullo inconexo. Rose divisó a su prima Lilly sentada a la mitad de la mesa de Gryffindor, rodeada del resto del equipo. Aunque hubiesen perdido, aunque no hubiese sido capaz de coger la snitch antes que Scorpius, la chica empezaba a comer su almuerzo con su característica sonrisa en el rostro. Nada en el mundo conseguía poner de mal humor a Lilly Potter, cosa que no se podía decir del resto de su compañeros que permanecían considerablemente más cabizbajos que ella. De todas formas, la derrota no había aplacado del todo el buen ambiente, ni siquiera en su casa, al fin y al cabo, había sido un buen partido, reñido, muy reñido; y ahora solo les quedaba disfrutar de los últimos días en el castillo, libres de las clases, de los exámenes y con la única perspectiva del buen tiempo. Rose se acercó a ellos y se sentó junto a su prima. "Lo siento mucho, Lils. Has volado impresionantemente bien" Le dijo mientras le apretaba los hombros cariñosa. Estaba claro que Rose no sabía demasiado de aquel deporte mágico como para que nadie se tomara demasiado enserio sus palabras, pero al menos lo decía con buena intención.
"Lo sé" Le contestó Lilly con una sonrisa, correspondiendo al gesto amable de su prima. "Qué se le va ha hacer. No se puede luchar contra Scorpius el buscador suicida Malfoy " Una carcajada se levantó al rededor de ellas con aquel comentario. Sin embargo, la conversación se vio interrumpida con la llegada de una lechuza extraviada que acaba de posarse delante de ellos. Rose miró al animal extrañada. El correo solo llegaba durante el desayuno, nunca en la comida, ¿cómo se las habría apañado alguien para obligarla a entrar en el Gran Comedor a esas horas? "Es para ti, Rosie" Dijo Lilly al ver el remitente escrito en el sobre rojo que había traído el ave.
"¡Es un vociferador!" Bramó Rob Finnigan, que había identificado el tipo de carta. El salón entero enmudeció. Era parte del divertimiento general del castillo escuchar esa correspondencia mágica que de vez en cuando le llegaba a algún alumno y que solía implicar el completo ridículo de dicho alumno y la risas eufóricas de los demás.
Rose abrió los ojos ampliamente, estupefacta por la sorpresa, pero enseguida reaccionó, cogiendo el sobre rojo que empezaba ya a agitarse vibrante y corriendo por el pasillo. No estaba dispuesta a exponerse así ante el resto del colegio, sobre todo, porque en ese instante, no podía entender quién demonios le habría mandado uno de esos vociferadores y porqué. Sin embargo, no pudo llegar muy lejos, antes de que la chica hubiese llegado siquiera a acercarse a las enormes puertas de salida del Gran Comedor, la carta voló de sus dedos, sacudiéndose desmesuradamente y se abrió en el aire. "¡Rosie! ¡ROSIE! ¡ROSIEEEEE!" Gritó el vociferador con las voces de sus primos James y Fred. "¡LO SENTIMOOOOS MUUUUCHOOOO!" Siguió bramando.
"¡HEMOS!" Canturreó James a través del papel encantado.
"¡SIDO!" Continuó Fred.
"¡UNOS!" Volvió a retomar James
"¡CAPULLOOOS!" Terminaron las dos voces a la vez. Muchos de los profesores que almorzaban en su mesa al fondo de la sala emitieron bufidos de desaprobación al oír la palabrota, pero no todos, porque el señor Longbottom, profesor de herbología, y Hagrid, se habían unido a las carcajadas de los estudiantes. Incluso la directora Mcgonagall no pudo evitar que se asomase una leve y rápida sonrisa a sus labios apretados. Rose tampoco pudo contener la risa. Una risa ligeramente histérica, por la bochornosa situación en la que los bromistas de sus primos la estaban poniendo y por esa sensación cálida que le subía por el pecho al oír la disculpa.
"¡POR FAVOR!" Se oyó chillar desentonado a Fred
James le secundó "¡POR FAVOR!"
"¡POR FAVOOOR!" Repitió Fred de nuevo, subiendo aun más el volumen de su cántico poco armonioso
"¡PERDÓNANOOOOOOS!" Terminaron los dos a la vez. Justo cuando Rose pensó que el ridículo habría acabado, que ya no podría ser peor, el vociferador voló sobre su cabeza y soltó una especie de arcada. Un montón de pétalos de rosas rojas cayeron sobre ella como si fuera vómito. El Gran Comedor estalló en una carcajada aun más fuerte, mientras los trozos de flores se le quedaban enredados en el los frondosos rizos. "¡Y dile al rubiales que como se le ocurra hacerte de daño, está más que muerto!" Acabó por fin de gritar el sobre, consumiéndose en una flamante llamarada y cayendo en cenizas sobre los pies de la chica. Rose notó claramente como la incandescencia del rubor le teñía las mejillas y el cuello hasta la punta de las orejas mientras todos los demás alumnos de su alrededor aplaudían ante la última ocurrencia de James Potter y Fred Weasley. A decir verdad, casi todo el colegio echaba de menos las fechorías de esos dos, casi todos, menos los profesores y el anciano y agrio conserje, por supuesto.
Rose no podía volver a su mesa como si nada hubiese ocurrido después de semejante exposición de vergüenza pública, así que cruzó la distancia que le separaban de la entrada al Gran Comedor lo más rápido que pudo, intentando no correr ansiosa, y se dirigió hacia los terrenos del colegio para evitar más miradas y más carcajadas a su costa. Sin embargo, en el fondo, todo ese bochorno le daba absolutamente igual. La chica solo podía sentir esa llama templada que le encendía las entrañas y que volvía a descargar lágrimas dulces, de felicidad y gratitud, sobre sus mejillas, atenuando más y más el sufrimiento de aquellos últimos días. A pesar de las estrambóticas formas de sus primos, lo importante, lo realmente importante, era que los chicos habían entrado en razón y se habían disculpado con ella. Rose sonrió ampliamente mientras se sentaba bajo la sombra de aquel olmo que siempre la resguardaba cerca de la orilla del Lago Negro. En cuestión de una mañana, gran parte de su vida había vuelto a colocarse exactamente en su lugar, donde siempre debía estar. La chica no podía ser más feliz. Bueno, quizás sí que podía, porque seguía habiendo una persona, una de las más importantes, que la había echado a un lado y no parecía querer recuperarla. Pero no se puede pedir todo.
"Aquí estás" Le dijo Scorpius después de un rato, sacándola de sus cavilaciones. Rose no se había dado cuenta de que el chico había salido también del castillo y se había acercado hacia ella. "Aun no me has felicitado por mi increíble victoria" Comentó fingiendo indiferencia socarrona y altanera mientras se sentaba a su lado frente al agua.
Rose entornó los ojos. "No pienso hacerlo" Le dijo forzando un enfado que no estaba realmente allí. "¿Es qué estás rematadamente loco? ¿Cómo se te ocurre saltar así de tu escob-" Pero la chica no pudo terminar la frase porque Scorpius la había tomado por la cintura firmemente, empujándola hasta tumbarla sobre la hierba y se había zambullido en sus labios con otro de esos besos profundos, intensos, que volvían a pararle el corazón, solo que esta vez, no era por el miedo. Rose gimió levemente de placer sobre su boca, asiéndole del pelo de la nuca para apretarse aun más contra él, olvidando por completo la regañina que había pensado en echarle por su temeridad, olvidando absolutamente todo lo que no fuera el calor de aquel beso, el tacto de aquel instante íntimo."No vuelvas a hacer una locura así, por favor..." Consiguió susurrar contra sus labios. "Si te pasa algo yo me muero" Confesó. Scorpius no contestó con palabras, sino con una caricia tenue por el mapa de pecas de su rostro, una mirada profunda en el mar de sus ojos que lo decían todo sin necesidad de hablar. "¿No quieres ir la fiesta de tu sala común?" Consiguió musitar Rose después de otro beso más cuando Scorpius desvió sus atenciones a la piel suave de su cuello, acariciándola con la nariz, absorbiendo, empapándose de la embriagante fragancia de flores y bosque que emanaba de sus rizos.
"No" Susurró Scorpius seguro contra su oreja. "Primero te quiero a ti..."Rose volvió a gemir suavemente, por la sensación del aliento del chico, templado, tierno, entre su pelo; y por las palabras, tan sinceras, tan firmes. Scorpius tenía esa manía de decir aquellas cosas, como si fueran lo más cotidiano del mundo, lo más simple, siempre en el momento más oportuno. Cuando los reflejos y las guardias de la chica estaban bajas, rindiéndose ante él y su inminente invasión. De todas formas, aunque en su voz, masculina, solida e inquebrantable, aquellas declaraciones camufladas de amor y deseo sonaran tan naturales, como sin importancia, Rose sabía que llegaban desde un punto muy profundo en su alma, uno que solo se podía ver si tenía suerte, si le dejaba anunciarse a través del azul añil que teñía a veces su mirada gris plomiza. Scorpius volvió a los labios carnosos y rosáceos de la chica, ahondando en el beso, rozándola suavemente con su lengua, todo su peso sobre el cuerpo de ella, y sus manos colándose aventureras por debajo de la camisa, poco a poco, como asegurando el territorio conquistado con caricias y mimos de las yemas de sus dedos. Rose le imitó, dejando atrás el pelo de su nuca y escurriendo sus manos pequeñas y delicadas por el cuello de su camisa. Lo que realmente quería era desabrocharle la prenda, quietársela entera, pasearse sin pudor, sin vergüenza por los valles y mesetas de piel pálida que formaban el paisaje desnudo del torso del chico. Scorpius avanzó un poco más con sus tropas hacia la conquista, recorriendo el vientre de la chica, sus costados, abrazándola contra sí. Rose suspiraba abiertamente entre beso y beso; entre bocanada de aire y ahogo, perdiéndose en la sensación abrigada, protegida, de las manos de Scorpius estrechándola. No había nada más, absolutamente nada más que aquello.
De repente, un carraspeo incómodo los sacó súbitos de su ensoñación pasional y compartida. Los dos levantaron la cabeza de prisa y vieron a Dominique, de pie, cerca de ellos, mirándoles con una sonrisilla pícara sostenida en el rostro. Alice, detrás de ella, sonreía mucho más honestamente y públicamente pero no les miraba, abochornada de haber cortado a su amiga en aquel preciso instante. "Siento interrumpir" Dijo Dominique, aclarándose una vez más la garganta. Sorprendentemente no había ira ni enfado en su tono de voz, sino que había vuelto a teñirse con la agudeza vivaracha de siempre. Por fin, Rose y Scorpius reaccionaron ante el impacto de aquella vista tan repentina y en tan comprometido momento y se separaron el uno del otro, la chica intentando acomodarse el uniforme, borrando en su mente la huella que habían dejado las manos osadas de él sobre su piel desnuda. "Yo solo quería disculparme..." Siguió diciendo Dominique, mirando a su prima. "Lo siento Rosie, de verdad que lo siento muchísimo. No tenía que haberme puesto así contigo, no tenía que haberte gritado de esas formas, ya sabes, y luego atacarte con la ley del hielo..." La chica fingía sonar reticente pero Rose sabía que la verdad era que aquella disculpa no le estaba constando en absoluto. Su prima Dominique podía ser muy niña a veces, caprichosa y poco racional, pero el orgullo no solía nublarle nunca la vista y siempre solía ser la primera en pedir perdón. Un perdón sincero, honesto, sin ningún tipo de resquemor. "Solo lo hice porque estaba preocupada por ti, y que quede claro que sigo sin estar de acuerdo con vosotros dos" Añadió, señalando acusadoramente entre Rose y Scorpius. "Pero aun así no debería haber hecho lo que hice. Yo... lo siento Rosie, odio estar peleada contigo, te echo de meno-"
Pero la chica no pudo terminar porque Rose se había incorporado impetuosa y se había tirado sobre su amiga con los brazos abiertos. Inmediatamente, las muchachas se estaban abrazando. Abrazando, riendo, llorando y gritando escandalosas. Scorpius desvió la mirada un segundo, ligeramente asustado por semejante despliegue de griterío bullicioso. Alice, que se había mantenido en una distancia prudencial para dejar espacio a sus amigas, también se abalanzó sobre ellas, y las tres continuaron con aquella danza de chillidos y disculpas. Cuando por fin se separaron, Rose miró a su prima, primero con una alegría y una ternura inmensa, que le flotaban sobre las aguas azules de sus ojos volviéndolas más templadas, más claras; después, con una mueca un tanto severa. "Creo que te falta otra disculpa, Dom" Le dijo con aquel tono maternalista que no podía evitar usar a veces con ella.
Dominique la miró un poco contrariada pero enseguida se le borró el amargor con otra sonrisa. "Está bien, está bien. Tu ganas" Le dijo risueña. "También lo siento, Malfoy" Añadió mirando a Scorpius. El chico se levantó un poco tambaleándose por la extrañez del instante pero estrechó la mano que Dominique le había tendido en símbolo de la futura tregua de paz entre ellos. En el instante en el que sus manos se tocaron y sus ojos se encontraron, el chico pudo ver en el azul añil de los de ella como estaba escondida la conversación que habían mantenido ellos hacía unos días. Pudo hasta ver sus propias palabras resonando como un eco, 'la quiero, la quiero muchísimo'. Palabras que habían hecho de motor para aquella disculpa. A Scorpius no le dio tiempo a contestar siquiera con un leve gracias porque Dominique se soltó y le volvió a apuntar con su dedo índice, directo al puente de su nariz. "Pero te lo advierto Malfoy, como le hagas daño a mi Rosie, te patearé el culo ¿te enteras?"
Todos rieron, incluso Scorpius emitió una leve sonrisa ladeada ante el comentario. Era la tercera vez en un mismo día que un miembro de aquella familia le había amenazado. "Tranquila, por la cuenta que me trae no pienso enfrentarme a un ejército enfurecido de Weasleys" Inconscientemente echó una pequeña mirada rápida hacia Rose, descubriendo el brillo de la felicidad reflejándose vivo, vibrante, sobre la superficie de sus aguas azules. Jamás podría hacer daño a aquella criatura. Jamás podría si quiera pensar en herir a Rose, su Rose, la persona que se le había colado tan dentro del pecho, caliente, como una llama de fuego que te devuelve a la vida en las noches de frío.
"Más te vale" Apostilló Dominique, ajena a aquel segundo de complicidad entre los dos chicos. "Y ahora, nosotras nos vamos." Dijo cogiendo a Rose y Alice del brazo y haciendo el amago de tirar de ellas hacia las puertas abiertas del castillo
Scorpius las miró extrañado. Había querido que Dominique y Alice se marcharan y el pudiera volver a retomar lo que las chicas habían interrumpido. "¿A dónde vas?" Le preguntó a Rose.
Pero a la chica no le dio tiempo a contestar porque Dominique se le adelantó. "Nos vamos a tener una charla de chicas como es debido" Y con una mueca casi malvada, completó. "Lo siento Malfoy, tus secretos están a punto de dejar de ser secretos..." Scorpius la miró un tanto alarmado, era de sobra conocido que Dominique Weasley era cotilla y ligeramente entrometida por naturaleza. Sin embargo, la radiante sonrisa de Rose hizo que se le olvidara todo lo demás y solo pudiera sentir en el alma la misma felicidad, la misma felicidad inmensa que la chica estaba sintiendo en ella ahora. "Por cierto, se me olvidaba" Dijo sacando unos sobres del bolsillo de su túnica y entregándoselos a Rose y a Scorpius. "Esto es para vosotros" Los dos chicos leyeron la carta escueta y prácticamente igual que contenían los sobres. A Scorpius se le ensombreció el semblante repentino y miró a Rose, con la mirada gris cargada de alarma y algo que se parecía mucho al miedo. "Sí, sí, Teddy ha decidido invitarte a ti y a tu familia a la boda. Al parecer sois parientes, por parte de su abuela Andrómeda" Siguió hablando Dominique, otra vez, ajena a esa comprensión callada y en la distancia que estaba ocurriendo entre Scorpius y Rose. El pergamino perfumado que rezaba 'Boda de Teddy Lupin y Victorie Weasley' tembló ligeramente entre los dedos del chico. Lo único que faltaba en aquel coctel molotov era tener que juntar en el mismo espacio a toda la familia Weasley con toda la familia Malfoy. La preocupación creció con la tensión que se hacía sólida momento a momento. ¿Cómo iban a resolver ese incómodo encuentro? Sin embargo, no les dio tiempo a seguir consternados por la noticia porque Dominique se puso entre medias, tomando de nuevo a Rose y a Alice de sus brazos y tirando de las chicas hacia la escuela. "Ya tendréis tiempo de pensar en la boda" Dijo risueña. "Ahora... ¡Charla de chicas!" Gritó eufórica mientras conducía a sus amigas a través de la explanada de hierba. Rose se encogió de hombros con una última mirada de reojo hacia Scorpius y se dejó arrastrar, ya pensarían en la boda luego, contagiada ligeramente por el entusiasmo de sus mejores amigas y más que dispuesta a tener esa charla.
Y la tuvieron, vaya si la tuvieron. Dominique, Alice y Rose hablaron y hablaron durante horas. Pasearon por las orillas cálidas del Lago Negro entre más disculpas y más llantos. Se sentaron sobre la explanada verde, descansado los pies descalzos al aire tibio del verano incipiente, entre más y más abrazos. Hablaron de aquel extraño curso lleno de cambios repentinos, hablaron del tiempo que había estado peleadas, de los exámenes, de las clases, de las inminentes vacaciones. Hablaron de todos las emociones que llevaban dentro y de muchísimas cosas más. Pero sobre todo, hablaron de Scorpius Malfoy. Hablaron de cómo había empezado todo, de las miradas esquivas que sus amigas ya habían visto con sus propios ojos y los sentimientos encontrados que Rose no había compartido con nadie. Hablaron del primer beso, del segundo, y de todos los que vinieron después. Hablaron del bonito regalo que el chico le había hecho en Navidad, de las palabras preciosas que le dedicaba, siempre enmarcadas en esa altanería arrogante tan suya, pero siempre totalmente sinceras. Hablaron de las tardes al sol, bajo el olmo y sobre la de hierba verde brillante, y hablaron de los momentos intensos, íntimos, escondidos entre las sombras confidentes de algunos rincones de ese castillo al que también llamaban hogar. Hablaron y hablaron sin parar, y aunque al principio, Dominique no cesaba en su intento de teñir con una mueca de asco cada vez que Rose pronunciaba el nombre del chico en voz alta, al final, había sido ella misma la que había acabado pidiendo más detalles. Y es que, Dominique Weasley no podía evitar rendirse totalmente ante una buena historia de amor; y para que negarlo, lo que había pasado entre Scorpius y Rose, todas las idas y venidas, todos los encontronazos, era una grandísima historia de amor. De amor verdadero, de esas que le contaba su madre cuando era pequeña, de esas que recitaban las vidas de príncipes y princesas que vivían en flamantes palacios franceses.
Aquí les dejo un nuevo capítulo
y como siempre, muchísimas gracias por pasaros y leer.
Un saludo a todos, y sobre todo, a aquellos que perdéis vuestro tiempo y energía en dejarme un review
