N/A: Perdón por la tardanza, he tenido algunos líos. Muchas gracias por vuestros comentarios y mensajes, me han hecho muy feliz. Espero que les siga gustando la historia :3
CAPÍTULO 4: Little Trouble
Recordó la mirada maliciosa de Roan antes de revelarle el resto de su plan maestro. Había cierta sorpresa en su rostro cuando la vio aparecer dispuesta a hacerlo, pero qué esperaba él, por algo la llamaban Wanheda. «Prende una luz desde la ventana y sabré que has cumplido tu parte, entonces te sacaré de ahí» le había dicho. Clarke no confiaba en Roan, pero tenían un objetivo común. Por el momento había cumplido con su palabra, la había ayudado y allí estaba ella, agazapada entre las sombras, esperando para completar el plan.
Habían pasado diez días desde que Lexa la había traído a Polis. A Clarke le hervía la sangre en las venas cada vez que pensaba en ella. Realmente la iba a mantener en aquel lugar hasta que cambiara de parecer, pero Clarke ya había aprendido la lección la primera vez. Jamás volvería a confiar en Lexa. La forma en la que había jugado con ella, mostrando aquella dulzura y fragilidad cuando estaban solas… Fue todo un juego, todo mentira: sus miradas, su sonrisa, aquel beso… Clarke apretó los dientes, llena de rabia. Ya se lo había advertido la propia Lexa cuando se conocieron: «el amor es debilidad». La comandante había jugado bien su papel y Clarke fue una completa estúpida al creer que debajo de aquella capa fría y distante había algo más humano. Había sido una cría ingenua y Lexa la utilizó a su antojo, aprovechándose de ella. La líder de los terrestres no iba a conseguirlo de nuevo.
Clarke escuchó pasos afuera y trató de permanecer oculta entre las sombras que le brindaba aquella noche sin luna. Miró hacia el gran ventanal por el que había entrado. Las cortinas blancas ondeaban por el aire frío nocturno. Había estado a punto de caer al vacío varias veces mientras se movía por la fachada de la torre. Bien poco le hubiera importado que así acabara todo. Las rachas de viento eran fuertes a aquella altura, pero en los tres meses que estuvo fuera, ella aprendió muchas cosas y también se fortaleció. Todo eso le valió para llegar hasta aquel ventanal y poder colarse en la habitación. A Clarke ni siquiera le importaba que Roan la traicionara al final y no cumpliera su palabra, a ella sólo le importaba ese momento.
La puerta de la habitación se abrió y vio entrar a Lexa. Le dijo algo en trigedasleng, que Clarke no pudo entender, a los guardias que aguardaban afuera y cerró la puerta tras de sí. Suspiró y se quedó mirando hacia la ventana en silencio, frunció el ceño como si hubiera descubierto algo fuera de lugar. «Mierda», maldijo Clarke, la iba a descubrir; pero después de unos largos segundos, Lexa ignoró la ventana y caminó entre la penumbra hacia otra habitación que había al fondo. Clarke se agachó más incluso, esperando muy paciente a que Lexa regresara. Parecieron eternos los minutos, pero la comandante volvió de nuevo. Se había despojado de su armadura y llevaba un vestido oscuro de una tela bastante fina: sus prendas de dormir. Clarke la observó con detenimiento desde las sombras: la tenue luz de unas velas, que estaban sobre una mesita junto a la cama, cortaban su figura dejando ver las curvas de su cuerpo más menudo de lo que acostumbraba a apreciarse al llevar su armadura. Algo se movió dentro de ella y tensó la mandíbula, impaciente, vigilando cada movimiento y cada gesto de Lexa, hasta que por fin se recostó en la cama. Y Clarke esperó un poco más entre las sombras, donde Lexa no podía verla. Esperó minutos y más minutos después de que Lexa cerrara los ojos. Entonces, desenvainó de su cinto el cuchillo que le había conseguido Roan y se movió con el máximo sigilo que pudo, tratando de permanecer todo lo posible entre las sombras. Su corazón latía tan fuerte que temía que Lexa lo escuchara, pero ésta no se movió, parecía dormir plácidamente; y cuando estuvo cerca, Clarke saltó sobre la cama.
Lexa no se movió, se limitó a abrir sus ojos llenos de lágrimas y se quedó mirándola en silencio mientras Clarke apretaba el borde afilado del cuchillo sobre su garganta. Desde las sombras, Clarke no había visto que Lexa lloraba. Ella no sabía que Lexa lloraba cada noche desde que Clarke había llegado a Polis. Sus ojos verdes brillaban aún más con las lágrimas y la luz que llegaba de las velas cercanas. Esos ojos se le fueron metiendo muy hondo a Clarke, tan hondo dentro de su pecho que se llenó de dolor y apenas podía respirar bien. Cuanto más fuerte se hacía la opresión, con más fuerza presionaba el cuchillo sobre la garganta de Lexa. Ésta no se defendió, como si estuviera esperando la muerte desde hace tiempo, se limitó a mirarla en silencio. Clarke tensó su rostro con rabia mientras se fijaba en el gesto resignado de la otra mujer. Vio una pequeña gota de sangre rodar sobre el borde del cuchillo y luego sus ojos no pudieron evitar posarse sobre los labios de Lexa. Recordó aquellos labios, cuánto los había deseado… aquellos mismos labios que le contaron sobre su traición en Mount Weather. Clarke continuó su estudio visual, pero sintió un nudo horrible de emociones por su garganta al volver a mirar aquellos malditos ojos verdes... tan cerca.
—Lo siento —murmuró con un hilo de voz—. Lo siento mucho.
En cuanto escuchó esas palabras, Clarke no pudo contenerlo. Trató de hundir el cuchillo en la garganta de Lexa, acabar de una vez por todas con su miserable vida, pero su hermoso rostro comenzó a difuminarse mientras las lágrimas anegaban ojos de Clarke. La mano le tembló, incapaz de hacer caso a aquellos terribles deseos de muerte y finalmente apartó el cuchillo.
Un huracán de emociones asoló a Clarke. Sus lágrimas cayeron por sus mejillas y el murmullo del aire que entraba por la ventana se mezcló con sus sollozos. Dolía escucharla, verla allí tan cerca de ella, sentirla contra su cuerpo, bajo de ella... A Clarke le fallaron las fuerzas y se derrumbó sobre Lexa. Sintió sus brazos rodearla, tratando de reconfortarla de alguna forma. Las manos de Lexa presionaron su espalda con suavidad, acercándola contra ella.
—Nunca quise convertirte en esto… —susurró sobre su oído, la voz le temblaba—. Quería quedarme... contigo.
Clarke sintió la mano de Lexa entremezclarse entre sus cabellos rubios. Temblaba contra ella, sus lágrimas salían sin que pudiera impedirlo. Había pasado demasiado tiempo con aquella tortura tan adentro... Y el calor de Lexa era intoxicante. Se sentía tan reconfortante y a la vez tan doloroso… era como probar el más delicioso de los venenos. Y Clarke necesitaba sentir al menos una gota, como cuando entre las sábanas de Niylah lo único que quería era que aquella piel fuera la de Lexa. Parecía tan fácil odiarla por lo que había hecho… pero no podía. No fue hasta que estuvo entre sus brazos que se dio cuenta de cuánto la había echado de menos. Eso enfureció a Clarke. Se separó de Lexa con brusquedad, casi la golpeó para escaparse de su abrazo. Lanzó el cuchillo al fondo de la habitación y luego salió de allí a toda prisa, sin importarle lo que pensaran los guardias apostados en la puerta de la habitación.
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Cuando apenas había despuntado el sol por el horizonte, Lexa llamó a la puerta de su habitación. Clarke ni siquiera estaba dormida, no pudo hacerlo durante toda la noche. Se quedó allí, sentada sobre la cama mientras la vio entrar. No le dijo nada, Clarke se sentía tan vacía que era incapaz de sentir rabia por la presencia de Lexa.
La puerta se cerró en cuanto Lexa entró y su mirada se fijó con rapidez sobre Clarke. Llevaba su pose de comandante, con la barbilla erguida y las manos tras la espalda, como si nada pudiera hacerle daño. Una imagen totalmente opuesta a la mujer que había visto la noche anterior. Clarke se estremeció al recordar el calor de su cuerpo y las palabras que le había dicho.
—Una comitiva de Arkadia está al llegar a Polis —comenzó a contarle—. Tú madre y Kane quieren llegar a un acuerdo con mi gente. Podrás marcharte con ellos.
Clarke frunció el ceño. No se creía las palabras de Lexa. Se puso de pie y se acercó hasta ella, apenas a un metro de distancia. No se atrevió a dar otro paso más.
—¿Todo este alboroto para capturarme y ahora dejarme ir así, sin más?
Lexa siguió mirándola fijamente, sin que nada perturbara su gesto impasible.
—Todo este alboroto fue para salvarte —le dijo simplemente.
Entonces se dio media vuelta y salió de la habitación sin darle a tiempo a Clarke de decir nada. Tampoco sabía qué decirle, aquel cambio la había tomado de improviso. ¿De verdad iba a dejarla ir, iba a dejar a Wanheda irse de Polis? ¿Qué pasaba con la inminente guerra contra Azgeda? Lo cierto es que Clarke estaba demasiado aturdida como para pensar en nada. Se masajeó un poco las sienes con la punta de los dedos, intentando aliviar la jaqueca que tenía por no haber descansado apropiadamente y enseguida se dispuso a preparar algunas pertenencias que tenía allí: algo de ropa, algún utensilio… no tenía mucho, así que en unos minutos lo tuvo todo listo. Para su desgracia, tuvo que esperar horas dentro de su habitación, no le permitieron salir. No estaba segura si era por tratar de atentar contra la vida de Lexa la noche anterior. Clarke siguió pensando que Lexa le había tendido alguna especie de trampa, pero cuando cayó la tarde, unos guardias la llevaron hasta una sala de la torre y allí estaban Kane y Abby, como bien le había prometido Lexa.
—¡Clarke! —exclamó su madre con alegría al verla.
Ella se quedó parada en la entrada de la habitación mirando a Kane y Abby como completos desconocidos. No entendía por qué Lexa la estaba dejando ir. No entendía lo que estaba pasando.
—Déjame abrazarte —le dijo su madre con cierta emoción.
—Mamá —murmuró cuando ella se acercó.
Abby no dudó y bordeó a su hija con sus brazos. Pronto sintió la correspondencia de las manos de Clarke sobre su espalda. No pudo evitar que una lágrima cruzara su mejilla al sentirla de nuevo con ella.
—Me alegra que estés bien.
Clarke se separó de ella con torpeza y bajó la vista al suelo. Aún le costaba no pensar en Mount Weather cuando veía sus caras, pero después de todo lo que había pasado, de aquellos días infernales en Polis, al menos sentía alivio al encontrarse con ellos allí.
—Yo… también me alegro de veros —les dijo fingiendo una sonrisa.
—Deberíamos irnos cuanto antes. La comandante ha cumplido con su palabra y no es seguro quedarnos más tiempo —intervino Kane.
—Clarke, ¿pasa algo? —le preguntó su madre fijándose en el rostro contrariado que tenía.
—No lo entiendo. ¿Qué diablos está haciendo Lexa? ¿Era importante para impedir una guerra y ahora me deja ir?
—La comandante sabe lo que se hace, Clarke —le dijo Kane restándole importancia a sus preocupaciones.
Abby colocó una mano sobre el hombro de su hija invitándola a salir de la habitación. Kane hizo lo propio, saliendo delante de las dos mujeres. Ambos habían sido escoltados por al menos diez soldados de Arkadia. Después de salir de la torre, les esperaba Indra, que al parecer les acompañaría hasta las afueras de Polis, junto con otros cien soldados que asegurarían que nadie atentara contra ellos. A Clarke le pareció todo demasiado extraño.
—Encontramos a supervivientes de otras estaciones —le informó Kane a Clarke durante el camino—. Casi mil personas más. Tuvimos que hacer muchas reformas en Arkadia, pero hemos conseguido ser casi autosuficientes. El problema va a ser la comida, al menos durante unos meses mientras crezcan los cultivos.
Clarke escuchaba todo lo que le decían sobre Arkadia, su supuesto hogar, y cada vez se sentía más nerviosa. Como si la idea de volver a su casa le aterrara.
—Seguro que tus amigos se alegrarán de volver a verte —le dijo su madre.
Sintió cómo su estómago se puso del revés al recordarlos. Tan pronto como lo hizo, las imágenes de los cadáveres de Mount Weather volvieron a su cabeza con tanta viveza que sus piernas temblaron por un instante. Tuvo que apoyarse sobre un árbol durante unos segundos.
—¿Te encuentras bien? —preguntó su madre preocupada por su aspecto—. ¿Te has alimentado bien?
—Mamá, sólo estoy cansada —la interrumpió antes de que comenzara con una ronda de preguntas—. Lexa… cuidó bien de mí —le confesó con cierta incomodidad.
Abby asintió y no añadió nada más. Clarke volvió a caminar tratando de no pensar demasiado. Odió que Kane no le contara más cosas sobre Arkadia o que no le contara cualquier cosa en general. La conversación le había ayudado a distraerse antes. En ese momento caminaban por el bosque acompañados por un centenar de terrestres y los diez soldados de Arkadia. Lo único que se oía eran los pasos sobre la tierra y los sonidos de los insectos que inundaban la noche. Clarke odió aquel silencio porque la hizo pensar en Lexa. Cada paso que daba se sentía peor. Sus pensamientos daban vueltas en su cabeza: Mount Weather, sus amigos, Arkadia, Polis… y en cada cosa acababa apareciendo Lexa, sus hermosos ojos verdes, sus labios, sus manos, su cuerpo…
—Hasta aquí os acompaño —dijo de pronto Indra—. Tengo que volver.
Habían caminado un buen trecho después de atravesar los muros que separaban Polis del bosque. Clarke no sabía cuánto porque ni siquiera estaba prestando atención al camino. No le dio más importancia al comentario de Indra hasta que vio la confusión dibujada en Kane y Abby.
—Creía que nos acompañabas hasta Arkadia —le dijo su madre a la terrestre.
—Cambio de planes —le respondió ella.
—¿Qué está pasando, Indra? —le preguntó Kane.
—Azgeda no reconoce a Leksa como Heda, dicen que se ha vuelto débil —respondió mirando directamente a Clarke—. Esto puede ponerse muy feo, es mejor que os vayáis. Nuestros cien guerreros os escoltarán hasta Arkadia.
—No sabíamos que las cosas estaban tan tensas —comentó Kane.
—Esta mañana Heda arrojó a uno de los embajadores de Azgeda desde lo alto de la torre por no arrodillarse ante ella. El ejército lleva días esperando a las afueras de triku. Y aún así ella decide sentenciar su vida por ti —concluyó dirigiéndose expresamente a Clarke.
—¿De qué estás hablando? —le dijo ella.
—Es bastante obvio —le respondió con tranquilidad—. Considerad esto el último favor de Heda y si mañana los guerreros que os acompañan abandonan los límites de Arkadia, no creo que las cosas sigan tan bien para vosotros.
—Entonces debemos volver cuanto antes a Arkadia y fortificarla —dijo Pike a Kane.
Pike era uno de los supervivientes del Arca que habían encontrado, en concreto de la estación granja. Al parecer había aterrizado en territorio de la Nación de Hielo y los supervivientes del impacto estuvieron meses luchando contra los terrestres de allí. Más o menos como todos los que llegaron del cielo, no era una historia nueva. Pero a Clarke eso no le importaba, todos comenzaron a hablar entre sí, ella no los estaba escuchando, en su mente sólo había una cosa:
—¿Qué es lo que hizo Lexa? —le preguntó directamente a Indra.
—¿Qué más te da, chiquilla? Vete con tu gente, aprovecha la oportunidad que te ha dado Leksa y huye de aquí.
—¡Indra! —le gritó agarrándola por un brazo—. Dímelo, ¿qué está pasando?
Al parecer, Indra se tomó como una ofensa ese gesto, pues se giró con brusquedad hacia Clarke en cuanto lo hizo.
—¡Tú la marcaste! —le recriminó con rabia—. Cualquier aliado de la comandante te mataría por ello, incluso ella misma tendría que haberte matado por tocarla siquiera. Ahora tendrá que mostrar su valía a muerte. ¿Estás contenta? Eso era lo que querías, hacerle pagar por lo de Maun-de*. Así que vete con tu gente y déjanos en paz.
Clarke liberó su brazo e Indra soltó un bufido, miró por última vez a Clarke, se dio media vuelta y se alejó de allí con rapidez.
—¿Clarke? —dijo Abby al ver la cara de su hija. Su intuición le gritaba lo que estaba a punto de hacer—. Los problemas políticos de los terrestres no son de nuestra incumbencia.
—Ella sola se buscó ese final —intervino Pike—, al final los terrestres...
—Pike —lo interrumpió Kane antes de que dijera cualquier barbaridad que pusiera en contra de ellos a los cien guerreros terrestres que los acompañaban.
—Clarke, lo que le pase a Lexa no es tu responsabilidad…
—De hecho sí que lo es —interrumpió a su madre—. Y sabéis que ningún comandante nos dará lo que nos ofrece ella.
—¿Y se puede saber qué podrías hacer tú por ella? —trató de disuadirla Abby. Cualquier cosa que pudiera hacer Clarke le parecía una completa locura.
—Tengo que volver.
—¡Clarke! —protestó, pero su hija hizo caso omiso y emprendió el camino que anteriormente había hecho Indra. Tenía que volver a Polis. Tenía que volver con Lexa.
(*)Maun-de = Mount Weather
CANCIÓN: Halsey - Trouble
