N/A: Siento si los primeros capítulos siguieron mucho a la serie, quise seguir ese canon más o menos, introduciendo algunos cambios para establecer la dinámica que tendrán Clarke y Lexa en esta historia. En este capítulo ya empiezan los cambios. Gracias por leer :)
CAPÍTULO 3: Like Hell
Cuando supo que Clarke sobrevivió a Mount Weather, debería haber sentido alegría. Su rostro se ensombreció cuando se enteró que había matado a todos los habitantes de la montaña. Lexa sabía lo que eso significaría para Clarke, que la marcaría y la perseguiría de por vida, y no pudo desprenderse de ese dolor penetrante en su pecho, una angustia terrible que la acompañó desde entonces. Lexa se dijo cada día que era la comandante de la coalición y que eso era más importante que todo lo demás, se dijo que tenía obligaciones, que la paz entre las doce tribus era primordial, se repitió que no podía anteponer la vida de una muchacha a la de miles de personas, su pueblo… Cada día se decía a sí misma muchas cosas, pero nada podía detener aquel dolor que sentía por dentro. Entonces, había noches, sola en su habitación, que lloraba y no podía soportar la culpa de haber abandonado a Clarke. Cuando despertaba, se sentía tan vacía que apenas podía ponerse en pie; pero era la comandante, lo que sintiera era insignificante respecto a la responsabilidad que llevaba sobre sus hombros. Lexa se había convertido en la comandante y en nada más, eso la mantenía con vida.
Todo cambió cuando le informaron que la reina de Azgeda iba tras Wanheda, Lexa supo que la vida de Clarke corría grave peligro. Tenía un propósito más allá de su día a día como comandante. Ella no era idiota y conocía de sobra a la reina Nia, por supuesto que esa zorra aprovecharía cualquier oportunidad para hacerse con el control de los doce clanes y romper la paz. Ese fue el motivo que les dio a los demás y a su consejero Titus para ir tras Clarke. Cuando él le dijo que tenía que matarla para absorber su poder antes de que lo hiciera la reina Nia y así asegurar su fuerza como comandante, Lexa casi lo arroja desde lo alto de la torre, pero no le contó sus verdaderas intenciones.
Junto a Indra y Titus, además de los guardias que la custodiaban, vio entrar a Roan a la sala sujetando a Clarke de un brazo. La chica celeste llevaba un saco en la cabeza y las manos amarradas tras su espalda. Lexa contuvo el aire en sus pulmones cuando Roan arrojó a Clarke al suelo para que se arrodillara. Ella no podía mostrarle a nadie lo que eso la enfureció, tenía que ceñirse al plan si quería salvar la vida de Clarke.
—Wanheda —dijo el guerrero de la Nación de Hielo retirando el saco de la cabeza de la chica rubia.
A Clarke le costó unos segundos poder darse cuenta del lugar donde estaba. La súbita luz la deslumbró por completo.
—Hola, Clarke.
Al escuchar la voz de Lexa, miró asustada hacia ella, o al menos pareció asustada durante unos segundos. Después, Lexa no estaba segura si Clarke estaba sorprendida, enfurecida, confusa o todo a la vez. Sus cabellos rubios estaban todos revueltos y sucios, su rostro estaba golpeado y lleno de heridas. Lexa sintió un amargor subir por su estómago y miró con desprecio a Roan.
—El trato era que la trajeras intacta.
—No se entregó fácilmente.
Lexa apretó la mandíbula tratando de contener la ira. Caminó unos pasos alrededor de Clarke sin dejar de mirar a Roan.
—No esperaba menos… —admitió pensando en el carácter impetuoso de Clarke.
—He hecho mi parte, ahora haz la tuya.
La comandante torció una sonrisa arrogante y negó lentamente con la cabeza.
—¿Por qué las tropas de tu madre se dirigen hacia Polis?
—No tengo nada que ver con eso. Honra nuestro trato —insistió él. Lexa se colocó firme frente a Clarke, llevando las manos hacia la espalda. La miró por unos segundos y luego volvió la vista a Roan.
—Lo honraré cuando tu reina honre mi coalición —le dijo con evidente enfado—. ¡Encierren al príncipe Roan de Azgeda!
Él y Lexa se miraron mientras varios guardias de la comandante lo sacaban a rastras de la estancia. Roan no dijo nada, ni siquiera opuso resistencia, sólo mantuvo una mirada retadora hacia ella. Lexa no se dejó intimidar por el desafío que le lanzaron los ojos de aquel hombre.
—¿Qué hacemos con Wanheda? —preguntó a continuación Titus.
—Dejadnos solas —les ordenó de mala manera a sus acompañantes.
Indra y Titus comenzaron a dirigirse hacia la puerta de la sala, pero éste se detuvo antes de salir y miró a su comandante con desaprobación, temeroso de que no fuera capaz de hacer lo que era necesario para evitar la guerra con la Nación de Hielo.
—Ya me oíste —le dijo con desdén Lexa, conociendo lo que significaba esa mirada.
Él tensó la mandíbula y se quedó mirándola durante algunos segundos más, pero finalmente se fue.
Lexa hizo un gesto con una mano a los dos guerreros que guardaban la habitación. Los hombres tomaron a Clarke de los brazos y la pusieron en pie. Ella se quedó allí sin apartar la mirada de Lexa, sin moverse.
—Lo siento, Clarke —le dijo en un susurro. Su voz cambió cuando se dirigió a ella, fue menos dura—. No había otra forma.
Lexa sostuvo la respiración cuando se acercó y vio la intensidad de los ojos azules que estaban fijos sobre ella. Con cuidado le retiró la mordaza de la boca. Clarke permaneció en silencio. Tenía aquella extraña mirada que Lexa jamás había visto. Sintió su corazón acelerarse súbitamente cuando Clarke siguió observándola sin decir nada.
—No podía dejar que Wanheda cayera en manos de la reina de Azgeda. Tengo que evitar la guerra… Te necesito.
Clarke inclinó su cabeza hacia delante con violencia y su frente impactó contra la boca de Lexa. Enseguida sintió el sabor metálico de la sangre brotando entre sus labios. No le dio tiempo a reaccionar al golpe cuando Clarke la derribó y la tiró al piso.
—¡Maldita zorra! —le gritó mientras los guardias de la comandante la tomaron en peso para alejarla de Lexa—. ¿Querías a Wanheda? ¡Aquí la tienes! —continuó gritando mientras los guardias se la llevaban y ella trataba de zafarse de ellos.
Pasaron algunos minutos en los que Lexa continuó en el suelo, con media cara llena de sangre, y todavía podía escuchar los gritos enloquecidos de Clarke a lo lejos.
Lexa tardó bastante en ponerse en pie. Fue una suerte para ambas haber mandado a todo el mundo fuera de aquella sala antes de hablar con Clarke. Alguien atacando a la comandante, no habría sido una situación muy agradable, sobre todo para Clarke. Lexa agarró un trapo donde escupió la sangre que tenía en la boca. Intentó limpiarse un poco la cara mientras se dirigía hacia el balcón, al fondo de la sala.
El aire frío golpeó su rostro y pareció sacarla de un trance. Sus manos estaban temblando y ya comenzaba a sentir el escozor en su boca por el golpe que le había propinado Clarke. Clarke… Sus ojos se llenaron de lágrimas pero enseguida trató de limpiarlos con sus manos. No podía permitir que aquello le afectara. Era la comandante, no podía mostrar debilidad. Sin embargo, allí estaba, con esa angustia y dolor metidos bajo su piel. Esperaba que Clarke la odiara, pero verla en aquel estado… Para Lexa todo había sido una pesadilla desde la noche en Mount Weather. Cuántas veces quiso huir y regresar al lado de Clarke, luchar a su lado como le prometió… pero era la comandante, lo único que debería estar en su cabeza era su gente y no Clarke.
—Comandante —escuchó a Titus llamarla desde la puerta.
—Qué —le respondió con aspereza sin ni siquiera darse la vuelta para mirarlo.
—Una comitiva de la Nación del Hielo está a media hora de Polis, los exploradores dicen que vienen a parlamentar.
—Es una bonita forma de llamarlo teniendo en cuenta el ejército que traen detrás.
—Una guerra con la Nación del Hielo debilitaría la coalición.
—No soy idiota, Titus, fui yo la que luché por la coalición. —Ella tomó aire y se dio la vuelta. Miró fríamente a Titus y luego pasó a su lado dispuesta a abandonar la estancia—. Prepara todo para recibirlos e infórmame cuando lleguen.
—¿Algo más, comandante?
Lexa se dio la vuelta con cierto aire arrogante y lo miró a los ojos:
—Diles que si intentan algo los mataré a todos yo misma.
A Titus no le quedó más remedio que asentir y cumplir los deseos de la comandante. Al fin y al cabo, él había sido quien la había instruido de esa manera. No obstante, no pasó inadvertida para sus ojos la mancha oscura sobre el labio de Lexa y los restos de sangre alrededor de su boca.
—Y… ¿Wanheda?
—Eso es asunto mío.
—Te atacó.
—¡He dicho que es asunto mío! —le replicó ella con agresividad.
—Si no haces lo que tienes que hacer con ella, esto te costará caro.
—Sé lo que tengo que hacer.
Lexa le dio la espalda y salió de la habitación sin mediar más palabras con él. Titus suspiró. Quizá no era el mejor momento para hacerla entrar en razón, pero tenía claro que no iba a permitir que Clarke pusiera en peligro a su comandante ni todo lo que ella había logrado.
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Había pasado una semana y Lexa no había hablado ni visto a Clarke. Sabía que estaba allí, en la torre, porque sus guardias le informaban de todo y porque más de una vez oyó los gritos de reproche de la chica celeste a las personas que Lexa mandaba a hablar con ella. Sin embargo, Clarke se había negado rotundamente a verla: «Antes me tiro por una de estas ventanas que verla a ella», eso fue lo último que le dijo a uno de los guardias. Lexa, temerosa de que cumpliera sus amenazas, había aceptado los deseos de Clarke; pero era consciente de que el tiempo se le echaba encima y no podía seguir esperando por Clarke, así que pronto tendría que forzar ese encuentro. Lexa se estremeció de sólo pensar en ese posible momento.
La reina de Azgeda, con su enorme ejército apostado en los límites del territorio triku, estaba convenciendo al resto de líderes que Lexa se había vuelto demasiado débil si no era capaz de acabar con la amenaza de Wanheda: Heda ya no era tan poderosa como todos creían. El golpe que le había dado Clarke había dejado una marca visible que tampoco le ayudaba a demostrar lo contrario. Lexa no podía seguir alargando esa situación por mucho tiempo. Ella no pensaba matar a Clarke, como todos le decían, esperaba que recapacitara, al menos por su gente, y aceptara su oferta de unirse a los doce clanes. Si Wanheda se unía a Heda, el resto de líderes la respetarían como comandante. Titus no estaba muy convencido de ello, pero lo cierto es que skaikru seguía siendo una amenaza para los doce clanes y seguirían en guerra con ellos si no buscaba otra solución. Skaikru ya había mostrado su potencial de fuego y una guerra con ellos sería bastante costosa para las tribus.
Lexa suspiró, estaba cansada del largo día que había tenido y necesitaba un momento de soledad para relajarse un poco. Caminó por el corredor y miró al guardia en la entrada de su baño privado.
—Comandante, el… —Ella levantó la mano para que se callara, no quería oír nada, sólo descansar durante unos segundos, así que entró en la habitación sin dejar que continuara hablando.
El murmullo del agua y los vapores impregnados de sales provocaron una sensación de alivio en Lexa. Se quitó las botas y los pesados complementos de su vestimenta, quedándose con los pantalones y la camisa, y se introdujo en la sala de su baño privado. Era un pequeño cuarto de piedra con una piscina de agua caliente de varios metros de largo: el santuario privado de Lexa, un lugar donde nadie podía entrar. No obstante, vio la figura de una mujer de pie en medio de la piscina. El agua le llegaba sobre la cintura y Lexa estuvo a punto de gritarle por la osadía de haber entrado en su baño privado, pero las palabras se quedaron en algún punto profundo de su garganta, incapaces de salir.
La vio de espalda, acariciando la superficie del agua con la punta de sus dedos. Llevaba su melena rubia recogida hacia un lado, sobre su hombro izquierdo, lo que dejaba ver su espalda. Lexa se estremeció al ver las marcas rojizas sobre su piel, ella sabía que pertenecían a alguna bestia que habitaba en los bosques. No podía empezar a imaginarse todo lo que había vivido Clarke esos meses perdida en los bosques; pero Lexa esbozó una disimulada sonrisa al verla allí. Eso quería decir que al menos había aceptado por fin la oferta de utilizar sus baños para asearse. Era otro pequeño paso desde que Clarke aceptó la habitación que preparó para ella. Lexa sintió que aquella enorme brecha entre ellas se reducía poco a poco, aunque muy despacio. Puede que Clarke jamás la perdonara y nunca volviera a confiar en ella, Lexa aceptaba eso, al menos seguía viva.
Quiso abandonar la estancia, darle privacidad, pero se quedó petrificada en el mismo lugar, viendo las curvas del cuerpo desnudo de Clarke en el agua. Su interior se estremeció, casi olvidó cómo se respiraba mientras sus ojos vagaban por su piel. Parecía ser presa de un extraño hechizo del que le costó salir. Su boca se había secado de repente, su corazón latía desbocado en su pecho, incluso un ligero temblor se había hecho dueño de su cuerpo. Lexa dio un paso hacia atrás y fue entonces cuando Clarke giró su rostro y la miró con sus ojos llenos de odio. Fue como si el corazón de Lexa, por un instante, olvidara cómo latir, y allí se quedó, sosteniendo la mirada, reuniendo todo su orgullo para que Clarke no se diera cuenta del poder que tenía sobre ella en ese momento.
—¿No querías hablar conmigo? —le dijo con evidente desprecio—. Pues habla.
Lexa tomó una larga bocanada de aire. Clarke tenía que estar de broma si justo aquel momento era el que elegía para hablar. Tendría que sosegarse porque quizá no habría otro momento en el que ella estuviera dispuesta a ello. Lexa sabía la presión que estaba ejerciendo Azgeda, aprovechándose de aquella situación.
—Tu gente y mi gente deben llegar a un acuerdo y unirse —le dijo en un tono tranquilo. Enseguida escuchó el bufido de Clarke retumbar por la pequeña estancia.
—Si crees que después de lo que hiciste mi gente aceptará unirse a la tuya es que estás loca.
—Nunca esperé que entendieras la responsabilidad que tengo respecto a mi pueblo.
A penas pronunció la última palabra, Clarke se giró con brusquedad hacia Lexa.
—¡Yo no traiciono a mis amigos! —le gritó con tanta rabia que la piel de Lexa se erizó.
La comandante retiró la mirada de Clarke, derrotada por sus palabras y por su desnudez amenazante, que estaba desbaratándola por completo.
—Creo que eso fue lo que hiciste en Mount Weather —le replicó tratando de ocultar el nerviosismo que la asaltó de repente—. Tenías amigos allí.
—Eso fue culpa tuya, no me dejaste más opciones. —La voz de Clarke sonaba cada vez más agresiva—. Eres tan culpable como yo de esas muertes.
—Cúlpame de todo lo que quieras, pero tu gente y mi gente no pueden vivir odiándose para siempre.
Clarke apoyó los codos sobre el borde la piscina y miró con desdén a Lexa negando con la cabeza.
—Oh, créeme, sí que podemos odiarte para siempre.
—Está bien —le espetó Lexa, disfrazando con rabia el dolor. Se dio la vuelta y comenzó a abandonar la estancia—: Pues aquí seguirás hasta que pienses con claridad lo que os conviene.
—¡Te importa una mierda mi gente! Te he hecho parecer débil y la Nación del Hielo lo sabe. ¡Eso es lo único que te importa y tendrás que matarme para conseguir el poder de Wanheda porque de otro modo mi gente jamás aceptará a la tuya!
Los gritos de Clarke aún resonaban en su cabeza cuando entró en su habitación. «El amor es debilidad», la primera lección que aprendió como comandante bajo la instrucción de Titus. Por primera vez quiso preguntarle a Anya si ella estaba de acuerdo con eso, la mujer por la que Lexa había sentido una devoción inmensa de niña, aquella que le había mostrado cómo era ser una guerrera... Abandonar a Clarke y a su gente era lo que debía hacer como comandante, era lo que favorecía a su pueblo. Era una decisión que tuvo que tomar con su cabeza, no con su corazón. Lexa creyó que el hecho de salvar la vida de Clarke mitigaría sus culpas, que eso le bastaría. Cuando llegó a su habitación y se derrumbó sobre su cama, supo que no era capaz de fingir consigo misma que todo aquello no la hacía pedazos.
N/A: El primer gran cambio: Clarke se baña XD
Daré buen uso de ese baño en este fanfic y si quieren ver cómo tendrán que seguir leyendo jejeje. Si les va gustando cómo va yendo la historia me gustaría que me lo dijeran (o si no les gusta también) así yo me oriento para escribir más capítulos :'(
CANCIÓN: Fleurie - Hurts Like Hell
